Palabras que dinamitan puentes

Cuidado con ellas, si no se las sabe reconocer son peligrosas y nos cortan las salidas, nos condenan a “lo mismo”.

La palabra, como contorno mental de un fenómeno, nos puede dar la libertad de referirnos a él e intercambiar pareceres, de construir. Nos permite incluir elementos en la nómina del pensamiento y de ahí el diálogo, el empoderamiento, conquistar presencia en lo social. La palabra es entonces territorio y hace revoluciones. Por ejemplo, no es igual un mundo en que se habla de clítoris o violencia de género que uno en el que no.

Pero también puede ser que una palabra funcione como cortina de vapor que condensa unas opciones y una “normalidad”, cegándonos ante las alternativas. Cuando algunas palabras se convierten en moneda de cambio común, y según cómo se usen, se vuelven candados porque no nos permiten ya pensar en aquello que indican sino que tan solo despiertan contextos de uso convencional que se les han quedado pegados. Reaccionamos ante ellas representando guiones, roles. Y en ciertos casos, paralizan. De hecho, en muchas ocasiones cada día, hablamos sin hablar, con el piloto automático, dejando que palabras y frases se vayan extrayendo unas a otras, sin pensar lo que decimos, sin hacer cosas con la lengua, sin ser responsables de ella.

Pero como cuando miras durante mucho rato una cara conocida hasta que empiezas a encontrarla rara, muchas palabras (instituciones mentales) deben ser reconsideradas y desactivado su poder de legitimar como normal lo que quizás no queremos que lo sea.

Hay ejemplos clásicos llenos de veneno que paraliza los miembros, como llamarle “Nacionales” a los “Fascistas”, “dialectos” a las “variantes” (todas) de una lengua o “patria” al lugar de donde uno viene. Otras bombas léxicas serían “tradición”, “mujer”, “hombre”, muchos diagnósticos y todos los gentilicios.

En otros casos se trata de expresiones, como:

¡Paciencia!

Qué le vamos a hacer

Así ha sido siempre…

Es que eso es/se hace de esta manera

Cuando nos las arrojamos a la cara, con mejor o peor intención, estamos dinamitando los puentes del pensar, los hilos que nos unen a nuestra cualidad reflexiva como especie: a la posibilidad de vislumbrar una realidad diferente. (Si ya es así, para qué voy a hacer nada para evitarlo.) No en vano se nos dice también a menudo: son solo palabras. Cuando las palabras, si algo no son, es algo “solo”, porque son mucho y ni siquiera nos hacemos a la idea de cuánto.

Se pueden llegar a oír las barbaridades más sangrantes, que si se han oído ya antes sin movilizar a la acción, seguirán su curso cauterizando cualquier intento mental de revelarse. Funciona como un parlamento oligárquico o un sindicato domesticado, como un revolucionario electo. Me refiero a frases-pan de cada día, tipo:

Cosas de tíos

Esa profesora hace en la clase lo que aprendió ella en sus tiempos, no se actualiza desde hace cuarenta años

Nos gobiernan los corruptos

Todas llevamos una revolución en la boca: somos un horno de cocinar realidades. Es hora de escoger nuestro camino, y empedrarlo andando de aquellas losas que verdaderamente queremos pisar. Basta de arrastrarnos por atajos que ya estaban aquí, y que resbalan.

Palabras como panes 2

Las palabras son, entonces, símbolos, cristalizaciones, condensaciones, proyecciones. No son en sí mismas las cosas que representan, ni por tanto contienen el cien por cien de los ítems que pertenecen a una categoría nombrada. Son un intercambio energético entre personas cuyo contenido se negocia en la interacción, bajo el auspicio de diferentes fuerzas y poderes que actúan de forma más o menos meridiana en ella. No se ha dicho más claramente que aquí:

Cuando yo uso una palabra –insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso– quiere decir lo que yo quiero que diga…, ni más ni menos.

–La cuestión –insistió Alicia– es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

–La cuestión –zanjó Humpty Dumpty– es saber quién es el que manda…, eso es todo.

