Que no me tomo un café contigo, coño

Venga, mujer, es solo un café. Qué te cuesta.

No nos lamen el oído con esto solo cuando de satisfacer el ego de hombres se trata, sino que a menudo nos vemos obligadas por las circunstancias a invertir nuestros recursos en personas que a la postre nos hacen daño. Es Lo Normal pasar tiempo con gente que no nos trae el bien.

Pero ¿y no será menos costoso al final exponerse a las consecuencias de no hacer Lo Normal que ver nuestro tiempo, dinero y energía invertidos en lacerarnos?

La violencia simbólica campa a sus anchas por nuestras relaciones con nosotras mismas y las otras personas. Y la estamos de hecho alimentando (1) si no nos dedicamos a rebuscarla en los recovecos donde la Normalidad se agazapa y (2) si cuando la reconocemos no nos plantamos ante ella.

Últimamente en esos cafés Normales con gente Normal he oído perlas como:

 

“Y el niño se puso a llorar en la vacuna. No lo entiendo, mi niña no lloró, y se supone que él debe ser el fuerte”

“Claro, dices eso porque a ti tu novio te ayuda con la casa, qué suertuda, no te jode”

“Llevar a tus hijos con zapatillas de esparto a la boda es una grandísima falta de respeto a los novios”

“Ah, que es marroquí. Es que a ti quién te manda”

“Estoy fatal. Hace una semana que no me hace caso ningún hombre”

 

No. Basta, Será Lo Normal pero nada de esto es lo aceptable. Reivindico para mí mi tiempo y mis recursos para ponerlos en lo que me expande la conciencia y a buen recaudo de situaciones que me acuchillan la sororidad.

Que no me tomo un café contigo, coño. Que mi tiempo es mío.

Pippi.L_1

Barrigas

Vivimos inmersas en un régimen de verdad en el que la violencia machista funciona como dogma de fe. No es una lacra, no es un fenómeno: es el núcleo de la lógica en clave de la cual se desarrolla nuestra vida. Hemos interiorizado un eje mental en el que lo (que se construye como) masculino y tiene como signo la agresividad y el poder sobre lo ajeno domina lo (que se construye como) otro-femenino-colonizable: las mujeres, la naturaleza, los animales, lo no-occidental, los niños. Que la violencia de género detenta el poder en nuestras conciencias se ve fácilmente si nos detenemos a leer en detalle la narrativa del cuerpo embarazado.

Las personas con un bebé creciendo dentro no son representadas en el discurso mediático como tales, sino que basta echar un vistazo a lo publicado en internet o en papel sobre el tema para encontrar que si se buscan espejos, lo que se encuentran son o bien insoportables estereotipos de rosa palo y azul bebé, o bien tan solo pedazos: el foco puesto en una tripa recortada. ¿Dónde está la mujer a la que esa tripa pertenece? ¿Qué le pasa, qué siente, qué dice aparte de y sobre el embarazo? ¿Cómo se relacionan mujer/embarazo/sociedad, qué dialécticas emergen, qué dice cada una desde esa posición? A través del silenciamiento de los cuerpos y discursos propios de las preñadas asistimos al insidioso despliegue de la violencia mediática contra las mujeres que viven el proceso de la reproducción.

En este, el enésimo artículo que recurre al trozo amputado de persona para hablar del embarazo, se señala una segunda violencia que se ejerce impunemente sobre las embarazadas, la económica. Nosotras parimos, nosotras pagamos. Y recordemos que partimos de un sueldo ya mermado en relación al que disfrutan los hombres.

De los recursos invertidos, a los recibidos: la violencia en lo laboral, pues la preñada seguirá probablemente necesitando demostrar y rendir en su puesto como si su cuerpo no tuviese otras necesidades urgentes de descanso e introspección. Además, muchas antes de parir ya se agobian ante la insultantemente minúscula baja por maternidad que las espera, y que no cubre las necesidades reales de la recuperación de la puérpera y la crianza del bebé, y con las altísimas posibilidades de perder el trabajo tras el parto o sufrir distintos tipos de acoso laboral y una segura falta de recursos para combinar empleo y trabajo en lo sucesivo.

