Hincharse o no de útero. Carta a mí misma hace dos años

Buenas noches, compañera:

Buf, qué lejana te siento, ahí atisbada y vaporosa al otro lado de la frontera (del accidente mortal), tan compacta, pequeña y densa, tan carnalmente párvula y preliminar. Te escribo desde un lugar a millas de distancia, desde axilas rizadas y saladas y nuevas piernas ágiles y fuertes, tendida felinamente junto a la piel fervorosa de Atreyu y ese olor suyo a salep, desde el núcleo semántico aterciopelado y duro que antecede y corazona a cualquier revolución social.

Quieres embarazarte y parir. Leíste a Casilda Rodrigáñez y ‘por detrás de la cultura, se te puso a palpitar el útero’ rítmicamente, como un tambor prerromano de mano callosa en vejiga curada y tensa. Se te llenaron la matriz y la boca de flores y de peces pululando. Ya deseas emprender una rebeldía de carne lábil y piel henchida y fresca, sangre parida que fluye y le escupe en la cara a la muerte porque no se deja acumular. “Yo quiero tener hijitos/ muy pronto te iré a buscar/ pa poder vivir contigo…” canta dulce y sencilla Zaragoza.

Pero no seas soberbia y te niegues el peso de las imágenes de la cultura del entretenimiento industrial en tu deseo. Por más que te exfolies la frente, el final de Notting Hill con la panza acariciada en el banco del parque, la ternura calculada te interpela directamente como a tantas otras mujeres. Nuestras subjetividades se diseñan desde los despachos y estás condenada a no saber nunca cómo habrían sido las cosas de no vivir en esta socioeconomía de la carencia afectiva y mezquindad organizada.

Y bien, deseas un temblor de vida, dejarte caer en los brazos del abismo y al fin sumergirte en el lago de lo materno. No lo piensas demasiado, se trata de una intuición, un latido, y una hilera de condiciones de posibilidad. Estás en el país adecuado de las bajas “generosas”, cuentas treinta y una apremiantes primaveras, y convives con un hombre con el que te lo pasas bien ¿la mayoría del tiempo?, y que cuando tiene ganas y folláis, logras disfrutar como una personajilla del Bosco.

Traigo cosas que contarte. Hiciste bien en no pensar mucho porque con tus pensamientos no habrías llegado ni a acercarte a tu yo del futuro. No me podías imaginar, era imposible. En el estrecho margen que te deja la salvaje cultura neoliberal en la que andamos todas sin red ni resuello, no hay pantalla suficientemente ancha que pueda acoger el panorama que se ve desde este lado.

Si Coral Herrera hubiese escrito esto antes, quizás hubieras comprendido un poco, pero no fue así. Y en lugar de una cultura en que lo mujer, lo materno, lo embarazado y lo criante se vivan de forma natural y honrosa, de forma constructiva y comunitaria, estás a punto de darte cuenta de que eres puta carne de cañón para un patriarcado de consentimiento atroz que te chupa la mano desde debajo de la cama y que, en cualquier momento, te apuñala en lo simbólico cien mil alevosas veces.

No te imaginas lo que va a suponer traer al mundo a un hijo. No tienes ni idea de todo lo que se va a remover. Aunque tú no lo sepas, tienes una idea consumista de la historia, ni te imaginas que esto va mucho más allá de “convertirse en madre” o de “tener” criaturas, que los cimientos de todo lo que crees ser, tener y desear van a tambalearse y a tirarte las convicciones por tierra. Estás a punto de convertirte en una fiera feminista transida de conocimiento carnal, en cierto modo divino, pero también te volverás niña chica llorando en una esquinita porque nadie, nadie, ha venido a recogerla después del colegio, y hace frío y no hay merienda ni hay caricia.

Ni se te pasa por la cabeza que aunque tú estés viviendo de prestao la vida del BBVA (blanco burgués varón asalariado), vas a hacerte un curso intensivo y acelerado de vulnerabilidad y vas a estar cerca de perder las fuerzas por el camino, aunque finalmente saldrás hecha una animal más fiera y potente de tu viaje al corazón de la interdependencia. Hasta ahora, por las posibilidades económicas y de acceso a la cultura y el consumo dadas por tu clase, has vivido de espaldas al intríngulis de lo humano, creyendo que éramos unidades atómicas independientes que se asocian para perseguir fines comunes. Te equivocas, compañera. Estas impregnadita de relato neoliberal, por crítica que te imagines. Cuando empieces a engordar, a quedarte sin resuello, a no caber en los baños de los locales, a hacerte pis por todas partes, a sentirte incapaz de subir esa escalera, a vivir pesadillas desgarradoras… te darás cuenta de que eres una pupa abierta. De que necesitas contención, acogida, cuidado sumo. Te vuelves obesa, anciana, enferma, criatura. Te vuelves la cara oculta que esta sociedad inhumana reprime y oculta con artimañas culturales que hacen que nos identifiquemos artificialmente con la imagen de ese varón-rey-de-la-selva que surge y ya, plop, como un champiñón, listo para la producción y el consumo, sin cuidados, sin redes, sin heridas.

Todo es mentira. No vale nada de lo que has visto hasta ahora. Vas a tener que coserte rápido un vestido nuevo a base de harapos si no quieres quedarte desnuda y sola a la intemperie de tu angustiosa necesidad de calor y vínculo esencial.

