Pero si yo ni siquiera me pinto mucho, no lo entiendo

 

El caso

Verano de 2017, tres países europeos, al menos quince niñas, hijas de amigxs: el 100% de las sujetas de mi investigación espontánea van vestidas de rosa y Frozen. Cada día. Todo el rato. Levantándose cada mañana y acostándose cada noche en habitaciones llenas de rosa, viviendo en rosa y con ínfulas de princesa en las tiendas adonde van, en los cines, en los cuartos (¿o debería decir aposentos?) de las otras niñas con las que juegan, en lo audiovisual que les llega en casa. Rosa en la ropa, en las uñas, en el brillo de labios, en el poni, en la barbi, en el bolsito, en el gorro, en el chubasquero, en el plato, en las sábanas, en el puto cepillo de dientes. Y es que, como decía una prima mía a los ocho años: yo de mayor quiero ser sesi.

Cualquiera de las madres a las que pregunto me responde lo mismo: que ellas mismas no son tan pizpiretas y no entienden por qué sus hijas eligen siempre el rosa y ser princesas. Los padres con los que he charlado, por su parte, tienden a considerarlo todo esto un misterio de la feminidad.

Sin embargo,  la respuesta está ya al alcance de quien quiera oírla. Hay artículos interesantes sobre el princesismo aquí y aquí (y en inglés aquí y aquí) y una campaña en Gran Bretaña sobre  la pinkificaciónel color rosa como marcador de género, sobre la ropa para niñxs dividida y sobre la generización de los juguetes.

 

Las consecuencias

No, compadre, no es cierto que no pase nada, que simplemente a la niña le gusta y punto, que cómo negárselo. Estamos hablando de personas que crecen en un entorno cultural en que se las selecciona por una sola característica biológica (sus genitales) y se las obliga (sí, cuando no hay prácticamente más opciones disponibles, es obligar) a ser de una determinada manera. Este modelo de persona incluye servir a otras consideradas más importantes y activas y proporcionarles cuidados gratuitos y afectividad desde una situación de desequilibrio, en que sus propias expectativas y necesidades quedan subordinadas si no directamente aniquiladas.

Ser cómplice de que las niñas vivan en rosa no es aceptar con resignación una entrañable etapa de su vida que pasará sin dejar rastro, es mentirlas y limitarlas, es no hacerles bien. La socialización es la clave, es lo que hace a la persona. Y ya no hay pueblo alrededor en que arraigarse y ser, así que si criamos niñas metidas en cajas-apartamento llenas de mercancía rosa princesa, estamos dándoles solo esa opción para hacerse. Adiós a construirse como una persona completa. El horizonte vital que queda es ponerse monas, y esperar. Y después, aguantar lo que venga.

 

 

El mecanismo

No, no exagero. No es “por una falda” o “por un juguete” que las niñas se vuelven mujeres sometidas a un sistema que las oprime, es que esas faldas y esos juguetes están en todas partes, y se consideran normales y generales. ¿Y qué niña de cinco años va a exponerse al rechazo de sus pares por no seguir el código estandarizado en el grupo?

El rosa y el azul en sí mismos no significan, sus valores semánticos vienen dados por lo que les adhiere una cultura determinada. Es conocido que el azul solía utilizarse para las niñas y el rosa para las niños (de hecho incluso se sospecha que el giro se respaldó desde una sensibilidad feminista para desafiar el orden de género existente en su momento). En todo caso, el problema del rosa y el azul no está evidentemente en los colores en sí mismos, sino en la falta de otras alternativas (limitar la multiplicidad de opciones del mundo a dos me parece, cuando menos, opresivo y autoritario), por un lado, y en los valores anexos que se pueden observar en los juguetes y personajes de ficción que de estos tonos están pintados.

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Dando una vuelta por una juguetería me dediqué a traducir cada producto a una idea. Por ejemplo: muñeca barbi – sexualización, pelota – movimiento… Así, pude constatar cómo los juguetes “para niñas” consisten básicamente en belleza/cosificación – inacción – relación. Según esta ideología hegemónica, los artículos “para niños” deben transmitir ideales de violencia – actividad – culto al ego/heroicidad. Curiosamente, si se comparan, estos valores cuadran entre sí y forman macabras naranjas completas: ella se pone guapa y espera, él la conquista. Ella es un bello objeto al que acceder, él posee. Ella se ocupa de cuidarlo a él y a lxs niñxs, él de sí mismo. He ahí las semillas del amor romántico y la cultura de la violación, expuestas en el hacheieme en toda nuestra jeta.