La gente de alrededor en general no ayuda, ni al principio del embarazo, ni cuando ya hay tripa emergenteni al final. El sistema neoliberal con su feroz mercado-circo romano de producción y consumo, los medios de manipulación y propaganda, el sistema sanitario hecho negocio antihumano… está casi en su esencia oprimirnos durante esta etapa de vulnerabilidad, pero ¿y las personas? ¿Las otras mujeres? ¿Y las que son madres? ¿En qué nos hemos convertido que en vez de ayudarnos unas a otras en este trance nuestro nos acechamos, nos metemos miedo, nos imponemos mutuamente comprar objetos, cuando son lo último que hace falta para criar? ¿Qué nos han hecho?

Esta red de discursos deshumanizadores y consumistas forman asimismo parte de la violencia simbólica. Como especie, nuestra vivencia de la vulnerabilidad, la necesidad y la interacción ha sido también colonizada por “la lógica de la violencia” y se ha normalizado que nos tratemos mal, acallando lo que de vivo y comunitario palpita en nosotras.

Por si esto fuera poco, muchas mujeres embarazadas están sumidas en la violencia machista ejercida por su compañero u otro hombre cercano. Y si cuando todo lo demás ha fallado: la pareja, las personas de alrededor, el entorno laboral,  las películas, series, etc., acudes a los profesionales de la salud obstétrica esperando contención, información, apoyo y buen trato, es estadísticamente fácil que te hayas metido en la boca del lobo de la escalofriante violencia obstétrica, en uno u otro grado.

El cuerpo embarazado es un cuerpo sobre el que se ejerce violencia sistemática, y esto se está considerando normal. Normal. Tan normal, que es la mentalidad base sobre la que muchas personas que en otros aspectos hacen y dicen cosas respetables están ahora defendiendo que las mujeres pobres sean vendidas y compradas para gestar hijos ajenos. Si no nos hubieran silenciado, desempoderado, recortado, anulado y cosificado antes, no habría terreno para semejante proceso de deshumanización en lo retórico.

(Para que luego vayamos diciendo que “estamos embarazados“.)

Hay salida, y es la de siempre: cambiar de raíz la relación con nosotras mismas y con las otras, y empezar a tomarnos el poder por nuestra mano: escucharnos, convocarnos, cuidarnos, aprendernos, moldear feminismos, edificar saber juntas… Con nuestros actos a cada momento, operemos cambios de mentalidad para limpiarnos la masa pringosa del patri-mercado que nos confunde y no nos deja serle fieles a la vida.

Queridos compañeros:

Nos estáis matando. Los hombres, como grupo social, a las mujeres, como ídem. Pero, ¡ojo!, si decimos que las fábricas contaminan los ríos, no estamos hablando de cada fábrica y cada río en cada momento. Que el paro esté bajando no significa que cada persona esté siendo contratada, ¿verdad? Ni hay un israelita ocupando la casa de cada familia palestina. Es decir, contamos con que hay hombres que ahora mismo no están matando a una mujer, pero eso no quita que, a la vista del recuento de cadáveres, el primer enunciado del párrafo tenga brutales y sangrantes condiciones de verdad.

La violencia machista existe como potencia en todos los aspectos de nuestra vida. Y es que, aparte de muerte, también recibimos de vuestras manos palizas, insultos, agresiones sexuales, desprecios, silenciamientos, tergiversaciones y una estruendosa avalancha de supuestas imágenes de nosotras que en realidad no lo son y sirven al propósito de ocultarnos. Además, la violencia de los hombres contra las mujeres arraiga en el ejercicio compartido de un conjunto de mentalidades y códigos sociales que se ocultan en nuestros usos y costumbres y la explican al tiempo que le dan pie.

