El contrario de lengua es madre

La madre es un espacio originario del cuerpo autoconsciente. El último espacio donde hay continuidad, donde no hay palabras ni falta que hacen porque acercarse a otros seres a través de la comunicación, por semblanzas, es tan solo una sombra pobre de “ser lo mismo”.

Cuando hay madre/continuidad todo es espesura cíclica, flexibilidad porosa. Cuando hay madre todo tiene sentido porque todo está vinculado a sí mismo de tal forma que no existe lo otro, lo que no es uno.

A la madre la han llamado dios, éxito, dinero, aceptación social… La tratan de pinchar con el alfiler de las una y mil palabras-arista del poder sin conseguir nunca alcanzarla, porque la madre es el contrario de la lengua.

Madre es sustancia, lengua es forma/potencia/estructura. A la madre no hay regulación gramatical que la pueda encerrar. Madre es subversión y no dice, pero sí acurruca y genera y comprehende. El poder acuña moneda y acuña términos (finales). La madre engendra seres que son eternos principios y posibilidades de sí. La madre entiende, la lengua confunde, pese a que sea la última oportunidad que nos queda de comprender algo (también nos la quieren rebanar, la lengua, como la rebanaron la madre a bisturazos).

El cultivo de la continuidad en la que proliferan cuerpos no deja posibilidad de falta básica, no oprime, no invisibiliza, no crea reservas de flujo latente y oscuro presto al estallido.

El desamparo original se orquesta arrancándole a las madres las criaturas del cuerpo, y dándoles a continuación a chupar el símbolo. La historia de la humanidad es la de una pugna entre el silencio orgánico de la leche y el chillido documental y hostil de la metralla.

Imagen: http://www.dovivargas.com/Obras/Oleo_Colores.htm?3.2.2

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No solo me preguntan constantemente cuánto mide/pesa/come/tiempo tiene/habla la personita y cuándo (va a nacer/nació/empezará la escuela/echará a andar)/tendrá un hermanito/le cortaré el pelo, etc., también es diario el ardoroso interés de los transeúntes por saber el número de lenguas que hablará cuando sea grande.

—No lo sé —repito una y otra vez— yo le hablo en…, su padre en…, el entorno en…. y pues… ¡yo qué sé! —brazos en alto como signos de interrogación— hablará lo que quiera, lo que elija, lo que necesite hablar.

—Sí, es que son como esponjas, aprenden todo lo que oyen —es la respuesta invariable que me propinan.

 

Es cierto que lås niñås aprenden lenguas fácilmente, y no solo lo hacen porque su cerebro esté más vacío y presto a socializarse imitando para poder sobrevivir, sino porque quieren aprenderlas. Es decir, a causa de que desean comunicarse con nosotrås, ser como nosotrås, estar/ser con nosotrås, imitan nuestra forma de hablar para conseguirlo.

 

Cuando alguien quiere aprender una lengua extranjera debe primero saber por qué y revisarse las emociones al respecto. Sin interés genuino, sin apego emocional, sin hacerse pequeñå, humilde y dispuestå, la lengua no va a entrar, no va a transformarnos ni a dejarse transformar. La relación que establecemos con la lengua se revela así de orden romántico-lúbrica en primera instancia. Es una relación de flujo de materia nutritiva y transformación recíproca que justifica la denominación de materna que se le suele dar a la primera lengua que aprendemos. La lengua lechal, propondría yo, la lactolengua, que da luz, cuerpo y legitimidad a la existencia, que separa de la oscuridad, del no-ser.

 

La lengua es una música que tarareamos, es melodía pero también sinfonía colectiva, es materia acústica que percibimos y se nos pega machaconamente como la peor de las canciones del verano. La mayoría de veces que hablamos estamos repitiendo mensajes que vienen desde lugares de prestigio o poder. Decimos lo que dice la pantalla, lo que defiende mi padre, lo que siempre repite el jefe. Reproducimos pedazos enteros de mensaje: expresiones, frases, ideas, entonaciones. Incluso la corporeidad de la voz que usamos para hablar se forma en diálogo con las voces de quienes nos crían.

Necesitamos hacerlo así para ahorrar energía. Nos agotaríamos si cada mensaje fuese plenamente creativo y sincero, nos entregaríamos demasiado. Sin embargo, cuando, en el otro extremo, no hay espacio en la vida para la reflexión sobre la lengua, nos quedamos desvitalizadas, manejadas, desconectadas de lo que realmente habríamos querido decir. Nos volvemos marionetas a través de cuya boca se dicen otros.

 

La mejor forma de aprender una lengua es amarla. Y amar significa estar vivå y sintonizarse, disfrutar orgánicamente cuando oímos/leemos una lengua junto con la sensualidad que emana el entorno en que se produce. Entregarnos a la sorprendente irrupción de la materialidad del libro, a las dimensiones aromáticas de esa chica que habla, al paisaje que se extiende majestuoso mientras escuchamos ese podcast. al vislumbre de una posibilidad gustativa… Ahí es como nos conectamos con la lengua y la permitimos entrar, penetrar o impregnarnos (seguramente haya formas más fálicas y otras más vulvares de hacerlo, pero esto ya lo pienso otro día).

 

La lengua es una masa de experiencias vitales individuales y colectivas que se transmite de unas personas a otras, se (re)crea y emerge en su intercambio sostenido. La mutación es constante; el chorreo de emociones, imparable. Sin embargo, hay organismos e instituciones que tratan de sujetarla con camisas de fuerza de la normatividad, siempre a la zaga del derrame de sentidos y el paroxismo simultánteo de las voces. Se usa la gramática como colonización, como reducción de la pluralidad y la comunidad de la lengua a un manojo de reglas abstractas y privatizables.

 

Yo he ayudado a aprender mi lengua a muchas personas que querían absorberla como forma de liberarse de la obsolescencia de su propia cultura. Personas desvitalizadas, inscritas como signos en un texto colectivo que hablaba de inmovilidad, de falta de participación y creación subjetiva del entorno. Se reanimaban al exponerse al castellano, este idioma viejo y absurdo lleno de violencia, que aun así se deja acariciar/rasgar en pedazos todavía.

