Hincharse o no de útero. Carta a mí misma hace dos años

Buenas noches, compañera:

Buf, qué lejana te siento, ahí atisbada y vaporosa al otro lado de la frontera (del accidente mortal), tan compacta, pequeña y densa, tan carnalmente párvula y preliminar. Te escribo desde un lugar a millas de distancia, desde axilas rizadas y saladas y nuevas piernas ágiles y fuertes, tendida felinamente junto a la piel fervorosa de Atreyu y ese olor suyo a salep, desde el núcleo semántico aterciopelado y duro que antecede y corazona a cualquier revolución social.

Quieres embarazarte y parir. Leíste a Casilda Rodrigáñez y ‘por detrás de la cultura, se te puso a palpitar el útero’ rítmicamente, como un tambor prerromano de mano callosa en vejiga curada y tensa. Se te llenaron la matriz y la boca de flores y de peces pululando. Ya deseas emprender una rebeldía de carne lábil y piel henchida y fresca, sangre parida que fluye y le escupe en la cara a la muerte porque no se deja acumular. “Yo quiero tener hijitos/ muy pronto te iré a buscar/ pa poder vivir contigo…” canta dulce y sencilla Zaragoza.

Pero no seas soberbia y te niegues el peso de las imágenes de la cultura del entretenimiento industrial en tu deseo. Por más que te exfolies la frente, el final de Notting Hill con la panza acariciada en el banco del parque, la ternura calculada te interpela directamente como a tantas otras mujeres. Nuestras subjetividades se diseñan desde los despachos y estás condenada a no saber nunca cómo habrían sido las cosas de no vivir en esta socioeconomía de la carencia afectiva y mezquindad organizada.

Y bien, deseas un temblor de vida, dejarte caer en los brazos del abismo y al fin sumergirte en el lago de lo materno. No lo piensas demasiado, se trata de una intuición, un latido, y una hilera de condiciones de posibilidad. Estás en el país adecuado de las bajas “generosas”, cuentas treinta y una apremiantes primaveras, y convives con un hombre con el que te lo pasas bien ¿la mayoría del tiempo?, y que cuando tiene ganas y folláis, logras disfrutar como una personajilla del Bosco.

Traigo cosas que contarte. Hiciste bien en no pensar mucho porque con tus pensamientos no habrías llegado ni a acercarte a tu yo del futuro. No me podías imaginar, era imposible. En el estrecho margen que te deja la salvaje cultura neoliberal en la que andamos todas sin red ni resuello, no hay pantalla suficientemente ancha que pueda acoger el panorama que se ve desde este lado.

Si Coral Herrera hubiese escrito esto antes, quizás hubieras comprendido un poco, pero no fue así. Y en lugar de una cultura en que lo mujer, lo materno, lo embarazado y lo criante se vivan de forma natural y honrosa, de forma constructiva y comunitaria, estás a punto de darte cuenta de que eres puta carne de cañón para un patriarcado de consentimiento atroz que te chupa la mano desde debajo de la cama y que, en cualquier momento, te apuñala en lo simbólico cien mil alevosas veces.

No te imaginas lo que va a suponer traer al mundo a un hijo. No tienes ni idea de todo lo que se va a remover. Aunque tú no lo sepas, tienes una idea consumista de la historia, ni te imaginas que esto va mucho más allá de “convertirse en madre” o de “tener” criaturas, que los cimientos de todo lo que crees ser, tener y desear van a tambalearse y a tirarte las convicciones por tierra. Estás a punto de convertirte en una fiera feminista transida de conocimiento carnal, en cierto modo divino, pero también te volverás niña chica llorando en una esquinita porque nadie, nadie, ha venido a recogerla después del colegio, y hace frío y no hay merienda ni hay caricia.

Ni se te pasa por la cabeza que aunque tú estés viviendo de prestao la vida del BBVA (blanco burgués varón asalariado), vas a hacerte un curso intensivo y acelerado de vulnerabilidad y vas a estar cerca de perder las fuerzas por el camino, aunque finalmente saldrás hecha una animal más fiera y potente de tu viaje al corazón de la interdependencia. Hasta ahora, por las posibilidades económicas y de acceso a la cultura y el consumo dadas por tu clase, has vivido de espaldas al intríngulis de lo humano, creyendo que éramos unidades atómicas independientes que se asocian para perseguir fines comunes. Te equivocas, compañera. Estas impregnadita de relato neoliberal, por crítica que te imagines. Cuando empieces a engordar, a quedarte sin resuello, a no caber en los baños de los locales, a hacerte pis por todas partes, a sentirte incapaz de subir esa escalera, a vivir pesadillas desgarradoras… te darás cuenta de que eres una pupa abierta. De que necesitas contención, acogida, cuidado sumo. Te vuelves obesa, anciana, enferma, criatura. Te vuelves la cara oculta que esta sociedad inhumana reprime y oculta con artimañas culturales que hacen que nos identifiquemos artificialmente con la imagen de ese varón-rey-de-la-selva que surge y ya, plop, como un champiñón, listo para la producción y el consumo, sin cuidados, sin redes, sin heridas.

Todo es mentira. No vale nada de lo que has visto hasta ahora. Vas a tener que coserte rápido un vestido nuevo a base de harapos si no quieres quedarte desnuda y sola a la intemperie de tu angustiosa necesidad de calor y vínculo esencial.

Te ayudarán los libros. Te volverás aún más viciosa de la letra escrita, comprenderás que solo por ese canal de materia impresa te llegarán las voces de las compañeras, las otras que ya han abierto los ojos y los regazos, las que van a ser tu tribu, te van a tender una cultura-ficción más tierna en que poder engendrar, parir y criar sin intemperies permanentes. Una ilusión de cobijo, dosis de conocimiento oculto palpitante, conexión mistérica pero refulgente de tan obvia con las otras silenciadas y mutiladas por esta farsa de patrix desgarrador.

