Lunes por la mañana en el café

Está sentando en una mesa junto a la ventana. Inmóvil desde hace mucho rato, tan solo frunce los labios de vez en cuando, o se inclina un poco hacia delante, o se seca con una servilleta la boca que no se ha ensuciado desde la última vez que se la secó. Mira hacia fuera, pero sobre todo mira hacia dentro. La expresión de sus ojos me dice que el señor aprueba complaciente el orden en que se concatenan las partículas en su elegantemente estático cuerpecillo.

Todo en él transmite orden. Limpiamente sentado, su postura no deja lugar a cuestionar que la butaca pueda ser efectivamente usada de forma distinta a como él lo hace. El cuerpo reposa cual armónica coma en un texto impoluto que la correctora ya revisó. Lleva pantalón planchado de pana, un jersey fino azul, camisa de rayas, una bufanda de cuadro aristocrático. Mantiene las manos pulcramente dobladas sobre el regazo. El señor antiguo luce el privilegio anacrónico de no hacer nada más que mirar. Frente a él, una taza oscura, un vaso escarchado, la servilleta blanca doblada, presta a secar.

¿Cómo interpretará el hecho de que le observe insistentemente? ¿Se imaginará por un momento depositario de un atractivo nuevo que hace que las mujeres lo miren cuando está tomando café? Sonríe. Una tipa pelona y rara, pero bastante joven, a fin de cuentas. Y que le miren a uno ya es mucho en este espaciotiempo tan raro que queremos habitar a dentelladas.

Parece mediterráneo, árabe, quizás. La majestuosidad con que ocupa su posición en el café, que se tome tan en serio su estar fuera, en sociedad, ver y ser visible, me aseguran que escandinavo no es. Hay algo de antiguo, de propio, de conflictivo, en ese señor. El destello de alguna ruina cultural de mármol contra la que doy cabezazos y que al tiempo necesito para que me sostenga. En la mesa de al lado, tres mujeres muy disfrazadas de mujeres se ignoran entre pantallas, llenan la mesa de envases de plástico, hay mucho tinte, todo lo que se ve de ellas está tintado. ¿Por qué el color de que no se es hemos de considerarlo necesariamente mejor que el color del que sí se es? Tal vez se trate de cifrar en código químico el espacio de lo posible para así no tener que pensarlo de otra manera.

El señor de la ventana se levanta para llenar la taza de café. Emprende el viaje a la barra muy concentrado, me hace pensar en un niño que teme derramar la taza, quizás derramarse a sí. Es más viejo de lo que había creído. Pone cuidado en no caerse, lo que significa que es consciente de que se puede caer. Mi hijo también pone cuidado todavía, transparentando que en su mente palpita la posibilidad de no andar. Aún no se le ha extendido la arrogancia que da el conocimiento, no se le ha cegado el manantial del ser en riesgo. ¿Se parecerá el miedo de caerse cuando se empieza a andar al miedo de caerse cuando se deja de saber andar?, me pregunto. ¿Hay una rima vital en asonante? Lo que seguro se abre es una espita para la emoción por lo logrado. ¿Entonces se está más vivo, más emocionable, cuando se puede uno caer? ¿Cómo desaprender a andar y qué hacer con ello? ¿Puede la proximidad de la muerte liberarnos de la arrogancia esterilizadora de lo adulto? Niñez, vejez, migración, poesía, disrupción, margen de todo tipo, activismo, lengua extranjera, enfermedad mental. Ser en riesgo como única forma de poder ser.

Llega otro. Y otro más. Son griegos. Hablan muy alto. Gesticulan. Se tratan raro, se acallan, se reducen, se ignoran para mirar el móvil. Se quejan. Salen abruptamente a fumar. Se hacinan en lugares comunes. Hablan de pagar, de cuotas, de coches, de fronteras. Hablan de ellos. De nosotros. Llegan más jubilados griegos. Se atrincheran en la mesa junto a la ventana. Los extranjeros son los otros. Ellos son el terreno lógico de donde emana la producción de sentido. Son en colectivo y son campo de batalla. Están juntos. No están solos. Se dicen sus nombres. Se dicen sus ciudades. Les amo y les odio. Grecia se parece demasiado a la parte naufragada de mí misma. Lo hombre se parece también a la parte naufragada de mí misma. No habrá jóvenes pelonas que miren al café solo de mi padre en la ventana.