 

En el lugar donde vivo ahora el aprendizaje de español se produce en contextos de obligatoriedad o conveniencia académica. En consecuencia, no se favorecen entornos de aprendizaje honesto, de exposición a la materia lingüística y cultural, espacios mentales y afectivos en que abrirse al cambio. Sucede lo contrario: en contextos de alta institucionalización de la lengua, esta se presenta cercada, acuchillada, desangrada en pequeñas dosis consumibles como fármacos y de adquisición fácilmente evaluable. El vínculo emocional con el aprendizaje también está secuestrado y, en su lugar, nos imponen la dialéctica de las calificaciones como única motivación/gratificación posible.

 

Los libros de aprendizaje de lengua extranjera son, también, bastiones de la hegemonía cultural capitalista. En ellos, la lengua se transmite a base de reglas gramaticales. Y la gramática es a la lengua hablada lo que una modelo de Mango a mi rumboso culo. Es una colonización, una normativización (abocada al fracaso), una violencia. Dar gramática por lengua es como dar Historio del Filosofío en lugar de vida.

En estos métodos, que son objetos comerciales, al fin y al cabo, la cultura como matriz de lengua se transmite a través de la identificación por prestigio con modelos como las que se pueden encontrar en el mercado de lo publicitario. Falta la educación en valores, la reflexión intercultural, la responsabilidad social ante la plenitud de la vida de la gente joven. La representación del alumnado en los libros de español para adolescentes se basa en una abstracción homogeneizante y normalizadora , se estiliza un modelo que consiste en (oh, no, otra vez) sujetos parecidos a varones/ del norte global/ que establecen relaciones consumistas con su entorno.

 

La neurolingüística lo tiene claro, solo se aprende aquello que se ama. Pero para ir más lejos, para deshacer las fronteras y desafiar los programas cognitivos de extranjeridad que nos imponen, además de saltar en los charcos de la conjugación verbal hay que desquiciar la subjetividad que construimos con la boca, no dejar que se cuele el enemigo cuando queremos llenarnos los pulmones de aire o la mente de fluido vital/lingüístico que nos permite seguir respirando, palpitar.

 

 

Privilegios de saliva y aire

Días de activismos planetarios, días de brazos cogidos, unas de otras, formando un muro humano contra la barbarie del macho dominador ampliada hasta el extremo a través de un capitalismo exterminador e impune. Días, entonces, de revisarselosprivis y acercarse a las compañeras hilando honesta y responsablemente desde la posición de una.

Cuáles son entonces las características que mi discurso y prácticas arrastran que pueden ser agresivas en detrimento de las demás cuerpas vulnerables. Ya erigió un examen de conciencia sincero y sólido la necesaria Coral Herrera en su blog, que sin embargo me dejó pensando si el uso de derechos y privilegios como expresiones sinónimas no estaba confundiendo algo el asunto.

A mí modo de ver, los derechos son todos aquellos factores de la realidad social que son susceptibles de ser suprimidos a través del poder y/o de la violencia y que hacen posible el bienestar social de los seres. Es deseable que los derechos se garanticen para todas las criaturas.

Sin embargo, los privilegios son un ejercicio cultural asentado de violencia sistemática en lo simbólico por el que unos seres oprimen, expolian o silencian a otros. Obviamente, no es deseable que sean para todo el mundo, y de hecho su extensión infinita provocaría la barbarie máxima.

Los derechos conllevan obligaciones, la primera de ellas, la de ser mantenidos con esfuerzo, consenso y ecuanimidad social. Los privilegios, por su parte, son la no-obligación por antonomasia, la transferencia de las obligaciones propias a las espaldas de quien queda virtualmente oprimidå en el acto de imposición de poder que el privilegio requiere para surgir efecto. Los derechos son muchos hombros arrimados, los privilegios son un puño reventando un labio en sangre.

Considero que una vida sin violencia, la educación y el acceso al conocimiento y práctica sanitarias no son privilegios sino derechos humanos básicos. No se ejerce violencia sobre otra persona ni se la expolia por vivir en un entorno más pacífico que ella. (Pese que a nivel del sistema económico la pazguerra consumista del norte global se nutra del expolio violento de natura y vidas en el sur del mundo). Otra cosa es que algunos derechos desigualmente repartidos puedan ser utilizados contra alguien y convertirse así en privilegios. Por ejemplo, si una está muy leída y formada y usa esta ventaja contra la compañera que no lo está, en lugar de buscar un espacio de comunicación asequible para ambas, está creando un privilegio maligno de una situación que a priori no tiene por qué serlo.

¿Cómo se construyen los privilegios? Diréis que lo soluciono todo hablando de lengua, pero, para mí, son como el elefante inmenso atado al poste con una cadenita de plata. La montaña de músculo y pesado hueso no levanta la pata para arrancar su leve atadura porque no entra en su cabeza que pueda hacerlo. Suena crudo, pero si millones de personas se juegan la dignidad y los jurdeles metiendo en las urnas listas con nombres de ladronas, si consienten en someterse a un poder prepolítico, de casta señorial, es porque no saben que no hace falta que un señorito la posea para que el terruño reproduzca la simiente. Creen que están arando la hacienda, pero no, lo que están arando es la tierra. Las gallinas sin corral también ponen huevos. Las diferencias en el discurso son diferencias en la realidad.

El privilegio es primeramente palabra: una masa de vibración, aire y saliva, una voluta de cerebro que se arrastra por el espacio neumático entre la piel privada del cuerpo y la piel común de la cultura compartida. Los privilegios se construyen en la comunicación, en las relaciones, tienen mucho de lingüístico y performativo, y son un cáncer que tenemos el deber moral de desafiar con nuestras actuaciones del día.