 

De acuerdo con lo anterior, el artefacto articulatorio ‘gato’ no maúlla ni tiene pelo sino que es una llave para hacerte pensar a ti en tu experiencia de gatos cuando la acciono. Por la misma lógica, al usarla no estoy aludiendo a todos los gatos del mundo, porque mi intención es que tú pienses en un gato, no otra. No puedo contener el mundo en una abstracción sonora, solo puedo simbolizarlo. De hecho, sería imposible que si idenificaramos lenguaje con realidades los enunciados tuviese condiciones de verdad:

Buenos días. ¡Falso! Para Susana no lo son

Los gatos maúllan. ¡Mientes, bellaca! Yo una vez vi uno mudo

En este orden patriarcal, si yo tuviera un pene me harían más caso. ¡Infame! Los penes no los tienen ni solo ni todos los hombres.

Ciertamente, hay mujeres con pene y hombres sin él, pero esto no quita que el pene como noción forme parte del aura cognitiva de la abstracción léxica llamada ‘hombre’, que implica una serie de realidades no tan abstractas. En suma: usar el pene como metonimia para hablar del hombre no afirma que cada persona que tenga pene lo sea.

Usamos las palabras de forma más o menos precaria para transmitir emociones y hacer (que se hagan) cosas, y siempre estamos incurriendo en generalizaciones, jugando con tropos y acudiendo a prejuicios porque es así como funciona el lenguaje verbal humano, que, repetimos, es una abstracción y no funciona a partir de relaciones de continuidad o identidad entre cosas y palabras. No podemos mover cosas para comunicarlas. Lo que podemos hacer es mover ideas de cosas, que ya por no ser cosas en sí mismas, son de algún modo infieles a lo que representan. Pero también útiles para comunicarnos.

Uno de los usos fundamentales del lenguaje es la construcción de la identidad y la comunidad, es decir: la política. Usamos etiquetas léxicas para “ser” cosas en sociedad y establecer relaciones (de cooperación, poder…). Algunas  de estas etiquetas se pueden elegir pero la mayoría, desgraciadamente, vienen en un paquete que nadie encargó pero se nos entrega por courrier en la sala de partos. Así, al nacer ya eres civil, seglar, ciudadano, nacional de X, hijo/a de Y, sin comerlo ni beberlo, ah, y también bebé, y además niño, ay, o niña.

La buena noticia es que de la sociedad y la lengua no solo participamos aprendiendo lo que se ha hecho antes de que llegáramos al mundo, sino que tenemos el derecho analienable de cuestionarlas y transformarlas. Nos replanteamos qué es “ser español”, “ser joven”, “ser chica”. Pero ¡ojo! estamos cuestionando el haz de sentidos que la palabra activa al usarse en sociedad, no la cáscara léxica. A mí me daría igual que en los medios me llamasen “perroflauta”, que de hecho suena bien, pues un perro más una flauta son dos cosas de cariz positivo; yo lo que no quiero es que me adhieran el conjunto de significados que convencionalmente se arrastran al usar esa palabra cuando de restar legitimidad política a una individua se trata.

Desafiar el contenido de las palabras niño/niña y los significados y consecuencias sociales que su asignación acarrea es el fundamento del feminismo desde hace ya décadas. Una de las muchas formas de hacerlo es reventar sendas categorías de lo binario desde el arte icónico, la literatura, la filosofía. De hecho, las artes y las letras deberían ser/son procesos liberadores que nos permiten abrir espacios de realidad y/o asistir a los que otras personas han soñado, frente a los imperativos del poder agazapados en nuestros lenguajes cotidianos y que pasan desapercibidos.

De ahí que concebir mundos sin género o con muchos géneros, transitar entre los géneros, fluir, hormonarse… son feminismo, son desafío al poder opresor, son  espacio de resistencia y libertad imaginado y arrebatado al sistema. Sin embargo, performar en un cuerpo la fluidez de género a nivel individual no invalida de por sí las estructuras sociales de opresión que afectan al resto de humanidad más allá de ese cuerpo.

Las mujeres, que somos resultado de una socialización que imprime en nuestros cuerpos unas estructuras que nos son adversas, necesitamos ser conceptualizadas como tales para poder hacer política desde nuestros cuerpos y salir de la cárcel patriarcal que llevamos como un exoesqueleto. Esa es la tarea original del feminismo, y se ha de realizar desde lo rad y lo trans como buenamente pueda cada una.

Las palabras que nos colocamos libremente como signos de identidad, como etiquetas, las escogemos para llenar un vacío lleno de miedo. Nos ponemos letreros en la pechera llevadas muchas veces más por los beneficios emocionales que conlleva pertenecer al grupo de quienes llevan el mismo letrero que por una reflexión consciente de lo que el término significa y qué implicaciones tiene. Nos llamamos cosas a nosotras mismas para beneficiarnos del hermanamiento con otras personas que se llaman de la misma forma.

