Patrix y los ojos-grieta

El patriarcado es un sistema de organización social basado en bla bla…, una distribución desigual de poder bla bla… un residuo antropológico que establece bla bla bla… En fin, al patrix se le puede definir de muchas formas.

Pero el patriarcado, para lo que nos interesa, no es una concepto teórico ni un constructo: el patriarcado son tus ojos. Tus ojos que no ven ven sino que rasgan, que mutilan los seres y sus circunstancias. Tus ojos-grieta.

Cuando el patriarcado es de consentimiento y no ya tanto de coerción (no está tanto en las leyes y las instituciones), el patriarcado es la gilipollez de no pensar un mínimo lo que hacemos y decimos. Es reproducir actitudes y expresiones con las que, si las viéramos por un segundo al trasluz, no comulgaríamos.

Patriarcado es que mi comadre Jenni se queje conmigo de que Antonio acuna a su niño con agresividad para que se duerma de una maldita vez. Ella asiste aterrorizada a esta violencia, pero luego disculpa a su marido porque, a ver, pobre, está cansado del trabajo y estresado. Y claro, hace falta el dinero, como yo no trabajo y estoy en casa con el niño…

Patriarcado es que Antonio, que está haciendo un post-doc en medicina radiactiva, hable de sus compañeras, igualmente cualificadas, como “las niñas de mi curro” y encima diga de ellas que “con las mujeres, ya se sabe…”

Patriarcado es que Cecilia sabotee una reunión de mujeres porque le parece mal excluir a su marido Carlos de ella.

Patriarcado es que Carlos le diga a una gente de la empresa X en un bar “soy el señor Pérez, habréis oído hablar de mí“, y que nadie le conteste “más quisieras, petardo“.

Patriarcado es que Ricardo acabe de entrar en la empresa X y ya le hayan ascendido, y ahora sea jefe de todas esas “niñas” que llevan allí mil años.

Patriarcado es que Edu nos cuente que la payasa de Laura le tuvo a dos velas no sé cuánto tiempo, y que cuando al final iban a arrimar cebolleta, ella se puso a llorar hecha polvo porque había prometido a sus padres virginidad hasta el matrimonio. ¡Qué tía! Ja-ja-ja.

Patriarcado es que Enrique y Luisa comenten en una cena que no le quieren decir a su pequeña Agnes cómo se llama su vulva, no vaya a ser que luego ande por ahí hablándole de ella a la gente.

Patriarcado es poner la tele y que todas las historias se cuenten desde la perspectiva de un varón, siendo las mujeres construidas como lo otro, lo raro, lo estereotipado, y no como el sujeto de enunciación y (contra)dicción.

Patriarcado es que criticar, pelear y abominar del prójimo sean con diferencia más habituales en el día a día que abrazar, oler cabellos y lamer espaldas erizadas de placer.

Patriarcado es que consideremos la velocidad, la producción, el consumo ilimitado, el egoísmo hedonista y la violencia como el entorno en que queremos vivir. Y que por el contrario la lentitud, el cuidado, el apego, el interés comunitario y el compromiso sean asediados por la normalidad distópica de hoy.

Patriarcado son miraditas cuando haces equis, codazos cuando haces y griega, o fotopenes cuando haces zeta.

Patriarcado es cuando el activista de izquierdas de turno te cuenta qué es el patriarcado, para añadir después que aunque él es feminista, lo importante es derrocar al poder, y luego ya veremos qué hacemos con lo patriarcal, que va aparte.

Patriarcado es no reaccionar cuando vemos que somos tratadas de forma desigual (lo que quiere decir, ni más ni menos, de forma injusta), ni cuando se llega a ver como normal lo raro, ni cuando se le llama natural (siempre-ha-sido-así) a lo que le conviene a la ideología en el poder.

Patriarcado… es nuestra cultura, es la historia que cuenta la sopa de letras en la que todo el mundo flota. Pero ¡ojo!, este cuento de sangre fría es solo uno de los relatos posibles, no el alfabeto en sí. Podemos de hecho utilizar las palabras (los cuerpos, los días) para contar algo diferente. Está en nuestra mano, cada día, en cada encrucijada del camino. Eso es a lo que llaman alma.

No hay poderes ocultos velando por la defensa del sistema patriarcal (aunque sí poderosos focos de emisión de mensajes que lo refuerzan). La injusticia y la violencia nacen a cada paso porque las convocamos por inercia. No hay plan maligno: hay tontería que pasa incuestionada y que le conviene a quienes detentan el gobierno en las sombras (y en las luces).

Necesitamos la cultura para saber qué hacer y para que se sepa qué hacemos. La cultura nos deja ver y ser vistos, nos muestra caminos, nos descodifica y nos hace relacionables con otros. Nuestros cuerpos y nuestras psiques no carburan independientemente de un rebaño humano del que somos fragmentos. No podemos ser, estar, hacer sin una cultura que nos muestre cómo. Tampoco somos, estamos, hacemos si no creemos que repercutimos, que quedamos reflejados de algún modo en algo. La cultura es el globo de helio en cuyo interios estamos todas las personas respirando. Y si se nos pone la voz de pito diciendo vaya zorra porque lo que necesitamos, en realidad, es inhalar oxígeno.

Aunque la institución médica, los realitis, las vecinas y los cuñados nos hacen creer que tenemos problemas individuales, en realidad casi todos son sociales. No tenemos conflictos propios sino que somos pedazos de conflictos que atañen a muchos. Por eso escribimos y publicamos, para tirarle a la sociedad a la jeta lo que no es particular, lo que ya era social.

El patriarcado es una cultura en llamas que hace a las personas arder de dolor, a la naturaleza morir humillada, a la chispa apagarse poco a poco. No nos deja ver, porque nos ha llenado los ojos de arena y cal a paletadas. Qué gafas ni qué gafas: lo que hay es que meter los dedos en los ojos-grieta para abrir brecha e ir escrileyendo otros relatos en el agua que nos nos envenenen por las branquias, en que podamos, al fin, nadar con dignidad, con alegría.