El yo precocinado

Recibí uno de estos días en mi buzón una de esas respuestas comerciales en que hay que marcar una casilla al lado de una entusiasta frase escrita en primera persona, del tipo “sí, deseo que me envíen la oferta bla bla bla, y acepto recibir bla bla bla” y luego mandar el tarjetón por correo. Me pareció bastante retrocutre y me puse a pensar en todas esas veces en que enunciamos algo sin haber realmente comunicado, en que el mensaje que mandamos no lo hemos elaborado nosotras. En eso que pasa cuando suscribimos, firmamos, pero realmente no hemos dicho. O cuando no hay acto de expresarse pero sí que estamos comunicando algo previamente proyectado por otra persona o entidad.

 

Y es que es esta una sofisticada perversidad comunicativa de consecuencias incalculables. Véase sino lo que ocurre con los contratos mercantiles, laborales, en que nuestras opciones de meterle mano a la redacción del texto son prácticamente nulas pero sus efectos sobre nuestras vidas, inmensos. También pasa con las encuestas. Con las recogidas de firmas. Con los clics y las cuquis y los likes… (¿no estará casi toda la internet basada en esta enunciación predeterminada?)  Y en sangrante última instancia, es lo mismo que sucede con las papeletas electorales, los diplomas, las constituciones y las leyes y fronteras que amenazan la autonomía de nuestros cuerpos y mentes.

 

En todos estos textos y artefactos, es el yo que se expresa (y que quedará para la posteridad), pero qué yo. Una subjetividad que solo contiene un recuerdo fantasmagórico de realidad vital, de alimento. El resto es un mejunje de aceite de palma, azúcares, químicos venenosos. Elementos no nutricios que se añaden para conservar y comerciar a gusto. Que corrompen. De nuevo, la lengua y sus actos escondiendo fuentes de poder entre sus enaguas. El poder y la ideología hegemónica hacen de las personas lo mismo que la industria “alimentaria” hace de la comida-vida para convertirla en basura.

 

¿Cuántos discursos emitimos cada día desde nuestro cuerpo y nuestra experiencia soberanas? ¿Cómo de a menudo nos expresamos genuinamente? ¿Qué espacios y tiempos nos permiten hacerlo? No todo es expresar desde lo propio, me dirás, también hay que hacerlo desde lo colectivo. Sí, pero estamos en las mismas… ¿cuántas de nosotras, cómo y a qué precio creamos discurso colectivo no precocinado? ¿Tenemos tiempo, energía, habilidad y paciencia para consensuar manifiestos, artículos y otros textos conjuntos en movimientos y asociaciones?

 

Si se lleva al extremo, un claro ejemplo de enunciado en que ponemos nuestra firma sin apenas leerlo es la lengua en sí misma. Las palabras y las estructuras en que las engarzamos arrastran arena, gravilla (y rocas y montañas) que asaetean nuestra conciencia y nuestras emociones sin que nos demos cuenta de ello. Y no hay tiempo para desatar los nudos de cada red semántica a cada paso; sin embargo, estamos llegando a un estado de manipulación mediática tal, que quizás sea ya un acto de irresponsabilidad extrema para las personas letradas no andar con pies de plomo en su consumo actual del lenguaje corriente.

 

Se me ocurre la recientemente acuñada turismofobia, una palabra imposible para la lógica del español que sin embargo parece haberse aceptado sin mediar reacción popular. Las fobias, que son término griego para expresar miedo, rechazo, lo son en la medida en que aquello que tememos no justifica en sí mismo la reacción temerosa. Es decir: -fobia acompaña a ideas que no dan miedo ni deben generar rechazo de por sí. No tendría sentido decir asesinatofobia o crueldadfobia o tsunamifobia porque se entiende que lo malo genera sentimientos negativos en sí mismo.

 

De ahí que sean solo conceptos sin valor negativo los que pueden generar palabras con este sufijo: xenofobia, homofobia, fotofobia… Por eso, usar turismo en esta palabra es eliminar de un tajo la posibilidad de que lo consideremos fenómeno indeseable. Llamarle turismofobia al cuestionamiento de una industria-apisonadora que machaca la convivencia y los recursos naturales y culturales de un lugar donde tratan de pervivir comunidades es quitarnos el derecho a cuestionar. Es quitarnos el derecho a creer que nuestras vidas puedan tener más valor que sus comercios. Es arrebatarnos mucho de un solo golpe.

 

Pero estamos este curioso momento histórico en que un machuno de izquierdas puede pontificar en un espacio 15M (sin generar reacción pública alguna en el auditorio) que el feminismo, como todos los -ismos, es una ideología que genera masificación y falta de pensamiento crítico. No sé entonces cómo se las entenderá ese buen activista con el onanismo, el bruxismo, el lirismo o incluso el analfabetismo, que a juzgar por su perezrevertismo impune, nos acecha irremisiblemente.

Cómo viajar sin ir, conocer sin aprender, ser sin vivir

1

Hoy he estado tomando café con un amigo que se contaba que ha viajado a Chipre este verano. Oye, y ¿en qué parte? —No sé, era un resort de esos. ¿Tremenda la comida, no? —Sí, la verdad que el bufé tenía de todo. ¿Y aprendiste algo de griego, parakaló? —¿Hablan griego en Chipre? No jodas, ¿en serio?