Estamos hablando de un sistema de realidad, de normalización, de estructura. Se trata de la imposición de un régimen de vida común en que las mujeres (y los animales, y la naturaleza, y la infancia) se pretende que estén al servicio de los intereses de los hombres. Me dirás que te raya oír hablar del patriarcado, o que crees que es un mito. Te diré, entonces, que te pongas una peli cualquiera, escuches una canción corriente, mires qué expresa tu ropa y qué la suya la suya, pienses en la distribución en el espacio y las posturas de los hombres y las mujeres en los salones de las casas, los patios de los colegios, el transporte público, etc. Lo cierto y meridiano es que se espera de las mujeres que estén al servicio de los intereses (económicos, afectivos, sexuales) de los hombres. Y tal cual se nos representa. Y ese espacio se nos deja. Los centinelas que salvaguardan esta frontera patriarcal son el estado, las religiones, la justicia, los medios de comunicación y entretenimiento y otras multinacionales, de ahí que, como se puede ver, quienes están al frente de ellas sean, ay, los hombres.

(Mujeres poderosas que han sido admitidas al club de Los que Mandan y hombres desarrapados no son evidencias en contra de lo arriba dicho, sino que, en rigor, habríamos de explicar el tinglado más ampliamente en términos de clase, nacionalidad, afectividad, raza, credo y edad en intersección con el género) ¿Seguís ahí?

Pues continúo. A veces, es la voluntad de algunas de nosotras tratar este complejo, delicado y crucial tema con vosotros, compañeros. Por diversas razones, que suelen tener como base común el deseo de que el sistema que nos mata mute en uno que no nos mate. De ahí que os expliquemos pildorillas de primero de feminismo aquí y allá, y que cuando se producen os señalemos actitudes en que incurrís y que, creemos, contribuyen a silenciarnos o directamente animan a deshumanizarnos. Pero, ¡oh, decepción!, esto es lo que pasa cuando lo hacemos:

 

  • Espectro de respuestas 1: me resulta difícil de entender, porque yo no soy así, yo no hago eso.

¿Seguro? ¿No abrigas la creencia de que mi tiempo y los discursos te pertenezcan por derecho? ¿Entonces, si acabo de hablarte de mujeres muertas y de mis sentimientos heridos por el (micro)machismo que acabas de cometer, por qué tu respondes hablando de Ti? ¿Por qué haces caso omiso de los sujetos femeninos que he puesto sobre la mesa y lo que quieres que hagamos ahora es elogiarte? ¿Se ve claro? ¿Necesitas más pruebas?

Si de veras hubieras deconstruido por completo la andanada machista oculta tras tu frente y en tus fibras musculares (no conozco a nadie que lo haya conseguido del todo), entonces no dejarías de cuestionarte a ti mismo ni por un segundo, pues solo así habrías llegado a despatriarcalizarte previamente.

 

  • Espectro de respuestas 2: me ofende que me llames machista

Guau. De entrada, no te he llamado machista a ti, sino que he descrito una actitud tuya como tal. Sin la reflexión adecuada y actualizada, sin escucha activa a los grupos implicados, o por descuido, todas cometemos diariamente machismo, racismo, clasismo, adultismo, etc., porque ese es nuestro hábito mental y la sopa social en que flotamos, pero no necesariamente nos caracterizaríamos como tales (machistas, racistas, clasistas…) a menos que hagamos bandera de ello y nos revolquemos en contumacias (como tú ahora).

De salida: aquí hay alguien que clama haber sido injustamente tratada por otro. Responderla cuestionando su queja es, cuando menos, una estrategia para no afrontarla. Pero en una lectura más profunda, al no escucharla le estás quitando a esa persona la legitimidad y el espacio para expresar sus sentimientos, su vivencia, le estás diciendo que la aceptas solo si está callada y que por consiguiente no se puede pronunciar. Ole, una doble de machismo con mucha espuma. por favor.

No debes entender “machismo” como algo malo y ya está que tienes que evitar que te llamen y defenderte si lo hacen. No tienes ocho años y las monjas no te están pidiendo que seas tolerante en lugar de racista. Eres adulto, tienes capacidad para descifrar la intención del mensaje que oyes en el medio contextual en que se produce, además, eres corresponsable de la realidad que creamos entre todos cada día y le debes respeto al ser humano que tienes enfrente. Ofenderte, ponerte de morros, vengarte y no tratar de entender el fenómeno que la palabra simboliza denota un intelecto ciertamente estancado.  Si te lo he dicho es porque debo o quiero convivir contigo en algún espacio, y tú y yo necesitamos negociar nuestros comportamientos para que nadie dañe a nadie y el intercambio que hacemos sea beneficioso para todas las partes.