Hace poco una compañera asistía a una entrevista de trabajo en que un subdirector del centro la amenazaba con que en caso de no cumplir con unos objetivos trimestrales, iba a ser inmediatamente despedida del puesto. Ella es nueva en el país y no sabe que la legislación laboral de la región no permitiría tal cosa; además, al no no conocer el entorno tampoco sabe que ese hombre tiene problemas de megalomanía y la empresa está descontenta con su actitud y tratando de deshacerse de él. El tipejo no tiene prácticamente poder alguno, pero se marcó tal órdago que generó el inmediato efecto del acogotamiento total en mi amiga, arrastrada por el mango de un bastón invisible a la posición de elemento inferior en una relación desigual binaria que quedaba instituida con la pronunciación de la frase.

El privilegio se crea y mantiene en las interacciones, crece si no se lo mira de frente como un maguito de Oz y estalla en todas direcciones, sórdido globo de agua, cuando se aplica una punta de alfiler sobre cualquier punto de su superficie. Se concreta en las siguientes praxis, entre otras muchas:

Privilegio de elegir las formas, condiciones y tiempos de la comunicación y, si es posible, alojarla en terreno propio

¿Nunca has oído a un familiar enojado exclamar: ir yo a verla, pero estás loca, ¡que venga ella!? Es uno de los privis favoritos del entorno familiar, pero se ve también en entrevistas en la oficina del jefe, en general cuando una es convocada a una reunión a un lugar y en un sitio concretos; cuando esx amante no coge el teléfono y solo es ellx quien se pone en contacto, etc.

Privilegio de no dar explicaciones, de no asumir responsabilidad sobre lo dicho o hecho

A nivel masivo se ve en la clase política que roba y nunca devuelve y el empresariado que usurpa la naturaleza y las vidas con total impunidad. Pero también en el día a día, con las violencias cotidianas de criantes a hijås, por ejemplo: cuando seas padre, comerás huevos…

Se ve también en jefes y encargados que no tiemblan al informar de que no han hecho algo que debían hacer, y que te perjudica. Es lo coloquialmente conocido como la caradura.

Privilegio de ser cuidadå pero no cuidar a la otra persona

En una organización antropológica residual que todavía está vigente se ve a madres, esposas, hermanas, sirvientas… ocupadas en el bienestar material y afectivo de los machos de la especie, mientras estos no consideran que los cuidados deban ser naturalmente recíprocos.

Privilegio de imponer el punto de vista propio como el único válido y que la maniobra quede incontestada

Las explicaciones son cosas de la chiquillería, las mujeres, lås empleadås. Que si yo quería, pensaba o creía. Que si tengo la regla. Que si hoy estoy así o asá. Nunca he oído a mi padre tratar de explicar cómo se siente, porque lo que él siente, cómo su cuerpo privilegiado vivencia el momento, es lo que va a marcar la pauta para todås los demás. ¿Que desafías su autoridad? ¡Diantre de niño! Caprichoso, puta, pedante, flipao, loca.

Privilegio de no ver la necesidad ni la integridad ajenas, de cosificar o despedazar a otras personas

Aquí entra la utilización colonialista en la cultura de las voces que no han sido incorporadas desde su subjetividad propia; la apropiación cultural; las generalizaciones; el egoísmo patológico… qué me estás contando; es tu problema, no el mío; no me importa cómo lo hagas, pero lo necesito para mañana.

Para ejercer privilegios hay que privar a otras personas de lo que les corresponde. Por ello son la causa infravalorada de la desigualdad social. Seguiremos tricotando sobre esto, de momento, creo que es urgente que dejemos de usar la palabra inocentemente como en “tengo el privilegio de estar aquí esta noche…” para decir “el honor” (o “es un regalo estar aquí con vosotras”, como diría la socia).

La violencia del privilegio se ve en las violencias coloniales del eje global norte-sur. ¿Por qué no puede Europa tratar humanamente a la gente refugiada, a las criaturas refugiadas? Porque sería un cuestionar el privilegio y su identidad, esencialmente colonial y sangrienta, quedaría en entredicho.

Violencia del privilegio construido es la que se ejerce en el eje binario hombre-mujer. ¿Por qué tantos varones razonables no se suben al carro de criticar la estructura de género? Porque les da miedo perder los privilegios del trono que esta cultura les reserva, reyezuelos de la creación. Por eso muchos admiten ya la diversidad sexual (su derecho a amar a otros hombres), el acceso de las mujeres al empleo y el sueldo, (se deshacen de la responsabilidad de traer el sueldo alimenticio a casa), nuestra irrupción en puestos de responsabilidad (pues las que llegan hacen bonito-igualitario y son mujeres que no subvierten el orden patriarcal vigente)… y así se nos dejan caer otros derechos que mantienen inalterada la lógica del privilegio sobre la que están bailando los machos de la especie.

El yo precocinado

Recibí uno de estos días en mi buzón una de esas respuestas comerciales en que hay que marcar una casilla al lado de una entusiasta frase escrita en primera persona, del tipo “sí, deseo que me envíen la oferta bla bla bla, y acepto recibir bla bla bla” y luego mandar el tarjetón por correo. Me pareció bastante retrocutre y me puse a pensar en todas esas veces en que enunciamos algo sin haber realmente comunicado, en que el mensaje que mandamos no lo hemos elaborado nosotras. En eso que pasa cuando suscribimos, firmamos, pero realmente no hemos dicho. O cuando no hay acto de expresarse pero sí que estamos comunicando algo previamente proyectado por otra persona o entidad.

 

Y es que es esta una sofisticada perversidad comunicativa de consecuencias incalculables. Véase sino lo que ocurre con los contratos mercantiles, laborales, en que nuestras opciones de meterle mano a la redacción del texto son prácticamente nulas pero sus efectos sobre nuestras vidas, inmensos. También pasa con las encuestas. Con las recogidas de firmas. Con los clics y las cuquis y los likes… (¿no estará casi toda la internet basada en esta enunciación predeterminada?)  Y en sangrante última instancia, es lo mismo que sucede con las papeletas electorales, los diplomas, las constituciones y las leyes y fronteras que amenazan la autonomía de nuestros cuerpos y mentes.

