Membrana piel

‘Membrana’ tiene que ver en latín con ‘miembro’, parte (de un cuerpo). Se refería especialmente a los tejidos laminares arrancados a animales de los que se podía hacer pergamino, en que grabar palabras y otros signos para dejar evidencia de relatos, acuerdos, normativas. En el origen clama la tragedia, como es costumbre: desollar a un cuerpo latente para crear una herramienta que sujete a los cuerpos posibles del futuro a una palabra ya dicha y, por tanto, palabra muerta.

En crianza se habla en ocasiones de la “membrana semipermeable”. Se trata de esa barrera flexible y porosa que, ya en los organismos unicelulares (tanto más en ls humans), engloba las organizadas estructuras internas (de la vida) y las separa del caos del entorno (que posibilita al tiempo que amenaza la proliferación de las vidas). Esta membrana hecha de fibras de sabiduría entretejidas valora la información que percibe en el exterior y permite elegir qué es necesario para la autorregulación y el desarrollo futuro y qué es necesario dejar fuera porque nos haría daño.

De esta forma, la membrana/piel es blindaje, pero también es señuelo. Es defensa a la vez que es delación. Estar troquelada por una piel significa automáticamente estar, repercutir en un entorno que queda afectado por nuestra presencia, del que somos cuerpo miembro, lo que hace necesario poner en marcha los mecanismos para poder seguir estando, para que no desaparezcamos destruidas por aquello de lo que al mismo tiempo somos parte.

Dermatología, epidermis, vienen del griego ‘derma’ (piel), palabra que se generó a partir de un verbo que significa “rasgar”, “curtir”. (Nuestra especie le ha dado palabra a la piel propia a posteriori del uso económico de la piel de otras especies. Qué mal rollo.) Las pieles se usaban para conjurar el frío y abrigar los espacios destinados a la reproducción de la vida. Pero también para ’escribir’ en ella (o incidir: fijar la lengua -muerta- en el tiempo). Se escribían contratos, coordenadas, mapas.

Por eso, la piel es mapa que nos relaciona con lo previamente vivido, al tiempo que es territorio en situación de defensa cerrada. ¿Qué cuenta y a quién, tu piel,  y de qué peligros te protege? La piel canta sobre las emociones, las reacciones que nos produce nuestra vivencia del ambiente tal  y como lo percibimos. Pero solo traemos la piel a la conciencia en caso de quemadura, picadura, corte, hinchazón, cambio de tonalidad. O cuando estamos sometidas a la violencia del sistema racista en que vivimos (la mentira macabra de un código de jerarquía por pieles: atribuirle mensajes a la piel que la piel en sí misma no dice).

La piel es membrana sensible, órgano vital, cuerpo vivo en sí misma, sudor testimonial y expresivo de la porción de carne animada que somos. Pero también es cuero, corteza, coraza. Estas tres palabras son parientes etimológicas y tienen que ver con ‘carne’, que nace de ‘sker’, “cortar”. (La carne como lo que puede ser despedazado y la piel como lo que puede ser golpeado y curtido. ¿No nos merecemos ya una relenguación radical postpatriarcado?). La piel es el yo sumiso al sistema pero también es la clave para desmontarlo.

Y es que nosotras sabemos en nuestro revolucionario fuero interno que hasta las estructuras más firmes dulcemente se abandonan a la piel cuando de pronto suceden (contra todo pronóstico) la caricia o el escalofrío. Ahí el campamento militar se vuelve alta mar en calma. La soldadesca se arranca a tirones la vitualla,  y el campo de batalla florece en un sinfín de pétalos más abiertos. Cuando se activa en compañía de otros cuerpos, la piel es peligroso dispositivo desestabilizador que neutraliza creencias e identidades obedientes a sí mismas que no nos dejan fluir autorreguladas. Piel con piel, surge el calor, se abre el espacio mental, crece el cuerpo, la fantasía palpita, llega la creación, la majestuosa aparición lúbrica del cuerpo nuevo que antes no estaba. La piel nutrida de piel es el contrario de la frontera-cuchillo. La piel ahíta es el no-dolor. Es asomarse un instante a la vida que habríamos podido vivir, de vivir libres.

Sueño con existir con las membranas al aire, expandiendo la lubricidad que asumo, mezclándonos. Sueño con que nos abramos de pieles para que se derritan los fusiles y las cáscaras. Frutos henchidos bajo el calor del sol, seríamos. Cuajos espesos de leche antigua, películas transparentes que dejan ver dentro, la épica tibia y perturbadora del amanecer con rocío en el follaje.

Porque si con la lengua, lengua; entonces, con la piel, piel.

 

(Ovulando a todo trapo dentro de un bote de esprái de hielo seco.)

 

 

Acariciar/limitar/humanar

IMG_0643En ensayos sobre crianza se asegura que aprendemos a conocer los limites del cuerpo que somos a través de las caricias que se le hacen a nuestro yo-bebé. Quien nos materna entonces nos vuelve cuerpo, en la medida en que le da límites a nuestra materia, la hace diferenciarse del resto del mundo, que se expande indiferenciado, interminable, peligroso por nuestros cuatro costados.

Las criaturas de días y meses tienen miedo a la indefinición, a perderse en ella. Hacen a menudo como si cayeran, con los brazos en alto y la mirada de susto, cuando en algún momento no se sienten suficientemente acogidas, contenidas, limitadas en el espacio. Para poder vivir y crecer seguras necesitan piel, manos, caricias constantes que les den forma y con la forma entidad (ser) e identidad (ser que se repite en el tiempo, ser sostenido).

Acoger, sostener, acariciar, contener, limitar, piel

En este mundo que tenemos tan feamente montado, no son modos de relación que practiquemos, fuera de lo puramente sexual, donde posiblemente tampoco. Lo sexual deviene a menudo coliseo de luchas de poder genérico e identitario, pocas veces dejará paso a lo tierno, lo blando, la celebración extática de lo vulnerable, el canto coral de las dermis primitivas, la piel cruda.

Cuando somos grandes ya hemos (en principio) aprendido los límites de nuestro cuerpo, pero seguimos necesitando las caricias, el contacto, para ser en el tiempo, para seguir siendo. Duele profundo pensar que por Sistema hacemos como si no fuera así. Sin pielconpiel, sin piel, ergo, sin límites, somos pegotes de masa indiferenciada, interminable, peligrosa. Por eso no nos cuidamos el cuerpo y nos forzamos a vestir roles dentados que filetean nuestra carne. Por eso trabajamos sin parar para alimentar la máquina. Por eso votamos mal. Por eso estamos atrapadas en el ciclón energético de producción-consumo. Por eso no luchamos por lo nuestro. Porque hemos perdido la piel-límite.

Aunque, por otro lado, si pensamos en ello a la luz de las crianzas de moda de las últimas décadas con las que nos han martirizado (no lo cojas que se va a acostumbrar/ ese ingente vacío entre cuerpo criado y cuerpo criador rellenado con mercancías/ la tutela pediátrica de quienes crían, que está a su vez tutelada por lo comercial) no sé si acaso nunca en realidad nos acariciaron lo suficiente para que nos creciera el límite. Y trágicamente llegamos a lo adulto sin piel, como si hubiéramos llegado con piernecillas blandas para no poder caminar porque nadie se ocupó de ayudarnos a aprender cómo.

Es un gesto tan revolucionario, acariciar. Hoy voy a intentarlo, me come la vergüenza, pero ahora sé que ahí es de donde arranca mi aporte para un mundo futuro en que lo que sí es humano se convierta en lo normal.