 

  • Espectro de respuestas 3: imprecaciones, fotopenes y otras delicias

Nos amenazáis con fantasías de violencia física (esas que, decía, se encuentran en potencia en todas partes, ahora serían verbalizadas) y/o os insultáis con alguna floritura que remita a nuestra disposición o no para el sexo (bollera, puta…) o o nuestra imagen corporal en contraposición a la que nos habéis intentado imponer (gorda, fea…) O sea, que lo que queda clarinete es que el lugar que habitamos en vuestro imaginario es estar al servicio de vuestros intereses eróticos. Y de paso que no tenéis argumentos.

 

Queremos y debemos convivir con vosotros en un mismo mundo, compañeros, hagámoslo con alegría y sin muertes de más. Google, Federici, Palenciano, talleres de feminismo para principiantes, todo está ahí fuera. Creemos en vosotros.

Me despido con amor del bueno desde la playa medusa,

*A*

Convertirse en

En castellano hay un grupo de verbos que indican cambio del sujeto, en su esencia o estado, y que se relacionan en formas diversas con lo que se es (hacerse, volverse, convertirse, devenir) o cómo se está (ponerse, quedarse). Es interesante la variedad, en tanto en otras lenguas cercanas tiende a usarse un verbo solo, sin matizaciones.

Pues bien, de ellos uno me llama particularmente la atención: convertirse, que indica cambio de identidad. En principio, podría decirse que es un verbo lúdico, infantil, pues de pequeña te conviertes en gato o en hada, en profesora o en doctora, en vampiro/ hombre lobo/ animal (sugerencias de google), etc. Pero cuando creces, en realidad ya no te conviertes en nada que no sea o bien mayor, o bien algo respecto a otrxs. Me explico: pasada la adolescencia, el sujeto del verbo convertirse ya solo se dirá que se ha convertido en adulta, en esposa de, en madre. O en profesiones, si van acompañadas de una caracterización: una periodista excelente, una ingeniera de renombre. También te conviertes al islam, o en un cabrón, o conviertes tus euros en coronas, o tus puntos del súper en un cheque-regalo.

Cuando tengo ocho años y me convierto en duende, ya no soy la niña que se aburre frente a las lentejas, ya no soy yo, como requisito de la transmutación. De ahí que me pregunte si para llegar a ser estas cosas en que nos convertimos de adulta, una haya también de dejar atrás su identidad anterior. Qué implicaría entonces el hecho de haberme convertido en madre (expresión que se repite incluso en bocas de quienes colaboran en la deconstrucción de las maternidades secularmente nocivas). ¿Acaso si soy madre ya no soy yo?

Ser yo -> /dejar de serlo –> pasar a ser otra cosa/ –> ser madre. ¿Existe tal axioma? ¿Son todos sus miembros semánticamente válidos o hay alguna trampa ahí? De entrada, qué es eso que “yo” era. Además, por qué he de convertirme, en qué términos y a través de qué operaciones. Por último, qué coño es “ser madre” que no sea esa corona de espinas del patriarcado cristofascista que nos han venido colgando (“la maternidad hace libre a las mujeres auténticamente mujeres”; “el derecho por excelencia de la mujer es el de la maternidad” 2012, Gallardón, ministro de la democracia española).

Compañeras, ya basta de convertirse… a la fe del carbonero. Paramos y criemos niñxs, si es que queremos, pero de convertirnos nada, que bastante nos ha costado llegar a ser lo que ya somos; enriquezcámonos, con eso basta.

Desde el estómago de la bestia

Cientos de lomos de todos los colores, suaves, rugosos, locales e importados, con grandes o pequeñas letras, romances, helénicos, escandinavos o anglosajones… el batallón de libros que orgullosamente arrastro por los aeropuertos tiene históricamente en su mayoría una cosa en común: han sido escritos por hombres. Por personas leídas socialmente como hombres y que viven y escriben desde esa ventajosa posición. Solo cuando los estudios de género entraron en mi vida comprendí, y me puse a completar mi biblioteca con voces que llegan de la cara oculta de este mundo que, mal que nos pese, está estragado por la estructura funesta de lo binario.