 

En todos estos textos y artefactos, es el yo que se expresa (y que quedará para la posteridad), pero qué yo. Una subjetividad que solo contiene un recuerdo fantasmagórico de realidad vital, de alimento. El resto es un mejunje de aceite de palma, azúcares, químicos venenosos. Elementos no nutricios que se añaden para conservar y comerciar a gusto. Que corrompen. De nuevo, la lengua y sus actos escondiendo fuentes de poder entre sus enaguas. El poder y la ideología hegemónica hacen de las personas lo mismo que la industria “alimentaria” hace de la comida-vida para convertirla en basura.

 

¿Cuántos discursos emitimos cada día desde nuestro cuerpo y nuestra experiencia soberanas? ¿Cómo de a menudo nos expresamos genuinamente? ¿Qué espacios y tiempos nos permiten hacerlo? No todo es expresar desde lo propio, me dirás, también hay que hacerlo desde lo colectivo. Sí, pero estamos en las mismas… ¿cuántas de nosotras, cómo y a qué precio creamos discurso colectivo no precocinado? ¿Tenemos tiempo, energía, habilidad y paciencia para consensuar manifiestos, artículos y otros textos conjuntos en movimientos y asociaciones?

 

Si se lleva al extremo, un claro ejemplo de enunciado en que ponemos nuestra firma sin apenas leerlo es la lengua en sí misma. Las palabras y las estructuras en que las engarzamos arrastran arena, gravilla (y rocas y montañas) que asaetean nuestra conciencia y nuestras emociones sin que nos demos cuenta de ello. Y no hay tiempo para desatar los nudos de cada red semántica a cada paso; sin embargo, estamos llegando a un estado de manipulación mediática tal, que quizás sea ya un acto de irresponsabilidad extrema para las personas letradas no andar con pies de plomo en su consumo actual del lenguaje corriente.

 

Se me ocurre la recientemente acuñada turismofobia, una palabra imposible para la lógica del español que sin embargo parece haberse aceptado sin mediar reacción popular. Las fobias, que son término griego para expresar miedo, rechazo, lo son en la medida en que aquello que tememos no justifica en sí mismo la reacción temerosa. Es decir: -fobia acompaña a ideas que no dan miedo ni deben generar rechazo de por sí. No tendría sentido decir asesinatofobia o crueldadfobia o tsunamifobia porque se entiende que lo malo genera sentimientos negativos en sí mismo.

 

De ahí que sean solo conceptos sin valor negativo los que pueden generar palabras con este sufijo: xenofobia, homofobia, fotofobia… Por eso, usar turismo en esta palabra es eliminar de un tajo la posibilidad de que lo consideremos fenómeno indeseable. Llamarle turismofobia al cuestionamiento de una industria-apisonadora que machaca la convivencia y los recursos naturales y culturales de un lugar donde tratan de pervivir comunidades es quitarnos el derecho a cuestionar. Es quitarnos el derecho a creer que nuestras vidas puedan tener más valor que sus comercios. Es arrebatarnos mucho de un solo golpe.

 

Pero estamos este curioso momento histórico en que un machuno de izquierdas puede pontificar en un espacio 15M (sin generar reacción pública alguna en el auditorio) que el feminismo, como todos los -ismos, es una ideología que genera masificación y falta de pensamiento crítico. No sé entonces cómo se las entenderá ese buen activista con el onanismo, el bruxismo, el lirismo o incluso el analfabetismo, que a juzgar por su perezrevertismo impune, nos acecha irremisiblemente.

Las palabras más bonitas empiezan por co-

…y además son las mas importantes.

No me estoy refiriendo a ‘coño’, ‘corazón’ o ‘copita de pacharán’, que también, sino a esas que llevan el prefijo-preposición latina con- (co-/ com-) (como en Laura está con Jacinta), y que reflejan el siguiente sentipensamiento: cuando una actividad se realiza en compañía, esta toma otro sentido tal que merece incluso ser denominada por un término distinto del primero. Hacer y decir en comunidad genera realidades alternativas, nos hace concebir y tomar parte en narrativas revolucionarias compartidas. La receta para vencer a este programa de individualidad marciana en que nos han enjaulado es usar la lengua con seso, y con mucho con-.

Aquí un ramillete de mis favoritas: (por orden caprichoso y sin intervención alguna de la RAEH*)

  • Colectivo: Ese lect- significa algo así como “recolectar”, y es el mismo que forma parte de ‘leer’. Cuando nos colectivamos y asambleamos es como si cosecháramos juntas el fruto de nuestra subjetividad diversa.
  • Cooperativa: A mí esta palabra me parece muy potente y me sabe a mermelada fresca de cooperativa rural de mujeres. Está llena de sentidos: obra, ópera, obrera… También llama a los textos en colaboración que internet nos ha facilitado tanto escribir.
  • Colega: Ahí tenemos a la ‘ley’ y al ‘lego’ en un asunto. Tiene algo de “cómplice”, de “compinche”. Sea como sea, ahora la prefiero a “amiga” (aunque para mí la reina es “compañera”), hasta que en redes sociales empiecen a usarla para cuantificar los contactos que una tiene…
  • Comadre: Cuánta belleza cuando se la desnuda del valor patriarcal peyorativo como vecina meticona. Comaternar, cuidar juntas (se haya parido o no, se sea del sexo que se sea), me parece el mejor regalo que la vida nos puede hacer y que le podemos hacer a la vida.
  •  Colecho: En crianza crítica (mal rollo eso de llamarla natural, para mí), consiste en dormir con las criaturas en la misma cama durante unos meses o años. Se basa en desmontar el hábito capitalista de que duerman separadas de sus criadoras para que estas puedan descansar lo suficiente como para rendir al día siguiente en la fábrica o en la oficina.
  • Conmoverse:  Me palpita la víscera al son de la tuya.
  • Compasión: Siento tu mismo pathos, lo que padeces. De nuevo, hay una transcorporeación del pálpito. Qué rico. Se merece que luchemos por quitarle esa pátina judeocristiana de la pena y la caridad, para que florezca en todo su esplendor expresando la comunicación de pulsiones.
  • Coeducación: De las más modernas. Y una de las mejores armas con que contamos en esta nuestra guerra de fondo a favor de la vida. Según Mujeres en red significa: educar desde la igualdad de valores de las personas.
  • Consenso: Con la aprobación, con el sentido de todo el mundo. De tal forma que quizás lo que se siente no sea tan vicario como el patriarcado nos ha querido hacer creer.