Te ayudarán los libros. Te volverás aún más viciosa de la letra escrita, comprenderás que solo por ese canal de materia impresa te llegarán las voces de las compañeras, las otras que ya han abierto los ojos y los regazos, las que van a ser tu tribu, te van a tender una cultura-ficción más tierna en que poder engendrar, parir y criar sin intemperies permanentes. Una ilusión de cobijo, dosis de conocimiento oculto palpitante, conexión mistérica pero refulgente de tan obvia con las otras silenciadas y mutiladas por esta farsa de patrix desgarrador.

También estarán ellas, las mujeres que encontrarás en la red, ese artefacto creado por el ejército americano que, sin embargo, te enchufará a la vida durante todo este proceso, te mantendrá literalmente no muerta. Si no existiesen el internet y ellas, las grandes mujeres verdaderas que te han acompañado en este trance, la depresión te habría aniquilado, escúchame bien. Las personas de tu alrededor físico no te dan el abrazo, el tiempo ni la palabra que te habrán de sustentar.

Con tu compañero verás que no, que no funciona. Y no por él ni por ti ni porque no sea el hombre adecuado: son los géneros y sus trajes con que nos han herrado la carne delicada: no hay trato igualitario posible entre cuerpos aherrojados ya por los mandatos del gran sistema de la desigualdad. Basicamente has fertilizado tu vientre con su energía seminal, y te ha atado las botas muchas veces, pero el resto…tu pareja, tu interlocutor, tu compañero en todo esto han sido las otras mujeres que, desde sus rincones del mundo, te han sujetado el pelo, te ha celebrado y pintado la panza de colores, han visto palpitar sus matrices al unísono con tu útero estremecido en rebeldía.

Vas a buscar a Madre y no la vas a encontrar. Vas a entender que la mujer que te engendró a ti es básicamente idiota, que no sirve para guarecer ni ama ni es tribu ni cultura que te valga. Dejarás de tirarle del brazo para que sea algo más que una consumidora alienada y corta de vista, porque no da, se niega a desemburrecerse y te expone al frío desgarrador de la evidencia del capital y sus lógicas. Vas a desembarazarte de la peripecia de la mujer que te tuvo (y después te perdió) para entender que Madre es narrativa social hospitalaria, nutricia y afín a la reproducción respetada de la vida. Vas a olvidarte de otras actividades y ambiciones viejas para querer dedicarte a maternal culturalmente a otras mujeres. Pasarás una época primera de confusión, a la zaga de un chorro de energía desbocada, pero llegarás a entender, por fin, tu llamado particular en esta jungla, tu aportación posible a la revolución en ciernes que elaboramos desde las carnes orgullosamente temblorosas, vulnerables, fértiles e inapropiables. Se te va a quedar el cerebro chafado y concéntrico, con forma ni más ni menos que de placenta. Tus ideas liberadoras irrigarán los vasos sanguíneos de cuerpos y territorios hostigados.

Recalarás en la playa de la Medusa, te tenderás al sol, y vendrán las amigas riendo a merecer y honrar la vida contigo, con personita.

Cómo hablamos las mujeres

Nos construimos hacia dentro y hacia fuera a través del lenguaje. Hacia dentro, decimos y encarnamos nuestra verdad en lengua. Hacia fuera, performamos, materializamos nuestro espacio en el mundo negociando con los elementos sociales a través de la lengua y de cómo la usamos en interacción. Los ejes de poder en que nos movemos y otros aspectos psíquicos propios pueden descubrirse a través del análisis de nuestro discurso.

Para analizarte, graba un pedazo de conversación telefónica o presencial, en la que hables (mejor con otra persona que sola frente a la cámara) y observa posteriormente desde fuera los siguientes fenómenos.

 

Aspectos externos

  • Qué lengua hablamos: ¿es la “nuestra” (habitualmente llamada materna)? ¿U otra? En ese caso, ¿quién nos la ha impuesto? ¿Qué lengua hablamos con cada persona, qué nivel tenemos y qué consecuencias tiene la diferencia en el grado de dominio a nivel de poder? ¿Cómo se relaciona con nosotras la persona que conoce mejor el código?

 

  • Turnos de habla: ¿hablamos mucho o poco? ¿Más o menos que la otra o el otro? ¿Interrumpimos? ¿Nos interrumpen? ¿Cómo interpretamos las interrupciones?

 

  • Escucha activa: ¿cómo reaccionamos ante lo que ha dicho la persona con la que hablamos? ¿Damos muestras de haber entendido? ¿Recapitulamos lo que ha dicho, inquirimos sobre ello, ignoramos, insistimos en nuestro relato? ¿A nosotras, sentimos que nos escuchan? ¿Cómo reaccionamos si sentimos que hemos sido escuchadas o no?

 

  • Seguridad en una misma: ¿Nos equivocamos, reformulamos mucho lo que hemos dicho? ¿Hay mucho “eee”? ¿Cómo nos sentimos respecto al tema que estamos tratando y cómo se refleja esto en el discurso?

 

Aspectos internos

Lo performativo (la creación de realidad a través de la lengua)

  • Clasifica los enunciados que emites en afirmativos, negativos o interrogativos y cuéntalos. ¿Qué tipo predomina? ¿Cómo lo interpretas?

 

  • Observa los enunciados, ¿cómo son, qué hacen? Por ejemplo: crean relato (esta mañana me ha llamado Luis), dan órdenes (¡escucha!), te comprometen a algo (tengo que estudiar para encontrar un mejor trabajo), establecen nuevas realidades (a partir de este momento, se acabó lo que se daba), expresan sentimientos (siento lo que ha ocurrido), etc.