Los juguetes que son iguales pero también se dividen por género a través del color pueden no contribuir a los significados estereotípicos de arriba pero sirven para reforzar una frontera cognitiva clara entre los géneros que no tendría por qué existir y que es en sí misma paradójica, puesto que se trata de un objeto idéntico marcado para dos identidades dadas como excluyentes. Nos estamos centrando en las niñas, ¿pero qué tremenda tortura no supondrá todo esto para las personas pequeñas disconformes con su género?

Para mí lo peor es que el princesismo no se debe a la sociedad (ese ente invisible por el que las cosas simplemente son, y ya no hay que cuestionárselas más). Tampoco es un sistema organizado que esté incentivando adrede la desigualdad de género en la infancia (pese a que este empeño coexiste en el tiempo con el desmantelamiento del estado social, y le conviene sobremanera a la economía patriarconeoliberal en esta fase), sino que es tan solo una forma de aumentar los beneficios de las empresas y que, sin embargo, a falta de contención, de poderes humanistas que controlen todo esto, pueden generar consecuencias nefastas para la especie.

Princesismo y pinkificación son estrategias de márketing dirigidas a vender el doble de juguetes a la hermana y el hermano que creen que no pueden compartir los suyos, y a multiplicar las ventas en accesorios supuestamente de belleza que las crías necesiten llevar para que su imagen sea socialmente aceptable (¿nos suena? Esta ideología lleva décadas funcionando para desvalijar y controlar los ya disminuidos sueldos de las mujeres, que se van por la cloaca del negocio de la estética.)

 

Las propuestas

Sea como sea y por mal que pinte el panorama (es que además ese rosa estridente plastificado es como comida basura para nuestras retinas) las buenas noticias es que se puede hacer algo. La normalidad social está hecha de lengua, inercia y humo, y mientras no nos maten por cuestionarla, tenemos la obligación de hacerlo. No nos es posible pararle los pies a la industria, pero desde luego sí podemos…

 

  • Sacar el tema en entornos sociales con padres y madres. Mucha gente se asusta si hablamos de feminismo, de estereotipos de género, de activismo… pero si contamos el origen del marketing rosiazul y del princesismo (les damos un principio, para que se les pueda imaginar un final) y debatimos sobre ello, ¿hay algún argumento que oponer a la propuesta de que las niñas y los niños puedan verse reflejados en modelos diversos y desarrollarse según las elecciones que vayan haciendo? ¿Va a haber alguien en sus cabales que defienda la política del color único según género?

 

  • Comprar la ropa por internet o sin llevarnos a lxs niños. Evitarles la visita a un entorno opresivo lleno de estímulos publicitarios y mecanismos de control mental que impulsen a la compra no parece tan mala idea…

 

  • Acciones con/contra empresas. Un pequeño grupo de personas muy bien pueden emprender en las calles y en redes acciones públicas de felicitación a las distribuidoras de ropa infantil que no usen el código binario, así como reclamaciones, quejas y performances de diverso tipo para recriminarles lo contrario a las que sí lo hacen.

 

  • Boicot de consumo a las empresas, entidades y productos que obliguen a elegir entre rosa y azul o den por hecho que asumimos el código, y divulgar…

 

  • Elaborar una buena respuesta para quienes nos dicen “ay, perdona, pensé que era niño, como va de azul…” y burradas similares. Es cierto que la disculpa suele ser más intensa cuando lo que han hecho han sido llamarle niña a un varoncito…

 

  • No sobrevalorar nuestro propio poder de influencia sobre las criaturas, frente al que su contacto con el resto del mundo tiene sobre la formación de su carácter y sistema de valores. Es decir, no solo hay que reflexionar sobre los estímulos y modelos que se reciben en casa. El exterior (que además entra en la habitación de tu hijx a través de las pantallas) también hay que filtrarlo y darle sentido junto con ella/él a través de la conversación.

 

  • Trabajar con el personal y los compadres y comadres de la escuela infantil para que el input rosiazul, los cuentos sexistas y demás estén muy controlados. Como espacio de formación y aprendizaje que son, los dictados de la industria no deberían atravesar las paredes de las escuelas sin ser cuando menos cuestionados.

