Esencia de mujer, esencia del capital

Desde algunos discursos feministas, se acusa a otros de mostrarse “esencialistas” respecto a la identidad de las mujeres, de aferrarse a ella y no permitir que el género reviente convenientemente como le correspondería al feminismo en la fase avanzada (y mistificada) del movimiento que estamos viviendo ahora. Igual que cuando se acusa al feminismo de “moralista”, hay que ver si el insulto se sostiene cuando lo miramos de cerca, y además seguir el dedo de quien acusa hasta llegar al brazo teórico que lo mueve, para ver qué intereses respalda en realidad ese acto de presunta difamación.

Los hombres y las mujeres son dos categorías artificiales, culturalmente construidas, sobre un continuo de realidades hormonales, genitales, corporales, psicológicas y socioafectivas que tienen más de caleidoscopio sexual (García Dauder) que de realidad naturalmente dicotómica. Separar la lectura social de las posibilidades de expresión de la sexualidad humana en tan solo dos opciones es una violencia, que responde a intereses socioeconómicos obsoletos y que debe ser sin duda contravenida. Desde este punto de vista, el objetivo del movimiento feminista entiendo que es, en consecuencia, la abolición del sistema sexo/género como agresión segregadora que sirve para legitimar la explotación de una de las dos categorías de lo binario (la posición social femenina) por parte de la masculina reinante, que queda a su vez sujeta por la estructura y es orientada por la pedagogía sistémica a fines de explotación, guerra, y dominio de los seres subsumidos.

Han sido ya varios los momentos del feminismo en que se han producido cismas entre teóricas y activistas que querían priorizar lo urgente y quienes consideraban más útil dedicarse a lo importante (en términos de Sendón de León). Visto así, es fácil encontrar las dicotomías clásicas como igualdad/diferencia o abolicionismo/regulacionismo (aparte de forzadas y falaces en ocasiones) como un continuo de luchas en que cada estrategia política se orienta, o bien a resolver el problema de forma inmediata, o a contribuir a más largo plazo con vistas al objetivo final. Ambas posturas deberían poder dialogar si la actitud vital de base es la misma.

Por otro lado, la cuestión de las identidades. Debemos siempre sospechar de ese concepto (que lo carga el diablo) y pensar si somos “algo” como “identidad de salida”, en origen, como cualidad inmanente de nuestra sustancia, o si cuando abanderamos la identidad de “mujer” lo hacemos como “identidad de llegada”, es decir, como aquella forma en que somos entendidas. Identidad que no reside a nivel de las letras que forman el texto que somos (y que no es idéntico sino a sí mismo y por tanto carece de relaciones de identidad) sino en la forma en que las estructuras sociales permiten leernos, en los usos interpretativos del entorno. O sea: si muchas de las que tenemos úteros hacemos activismo desde un “mujeres” porque así nos clasifican en sociedad, y a sabiendas de las limitaciones del término, no es porque representemos una cualidad esencial del mismo ni porque este se acabe en nosotras, sino porque la palabra nos permite otorgarle valor colectivo y político a nuestra problemática común. Porque sin él somos masa informe y desagregada.

Es una lucha urgente la del activismo trans por la plena habitabilidad de la vida de las personas que transitan entre géneros. Las discriminaciones y opresión contra la gente trans deben ser, además, desafiadas desde el feminismo, como movimiento que aboga por la alegría de la diversidad frente al fascismo del Uno poderoso y fagocitador.

Sin embargo, aparte de la riqueza que aporta el enfoque transfeminista a la batalla por la diversidad de cuerpos, narrativas y realidades, no debe perderse de vista el enfoque de género para leer la cultura, las famosas gafas moradas de que el feminismo nos proveyó en otras etapas. Avancemos integrando, diría, no quemando los campos al pasar.