 

  • Cuando das una opinión, ¿en qué punto de la escala entre “es así y punto” y “perdón, bueno, yo es que, si puede ser, creo, diría que igual…” se encuentra? Es decir, ¿con qué grado de autoridad expresas tus percepciones?

 

  • Al hablar o creamos las frases de nuevas, sino que muchas veces son pedazos de lengua que hemos oído, y repetimos en contextos oportunos. Escoge varios, ¿de dónde vienen? ¿De tu madre? ¿De la propia persona con la que hablas? ¿De la tele? ¿De un libro?

 

  • Observa tus coletillas, ¿sirven para atenuar (no sé, como…) o para enfatizar (evidentemente, claro)? ¿Cómo lo interpretas? Sería ideal anotar los marcadores del discurso (o sea, a priori, bueno, de todas formas…) que más usas y preguntarte por qué esos y no otros.

 

Lo material

  • ¿Aparece tu cuerpo en tu discurso? ¿Qué partes?
  • ¿Explicas con descripciones visuales, materiales, lo que cuentas?
  • ¿Hay en tu discurso más palabras de significado concreto (piel, mesa, flor, pollo) o abstracto (idea, tema, sinceridad, relación)?
  • Fíjate en los sufijos apreciativos como ito/illo/ico/ín o azo/aco/ón, etc. ¿De cuáles hay más? ¿Te identificas más con lo pequeño o con lo grande?
  • ¿Qué colores predominan en tu discurso, si los hay?

 

El yo

  • ¿Cuántas palabras, expresiones, tonos, etc., crees que has creado tú? O sea, ¿cuánta creatividad propia hay en la lengua que usas?
  • ¿Cuántos verbos hay en primera (yo, nosotras), segunda (tú, vosotros) y tercera (ella, él, ellas) persona? ¿Cuál predomina y por qué crees que lo hace?
  • ¿Cómo te creas a ti misma en el discurso? Es decir, ¿cuál es la autoimagen que dibujas? ¿Dices cosas como ay, qué tonta soy con frecuencia?
  • ¿Has usado “nosotros/as”? ¿A quién incluías junto a ti?
  • Cuando te refieres a personas con las que te relacionas, ¿usas sus nombres o su relación contigo? Es decir, ¿dices “Carlota” o “mi hermana? ¿”Carlos” o “mi novio”? ¿Por qué?

 

Lo social

  • ¿Cómo te relacionas con la norma? ¿Cuánta incorrección hay en tu lengua? ¿Cómo te sientes respecto a ella?
  • ¿Usas el lenguaje inclusivo de género? ¿Cuidas, en general, la inclusión? ¿Has hecho referencia a colectivos sociales (infancia, jubiladas, migrantes, chinas, enfermeras…)? ¿En qué términos?
  • ¿Usas palabrotas? ¿Cuántas? ¿Cuáles? ¿Qué significados arrastran? ¿Qué roles de género se esconden en ellas?

 

Una vez analizada tu propia habla, lánzate a analizar la de otras mujeres, la de los hombres, las y los jóvenes, etc. ¡Hay mucho que constatar y de lo que aprender ahí fuera! Decimos mucho más de lo que hablamos cada vez que abrimos la boca…

Cómo viajar sin ir, conocer sin aprender, ser sin vivir

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Hoy he estado tomando café con un amigo que se contaba que ha viajado a Chipre este verano. Oye, y ¿en qué parte? —No sé, era un resort de esos. ¿Tremenda la comida, no? —Sí, la verdad que el bufé tenía de todo. ¿Y aprendiste algo de griego, parakaló? —¿Hablan griego en Chipre? No jodas, ¿en serio?

Mi amigo ha viajado (se ha desplazado, mediante el consumo de recursos) pero no ha ido a ningún sitio. Ha permanecido en una cápsula cultural, una vacuola mental sin territorio: comodidad y seguridad burguesas con sobrecillos de ketchup y mostaza en cada mesa. Qué bonito y anodino de no ser porque cosifica y consume vida para el disfrute imaginado de los privilegiados de siempre.

Que se estén organizando en contra del turismo masificado en el Mediterráneo es una magnífica noticia. Tanto crucero, tanto hotel, tanto apartamento, tanto avión, tanta oferta… son un insulto a los territorios (con su flora, su fauna, su flujo humano). Culturas colonizadoras levantan mastodóndicas burbujas de plástico para comerciar con vivencias que no son sino un espejo exotizado de las que la clientela ya tiene en su vida cotidiana. Es una aberración fuera de toda lógica que se vendan lugares (con las sustancias vitales que los empapan) a los que algunas personas con dinero puedan viajar sin ir.

 

2

En los métodos para aprender español aquí en Escandinavia se desarrolla un fenómeno complementario al del turismo adocenado. Las narrativas típicas de los libros de texto, con sus diálogos, contextos y personajes, reproducen una y otra vez la misma escena: clientes escandinavos (con quienes se espera que el alumnado se identifique) se proveen (de cosas y de experiencias) en países hispanohablantes. De esta forma, el mensaje es claro: aprende a demandar productos y servicios en lugares cuya imagen se construye a la medida de tus necesidades como turista. (Y, por ende, cuya existencia es legítima en tanto en cuanto tú puedes consumirlos.)

Así, las personas y los fenómenos culturales que aparecen en los libros son solo los que tienen relación con la industria turística. Cada vez que se abre un libro de español aquí, se levanta un edificio de hormigón en el Arenal de Mallorca. La aproximación a la lengua y la cultura extranjeras, como fin supuestamente intelectual e incluido en el plan oficial de estudios, arrastra una finalidad diferente, un currículo oculto: constrúyete como cliente en los lugares/ante las personas que tienen menos que tú. Ejerce tu poder monetario. Restringe tu espectro de aprendizaje a descubrir cuál es tu papel asignado en este juego. Conoce sin aprender.