Las teorías peformativas del género, el hilar fino y el desafiarlo desde lo trans son pasos positivos para el feminismo. No deben ser interpretados como una trinchera de oposición a las posturas que parten de la opresión sistémica de lo femenino para construir su andanada. El feminismo es algo demasiado grande y hermoso como para que lo desactivemos desde divisiones patriarcalizadas. No lo pongamos en peligro solo por poder colgarnos una ristra de etiquetas en el perfil de tuiter que nos hagan sentir un poco menos solas.

Lo explica bien práctico Coral Herrera aquí.

Dioses

A quienes utilizáis la lengua en contra de sus hablantes, manipuláis y robáis sentidos, llamándole “seriedad” a la “rapiña”, “fuerzas del orden público” a “hombres armados que defienden a los ricos”, “ley” a la “desigualdad”…

A quienes deliberadamente hacéis una foto sesgada del momento final en el que se produce una elección trucada, y le llamáis “libertad” a lo que en el mejor de los casos solo es supervivencia…

A quienes ignoráis el sufrimiento, la humillación y la desposesión de otras personas para enrocaros en vuestro vil privilegio colonizador…

…no voy a insultaros.

El insulto lo manejáis bien ya. No cambiaría nada calificaros de escoria, canallas, desgraciados, vergüenza de la raza humana.

Voy a llamaros algo peor.

Sois…

Sois dioses.

Sois dioses de barro enaltecidos —solo si no se es de carne no hay empatía en el sufrimiento, no hay preocupación por el cuidado, no hay conexión genuina con otra carne—. Sois la abstracción personificada de los valores morales de un grupo de humanos con la potencia de dictar textos para todas, como cualquier otro dios. Sois una narrativa de cohesión social en que mujeres, niñas, niños y trabajadores viven y mueren para glorificar vuestro inmundo capital.

Sois dioses en vuestra potencia de mal, en vuestro ánimo castigador y capacidad de secuestrar la palabra y la justicia. Tenéis el poder casi ilimitado de no dejarnos vivir en paz y comunidad. Tenéis los medios de producción de mercancía y sentido. Podéis hacer daño y lo hacéis.

Pero dejadme que os diga una cosa… las ficciones, por divinas que sean, siempre terminan. Cae el telón, acaba el cuento. Efe, i, ene. Y de ese patético vengador machuno que despreciaba la vida y la acosaba, de ese personaje, pasado un tiempo… no se acordará nadie.

Lugares ajenos, propios, comunes

Decimos que son comunes, pero no lo son, son ajenos: son los lugares del poder. Clichés, estereotipos, frases hechas. No son riqueza ni colorido lingüístico, pues pueden ser mal y violencia y a veces señalan hacia muerte. Que de las niñas, de los negros, de las bolleras, de los de pueblo, de cualesquiera se diga esto o lo otro cansinamente no es un tópico (lugar) de todas, sino que les interesa a unos pocos que les pongamos ahí. Los mal llamados lugares comunes son lugares ajenos, colonizados, de producción para terceros. Así que yo me piro, desalojo, no me quedo en ellos siendo cómplice de lo que envenena.

Yo me vengo aquí, a la playa y la medusa, a los lugares sin contornos, bordes ni cortes, materias plásticas y maleables, espacios solidolíquidos diversos que nos dejan ser y decirnos en toda nuestra extensión rampante. Me vengo a crear lengua viva de piel y roce que no nos rebane en trozos sanguinolentos para que quepamos en las cajas herméticas de lo patriarco-neoliberal-binario. Aquí creo lugares propios por donde corran aire fresco y flujo vulvar. Y solo desde ahí, desde lo propio, puedo llegar a lo común, a interpelarte. Es mi deseo lanzar llamas de lengua inflamada, húmeda y febril, a los lugares que ocupamos juntas en holganza y amplitud. No porto mensajes de oscuro emisor ajeno.

Desde mi texto me refugio en un recoveco de tu cuerpo. Allí hilamos en común para que las medusas sigan habitándonos en playas transidas por el placer y lo libre, lo que nunca podrá ser colonizado por el interés ajeno. Lo gelatinoso que se echa a nadar desde lo sólido pero nunca termina de licuar.