Las vulvas, los úteros, los ciclos menstruales, los embarazos, los partos… suceden en cuerpos vulnerabilizados y muy frecuentemente vulnerados por la cultura misógina y sus mercenarios. De ahí que el significante “mujer” deba, sin duda, cuestionarse por todas partes y criticarse desde todas las perspectivas (aunque sin ir demasiado rápido y asumiendo que todavía tiene el valor político de generar identificación y potencial de lucha, véase sino el 8M). Sin embargo, hay una trampa: poner en solfa el término “mujer” y su extensión no es razón para silenciar, de nuevo, cuerpos vulnerables y sus realidades. Vincular, sumar, crecer por las dimensiones de lo trans no puede significar invisibilizar coños ni escatimar maternidades.

Un espacio transfeminista no puede vetar la ginecología autogestiva en nombre de querer evitar un supuesto “esencialismo”, porque eso es (re)silenciar coños. Y la liberación no puede ser a cara o cruz, o tú o yo (y gano yo), la liberación tenemos que inventarla juntas para una nueva realidad que nos acoja, por fin, a todas.

Es cínico acusar a las enfermas de endometriosis de transfóbicas por reproducir la idea de “mujer” en sus discursos porque si no se hace, queda borrado (otra vez) el sesgo de género de la medicina patriarcal, que el feminismo ha evidenciado y que es la razón por la que esas personas sufren, y luchan.

No se nos puede obligar a hablar de “persona embarazada” en lugar de “mujer” porque sin el entramado de violencias misóginas que impregna la sociedad no se puede entender la violencia obstétrica y perinatal, y por tanto nos dejaría (de nuevo) indefensas .

Los úteros en su dimensión carnal y simbólica son expoliados económica y culturalmente por sistema. La lógica económica depredadora que habitamos basa su éxito en naturalizar la gratuidad de la reproducción social. Por ello desvaloriza simbólicamente a sus responsables (lo que previamente ha construido como posición social femenina) para perpetuar el engranaje de la dominación. Y es que esos úteros cuyo peso político revindicamos resultan venir in-corporados en personas. Y estas personas a veces conciben, gestan y paren. Y cuando lo hacen, llegan al mundo otras personas, que dependen física y psíquicamente del cuerpo, la presencia y el cuidado de quienes las parieron. (Lo cual se me podrá discutir con meras opiniones, pero no hay evidencia de que las personas nacidas puedan desarrollarse plenamente saludables psíquicamente si se resquebraja el vínculo con el cuerpo del que provienen; de hecho, véanse a Leboyer, Odent, Olza, etc. para estudios que muestran lo contrario.)

No conozco a ninguna feminista que esté contenta con el papel que le ha reservado el patriarcado en ninguna de sus fases. Todas cuestionan, en mayor o menor profundidad, las construcciones sociales en torno al género que dilapidan las posibilidades de una vida completa, apacible y en salud psicosocial para todo el mundo. No abogan por ninguna “esencia de mujer”. Tampoco conozco (yo) a feministas que no acepten la realidad de que hay mujeres con pene, con testículos, con traje de masculinidad, sin útero, sin vulva, sin menstruación, sin vivencia social de la feminidad, etc.

Conviene no olvidar que puesto que todas las personas somos nacidas de mujer, la “madre”, más allá de la impronta, el vínculo y el cuidado primal, comprende una dimensión psicológica que tiene que ver con el arraigo, con la pertenencia al cuerpo del que venimos y, por extensión, al grupo humano que nos acoge. La leída-como-madre (potencial)/persona con útero/mujer representa, por tanto, valores contrarios al capital en esta su fase apocalíptica. El neoliberalismo nos separa, nos desterritorializa, nos desarraiga. Defender a la madre entrañal es una postura política que desafía la lógica disgregadora de cuerpos de los señores capitalistas a cuyo son, querides, estamos todes bailando. Y cuyos intereses se nos cuelan en los discursos sin darnos cuenta.

Por eso, porque la maternidad es socialmente asociada con la identidad (de llegada) “mujer”, porque debemos tejer nuevos lenguajes pero siendo siempre responsables y conocedoras de los efectos performativos y perlocutivos reales (no los soñados) que generamos con ellos en la interacción, porque reinventar el género (lo urgente) no debe impedirnos desafiarlo (lo importante), ni recrearlo debe hacernos olvidar lo que conocemos sobre su funcionamiento letal, creo que debemos dejar de usar el “esencialismo” como insulto entre feministas. De entrada porque qué narices es eso, y porque a quién resulta que estamos haciéndole el juego, si borramos los úteros; si en nombre de la igualdad y la libertad tenemos la suma desfachatez de alquilarlos, y poner nada menos que a personas pequeñitas a la venta por catálogo.