Es un agravio a la inteligencia que consumamos tantos textos tejidos desde ahí, los consideremos glorias nacionales y se los empujemos gaznate abajo a las y los jóvenes durante la escolarización. Esos hombres que escriben tanto, y que también son blancos, presumiblemente heteros y de occidente, dictaminan desde la atalaya del guardián, no tienen más que mirar hacia abajo para ver y contar historias desde su espacio de comodidad social. Pero, aunque nos usen en sus relatos, no nos están contando. Es una observación y reconstrucción irresponsable, la de quien no se mancha, la postura de Jep Gambardella (La gran belleza, Sorrentino, 2013) caminando garboso por Roma con las manos tras la espalda y mirada jocosa como quien no se juega ni pierde nada en la podredumbre de alrededor que se va cayendo a pedazos.

¿Es así que acaso solo los colectivos bajo la arquitectura de la opresión tengan algo que decir? No de forma rotunda, pero desde luego, si buscamos aproximarnos a condiciones de verdad en los mensajes que consumimos, más pistas nos dará quien en la realidad lucha a brazo partido para expresarse que quien se aprovecha de sus privilegios al tiempo que los invisibiliza con diferentes trucos expresivos. La verdad estará en quien no gana nada en ocultarla.

La lengua y la cultura son el  mejunje resultante de cientos de años de costumbres repetidas, las personas estamos tan inmersas en ambas que no es fácil verlas actuar.  A modo de paisaje opresor, sus mecanismos de reproducción son invisibles, como cuando en el cine alguien apaga la luz y solo podemos fijarnos en la pantalla, siendo cautivadas por la narrativa que en ella se despliega y olvidando quiénes son quienes se sientan a nuestro lado, y qué les pasa.

En Sant Jordi, en la Feria del libro, en las lecturas de verano… el resto del año, por qué no, elijamos textos que busquen verdades, libros sacados adelante por mujeres, personas que den cuenta de su posición según se escriben y no nos engañen con fanfarrias dirigidas a cegarnos y conservar intacto el orden social. Porque quién quiere seguir escuchando al domador cuando podemos leer relatos que llegan directamente desde el estómago de la bestia.

Se ha hecho viral

Si supiera cómo, haría un vídeo que se volvería viral. Empezaría con las imágenes de una mujer fornida saltando resuelta al campo de juego con una equipación a rayas rojas y blancas. Ella va a ir transitando su día a través de espaciotiempos manejados por personas que llevan camiseta azul, del equipo contrario, que visibilizan más y favorecen, como es natural, a sus jugadores. Estos enfebrecidos forofos de azul  se aplauden y jalean mutuamente. Entre ellos, además, algunas infiltradas de camiseta rojiblanca también parecen animar a los de azul.

En el estadio, el marcador muestra 968-0 desde antes que empiece el partido, y la moneda solo tiene dos caras, no hay cruz: saque para ellos o para ello,, no hay otra. Cuando dan patadas o tumban a nuestra chica, el árbitro no se inmuta, o le saca tarjeta roja a ella porque está fingiendo para que le den falta a un jugador azul. Mmm manipuladora. Histérica. Gorda. Cuando un jugador de azul comete un error estratégico, su público le increpa usando el nombre de ella como insulto. Los locutores hablan de su mala técnica depilatoria, nunca de los goles que, pese a todo, ella logra encajar. Algunos, incluso, no son en propia puerta.

Ella consume medios hechos por seres de azul donde las de su equipo están recortadas a  tijera y enmudecidas con una equis de cinta aislante en la boca. Va al trabajo a gastar toda su energía diaria en condiciones que no le permiten vivir la vida que merece ser vivida, siempre para que los de azul ganen dinero. No puede relacionarse con sus compañeras de labor porque el fragor de la hinchada azul no se lo permite. Los días libres va a comprar, a los de azul, cosas para cambiar su aspecto y gustarles más, a los de azul. Por todo ello cada noche se acuesta fría, extenuada. Los de azul entonces celebran su triunfo perverso, como el de un dictador en las elecciones democráticas de partido único, como el de un rey que mata un oso al que han drogado para que su majestad le dé.