La voz del viejo es muy delgada, se diría que en cualquier momento titilará hasta apagarse. Uno de los señores se ríe de una pomada que ha comprado su amigo en la farmacia. Dice que es muy pequeña, que no le llega ni para la mitad de la polla. Mi viejito me mira y, alarmado, increpa a su amigo para que se calle, que hay mujeres aquí. Se ha establecido una extraña relación de protección mutua imaginaria entre nosotros. Entre nuestros imaginarios nosotros.

Son las doce. Las chicas se han levantado y se marchan en silencio con ruidos de bolsas y tacones, se ahuecan la melena, miran a su alrededor. Los griegos las miran irse y farfullan.

Hoy, si no escribo sobre un viejo, me filtro por el desagüe. La posibilidad de mirar me salva. La posibilidad de enunciar me calma de sentirme molécula despanzurrada en la frontera entre la herida, el tinte y las servilletas que no tienen nada que secar.

#Adoptaunaautora: Lili Zografou: Cuestionar Grecia, las griegas, lo feminista y la escritura (I)

 

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En su Ascesis, el poeta griego Nikos Kazantzakis horadó la piedra de su epitafio con los famosos versos: No espero nada/ No temo nada/ Soy libre. 

Libre.

¿Qué coño significa ‘ser libre’?

Como en otros autores místicos, esa falsamoneda semántica de la ‘libertad’ podemos entenderla como la falta siddhartiana de deseo, como conformidad, aceptación, equilibrio… fluir, al fin y al cabo, lejos de las ataduras de la carne lábil y los martirios de la cotidianeidad.

¿Lejos de la lejía, el ajo y el mandil manchado, entonces?

Hay otros poetas y narradores griegos en nómina, algunos incluso con nobel, de los que hemos oído hablar en alguna ocasión y que han tratado, entre otros, grandes temas de la Historia de la Literatura como la levedad del espíritu liberado de la carne contingente. Y claro, a ver, son todos hombres: Kostis Palamas, Papadiamantis, Kavadias, Yorgos Seferis, Giannis Ritsos, Odiseas Elytis, Kavafis. ¿Es que acaso conoces a alguna escritora griega?

¿Va a ser que “libre” y “escritor” se escriben con -o final?

Y me pregunto qué es lo que hace falta para ser libre. Bueno, de entrada, ser. Ser alguien. Luego, tiempo y espacio para pensar en ello. Para ser libre y enunciarlo hace falta que a quienes son como tú no les toque frotar sistemáticamente el váter. Ser libre es estar exonerado de limpiar verdura silvestre para la empanada de la cena. La posibilidad de ser libre solo se da si en la sopa social en la que vives no te corresponde ser caldo exhausto en que algunos crutones flotan plácidos, y acuñan versos ascéticos.

 

Las mujeres griegas son seres intensamente definidos en relación: la madre, la novia, la prometida, la mujer, la hermana, la cuñada, la ahijada, la madrina…  En Grecia la postmodernidad ha pasado sin dejar especial huella en las corazas-género: los roles convencionales del patriarcado se siguen sancionando ampliamente en las generaciones que viven hoy. De hecho, ‘feminismo’ para muchas griegas es esa puta mierda de ideología que hizo que además de llevar la casa y la familia, haya también que salir a trabajar afuera. Muchas mujeres en Grecia tienen que competir en el mundo laboral como sus análogos hombres y además rellenan solas berenjenas con tanto celo como se hiciera en las cocinas-reino de Asia Menor, en aquellos tiempos.

 

Doble y pico su jornada, la de la griega. Cuidando al pachá, no se me vaya a ir, que hay mucha lagarta suelta. Mantener a raya a las vecinas. Sacarse más diplomas. B2 de alemán en tres meses en oferta. Griega: bolsas de plástico de colores, pepinos y calabacines tiernos del mercadillo de los jueves; gritos, aspavientos, lugares comunes, gestos bizantinos. Griega: café glamuroso, cigarrillo rizado, móvil nervioso, ¿los cuernos por facebook cuentan?, le pillé con otra, ay, ropa italiana, depilación de bigote a cachas, guardia en su puerta, vaya cabrón, no me fío nada, escenas, pelis de los sesenta, vocecilla rubia en falsete, ¡por fin! la boda. Griega: violencia obstétrica disparada, madre de padre ausente (en el café o a la bartola), violencia de género silenciada (sí, aún se puede acallar más el grito). Griega: la realidad se puede parecer a una fotografía mate de los sesenta con sofás de lana a cuadros en que una mancha de grasa se va expandiendo y amenaza con tragarte.