También estarán ellas, las mujeres que encontrarás en la red, ese artefacto creado por el ejército americano que, sin embargo, te enchufará a la vida durante todo este proceso, te mantendrá literalmente no muerta. Si no existiesen el internet y ellas, las grandes mujeres verdaderas que te han acompañado en este trance, la depresión te habría aniquilado, escúchame bien. Las personas de tu alrededor físico no te dan el abrazo, el tiempo ni la palabra que te habrán de sustentar.

Con tu compañero verás que no, que no funciona. Y no por él ni por ti ni porque no sea el hombre adecuado: son los géneros y sus trajes con que nos han herrado la carne delicada: no hay trato igualitario posible entre cuerpos aherrojados ya por los mandatos del gran sistema de la desigualdad. Basicamente has fertilizado tu vientre con su energía seminal, y te ha atado las botas muchas veces, pero el resto…tu pareja, tu interlocutor, tu compañero en todo esto han sido las otras mujeres que, desde sus rincones del mundo, te han sujetado el pelo, te ha celebrado y pintado la panza de colores, han visto palpitar sus matrices al unísono con tu útero estremecido en rebeldía.

Vas a buscar a Madre y no la vas a encontrar. Vas a entender que la mujer que te engendró a ti es básicamente idiota, que no sirve para guarecer ni ama ni es tribu ni cultura que te valga. Dejarás de tirarle del brazo para que sea algo más que una consumidora alienada y corta de vista, porque no da, se niega a desemburrecerse y te expone al frío desgarrador de la evidencia del capital y sus lógicas. Vas a desembarazarte de la peripecia de la mujer que te tuvo (y después te perdió) para entender que Madre es narrativa social hospitalaria, nutricia y afín a la reproducción respetada de la vida. Vas a olvidarte de otras actividades y ambiciones viejas para querer dedicarte a maternal culturalmente a otras mujeres. Pasarás una época primera de confusión, a la zaga de un chorro de energía desbocada, pero llegarás a entender, por fin, tu llamado particular en esta jungla, tu aportación posible a la revolución en ciernes que elaboramos desde las carnes orgullosamente temblorosas, vulnerables, fértiles e inapropiables. Se te va a quedar el cerebro chafado y concéntrico, con forma ni más ni menos que de placenta. Tus ideas liberadoras irrigarán los vasos sanguíneos de cuerpos y territorios hostigados.

Recalarás en la playa de la Medusa, te tenderás al sol, y vendrán las amigas riendo a merecer y honrar la vida contigo, con personita.

Patrix y los ojos-grieta

El patriarcado es un sistema de organización social basado en bla bla…, una distribución desigual de poder bla bla… un residuo antropológico que establece bla bla bla… En fin, al patrix se le puede definir de muchas formas.

Pero el patriarcado, para lo que nos interesa, no es una concepto teórico ni un constructo: el patriarcado son tus ojos. Tus ojos que no ven ven sino que rasgan, que mutilan los seres y sus circunstancias. Tus ojos-grieta.

Cuando el patriarcado es de consentimiento y no ya tanto de coerción (no está tanto en las leyes y las instituciones), el patriarcado es la gilipollez de no pensar un mínimo lo que hacemos y decimos. Es reproducir actitudes y expresiones con las que, si las viéramos por un segundo al trasluz, no comulgaríamos.

Patriarcado es que mi comadre Jenni se queje conmigo de que Antonio acuna a su niño con agresividad para que se duerma de una maldita vez. Ella asiste aterrorizada a esta violencia, pero luego disculpa a su marido porque, a ver, pobre, está cansado del trabajo y estresado. Y claro, hace falta el dinero, como yo no trabajo y estoy en casa con el niño…

Patriarcado es que Antonio, que está haciendo un post-doc en medicina radiactiva, hable de sus compañeras, igualmente cualificadas, como “las niñas de mi curro” y encima diga de ellas que “con las mujeres, ya se sabe…”

Patriarcado es que Cecilia sabotee una reunión de mujeres porque le parece mal excluir a su marido Carlos de ella.

Patriarcado es que Carlos le diga a una gente de la empresa X en un bar “soy el señor Pérez, habréis oído hablar de mí“, y que nadie le conteste “más quisieras, petardo“.

Patriarcado es que Ricardo acabe de entrar en la empresa X y ya le hayan ascendido, y ahora sea jefe de todas esas “niñas” que llevan allí mil años.

Patriarcado es que Edu nos cuente que la payasa de Laura le tuvo a dos velas no sé cuánto tiempo, y que cuando al final iban a arrimar cebolleta, ella se puso a llorar hecha polvo porque había prometido a sus padres virginidad hasta el matrimonio. ¡Qué tía! Ja-ja-ja.

Patriarcado es que Enrique y Luisa comenten en una cena que no le quieren decir a su pequeña Agnes cómo se llama su vulva, no vaya a ser que luego ande por ahí hablándole de ella a la gente.

Patriarcado es poner la tele y que todas las historias se cuenten desde la perspectiva de un varón, siendo las mujeres construidas como lo otro, lo raro, lo estereotipado, y no como el sujeto de enunciación y (contra)dicción.

Patriarcado es que criticar, pelear y abominar del prójimo sean con diferencia más habituales en el día a día que abrazar, oler cabellos y lamer espaldas erizadas de placer.

Patriarcado es que consideremos la velocidad, la producción, el consumo ilimitado, el egoísmo hedonista y la violencia como el entorno en que queremos vivir. Y que por el contrario la lentitud, el cuidado, el apego, el interés comunitario y el compromiso sean asediados por la normalidad distópica de hoy.

Patriarcado son miraditas cuando haces equis, codazos cuando haces y griega, o fotopenes cuando haces zeta.

Patriarcado es cuando el activista de izquierdas de turno te cuenta qué es el patriarcado, para añadir después que aunque él es feminista, lo importante es derrocar al poder, y luego ya veremos qué hacemos con lo patriarcal, que va aparte.

Patriarcado es no reaccionar cuando vemos que somos tratadas de forma desigual (lo que quiere decir, ni más ni menos, de forma injusta), ni cuando se llega a ver como normal lo raro, ni cuando se le llama natural (siempre-ha-sido-así) a lo que le conviene a la ideología en el poder.