Un norte global hirviendo de capitalismo cognitivo. Universidades produciendo sofisticados discursos sobre géneros licuados. Identidades que se sectorializan y exigen respeto a la individualidad abanderada. El cuerpo es un arcaísmo esencialista. Mientras, un sur global que revienta en cuerpos sin nombre alimentando la parte trasera de la máquina. Carne a la venta, seleccionada en exclusiva para usted, lista para ser importada cuando su deseo se pose sobre ella.

Vivan les trans. Vivan los úteros. Viva el uso político de la palabra “mujeres” cuando nos sirva para revelarnos. Basta ya de dominio, de confundirnos, de discurso vacíos que adormecen, de explotación.

(Ad)mirarnos

Al patri-educarnos, nos amputaron la posibilidad de vernos. A nosotras mismas y a las otras criaturas que sobreviven desde cuerpos vulnerables, siempre en la línea de fuego, subjetividades mermadas, dobladitas como para meterlas en el cajón de la cómoda con bolitas de olor. Lo que nos hicieron fue un raspado de pupilas desde dentro para que, si miramos, solo podamos verlo a Él. Al varón blanco constructo. Al gran falo del obelisco. El Dios-sol y su triángulo. Plural mayestático. Cojón pendulante hipnotizador.

Sucede, sin embargo, que a veces nos reseteamos, nos deprogramamos y decidimos que nos queremos ver. Y no nos quedamos ahí, sino que, curiosas, nos atrevemos también a mirar. Y sucede que, cuando por fin prende la rebeldía y nos vemos y nos miramos, también, como por ensalmo, aparecen las otras ante nuestros ojos nuevos. Las vemos a nuestro lado. Y sucede, además, que en ocasiones, lo que hay nos gusta, y entonces, admiramos.

Admirar: “mirar hacia”. Admirar a mujeres: mirar hacia ellas y que no se cubran ni se reduzcan ni metan tripa ni se operen ni se borren ni se vayan ni te pidan perdón por ser quien son. Admirarnos es una bomba nuclear de vida, una pomada para nuestro interior inflamado por el eccema Patrix.

Nos han socializado para odiarnos, para lanzarnos cuchillos y recortarnos mutuamente con nuestras performativas lenguas puestas a charlar. Por eso, cuando admiramos a otras, es como si frenáramos la puñalada con el canto de la mano y estuviéramos construyendo otro mundo posible al que se llega por carriles inscritos en nuestra propia piel.

Me pregunto qué hará en las mujeres a las que admiro la mirada que les proyecto. Dula, que estooo, che, qué sé yo, por ahí me salva la vida de vez en cuando. Activistx, que de mayor quiero parecerme a ella. O cuando le puse cuerpo a Voz y casi me da un paro cardiaco. ¿Qué abismos nos separan, aunque los llamemos puentes? En algún lugar entre el sueño, el pálpito, el alivio y el artificio yace lo que sí tiene que ser, esperando a ser sido.

(Algunos halagos sobre mi almacén salino no he sido capaz ni de responderlos, e intento olvidarlos como si fueran la peor de las afrentas.)

¿Qué efecto surte admirarnos? ¿Aprenderemos a gestionar la admiración mutua? ¿En qué rincón de la herida quedamos, y a qué hora? ¿Nos reconoceremos, una vez allí? ¿Nos miraremos a la cara? ¿Y qué hacemos con el mandato de agradar con el que nos cincelaron? ¿Cómo dejar atrás las expectativas-cencerro que nos colgamos por mano interpuesta? ¿Y cómo desactivar el miedo cerval a no cumplirlas, o ese síndrome de la impostora, que agarra como un musgo viejo también en las distancias cortas?

