Palabras como panes

Somos cuerpos carnales movidos por un ovillo desmadejado de emociones que a menudo se desbordan. Vivimos tratando precariamente de comunicarnos esa emoción unas a otras, de pegar mi hebra con la tuya, de que nos tiren, o no, del hilo, de en-redarnos. Y como a fuerza de domesticación institucional hemos olvidado el lenguaje corporal primitivo (qué delicia verlo en bebés), usamos signos para transmitir nuestros mensajes emocionales, que no son otra cosa que reacciones a los estímulos del entorno y sirven para adaptarnos a él y poder seguir viviendo. Los signos intermediarios de las emociones que somos se llaman habitualmente ‘palabras’ y, como cualquier herramienta destinada a alterar la materia y elaborarla, tienen muchas ventajas, pero también son peligrosas.

La palabra es una condensación gaseosa de significado, y el significado es emoción transmisible, carne con objetivo. Gracias al cómodo y dúctil formato mini de las palabras y su variedad (además de que son relativamente gratuitas), podemos llevar la comunicación a terrenos inusitados. Por la palabra poética impresa en papel o en aire, pueden hacerte viajar al gris húmedo de una tristeza que existió en un muy otro lugartiempo. (Yo no puedo oir ay, amor, sin ti no entiendo el despertar de Serrat sin partirme el alma). Por la palabra-falo que impone el juez, pueden desgajarte en vida, pez boqueando muerte en arena tórrida. Por la palabra-cicuta machacada entre las paredes de casa, pueden asediar tu humanidad diluida en el café de cada desayuno. Por la palabra lúbrica, te hago correrte sobre playas y arsenales.

La palabra, en fin, nos hace libres y fuertes. Nos hace. Es potencia, abre espacios, crea pulpa. Pero cuidado: todo es una burbuja de abstracción. Siempre hay por debajo carne-ancla que rasga y duele. Por más que asciendas por peldaños de palabras, sigues siendo cuerpo necesitado de hacer fluir archivos emocionales. Es fácil olvidarlo. Pero la palabra es solo símbolo, objeto, representación, síntoma, artefacto, y como tal, puede convertirse fácilmente en el dedo al que se mira en lugar del sentido al que este indica. El peligro de las palabras está en creérselas. En darle más valor a la cosa inerte que a la carne lábil. Sobre todo si otros han gest(ion)ado palabras por nosotras y estas no nos han nacido de la carne en pálpito, del cuerpo.

Elena Casado dice que la noción de ‘sentido’ es un taburete de tres patas: implica  ‘significado’, ‘sentimiento’ y ‘dirección’. Pues bien, cada chispa léxica concita, efectivamente, tres movimientos internos en nuestro cuerpo al ser usada o recibida, prendida. El significado es lo que nos han dicho que las cosas son. Ahí se pavonea el poder de la Academia, lOs Autores, los Medios, la Escuela, la Familia…, la Autoridad, en fin, para definir, conceptualizar, imponer su agenda política, inyectarnos su versión interesada y normativizada de los hechos. De este modo, también nos inculcan qué se debe decir, cómo, cuándo y a quién decir. Y a quién no. Y de quién no. El significado de las palabras y, por tanto, de los seres y las cosas, es el programa de estudios de la Escuela del Sagrado Corazón del sistema.

En el sentimiento que se traslada como un tanque de una persona a otra al pulsarse una palabra-tecla fíbrica, nada el currículo oculto de la socialización capitalista-patriarcal que nos han untado a la piel (del derecho y del revés). La emoción que las palabras activan en los cuerpos se ve bien cuando hablamos de nombres propios, si me gusta este o aquel, si una vez conocí una Luisa que era rechoncha y ahora ya cada Luisa que oigo me la imagino así. No se define ni se puede defender, solo se siente, intuye, contiene. También se observa en los medios con las palabras-fetiche que nos arroja cada sector de intereses como si fuéramos contenedores que incendiar: comunismo, Venezuela, liberal, altruista.

La emoción que las palabras ponen en marcha al llegarnos nos lleva a movernos en un sentido, hacemos algo cuando somos interpeladas por la dimensión sentimental que tienen y que conecta con algún cabo suelto en nuestro seno: nos cerramos en banda, nos abrimos a escuchar, nos vamos, nos quedamos, aprendemos, nos adherimos a una causa, dilapidamos a alguien por tuiter, etc.

Hemos recorrido así la rueda completa en la que nos afanamos como jerbos enjaulados: sentimos – empalabramos – hacemos sentir – movemos – empalabramos – sentimos. La liberación política de las individuas pasa por aprender qué decimos, qué movemos y qué hacemos cuando usamos las palabras y, sobre todo, cuando son usadas para/contra/por nosotras. O vamos okupando rapidito nuestros mecanismos de emoción-palabra, o van a seguir cayéndonos, cada vez más, como panes.

Cuando saben más pedagogía en las agencias publicitarias que en las escuelas…

 

…la hemos jodido. Pero bien.

Los principios de la pedagogía son claros y meridianos desde hace tantos años que da ascopena que aún no se ejerzan en las instituciones educativas sistemáticamente. Si no desde la antigua Grecia, que sepamos, al menos desde Comenius, en el siglo XVII, se es consciente de que para que una persona aprenda, tienen que darse algunos elementos que conecten al aprendiente con el contenido: un acceso a partir de los sentidos, una relevancia vital y un modelo de la nueva conducta al que se desee imitar.

Por ejemplo, aprendemos a leer (de verdad) de niñas cuando es divertido y nos place, cuando se nos permite oler, tocar, degustar, decidir qué, cómo y cuándo meternos el libro en la vida, y si es que personas adultas (a las que llegar a parecernos es nuestra finalidad vital) manejan ese artilugio con naturalidad y frecuencia.

Esto es muy sabido desde hace muchos siglos y, sin embargo, todavía campan a sus anchas docentes mediocrillos que entienden la enseñanza como ejercicio de poder e imponen a sus estudiantes dogmas por obligación, haciendo oídos sordos al rugido del alumnado que “fracasa” ante planes de domesticación basados en oprimir impulsos vitales y fomentar la competencia feroz entre estudiantes.

Lo doblemente preocupante es que hay quien sí se ha enterado de cómo aprendemos: las agencias de publicidad y los medios, en general.  A través de la proyección de modelos “deseables”, torpedean nuestros sentidos e interpelan a la sexualidad para darnos lecciones de vida cuando se han asegurado de que estamos escuchando. Gracias a los anuncios y a los productos culturales de (gran parte de) la televisión y el cine, hemos aprendido mucho. Somos alumnas/os aventajados en sumisión, inacción, individualismo, consumismo, discriminación, roles de género y edad (que nos hacen trocitos), violencia, soledad, muerte.

La pedagogía (que es contacto-emoción-palabra-comunidad-reflexión-descubrimiento-tiempo), puesta al servicio del interés común, esconde la revolución entre sus faldas. Hay que arrebatársela a los del beneficio propio, y venceremos, pues de nuestro lado está el sentido mismo de la especie, que es la vida y su cuidado.