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Palabras como panes

Somos cuerpos carnales movidos por un ovillo desmadejado de emociones que a menudo se desbordan. Vivimos tratando precariamente de comunicarnos esa emoción unas a otras, de pegar mi hebra con la tuya, de que nos tiren, o no, del hilo, de en-redarnos. Y como a fuerza de domesticación institucional hemos olvidado el lenguaje corporal primitivo (qué delicia verlo en bebés), usamos signos para transmitir nuestros mensajes emocionales, que no son otra cosa que reacciones a los estímulos del entorno y sirven para adaptarnos a él y poder seguir viviendo. Los signos intermediarios de las emociones que somos se llaman habitualmente ‘palabras’ y, como cualquier herramienta destinada a alterar la materia y elaborarla, tienen muchas ventajas, pero también son peligrosas.

La palabra es una condensación gaseosa de significado, y el significado es emoción transmisible, carne con objetivo. Gracias al cómodo y dúctil formato mini de las palabras y su variedad (además de que son relativamente gratuitas), podemos llevar la comunicación a terrenos inusitados. Por la palabra poética impresa en papel o en aire, pueden hacerte viajar al gris húmedo de una tristeza que existió en un muy otro lugartiempo. (Yo no puedo oir ay, amor, sin ti no entiendo el despertar de Serrat sin partirme el alma). Por la palabra-falo que impone el juez, pueden desgajarte en vida, pez boqueando muerte en arena tórrida. Por la palabra-cicuta machacada entre las paredes de casa, pueden asediar tu humanidad diluida en el café de cada desayuno. Por la palabra lúbrica, te hago correrte sobre playas y arsenales.

La palabra, en fin, nos hace libres y fuertes. Nos hace. Es potencia, abre espacios, crea pulpa. Pero cuidado: todo es una burbuja de abstracción. Siempre hay por debajo carne-ancla que rasga y duele. Por más que asciendas por peldaños de palabras, sigues siendo cuerpo necesitado de hacer fluir archivos emocionales. Es fácil olvidarlo. Pero la palabra es solo símbolo, objeto, representación, síntoma, artefacto, y como tal, puede convertirse fácilmente en el dedo al que se mira en lugar del sentido al que este indica. El peligro de las palabras está en creérselas. En darle más valor a la cosa inerte que a la carne lábil. Sobre todo si otros han gest(ion)ado palabras por nosotras y estas no nos han nacido de la carne en pálpito, del cuerpo.

Elena Casado dice que la noción de ‘sentido’ es un taburete de tres patas: implica  ‘significado’, ‘sentimiento’ y ‘dirección’. Pues bien, cada chispa léxica concita, efectivamente, tres movimientos internos en nuestro cuerpo al ser usada o recibida, prendida. El significado es lo que nos han dicho que las cosas son. Ahí se pavonea el poder de la Academia, lOs Autores, los Medios, la Escuela, la Familia…, la Autoridad, en fin, para definir, conceptualizar, imponer su agenda política, inyectarnos su versión interesada y normativizada de los hechos. De este modo, también nos inculcan qué se debe decir, cómo, cuándo y a quién decir. Y a quién no. Y de quién no. El significado de las palabras y, por tanto, de los seres y las cosas, es el programa de estudios de la Escuela del Sagrado Corazón del sistema.

En el sentimiento que se traslada como un tanque de una persona a otra al pulsarse una palabra-tecla fíbrica, nada el currículo oculto de la socialización capitalista-patriarcal que nos han untado a la piel (del derecho y del revés). La emoción que las palabras activan en los cuerpos se ve bien cuando hablamos de nombres propios, si me gusta este o aquel, si una vez conocí una Luisa que era rechoncha y ahora ya cada Luisa que oigo me la imagino así. No se define ni se puede defender, solo se siente, intuye, contiene. También se observa en los medios con las palabras-fetiche que nos arroja cada sector de intereses como si fuéramos contenedores que incendiar: comunismo, Venezuela, liberal, altruista.

La emoción que las palabras ponen en marcha al llegarnos nos lleva a movernos en un sentido, hacemos algo cuando somos interpeladas por la dimensión sentimental que tienen y que conecta con algún cabo suelto en nuestro seno: nos cerramos en banda, nos abrimos a escuchar, nos vamos, nos quedamos, aprendemos, nos adherimos a una causa, dilapidamos a alguien por tuiter, etc.

