3 palabras-trampa por las que se nos escapa la vida

Si Todo El Conocimiento tuviese que reducirse a una sola cita literaria, yo elegiría esta de Lewis Carroll:

“Cuando yo uso una palabra –insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso– quiere decir lo que yo quiero que diga…, ni más ni menos.

–La cuestión –insistió Alicia– es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

–La cuestión –zanjó Humpty Dumpty– es saber quién es el que manda…, eso es todo.”

 

Y es que lo realmente importante no es tanto lo que las palabras (sí, esas que estructuran nuestro pensamiento, nuestras emociones y relaciones sociales) denotan, es decir, “significan oficialmente”, sino qué connotan, qué circuitos activan al ser usadas, qué efectos tienen en nuestra psique, nuestro espíritu, nuestra materia corporal. Qué nos imaginamos al visualizarlas y qué frutos fertilizan al posarse en un surco abonado de nuestra mente. Esa capacidad de movilizar de las palabras está a veces secuestrada por fuerzas de lo oscuro que nos mandan la vida desagüe abajo y de las que es preciso liberarse, relenguando.

I

Por ejemplo, la palabra carreraHemos dejado de hablar del empleo o el puesto de trabajo para hablar de “mi carrera”. ¿Qué consecuencia inmediata trae esto?  Que la profesión deja de tratarse de algo que tengo-que-hacer-si-quiero-comer, con la que tengo una relación más o menos conflictiva (y en ese espacio de negociación se nutre la dignidad, pues nos permite seguir siendo personas aparte de trabajadoras), y que representa únicamente una porción de mi tiempo y mi identidad. El trabajo (que viene del latín tre-palium, un instrumento de tortura con tres palos) ocupa una parte del día y después termina, es un compartimento, una parte de la vida. La carrera, sin embargo, es la vida. Transmite la idea de pista que se desenvuelve frente a mí, por la que he de ir corriendo, coleccionando hitos, que me acerquen más y más a la cima del éxito. El trabajo es uno de las diversas esferas de mi estar en el mundo, sujeto a visicitudes y solo a veces en armonía con mis proyectos e ilusiones; por contra, la carrera es subjetividad, da cuenta de mi valor de cambio y se convierte en la fuente de legitimidad de mi existencia.

El problema de esta visión es que deja fuera adrede todas las realidades socioeconómicas que podrían hacer que la vida laboral/profesional de una fuese inestable, cíclica, irregular o incluso inexistente. Al identificar el trabajo asalariado con la esencia misma de la vida y negar la posibilidad de que los logros o fracasos profesionales puedan depender de factores ajenos a la propia voluntad, se consigue que la humanidad se autoimagine silenciosamente como fuerza de labor autoexplotada, desempoderada, desactivada. Si algo va mal es porque yo no estoy cuidando mi carrera lo suficiente: ese es el mensaje. Trabaja más, piensa más en el trabajo. Neoliberalismo puro y afilado.

II

Otro término que me rechina es el de mujer independienteque tiene algo de oxímoron. No es necesario abundar en lo crucial de que las personas no sean sometidas unas a otras por vía de la dependencia económica, de ahí que consejos bienintencionados nos insistan en que trabajemos para no depender nunca de un tío. Y dicen bien. Sin embargo… ¿qué imagen dibuja esta expresión? Una mujer sola, volcada en su carrera, con poder de consumo, que en algún momento quizás querrá tener marido e hijos. De nuevo todos los elementos que alimentan la rueda del capital: individualidad, consumo, poder. Pero es que la individualidad es una fantasía. No funcionamos atómicamente, sino en comunidad orgánica. El grupo y los intercambios no interesados son necesarios para nuestra salud mental, espiritual, física.

Por tanto, hablemos mejor de personas autónomas (del griego “de propia ley”), para así señalar que rompemos con  las estructuras de la familia patriarcal jerárquica, con esposas y vástagxs como anexos de un varón sustentador, pero sin dejar de lado el universo de lo relacional, los cuidados, las vulnerabilidades y las dependencias que, queramos o no, son lo que existe, lo que nos hace desarrollar la vida en condiciones saludables y salvaguardar la dignidad.

III

Tanto en la carrera y en el mercado, en la vida cultural y en las relaciones se dice mucho ahora que actuamos bajo el influjo de la  libertad. Pues mira, no. Últimamente, cuando alguien usa esa palabra en un debate sobre prostitución, alquiler de vientres, princesismo, migración… o cualquier otro tema candente relativo a cómo tratamos a los cuerpos, me imagino a la persona sobre la que se habla, con sus harapos, sus pañales, comoquiera que ande por el mundo y cualesquiera sean sus circunstancias, sentada en un pequeño trono, con una corona de chapa, disponiendo a derecha e izquierda sus caprichos a una pequeña corte que corre atorada a cumplirlos indefectiblemente.

