#HaciaLaHuelgaFeminista en con/senso

‘Consenso’ viene del latìn COM (común, compañía, juntås) en adición a SENSO, que significa ‘sentido’. ‘Sentido’, a su vez, puede querer decir tres cosas: (1) “emoción, sensación, lo que se siente” (como en me he sentido muy bien al oírte);  (2) “hacia dónde se va” (la caravana iba en sentido contrario a las demás) y (3) “significado, concepto” (no comprendo el sentido de este texto). El  ‘consenso’ sería, entonces, (1) la emoción que se vive colectivamente, que palpita en muchas personas a la vez; (2) la dirección que lleva un grupo en su caminar; (3) el valor que un conjunto de hablantes le da a algo.

La huelga para el 8M que el movimiento feminista está organizando en el estado español nace desde lo sentido en común, o el con/senso, por estas tres mismas razones:

  • Desde una mayor o menor fluidez en la articulación de lo que sucede, por qué sucede y cómo desafiarlo, desde diferentes edades, procedencias, bagajes socioeconómicos, géneros, etc., el clamor de la gente en contra de la injusticia y la violencia por razón de género está creciendo. Hay una emoción compartida, un deseo colectivo de vida en paz y comunidad que ruge desde las entrañas del sistema y que se hace cada vez más audible de piel afuera.
  • Las cuerpas vulnerables escribimos cascadas de textos; hacemos activismo de muchas formas diferentes, en muchos espacios y desde lugares diversos; nos la jugamos cada día, a cada paso, tratando de hacer las cosas de maneras conscientemente políticas que planten cara a la opresiva normalidad imperante. Todas vamos en la misma dirección: rasgar el silencio letal que el androcentrismo impone a las experiencias que vivimos, a nuestras necesidades y exigencias de descolonizar la vida y el mundo. Queremos desafiar la narrativa en que solo la vida del Sujeto Mayoritario blanco, varón, burgués y adulto merece ser sostenida y su voz la única legitimada. Queremos un sistema que asegure las condiciones materiales y discursivas para que todas las vidas/ las vidas de todås merezcan la alegría ser vividas.
  • Estamos resignificando el concepto tradicional androcéntrico de huelga obrera. Lo okupamos y lo transformamos a la medida de nuestras opresiones. La huelga del 8M se articula muy conscientemente en los cuatro ejes estudios/laboral/cuidados/consumo para que desde las intersecciones pluriversales que habitamos se pueda afrontar la jornada como un empoderamiento colectivo y una reivindicación de los aportes de las mujeres a la vida de cada día, que son silenciados, invisibilizados, ensordecidos por el poder y el culturo hegemónicos. El sentido reapropiado de “huelga” en feminista está en proceso abierto de elaboración colectiva, no es un producto terminado ni preteorizado (mucho menos partidista) sino un poema político, un texto colectivo buscándole los tres pies a la realidad, un solo pálpito percutiendo en muchas cajas torácicas, aunque aún no hayamos dado con las palabras falologocéntricamente correctas para expresarlo.

 

No obstante, no todås estamos cuidando este precioso y admirable con/senso, esta criatura de todås. Hay reacciones, hay disenso en ¿propias filas?. Hay, por ejemplo, colectivos que reclaman que las mujeres del logo no encarnen valores culturales o subjetividades propias de cada una. Es cierto que la estilización de la imagen no hace justicia a todas las intersecciones desde las que luchamos, pero no es menos verdadero que su valor icónico es claro en tres sentidos: mujeres (melenas largas)/ variadas (peinados distintos)/ unidas (brazos enganchados).

Personalmente, no encuentro necesario que en una imagen que debe ser simple para poder reproducirla mucho y en muchos espacios quede reflejada explícitamente toda esa variedad nuestra, que ya digo que está apuntada simbólicamente. En cuanto a colectivos que reclaman no haber sido invitados a la organización estatal, deberíamos quizás repensar la inclusividad como algo que se ejerce, no algo de lo que se es sujeta paciente.

