El padre de la criatura

La pareja heteropatriarcal es una puta mierda.

Dudo de sus posibilidades reales de funcionar, de producir alianzas fértiles desde dos subjetividades que salen íntegras e indemnes del acuerdo. De generar un entorno de cuidado mutuo y distribución equitativa de las tareas del día a día.

En el nudo de narrativas de desigualdad y opresión en el que se forja y que nos constituyen íntimamente, no hay esperanza.

Yo desde luego no conozco a ninguna pareja con criaturas que no tenga problemas a la hora de gestionar los trabajos de cuidados. Se espera más de nosotras. Se nos valora menos. Y esto ya cansa.

Quizás, con mucho esfuerzo de ambas partes, sea posible relacionarse como compañera y compañero en igualdad para pasarlo bien, viajar, crecer, incluso vivir juntos. ¿Pero cómo conseguirlo cuando la mapaternidad entran en juego, si los discursos e instituciones sociales, si el contenido de las capas más profundas de nuestra construcción identitaria de género se afianzan frontalmente en contra de la igualdad?

Por ejemplo, cuando se consolida simbólicamente el matrimonio burgués, se decide desde lo masculino, lo hegemónico, que el cuidado de la prole va en el pack junto a ocuparse de la casa y la cocina. Lo damos por hecho. Pero un momento… ¿cómo coño tiene una la casa limpia y organizada con un bebé demandante de tiempo y cuerpo? No se puede. Ni hay por qué, en realidad.

Pero el padre de la criatura se nos pone pasivoagresivo si el piso está sin recoger cuando vuelve de su empleo cada tarde. Piensa que yo podría haberlo arreglado, puesto que tenía el tiempo de hacerlo. Lo que no sabe ni parece interesarle es que aunque en la baja, tiempo hay, no se es dueña de él, porque apremian y se imponen las necesidades de la personita. La mitad de los pensamientos de hacer otras cosas que tengo sencillamente se desvanecen. Lo que él no sabe ni parece interesarle es cómo me encuentro, orgullosa de haber soltado lastre y exigencias de limpieza y eficacia, feliz holgando en largas horas de lactancia y juego, que son mi trabajo real y por lo que estoy cobrando un sueldo del estado.

Cuando ha terminado su jornada laboral pero la mía se extiende, el padre de la criatura me sobrecarga con más tiempo de bebé del que yo habría esperado. Dice que es porque yo tengo teta y eso calma a la cría de forma que otra persona no puede igualar. No lo dudo, pero yo necesitaría que viese más allá, la necesidad que tiene de ser creativo y suplir esa “carencia” cantando, jugando, lo que sea, para que yo tenga un tiempo diario para mí, y que este no sea una conquista, producto de una lucha: que él lo vea tan necesario como yo por la salud de todos y por justicia.

No estamos bien desde que la personita vive. Habría esperado de él cierta reverencia, admiración, ante lo grandioso de mi cuerpo y sus potencias de latido y leche. Habría necesitado más cuidado, más amor. Aunque fuera la mitad de lo que le profesa al bebé. Cómo la mira, le habla, la mima, las zalemas con que la acaricia me recuerdan a cómo me trataba a mí al principio de nuestra relación. Este fenómeno de sustitución asusta.

Percibo cierta aversión, ¿misoginia inoculada? Se diría que querría haberlo gestado y parido él, tener él las tetas y la leche. Ser La Madre. Lo que ama de mi capacidad reproductiva no es lo que yo soy sino lo que puede ser extraído de mí.

Está todo por hacer. Poner la reproducción en el centro de la economía generando con ello nuevas mentalidades. Empezar a compartir con urgencia la carga mental entre mujeres y hombres equitativamente. Desgañitarse en cada brecha contra la ingente masa de violencia simbólica contra las mujeres. Reventar el invento este de la pareja, y de la heterosexualidad  hegemónica. Está todo por hacer, y Atreyu ya crece. ¡Hay que darse prisa!