 

Extra: en griego, la misma labor la realiza el prefijo si-, sin-, sim-, que produce otro chorro de palabras bonitas y buenas: sincronía (lo que se coincide en el tiempo), simpatía (“padecimiento” o “pasión” común, equivalente a “compasión”), símbolo (poner juntas dos piezas que se usaban como firma en acuerdos cívicos en la Hélade), simbiosis (forma de vida en común), simposio (beber juntas), etc.

 

*Real Academia Española (de los Hombres)

Cómo hablamos las mujeres

Nos construimos hacia dentro y hacia fuera a través del lenguaje. Hacia dentro, decimos y encarnamos nuestra verdad en lengua. Hacia fuera, performamos, materializamos nuestro espacio en el mundo negociando con los elementos sociales a través de la lengua y de cómo la usamos en interacción. Los ejes de poder en que nos movemos y otros aspectos psíquicos propios pueden descubrirse a través del análisis de nuestro discurso.

Para analizarte, graba un pedazo de conversación telefónica o presencial, en la que hables (mejor con otra persona que sola frente a la cámara) y observa posteriormente desde fuera los siguientes fenómenos.

 

Aspectos externos

  • Qué lengua hablamos: ¿es la “nuestra” (habitualmente llamada materna)? ¿U otra? En ese caso, ¿quién nos la ha impuesto? ¿Qué lengua hablamos con cada persona, qué nivel tenemos y qué consecuencias tiene la diferencia en el grado de dominio a nivel de poder? ¿Cómo se relaciona con nosotras la persona que conoce mejor el código?

 

  • Turnos de habla: ¿hablamos mucho o poco? ¿Más o menos que la otra o el otro? ¿Interrumpimos? ¿Nos interrumpen? ¿Cómo interpretamos las interrupciones?

 

  • Escucha activa: ¿cómo reaccionamos ante lo que ha dicho la persona con la que hablamos? ¿Damos muestras de haber entendido? ¿Recapitulamos lo que ha dicho, inquirimos sobre ello, ignoramos, insistimos en nuestro relato? ¿A nosotras, sentimos que nos escuchan? ¿Cómo reaccionamos si sentimos que hemos sido escuchadas o no?

 

  • Seguridad en una misma: ¿Nos equivocamos, reformulamos mucho lo que hemos dicho? ¿Hay mucho “eee”? ¿Cómo nos sentimos respecto al tema que estamos tratando y cómo se refleja esto en el discurso?

 

Aspectos internos

Lo performativo (la creación de realidad a través de la lengua)

  • Clasifica los enunciados que emites en afirmativos, negativos o interrogativos y cuéntalos. ¿Qué tipo predomina? ¿Cómo lo interpretas?

 

  • Observa los enunciados, ¿cómo son, qué hacen? Por ejemplo: crean relato (esta mañana me ha llamado Luis), dan órdenes (¡escucha!), te comprometen a algo (tengo que estudiar para encontrar un mejor trabajo), establecen nuevas realidades (a partir de este momento, se acabó lo que se daba), expresan sentimientos (siento lo que ha ocurrido), etc.

 

  • Cuando das una opinión, ¿en qué punto de la escala entre “es así y punto” y “perdón, bueno, yo es que, si puede ser, creo, diría que igual…” se encuentra? Es decir, ¿con qué grado de autoridad expresas tus percepciones?

 

  • Al hablar o creamos las frases de nuevas, sino que muchas veces son pedazos de lengua que hemos oído, y repetimos en contextos oportunos. Escoge varios, ¿de dónde vienen? ¿De tu madre? ¿De la propia persona con la que hablas? ¿De la tele? ¿De un libro?

 

  • Observa tus coletillas, ¿sirven para atenuar (no sé, como…) o para enfatizar (evidentemente, claro)? ¿Cómo lo interpretas? Sería ideal anotar los marcadores del discurso (o sea, a priori, bueno, de todas formas…) que más usas y preguntarte por qué esos y no otros.

 

Lo material

  • ¿Aparece tu cuerpo en tu discurso? ¿Qué partes?
  • ¿Explicas con descripciones visuales, materiales, lo que cuentas?
  • ¿Hay en tu discurso más palabras de significado concreto (piel, mesa, flor, pollo) o abstracto (idea, tema, sinceridad, relación)?
  • Fíjate en los sufijos apreciativos como ito/illo/ico/ín o azo/aco/ón, etc. ¿De cuáles hay más? ¿Te identificas más con lo pequeño o con lo grande?
  • ¿Qué colores predominan en tu discurso, si los hay?

 

El yo

  • ¿Cuántas palabras, expresiones, tonos, etc., crees que has creado tú? O sea, ¿cuánta creatividad propia hay en la lengua que usas?
  • ¿Cuántos verbos hay en primera (yo, nosotras), segunda (tú, vosotros) y tercera (ella, él, ellas) persona? ¿Cuál predomina y por qué crees que lo hace?
  • ¿Cómo te creas a ti misma en el discurso? Es decir, ¿cuál es la autoimagen que dibujas? ¿Dices cosas como ay, qué tonta soy con frecuencia?
  • ¿Has usado “nosotros/as”? ¿A quién incluías junto a ti?
  • Cuando te refieres a personas con las que te relacionas, ¿usas sus nombres o su relación contigo? Es decir, ¿dices “Carlota” o “mi hermana? ¿”Carlos” o “mi novio”? ¿Por qué?

 

Lo social

  • ¿Cómo te relacionas con la norma? ¿Cuánta incorrección hay en tu lengua? ¿Cómo te sientes respecto a ella?
  • ¿Usas el lenguaje inclusivo de género? ¿Cuidas, en general, la inclusión? ¿Has hecho referencia a colectivos sociales (infancia, jubiladas, migrantes, chinas, enfermeras…)? ¿En qué términos?
  • ¿Usas palabrotas? ¿Cuántas? ¿Cuáles? ¿Qué significados arrastran? ¿Qué roles de género se esconden en ellas?