 

 

3

Ayer tomé un café con otra amiga. Astrid tiene casi cuarenta años y mucha fibra yogui y probiótica. Pero ha adelgazado, juraría. Procede del Berlín oriental. Es doctora en físicas y trabaja en condiciones admirables en un laboratorio forense. Ha pasado recientemente por un parto y está criando a un hijo sano en un país nórdico.  También tiene una pareja, varón, que viene de Italia. Astrid y su compañero, ahora marido, acaban de volver de unas fantásticas vacaciones de un mes en Bari durante las que, además, se han casado en una idílica boda. Pero Astrid parece cansada. De hecho, se diría que está agotada.

Por fin me cuenta entre sonrisas temblorosas que ella quería una bodita simbólica, pequeña, sin agobios y sin grandes gastos. Que tampoco sabía muy bien por qué casarse, pero que bueno, por qué no, mola. El caso es que su chico se avino a satisfacer los usos familiares, y… ya se sabe: cuatro de las cinco semanas de vacaciones trabajando intensamente en la organización; diez mil euros de inversión final en un solo día de disfrute; un vestido demasiado caro, demasiado ajeno; muchas horas de suegros; decisiones tomadas en familia (la de él); corriendo todo el día de aquí para allá bajo el calor de julio; un niño destetado a instancias de su nonna; purés, llantos, parientes de él por doquier… y sonrisas, muchas sonrisas, temblorosas, de ella.

Astrid siente que con la gran boda italiana le han practicado un drenaje psicológico, emocional. Está para el arrastre. Cree que durante cinco semanas ha sido pelele, ha satisfecho expectativas ajenas y dejado de lado las propias. Siente que cumplir el sueño de un día le ha costado demasiado caro. Pero no sabe ponerle nombre a  nada de esto. Y cree que le pasa solo a ella.

 

La verdad hay que decirla poco porque se gasta, se vuelve paisaje, lengua, se calcifica, se desactiva. Las palabras dejan de significar, como cuando son rubíes, y se vuelven profundos sótanos tenebrosos en que los peores abusos patriarcocapitalistas son perpetrados y ocultos, naturalizados.

Viajar para no ir a ninguna parte, no abrirse al camino. Aprender pero no conocer, no cambiar en el proceso, no llegar a saber más que lo que de ti se espera en el tablero de juego. Y ser, ser cuerpo sin tener ánimo ni subjetividad, dejando que te vivan otros como precio por alcanzar deseos inoculados.

Algunos dicen que así es la vida; pero no, así es el (un) sistema. Y es una mierda. Y se puede cambiar.

Dice Siri Hustvedt: “nuestros cerebros son órganos predictores conservadores. Solo vemos la realidad a través de los esquemas previos que tenemos de ella. Es más rápido y cómodo, y la evolución nos lleva a pensar así. Tendemos a ser vagos para ahorrar energía”.

El modo ahorro dura ya demasiado. ¿Y si vamos pasando a la acción, probando a hacer las cosas de otra manera?

 

El padre de la criatura

La pareja heteropatriarcal es una puta mierda.

Dudo de sus posibilidades reales de funcionar, de producir alianzas fértiles desde dos subjetividades que salen íntegras e indemnes del acuerdo. De generar un entorno de cuidado mutuo y distribución equitativa de las tareas del día a día.

En el nudo de narrativas de desigualdad y opresión en el que se forja y que nos constituyen íntimamente, no hay esperanza.

Yo desde luego no conozco a ninguna pareja con criaturas que no tenga problemas a la hora de gestionar los trabajos de cuidados. Se espera más de nosotras. Se nos valora menos. Y esto ya cansa.

Quizás, con mucho esfuerzo de ambas partes, sea posible relacionarse como compañera y compañero en igualdad para pasarlo bien, viajar, crecer, incluso vivir juntos. ¿Pero cómo conseguirlo cuando la mapaternidad entran en juego, si los discursos e instituciones sociales, si el contenido de las capas más profundas de nuestra construcción identitaria de género se afianzan frontalmente en contra de la igualdad?

Por ejemplo, cuando se consolida simbólicamente el matrimonio burgués, se decide desde lo masculino, lo hegemónico, que el cuidado de la prole va en el pack junto a ocuparse de la casa y la cocina. Lo damos por hecho. Pero un momento… ¿cómo coño tiene una la casa limpia y organizada con un bebé demandante de tiempo y cuerpo? No se puede. Ni hay por qué, en realidad.

Pero el padre de la criatura se nos pone pasivoagresivo si el piso está sin recoger cuando vuelve de su empleo cada tarde. Piensa que yo podría haberlo arreglado, puesto que tenía el tiempo de hacerlo. Lo que no sabe ni parece interesarle es que aunque en la baja, tiempo hay, no se es dueña de él, porque apremian y se imponen las necesidades de la personita. La mitad de los pensamientos de hacer otras cosas que tengo sencillamente se desvanecen. Lo que él no sabe ni parece interesarle es cómo me encuentro, orgullosa de haber soltado lastre y exigencias de limpieza y eficacia, feliz holgando en largas horas de lactancia y juego, que son mi trabajo real y por lo que estoy cobrando un sueldo del estado.