Hemos recorrido así la rueda completa en la que nos afanamos como jerbos enjaulados: sentimos – empalabramos – hacemos sentir – movemos – empalabramos – sentimos. La liberación política de las individuas pasa por aprender qué decimos, qué movemos y qué hacemos cuando usamos las palabras y, sobre todo, cuando son usadas para/contra/por nosotras. O vamos okupando rapidito nuestros mecanismos de emoción-palabra, o van a seguir cayéndonos, cada vez más, como panes.

Lo Normal

 

Un buen ejemplo son las caries, decía una compañera. Son lo normal, a mucha gente le salen, pero eso no significa que sean lo sano ni lo deseable, lo bueno ni lo aceptable. Este aparentemente inofensivo adjetivillo, “normal”, me huele a corona metálica y sarro. Significa “lo regular”, lo esperable, lo previsible, lo  que se hace habitualmente y de acuerdo a las convenciones sociales. Sin embargo, nos columpiamos cuando tendremos a identificarlo con “lo bueno”, “lo aceptable”, “lo que debe ser”. Si Lo Normal es a lo que aspiramos, queda muy claro cuál es nuestro espíritu político: no nos vamos a cuestionar el caldo de la sopa en que flotamos ni qué es ese regustillo a cadáver que últimamente tiene. Así están las plazas, las calles, llenas de nada que valga la pena.

Cuando nuevas diputadas de izquierdas entraron en parlamentos y consistorios, otra compañera se indignó y decía muy resalada ella:  mira, nos van a robar igual, pero que lo hagan mejor con mocasines castellanos, que eso de hacerlo en chanclas queda feo. Que nos roben bonito y a juego con las alfombras, al menos.

Aceptamos a cada paso verdaderas fechorías en nombre de Lo Normal. Pero todo se perdona con tal de que sea lo de siempre. Aunque Lo Normal sea una institución obsoleta que antiguos hombres pudientes establecieran en nuestra contra. Es normal que nos roben, que nos maten, que quien te ha de proteger te humille y quien te ha de amar te utilice. Lo Normal es omnipresente, omnipotente, inspira terror, habla por boca de todas las personas y todas le rinden tributo, como a dios mismo (de ahí la mayúscula de majestad).

Pero no es aceptable, deseable, lógico ni bueno que no hablemos de la sangría siria. Que se vote a la violencia. Que la gente en las redes se mofe de las muertas por el horror machista. Que los medios de comunicación lo sean de propaganda.  Que no amemos a los niños de once años. Ni debe ser normal, tampoco, que el frufrú de las bolsas de los consumidores injurie a ese muerto tirado en medio de la plaza central de una ciudad europea, mientras ellos pasan, y compran.

preJuicios

Anoche me encontré con una amiga que se quejaba de lo ruidosísimos que son sus nuevos vecinos. La están amargando a la pobre, pero de su relato hubo algo que me llamó poderosamente la atención y quisiera hoy elaborar. Olga y yo vivimos en un barrio guetificado, lo que hace que las posibilidades de que los gañanes inquilinos que la atormentan tengan origen extranjero sean de por sí muy altas. Además, las costumbres sociales que describía en su relato no correspondían precisamente a las de una familia escandinava.

No obstante, en ningún momento, nunca, utilizó ella la presunta nacionalidad de los vecinos para referirse a ellos. Y eso que me dio la tabarra un buen rato con el tema. Pero ni con sorna ni en tono neutro ni nada de nada: nunca supe de dónde eran. Y me pregunto: ¿cuántas veces ocurre esto? ¿No es cierto que por norma enseguida corremos a meter al “otro” en la casilla de un grupo social concreto (sea por origen, género, edad, etc.), sobre todo cuando hace algo que consideramos malo? ¿Qué estamos haciendo cuando destacamos la nacionalidad del conciudadano machista o de la empleada gandula si realmente esta es intrascendente para el propósito del relato?

Para entenderlo, propongo el siguiente…

 

Ejercicio para detectar y fulminar prejuicios

  • Escribe las siguientes palabras separadas ocupando una página o en seis pedazos de papel: tarjeta, italiano, cama, mujer, perfume, árabe
  • Para cada una de ellas, escribe durante un minuto todo lo que se te ocurre. ¡No filtres! Solo piensa en la palabra y escribe de forma automática todo lo que te venga a la mente.