 

Una vez analizada tu propia habla, lánzate a analizar la de otras mujeres, la de los hombres, las y los jóvenes, etc. ¡Hay mucho que constatar y de lo que aprender ahí fuera! Decimos mucho más de lo que hablamos cada vez que abrimos la boca…

Cómo viajar sin ir, conocer sin aprender, ser sin vivir

1

Hoy he estado tomando café con un amigo que se contaba que ha viajado a Chipre este verano. Oye, y ¿en qué parte? —No sé, era un resort de esos. ¿Tremenda la comida, no? —Sí, la verdad que el bufé tenía de todo. ¿Y aprendiste algo de griego, parakaló? —¿Hablan griego en Chipre? No jodas, ¿en serio?

Mi amigo ha viajado (se ha desplazado, mediante el consumo de recursos) pero no ha ido a ningún sitio. Ha permanecido en una cápsula cultural, una vacuola mental sin territorio: comodidad y seguridad burguesas con sobrecillos de ketchup y mostaza en cada mesa. Qué bonito y anodino de no ser porque cosifica y consume vida para el disfrute imaginado de los privilegiados de siempre.

Que se estén organizando en contra del turismo masificado en el Mediterráneo es una magnífica noticia. Tanto crucero, tanto hotel, tanto apartamento, tanto avión, tanta oferta… son un insulto a los territorios (con su flora, su fauna, su flujo humano). Culturas colonizadoras levantan mastodóndicas burbujas de plástico para comerciar con vivencias que no son sino un espejo exotizado de las que la clientela ya tiene en su vida cotidiana. Es una aberración fuera de toda lógica que se vendan lugares (con las sustancias vitales que los empapan) a los que algunas personas con dinero puedan viajar sin ir.

 

2

En los métodos para aprender español aquí en Escandinavia se desarrolla un fenómeno complementario al del turismo adocenado. Las narrativas típicas de los libros de texto, con sus diálogos, contextos y personajes, reproducen una y otra vez la misma escena: clientes escandinavos (con quienes se espera que el alumnado se identifique) se proveen (de cosas y de experiencias) en países hispanohablantes. De esta forma, el mensaje es claro: aprende a demandar productos y servicios en lugares cuya imagen se construye a la medida de tus necesidades como turista. (Y, por ende, cuya existencia es legítima en tanto en cuanto tú puedes consumirlos.)

Así, las personas y los fenómenos culturales que aparecen en los libros son solo los que tienen relación con la industria turística. Cada vez que se abre un libro de español aquí, se levanta un edificio de hormigón en el Arenal de Mallorca. La aproximación a la lengua y la cultura extranjeras, como fin supuestamente intelectual e incluido en el plan oficial de estudios, arrastra una finalidad diferente, un currículo oculto: constrúyete como cliente en los lugares/ante las personas que tienen menos que tú. Ejerce tu poder monetario. Restringe tu espectro de aprendizaje a descubrir cuál es tu papel asignado en este juego. Conoce sin aprender.

 

 

3

Ayer tomé un café con otra amiga. Astrid tiene casi cuarenta años y mucha fibra yogui y probiótica. Pero ha adelgazado, juraría. Procede del Berlín oriental. Es doctora en físicas y trabaja en condiciones admirables en un laboratorio forense. Ha pasado recientemente por un parto y está criando a un hijo sano en un país nórdico.  También tiene una pareja, varón, que viene de Italia. Astrid y su compañero, ahora marido, acaban de volver de unas fantásticas vacaciones de un mes en Bari durante las que, además, se han casado en una idílica boda. Pero Astrid parece cansada. De hecho, se diría que está agotada.

Por fin me cuenta entre sonrisas temblorosas que ella quería una bodita simbólica, pequeña, sin agobios y sin grandes gastos. Que tampoco sabía muy bien por qué casarse, pero que bueno, por qué no, mola. El caso es que su chico se avino a satisfacer los usos familiares, y… ya se sabe: cuatro de las cinco semanas de vacaciones trabajando intensamente en la organización; diez mil euros de inversión final en un solo día de disfrute; un vestido demasiado caro, demasiado ajeno; muchas horas de suegros; decisiones tomadas en familia (la de él); corriendo todo el día de aquí para allá bajo el calor de julio; un niño destetado a instancias de su nonna; purés, llantos, parientes de él por doquier… y sonrisas, muchas sonrisas, temblorosas, de ella.

Astrid siente que con la gran boda italiana le han practicado un drenaje psicológico, emocional. Está para el arrastre. Cree que durante cinco semanas ha sido pelele, ha satisfecho expectativas ajenas y dejado de lado las propias. Siente que cumplir el sueño de un día le ha costado demasiado caro. Pero no sabe ponerle nombre a  nada de esto. Y cree que le pasa solo a ella.

 

La verdad hay que decirla poco porque se gasta, se vuelve paisaje, lengua, se calcifica, se desactiva. Las palabras dejan de significar, como cuando son rubíes, y se vuelven profundos sótanos tenebrosos en que los peores abusos patriarcocapitalistas son perpetrados y ocultos, naturalizados.

Viajar para no ir a ninguna parte, no abrirse al camino. Aprender pero no conocer, no cambiar en el proceso, no llegar a saber más que lo que de ti se espera en el tablero de juego. Y ser, ser cuerpo sin tener ánimo ni subjetividad, dejando que te vivan otros como precio por alcanzar deseos inoculados.

Algunos dicen que así es la vida; pero no, así es el (un) sistema. Y es una mierda. Y se puede cambiar.

Dice Siri Hustvedt: “nuestros cerebros son órganos predictores conservadores. Solo vemos la realidad a través de los esquemas previos que tenemos de ella. Es más rápido y cómodo, y la evolución nos lleva a pensar así. Tendemos a ser vagos para ahorrar energía”.