Cuando ha terminado su jornada laboral pero la mía se extiende, el padre de la criatura me sobrecarga con más tiempo de bebé del que yo habría esperado. Dice que es porque yo tengo teta y eso calma a la cría de forma que otra persona no puede igualar. No lo dudo, pero yo necesitaría que viese más allá, la necesidad que tiene de ser creativo y suplir esa “carencia” cantando, jugando, lo que sea, para que yo tenga un tiempo diario para mí, y que este no sea una conquista, producto de una lucha: que él lo vea tan necesario como yo por la salud de todos y por justicia.

No estamos bien desde que la personita vive. Habría esperado de él cierta reverencia, admiración, ante lo grandioso de mi cuerpo y sus potencias de latido y leche. Habría necesitado más cuidado, más amor. Aunque fuera la mitad de lo que le profesa al bebé. Cómo la mira, le habla, la mima, las zalemas con que la acaricia me recuerdan a cómo me trataba a mí al principio de nuestra relación. Este fenómeno de sustitución asusta.

Percibo cierta aversión, ¿misoginia inoculada? Se diría que querría haberlo gestado y parido él, tener él las tetas y la leche. Ser La Madre. Lo que ama de mi capacidad reproductiva no es lo que yo soy sino lo que puede ser extraído de mí.

Está todo por hacer. Poner la reproducción en el centro de la economía generando con ello nuevas mentalidades. Empezar a compartir con urgencia la carga mental entre mujeres y hombres equitativamente. Desgañitarse en cada brecha contra la ingente masa de violencia simbólica contra las mujeres. Reventar el invento este de la pareja, y de la heterosexualidad  hegemónica. Está todo por hacer, y Atreyu ya crece. ¡Hay que darse prisa!

Espacio Embarazo

Si tuviera dinero y relevancia… crearía un espacio para trabajar con mujeres embarazadas. Podría ser físico, virtual o ambas cosas. Sería rojo, lila, marrón… ¿cómo te imaginas un útero por dentro? Cálido, de materia elástica y maleable, muros gruesos y textura abrazante, protectora.

Sería un espacio para disparar discursos y amasar vivencias juntas. Un rincón seguro para estar, ser, compartir, acurrucarse y crecer. Atalaya para conjurar violencias y prado fértil para fundar macondos desde cuerpas vulnerables.

En nuestro espacio hilaríamos experiencias de preñez. Antes, durante, después. El embarazo es como una puerta al psicoanálisis natural, se abren muchas cajitas olvidadas en los pliegues del cuerpo y hay que trabajar con ellas para que su contenido no calcifique y haga daño. Dentro de la carne se nos oxidan anzuelos de un maternaje mal curado, de todas las ofensas que la comunidad nos hace cada día por no ser hombres, de nuestra construcción contradictoria como mujeres. Hay que sacar el hierro corrupto que se nos clava y sanar al aire y en colectiva.

Podríamos tener psicólogas, sociólogas, asistentes sociales, artivistas, pedagogas, escritoras, dulas, matronas, abuelas, nomadres… Haríamos redacción conjunta, collages, campañas de prensa, asambleas, cursos de masaje, talleres de ternura, mesas camilla. Nos cuidaríamos. Emprenderíamos la revolución de los afectos.

Cuando me quedé embarazada, las mujeres de mi entorno enloquecieron dándome normas higiénico-nutricionales y hablándome de cosas que comprar e historias de malos tragos reproductivos. Yo lo pasé mal durante preñez, parto y puerperio porque hubo algo que a nadie se le ocurrió darme: amor. Cariño, cuidado, contención. De mujer. Habría necesitado. Duele. No hay.

Que no me tomo un café contigo, coño

Venga, mujer, es solo un café. Qué te cuesta.

No nos lamen el oído con esto solo cuando de satisfacer el ego de hombres se trata, sino que a menudo nos vemos obligadas por las circunstancias a invertir nuestros recursos en personas que a la postre nos hacen daño. Es Lo Normal pasar tiempo con gente que no nos trae el bien.

Pero ¿y no será menos costoso al final exponerse a las consecuencias de no hacer Lo Normal que ver nuestro tiempo, dinero y energía invertidos en lacerarnos?

La violencia simbólica campa a sus anchas por nuestras relaciones con nosotras mismas y las otras personas. Y la estamos de hecho alimentando (1) si no nos dedicamos a rebuscarla en los recovecos donde la Normalidad se agazapa y (2) si cuando la reconocemos no nos plantamos ante ella.

Últimamente en esos cafés Normales con gente Normal he oído perlas como:

 

“Y el niño se puso a llorar en la vacuna. No lo entiendo, mi niña no lloró, y se supone que él debe ser el fuerte”

“Claro, dices eso porque a ti tu novio te ayuda con la casa, qué suertuda, no te jode”

“Llevar a tus hijos con zapatillas de esparto a la boda es una grandísima falta de respeto a los novios”

“Ah, que es marroquí. Es que a ti quién te manda”

“Estoy fatal. Hace una semana que no me hace caso ningún hombre”

 

No. Basta, Será Lo Normal pero nada de esto es lo aceptable. Reivindico para mí mi tiempo y mis recursos para ponerlos en lo que me expande la conciencia y a buen recaudo de situaciones que me acuchillan la sororidad.

Que no me tomo un café contigo, coño. Que mi tiempo es mío.

Pippi.L_1

Barrigas

Vivimos inmersas en un régimen de verdad en el que la violencia machista funciona como dogma de fe. No es una lacra, no es un fenómeno: es el núcleo de la lógica en clave de la cual se desarrolla nuestra vida. Hemos interiorizado un eje mental en el que lo (que se construye como) masculino y tiene como signo la agresividad y el poder sobre lo ajeno domina lo (que se construye como) otro-femenino-colonizable: las mujeres, la naturaleza, los animales, lo no-occidental, los niños. Que la violencia de género detenta el poder en nuestras conciencias se ve fácilmente si nos detenemos a leer en detalle la narrativa del cuerpo embarazado.

