(Ad)mirarnos I

En este presente nuestro, estamos imantadas por la responsabilidad de crear una nueva cultura posible. Una cultura cíclica, menstrual, feminista (no anti-)maternal, antirracista y decolonial; una cultura del cuidado y la salud ecológica de los seres y su entorno, una cultura que ponga en el centro la vida, una que merezca la alegría ser vivida… para todos los organismos de la tierra. Somos las artífices de una nueva forma de interrelacionarnos en que la jerarquía de seres —unos privilegiados siempre y vociferan, otros mueren silenciosos entre estertores de miseria—, va a pasar a las catacumbas de la historia.

La justicia horizontal e igualitaria no es todavía tónica en nuestras relaciones, estamos en proceso de reinvención y partimos desde una mochila verdaderamente sórdida. Nuestras propias prácticas, ideas y aproximaciones están impregnadas de jerarquías y heterarquías, afectos cuestionables, enredos de palabras ajenas que ocultan tejido enfermo y proliferante. Pero hemos de sernos francas y pacientes: poco a poco sanamos en colectiva la herida trágica del kiriarcado. No debemos ser duras con nosotras mismas, pero tampoco cejar en el empeño de restituir la posibilidad sana de la existencia terrícola.

Es sabido que las relaciones entre cuerpos vulnerabilizados también pueden tender a espejear violencias sistémicas. Y es que no es que vivamos en un sistema que lastra violencia clasista, sexista, racista, especista, adultista, etc., sino que nos tambaleamos en el corazón de un sistema basado en  la división jerárquica de los seres. A imagen y semejanza de la matriz de sentido a la que pertenecemos, a menudo nos guían impulsos que la reproducen. Las )”izquierdas”(, las )”feministas”(, las portadoras, en fin, de un nuevo mundo de cooperación y alegría no debemos perder demasido tiempo en guerrear con enemigos ajenos: la lucha primera y última, el alfa y omega de nuestro deseo político de liberación consiste ni más ni menos que en sacarnos de dentro la ideología del dolor que nos consume.

Membrana piel

‘Membrana’ tiene que ver en latín con ‘miembro’, parte (de un cuerpo). Se refería especialmente a los tejidos laminares arrancados a animales de los que se podía hacer pergamino, en que grabar palabras y otros signos para dejar evidencia de relatos, acuerdos, normativas. En el origen clama la tragedia, como es costumbre: desollar a un cuerpo latente para crear una herramienta que sujete a los cuerpos posibles del futuro a una palabra ya dicha y, por tanto, palabra muerta.

En crianza se habla en ocasiones de la “membrana semipermeable”. Se trata de esa barrera flexible y porosa que, ya en los organismos unicelulares (tanto más en ls humans), engloba las organizadas estructuras internas (de la vida) y las separa del caos del entorno (que posibilita al tiempo que amenaza la proliferación de las vidas). Esta membrana hecha de fibras de sabiduría entretejidas valora la información que percibe en el exterior y permite elegir qué es necesario para la autorregulación y el desarrollo futuro y qué es necesario dejar fuera porque nos haría daño.

De esta forma, la membrana/piel es blindaje, pero también es señuelo. Es defensa a la vez que es delación. Estar troquelada por una piel significa automáticamente estar, repercutir en un entorno que queda afectado por nuestra presencia, del que somos cuerpo miembro, lo que hace necesario poner en marcha los mecanismos para poder seguir estando, para que no desaparezcamos destruidas por aquello de lo que al mismo tiempo somos parte.

Dermatología, epidermis, vienen del griego ‘derma’ (piel), palabra que se generó a partir de un verbo que significa “rasgar”, “curtir”. (Nuestra especie le ha dado palabra a la piel propia a posteriori del uso económico de la piel de otras especies. Qué mal rollo.) Las pieles se usaban para conjurar el frío y abrigar los espacios destinados a la reproducción de la vida. Pero también para ’escribir’ en ella (o incidir: fijar la lengua -muerta- en el tiempo). Se escribían contratos, coordenadas, mapas.

Por eso, la piel es mapa que nos relaciona con lo previamente vivido, al tiempo que es territorio en situación de defensa cerrada. ¿Qué cuenta y a quién, tu piel,  y de qué peligros te protege? La piel canta sobre las emociones, las reacciones que nos produce nuestra vivencia del ambiente tal  y como lo percibimos. Pero solo traemos la piel a la conciencia en caso de quemadura, picadura, corte, hinchazón, cambio de tonalidad. O cuando estamos sometidas a la violencia del sistema racista en que vivimos (la mentira macabra de un código de jerarquía por pieles: atribuirle mensajes a la piel que la piel en sí misma no dice).

La piel es membrana sensible, órgano vital, cuerpo vivo en sí misma, sudor testimonial y expresivo de la porción de carne animada que somos. Pero también es cuero, corteza, coraza. Estas tres palabras son parientes etimológicas y tienen que ver con ‘carne’, que nace de ‘sker’, “cortar”. (La carne como lo que puede ser despedazado y la piel como lo que puede ser golpeado y curtido. ¿No nos merecemos ya una relenguación radical postpatriarcado?). La piel es el yo sumiso al sistema pero también es la clave para desmontarlo.

Y es que nosotras sabemos en nuestro revolucionario fuero interno que hasta las estructuras más firmes dulcemente se abandonan a la piel cuando de pronto suceden (contra todo pronóstico) la caricia o el escalofrío. Ahí el campamento militar se vuelve alta mar en calma. La soldadesca se arranca a tirones la vitualla,  y el campo de batalla florece en un sinfín de pétalos más abiertos. Cuando se activa en compañía de otros cuerpos, la piel es peligroso dispositivo desestabilizador que neutraliza creencias e identidades obedientes a sí mismas que no nos dejan fluir autorreguladas. Piel con piel, surge el calor, se abre el espacio mental, crece el cuerpo, la fantasía palpita, llega la creación, la majestuosa aparición lúbrica del cuerpo nuevo que antes no estaba. La piel nutrida de piel es el contrario de la frontera-cuchillo. La piel ahíta es el no-dolor. Es asomarse un instante a la vida que habríamos podido vivir, de vivir libres.

Sueño con existir con las membranas al aire, expandiendo la lubricidad que asumo, mezclándonos. Sueño con que nos abramos de pieles para que se derritan los fusiles y las cáscaras. Frutos henchidos bajo el calor del sol, seríamos. Cuajos espesos de leche antigua, películas transparentes que dejan ver dentro, la épica tibia y perturbadora del amanecer con rocío en el follaje.

Porque si con la lengua, lengua; entonces, con la piel, piel.

 

(Ovulando a todo trapo dentro de un bote de esprái de hielo seco.)