Patriarcado… es nuestra cultura, es la historia que cuenta la sopa de letras en la que todo el mundo flota. Pero ¡ojo!, este cuento de sangre fría es solo uno de los relatos posibles, no el alfabeto en sí. Podemos de hecho utilizar las palabras (los cuerpos, los días) para contar algo diferente. Está en nuestra mano, cada día, en cada encrucijada del camino. Eso es a lo que llaman alma.

No hay poderes ocultos velando por la defensa del sistema patriarcal (aunque sí poderosos focos de emisión de mensajes que lo refuerzan). La injusticia y la violencia nacen a cada paso porque las convocamos por inercia. No hay plan maligno: hay tontería que pasa incuestionada y que le conviene a quienes detentan el gobierno en las sombras (y en las luces).

Necesitamos la cultura para saber qué hacer y para que se sepa qué hacemos. La cultura nos deja ver y ser vistos, nos muestra caminos, nos descodifica y nos hace relacionables con otros. Nuestros cuerpos y nuestras psiques no carburan independientemente de un rebaño humano del que somos fragmentos. No podemos ser, estar, hacer sin una cultura que nos muestre cómo. Tampoco somos, estamos, hacemos si no creemos que repercutimos, que quedamos reflejados de algún modo en algo. La cultura es el globo de helio en cuyo interios estamos todas las personas respirando. Y si se nos pone la voz de pito diciendo vaya zorra porque lo que necesitamos, en realidad, es inhalar oxígeno.

Aunque la institución médica, los realitis, las vecinas y los cuñados nos hacen creer que tenemos problemas individuales, en realidad casi todos son sociales. No tenemos conflictos propios sino que somos pedazos de conflictos que atañen a muchos. Por eso escribimos y publicamos, para tirarle a la sociedad a la jeta lo que no es particular, lo que ya era social.

El patriarcado es una cultura en llamas que hace a las personas arder de dolor, a la naturaleza morir humillada, a la chispa apagarse poco a poco. No nos deja ver, porque nos ha llenado los ojos de arena y cal a paletadas. Qué gafas ni qué gafas: lo que hay es que meter los dedos en los ojos-grieta para abrir brecha e ir escrileyendo otros relatos en el agua que nos nos envenenen por las branquias, en que podamos, al fin, nadar con dignidad, con alegría.

 

Tristeza

Ser un estereotipo no ayuda, no sirve.

Como tantas otras mujeres puérperas, estoy sola y triste. No padezco depresión postparto. Tengo soledad y tengo tristeza.

Las mujeres de alrededor no acompañan. Ni siquiera otras puérperas. Hablan de comprar, de vender, de ambiciones profesionales, de volver enseguida al trabajo. No acompañan. Son seres sin cuerpo, sin abrazo, discursos sin subjetividad. Quizás estén tan solas como yo pero no me lo dicen, me lo disfrazan. Pinchan. Las mujeres de cerca me pinchan con su pretendida desmujerización.

El padre del bebé no me soporta. No me quiere, no le gusto, no me soporta. Hoy me ha gritado y después retirado la palabra porque se destiñó una camiseta en la lavadora que puse yo ayer. Se le junta con que anteayer una vela que yo encendí dejó un cerco de cera en la mesa nueva del salón. Y con que hace tres semanas el bebé tiró un café en la alfombra nueva por mi culpa. Hace más de un año que no me toca, que no me besa con lengua, que no admira mi cuerpo. No quiero estar desnuda delante de él. Me doy vergüenza ante sus ojos.

La imagen de mí misma que me devuelve me asquea: un ser caótico, sucio, desmelenado, perdiendo su tiempo en utopías estúpidas, cometiendo un error detrás de otro, dilapidando recursos comunes, llorando para conseguir compasión inmerecida. Qué hago con este cabestro y por qué he tenido un hijo con él.  Nos engañamos para sobrevivir y en momentos de lucidez por desesperación la verdad asoma y aterroriza, y nos raja afilada la conciencia.

A mí tampoco me gusta él ya. Desde que tenemos un hijo se ha vuelto una copia viva de su madre, reproduce sus discursos y actitudes. Yo no elegí una vieja gritona e intransigente por compañero. Da órdenes, quiere controlar todo lo relativo a la casa, vuelve del trabajo y… ¡bum! Bronca que te crío porque abandoné la botella de agua fuera de la nevera.

Qué puerperio, qué hormonas de la felicidad, qué baby-brain, qué estado de placidez en la díada mamá-bebé. Para él todo eso no importa. Es todo severidad para conmigo y ¡ay! dulzura con el bebé. Se diría que quiere ocupar mi puesto. Se entristece por no poder amamantar, porque la cría llore más con él, porque la cuidadora principal sea  yo en este momento. Le he explicado por activa y por pasiva cuál es su papel en la historia este primer año, pero no entiende, no escucha. Él quiere ser la novia en la boda, el niño en el bautizo y la madre en el puerperio.

No tengo quien me acoja. No pertenezco a nada. No hay amor para mí (que sin embargo debo -y deseo- amar a la personita incondicionalmente). (Qué habría sido de mí sin las tremendas mujeres que hay en lo virtual.) Mi hambre de conexión, mi necesidad de ser en comunidad, de que me cuiden… se apaciguan cuando escribo, cuando leo feminismos, cuando bebo vino, cuando me mandáis mensajes.

Y lo peor… es que soy un estereotipo, carne de ensayo sociológico, de artículo académico sobre la maternidad posmoderna. Y es terrible porque aunque lo mal que lo estamos haciendo está ahí, nombrado, diseccionado, con las vísceras a la vista… no podemos cambiarlo.

Lloraba el domingo porque estuvimos en una fiesta y mi bebé se iba con todo el mundo, grandes y peques, abrazaba, jugaba, reía. Muchos no la entendieron, se retraían. Grandes y peques. Qué deliciosa y aterradora continuación de mi mismidad: ganas de irme con gente, de enrollarme, de entregarme… que se dan de bruces con agria condescendencia, en el mejor de los casos, o la pura ausencia de un cuerpo al otro lado.