La organización de la huelga es desde el principio un proceso abierto a la que una, con o sin grupo previo, se une si quiere y se pone a currar y punto. Personalmente, me parece más honesta esta apertura generalizada que la búsqueda intencionada de colectivos equis o hache para marcar casillas de currículo interseccional. Así y todo, es muy positivo que se expresen críticas desde muchos puntos a los mensajes sociales que la huelga envía, y deben ser escuchadas para que la transformación, por amasarse desde más manos, dé frutos que nos satisfagan a más personas en más sitios.

Pero también se han escrito críticas que no son tan deseables y que, a mi modo de ver, no han sido escritas desde la honestidad y el compromiso con el interés colectivo como para merecer ser tenidas en cuenta. Me estoy refiriendo al uso que Lidia Falcón le ha dado a su columna en Público esta semana y al patriarcalísimo artículo con que nos ha azotado laHaine, de Rubén González, como ejemplo de disensos destructores desde ¿dentro?

Las invitaciones a construir la huelga desde un año antes, desde abajo, desde todas, son un hecho que compromete a quienes no habiéndose involucrado en ningún punto de este camino pretenden ahora derrumbar lo sudado por otras frentes. ¿Por qué el Partido Feminista no ha estado ahí en los cimientos, creando huelga?, le preguntaría a Falcón.

El artículo de esta histórica feminista abunda en desinformación y datos falsos. No es verdad que el Paro Internacional venga de EEUU. Tampoco ha sido solamente iniciado por Argentina, sino también por Polonia. Respecto a que afirme que la huelga en el estado español es precipitada, cuando ya digo que lleva un año gestándose, no sé si considerarlo erróneo o directamente malévolo. El texto abunda en paternalismos, insultos sin base que logran el efecto de invisibilizar el ingente trabajo que se ha realizado entre muchas para poner en marcha la acción: la huelga no se ha analizado y ponderado lo suficiente; hay que utilizar el arma de la huelga con racionalidad y sensatez; hay que saber que la huelga exige unos trámites administrativos y laborales; es imprescindible que aquellos grupos feministas que han lanzado la huelga de 24 horas conozcan los requisitos legales, etc. 

A Falcón le molesta que el Manifiesto se haya escrito entre muchas y sin partidos, y desde un tremendo anacoluto, así lo expresa: “el manifiesto que se ha difundido, producto al parecer del consenso entre muchos grupos feministas, peca de impreciso, con más literatura que exposición y análisis como hace el de Izquierda Unida, cuya trayectoria de lucha y veteranía adquirida durante tantos años y tanto sufrimiento se demuestra en los datos que maneja, el análisis materialista de la situación de la mujer y la exigencia de lograr respuestas y programas de actuación concretos, de acuerdo con la vieja máxima leninista de realizar el análisis concreto de la realidad concreta“. Si a la autora de este artículo le importa el movimiento feminista español en su amplitud y no lo identifica con una sola persona, la propia, debería justificar y argumanter lo afirmado largamente, con citas y referencias a ambos textos. De otra manera, estaría únicamente haciendo ruido, voceando que el manifiesto colectivo no vale porque no lo ha hecho ella.

Las acusaciones van creciendo en gravedad según avanza el artículo: “Porque sin situarnos en la realidad española de hoy, sin conocer las condiciones materiales en que viven, o sobreviven las mujeres, no podemos difundir consignas de luchas irrealizables que o no se cumplirán, con el desprestigio de quienes tan irresponsablemente las lanzaron, o causarán problemas y decepciones que alejarán a la mayoría femenina del Movimiento Feminista”. Lidia Falcón, ¿cientos de mujeres feministas de calle, de academia, de la prensa y de los partidos, locales y migradas, jóvenes y mayores no conocemos la realidad española de hoy?

Me parece innecesario seguir abundando en la evidencia de la mala actitud de Falcón frente a las demás feministas españolas: su falta de creatividad a la hora de interpretar la huelga de cuidados, su desconfianza incondicional de los varones (de los que sin embargo según ella hemos de depender, vía todos los sindicatos para legitimarnos en nuestra convocatoria de huelga de un día), su alarmismo, su distanciamiento rabioso.

