Buses y bombos

 

No se pueden separar las hormonas y las vecinas. No hay disociación posible entre mi madre y mi tripa. El dolor de piernas es un fenómeno análogo al bamboleo del bus. Los cambios bruscos de humor vienen de la mano con la gente de la plaza.

Creí que el embarazo era del cuerpo físico y por tanto individual, pero no, es un fenómeno cuya sustancia es profundamente social. No me duelen las piernas, es que no me miras y no me dejas sentarme. No padezco “rinitis gestacional”, lo que pasa es que me fumas en la jeta y aunque sea raro (humeante por convicción servidora), ahora me hace daño. Tampoco me ayuda el inquietante telón de aire gélido de tu aire acondicionado. No es que esté sensible, es que me exiges, me empujas, me pones horas y me cuelgas albardas de piedra que no puedo llevar ni quiero.

Me hablas de comprar canastillas, muselinas y gualquitalquis, pero no me das la mano ni me ahuecas los almohadones que no tengo, que no me has preparado para que me siente, descanse y genere amor. Me siento en tu regazo entonces, pero no me cuentas un relato reconfortante, abrigador, no hilamos desde úteros sincronizados ni retozamos en el aura alegre de la gravidez. He pasado un mes y medio en España buscando calor y ritmo tribal para envolver mi panza y aunque he cogido un resfriado de barriga y un palmo de narices, he aprendido tremenda lección sobre la vulnerabilidad y sus gajes.

Soy vulnerable: se me hace daño porque necesito: la gamba con pene y yo clamamos por manta y chimenea, pero hemos montado y sostenemos entre todos una sociedad-fortaleza de corazón enfermo pálido amordazado.

¡Cuéntame tu parto!

– Ponte la epidural, sin duda, tener más dolor no te hace mejor madre

¡Madre, hablemos del embarazo!

– Te espero en Prenatal, yo pago. Ay, hija, quisquillosa, no entiendo por qué te molesta tanto el humo

¡Qué bien estar contigo y que me puedas hablar de tus experiencias!

– Disfruta ahora de tus lecturas, tus pendientes grandes y tus pintalabios, porque el verano que viene… se acabó lo que se daba.

Luego llega el domingo 26 de junio, no puedes ni quieres beber ni fumar; prohibidas las croquetas de jamón y el sushi; te pones hasta el cordón umbilical de chuches de plastiquillo, te sientes mal por las sustancias tóxicas que le puedan llegar a Atreyu y dices… ¡ay, qué duro es el embarazo, joder! Y la culpa se repliega hacia dentro de golpe como un matasuegras flácido. Inflamación.

Ay, no, no es el embarazo, no es el cuerpo de mujer, es el molde ideológico y de fuerzas y poderes fácticos en el que se genera y que lo destruye. Una vez ha producido lo suficiente.