Para qué llamo a una amiga para contarle mis asco de relación si ella come aún más mierda y violencia patriarcal. ¿Nos damos cuenta de la cantidad de mujeres que hay por ahí sufriendo por “amor”? En los conflictos de la pareja heterosexual se ve la clave de las corazas de género, la clave de la violencia que se ejerce contra las personas, con la que contribuimos.

Yo quiero retirarme a la naturaleza y los libros para sanar, o para vadear la vida. A las caricias y a que no me juzgue nadie. Quiero ser. Solo pido ser. Que me (nos) dejen ser. Liberar fluidos, rizos, palabras, carne en jugo… sin-que-nadie-ejerza-poder-maligno-sobre-mí, sobre-nosotros.

Ay, hija, qué te he hecho. Qué mundo es este. E imagínate, que nosotras somos de los privilegiados… que por ahí hay niñxs muertxs, mujeres muertas, niñxs violadxs, mujeres violadas. Que comemos y tenemos casa y entorno salubre y dinero para vivir bien.

Algo ha de cambiar. Como ellos no creo, cambiaré yo. Hay que quitarse de encima tanta ingenuidad romanticona. Yo aquí hablándole a otras mujeres de tribus, de cuidarnos, haciendo grupos, prestándoles lecturas que me han fertilizado. Se ríen de mí a mis espaldas. Me he vuelto una caricatura. Yo, mi puerperio, mi feminismo, mi bebé. Soy una bola de amor humano con una criatura atada al cuerpo nadando sin resuello y sin orilla en la que reposar. Se ríen de mí. Qué será de ti, bebé, con esta madre inadaptada y moqueando. Como de niña, con siete años, enamorada profundamente de la amistad incondicional, drama tras drama, amigas del alma, disgustos, decepción, sálvame, te quiero, te necesito, tengo frío, deja que me vierta un poco en ti.

Esto era el príncipe azul, esto era tener madre, esto era lo que nos negaron: una casa caldeada con un contacto de piel, compañía que te calma. Como cuando lloras y te abrazo, bebé, y entonces llega la paz. Eso es lo que nos negaron. Eso es lo que necesitamos. Tristemente, lo contrario de lo que vamos a conseguir. Tristeza.

#Adoptaunaautora: Lili Zografou: Cuestionar Grecia, las griegas, lo feminista y la escritura (I)

 

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En su Ascesis, el poeta griego Nikos Kazantzakis horadó la piedra de su epitafio con los famosos versos: No espero nada/ No temo nada/ Soy libre. 

Libre.

¿Qué coño significa ‘ser libre’?

Como en otros autores místicos, esa falsamoneda semántica de la ‘libertad’ podemos entenderla como la falta siddhartiana de deseo, como conformidad, aceptación, equilibrio… fluir, al fin y al cabo, lejos de las ataduras de la carne lábil y los martirios de la cotidianeidad.

¿Lejos de la lejía, el ajo y el mandil manchado, entonces?

Hay otros poetas y narradores griegos en nómina, algunos incluso con nobel, de los que hemos oído hablar en alguna ocasión y que han tratado, entre otros, grandes temas de la Historia de la Literatura como la levedad del espíritu liberado de la carne contingente. Y claro, a ver, son todos hombres: Kostis Palamas, Papadiamantis, Kavadias, Yorgos Seferis, Giannis Ritsos, Odiseas Elytis, Kavafis. ¿Es que acaso conoces a alguna escritora griega?

¿Va a ser que “libre” y “escritor” se escriben con -o final?

Y me pregunto qué es lo que hace falta para ser libre. Bueno, de entrada, ser. Ser alguien. Luego, tiempo y espacio para pensar en ello. Para ser libre y enunciarlo hace falta que a quienes son como tú no les toque frotar sistemáticamente el váter. Ser libre es estar exonerado de limpiar verdura silvestre para la empanada de la cena. La posibilidad de ser libre solo se da si en la sopa social en la que vives no te corresponde ser caldo exhausto en que algunos crutones flotan plácidos, y acuñan versos ascéticos.

 

Las mujeres griegas son seres intensamente definidos en relación: la madre, la novia, la prometida, la mujer, la hermana, la cuñada, la ahijada, la madrina…  En Grecia la postmodernidad ha pasado sin dejar especial huella en las corazas-género: los roles convencionales del patriarcado se siguen sancionando ampliamente en las generaciones que viven hoy. De hecho, ‘feminismo’ para muchas griegas es esa puta mierda de ideología que hizo que además de llevar la casa y la familia, haya también que salir a trabajar afuera. Muchas mujeres en Grecia tienen que competir en el mundo laboral como sus análogos hombres y además rellenan solas berenjenas con tanto celo como se hiciera en las cocinas-reino de Asia Menor, en aquellos tiempos.

 

Doble y pico su jornada, la de la griega. Cuidando al pachá, no se me vaya a ir, que hay mucha lagarta suelta. Mantener a raya a las vecinas. Sacarse más diplomas. B2 de alemán en tres meses en oferta. Griega: bolsas de plástico de colores, pepinos y calabacines tiernos del mercadillo de los jueves; gritos, aspavientos, lugares comunes, gestos bizantinos. Griega: café glamuroso, cigarrillo rizado, móvil nervioso, ¿los cuernos por facebook cuentan?, le pillé con otra, ay, ropa italiana, depilación de bigote a cachas, guardia en su puerta, vaya cabrón, no me fío nada, escenas, pelis de los sesenta, vocecilla rubia en falsete, ¡por fin! la boda. Griega: violencia obstétrica disparada, madre de padre ausente (en el café o a la bartola), violencia de género silenciada (sí, aún se puede acallar más el grito). Griega: la realidad se puede parecer a una fotografía mate de los sesenta con sofás de lana a cuadros en que una mancha de grasa se va expandiendo y amenaza con tragarte.