Todas tenemos opiniones formadas a nivel individual sobre asuntos que atañen al feminismo, sin embargo no podemos emprender luchas sociales si pretendemos que sean proyecciones de nuestra mentalidad personal en todos sus detalles. Lidia Falcón debería haber comprendido que hay momentos y espacios para el avance y la expresión individuales y otros en que el camino personal ha de hacerse a un lado para permitir que lo colectivo, que es mucho más pesado de mover, pueda dar un paso hacia adelante. Lidia Falcón debería haber puesto su columna a disposición de la plataforma estatal de organización de la huelga, en lugar de abofetearnos desde la ira por que no se estén haciendo las cosas desde la óptica que ella misma representa.

El artículo de Rubén González le remata a una la sensibilidad ya atropellada por el embate de Falcón. De entrada, ¿acaso este hombre no ha comprendido nada? ¿No sabe de patriarcado, de androcentrismo, de opresión cultural de las mujeres? ¿No ve que lo que su papel en esta historia es c:a:l:l:a:r:s:e, hacerse a un lado, dejar el espacio para que otras voces puedan ser escuchadas?

El texto abunda en demagogia. ¿Quiénes son “las feministas”, Rubén, y por qué dices que están en contra del trabajo de sus propias comisiones? No se entiende. ¿Tus madres, abuelas, comparadas y camaradas son tu rebaño, Rubén, acuden a las manifestaciones a tu mandato? En cuanto al resto del artículo, si se desenmaraña con dolor el entramado dialéctico plagado de sofismas y silogismos postizos, se llega a algo así como a una acusación confusa de entre podemitismo y apropiación del feminismo por parte de las mujeres (!).

Si tu reclamación, si lo único que sacas en claro de todo esto es tu derecho a declararte feminista y a ser protagonista de esta lucha, entonces eres tan patriarcal, González, como el que la odia, y de hecho eres un enemigo peor, porque estás infiltrado en nuestras filas. Cállate, hazte a un lado, que nos haces perder el tiempo, y ponte a pensar ¿desde cuándo hay que invitar al patrón a la huelga para legitimarla?

Palabras como panes 2

Las palabras son, entonces, símbolos, cristalizaciones, condensaciones, proyecciones. No son en sí mismas las cosas que representan, ni por tanto contienen el cien por cien de los ítems que pertenecen a una categoría nombrada. Son un intercambio energético entre personas cuyo contenido se negocia en la interacción, bajo el auspicio de diferentes fuerzas y poderes que actúan de forma más o menos meridiana en ella. No se ha dicho más claramente que aquí:

Cuando yo uso una palabra –insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso– quiere decir lo que yo quiero que diga…, ni más ni menos.

–La cuestión –insistió Alicia– es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

–La cuestión –zanjó Humpty Dumpty– es saber quién es el que manda…, eso es todo.

 

De acuerdo con lo anterior, el artefacto articulatorio ‘gato’ no maúlla ni tiene pelo sino que es una llave para hacerte pensar a ti en tu experiencia de gatos cuando la acciono. Por la misma lógica, al usarla no estoy aludiendo a todos los gatos del mundo, porque mi intención es que tú pienses en un gato, no otra. No puedo contener el mundo en una abstracción sonora, solo puedo simbolizarlo. De hecho, sería imposible que si idenificaramos lenguaje con realidades los enunciados tuviese condiciones de verdad:

Buenos días. ¡Falso! Para Susana no lo son

Los gatos maúllan. ¡Mientes, bellaca! Yo una vez vi uno mudo

En este orden patriarcal, si yo tuviera un pene me harían más caso. ¡Infame! Los penes no los tienen ni solo ni todos los hombres.

Ciertamente, hay mujeres con pene y hombres sin él, pero esto no quita que el pene como noción forme parte del aura cognitiva de la abstracción léxica llamada ‘hombre’, que implica una serie de realidades no tan abstractas. En suma: usar el pene como metonimia para hablar del hombre no afirma que cada persona que tenga pene lo sea.

