Abriéndome de coño con alegría

Así es como quiero que sea mi parto. Para ello estoy construyendo una cabaña de luz en mi cabeza que palpita al mismo ritmo al que lo hace mi útero preñado y feliz. Voy llenando mi cabaña de palabras, imágenes, indicios de la certeza de que otro parto es posible. Me tejo con ovillos rojos de vida mi telón de fondo para parir, hilvano músicas, las bailo, corto fotos y las pego, sueño con la bendición de Madres que me acaricien, contengan y apoyen. En las que reposar de tanto trabajo como es volverme orilla de tierra firme para el oleaje del mar de Atreyu.

Las mujeres de mi entorno no me están ayudando casi nada. Ponte la epidural. Ponte, ponte, ponte la epidural. O parirás con dolor. El parto duele. El parto te parte. Ginecólogo. Tocólogo. Médico. O. O. O. Cuánto pesas. Cuánto queda. Cuánto tienes por comprar todavía. El parto no importa, lo que realmente te cambia es lo de después. Hospital. No aguanto. Es horrible. No sabes lo que puede pasar. Las complicaciones que tuvo mi prima. ¿En serio quieres parir con dolor? No eres más madre, más feminista ni más nada por no drogarte. Drógate. Quítate de enmedio. Piensas demasiado. Lo bueno es que se pasa y punto.

Menos mal que están esas otras, las que aunque no sean de cuerpo han tenido la generosidad de ser palabra: Casilda, Victoria, María, Debra, Ibone, Cira, Mónica, Ina May, Anna, otras. Gracias, mujeres formando en el batallón de la fuerza, la creencia, la devoción en lo uno pero diverso, lo propio, lo que gesta con alegría y puede, es, debe tener lugar. Gracias por creer en mí.