 

#HaciaLaHuelgaFeminista en con/senso

‘Consenso’ viene del latìn COM (común, compañía, juntås) en adición a SENSO, que significa ‘sentido’. ‘Sentido’, a su vez, puede querer decir tres cosas: (1) “emoción, sensación, lo que se siente” (como en me he sentido muy bien al oírte);  (2) “hacia dónde se va” (la caravana iba en sentido contrario a las demás) y (3) “significado, concepto” (no comprendo el sentido de este texto). El  ‘consenso’ sería, entonces, (1) la emoción que se vive colectivamente, que palpita en muchas personas a la vez; (2) la dirección que lleva un grupo en su caminar; (3) el valor que un conjunto de hablantes le da a algo.

La huelga para el 8M que el movimiento feminista está organizando en el estado español nace desde lo sentido en común, o el con/senso, por estas tres mismas razones:

  • Desde una mayor o menor fluidez en la articulación de lo que sucede, por qué sucede y cómo desafiarlo, desde diferentes edades, procedencias, bagajes socioeconómicos, géneros, etc., el clamor de la gente en contra de la injusticia y la violencia por razón de género está creciendo. Hay una emoción compartida, un deseo colectivo de vida en paz y comunidad que ruge desde las entrañas del sistema y que se hace cada vez más audible de piel afuera.
  • Las cuerpas vulnerables escribimos cascadas de textos; hacemos activismo de muchas formas diferentes, en muchos espacios y desde lugares diversos; nos la jugamos cada día, a cada paso, tratando de hacer las cosas de maneras conscientemente políticas que planten cara a la opresiva normalidad imperante. Todas vamos en la misma dirección: rasgar el silencio letal que el androcentrismo impone a las experiencias que vivimos, a nuestras necesidades y exigencias de descolonizar la vida y el mundo. Queremos desafiar la narrativa en que solo la vida del Sujeto Mayoritario blanco, varón, burgués y adulto merece ser sostenida y su voz la única legitimada. Queremos un sistema que asegure las condiciones materiales y discursivas para que todas las vidas/ las vidas de todås merezcan la alegría ser vividas.
  • Estamos resignificando el concepto tradicional androcéntrico de huelga obrera. Lo okupamos y lo transformamos a la medida de nuestras opresiones. La huelga del 8M se articula muy conscientemente en los cuatro ejes estudios/laboral/cuidados/consumo para que desde las intersecciones pluriversales que habitamos se pueda afrontar la jornada como un empoderamiento colectivo y una reivindicación de los aportes de las mujeres a la vida de cada día, que son silenciados, invisibilizados, ensordecidos por el poder y el culturo hegemónicos. El sentido reapropiado de “huelga” en feminista está en proceso abierto de elaboración colectiva, no es un producto terminado ni preteorizado (mucho menos partidista) sino un poema político, un texto colectivo buscándole los tres pies a la realidad, un solo pálpito percutiendo en muchas cajas torácicas, aunque aún no hayamos dado con las palabras falologocéntricamente correctas para expresarlo.

 

No obstante, no todås estamos cuidando este precioso y admirable con/senso, esta criatura de todås. Hay reacciones, hay disenso en ¿propias filas?. Hay, por ejemplo, colectivos que reclaman que las mujeres del logo no encarnen valores culturales o subjetividades propias de cada una. Es cierto que la estilización de la imagen no hace justicia a todas las intersecciones desde las que luchamos, pero no es menos verdadero que su valor icónico es claro en tres sentidos: mujeres (melenas largas)/ variadas (peinados distintos)/ unidas (brazos enganchados).

Personalmente, no encuentro necesario que en una imagen que debe ser simple para poder reproducirla mucho y en muchos espacios quede reflejada explícitamente toda esa variedad nuestra, que ya digo que está apuntada simbólicamente. En cuanto a colectivos que reclaman no haber sido invitados a la organización estatal, deberíamos quizás repensar la inclusividad como algo que se ejerce, no algo de lo que se es sujeta paciente.