Usamos las palabras de forma más o menos precaria para transmitir emociones y hacer (que se hagan) cosas, y siempre estamos incurriendo en generalizaciones, jugando con tropos y acudiendo a prejuicios porque es así como funciona el lenguaje verbal humano, que, repetimos, es una abstracción y no funciona a partir de relaciones de continuidad o identidad entre cosas y palabras. No podemos mover cosas para comunicarlas. Lo que podemos hacer es mover ideas de cosas, que ya por no ser cosas en sí mismas, son de algún modo infieles a lo que representan. Pero también útiles para comunicarnos.

Uno de los usos fundamentales del lenguaje es la construcción de la identidad y la comunidad, es decir: la política. Usamos etiquetas léxicas para “ser” cosas en sociedad y establecer relaciones (de cooperación, poder…). Algunas  de estas etiquetas se pueden elegir pero la mayoría, desgraciadamente, vienen en un paquete que nadie encargó pero se nos entrega por courrier en la sala de partos. Así, al nacer ya eres civil, seglar, ciudadano, nacional de X, hijo/a de Y, sin comerlo ni beberlo, ah, y también bebé, y además niño, ay, o niña.

La buena noticia es que de la sociedad y la lengua no solo participamos aprendiendo lo que se ha hecho antes de que llegáramos al mundo, sino que tenemos el derecho analienable de cuestionarlas y transformarlas. Nos replanteamos qué es “ser español”, “ser joven”, “ser chica”. Pero ¡ojo! estamos cuestionando el haz de sentidos que la palabra activa al usarse en sociedad, no la cáscara léxica. A mí me daría igual que en los medios me llamasen “perroflauta”, que de hecho suena bien, pues un perro más una flauta son dos cosas de cariz positivo; yo lo que no quiero es que me adhieran el conjunto de significados que convencionalmente se arrastran al usar esa palabra cuando de restar legitimidad política a una individua se trata.

Desafiar el contenido de las palabras niño/niña y los significados y consecuencias sociales que su asignación acarrea es el fundamento del feminismo desde hace ya décadas. Una de las muchas formas de hacerlo es reventar sendas categorías de lo binario desde el arte icónico, la literatura, la filosofía. De hecho, las artes y las letras deberían ser/son procesos liberadores que nos permiten abrir espacios de realidad y/o asistir a los que otras personas han soñado, frente a los imperativos del poder agazapados en nuestros lenguajes cotidianos y que pasan desapercibidos.

De ahí que concebir mundos sin género o con muchos géneros, transitar entre los géneros, fluir, hormonarse… son feminismo, son desafío al poder opresor, son  espacio de resistencia y libertad imaginado y arrebatado al sistema. Sin embargo, performar en un cuerpo la fluidez de género a nivel individual no invalida de por sí las estructuras sociales de opresión que afectan al resto de humanidad más allá de ese cuerpo.

Las mujeres, que somos resultado de una socialización que imprime en nuestros cuerpos unas estructuras que nos son adversas, necesitamos ser conceptualizadas como tales para poder hacer política desde nuestros cuerpos y salir de la cárcel patriarcal que llevamos como un exoesqueleto. Esa es la tarea original del feminismo, y se ha de realizar desde lo rad y lo trans como buenamente pueda cada una.

Las palabras que nos colocamos libremente como signos de identidad, como etiquetas, las escogemos para llenar un vacío lleno de miedo. Nos ponemos letreros en la pechera llevadas muchas veces más por los beneficios emocionales que conlleva pertenecer al grupo de quienes llevan el mismo letrero que por una reflexión consciente de lo que el término significa y qué implicaciones tiene. Nos llamamos cosas a nosotras mismas para beneficiarnos del hermanamiento con otras personas que se llaman de la misma forma.

Las teorías peformativas del género, el hilar fino y el desafiarlo desde lo trans son pasos positivos para el feminismo. No deben ser interpretados como una trinchera de oposición a las posturas que parten de la opresión sistémica de lo femenino para construir su andanada. El feminismo es algo demasiado grande y hermoso como para que lo desactivemos desde divisiones patriarcalizadas. No lo pongamos en peligro solo por poder colgarnos una ristra de etiquetas en el perfil de tuiter que nos hagan sentir un poco menos solas.

Lo explica bien práctico Coral Herrera aquí.