Sí, no te gusta la palabra feminismo; vale, no hay que ser tan radical; oquéi, estará cansado el pobre… PERO… al menos, ay,  por dios mío, dejemos ya de negar lo evidente. Miremos quiénes gobiernan y deciden y quiénes no; indignémonos de cómo se tratan nuestros cuerpos en el espacio público, clama al cielo; analicemos mínimamente en términos de ejercicio de poder nuestras relaciones íntimas… Y hagamos algo, señoras, hagamos algo, que ya basta.

Sobre todo, entiendase que no es que queramos ganar nosotroas el partido, sino que nunca pedimos ponernos las camisetas.

A la amiga que sufre. Se busca tribu

No es tu culpa. No te enredes en telarañas ajenas, se han tendido con intereses concretos por los que conscientemente nunca votarías. No remes como galeota en la embarcación que nos llevaría si pudiera a los abismos de lo feo y lo ilimitado. Salte de ahí, quítate la ropa, límpiate de miserias de otros, empápate de empatías de otras, mírate. Repasa tu lengua, púlela. Fuera imperativos, perífrasis de obligación. Balancéate en una lengua que te arrulle, que te sea favorable, que te dé calorcito y piel cercana que conforta. Siento, necesito, agradezco, doy, recibo, descanso, descansan. Compañía, comunidad, comadre, cómoda, comida, comfortar.

No es cierto que ya no seas interesante. Cuida lo que lees. Que no haya rabia, que no sea el dios-mercado hablando por letras de mujer.

No es cierto que tengas que forzar el fin de la lactancia para poder volver a ser tú. No hay nada que tendría que estar pasando mientras Pequeña mama porque todo lo grande y lo indispensable que hay en el mundo ya está ocurriendo ahí, entre pezón y boca.

No es cierto que no te comuniques bien con Mayor. Ella te ama y te añora, solo necesita algo de tiempo para expandir el amor más allá de sus contornos.

No es cierto que tengas que ser otra, ni mejor, ni diferente. Solo que como no bailamos a tu alrededor en círculo para recordártelo, se te ha olvidado cómo de grande y bella eres.

Lo único cierto es que faltamos. No es nuestra culpa, pero debemos estar ahí. A ti y a las niñas debemos rodearos, cantaros, escucharos, miraros, mimaros, acariciaros. Vamos de camino, espéranos.

Buses y bombos

 

No se pueden separar las hormonas y las vecinas. No hay disociación posible entre mi madre y mi tripa. El dolor de piernas es un fenómeno análogo al bamboleo del bus. Los cambios bruscos de humor vienen de la mano con la gente de la plaza.

Creí que el embarazo era del cuerpo físico y por tanto individual, pero no, es un fenómeno cuya sustancia es profundamente social. No me duelen las piernas, es que no me miras y no me dejas sentarme. No padezco “rinitis gestacional”, lo que pasa es que me fumas en la jeta y aunque sea raro (humeante por convicción servidora), ahora me hace daño. Tampoco me ayuda el inquietante telón de aire gélido de tu aire acondicionado. No es que esté sensible, es que me exiges, me empujas, me pones horas y me cuelgas albardas de piedra que no puedo llevar ni quiero.

Me hablas de comprar canastillas, muselinas y gualquitalquis, pero no me das la mano ni me ahuecas los almohadones que no tengo, que no me has preparado para que me siente, descanse y genere amor. Me siento en tu regazo entonces, pero no me cuentas un relato reconfortante, abrigador, no hilamos desde úteros sincronizados ni retozamos en el aura alegre de la gravidez. He pasado un mes y medio en España buscando calor y ritmo tribal para envolver mi panza y aunque he cogido un resfriado de barriga y un palmo de narices, he aprendido tremenda lección sobre la vulnerabilidad y sus gajes.

Soy vulnerable: se me hace daño porque necesito: la gamba con pene y yo clamamos por manta y chimenea, pero hemos montado y sostenemos entre todos una sociedad-fortaleza de corazón enfermo pálido amordazado.

¡Cuéntame tu parto!

– Ponte la epidural, sin duda, tener más dolor no te hace mejor madre

¡Madre, hablemos del embarazo!