Ejemplo: medusa: picadura, mar, Grecia Antigua, convertir en piedra, bruja, gelatina, blog, mala, blanca, pis, playa, socorrista buenorro, nadar, Cala Ratjada, flota, tentáculo…

  • Ahora, toma cada palabra de nuevo (o en el reverso de cada pedazo de papel) y escribe una definición relativamente neutra (con más o menos google, no importa):

Ejemplo: medusa: animal celentéreo (wikipedia) con forma de sombrilla que se encuentra en las aguas de mar y causa picaduras venenosas no mortales en los seres humanos

  • Vuelve a la lluvia de ideas que hiciste al principio, y subraya las palabras que no has escogido para aparecer en tu definición. Usa un color para elementos que habrías incluido en una definición más detallada, otro para lo que creas que cualquier otra persona haya puesto en su mapa mental, y otro para lo que crees que es exclusivamente tuyo.

Ejemplo: Grecia Antigua, convertir en piedra, bruja, gelatina, blog, mala, blanca, pis, playa, socorrista buenorro, nadar, Cala Ratjada, flota, tentáculo, etc.

  • Ahora puedes interpretar el contenido de tu conciencia en función de las tres categorías de ideas que tienes en el papel. 

 

  1. Por un lado, está lo que consideras el saber neutro sobre un concepto (que también tiene su aquel y hay que cuestionarse, pero eso es materia de otro ejercicio)
  2. Después está la vivencia que tú has desarrollado en relación con el concepto, cómo te has relacionado con él desde tu afectividad y tu cuerpo. Aquí cabe preguntarse si en algún momento expandimos desde lo particular a lo general; es decir, si como me pasó “esto” con “un clip” que era “así” debería extender ese conocimiento (la posibilidad de que sea de un modo o algo pase de esa forma) al resto de elementos de la categoría, a los demás clips de la cajita y del mundo
  3. Y, por último, el contenido también emocional pero compartido con la comunidad de hablantes, que es un espacio propicio para la proliferación deel prejuicio y el estereotipo. Lo interesante sería pensar de dónde nos ha llegado el mensaje de que  ante “tal cosa” haya que reaccionar “de tal manera”, quién lo ha dicho, y qué interés podría tener ese sujeto enunciador en que yo reaccione así.

 

Por ejemplo, si sobre “mantel” me ha venido a la mente “muy blanco”, determinaré que la asociación con la blancura viene exclusivamente de la publicidad televisiva y que quieren hacerme creer que es necesario que la ropa esté muy blanca para estar limpia o para que yo viva a gusto. Si sobre “joven” me ha venido “nini”, y me doy cuenta de que es la prensa comercial, que pertenece a ciertos grupos empresariales, la que me ha hecho pensar que las personas jóvenes vegetan, tengo  ahí materia para desenredar el porqué.

En conclusión, me doy cuenta de que en realidad no necesito que la ropa esté brillante, y que de hecho en ese encadenamiento se esconde un mensaje peligroso (por lo antiecológico, consumista y eurocentrista), por lo que probablemente trataré de contrarrestarlo o bloquearlo en el futuro.

Los prejuicios y estereotipos son necesarios para establecer y mantener la comunicación, no son algo malo de por sí. De hecho, las propias palabras, como signos semióticos, son prejuicios en sí mismas, pero son la forma hegemónica que tenemos que trasvasar ideas entre cuerpos (aunque habría que darle más y más importancia a las otras formas, progresivamente…), y las necesitamos. Ello no significa que no empecemos a usarlas con responsabilidad y aprendamos a desactivar las trampas (a veces mortales) que nos meten entre los pliegues de sus faldas.

 

Sácate al patrix de la lengua en 12 pasos

Nos están matando impunemente. Y además, al enemigo lo llevamos dentro y se arrastra por nuestra conciencia para borrar sus huellas tras los hechos delictivos. Aunque lo mejor que podemos hacer para que nos dejen de matar es que nos dejen de matar, en nuestros pensamientos, discursos y relaciones debemos darnos prisa para ir creando un espacio simbólico nuevo que no deje lugar a más violencia.

Coge tu lengua y ponla en polvorosa. Salva tu mente de los riesgos del patriarcado de consentimiento. El idioma es el hábito conductual más estabilizado de todos, se vuelve paisaje, medio. Al hilar palabras, tiramos de hebras muy antiguos que abren terroríficas piñatas. Se transmiten mucho sexismo, homofobia, eurocentrismo, colonialismo… violencia, en fin, si no nos lavamos la boca o frotamos el boli antes de usarlo.