Queridos compañeros:

Nos estáis matando. Los hombres, como grupo social, a las mujeres, como ídem. Pero, ¡ojo!, si decimos que las fábricas contaminan los ríos, no estamos hablando de cada fábrica y cada río en cada momento. Que el paro esté bajando no significa que cada persona esté siendo contratada, ¿verdad? Ni hay un israelita ocupando la casa de cada familia palestina. Es decir, contamos con que hay hombres que ahora mismo no están matando a una mujer, pero eso no quita que, a la vista del recuento de cadáveres, el primer enunciado del párrafo tenga brutales y sangrantes condiciones de verdad.

La violencia machista existe como potencia en todos los aspectos de nuestra vida. Y es que, aparte de muerte, también recibimos de vuestras manos palizas, insultos, agresiones sexuales, desprecios, silenciamientos, tergiversaciones y una estruendosa avalancha de supuestas imágenes de nosotras que en realidad no lo son y sirven al propósito de ocultarnos. Además, la violencia de los hombres contra las mujeres arraiga en el ejercicio compartido de un conjunto de mentalidades y códigos sociales que se ocultan en nuestros usos y costumbres y la explican al tiempo que le dan pie.

Estamos hablando de un sistema de realidad, de normalización, de estructura. Se trata de la imposición de un régimen de vida común en que las mujeres (y los animales, y la naturaleza, y la infancia) se pretende que estén al servicio de los intereses de los hombres. Me dirás que te raya oír hablar del patriarcado, o que crees que es un mito. Te diré, entonces, que te pongas una peli cualquiera, escuches una canción corriente, mires qué expresa tu ropa y qué la suya la suya, pienses en la distribución en el espacio y las posturas de los hombres y las mujeres en los salones de las casas, los patios de los colegios, el transporte público, etc. Lo cierto y meridiano es que se espera de las mujeres que estén al servicio de los intereses (económicos, afectivos, sexuales) de los hombres. Y tal cual se nos representa. Y ese espacio se nos deja. Los centinelas que salvaguardan esta frontera patriarcal son el estado, las religiones, la justicia, los medios de comunicación y entretenimiento y otras multinacionales, de ahí que, como se puede ver, quienes están al frente de ellas sean, ay, los hombres.

(Mujeres poderosas que han sido admitidas al club de Los que Mandan y hombres desarrapados no son evidencias en contra de lo arriba dicho, sino que, en rigor, habríamos de explicar el tinglado más ampliamente en términos de clase, nacionalidad, afectividad, raza, credo y edad en intersección con el género) ¿Seguís ahí?

Pues continúo. A veces, es la voluntad de algunas de nosotras tratar este complejo, delicado y crucial tema con vosotros, compañeros. Por diversas razones, que suelen tener como base común el deseo de que el sistema que nos mata mute en uno que no nos mate. De ahí que os expliquemos pildorillas de primero de feminismo aquí y allá, y que cuando se producen os señalemos actitudes en que incurrís y que, creemos, contribuyen a silenciarnos o directamente animan a deshumanizarnos. Pero, ¡oh, decepción!, esto es lo que pasa cuando lo hacemos:

 

  • Espectro de respuestas 1: me resulta difícil de entender, porque yo no soy así, yo no hago eso.

¿Seguro? ¿No abrigas la creencia de que mi tiempo y los discursos te pertenezcan por derecho? ¿Entonces, si acabo de hablarte de mujeres muertas y de mis sentimientos heridos por el (micro)machismo que acabas de cometer, por qué tu respondes hablando de Ti? ¿Por qué haces caso omiso de los sujetos femeninos que he puesto sobre la mesa y lo que quieres que hagamos ahora es elogiarte? ¿Se ve claro? ¿Necesitas más pruebas?

Si de veras hubieras deconstruido por completo la andanada machista oculta tras tu frente y en tus fibras musculares (no conozco a nadie que lo haya conseguido del todo), entonces no dejarías de cuestionarte a ti mismo ni por un segundo, pues solo así habrías llegado a despatriarcalizarte previamente.