 

¿Y qué nos cuentan las griegas cuando por su clase social afortunada encuentran el tiempo y escriben? Lili Zografou, nacida en 1922 en Irakleio, Creta, como Kazantzakis —y muy crítica con su obra, de hecho—, murió en 1998 en Atenas. Ella es la autora que he elegido para participar en el proyecto #Adoptaunaautora, y lo he hecho a causa de la rebeldía que destilan sus veinticuatro libros de novela y relato, incontables artículos y ensayos literarios sobre autores encumbrados —a los que ella se desencumbra rápido— . Rebeldía no solo ante el zafio patriarcado helénic

o y todas su cáscaras, sino ante la sororidad de fogón y ajuar, el feminismo (su feminismo) y cualquier idea preconcebida que no le nazca a ella de la entraña febril, ahumada, en puro pálpito libertario.

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Zografou avanza como una apisonadora de los mandatos de género en sus novelas y textos políticos. Aunque poco a poco esto va cambiando, en Grecia ni ha sido ni está generalizado declararse feminista, y nuestra autora tampoco lo hizo. Sin embargo, como al leerla no cabe duda de que se trata de un surtidor de prácticas y opiniones plenamente feministas, vamos a hablar de “lo feminista” en su obra, lo que nos va a permitir complejizar la poliédrica relación de un país abigarrado y espirálico en sí mismo con el movimiento de emancipación de las mujeres.

 

Zografou, hija del dueño de un periódico local cretense, fue filóloga y periodista, nutrió la resistencia contra el fascismo, dio a luz en la cárcel durante la ocupación alemana, se atrevió a escribir contra la todopoderosa iglesia ortodoxa, se casó tres veces, vivió en París. En sus textos se incencia, se embala, arrambla con todo lo sagrado. No deja títere con cabeza ni en la literatura, donde le gusta desmontar a los mitos (con -o final) de los grandes escritores de su tiempo. ¿Alguna mujer por ahí que se anime a demostrar por qué Vargas Llosa no es un gran escritor? Algo así hacía Lili.

 

Como aperitivo, léasela en las siguientes líneas combinada con un rakí como los que nuestra adoptada se metía para el cuerpo en un kafenío del pueblo (local griego orientalizante casi siempre tomado por el público varón), desafiando la pacata moral de quienes no querían verla tan cómoda en el reino de los hombres:

«Me vais a perdonar, pero a mí la muerte es que me la pela»

«Με συμπαθάτε, αλλά το θάνατο τον έχω χεσμένο» (1)*

«¿Cuántas veces se ha encontrado el ser humano frente a la sospecha de que no son los dioses que tienen que cambiar, sino el sistema?»

«Πόσες φορές βρέθηκε ο άνθρωπος κοντά στην υποψία ότι δεν είναι οι θεοί που πρέπει ν αλλάξουν αλλά το σύστημα;» (2)

 

Frente a la libertad de Kazantzakis, la etérea y leve de quien tiene un andromundo a sus pies y quien le sirva la cena hecha, Zografou dio su propia definición en una revista local. Se trata de una libertad de campaña, una libertad activista, un revolverse dentro del asfixiante traje de mujer, de griega, que se le colocara a hachazos.

«¿Que qué es la libertad, cariño? Pues el derecho a no ser lo mismo, a la disparidad. Y de momento sigue teniendo un coste muy alto.»

«Τι θα πει ελευθερία, αγαπητή μου; Το δικαίωμα στην ανομοιότητα. Και για την ώρα έχει ακόμα μεγάλο κόστος» (3)

De momento nada más… seguiremos reseñándola. Encantada de haberla traído, señora Zografou, feliz de poder resucitarla de la tumba y darle fuego a ese incombustible cigarro suyo. Vamos a ello.

 

* Todas las traducciones son propias y discutibles
(1) http://magazen.gr/2014/10/02/16-chronia-choris-ti-lili-zografou/
(2) https://afigisizois.wordpress.com/2013/09/15/
(3) https://www.facebook.com/groups/73417051535/