Para despotencializar esa violencia, tenemos que reventar la norma lingüística por todas partes con la certidumbre de estar generando espacios mentales de resistencia que florecen en la comunicación con otras gentes. —Nota: esto se puede realizar tanto desde la prerrogativa de la persona privilegiada por su educación (en este caso debería ser obligatorio) como de forma más espontánea desde un lugar de conocimiento no explícito del código.

 

Acciones para despatriarcalizar la lengua, desactivar las violencias machistas en potencia que contiene, limpiarla y darle el esplendor de otro mundo posible, otras relaciones de y con el género

 

1) Los recursos de borrado del yo (es bien sabido que…) sacralizan lugares de enunciación privilegiados sin dejar huella. Siempre da cuenta de tu posición, di quién eres, dónde estás y cuestiona tu sillón y tu cuarto y tus cuartillas

Como activista feminista blanca de clase media, mi opinión es que debemos reconsiderar cómo usamos las herramientas del amo

 

2) Piensa en los géneros tanto en lo morfológico como en su construcción semántica, revuelve y deconstruye a placer

Todxs l@s opcionas/os son válidas para expresarte, que no te pontifique nadie sobre esto, sea quien sea, tu lengua es tuya, como tu mensaje, y las peleas sobre el lenguaje inclusivo son una lija voraz…

 

3) Dale caña a los sustantivos genéricos que no excluyen

Vecindario, pueblo, ciudadanía, alumnado, profesorado, humanidad, personas, gente…

 

4) Las mayúsculas son diacríticos de importancia, de privilegio, de unicidad. ¿Dónde las pones? ¿De dónde las quitas?

Vivamos una Vida sin rey, dios ni españa que valga. Todas unidas protegiendo lo Común 

 

5) Jubila las palabras inoculadas de odio machista. Ni verdulera, ni arpía, ni frígida ni zorra… Pero tampoco mujeriego ni caballerosidad.

Aquel tipo que iba con la señora que hablaba muy alto me abrió la puerta al pasar para mirarme el culo, qué desgraciado

 

6 )Vigila las frases hechas y otras perlas del idioma. No tiras de la cuerda en el mismo sentido diciendo o follamos todos o la puta al río que…

…a rey muerto… rey muerto.

 

7) Mesticea. Insemina tu lengua con semillas llegadas de otros puertos, hazla crecer.

¡Estoy de un lletraferida hoy que no me aguanto!

 

8) Crea. Crea libre.

Yo siempre he sido un poquito revientacosturas

 

9) Reivindica y exprime tus turnos de habla, no te disculpes tanto. De perdonad por esta chapa que os he soltado, a

espero que os haya gustado y hayáis disfrutado tanto como yo

 

10) Inyéctale alegría a tu lengua. No es lo mismo emanar miedo, pereza, cuesta, vale, compro, tele, problema, adelgazar…que

…gozo, todas, colectiva, verbena, cooperar, cuerpa, gusto, placer, vida…

 

11) Sant Jordi, la Feria del libro, las lecturas veraniegas… plantéate este año sumergirte en letras que no vengan desde la posición de poder. Lee discursos de mujeres.

Yo esta primavera me merendaré a Chimamanda, Faludi, Nanclares y Butler

 

12) Habla el cuerpo. Trabaja la escritura encarnada: pon la lengua a sudar, llora lágrimas conjugadas, declina estornudos, moja la pluma en la sangre menstrual y/o menstrúa tinta. Reivindica tu ración de espacio físico y discursivo en lo social desde tu cuerpo y su exultante belleza, sea como este sea.

Convertirse en

En castellano hay un grupo de verbos que indican cambio del sujeto, en su esencia o estado, y que se relacionan en formas diversas con lo que se es (hacerse, volverse, convertirse, devenir) o cómo se está (ponerse, quedarse). Es interesante la variedad, en tanto en otras lenguas cercanas tiende a usarse un verbo solo, sin matizaciones.

Pues bien, de ellos uno me llama particularmente la atención: convertirse, que indica cambio de identidad. En principio, podría decirse que es un verbo lúdico, infantil, pues de pequeña te conviertes en gato o en hada, en profesora o en doctora, en vampiro/ hombre lobo/ animal (sugerencias de google), etc. Pero cuando creces, en realidad ya no te conviertes en nada que no sea o bien mayor, o bien algo respecto a otrxs. Me explico: pasada la adolescencia, el sujeto del verbo convertirse ya solo se dirá que se ha convertido en adulta, en esposa de, en madre. O en profesiones, si van acompañadas de una caracterización: una periodista excelente, una ingeniera de renombre. También te conviertes al islam, o en un cabrón, o conviertes tus euros en coronas, o tus puntos del súper en un cheque-regalo.