La organización de la huelga es desde el principio un proceso abierto a la que una, con o sin grupo previo, se une si quiere y se pone a currar y punto. Personalmente, me parece más honesta esta apertura generalizada que la búsqueda intencionada de colectivos equis o hache para marcar casillas de currículo interseccional. Así y todo, es muy positivo que se expresen críticas desde muchos puntos a los mensajes sociales que la huelga envía, y deben ser escuchadas para que la transformación, por amasarse desde más manos, dé frutos que nos satisfagan a más personas en más sitios.

Pero también se han escrito críticas que no son tan deseables y que, a mi modo de ver, no han sido escritas desde la honestidad y el compromiso con el interés colectivo como para merecer ser tenidas en cuenta. Me estoy refiriendo al uso que Lidia Falcón le ha dado a su columna en Público esta semana y al patriarcalísimo artículo con que nos ha azotado laHaine, de Rubén González, como ejemplo de disensos destructores desde ¿dentro?

Las invitaciones a construir la huelga desde un año antes, desde abajo, desde todas, son un hecho que compromete a quienes no habiéndose involucrado en ningún punto de este camino pretenden ahora derrumbar lo sudado por otras frentes. ¿Por qué el Partido Feminista no ha estado ahí en los cimientos, creando huelga?, le preguntaría a Falcón.

El artículo de esta histórica feminista abunda en desinformación y datos falsos. No es verdad que el Paro Internacional venga de EEUU. Tampoco ha sido solamente iniciado por Argentina, sino también por Polonia. Respecto a que afirme que la huelga en el estado español es precipitada, cuando ya digo que lleva un año gestándose, no sé si considerarlo erróneo o directamente malévolo. El texto abunda en paternalismos, insultos sin base que logran el efecto de invisibilizar el ingente trabajo que se ha realizado entre muchas para poner en marcha la acción: la huelga no se ha analizado y ponderado lo suficiente; hay que utilizar el arma de la huelga con racionalidad y sensatez; hay que saber que la huelga exige unos trámites administrativos y laborales; es imprescindible que aquellos grupos feministas que han lanzado la huelga de 24 horas conozcan los requisitos legales, etc. 

A Falcón le molesta que el Manifiesto se haya escrito entre muchas y sin partidos, y desde un tremendo anacoluto, así lo expresa: “el manifiesto que se ha difundido, producto al parecer del consenso entre muchos grupos feministas, peca de impreciso, con más literatura que exposición y análisis como hace el de Izquierda Unida, cuya trayectoria de lucha y veteranía adquirida durante tantos años y tanto sufrimiento se demuestra en los datos que maneja, el análisis materialista de la situación de la mujer y la exigencia de lograr respuestas y programas de actuación concretos, de acuerdo con la vieja máxima leninista de realizar el análisis concreto de la realidad concreta“. Si a la autora de este artículo le importa el movimiento feminista español en su amplitud y no lo identifica con una sola persona, la propia, debería justificar y argumanter lo afirmado largamente, con citas y referencias a ambos textos. De otra manera, estaría únicamente haciendo ruido, voceando que el manifiesto colectivo no vale porque no lo ha hecho ella.

Las acusaciones van creciendo en gravedad según avanza el artículo: “Porque sin situarnos en la realidad española de hoy, sin conocer las condiciones materiales en que viven, o sobreviven las mujeres, no podemos difundir consignas de luchas irrealizables que o no se cumplirán, con el desprestigio de quienes tan irresponsablemente las lanzaron, o causarán problemas y decepciones que alejarán a la mayoría femenina del Movimiento Feminista”. Lidia Falcón, ¿cientos de mujeres feministas de calle, de academia, de la prensa y de los partidos, locales y migradas, jóvenes y mayores no conocemos la realidad española de hoy?

Me parece innecesario seguir abundando en la evidencia de la mala actitud de Falcón frente a las demás feministas españolas: su falta de creatividad a la hora de interpretar la huelga de cuidados, su desconfianza incondicional de los varones (de los que sin embargo según ella hemos de depender, vía todos los sindicatos para legitimarnos en nuestra convocatoria de huelga de un día), su alarmismo, su distanciamiento rabioso.