 

¿Y qué nos cuentan las griegas cuando por su clase social afortunada encuentran el tiempo y escriben? Lili Zografou, nacida en 1922 en Irakleio, Creta, como Kazantzakis —y muy crítica con su obra, de hecho—, murió en 1998 en Atenas. Ella es la autora que he elegido para participar en el proyecto #Adoptaunaautora, y lo he hecho a causa de la rebeldía que destilan sus veinticuatro libros de novela y relato, incontables artículos y ensayos literarios sobre autores encumbrados —a los que ella se desencumbra rápido— . Rebeldía no solo ante el zafio patriarcado helénic

o y todas su cáscaras, sino ante la sororidad de fogón y ajuar, el feminismo (su feminismo) y cualquier idea preconcebida que no le nazca a ella de la entraña febril, ahumada, en puro pálpito libertario.

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Zografou avanza como una apisonadora de los mandatos de género en sus novelas y textos políticos. Aunque poco a poco esto va cambiando, en Grecia ni ha sido ni está generalizado declararse feminista, y nuestra autora tampoco lo hizo. Sin embargo, como al leerla no cabe duda de que se trata de un surtidor de prácticas y opiniones plenamente feministas, vamos a hablar de “lo feminista” en su obra, lo que nos va a permitir complejizar la poliédrica relación de un país abigarrado y espirálico en sí mismo con el movimiento de emancipación de las mujeres.

 

Zografou, hija del dueño de un periódico local cretense, fue filóloga y periodista, nutrió la resistencia contra el fascismo, dio a luz en la cárcel durante la ocupación alemana, se atrevió a escribir contra la todopoderosa iglesia ortodoxa, se casó tres veces, vivió en París. En sus textos se incencia, se embala, arrambla con todo lo sagrado. No deja títere con cabeza ni en la literatura, donde le gusta desmontar a los mitos (con -o final) de los grandes escritores de su tiempo. ¿Alguna mujer por ahí que se anime a demostrar por qué Vargas Llosa no es un gran escritor? Algo así hacía Lili.

 

Como aperitivo, léasela en las siguientes líneas combinada con un rakí como los que nuestra adoptada se metía para el cuerpo en un kafenío del pueblo (local griego orientalizante casi siempre tomado por el público varón), desafiando la pacata moral de quienes no querían verla tan cómoda en el reino de los hombres:

«Me vais a perdonar, pero a mí la muerte es que me la pela»

«Με συμπαθάτε, αλλά το θάνατο τον έχω χεσμένο» (1)*

«¿Cuántas veces se ha encontrado el ser humano frente a la sospecha de que no son los dioses que tienen que cambiar, sino el sistema?»

«Πόσες φορές βρέθηκε ο άνθρωπος κοντά στην υποψία ότι δεν είναι οι θεοί που πρέπει ν αλλάξουν αλλά το σύστημα;» (2)

 

Frente a la libertad de Kazantzakis, la etérea y leve de quien tiene un andromundo a sus pies y quien le sirva la cena hecha, Zografou dio su propia definición en una revista local. Se trata de una libertad de campaña, una libertad activista, un revolverse dentro del asfixiante traje de mujer, de griega, que se le colocara a hachazos.

«¿Que qué es la libertad, cariño? Pues el derecho a no ser lo mismo, a la disparidad. Y de momento sigue teniendo un coste muy alto.»

«Τι θα πει ελευθερία, αγαπητή μου; Το δικαίωμα στην ανομοιότητα. Και για την ώρα έχει ακόμα μεγάλο κόστος» (3)

De momento nada más… seguiremos reseñándola. Encantada de haberla traído, señora Zografou, feliz de poder resucitarla de la tumba y darle fuego a ese incombustible cigarro suyo. Vamos a ello.

 

* Todas las traducciones son propias y discutibles
(1) http://magazen.gr/2014/10/02/16-chronia-choris-ti-lili-zografou/
(2) https://afigisizois.wordpress.com/2013/09/15/
(3) https://www.facebook.com/groups/73417051535/

Palabras como panes 2

Las palabras son, entonces, símbolos, cristalizaciones, condensaciones, proyecciones. No son en sí mismas las cosas que representan, ni por tanto contienen el cien por cien de los ítems que pertenecen a una categoría nombrada. Son un intercambio energético entre personas cuyo contenido se negocia en la interacción, bajo el auspicio de diferentes fuerzas y poderes que actúan de forma más o menos meridiana en ella. No se ha dicho más claramente que aquí:

Cuando yo uso una palabra –insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso– quiere decir lo que yo quiero que diga…, ni más ni menos.

–La cuestión –insistió Alicia– es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

–La cuestión –zanjó Humpty Dumpty– es saber quién es el que manda…, eso es todo.

 

De acuerdo con lo anterior, el artefacto articulatorio ‘gato’ no maúlla ni tiene pelo sino que es una llave para hacerte pensar a ti en tu experiencia de gatos cuando la acciono. Por la misma lógica, al usarla no estoy aludiendo a todos los gatos del mundo, porque mi intención es que tú pienses en un gato, no otra. No puedo contener el mundo en una abstracción sonora, solo puedo simbolizarlo. De hecho, sería imposible que si idenificaramos lenguaje con realidades los enunciados tuviese condiciones de verdad:

Buenos días. ¡Falso! Para Susana no lo son

Los gatos maúllan. ¡Mientes, bellaca! Yo una vez vi uno mudo

En este orden patriarcal, si yo tuviera un pene me harían más caso. ¡Infame! Los penes no los tienen ni solo ni todos los hombres.

Ciertamente, hay mujeres con pene y hombres sin él, pero esto no quita que el pene como noción forme parte del aura cognitiva de la abstracción léxica llamada ‘hombre’, que implica una serie de realidades no tan abstractas. En suma: usar el pene como metonimia para hablar del hombre no afirma que cada persona que tenga pene lo sea.