 

  • Espectro de respuestas 2: me ofende que me llames machista

Guau. De entrada, no te he llamado machista a ti, sino que he descrito una actitud tuya como tal. Sin la reflexión adecuada y actualizada, sin escucha activa a los grupos implicados, o por descuido, todas cometemos diariamente machismo, racismo, clasismo, adultismo, etc., porque ese es nuestro hábito mental y la sopa social en que flotamos, pero no necesariamente nos caracterizaríamos como tales (machistas, racistas, clasistas…) a menos que hagamos bandera de ello y nos revolquemos en contumacias (como tú ahora).

De salida: aquí hay alguien que clama haber sido injustamente tratada por otro. Responderla cuestionando su queja es, cuando menos, una estrategia para no afrontarla. Pero en una lectura más profunda, al no escucharla le estás quitando a esa persona la legitimidad y el espacio para expresar sus sentimientos, su vivencia, le estás diciendo que la aceptas solo si está callada y que por consiguiente no se puede pronunciar. Ole, una doble de machismo con mucha espuma. por favor.

No debes entender “machismo” como algo malo y ya está que tienes que evitar que te llamen y defenderte si lo hacen. No tienes ocho años y las monjas no te están pidiendo que seas tolerante en lugar de racista. Eres adulto, tienes capacidad para descifrar la intención del mensaje que oyes en el medio contextual en que se produce, además, eres corresponsable de la realidad que creamos entre todos cada día y le debes respeto al ser humano que tienes enfrente. Ofenderte, ponerte de morros, vengarte y no tratar de entender el fenómeno que la palabra simboliza denota un intelecto ciertamente estancado.  Si te lo he dicho es porque debo o quiero convivir contigo en algún espacio, y tú y yo necesitamos negociar nuestros comportamientos para que nadie dañe a nadie y el intercambio que hacemos sea beneficioso para todas las partes.

 

  • Espectro de respuestas 3: imprecaciones, fotopenes y otras delicias

Nos amenazáis con fantasías de violencia física (esas que, decía, se encuentran en potencia en todas partes, ahora serían verbalizadas) y/o os insultáis con alguna floritura que remita a nuestra disposición o no para el sexo (bollera, puta…) o o nuestra imagen corporal en contraposición a la que nos habéis intentado imponer (gorda, fea…) O sea, que lo que queda clarinete es que el lugar que habitamos en vuestro imaginario es estar al servicio de vuestros intereses eróticos. Y de paso que no tenéis argumentos.

 

Queremos y debemos convivir con vosotros en un mismo mundo, compañeros, hagámoslo con alegría y sin muertes de más. Google, Federici, Palenciano, talleres de feminismo para principiantes, todo está ahí fuera. Creemos en vosotros.

Me despido con amor del bueno desde la playa medusa,

*A*

Desde el estómago de la bestia

Cientos de lomos de todos los colores, suaves, rugosos, locales e importados, con grandes o pequeñas letras, romances, helénicos, escandinavos o anglosajones… el batallón de libros que orgullosamente arrastro por los aeropuertos tiene históricamente en su mayoría una cosa en común: han sido escritos por hombres. Por personas leídas socialmente como hombres y que viven y escriben desde esa ventajosa posición. Solo cuando los estudios de género entraron en mi vida comprendí, y me puse a completar mi biblioteca con voces que llegan de la cara oculta de este mundo que, mal que nos pese, está estragado por la estructura funesta de lo binario.

Es un agravio a la inteligencia que consumamos tantos textos tejidos desde ahí, los consideremos glorias nacionales y se los empujemos gaznate abajo a las y los jóvenes durante la escolarización. Esos hombres que escriben tanto, y que también son blancos, presumiblemente heteros y de occidente, dictaminan desde la atalaya del guardián, no tienen más que mirar hacia abajo para ver y contar historias desde su espacio de comodidad social. Pero, aunque nos usen en sus relatos, no nos están contando. Es una observación y reconstrucción irresponsable, la de quien no se mancha, la postura de Jep Gambardella (La gran belleza, Sorrentino, 2013) caminando garboso por Roma con las manos tras la espalda y mirada jocosa como quien no se juega ni pierde nada en la podredumbre de alrededor que se va cayendo a pedazos.