Todas tenemos opiniones formadas a nivel individual sobre asuntos que atañen al feminismo, sin embargo no podemos emprender luchas sociales si pretendemos que sean proyecciones de nuestra mentalidad personal en todos sus detalles. Lidia Falcón debería haber comprendido que hay momentos y espacios para el avance y la expresión individuales y otros en que el camino personal ha de hacerse a un lado para permitir que lo colectivo, que es mucho más pesado de mover, pueda dar un paso hacia adelante. Lidia Falcón debería haber puesto su columna a disposición de la plataforma estatal de organización de la huelga, en lugar de abofetearnos desde la ira por que no se estén haciendo las cosas desde la óptica que ella misma representa.

El artículo de Rubén González le remata a una la sensibilidad ya atropellada por el embate de Falcón. De entrada, ¿acaso este hombre no ha comprendido nada? ¿No sabe de patriarcado, de androcentrismo, de opresión cultural de las mujeres? ¿No ve que lo que su papel en esta historia es c:a:l:l:a:r:s:e, hacerse a un lado, dejar el espacio para que otras voces puedan ser escuchadas?

El texto abunda en demagogia. ¿Quiénes son “las feministas”, Rubén, y por qué dices que están en contra del trabajo de sus propias comisiones? No se entiende. ¿Tus madres, abuelas, comparadas y camaradas son tu rebaño, Rubén, acuden a las manifestaciones a tu mandato? En cuanto al resto del artículo, si se desenmaraña con dolor el entramado dialéctico plagado de sofismas y silogismos postizos, se llega a algo así como a una acusación confusa de entre podemitismo y apropiación del feminismo por parte de las mujeres (!).

Si tu reclamación, si lo único que sacas en claro de todo esto es tu derecho a declararte feminista y a ser protagonista de esta lucha, entonces eres tan patriarcal, González, como el que la odia, y de hecho eres un enemigo peor, porque estás infiltrado en nuestras filas. Cállate, hazte a un lado, que nos haces perder el tiempo, y ponte a pensar ¿desde cuándo hay que invitar al patrón a la huelga para legitimarla?

Mi amor, rey mío

Pensando en términos de poderes, derechos y privilegios, y atormentada por la relación con el padre de la personita, que no funciona (ni siquiera en su modalidad actual de lleguemos-a-acuerdos-por-el-bien-de-la-cría-pese-a-que-no-nos-amemos) he podido observar que la mayoría de los conflictos que hay en casa se originan en su inconsciente defensa a ultranza de uno o varios de los privilegios siguientes y mi resistencia felina a considerarlos aceptables o mantenerlos en la oscuridad opresiva de lo no-llamado por su nombre.

Son creencias arraigadas en la socialización segregada por géneros, en la ideología de reyes y cenicientas en que nos formaron, y están en el fondo de muchos de los desencantos que otras comadres padecen; no son individuales, no son mi problema: son un cáncer social.

 

  • Privilegio de priorizar su carrera y su descanso a la hora de organizar el tiempo común. Y ya lo que sobre en tiempo y energía, ya veremos cómo lo reparto (yo, jefe de mis recursos, decidiendo solo y esperando crédito cuando soy generoso con el resto). El problema de esta creencia es que, por ende, la compañera se ve obligada a priorizar todo lo que él deja por hacer, y ya en los huecos que queden, atender sus intereses, su carrera, su descanso (que, como es lógico, no llega nunca).
  • Privilegio de concentrarse en una tarea y llevarla a cabo según el objetivo propuesto. Allá te las apañes tú con la criatura o lo que vaya surgiendo, chata.
  • Privilegio de hacer solo una cosa a la vez, sin necesidad de multitasking, y criticando además a quienes estamos siempre en mil ajos. Si tú, varoncito, solo estás a lo que estás, a lo que te interesa estar, alguien tendrá que estar a todo el resto, ¿no crees?
  • Privilegio de beneficiarse de un grupo social sin invertir tiempo ni recursos en cuidar las relaciones. Joé, qué pesada que soy siempre con invitaciones, cafés, fiestas y comidas, comprando regalos y tratando de dar apoyo al vecindario afectivo que nos rodea. ¿Pero quién nos ayuda a nosotros, pachá mío? ¿Quién te ayuda a ti, mi amor, a encontrar trabajo, a hacer entrevistas, a colgar estanterías? Esto es como el hijo, igual: privatización de los esfuerzos por parte de la mujer para poder luego socializar los beneficios.
  • Privilegio de esperar órdenes, de no estar al cargo ni coordinar los asuntos que considera que no le atañen directamente: la casa, la crianza, las relaciones sociales. Pero no se le puede llamar machista, porque él sí contribuye, él hace ciertas cosas según el…
  • privilegio de escoger las tareas del hogar y la familia que no le son desagradables. El resto, pa ti, morena. Y no te quejes,  ¡pero si vamos a medias!
  • Y, por fin, el más importante, una vez el conflicto ha estallado, se impone majestuoso el privilegio de defender que el criterio único, la lógica, el sentido común que han de prevalecer en la discusión sea el que emana de uno mismo. ¿La prueba de que lo suyo es lo correcto? La cultura androcentrista y patriarcal que lo respalda. Es muy fácil tener razón cuando la idea de razón se ha hecho a imagen y semejanza de uno. Cuando ‘razón’ significa cuerpo masculino agresivo invisibilizando emociones, pulsiones, realidades y necesidades propias y ajenas no contenidas en el discurso de lo hegemónico postindustrial. 