 

Celia me contaba ayer que no sabe cómo pedir un aumento en su trabajo. Lo pasa fatal ante los médicos jefes (¡es que saben tanto! —dijo con un mohín) y sigue con sus quinientos euros de chiste cuando lleva ya no sé cuántos másteres y residencias. Lina carga con todo en casa porque su compañero, ay pobre, está enganchado a la videoconsola. Cósima celebró anteayer sus 29 y no exagero cuando digo que las tres cuartas partes de la fiesta se las pasó quejándose de que llegan los 30 y aún no se ha casado (¡y eso que vive en pareja y todo!).

Clama al cielo. Hay que hacer algo. Ya.

¿Cómo se juega a eso?

—Oye, que ya toca ser adultos.

—¿Y a eso cómo se juega?

—Pues depende mucho de si eres hombre o mujer, pero en general hay que ser una persona seria y agresiva, tratar siempre de tener razón y ganarle al contrario, cumplir horarios y expectativas ajenas, ganar mucho, comprar mucho, quejarse mucho, tratar de satisfacer el qué dirán de la familia extensa y los colegas, llenar el tiempo y el espacio de cosas, maltratarse el cuerpo, mirar adelante y atrás pero nunca arriba, abajo o a los lados. Y nunca, nunca pasarse de la raya ni querer pintar otra con tiza en el asfalto.

—Suena divertido. ¡Vamos!

***

—Vamos a ser novios, ¿va?

—¿Y a eso cómo se juega?

—Pues… yo hago como que tú gobiernas mi vida y la relación, tú haces como que no tienes emociones. Yo seré toda entusiasmo, tú la parte racional de la pareja… Ah, ya no importará nadie ni nada más, solo el uno al otro; consumiremos mucho, y al cabo de unos meses ya podemos empezar a tratarnos mal, pues donde hay confianza… ya se sabe.

—¡Vale! Me da que esta partida te la gano…

***

— Ay, ay, que creo que hay que ponerse a jugar a ser padres…

— Ah. ¿Y cómo se hace eso?

— Pues mira, hay que marcar estatura, llenar de cosas el espacio entre tus hijos y tú, decir mucho que no, hablar alto e imponerse siempre. Quejarse todo lo posible de los niños, no perder mucho tiempo con sus cosas,  tratar de que te salgan normalitos, humillarles, comprar mucho, decir que “no” constantemente, ¿ya lo he dicho? y… ¿qué pasa, que tú no has tenido padres?

— Sí.

— Pues haz todo lo que hicieron ellos que seguro que no falla. Total, aquí estamos nosotros como prueba de que se les dio estupendamente.

Dioses

A quienes utilizáis la lengua en contra de sus hablantes, manipuláis y robáis sentidos, llamándole “seriedad” a la “rapiña”, “fuerzas del orden público” a “hombres armados que defienden a los ricos”, “ley” a la “desigualdad”…

A quienes deliberadamente hacéis una foto sesgada del momento final en el que se produce una elección trucada, y le llamáis “libertad” a lo que en el mejor de los casos solo es supervivencia…

A quienes ignoráis el sufrimiento, la humillación y la desposesión de otras personas para enrocaros en vuestro vil privilegio colonizador…

…no voy a insultaros.

El insulto lo manejáis bien ya. No cambiaría nada calificaros de escoria, canallas, desgraciados, vergüenza de la raza humana.

Voy a llamaros algo peor.

Sois…

Sois dioses.

Sois dioses de barro enaltecidos —solo si no se es de carne no hay empatía en el sufrimiento, no hay preocupación por el cuidado, no hay conexión genuina con otra carne—. Sois la abstracción personificada de los valores morales de un grupo de humanos con la potencia de dictar textos para todas, como cualquier otro dios. Sois una narrativa de cohesión social en que mujeres, niñas, niños y trabajadores viven y mueren para glorificar vuestro inmundo capital.

Sois dioses en vuestra potencia de mal, en vuestro ánimo castigador y capacidad de secuestrar la palabra y la justicia. Tenéis el poder casi ilimitado de no dejarnos vivir en paz y comunidad. Tenéis los medios de producción de mercancía y sentido. Podéis hacer daño y lo hacéis.

Pero dejadme que os diga una cosa… las ficciones, por divinas que sean, siempre terminan. Cae el telón, acaba el cuento. Efe, i, ene. Y de ese patético vengador machuno que despreciaba la vida y la acosaba, de ese personaje, pasado un tiempo… no se acordará nadie.

Que no me tomo un café contigo, coño

Venga, mujer, es solo un café. Qué te cuesta.