Usamos las palabras de forma más o menos precaria para transmitir emociones y hacer (que se hagan) cosas, y siempre estamos incurriendo en generalizaciones, jugando con tropos y acudiendo a prejuicios porque es así como funciona el lenguaje verbal humano, que, repetimos, es una abstracción y no funciona a partir de relaciones de continuidad o identidad entre cosas y palabras. No podemos mover cosas para comunicarlas. Lo que podemos hacer es mover ideas de cosas, que ya por no ser cosas en sí mismas, son de algún modo infieles a lo que representan. Pero también útiles para comunicarnos.

Uno de los usos fundamentales del lenguaje es la construcción de la identidad y la comunidad, es decir: la política. Usamos etiquetas léxicas para “ser” cosas en sociedad y establecer relaciones (de cooperación, poder…). Algunas  de estas etiquetas se pueden elegir pero la mayoría, desgraciadamente, vienen en un paquete que nadie encargó pero se nos entrega por courrier en la sala de partos. Así, al nacer ya eres civil, seglar, ciudadano, nacional de X, hijo/a de Y, sin comerlo ni beberlo, ah, y también bebé, y además niño, ay, o niña.

La buena noticia es que de la sociedad y la lengua no solo participamos aprendiendo lo que se ha hecho antes de que llegáramos al mundo, sino que tenemos el derecho analienable de cuestionarlas y transformarlas. Nos replanteamos qué es “ser español”, “ser joven”, “ser chica”. Pero ¡ojo! estamos cuestionando el haz de sentidos que la palabra activa al usarse en sociedad, no la cáscara léxica. A mí me daría igual que en los medios me llamasen “perroflauta”, que de hecho suena bien, pues un perro más una flauta son dos cosas de cariz positivo; yo lo que no quiero es que me adhieran el conjunto de significados que convencionalmente se arrastran al usar esa palabra cuando de restar legitimidad política a una individua se trata.

Desafiar el contenido de las palabras niño/niña y los significados y consecuencias sociales que su asignación acarrea es el fundamento del feminismo desde hace ya décadas. Una de las muchas formas de hacerlo es reventar sendas categorías de lo binario desde el arte icónico, la literatura, la filosofía. De hecho, las artes y las letras deberían ser/son procesos liberadores que nos permiten abrir espacios de realidad y/o asistir a los que otras personas han soñado, frente a los imperativos del poder agazapados en nuestros lenguajes cotidianos y que pasan desapercibidos.

De ahí que concebir mundos sin género o con muchos géneros, transitar entre los géneros, fluir, hormonarse… son feminismo, son desafío al poder opresor, son  espacio de resistencia y libertad imaginado y arrebatado al sistema. Sin embargo, performar en un cuerpo la fluidez de género a nivel individual no invalida de por sí las estructuras sociales de opresión que afectan al resto de humanidad más allá de ese cuerpo.

Las mujeres, que somos resultado de una socialización que imprime en nuestros cuerpos unas estructuras que nos son adversas, necesitamos ser conceptualizadas como tales para poder hacer política desde nuestros cuerpos y salir de la cárcel patriarcal que llevamos como un exoesqueleto. Esa es la tarea original del feminismo, y se ha de realizar desde lo rad y lo trans como buenamente pueda cada una.

Las palabras que nos colocamos libremente como signos de identidad, como etiquetas, las escogemos para llenar un vacío lleno de miedo. Nos ponemos letreros en la pechera llevadas muchas veces más por los beneficios emocionales que conlleva pertenecer al grupo de quienes llevan el mismo letrero que por una reflexión consciente de lo que el término significa y qué implicaciones tiene. Nos llamamos cosas a nosotras mismas para beneficiarnos del hermanamiento con otras personas que se llaman de la misma forma.

Las teorías peformativas del género, el hilar fino y el desafiarlo desde lo trans son pasos positivos para el feminismo. No deben ser interpretados como una trinchera de oposición a las posturas que parten de la opresión sistémica de lo femenino para construir su andanada. El feminismo es algo demasiado grande y hermoso como para que lo desactivemos desde divisiones patriarcalizadas. No lo pongamos en peligro solo por poder colgarnos una ristra de etiquetas en el perfil de tuiter que nos hagan sentir un poco menos solas.

Lo explica bien práctico Coral Herrera aquí.

Queridos compañeros:

Nos estáis matando. Los hombres, como grupo social, a las mujeres, como ídem. Pero, ¡ojo!, si decimos que las fábricas contaminan los ríos, no estamos hablando de cada fábrica y cada río en cada momento. Que el paro esté bajando no significa que cada persona esté siendo contratada, ¿verdad? Ni hay un israelita ocupando la casa de cada familia palestina. Es decir, contamos con que hay hombres que ahora mismo no están matando a una mujer, pero eso no quita que, a la vista del recuento de cadáveres, el primer enunciado del párrafo tenga brutales y sangrantes condiciones de verdad.

La violencia machista existe como potencia en todos los aspectos de nuestra vida. Y es que, aparte de muerte, también recibimos de vuestras manos palizas, insultos, agresiones sexuales, desprecios, silenciamientos, tergiversaciones y una estruendosa avalancha de supuestas imágenes de nosotras que en realidad no lo son y sirven al propósito de ocultarnos. Además, la violencia de los hombres contra las mujeres arraiga en el ejercicio compartido de un conjunto de mentalidades y códigos sociales que se ocultan en nuestros usos y costumbres y la explican al tiempo que le dan pie.

Estamos hablando de un sistema de realidad, de normalización, de estructura. Se trata de la imposición de un régimen de vida común en que las mujeres (y los animales, y la naturaleza, y la infancia) se pretende que estén al servicio de los intereses de los hombres. Me dirás que te raya oír hablar del patriarcado, o que crees que es un mito. Te diré, entonces, que te pongas una peli cualquiera, escuches una canción corriente, mires qué expresa tu ropa y qué la suya la suya, pienses en la distribución en el espacio y las posturas de los hombres y las mujeres en los salones de las casas, los patios de los colegios, el transporte público, etc. Lo cierto y meridiano es que se espera de las mujeres que estén al servicio de los intereses (económicos, afectivos, sexuales) de los hombres. Y tal cual se nos representa. Y ese espacio se nos deja. Los centinelas que salvaguardan esta frontera patriarcal son el estado, las religiones, la justicia, los medios de comunicación y entretenimiento y otras multinacionales, de ahí que, como se puede ver, quienes están al frente de ellas sean, ay, los hombres.

