El secuestro de la función nutricia

Nos han robado la alimentación. Nos han separado de la fuente de vida. Nos han dejado huérfanås de lo que nos nutría para vivir. Éramos seres, éramos naturaleza, equilibrio, pero nos han escatimado el contacto energizante con nuestra sustancia, con la matriz… con la madre.

Comíamos lo que palpitaba, en lo que fluía la vida, lo que nutría. Para seguir latiendo, para vivir. Pero la industrialización furibunda normaliza el secuestro de la función nutricia en cada acto de consumo de no-comida que tan panchas realizamos a diario. Silenciamos el latido que bombea salud, que conecta con el entorno y con el resto de seres, que pide abastecimiento desde lo vivo: leche humana, comida hecha con manos y con calor, alimento orgánico, ecología alimentaria. De pan de masa madre en horno de leña a pan de molde impregnado en conservantes en bolsa de plástico. Nos dan muerte por vida.

En lugar de agua, nos han hecho creer que debemos beber mezclas infames de líquidos con glucosa y otros venenos químicos, que quitan la salud, que impiden el equilibrio. En lugar de legumbres, verduras, pescados, etc., nos han hecho creer que es deseable comer procesados industriales de carnes y azúcares, hormonas sintética untadas de aceite de palma y envueltas en plástico.

Es juego sucio que las leyes permitan hacer campañas en que se asocie alimentarse de lo muerto, lo inerte, lo artificial con imágenes de éxito social para que nuestros espíritus en desamparo se identifiquen y muerdan el anzuelo del consumismo inconsciente y debilitador. Es desolador que la infancia crezca con plástico en la boca todo el tiempo, a través del que se les meten  mezclas cuestionables cocinadas masivamente y calentadas con ondas electromagnéticas.

En nombre no sé de qué liberación de nuestro tiempo, nos escatimamos la ecología de las cocinas, donde la reproducción de la vida se produce con la lógica cíclica del bienestar, el aprovechamiento. Ya no cocinamos lo que hay en la zona y en la temporada sino lo que (nos dice la moda y la publicidad que) queremos. Nos parece normal que el desayuno salga de envases y no de la tierra, del fuego, de las manos. (¿Conoces aún casas donde en la comida más importante del día se coma vitalidad, y no producto desnaturalizado?)

Con la función nutricia, antes consolidada psicológicamente en el mito de la madre, nos la han robado también a ella. Indudablemente, era necesario arrancar el destino de las mujeres del hierro dicotómico de la virgen/puta. O madresposa o fulana. Sin embargo, no es que “nos liberásemos” de los hogares, como las feministas de la emancipación preconizaban, es que nos han secuestrado el conocimiento ecológico y lógico de lo que mantenernos vivas y sanas significa. Toda criatura humana debe saber procurarse bienestar físico y psíquico, a sí misma y a sus congéneres, para vivir una vida que merezca ser vivida.

Se va claramente en la moda de las malas madres, una peligrosa narrativa en que se acalla la crítica a través de la demanda de “no producir culpabilidad” en las madres individuales. ¿Un reclamo humanista de autocuidado y liberación? No, nunca es feminismo real aquello que “beneficia” a las mujeres pero perjudica a seres aún más vulnerabilizados que ellas. No hacer sentir culpable a las madres se está usando como eufemismo para “descargar la responsabilidad de ls consumidors acrítics”.

Se les está dando mucho azúcar a las criaturas, diariamente, se les está dando veneno. Es fácil comprar envases de colores llamativos y sabores saturados que suelen “gustar”. Pero es que si lo haces sin pensar, estás obligando a la infancia a acatar los dictados de una industria que-no-tiene-límites-en-sus-constantes-agresiones-a-la-vida. No, los gobiernos tampoco nos protegen. Ni los medios. Aun así, la información está ahí para quien la busque. Se está apagando la vida en el planeta a causa de la acumulación del poder capitalista en manos irresponsables.

Quienes deciden se han propuesto desalimentarnos desde la cuna hasta la tumba. Quieren que comamos su basura. Y la comemos con gusto, de momento. Hacer pan en casa (o comprárselo a alguien, en la cocina que no se meta quien no guste) es un acto verdaderamente revolucionario en estos tiempos.

Es el momento de darle más espacio en nuestras vidas a la autogestión y soberanía alimentaria, revalorizando la leche humana y protegiendo el consumo crítico, ecológico, de proximidad, sin envases, sin químicos, sin conservantes, sin transporte, sin muerte. Trabajar por la salud del cuerpo físico y social es una revolución, está en marcha, y no hay más opción que unirse a ella. O eso o seguir enfermando a nuestros cuerpos, nuestras crías y nuestro maltrecho ecosistema.  O  nutrición crítica desindustralizada y feminista o barbarie.