No nos lamen el oído con esto solo cuando de satisfacer el ego de hombres se trata, sino que a menudo nos vemos obligadas por las circunstancias a invertir nuestros recursos en personas que a la postre nos hacen daño. Es Lo Normal pasar tiempo con gente que no nos trae el bien.

Pero ¿y no será menos costoso al final exponerse a las consecuencias de no hacer Lo Normal que ver nuestro tiempo, dinero y energía invertidos en lacerarnos?

La violencia simbólica campa a sus anchas por nuestras relaciones con nosotras mismas y las otras personas. Y la estamos de hecho alimentando (1) si no nos dedicamos a rebuscarla en los recovecos donde la Normalidad se agazapa y (2) si cuando la reconocemos no nos plantamos ante ella.

Últimamente en esos cafés Normales con gente Normal he oído perlas como:

 

“Y el niño se puso a llorar en la vacuna. No lo entiendo, mi niña no lloró, y se supone que él debe ser el fuerte”

“Claro, dices eso porque a ti tu novio te ayuda con la casa, qué suertuda, no te jode”

“Llevar a tus hijos con zapatillas de esparto a la boda es una grandísima falta de respeto a los novios”

“Ah, que es marroquí. Es que a ti quién te manda”

“Estoy fatal. Hace una semana que no me hace caso ningún hombre”

 

No. Basta, Será Lo Normal pero nada de esto es lo aceptable. Reivindico para mí mi tiempo y mis recursos para ponerlos en lo que me expande la conciencia y a buen recaudo de situaciones que me acuchillan la sororidad.

Que no me tomo un café contigo, coño. Que mi tiempo es mío.

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Barrigas

Vivimos inmersas en un régimen de verdad en el que la violencia machista funciona como dogma de fe. No es una lacra, no es un fenómeno: es el núcleo de la lógica en clave de la cual se desarrolla nuestra vida. Hemos interiorizado un eje mental en el que lo (que se construye como) masculino y tiene como signo la agresividad y el poder sobre lo ajeno domina lo (que se construye como) otro-femenino-colonizable: las mujeres, la naturaleza, los animales, lo no-occidental, los niños. Que la violencia de género detenta el poder en nuestras conciencias se ve fácilmente si nos detenemos a leer en detalle la narrativa del cuerpo embarazado.

Las personas con un bebé creciendo dentro no son representadas en el discurso mediático como tales, sino que basta echar un vistazo a lo publicado en internet o en papel sobre el tema para encontrar que si se buscan espejos, lo que se encuentran son o bien insoportables estereotipos de rosa palo y azul bebé, o bien tan solo pedazos: el foco puesto en una tripa recortada. ¿Dónde está la mujer a la que esa tripa pertenece? ¿Qué le pasa, qué siente, qué dice aparte de y sobre el embarazo? ¿Cómo se relacionan mujer/embarazo/sociedad, qué dialécticas emergen, qué dice cada una desde esa posición? A través del silenciamiento de los cuerpos y discursos propios de las preñadas asistimos al insidioso despliegue de la violencia mediática contra las mujeres que viven el proceso de la reproducción.

En este, el enésimo artículo que recurre al trozo amputado de persona para hablar del embarazo, se señala una segunda violencia que se ejerce impunemente sobre las embarazadas, la económica. Nosotras parimos, nosotras pagamos. Y recordemos que partimos de un sueldo ya mermado en relación al que disfrutan los hombres.

De los recursos invertidos, a los recibidos: la violencia en lo laboral, pues la preñada seguirá probablemente necesitando demostrar y rendir en su puesto como si su cuerpo no tuviese otras necesidades urgentes de descanso e introspección. Además, muchas antes de parir ya se agobian ante la insultantemente minúscula baja por maternidad que las espera, y que no cubre las necesidades reales de la recuperación de la puérpera y la crianza del bebé, y con las altísimas posibilidades de perder el trabajo tras el parto o sufrir distintos tipos de acoso laboral y una segura falta de recursos para combinar empleo y trabajo en lo sucesivo.