El refugiado era libre de dejar su país. La maltratada eligió libremente volver con él. Las niñas quieren ir vestidas de rosa. Nadie. Le. Puso. La. Pistola. En. La. Cabeza. Pues mire, sí. La pistola en la cabeza se llama cultura, contexto, presión social, falta de opciones, ignorancia, desigualdad sistémica, indefensión aprendida, hambre, necesidad. La necesidad le arranca las patitas a la libertad de cuajo. Cuando no hay opciones o estas no son conocidas o están silenciadas: no, no hay libertad.

Ya vale de frivolizar. El uso derechizado de este concepto es de una crueldad pasmosa. Asumamos que la palabra nos la han robado. De hecho es que está incluso en el nombre del sistema injusto en que vivimos que imposibilita, precisamente, el acceso a la libertad ontológica para muchas personas en beneficio de otras que fabrican su poder a costa de masas desempoderadas. Hablemos para nuestras luchas de emancipación (del latín: quitar de las manos), una herramienta que visibiliza la opresión y permite, por ello, la ilusión (previa al hecho) de revocarla.

Imaginarnos a nosotras mismas como muñecas de papel troqueladas, recortadas del librillo, con una carrera que coronar y muchas elecciones libres por delante es una falacia. Es falso. Es una oración que nos hacen memorizar porque no les beneficia más que a ellos, a quienes nos sacrifican como astillas a las hogueras de donde emana, gaseosa, la aparente legitimidad de su dominio. Basta. Barramos como hojarasca las palabras-trampa para lograr vernos como lo que somos: criaturas desnudas y tiernas cuya ambición máxima es vivir acurrucadas y en equilibrio con el ambiente y los recursos del entorno del que formamos parte.

 

En próximas entregas:

  • La moral no es solo cristiana
  • ¿Es Hitler El Mal?

Palabras que dinamitan puentes

Cuidado con ellas, si no se las sabe reconocer son peligrosas y nos cortan las salidas, nos condenan a “lo mismo”.

La palabra, como contorno mental de un fenómeno, nos puede dar la libertad de referirnos a él e intercambiar pareceres, de construir. Nos permite incluir elementos en la nómina del pensamiento y de ahí el diálogo, el empoderamiento, conquistar presencia en lo social. La palabra es entonces territorio y hace revoluciones. Por ejemplo, no es igual un mundo en que se habla de clítoris o violencia de género que uno en el que no.

Pero también puede ser que una palabra funcione como cortina de vapor que condensa unas opciones y una “normalidad”, cegándonos ante las alternativas. Cuando algunas palabras se convierten en moneda de cambio común, y según cómo se usen, se vuelven candados porque no nos permiten ya pensar en aquello que indican sino que tan solo despiertan contextos de uso convencional que se les han quedado pegados. Reaccionamos ante ellas representando guiones, roles. Y en ciertos casos, paralizan. De hecho, en muchas ocasiones cada día, hablamos sin hablar, con el piloto automático, dejando que palabras y frases se vayan extrayendo unas a otras, sin pensar lo que decimos, sin hacer cosas con la lengua, sin ser responsables de ella.

Pero como cuando miras durante mucho rato una cara conocida hasta que empiezas a encontrarla rara, muchas palabras (instituciones mentales) deben ser reconsideradas y desactivado su poder de legitimar como normal lo que quizás no queremos que lo sea.

Hay ejemplos clásicos llenos de veneno que paraliza los miembros, como llamarle “Nacionales” a los “Fascistas”, “dialectos” a las “variantes” (todas) de una lengua o “patria” al lugar de donde uno viene. Otras bombas léxicas serían “tradición”, “mujer”, “hombre”, muchos diagnósticos y todos los gentilicios.

En otros casos se trata de expresiones, como:

¡Paciencia!

Qué le vamos a hacer

Así ha sido siempre…

Es que eso es/se hace de esta manera

Cuando nos las arrojamos a la cara, con mejor o peor intención, estamos dinamitando los puentes del pensar, los hilos que nos unen a nuestra cualidad reflexiva como especie: a la posibilidad de vislumbrar una realidad diferente. (Si ya es así, para qué voy a hacer nada para evitarlo.) No en vano se nos dice también a menudo: son solo palabras. Cuando las palabras, si algo no son, es algo “solo”, porque son mucho y ni siquiera nos hacemos a la idea de cuánto.

Se pueden llegar a oír las barbaridades más sangrantes, que si se han oído ya antes sin movilizar a la acción, seguirán su curso cauterizando cualquier intento mental de revelarse. Funciona como un parlamento oligárquico o un sindicato domesticado, como un revolucionario electo. Me refiero a frases-pan de cada día, tipo:

Cosas de tíos

Esa profesora hace en la clase lo que aprendió ella en sus tiempos, no se actualiza desde hace cuarenta años

Nos gobiernan los corruptos

Todas llevamos una revolución en la boca: somos un horno de cocinar realidades. Es hora de escoger nuestro camino, y empedrarlo andando de aquellas losas que verdaderamente queremos pisar. Basta de arrastrarnos por atajos que ya estaban aquí, y que resbalan.