– Te espero en Prenatal, yo pago. Ay, hija, quisquillosa, no entiendo por qué te molesta tanto el humo

¡Qué bien estar contigo y que me puedas hablar de tus experiencias!

– Disfruta ahora de tus lecturas, tus pendientes grandes y tus pintalabios, porque el verano que viene… se acabó lo que se daba.

Luego llega el domingo 26 de junio, no puedes ni quieres beber ni fumar; prohibidas las croquetas de jamón y el sushi; te pones hasta el cordón umbilical de chuches de plastiquillo, te sientes mal por las sustancias tóxicas que le puedan llegar a Atreyu y dices… ¡ay, qué duro es el embarazo, joder! Y la culpa se repliega hacia dentro de golpe como un matasuegras flácido. Inflamación.

Ay, no, no es el embarazo, no es el cuerpo de mujer, es el molde ideológico y de fuerzas y poderes fácticos en el que se genera y que lo destruye. Una vez ha producido lo suficiente.

Dos novelas

…que han escrito dos mujeres mediterráneas y que esta mujer de aquí ha leído últimamente en sus horas de fatiga corporal intensa. Dos novelas que condenan a sus muchas mujeres bien a la vida rugiente, bien a la muerte silenciosa y vil entre letras malheridas y orgullosas.

“La amiga estupenda” es un título ortopédico, malo como pocos. Hacen falta muchas reseñas y recomendaciones para superarlo y decidir hacerse con el libro. No es el adjetivo adecuado, que además iría más bien antepuesto; me rechinaba.

Pero fue en alto que proferí “¡hooostias!” cuando lo acabé, rendida a la trama, embebida en el clímax con el que se deja la historia en suspenso, y sobre todo… a las mujeres que aparecen en ella. Lenuccia, Lila, pero también Galiani, Oliviero, Melina, Marisa, etc., son mujeres arrancadas a la vida. Tanto los personajes como el ambiente que los constriñe y abraza están magistralmente construidos, pero al fondo de la narrativa, lo crucial es que esas mujeres arrastran consigo la verdadera contradicción palpitante que radica en cada una de nosotras al retorcerse dentro del uniforme de fémina que nos ponen al llegar al planeta. Hay vida y muerte, hay sueño y tempestad, hay valentía y miedo, fe de amiga y dolor de amiga. Fluyen el licor de la humanidad en prácticas y de lo femenino que revienta las costuras de su género constrictor.

“Madre e hija” de Jenn Díaz ha sido también muy publicitado en estos tiempos. Y desde luego la virtud narrativa es indudable. Pero me rugen las tripas con indignación al terminarlo. Las mujeres de Díaz están muertas. No hay tiempo ni lugar que las reduzca y de hecho se habla de “las múltiples versiones de los femenino”, de “modelos de mujer”, y yo me extraño y me digo… ¿cuántas probabilidades hay de que de entre casi diez mujeres ninguna se rebele ante su extraño sino de penumbra y hostilidad de fregona? Hombres y hombres, y más hombres, esperas, cementerios, chismorreos, no saber amar a la otra, odio cainita entre hermanas, re-sig-na-ción, cruces, soledad, tinieblas. Las mujeres de de Díaz son mi abuela diez veces.¿Por qué pensará así de nosotras? ¿Dónde estamos las otras, las que no apechugamos? ¿Qué te hemos hecho, Jenn, que no nos ves?

Miermana

Miermana teje conmigo. Miermana escucha, a miermana escucho. Juntas creamos ficciones rudimentarias que nos reconfortan y nos incluyen. Cada palabra es lucha, es plataforma, es cuerpo nuestro y es amor.

Con miermana cocino, como, paseo, bailo, grito, me quejo, tonteo, comparto, riño, busco, lloro, planeo. Ella y yo somos uvas jugosas de un racimo al que veneramos por racimo. Por ser de todas. Por sernos todas. Todos.

Llámalo feminismo, llámalo dignidad, hermandad. No me importa cómo lo llames. Solo ven, por favor, acurrúcate, teje conmigo.Trae té caliente de ciruela, yo tengo dulces de caja de lata antigua y un montón de madejas para hilar contigo.