 

Hace poco leía en este libro que en una escuelita sueca se había visto a una niña pelándoles sistemática y diariamente la fruta a sus compañeros varones. No sé, en realidad, hacia dónde vamos porque las señales son equívocas. Por un lado proliferan las buenas noticias desde la consolidación del feminismo en nuestras sociedades; por el otro, la segregación rosiazul avanza a pasos agigantados y no deja títere con cabeza, haciéndome temblar cuando pienso en las consecuencias que esta violencia tendrá en las relaciones entre los género en el futuro.

No puedo parar la sinrazón con mis pequeñas manos, no puedo hacer más que volcar mis angustias en este rincón perdido de internet. Bueno, eso, y que la mandarina, rey mío, te la vas a ir pelando tú.

 

(Nota: imagen compartida en el grupo de Telegram Comuneras Feministas, a cuyas administradoras no sé cómo contactar)

Patrix y los ojos-grieta

El patriarcado es un sistema de organización social basado en bla bla…, una distribución desigual de poder bla bla… un residuo antropológico que establece bla bla bla… En fin, al patrix se le puede definir de muchas formas.

Pero el patriarcado, para lo que nos interesa, no es una concepto teórico ni un constructo: el patriarcado son tus ojos. Tus ojos que no ven ven sino que rasgan, que mutilan los seres y sus circunstancias. Tus ojos-grieta.

Cuando el patriarcado es de consentimiento y no ya tanto de coerción (no está tanto en las leyes y las instituciones), el patriarcado es la gilipollez de no pensar un mínimo lo que hacemos y decimos. Es reproducir actitudes y expresiones con las que, si las viéramos por un segundo al trasluz, no comulgaríamos.

Patriarcado es que mi comadre Jenni se queje conmigo de que Antonio acuna a su niño con agresividad para que se duerma de una maldita vez. Ella asiste aterrorizada a esta violencia, pero luego disculpa a su marido porque, a ver, pobre, está cansado del trabajo y estresado. Y claro, hace falta el dinero, como yo no trabajo y estoy en casa con el niño…

Patriarcado es que Antonio, que está haciendo un post-doc en medicina radiactiva, hable de sus compañeras, igualmente cualificadas, como “las niñas de mi curro” y encima diga de ellas que “con las mujeres, ya se sabe…”

Patriarcado es que Cecilia sabotee una reunión de mujeres porque le parece mal excluir a su marido Carlos de ella.

Patriarcado es que Carlos le diga a una gente de la empresa X en un bar “soy el señor Pérez, habréis oído hablar de mí“, y que nadie le conteste “más quisieras, petardo“.

Patriarcado es que Ricardo acabe de entrar en la empresa X y ya le hayan ascendido, y ahora sea jefe de todas esas “niñas” que llevan allí mil años.

