¿Cómo se juega a eso?

—Oye, que ya toca ser adultos.

—¿Y a eso cómo se juega?

—Pues depende mucho de si eres hombre o mujer, pero en general hay que ser una persona seria y agresiva, tratar siempre de tener razón y ganarle al contrario, cumplir horarios y expectativas ajenas, ganar mucho, comprar mucho, quejarse mucho, tratar de satisfacer el qué dirán de la familia extensa y los colegas, llenar el tiempo y el espacio de cosas, maltratarse el cuerpo, mirar adelante y atrás pero nunca arriba, abajo o a los lados. Y nunca, nunca pasarse de la raya ni querer pintar otra con tiza en el asfalto.

—Suena divertido. ¡Vamos!

***

—Vamos a ser novios, ¿va?

—¿Y a eso cómo se juega?

—Pues… yo hago como que tú gobiernas mi vida y la relación, tú haces como que no tienes emociones. Yo seré toda entusiasmo, tú la parte racional de la pareja… Ah, ya no importará nadie ni nada más, solo el uno al otro; consumiremos mucho, y al cabo de unos meses ya podemos empezar a tratarnos mal, pues donde hay confianza… ya se sabe.

—¡Vale! Me da que esta partida te la gano…

***

— Ay, ay, que creo que hay que ponerse a jugar a ser padres…

— Ah. ¿Y cómo se hace eso?

— Pues mira, hay que marcar estatura, llenar de cosas el espacio entre tus hijos y tú, decir mucho que no, hablar alto e imponerse siempre. Quejarse todo lo posible de los niños, no perder mucho tiempo con sus cosas,  tratar de que te salgan normalitos, humillarles, comprar mucho, decir que “no” constantemente, ¿ya lo he dicho? y… ¿qué pasa, que tú no has tenido padres?

— Sí.

— Pues haz todo lo que hicieron ellos que seguro que no falla. Total, aquí estamos nosotros como prueba de que se les dio estupendamente.

El padre de la criatura

La pareja heteropatriarcal es una puta mierda.

Dudo de sus posibilidades reales de funcionar, de producir alianzas fértiles desde dos subjetividades que salen íntegras e indemnes del acuerdo. De generar un entorno de cuidado mutuo y distribución equitativa de las tareas del día a día.

En el nudo de narrativas de desigualdad y opresión en el que se forja y que nos constituyen íntimamente, no hay esperanza.

Yo desde luego no conozco a ninguna pareja con criaturas que no tenga problemas a la hora de gestionar los trabajos de cuidados. Se espera más de nosotras. Se nos valora menos. Y esto ya cansa.

Quizás, con mucho esfuerzo de ambas partes, sea posible relacionarse como compañera y compañero en igualdad para pasarlo bien, viajar, crecer, incluso vivir juntos. ¿Pero cómo conseguirlo cuando la mapaternidad entran en juego, si los discursos e instituciones sociales, si el contenido de las capas más profundas de nuestra construcción identitaria de género se afianzan frontalmente en contra de la igualdad?

Por ejemplo, cuando se consolida simbólicamente el matrimonio burgués, se decide desde lo masculino, lo hegemónico, que el cuidado de la prole va en el pack junto a ocuparse de la casa y la cocina. Lo damos por hecho. Pero un momento… ¿cómo coño tiene una la casa limpia y organizada con un bebé demandante de tiempo y cuerpo? No se puede. Ni hay por qué, en realidad.

Pero el padre de la criatura se nos pone pasivoagresivo si el piso está sin recoger cuando vuelve de su empleo cada tarde. Piensa que yo podría haberlo arreglado, puesto que tenía el tiempo de hacerlo. Lo que no sabe ni parece interesarle es que aunque en la baja, tiempo hay, no se es dueña de él, porque apremian y se imponen las necesidades de la personita. La mitad de los pensamientos de hacer otras cosas que tengo sencillamente se desvanecen. Lo que él no sabe ni parece interesarle es cómo me encuentro, orgullosa de haber soltado lastre y exigencias de limpieza y eficacia, feliz holgando en largas horas de lactancia y juego, que son mi trabajo real y por lo que estoy cobrando un sueldo del estado.

Cuando ha terminado su jornada laboral pero la mía se extiende, el padre de la criatura me sobrecarga con más tiempo de bebé del que yo habría esperado. Dice que es porque yo tengo teta y eso calma a la cría de forma que otra persona no puede igualar. No lo dudo, pero yo necesitaría que viese más allá, la necesidad que tiene de ser creativo y suplir esa “carencia” cantando, jugando, lo que sea, para que yo tenga un tiempo diario para mí, y que este no sea una conquista, producto de una lucha: que él lo vea tan necesario como yo por la salud de todos y por justicia.

No estamos bien desde que la personita vive. Habría esperado de él cierta reverencia, admiración, ante lo grandioso de mi cuerpo y sus potencias de latido y leche. Habría necesitado más cuidado, más amor. Aunque fuera la mitad de lo que le profesa al bebé. Cómo la mira, le habla, la mima, las zalemas con que la acaricia me recuerdan a cómo me trataba a mí al principio de nuestra relación. Este fenómeno de sustitución asusta.

Percibo cierta aversión, ¿misoginia inoculada? Se diría que querría haberlo gestado y parido él, tener él las tetas y la leche. Ser La Madre. Lo que ama de mi capacidad reproductiva no es lo que yo soy sino lo que puede ser extraído de mí.

Está todo por hacer. Poner la reproducción en el centro de la economía generando con ello nuevas mentalidades. Empezar a compartir con urgencia la carga mental entre mujeres y hombres equitativamente. Desgañitarse en cada brecha contra la ingente masa de violencia simbólica contra las mujeres. Reventar el invento este de la pareja, y de la heterosexualidad  hegemónica. Está todo por hacer, y Atreyu ya crece. ¡Hay que darse prisa!