Mentes S.A.

Día de la madre. Día para celebrar un constructo ideológico que es utilizado para separar a las mujeres entre las que llevan la etiqueta y las que no, y tanto desde dentro como desde fuera de la categoría, presionarlas y orientar sus voluntades en sentidos que interesan al poder patriarcal. Día para no celebrar, pues, digo yo.

A menudo hablamos de “la sociedad”, así, en abstracto. Lo que la sociedad dicta, lo que la sociedad hace, lo que la sociedad quiere. Pero ¿nos preguntamos a cada paso qué es esa mentalidad social y quién la patrocina? No hace falta imaginarse malvados y puntiagudos personajes de tebeo moviendo hilos de nailon sobre nuestras inocentes cabecillas, basta con seguir el sendero de baba de caracol; ¿cómo he aprendido qué significa “madre”?

Hemos configurado lo que es una “madre”, con unas expectativas anejas, a partir de dos fuentes principales: lo que hemos vivido como hijas y lo que hemos visto en “la sociedad”. Como hijas, hemos tenido madres que han sido educadas en el franquismo, y que por tanto (quien más quien menos), han performado su papel desde la impronta de la feminidad hipersumisa y las directrices del ensamblaje cristofascista. (Algunas también hemos sido hijas de ¿feministas? que, como consecuencia de la opresión anterior, huyeron del hogar como ángeles de posadera en llamas para insertarse en la empresa y prefirieron que nos maternaran migrantes baratas en su lugar.)

Es bastante alta la probabilidad, pues, que creamos que “lo madre” es siempre femenino, es un deber, es abnegado (o ausente), es tutelado por las madres mayores o el poder científico y, sobre todo, es sola, es una mujer sola con su carga maternal y los mandatos estereotípicos que esta acarrea. Las campañas publicitarias que se han hecho hoy sobre lo que las madres significan para la gente y, en general, todos esos mitos sobre lo doméstico como su reino, el filete nervado y la supuesta abnegación gozosa, me resultan odiosas y muy tóxicas. Tanto que humeo.

Más allá de nuestro entorno familiar, las imágenes que hemos visto (y que son la base desde la que nos creamos a nosotras mismas como tales) tampoco suelen ir más allá de las “madres” que nos han enseñado en los medios audiovisuales. Toda aquella persona que no haya sido criada por una madre transgresora o se haya zambullido en los discursos feministas sobre el tema, lo más probable es que limite su perspectiva sobre la maternidad, a grandes rasgos, a su casa-la Virgen franquista y su tele-los tentáculos del monstruo neoliberal.

Como no creamos comunidad casi, ni nos comunicamos más allá de lo automático ni fuera de lo laboral o lo festivo pautado, la práctica totalidad de discursos públicos a los que estamos expuestas son comerciales. Nos-dicen-cosas-porque-nos-quieren-vender-cosas. Y nosotras creemos que son representaciones de una realidad limpia lo que en realidad son recursos de la publicidad, la política, la programación televisiva, los influencers online, etc., para conseguir algo de nosotras. Esto es grave. Que casi todo lo que oímos y vemos nos interpele a hacer algo que satisfaga ilegítimamente a otros.

Igualmente, las madres mediáticas se construyen sirviendo a propósitos publicitarios, que son herramientas de control social. En consecuencia, imaginamos como personas que maternan lo que realmente son reflejos animados de la opresión que de personas nos ha vuelto mercancía en manos de propietarios.

Fuera. Gasolina y fósforos. Yo me monto mi crianza propia con mis cartulinas y mis lápices de colores. A ver qué otra cosa más chula sale.

Pues este es más o menos todo el romanticismo visceral que me genera el día de la “madre”. Buenas noches.

 

-¿Qué tal?/ -Todo normal

Ayer, al otro lado de una pared muy fina en un bloque de apartamentos, se le transmitían a un niño expectativas normales de rendimiento académico y de género.

Se le decía que no tenía cojones para hacer bien sus ejercicios de matemáticas.

El niño respondía: es que no haces más que gritarme y pegarme.

Gritos.

Lloros.

Golpes.

Se me fríen las entrañas en aceite hirviendo como pedazos de carne de cerdo arrojados a la sarten.

Todo lo bello, lo frágil y verdadero, muere despedazado.

Asistir al entrenamiento del hijo sano de un sistema asesino, donde los que maltratan, violan, matan y quienes votan muerte son lo normal.

No se puede denunciar al responsable, estaban en un piso de alquiler turístico precario e ilegal y anoche se marcharon de allí con viento fresco.

Todo normal.