Las personas con un bebé creciendo dentro no son representadas en el discurso mediático como tales, sino que basta echar un vistazo a lo publicado en internet o en papel sobre el tema para encontrar que si se buscan espejos, lo que se encuentran son o bien insoportables estereotipos de rosa palo y azul bebé, o bien tan solo pedazos: el foco puesto en una tripa recortada. ¿Dónde está la mujer a la que esa tripa pertenece? ¿Qué le pasa, qué siente, qué dice aparte de y sobre el embarazo? ¿Cómo se relacionan mujer/embarazo/sociedad, qué dialécticas emergen, qué dice cada una desde esa posición? A través del silenciamiento de los cuerpos y discursos propios de las preñadas asistimos al insidioso despliegue de la violencia mediática contra las mujeres que viven el proceso de la reproducción.

En este, el enésimo artículo que recurre al trozo amputado de persona para hablar del embarazo, se señala una segunda violencia que se ejerce impunemente sobre las embarazadas, la económica. Nosotras parimos, nosotras pagamos. Y recordemos que partimos de un sueldo ya mermado en relación al que disfrutan los hombres.

De los recursos invertidos, a los recibidos: la violencia en lo laboral, pues la preñada seguirá probablemente necesitando demostrar y rendir en su puesto como si su cuerpo no tuviese otras necesidades urgentes de descanso e introspección. Además, muchas antes de parir ya se agobian ante la insultantemente minúscula baja por maternidad que las espera, y que no cubre las necesidades reales de la recuperación de la puérpera y la crianza del bebé, y con las altísimas posibilidades de perder el trabajo tras el parto o sufrir distintos tipos de acoso laboral y una segura falta de recursos para combinar empleo y trabajo en lo sucesivo.

La gente de alrededor en general no ayuda, ni al principio del embarazo, ni cuando ya hay tripa emergenteni al final. El sistema neoliberal con su feroz mercado-circo romano de producción y consumo, los medios de manipulación y propaganda, el sistema sanitario hecho negocio antihumano… está casi en su esencia oprimirnos durante esta etapa de vulnerabilidad, pero ¿y las personas? ¿Las otras mujeres? ¿Y las que son madres? ¿En qué nos hemos convertido que en vez de ayudarnos unas a otras en este trance nuestro nos acechamos, nos metemos miedo, nos imponemos mutuamente comprar objetos, cuando son lo último que hace falta para criar? ¿Qué nos han hecho?

Esta red de discursos deshumanizadores y consumistas forman asimismo parte de la violencia simbólica. Como especie, nuestra vivencia de la vulnerabilidad, la necesidad y la interacción ha sido también colonizada por “la lógica de la violencia” y se ha normalizado que nos tratemos mal, acallando lo que de vivo y comunitario palpita en nosotras.

Por si esto fuera poco, muchas mujeres embarazadas están sumidas en la violencia machista ejercida por su compañero u otro hombre cercano. Y si cuando todo lo demás ha fallado: la pareja, las personas de alrededor, el entorno laboral,  las películas, series, etc., acudes a los profesionales de la salud obstétrica esperando contención, información, apoyo y buen trato, es estadísticamente fácil que te hayas metido en la boca del lobo de la escalofriante violencia obstétrica, en uno u otro grado.

El cuerpo embarazado es un cuerpo sobre el que se ejerce violencia sistemática, y esto se está considerando normal. Normal. Tan normal, que es la mentalidad base sobre la que muchas personas que en otros aspectos hacen y dicen cosas respetables están ahora defendiendo que las mujeres pobres sean vendidas y compradas para gestar hijos ajenos. Si no nos hubieran silenciado, desempoderado, recortado, anulado y cosificado antes, no habría terreno para semejante proceso de deshumanización en lo retórico.

(Para que luego vayamos diciendo que “estamos embarazados“.)

Hay salida, y es la de siempre: cambiar de raíz la relación con nosotras mismas y con las otras, y empezar a tomarnos el poder por nuestra mano: escucharnos, convocarnos, cuidarnos, aprendernos, moldear feminismos, edificar saber juntas… Con nuestros actos a cada momento, operemos cambios de mentalidad para limpiarnos la masa pringosa del patri-mercado que nos confunde y no nos deja serle fieles a la vida.

Queridos compañeros:

Nos estáis matando. Los hombres, como grupo social, a las mujeres, como ídem. Pero, ¡ojo!, si decimos que las fábricas contaminan los ríos, no estamos hablando de cada fábrica y cada río en cada momento. Que el paro esté bajando no significa que cada persona esté siendo contratada, ¿verdad? Ni hay un israelita ocupando la casa de cada familia palestina. Es decir, contamos con que hay hombres que ahora mismo no están matando a una mujer, pero eso no quita que, a la vista del recuento de cadáveres, el primer enunciado del párrafo tenga brutales y sangrantes condiciones de verdad.

La violencia machista existe como potencia en todos los aspectos de nuestra vida. Y es que, aparte de muerte, también recibimos de vuestras manos palizas, insultos, agresiones sexuales, desprecios, silenciamientos, tergiversaciones y una estruendosa avalancha de supuestas imágenes de nosotras que en realidad no lo son y sirven al propósito de ocultarnos. Además, la violencia de los hombres contra las mujeres arraiga en el ejercicio compartido de un conjunto de mentalidades y códigos sociales que se ocultan en nuestros usos y costumbres y la explican al tiempo que le dan pie.