El modo ahorro dura ya demasiado. ¿Y si vamos pasando a la acción, probando a hacer las cosas de otra manera?

 

Mam mom ma mamá

—dice la personita.

Y expresa.

Cosas que ella, como Cuerpa chiquitita, tiene que decir.

Necesito, significa quizás: una mirada que me contenga, en la que retozar, alimento que me nutra, algúun cambio que me mantenga sana, sueño para evadirme. O tal vez esté diciendo “soy”, o “estoy”, u “hola”. La criatura utiliza una lengua tan veraz y certera que no hay gramática que la anquilose y su interpretación depende al cien por cien del contexto en que se usa.

Pero las mentes adultas entienden otra cosa. Y le responden que mamá esto o que mamá lo otro. O si es mamá se emociona y le agradece emocionada que la nombre. Que la mire con la lengua, que le dé existencia separada y prioritaria. Cuando según la psiquiatría, durante el puerperio es tanta tanta la entidad de la mamá para el bebé, que ni siquiera la considera una existencia separada. Creen que somos el mismo cuerpo, la misma cosa. Una diada de contornos claros y cerco luminoso frente al magma viscoso y oscuro de todo y todos los demás.

Mam am mo mo ma.

Traducimos como nos interesa. Siempre, en todo lugar y situación. Las orejas se acaracolan en un sesgo personal que no coincide con el mohín de la boca ajena: el tímpano es un himen desgarrado. Traducir, como escuchar, equivale a hablar. A expresar el contenido de tu masa visceral. En un voluntariado con criaturas custodiadas, he visto a más de una emocionarse porque una bebita las llamaba “mamá”. Pero “mamá” significaba, sobre todo en aquel contexto,  “(cualquier) persona grande que está por aquí, cubre (más o menos) mis necesidades y con la que tengo que negociar para alcanzar mis fines”.

Pero aquellas mujeres decidían dedicarse una precaria fantasía de sí mismas como criantes, rasgarse a la medida del mandato social.

La mirada, también la que escribe posts, es siempre un vidrio, tiene aristas a traición y hace de nuestras entrañas materia de charcutería. La mirada coloniza y no puede ser de otra forma. La mirada sería el proyecto imperial de la metrópolis, y la lengua el ejército que lleva a cabo la barbarie en tierra ignota.

Si queremos vivir emancipadas, mejor no mirar/ser miradas ni tampoco decir/leer. Mejor solo ser. Sernos solas y con otras. Fluir enroscadas. Acurrucarnos. Y aprender de las criaturas y su lengua revelada. Que se habla con todo el cuerpo, y que si la escuchas, te interpela, te funde, te dice (a ti y de ti). Magia. Ma.

Mam mom ma mamá.

Palabras que dinamitan puentes

Cuidado con ellas, si no se las sabe reconocer son peligrosas y nos cortan las salidas, nos condenan a “lo mismo”.

La palabra, como contorno mental de un fenómeno, nos puede dar la libertad de referirnos a él e intercambiar pareceres, de construir. Nos permite incluir elementos en la nómina del pensamiento y de ahí el diálogo, el empoderamiento, conquistar presencia en lo social. La palabra es entonces territorio y hace revoluciones. Por ejemplo, no es igual un mundo en que se habla de clítoris o violencia de género que uno en el que no.

Pero también puede ser que una palabra funcione como cortina de vapor que condensa unas opciones y una “normalidad”, cegándonos ante las alternativas. Cuando algunas palabras se convierten en moneda de cambio común, y según cómo se usen, se vuelven candados porque no nos permiten ya pensar en aquello que indican sino que tan solo despiertan contextos de uso convencional que se les han quedado pegados. Reaccionamos ante ellas representando guiones, roles. Y en ciertos casos, paralizan. De hecho, en muchas ocasiones cada día, hablamos sin hablar, con el piloto automático, dejando que palabras y frases se vayan extrayendo unas a otras, sin pensar lo que decimos, sin hacer cosas con la lengua, sin ser responsables de ella.

Pero como cuando miras durante mucho rato una cara conocida hasta que empiezas a encontrarla rara, muchas palabras (instituciones mentales) deben ser reconsideradas y desactivado su poder de legitimar como normal lo que quizás no queremos que lo sea.

Hay ejemplos clásicos llenos de veneno que paraliza los miembros, como llamarle “Nacionales” a los “Fascistas”, “dialectos” a las “variantes” (todas) de una lengua o “patria” al lugar de donde uno viene. Otras bombas léxicas serían “tradición”, “mujer”, “hombre”, muchos diagnósticos y todos los gentilicios.

En otros casos se trata de expresiones, como:

¡Paciencia!

Qué le vamos a hacer

Así ha sido siempre…

Es que eso es/se hace de esta manera

Cuando nos las arrojamos a la cara, con mejor o peor intención, estamos dinamitando los puentes del pensar, los hilos que nos unen a nuestra cualidad reflexiva como especie: a la posibilidad de vislumbrar una realidad diferente. (Si ya es así, para qué voy a hacer nada para evitarlo.) No en vano se nos dice también a menudo: son solo palabras. Cuando las palabras, si algo no son, es algo “solo”, porque son mucho y ni siquiera nos hacemos a la idea de cuánto.

Se pueden llegar a oír las barbaridades más sangrantes, que si se han oído ya antes sin movilizar a la acción, seguirán su curso cauterizando cualquier intento mental de revelarse. Funciona como un parlamento oligárquico o un sindicato domesticado, como un revolucionario electo. Me refiero a frases-pan de cada día, tipo:

Cosas de tíos

Esa profesora hace en la clase lo que aprendió ella en sus tiempos, no se actualiza desde hace cuarenta años

Nos gobiernan los corruptos

Todas llevamos una revolución en la boca: somos un horno de cocinar realidades. Es hora de escoger nuestro camino, y empedrarlo andando de aquellas losas que verdaderamente queremos pisar. Basta de arrastrarnos por atajos que ya estaban aquí, y que resbalan.