(Mujeres poderosas que han sido admitidas al club de Los que Mandan y hombres desarrapados no son evidencias en contra de lo arriba dicho, sino que, en rigor, habríamos de explicar el tinglado más ampliamente en términos de clase, nacionalidad, afectividad, raza, credo y edad en intersección con el género) ¿Seguís ahí?

Pues continúo. A veces, es la voluntad de algunas de nosotras tratar este complejo, delicado y crucial tema con vosotros, compañeros. Por diversas razones, que suelen tener como base común el deseo de que el sistema que nos mata mute en uno que no nos mate. De ahí que os expliquemos pildorillas de primero de feminismo aquí y allá, y que cuando se producen os señalemos actitudes en que incurrís y que, creemos, contribuyen a silenciarnos o directamente animan a deshumanizarnos. Pero, ¡oh, decepción!, esto es lo que pasa cuando lo hacemos:

 

  • Espectro de respuestas 1: me resulta difícil de entender, porque yo no soy así, yo no hago eso.

¿Seguro? ¿No abrigas la creencia de que mi tiempo y los discursos te pertenezcan por derecho? ¿Entonces, si acabo de hablarte de mujeres muertas y de mis sentimientos heridos por el (micro)machismo que acabas de cometer, por qué tu respondes hablando de Ti? ¿Por qué haces caso omiso de los sujetos femeninos que he puesto sobre la mesa y lo que quieres que hagamos ahora es elogiarte? ¿Se ve claro? ¿Necesitas más pruebas?

Si de veras hubieras deconstruido por completo la andanada machista oculta tras tu frente y en tus fibras musculares (no conozco a nadie que lo haya conseguido del todo), entonces no dejarías de cuestionarte a ti mismo ni por un segundo, pues solo así habrías llegado a despatriarcalizarte previamente.

 

  • Espectro de respuestas 2: me ofende que me llames machista

Guau. De entrada, no te he llamado machista a ti, sino que he descrito una actitud tuya como tal. Sin la reflexión adecuada y actualizada, sin escucha activa a los grupos implicados, o por descuido, todas cometemos diariamente machismo, racismo, clasismo, adultismo, etc., porque ese es nuestro hábito mental y la sopa social en que flotamos, pero no necesariamente nos caracterizaríamos como tales (machistas, racistas, clasistas…) a menos que hagamos bandera de ello y nos revolquemos en contumacias (como tú ahora).

De salida: aquí hay alguien que clama haber sido injustamente tratada por otro. Responderla cuestionando su queja es, cuando menos, una estrategia para no afrontarla. Pero en una lectura más profunda, al no escucharla le estás quitando a esa persona la legitimidad y el espacio para expresar sus sentimientos, su vivencia, le estás diciendo que la aceptas solo si está callada y que por consiguiente no se puede pronunciar. Ole, una doble de machismo con mucha espuma. por favor.

No debes entender “machismo” como algo malo y ya está que tienes que evitar que te llamen y defenderte si lo hacen. No tienes ocho años y las monjas no te están pidiendo que seas tolerante en lugar de racista. Eres adulto, tienes capacidad para descifrar la intención del mensaje que oyes en el medio contextual en que se produce, además, eres corresponsable de la realidad que creamos entre todos cada día y le debes respeto al ser humano que tienes enfrente. Ofenderte, ponerte de morros, vengarte y no tratar de entender el fenómeno que la palabra simboliza denota un intelecto ciertamente estancado.  Si te lo he dicho es porque debo o quiero convivir contigo en algún espacio, y tú y yo necesitamos negociar nuestros comportamientos para que nadie dañe a nadie y el intercambio que hacemos sea beneficioso para todas las partes.

 

  • Espectro de respuestas 3: imprecaciones, fotopenes y otras delicias

Nos amenazáis con fantasías de violencia física (esas que, decía, se encuentran en potencia en todas partes, ahora serían verbalizadas) y/o os insultáis con alguna floritura que remita a nuestra disposición o no para el sexo (bollera, puta…) o o nuestra imagen corporal en contraposición a la que nos habéis intentado imponer (gorda, fea…) O sea, que lo que queda clarinete es que el lugar que habitamos en vuestro imaginario es estar al servicio de vuestros intereses eróticos. Y de paso que no tenéis argumentos.

 

Queremos y debemos convivir con vosotros en un mismo mundo, compañeros, hagámoslo con alegría y sin muertes de más. Google, Federici, Palenciano, talleres de feminismo para principiantes, todo está ahí fuera. Creemos en vosotros.

Me despido con amor del bueno desde la playa medusa,

*A*

Sácate al patrix de la lengua en 12 pasos

Nos están matando impunemente. Y además, al enemigo lo llevamos dentro y se arrastra por nuestra conciencia para borrar sus huellas tras los hechos delictivos. Aunque lo mejor que podemos hacer para que nos dejen de matar es que nos dejen de matar, en nuestros pensamientos, discursos y relaciones debemos darnos prisa para ir creando un espacio simbólico nuevo que no deje lugar a más violencia.

Coge tu lengua y ponla en polvorosa. Salva tu mente de los riesgos del patriarcado de consentimiento. El idioma es el hábito conductual más estabilizado de todos, se vuelve paisaje, medio. Al hilar palabras, tiramos de hebras muy antiguos que abren terroríficas piñatas. Se transmiten mucho sexismo, homofobia, eurocentrismo, colonialismo… violencia, en fin, si no nos lavamos la boca o frotamos el boli antes de usarlo.

Para despotencializar esa violencia, tenemos que reventar la norma lingüística por todas partes con la certidumbre de estar generando espacios mentales de resistencia que florecen en la comunicación con otras gentes. —Nota: esto se puede realizar tanto desde la prerrogativa de la persona privilegiada por su educación (en este caso debería ser obligatorio) como de forma más espontánea desde un lugar de conocimiento no explícito del código.