Cuando tengo ocho años y me convierto en duende, ya no soy la niña que se aburre frente a las lentejas, ya no soy yo, como requisito de la transmutación. De ahí que me pregunte si para llegar a ser estas cosas en que nos convertimos de adulta, una haya también de dejar atrás su identidad anterior. Qué implicaría entonces el hecho de haberme convertido en madre (expresión que se repite incluso en bocas de quienes colaboran en la deconstrucción de las maternidades secularmente nocivas). ¿Acaso si soy madre ya no soy yo?

Ser yo -> /dejar de serlo –> pasar a ser otra cosa/ –> ser madre. ¿Existe tal axioma? ¿Son todos sus miembros semánticamente válidos o hay alguna trampa ahí? De entrada, qué es eso que “yo” era. Además, por qué he de convertirme, en qué términos y a través de qué operaciones. Por último, qué coño es “ser madre” que no sea esa corona de espinas del patriarcado cristofascista que nos han venido colgando (“la maternidad hace libre a las mujeres auténticamente mujeres”; “el derecho por excelencia de la mujer es el de la maternidad” 2012, Gallardón, ministro de la democracia española).

Compañeras, ya basta de convertirse… a la fe del carbonero. Paramos y criemos niñxs, si es que queremos, pero de convertirnos nada, que bastante nos ha costado llegar a ser lo que ya somos; enriquezcámonos, con eso basta.

Desde el estómago de la bestia

Cientos de lomos de todos los colores, suaves, rugosos, locales e importados, con grandes o pequeñas letras, romances, helénicos, escandinavos o anglosajones… el batallón de libros que orgullosamente arrastro por los aeropuertos tiene históricamente en su mayoría una cosa en común: han sido escritos por hombres. Por personas leídas socialmente como hombres y que viven y escriben desde esa ventajosa posición. Solo cuando los estudios de género entraron en mi vida comprendí, y me puse a completar mi biblioteca con voces que llegan de la cara oculta de este mundo que, mal que nos pese, está estragado por la estructura funesta de lo binario.

Es un agravio a la inteligencia que consumamos tantos textos tejidos desde ahí, los consideremos glorias nacionales y se los empujemos gaznate abajo a las y los jóvenes durante la escolarización. Esos hombres que escriben tanto, y que también son blancos, presumiblemente heteros y de occidente, dictaminan desde la atalaya del guardián, no tienen más que mirar hacia abajo para ver y contar historias desde su espacio de comodidad social. Pero, aunque nos usen en sus relatos, no nos están contando. Es una observación y reconstrucción irresponsable, la de quien no se mancha, la postura de Jep Gambardella (La gran belleza, Sorrentino, 2013) caminando garboso por Roma con las manos tras la espalda y mirada jocosa como quien no se juega ni pierde nada en la podredumbre de alrededor que se va cayendo a pedazos.

¿Es así que acaso solo los colectivos bajo la arquitectura de la opresión tengan algo que decir? No de forma rotunda, pero desde luego, si buscamos aproximarnos a condiciones de verdad en los mensajes que consumimos, más pistas nos dará quien en la realidad lucha a brazo partido para expresarse que quien se aprovecha de sus privilegios al tiempo que los invisibiliza con diferentes trucos expresivos. La verdad estará en quien no gana nada en ocultarla.

La lengua y la cultura son el  mejunje resultante de cientos de años de costumbres repetidas, las personas estamos tan inmersas en ambas que no es fácil verlas actuar.  A modo de paisaje opresor, sus mecanismos de reproducción son invisibles, como cuando en el cine alguien apaga la luz y solo podemos fijarnos en la pantalla, siendo cautivadas por la narrativa que en ella se despliega y olvidando quiénes son quienes se sientan a nuestro lado, y qué les pasa.

En Sant Jordi, en la Feria del libro, en las lecturas de verano… el resto del año, por qué no, elijamos textos que busquen verdades, libros sacados adelante por mujeres, personas que den cuenta de su posición según se escriben y no nos engañen con fanfarrias dirigidas a cegarnos y conservar intacto el orden social. Porque quién quiere seguir escuchando al domador cuando podemos leer relatos que llegan directamente desde el estómago de la bestia.