Estamos hablando de un sistema de realidad, de normalización, de estructura. Se trata de la imposición de un régimen de vida común en que las mujeres (y los animales, y la naturaleza, y la infancia) se pretende que estén al servicio de los intereses de los hombres. Me dirás que te raya oír hablar del patriarcado, o que crees que es un mito. Te diré, entonces, que te pongas una peli cualquiera, escuches una canción corriente, mires qué expresa tu ropa y qué la suya la suya, pienses en la distribución en el espacio y las posturas de los hombres y las mujeres en los salones de las casas, los patios de los colegios, el transporte público, etc. Lo cierto y meridiano es que se espera de las mujeres que estén al servicio de los intereses (económicos, afectivos, sexuales) de los hombres. Y tal cual se nos representa. Y ese espacio se nos deja. Los centinelas que salvaguardan esta frontera patriarcal son el estado, las religiones, la justicia, los medios de comunicación y entretenimiento y otras multinacionales, de ahí que, como se puede ver, quienes están al frente de ellas sean, ay, los hombres.

(Mujeres poderosas que han sido admitidas al club de Los que Mandan y hombres desarrapados no son evidencias en contra de lo arriba dicho, sino que, en rigor, habríamos de explicar el tinglado más ampliamente en términos de clase, nacionalidad, afectividad, raza, credo y edad en intersección con el género) ¿Seguís ahí?

Pues continúo. A veces, es la voluntad de algunas de nosotras tratar este complejo, delicado y crucial tema con vosotros, compañeros. Por diversas razones, que suelen tener como base común el deseo de que el sistema que nos mata mute en uno que no nos mate. De ahí que os expliquemos pildorillas de primero de feminismo aquí y allá, y que cuando se producen os señalemos actitudes en que incurrís y que, creemos, contribuyen a silenciarnos o directamente animan a deshumanizarnos. Pero, ¡oh, decepción!, esto es lo que pasa cuando lo hacemos:

 

  • Espectro de respuestas 1: me resulta difícil de entender, porque yo no soy así, yo no hago eso.

¿Seguro? ¿No abrigas la creencia de que mi tiempo y los discursos te pertenezcan por derecho? ¿Entonces, si acabo de hablarte de mujeres muertas y de mis sentimientos heridos por el (micro)machismo que acabas de cometer, por qué tu respondes hablando de Ti? ¿Por qué haces caso omiso de los sujetos femeninos que he puesto sobre la mesa y lo que quieres que hagamos ahora es elogiarte? ¿Se ve claro? ¿Necesitas más pruebas?

Si de veras hubieras deconstruido por completo la andanada machista oculta tras tu frente y en tus fibras musculares (no conozco a nadie que lo haya conseguido del todo), entonces no dejarías de cuestionarte a ti mismo ni por un segundo, pues solo así habrías llegado a despatriarcalizarte previamente.

 

  • Espectro de respuestas 2: me ofende que me llames machista

Guau. De entrada, no te he llamado machista a ti, sino que he descrito una actitud tuya como tal. Sin la reflexión adecuada y actualizada, sin escucha activa a los grupos implicados, o por descuido, todas cometemos diariamente machismo, racismo, clasismo, adultismo, etc., porque ese es nuestro hábito mental y la sopa social en que flotamos, pero no necesariamente nos caracterizaríamos como tales (machistas, racistas, clasistas…) a menos que hagamos bandera de ello y nos revolquemos en contumacias (como tú ahora).

De salida: aquí hay alguien que clama haber sido injustamente tratada por otro. Responderla cuestionando su queja es, cuando menos, una estrategia para no afrontarla. Pero en una lectura más profunda, al no escucharla le estás quitando a esa persona la legitimidad y el espacio para expresar sus sentimientos, su vivencia, le estás diciendo que la aceptas solo si está callada y que por consiguiente no se puede pronunciar. Ole, una doble de machismo con mucha espuma. por favor.

No debes entender “machismo” como algo malo y ya está que tienes que evitar que te llamen y defenderte si lo hacen. No tienes ocho años y las monjas no te están pidiendo que seas tolerante en lugar de racista. Eres adulto, tienes capacidad para descifrar la intención del mensaje que oyes en el medio contextual en que se produce, además, eres corresponsable de la realidad que creamos entre todos cada día y le debes respeto al ser humano que tienes enfrente. Ofenderte, ponerte de morros, vengarte y no tratar de entender el fenómeno que la palabra simboliza denota un intelecto ciertamente estancado.  Si te lo he dicho es porque debo o quiero convivir contigo en algún espacio, y tú y yo necesitamos negociar nuestros comportamientos para que nadie dañe a nadie y el intercambio que hacemos sea beneficioso para todas las partes.

 

  • Espectro de respuestas 3: imprecaciones, fotopenes y otras delicias

Nos amenazáis con fantasías de violencia física (esas que, decía, se encuentran en potencia en todas partes, ahora serían verbalizadas) y/o os insultáis con alguna floritura que remita a nuestra disposición o no para el sexo (bollera, puta…) o o nuestra imagen corporal en contraposición a la que nos habéis intentado imponer (gorda, fea…) O sea, que lo que queda clarinete es que el lugar que habitamos en vuestro imaginario es estar al servicio de vuestros intereses eróticos. Y de paso que no tenéis argumentos.