Palabras como panes 2

Las palabras son, entonces, símbolos, cristalizaciones, condensaciones, proyecciones. No son en sí mismas las cosas que representan, ni por tanto contienen el cien por cien de los ítems que pertenecen a una categoría nombrada. Son un intercambio energético entre personas cuyo contenido se negocia en la interacción, bajo el auspicio de diferentes fuerzas y poderes que actúan de forma más o menos meridiana en ella. No se ha dicho más claramente que aquí:

Cuando yo uso una palabra –insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso– quiere decir lo que yo quiero que diga…, ni más ni menos.

–La cuestión –insistió Alicia– es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

–La cuestión –zanjó Humpty Dumpty– es saber quién es el que manda…, eso es todo.

 

De acuerdo con lo anterior, el artefacto articulatorio ‘gato’ no maúlla ni tiene pelo sino que es una llave para hacerte pensar a ti en tu experiencia de gatos cuando la acciono. Por la misma lógica, al usarla no estoy aludiendo a todos los gatos del mundo, porque mi intención es que tú pienses en un gato, no otra. No puedo contener el mundo en una abstracción sonora, solo puedo simbolizarlo. De hecho, sería imposible que si idenificaramos lenguaje con realidades los enunciados tuviese condiciones de verdad:

Buenos días. ¡Falso! Para Susana no lo son

Los gatos maúllan. ¡Mientes, bellaca! Yo una vez vi uno mudo

En este orden patriarcal, si yo tuviera un pene me harían más caso. ¡Infame! Los penes no los tienen ni solo ni todos los hombres.

Ciertamente, hay mujeres con pene y hombres sin él, pero esto no quita que el pene como noción forme parte del aura cognitiva de la abstracción léxica llamada ‘hombre’, que implica una serie de realidades no tan abstractas. En suma: usar el pene como metonimia para hablar del hombre no afirma que cada persona que tenga pene lo sea.

Usamos las palabras de forma más o menos precaria para transmitir emociones y hacer (que se hagan) cosas, y siempre estamos incurriendo en generalizaciones, jugando con tropos y acudiendo a prejuicios porque es así como funciona el lenguaje verbal humano, que, repetimos, es una abstracción y no funciona a partir de relaciones de continuidad o identidad entre cosas y palabras. No podemos mover cosas para comunicarlas. Lo que podemos hacer es mover ideas de cosas, que ya por no ser cosas en sí mismas, son de algún modo infieles a lo que representan. Pero también útiles para comunicarnos.

Uno de los usos fundamentales del lenguaje es la construcción de la identidad y la comunidad, es decir: la política. Usamos etiquetas léxicas para “ser” cosas en sociedad y establecer relaciones (de cooperación, poder…). Algunas  de estas etiquetas se pueden elegir pero la mayoría, desgraciadamente, vienen en un paquete que nadie encargó pero se nos entrega por courrier en la sala de partos. Así, al nacer ya eres civil, seglar, ciudadano, nacional de X, hijo/a de Y, sin comerlo ni beberlo, ah, y también bebé, y además niño, ay, o niña.

La buena noticia es que de la sociedad y la lengua no solo participamos aprendiendo lo que se ha hecho antes de que llegáramos al mundo, sino que tenemos el derecho analienable de cuestionarlas y transformarlas. Nos replanteamos qué es “ser español”, “ser joven”, “ser chica”. Pero ¡ojo! estamos cuestionando el haz de sentidos que la palabra activa al usarse en sociedad, no la cáscara léxica. A mí me daría igual que en los medios me llamasen “perroflauta”, que de hecho suena bien, pues un perro más una flauta son dos cosas de cariz positivo; yo lo que no quiero es que me adhieran el conjunto de significados que convencionalmente se arrastran al usar esa palabra cuando de restar legitimidad política a una individua se trata.

Desafiar el contenido de las palabras niño/niña y los significados y consecuencias sociales que su asignación acarrea es el fundamento del feminismo desde hace ya décadas. Una de las muchas formas de hacerlo es reventar sendas categorías de lo binario desde el arte icónico, la literatura, la filosofía. De hecho, las artes y las letras deberían ser/son procesos liberadores que nos permiten abrir espacios de realidad y/o asistir a los que otras personas han soñado, frente a los imperativos del poder agazapados en nuestros lenguajes cotidianos y que pasan desapercibidos.

De ahí que concebir mundos sin género o con muchos géneros, transitar entre los géneros, fluir, hormonarse… son feminismo, son desafío al poder opresor, son  espacio de resistencia y libertad imaginado y arrebatado al sistema. Sin embargo, performar en un cuerpo la fluidez de género a nivel individual no invalida de por sí las estructuras sociales de opresión que afectan al resto de humanidad más allá de ese cuerpo.

Las mujeres, que somos resultado de una socialización que imprime en nuestros cuerpos unas estructuras que nos son adversas, necesitamos ser conceptualizadas como tales para poder hacer política desde nuestros cuerpos y salir de la cárcel patriarcal que llevamos como un exoesqueleto. Esa es la tarea original del feminismo, y se ha de realizar desde lo rad y lo trans como buenamente pueda cada una.

Las palabras que nos colocamos libremente como signos de identidad, como etiquetas, las escogemos para llenar un vacío lleno de miedo. Nos ponemos letreros en la pechera llevadas muchas veces más por los beneficios emocionales que conlleva pertenecer al grupo de quienes llevan el mismo letrero que por una reflexión consciente de lo que el término significa y qué implicaciones tiene. Nos llamamos cosas a nosotras mismas para beneficiarnos del hermanamiento con otras personas que se llaman de la misma forma.

Las teorías peformativas del género, el hilar fino y el desafiarlo desde lo trans son pasos positivos para el feminismo. No deben ser interpretados como una trinchera de oposición a las posturas que parten de la opresión sistémica de lo femenino para construir su andanada. El feminismo es algo demasiado grande y hermoso como para que lo desactivemos desde divisiones patriarcalizadas. No lo pongamos en peligro solo por poder colgarnos una ristra de etiquetas en el perfil de tuiter que nos hagan sentir un poco menos solas.

Lo explica bien práctico Coral Herrera aquí.