La gente de alrededor en general no ayuda, ni al principio del embarazo, ni cuando ya hay tripa emergenteni al final. El sistema neoliberal con su feroz mercado-circo romano de producción y consumo, los medios de manipulación y propaganda, el sistema sanitario hecho negocio antihumano… está casi en su esencia oprimirnos durante esta etapa de vulnerabilidad, pero ¿y las personas? ¿Las otras mujeres? ¿Y las que son madres? ¿En qué nos hemos convertido que en vez de ayudarnos unas a otras en este trance nuestro nos acechamos, nos metemos miedo, nos imponemos mutuamente comprar objetos, cuando son lo último que hace falta para criar? ¿Qué nos han hecho?

Esta red de discursos deshumanizadores y consumistas forman asimismo parte de la violencia simbólica. Como especie, nuestra vivencia de la vulnerabilidad, la necesidad y la interacción ha sido también colonizada por “la lógica de la violencia” y se ha normalizado que nos tratemos mal, acallando lo que de vivo y comunitario palpita en nosotras.

Por si esto fuera poco, muchas mujeres embarazadas están sumidas en la violencia machista ejercida por su compañero u otro hombre cercano. Y si cuando todo lo demás ha fallado: la pareja, las personas de alrededor, el entorno laboral,  las películas, series, etc., acudes a los profesionales de la salud obstétrica esperando contención, información, apoyo y buen trato, es estadísticamente fácil que te hayas metido en la boca del lobo de la escalofriante violencia obstétrica, en uno u otro grado.

El cuerpo embarazado es un cuerpo sobre el que se ejerce violencia sistemática, y esto se está considerando normal. Normal. Tan normal, que es la mentalidad base sobre la que muchas personas que en otros aspectos hacen y dicen cosas respetables están ahora defendiendo que las mujeres pobres sean vendidas y compradas para gestar hijos ajenos. Si no nos hubieran silenciado, desempoderado, recortado, anulado y cosificado antes, no habría terreno para semejante proceso de deshumanización en lo retórico.

(Para que luego vayamos diciendo que “estamos embarazados“.)

Hay salida, y es la de siempre: cambiar de raíz la relación con nosotras mismas y con las otras, y empezar a tomarnos el poder por nuestra mano: escucharnos, convocarnos, cuidarnos, aprendernos, moldear feminismos, edificar saber juntas… Con nuestros actos a cada momento, operemos cambios de mentalidad para limpiarnos la masa pringosa del patri-mercado que nos confunde y no nos deja serle fieles a la vida.

Queridos compañeros:

Nos estáis matando. Los hombres, como grupo social, a las mujeres, como ídem. Pero, ¡ojo!, si decimos que las fábricas contaminan los ríos, no estamos hablando de cada fábrica y cada río en cada momento. Que el paro esté bajando no significa que cada persona esté siendo contratada, ¿verdad? Ni hay un israelita ocupando la casa de cada familia palestina. Es decir, contamos con que hay hombres que ahora mismo no están matando a una mujer, pero eso no quita que, a la vista del recuento de cadáveres, el primer enunciado del párrafo tenga brutales y sangrantes condiciones de verdad.

La violencia machista existe como potencia en todos los aspectos de nuestra vida. Y es que, aparte de muerte, también recibimos de vuestras manos palizas, insultos, agresiones sexuales, desprecios, silenciamientos, tergiversaciones y una estruendosa avalancha de supuestas imágenes de nosotras que en realidad no lo son y sirven al propósito de ocultarnos. Además, la violencia de los hombres contra las mujeres arraiga en el ejercicio compartido de un conjunto de mentalidades y códigos sociales que se ocultan en nuestros usos y costumbres y la explican al tiempo que le dan pie.

Estamos hablando de un sistema de realidad, de normalización, de estructura. Se trata de la imposición de un régimen de vida común en que las mujeres (y los animales, y la naturaleza, y la infancia) se pretende que estén al servicio de los intereses de los hombres. Me dirás que te raya oír hablar del patriarcado, o que crees que es un mito. Te diré, entonces, que te pongas una peli cualquiera, escuches una canción corriente, mires qué expresa tu ropa y qué la suya la suya, pienses en la distribución en el espacio y las posturas de los hombres y las mujeres en los salones de las casas, los patios de los colegios, el transporte público, etc. Lo cierto y meridiano es que se espera de las mujeres que estén al servicio de los intereses (económicos, afectivos, sexuales) de los hombres. Y tal cual se nos representa. Y ese espacio se nos deja. Los centinelas que salvaguardan esta frontera patriarcal son el estado, las religiones, la justicia, los medios de comunicación y entretenimiento y otras multinacionales, de ahí que, como se puede ver, quienes están al frente de ellas sean, ay, los hombres.