Palabras como panes

Somos cuerpos carnales movidos por un ovillo desmadejado de emociones que a menudo se desbordan. Vivimos tratando precariamente de comunicarnos esa emoción unas a otras, de pegar mi hebra con la tuya, de que nos tiren, o no, del hilo, de en-redarnos. Y como a fuerza de domesticación institucional hemos olvidado el lenguaje corporal primitivo (qué delicia verlo en bebés), usamos signos para transmitir nuestros mensajes emocionales, que no son otra cosa que reacciones a los estímulos del entorno y sirven para adaptarnos a él y poder seguir viviendo. Los signos intermediarios de las emociones que somos se llaman habitualmente ‘palabras’ y, como cualquier herramienta destinada a alterar la materia y elaborarla, tienen muchas ventajas, pero también son peligrosas.

La palabra es una condensación gaseosa de significado, y el significado es emoción transmisible, carne con objetivo. Gracias al cómodo y dúctil formato mini de las palabras y su variedad (además de que son relativamente gratuitas), podemos llevar la comunicación a terrenos inusitados. Por la palabra poética impresa en papel o en aire, pueden hacerte viajar al gris húmedo de una tristeza que existió en un muy otro lugartiempo. (Yo no puedo oir ay, amor, sin ti no entiendo el despertar de Serrat sin partirme el alma). Por la palabra-falo que impone el juez, pueden desgajarte en vida, pez boqueando muerte en arena tórrida. Por la palabra-cicuta machacada entre las paredes de casa, pueden asediar tu humanidad diluida en el café de cada desayuno. Por la palabra lúbrica, te hago correrte sobre playas y arsenales.

La palabra, en fin, nos hace libres y fuertes. Nos hace. Es potencia, abre espacios, crea pulpa. Pero cuidado: todo es una burbuja de abstracción. Siempre hay por debajo carne-ancla que rasga y duele. Por más que asciendas por peldaños de palabras, sigues siendo cuerpo necesitado de hacer fluir archivos emocionales. Es fácil olvidarlo. Pero la palabra es solo símbolo, objeto, representación, síntoma, artefacto, y como tal, puede convertirse fácilmente en el dedo al que se mira en lugar del sentido al que este indica. El peligro de las palabras está en creérselas. En darle más valor a la cosa inerte que a la carne lábil. Sobre todo si otros han gest(ion)ado palabras por nosotras y estas no nos han nacido de la carne en pálpito, del cuerpo.

Elena Casado dice que la noción de ‘sentido’ es un taburete de tres patas: implica  ‘significado’, ‘sentimiento’ y ‘dirección’. Pues bien, cada chispa léxica concita, efectivamente, tres movimientos internos en nuestro cuerpo al ser usada o recibida, prendida. El significado es lo que nos han dicho que las cosas son. Ahí se pavonea el poder de la Academia, lOs Autores, los Medios, la Escuela, la Familia…, la Autoridad, en fin, para definir, conceptualizar, imponer su agenda política, inyectarnos su versión interesada y normativizada de los hechos. De este modo, también nos inculcan qué se debe decir, cómo, cuándo y a quién decir. Y a quién no. Y de quién no. El significado de las palabras y, por tanto, de los seres y las cosas, es el programa de estudios de la Escuela del Sagrado Corazón del sistema.

En el sentimiento que se traslada como un tanque de una persona a otra al pulsarse una palabra-tecla fíbrica, nada el currículo oculto de la socialización capitalista-patriarcal que nos han untado a la piel (del derecho y del revés). La emoción que las palabras activan en los cuerpos se ve bien cuando hablamos de nombres propios, si me gusta este o aquel, si una vez conocí una Luisa que era rechoncha y ahora ya cada Luisa que oigo me la imagino así. No se define ni se puede defender, solo se siente, intuye, contiene. También se observa en los medios con las palabras-fetiche que nos arroja cada sector de intereses como si fuéramos contenedores que incendiar: comunismo, Venezuela, liberal, altruista.

La emoción que las palabras ponen en marcha al llegarnos nos lleva a movernos en un sentido, hacemos algo cuando somos interpeladas por la dimensión sentimental que tienen y que conecta con algún cabo suelto en nuestro seno: nos cerramos en banda, nos abrimos a escuchar, nos vamos, nos quedamos, aprendemos, nos adherimos a una causa, dilapidamos a alguien por tuiter, etc.

Hemos recorrido así la rueda completa en la que nos afanamos como jerbos enjaulados: sentimos – empalabramos – hacemos sentir – movemos – empalabramos – sentimos. La liberación política de las individuas pasa por aprender qué decimos, qué movemos y qué hacemos cuando usamos las palabras y, sobre todo, cuando son usadas para/contra/por nosotras. O vamos okupando rapidito nuestros mecanismos de emoción-palabra, o van a seguir cayéndonos, cada vez más, como panes.