¿Es así que acaso solo los colectivos bajo la arquitectura de la opresión tengan algo que decir? No de forma rotunda, pero desde luego, si buscamos aproximarnos a condiciones de verdad en los mensajes que consumimos, más pistas nos dará quien en la realidad lucha a brazo partido para expresarse que quien se aprovecha de sus privilegios al tiempo que los invisibiliza con diferentes trucos expresivos. La verdad estará en quien no gana nada en ocultarla.

La lengua y la cultura son el  mejunje resultante de cientos de años de costumbres repetidas, las personas estamos tan inmersas en ambas que no es fácil verlas actuar.  A modo de paisaje opresor, sus mecanismos de reproducción son invisibles, como cuando en el cine alguien apaga la luz y solo podemos fijarnos en la pantalla, siendo cautivadas por la narrativa que en ella se despliega y olvidando quiénes son quienes se sientan a nuestro lado, y qué les pasa.

En Sant Jordi, en la Feria del libro, en las lecturas de verano… el resto del año, por qué no, elijamos textos que busquen verdades, libros sacados adelante por mujeres, personas que den cuenta de su posición según se escriben y no nos engañen con fanfarrias dirigidas a cegarnos y conservar intacto el orden social. Porque quién quiere seguir escuchando al domador cuando podemos leer relatos que llegan directamente desde el estómago de la bestia.

Se ha hecho viral

Si supiera cómo, haría un vídeo que se volvería viral. Empezaría con las imágenes de una mujer fornida saltando resuelta al campo de juego con una equipación a rayas rojas y blancas. Ella va a ir transitando su día a través de espaciotiempos manejados por personas que llevan camiseta azul, del equipo contrario, que visibilizan más y favorecen, como es natural, a sus jugadores. Estos enfebrecidos forofos de azul  se aplauden y jalean mutuamente. Entre ellos, además, algunas infiltradas de camiseta rojiblanca también parecen animar a los de azul.

En el estadio, el marcador muestra 968-0 desde antes que empiece el partido, y la moneda solo tiene dos caras, no hay cruz: saque para ellos o para ello,, no hay otra. Cuando dan patadas o tumban a nuestra chica, el árbitro no se inmuta, o le saca tarjeta roja a ella porque está fingiendo para que le den falta a un jugador azul. Mmm manipuladora. Histérica. Gorda. Cuando un jugador de azul comete un error estratégico, su público le increpa usando el nombre de ella como insulto. Los locutores hablan de su mala técnica depilatoria, nunca de los goles que, pese a todo, ella logra encajar. Algunos, incluso, no son en propia puerta.

Ella consume medios hechos por seres de azul donde las de su equipo están recortadas a  tijera y enmudecidas con una equis de cinta aislante en la boca. Va al trabajo a gastar toda su energía diaria en condiciones que no le permiten vivir la vida que merece ser vivida, siempre para que los de azul ganen dinero. No puede relacionarse con sus compañeras de labor porque el fragor de la hinchada azul no se lo permite. Los días libres va a comprar, a los de azul, cosas para cambiar su aspecto y gustarles más, a los de azul. Por todo ello cada noche se acuesta fría, extenuada. Los de azul entonces celebran su triunfo perverso, como el de un dictador en las elecciones democráticas de partido único, como el de un rey que mata un oso al que han drogado para que su majestad le dé.

Sí, no te gusta la palabra feminismo; vale, no hay que ser tan radical; oquéi, estará cansado el pobre… PERO… al menos, ay,  por dios mío, dejemos ya de negar lo evidente. Miremos quiénes gobiernan y deciden y quiénes no; indignémonos de cómo se tratan nuestros cuerpos en el espacio público, clama al cielo; analicemos mínimamente en términos de ejercicio de poder nuestras relaciones íntimas… Y hagamos algo, señoras, hagamos algo, que ya basta.

Sobre todo, entiendase que no es que queramos ganar nosotroas el partido, sino que nunca pedimos ponernos las camisetas.