(Mujeres poderosas que han sido admitidas al club de Los que Mandan y hombres desarrapados no son evidencias en contra de lo arriba dicho, sino que, en rigor, habríamos de explicar el tinglado más ampliamente en términos de clase, nacionalidad, afectividad, raza, credo y edad en intersección con el género) ¿Seguís ahí?

Pues continúo. A veces, es la voluntad de algunas de nosotras tratar este complejo, delicado y crucial tema con vosotros, compañeros. Por diversas razones, que suelen tener como base común el deseo de que el sistema que nos mata mute en uno que no nos mate. De ahí que os expliquemos pildorillas de primero de feminismo aquí y allá, y que cuando se producen os señalemos actitudes en que incurrís y que, creemos, contribuyen a silenciarnos o directamente animan a deshumanizarnos. Pero, ¡oh, decepción!, esto es lo que pasa cuando lo hacemos:

 

  • Espectro de respuestas 1: me resulta difícil de entender, porque yo no soy así, yo no hago eso.

¿Seguro? ¿No abrigas la creencia de que mi tiempo y los discursos te pertenezcan por derecho? ¿Entonces, si acabo de hablarte de mujeres muertas y de mis sentimientos heridos por el (micro)machismo que acabas de cometer, por qué tu respondes hablando de Ti? ¿Por qué haces caso omiso de los sujetos femeninos que he puesto sobre la mesa y lo que quieres que hagamos ahora es elogiarte? ¿Se ve claro? ¿Necesitas más pruebas?

Si de veras hubieras deconstruido por completo la andanada machista oculta tras tu frente y en tus fibras musculares (no conozco a nadie que lo haya conseguido del todo), entonces no dejarías de cuestionarte a ti mismo ni por un segundo, pues solo así habrías llegado a despatriarcalizarte previamente.

 

  • Espectro de respuestas 2: me ofende que me llames machista

Guau. De entrada, no te he llamado machista a ti, sino que he descrito una actitud tuya como tal. Sin la reflexión adecuada y actualizada, sin escucha activa a los grupos implicados, o por descuido, todas cometemos diariamente machismo, racismo, clasismo, adultismo, etc., porque ese es nuestro hábito mental y la sopa social en que flotamos, pero no necesariamente nos caracterizaríamos como tales (machistas, racistas, clasistas…) a menos que hagamos bandera de ello y nos revolquemos en contumacias (como tú ahora).

De salida: aquí hay alguien que clama haber sido injustamente tratada por otro. Responderla cuestionando su queja es, cuando menos, una estrategia para no afrontarla. Pero en una lectura más profunda, al no escucharla le estás quitando a esa persona la legitimidad y el espacio para expresar sus sentimientos, su vivencia, le estás diciendo que la aceptas solo si está callada y que por consiguiente no se puede pronunciar. Ole, una doble de machismo con mucha espuma. por favor.

No debes entender “machismo” como algo malo y ya está que tienes que evitar que te llamen y defenderte si lo hacen. No tienes ocho años y las monjas no te están pidiendo que seas tolerante en lugar de racista. Eres adulto, tienes capacidad para descifrar la intención del mensaje que oyes en el medio contextual en que se produce, además, eres corresponsable de la realidad que creamos entre todos cada día y le debes respeto al ser humano que tienes enfrente. Ofenderte, ponerte de morros, vengarte y no tratar de entender el fenómeno que la palabra simboliza denota un intelecto ciertamente estancado.  Si te lo he dicho es porque debo o quiero convivir contigo en algún espacio, y tú y yo necesitamos negociar nuestros comportamientos para que nadie dañe a nadie y el intercambio que hacemos sea beneficioso para todas las partes.

 

  • Espectro de respuestas 3: imprecaciones, fotopenes y otras delicias

Nos amenazáis con fantasías de violencia física (esas que, decía, se encuentran en potencia en todas partes, ahora serían verbalizadas) y/o os insultáis con alguna floritura que remita a nuestra disposición o no para el sexo (bollera, puta…) o o nuestra imagen corporal en contraposición a la que nos habéis intentado imponer (gorda, fea…) O sea, que lo que queda clarinete es que el lugar que habitamos en vuestro imaginario es estar al servicio de vuestros intereses eróticos. Y de paso que no tenéis argumentos.

 

Queremos y debemos convivir con vosotros en un mismo mundo, compañeros, hagámoslo con alegría y sin muertes de más. Google, Federici, Palenciano, talleres de feminismo para principiantes, todo está ahí fuera. Creemos en vosotros.