 

Queremos y debemos convivir con vosotros en un mismo mundo, compañeros, hagámoslo con alegría y sin muertes de más. Google, Federici, Palenciano, talleres de feminismo para principiantes, todo está ahí fuera. Creemos en vosotros.

Me despido con amor del bueno desde la playa medusa,

*A*

Convertirse en

En castellano hay un grupo de verbos que indican cambio del sujeto, en su esencia o estado, y que se relacionan en formas diversas con lo que se es (hacerse, volverse, convertirse, devenir) o cómo se está (ponerse, quedarse). Es interesante la variedad, en tanto en otras lenguas cercanas tiende a usarse un verbo solo, sin matizaciones.

Pues bien, de ellos uno me llama particularmente la atención: convertirse, que indica cambio de identidad. En principio, podría decirse que es un verbo lúdico, infantil, pues de pequeña te conviertes en gato o en hada, en profesora o en doctora, en vampiro/ hombre lobo/ animal (sugerencias de google), etc. Pero cuando creces, en realidad ya no te conviertes en nada que no sea o bien mayor, o bien algo respecto a otrxs. Me explico: pasada la adolescencia, el sujeto del verbo convertirse ya solo se dirá que se ha convertido en adulta, en esposa de, en madre. O en profesiones, si van acompañadas de una caracterización: una periodista excelente, una ingeniera de renombre. También te conviertes al islam, o en un cabrón, o conviertes tus euros en coronas, o tus puntos del súper en un cheque-regalo.

Cuando tengo ocho años y me convierto en duende, ya no soy la niña que se aburre frente a las lentejas, ya no soy yo, como requisito de la transmutación. De ahí que me pregunte si para llegar a ser estas cosas en que nos convertimos de adulta, una haya también de dejar atrás su identidad anterior. Qué implicaría entonces el hecho de haberme convertido en madre (expresión que se repite incluso en bocas de quienes colaboran en la deconstrucción de las maternidades secularmente nocivas). ¿Acaso si soy madre ya no soy yo?

Ser yo -> /dejar de serlo –> pasar a ser otra cosa/ –> ser madre. ¿Existe tal axioma? ¿Son todos sus miembros semánticamente válidos o hay alguna trampa ahí? De entrada, qué es eso que “yo” era. Además, por qué he de convertirme, en qué términos y a través de qué operaciones. Por último, qué coño es “ser madre” que no sea esa corona de espinas del patriarcado cristofascista que nos han venido colgando (“la maternidad hace libre a las mujeres auténticamente mujeres”; “el derecho por excelencia de la mujer es el de la maternidad” 2012, Gallardón, ministro de la democracia española).

Compañeras, ya basta de convertirse… a la fe del carbonero. Paramos y criemos niñxs, si es que queremos, pero de convertirnos nada, que bastante nos ha costado llegar a ser lo que ya somos; enriquezcámonos, con eso basta.

Desde el estómago de la bestia

Cientos de lomos de todos los colores, suaves, rugosos, locales e importados, con grandes o pequeñas letras, romances, helénicos, escandinavos o anglosajones… el batallón de libros que orgullosamente arrastro por los aeropuertos tiene históricamente en su mayoría una cosa en común: han sido escritos por hombres. Por personas leídas socialmente como hombres y que viven y escriben desde esa ventajosa posición. Solo cuando los estudios de género entraron en mi vida comprendí, y me puse a completar mi biblioteca con voces que llegan de la cara oculta de este mundo que, mal que nos pese, está estragado por la estructura funesta de lo binario.

Es un agravio a la inteligencia que consumamos tantos textos tejidos desde ahí, los consideremos glorias nacionales y se los empujemos gaznate abajo a las y los jóvenes durante la escolarización. Esos hombres que escriben tanto, y que también son blancos, presumiblemente heteros y de occidente, dictaminan desde la atalaya del guardián, no tienen más que mirar hacia abajo para ver y contar historias desde su espacio de comodidad social. Pero, aunque nos usen en sus relatos, no nos están contando. Es una observación y reconstrucción irresponsable, la de quien no se mancha, la postura de Jep Gambardella (La gran belleza, Sorrentino, 2013) caminando garboso por Roma con las manos tras la espalda y mirada jocosa como quien no se juega ni pierde nada en la podredumbre de alrededor que se va cayendo a pedazos.

¿Es así que acaso solo los colectivos bajo la arquitectura de la opresión tengan algo que decir? No de forma rotunda, pero desde luego, si buscamos aproximarnos a condiciones de verdad en los mensajes que consumimos, más pistas nos dará quien en la realidad lucha a brazo partido para expresarse que quien se aprovecha de sus privilegios al tiempo que los invisibiliza con diferentes trucos expresivos. La verdad estará en quien no gana nada en ocultarla.

La lengua y la cultura son el  mejunje resultante de cientos de años de costumbres repetidas, las personas estamos tan inmersas en ambas que no es fácil verlas actuar.  A modo de paisaje opresor, sus mecanismos de reproducción son invisibles, como cuando en el cine alguien apaga la luz y solo podemos fijarnos en la pantalla, siendo cautivadas por la narrativa que en ella se despliega y olvidando quiénes son quienes se sientan a nuestro lado, y qué les pasa.

En Sant Jordi, en la Feria del libro, en las lecturas de verano… el resto del año, por qué no, elijamos textos que busquen verdades, libros sacados adelante por mujeres, personas que den cuenta de su posición según se escriben y no nos engañen con fanfarrias dirigidas a cegarnos y conservar intacto el orden social. Porque quién quiere seguir escuchando al domador cuando podemos leer relatos que llegan directamente desde el estómago de la bestia.