Mi amigo ha viajado (se ha desplazado, mediante el consumo de recursos) pero no ha ido a ningún sitio. Ha permanecido en una cápsula cultural, una vacuola mental sin territorio: comodidad y seguridad burguesas con sobrecillos de ketchup y mostaza en cada mesa. Qué bonito y anodino de no ser porque cosifica y consume vida para el disfrute imaginado de los privilegiados de siempre.

Que se estén organizando en contra del turismo masificado en el Mediterráneo es una magnífica noticia. Tanto crucero, tanto hotel, tanto apartamento, tanto avión, tanta oferta… son un insulto a los territorios (con su flora, su fauna, su flujo humano). Culturas colonizadoras levantan mastodóndicas burbujas de plástico para comerciar con vivencias que no son sino un espejo exotizado de las que la clientela ya tiene en su vida cotidiana. Es una aberración fuera de toda lógica que se vendan lugares (con las sustancias vitales que los empapan) a los que algunas personas con dinero puedan viajar sin ir.

 

2

En los métodos para aprender español aquí en Escandinavia se desarrolla un fenómeno complementario al del turismo adocenado. Las narrativas típicas de los libros de texto, con sus diálogos, contextos y personajes, reproducen una y otra vez la misma escena: clientes escandinavos (con quienes se espera que el alumnado se identifique) se proveen (de cosas y de experiencias) en países hispanohablantes. De esta forma, el mensaje es claro: aprende a demandar productos y servicios en lugares cuya imagen se construye a la medida de tus necesidades como turista. (Y, por ende, cuya existencia es legítima en tanto en cuanto tú puedes consumirlos.)

Así, las personas y los fenómenos culturales que aparecen en los libros son solo los que tienen relación con la industria turística. Cada vez que se abre un libro de español aquí, se levanta un edificio de hormigón en el Arenal de Mallorca. La aproximación a la lengua y la cultura extranjeras, como fin supuestamente intelectual e incluido en el plan oficial de estudios, arrastra una finalidad diferente, un currículo oculto: constrúyete como cliente en los lugares/ante las personas que tienen menos que tú. Ejerce tu poder monetario. Restringe tu espectro de aprendizaje a descubrir cuál es tu papel asignado en este juego. Conoce sin aprender.

 

 

3

Ayer tomé un café con otra amiga. Astrid tiene casi cuarenta años y mucha fibra yogui y probiótica. Pero ha adelgazado, juraría. Procede del Berlín oriental. Es doctora en físicas y trabaja en condiciones admirables en un laboratorio forense. Ha pasado recientemente por un parto y está criando a un hijo sano en un país nórdico.  También tiene una pareja, varón, que viene de Italia. Astrid y su compañero, ahora marido, acaban de volver de unas fantásticas vacaciones de un mes en Bari durante las que, además, se han casado en una idílica boda. Pero Astrid parece cansada. De hecho, se diría que está agotada.

Por fin me cuenta entre sonrisas temblorosas que ella quería una bodita simbólica, pequeña, sin agobios y sin grandes gastos. Que tampoco sabía muy bien por qué casarse, pero que bueno, por qué no, mola. El caso es que su chico se avino a satisfacer los usos familiares, y… ya se sabe: cuatro de las cinco semanas de vacaciones trabajando intensamente en la organización; diez mil euros de inversión final en un solo día de disfrute; un vestido demasiado caro, demasiado ajeno; muchas horas de suegros; decisiones tomadas en familia (la de él); corriendo todo el día de aquí para allá bajo el calor de julio; un niño destetado a instancias de su nonna; purés, llantos, parientes de él por doquier… y sonrisas, muchas sonrisas, temblorosas, de ella.

Astrid siente que con la gran boda italiana le han practicado un drenaje psicológico, emocional. Está para el arrastre. Cree que durante cinco semanas ha sido pelele, ha satisfecho expectativas ajenas y dejado de lado las propias. Siente que cumplir el sueño de un día le ha costado demasiado caro. Pero no sabe ponerle nombre a  nada de esto. Y cree que le pasa solo a ella.

 

La verdad hay que decirla poco porque se gasta, se vuelve paisaje, lengua, se calcifica, se desactiva. Las palabras dejan de significar, como cuando son rubíes, y se vuelven profundos sótanos tenebrosos en que los peores abusos patriarcocapitalistas son perpetrados y ocultos, naturalizados.

Viajar para no ir a ninguna parte, no abrirse al camino. Aprender pero no conocer, no cambiar en el proceso, no llegar a saber más que lo que de ti se espera en el tablero de juego. Y ser, ser cuerpo sin tener ánimo ni subjetividad, dejando que te vivan otros como precio por alcanzar deseos inoculados.

Algunos dicen que así es la vida; pero no, así es el (un) sistema. Y es una mierda. Y se puede cambiar.

Dice Siri Hustvedt: “nuestros cerebros son órganos predictores conservadores. Solo vemos la realidad a través de los esquemas previos que tenemos de ella. Es más rápido y cómodo, y la evolución nos lleva a pensar así. Tendemos a ser vagos para ahorrar energía”.

El modo ahorro dura ya demasiado. ¿Y si vamos pasando a la acción, probando a hacer las cosas de otra manera?