Me despido con amor del bueno desde la playa medusa,

*A*

Estremecimiento

tengo miedo

de la opresión que busca venganza

de la ceguera

bombas hostias rajar desgarro alarido herir

 

Porque todas las personas son hijas

Todas tienen un postre favorito

Nada explica matar

 

 

¿Ponerse las gafas o quitarse la venda?

La extendida expresión “ponerse las gafas violeta” simboliza gráficamente la nueva visión que una persona adquiere sobre el fenómeno social del género al aprenderlo, y da mucho juego para el activismo y la pedagogía. Cuando una o uno lleva las lentes progresivas del feminismo, ve realidades que claman al cielo y que antes formaban parte de la compacta masa de “lo normal” y nunca había cuestionado. Desde la cruenta representación de los cuerpos de las mujeres en los medios hasta el desigual reparto del trabajo por géneros en colectivos sociales, pasando por la cena de nochebuena y esos cuñados rascabraguetas mano sobre mano así llueva o nieve.

Las gafas hay que ponérselas, es decir, son un añadir, un hacia adelante, y hay que empezar a tenerlas. Como objeto, representan un despertar, una formación, un input feminista que recibimos o bien porque tenemos la suerte de encontrarnos una compañera que nos pase el relevo o bien porque nos ponemos a bichear por la red a partir de alguna experiencia personal. Sirven para comenzar, y nos las prescriben o construimos solas cuando aparecen dioptrías de normalización de lo opresivo en el diagnóstico oftalmológico.

Sin embargo, ante la imponente violencia de lo patriarcal en todo su esplendor, desplegada por las esferas que conforman la vida e incrustada en los tejidos entrañales de nuestro cuerpo, más que encajarse aditamentos que corrijan la mirada, lo que hay que hacer es quitarse arena de los ojos: descorrer velos, rasgar sobres clasificados, limar barrotes, desmontar paisajes mentales que creíamos “lo normal” para darnos cuenta de que lo que nos han dado por “sociedad” es en realidad “violencia”, lo que nos han pedido que hagamos para “vivir” era en realidad para “someternos”.

Pongámonos las gafas para aprender a quitarnos las vendas. Hay que desmontarlo todo y sacarnos al pulpo patrix de entre los órganos vitales. Desde cómo te tratas y te dices, tu cuerpo y tu lengua, a como te relacionas y con quién, qué espacio público ocupas, qué haces y qué no haces, qué credibilidad te das y cómo miras a las otras, si exiges tu pan y tu sal, si sabes darte placer, si reivindicas caminando un camino a la medida de tus pasos.

 

-¿Qué tal?/ -Todo normal

Ayer, al otro lado de una pared muy fina en un bloque de apartamentos, se le transmitían a un niño expectativas normales de rendimiento académico y de género.

Se le decía que no tenía cojones para hacer bien sus ejercicios de matemáticas.

El niño respondía: es que no haces más que gritarme y pegarme.

Gritos.

Lloros.

Golpes.

Se me fríen las entrañas en aceite hirviendo como pedazos de carne de cerdo arrojados a la sarten.

Todo lo bello, lo frágil y verdadero, muere despedazado.

Asistir al entrenamiento del hijo sano de un sistema asesino, donde los que maltratan, violan, matan y quienes votan muerte son lo normal.

No se puede denunciar al responsable, estaban en un piso de alquiler turístico precario e ilegal y anoche se marcharon de allí con viento fresco.

Todo normal.

Niña, mi niña

En cuanto llegué a la comida de Navidad, me pediste que te acompañara al baño. Por los lunares rojos de tu carita blanca supe que habías llorado mucho. Las legañas de máscara indicaban que finalmente habías salido la noche anterior. Entramos en el váter del restaurante y te derrumbaste. Solo decías que te querías morir y al hacerlo cada vez me matabas. Porque es que yo te quiero mucho, niña, mi niña, por eso te estoy escribiendo hoy.

Por lo visto saliste aunque no tenías ganas porque no habías apagado el teléfono a tiempo. Te insistieron y pese a que no te lo pedía el cuerpo —habías estado en una guardia de doce horas y en un viaje de cuatro el día anterior, saliste. Como estabas agotada, el alcohol que bebiste te subió muy rápido, y por eso te cogiste una cogorza cachonda en que hubieses podido triscar a chocho suelto con cualquiera de los presentes. Picoteaste aquí y allá, besoteaste a uno, a la otra, tus hormonas de verbena y tus labios de carnaval. Feliz Navidad. A este me lo subo. Coño, y qué hace aquí mi ex. Ah, pues su primo no está mal, qué monada.Ven que te muerdo la boca, moreno.