Patriarcado es que Edu nos cuente que la payasa de Laura le tuvo a dos velas no sé cuánto tiempo, y que cuando al final iban a arrimar cebolleta, ella se puso a llorar hecha polvo porque había prometido a sus padres virginidad hasta el matrimonio. ¡Qué tía! Ja-ja-ja.

Patriarcado es que Enrique y Luisa comenten en una cena que no le quieren decir a su pequeña Agnes cómo se llama su vulva, no vaya a ser que luego ande por ahí hablándole de ella a la gente.

Patriarcado es poner la tele y que todas las historias se cuenten desde la perspectiva de un varón, siendo las mujeres construidas como lo otro, lo raro, lo estereotipado, y no como el sujeto de enunciación y (contra)dicción.

Patriarcado es que criticar, pelear y abominar del prójimo sean con diferencia más habituales en el día a día que abrazar, oler cabellos y lamer espaldas erizadas de placer.

Patriarcado es que consideremos la velocidad, la producción, el consumo ilimitado, el egoísmo hedonista y la violencia como el entorno en que queremos vivir. Y que por el contrario la lentitud, el cuidado, el apego, el interés comunitario y el compromiso sean asediados por la normalidad distópica de hoy.

Patriarcado son miraditas cuando haces equis, codazos cuando haces y griega, o fotopenes cuando haces zeta.

Patriarcado es cuando el activista de izquierdas de turno te cuenta qué es el patriarcado, para añadir después que aunque él es feminista, lo importante es derrocar al poder, y luego ya veremos qué hacemos con lo patriarcal, que va aparte.

Patriarcado es no reaccionar cuando vemos que somos tratadas de forma desigual (lo que quiere decir, ni más ni menos, de forma injusta), ni cuando se llega a ver como normal lo raro, ni cuando se le llama natural (siempre-ha-sido-así) a lo que le conviene a la ideología en el poder.

Patriarcado… es nuestra cultura, es la historia que cuenta la sopa de letras en la que todo el mundo flota. Pero ¡ojo!, este cuento de sangre fría es solo uno de los relatos posibles, no el alfabeto en sí. Podemos de hecho utilizar las palabras (los cuerpos, los días) para contar algo diferente. Está en nuestra mano, cada día, en cada encrucijada del camino. Eso es a lo que llaman alma.

No hay poderes ocultos velando por la defensa del sistema patriarcal (aunque sí poderosos focos de emisión de mensajes que lo refuerzan). La injusticia y la violencia nacen a cada paso porque las convocamos por inercia. No hay plan maligno: hay tontería que pasa incuestionada y que le conviene a quienes detentan el gobierno en las sombras (y en las luces).

Necesitamos la cultura para saber qué hacer y para que se sepa qué hacemos. La cultura nos deja ver y ser vistos, nos muestra caminos, nos descodifica y nos hace relacionables con otros. Nuestros cuerpos y nuestras psiques no carburan independientemente de un rebaño humano del que somos fragmentos. No podemos ser, estar, hacer sin una cultura que nos muestre cómo. Tampoco somos, estamos, hacemos si no creemos que repercutimos, que quedamos reflejados de algún modo en algo. La cultura es el globo de helio en cuyo interios estamos todas las personas respirando. Y si se nos pone la voz de pito diciendo vaya zorra porque lo que necesitamos, en realidad, es inhalar oxígeno.

Aunque la institución médica, los realitis, las vecinas y los cuñados nos hacen creer que tenemos problemas individuales, en realidad casi todos son sociales. No tenemos conflictos propios sino que somos pedazos de conflictos que atañen a muchos. Por eso escribimos y publicamos, para tirarle a la sociedad a la jeta lo que no es particular, lo que ya era social.

El patriarcado es una cultura en llamas que hace a las personas arder de dolor, a la naturaleza morir humillada, a la chispa apagarse poco a poco. No nos deja ver, porque nos ha llenado los ojos de arena y cal a paletadas. Qué gafas ni qué gafas: lo que hay es que meter los dedos en los ojos-grieta para abrir brecha e ir escrileyendo otros relatos en el agua que nos nos envenenen por las branquias, en que podamos, al fin, nadar con dignidad, con alegría.