Por la mañana, mensajes intermitentes en la pantalla. Del pollo con el que dormiste: me lo pasé muy bien, eres muy dulce, me gustaría verte de nuevo. Y de aquel ex pesado que te encontraste: eres una puta, me das asco, ¿por qué no te mueres?, ¿de verdad tenías que hacerlo?, ojalá no te hubiera conocido.

Y tú, niña, mi niña, bebiste de sus palabras, te las tragaste con ansias, las dejaste bajar hasta el estómago, donde se te formó un ejército nazi de soldados alineados con el fusil apuntándote a las tripas. Nada contaba ya: ni el chaval simpaticote que conociste y que te volverías a merendar, ni la comida de navidad, ni la familia, ni yo, ni tú misma. Solo sus palabras asesinas. Por eso tú en aquel baño me repetías con tu mentón de flan de huevo que te querías morir, que no aguantabas lo que habías hecho. Que él tenía razón.

Hoy tengo algo que contarte, mi niña. Un cuento en el que tú eres tu cuerpo, tus pensamientos y tu afectividad. Y en el que aunque tienes mucho que decir en cómo se conforman, también están inevitablemente atravesados, tu cuerpo, tus ideas y tus afectos, por discursos, percepciones y movimientos que te pre-existen y/o que también están fuera de ti. Por ejemplo, las ideas que tenemos están consustancialmente unidas a la lengua en que las expresamos. Ese código está hecho por muchas manos y muchas bocas a lo largo de una enorme cantidad de tiempo (desde que empezase a hablar la primera humana o el primer humano, imagínate), y hay estructuras de poder operando en él: se privilegian unas formas respecto a otras, hay quien se arroga el derecho de decir qué está bien dicho y qué no, etc.

Cuando tú expresas una idea, ella genera un espacio físico y sonoro en tu cuerpo y también afecta a la realidad en la que te mueves, conformándola. Pues bien, esas ideas pueden venirte de las entrañas o bien serte ajenas o incluso nocivas y que tú las implantes al dejar de escuchar las vibraciones que se generan en tu válvula de bienestar. Si manejas ideas que te son hostiles, las dejas anidar en tu cuerpo y las repites, no solo estarás creando espacios enemigos en tu propia tierra, que eres tú misma, lo que generará guerras intestinas, sino que estarás generando una realidad en la que el papel que se te impone (y por ende el de las otras chicas) implica actuar en contra de tus propios intereses, de tu propia naturaleza.

¿Esas ideas venenosas cuáles son? Es el trabajo que tienes que hacer, mi niña. Repasa los actos de aquel día y el contenido de tus pensamientos, ¿qué ideas te resuenan con dulzura, van en consonancia con tus necesidades?, ¿cuáles, por el contrario te hacen daño, vienen de fuera y colonizan tu amor propio hasta hacer que te quieras morir? Te puedo ayudar: pon en una columna los actos e ideas que están dirigidos a satisfacer necesidades y ¿necesidades? de otros y en otra los que vienen a cubrir lo que tú necesitas. ¿Sorprendida? Y ahora pregunto: ¿quién es la máxima responsable sobre el planeta de cubrir las necesidades de tu organismo y hacerlas prevalecer sobre consideraciones de otra índole? Ah, ¿que es que te han dicho que ya llegará otra persona de gónada cilíndrica a solucionar tus necesidades y que hasta entonces te dediques solo a buscar a dicho agente de bienestar? Vaya idea ajena tan rara, ¿no? ¿Igual tiene más sentido que te cuides tú?

Este cuento en el que tú pasas de víctima a jefa de la misión, tiene diversas moralejas. Que el abrazo de la hermana puede hacer mucha más falta que el del varón, a veces. Que todo eso que te hace daño (guardia de doce horas-móvil que no cesa de sonar-insultos de tu ex, etc.) no tiene por qué ser así, ha sido construido por quienes están interesados en que funcionen así las cosas, y ya hay muchas espaldas empujando para derrumbarlo. Que te cuides, coño, que te quieras, que vales tu peso en mimos y en caricias porque eres preciosa, niña, mi niña.