 

Acciones para despatriarcalizar la lengua, desactivar las violencias machistas en potencia que contiene, limpiarla y darle el esplendor de otro mundo posible, otras relaciones de y con el género

 

1) Los recursos de borrado del yo (es bien sabido que…) sacralizan lugares de enunciación privilegiados sin dejar huella. Siempre da cuenta de tu posición, di quién eres, dónde estás y cuestiona tu sillón y tu cuarto y tus cuartillas

Como activista feminista blanca de clase media, mi opinión es que debemos reconsiderar cómo usamos las herramientas del amo

 

2) Piensa en los géneros tanto en lo morfológico como en su construcción semántica, revuelve y deconstruye a placer

Todxs l@s opcionas/os son válidas para expresarte, que no te pontifique nadie sobre esto, sea quien sea, tu lengua es tuya, como tu mensaje, y las peleas sobre el lenguaje inclusivo son una lija voraz…

 

3) Dale caña a los sustantivos genéricos que no excluyen

Vecindario, pueblo, ciudadanía, alumnado, profesorado, humanidad, personas, gente…

 

4) Las mayúsculas son diacríticos de importancia, de privilegio, de unicidad. ¿Dónde las pones? ¿De dónde las quitas?

Vivamos una Vida sin rey, dios ni españa que valga. Todas unidas protegiendo lo Común 

 

5) Jubila las palabras inoculadas de odio machista. Ni verdulera, ni arpía, ni frígida ni zorra… Pero tampoco mujeriego ni caballerosidad.

Aquel tipo que iba con la señora que hablaba muy alto me abrió la puerta al pasar para mirarme el culo, qué desgraciado

 

6 )Vigila las frases hechas y otras perlas del idioma. No tiras de la cuerda en el mismo sentido diciendo o follamos todos o la puta al río que…

…a rey muerto… rey muerto.

 

7) Mesticea. Insemina tu lengua con semillas llegadas de otros puertos, hazla crecer.

¡Estoy de un lletraferida hoy que no me aguanto!

 

8) Crea. Crea libre.

Yo siempre he sido un poquito revientacosturas

 

9) Reivindica y exprime tus turnos de habla, no te disculpes tanto. De perdonad por esta chapa que os he soltado, a

espero que os haya gustado y hayáis disfrutado tanto como yo

 

10) Inyéctale alegría a tu lengua. No es lo mismo emanar miedo, pereza, cuesta, vale, compro, tele, problema, adelgazar…que

…gozo, todas, colectiva, verbena, cooperar, cuerpa, gusto, placer, vida…

 

11) Sant Jordi, la Feria del libro, las lecturas veraniegas… plantéate este año sumergirte en letras que no vengan desde la posición de poder. Lee discursos de mujeres.

Yo esta primavera me merendaré a Chimamanda, Faludi, Nanclares y Butler

 

12) Habla el cuerpo. Trabaja la escritura encarnada: pon la lengua a sudar, llora lágrimas conjugadas, declina estornudos, moja la pluma en la sangre menstrual y/o menstrúa tinta. Reivindica tu ración de espacio físico y discursivo en lo social desde tu cuerpo y su exultante belleza, sea como este sea.

¿Ponerse las gafas o quitarse la venda?

La extendida expresión “ponerse las gafas violeta” simboliza gráficamente la nueva visión que una persona adquiere sobre el fenómeno social del género al aprenderlo, y da mucho juego para el activismo y la pedagogía. Cuando una o uno lleva las lentes progresivas del feminismo, ve realidades que claman al cielo y que antes formaban parte de la compacta masa de “lo normal” y nunca había cuestionado. Desde la cruenta representación de los cuerpos de las mujeres en los medios hasta el desigual reparto del trabajo por géneros en colectivos sociales, pasando por la cena de nochebuena y esos cuñados rascabraguetas mano sobre mano así llueva o nieve.

Las gafas hay que ponérselas, es decir, son un añadir, un hacia adelante, y hay que empezar a tenerlas. Como objeto, representan un despertar, una formación, un input feminista que recibimos o bien porque tenemos la suerte de encontrarnos una compañera que nos pase el relevo o bien porque nos ponemos a bichear por la red a partir de alguna experiencia personal. Sirven para comenzar, y nos las prescriben o construimos solas cuando aparecen dioptrías de normalización de lo opresivo en el diagnóstico oftalmológico.

Sin embargo, ante la imponente violencia de lo patriarcal en todo su esplendor, desplegada por las esferas que conforman la vida e incrustada en los tejidos entrañales de nuestro cuerpo, más que encajarse aditamentos que corrijan la mirada, lo que hay que hacer es quitarse arena de los ojos: descorrer velos, rasgar sobres clasificados, limar barrotes, desmontar paisajes mentales que creíamos “lo normal” para darnos cuenta de que lo que nos han dado por “sociedad” es en realidad “violencia”, lo que nos han pedido que hagamos para “vivir” era en realidad para “someternos”.

Pongámonos las gafas para aprender a quitarnos las vendas. Hay que desmontarlo todo y sacarnos al pulpo patrix de entre los órganos vitales. Desde cómo te tratas y te dices, tu cuerpo y tu lengua, a como te relacionas y con quién, qué espacio público ocupas, qué haces y qué no haces, qué credibilidad te das y cómo miras a las otras, si exiges tu pan y tu sal, si sabes darte placer, si reivindicas caminando un camino a la medida de tus pasos.

 

Se ha hecho viral

Si supiera cómo, haría un vídeo que se volvería viral. Empezaría con las imágenes de una mujer fornida saltando resuelta al campo de juego con una equipación a rayas rojas y blancas. Ella va a ir transitando su día a través de espaciotiempos manejados por personas que llevan camiseta azul, del equipo contrario, que visibilizan más y favorecen, como es natural, a sus jugadores. Estos enfebrecidos forofos de azul  se aplauden y jalean mutuamente. Entre ellos, además, algunas infiltradas de camiseta rojiblanca también parecen animar a los de azul.

En el estadio, el marcador muestra 968-0 desde antes que empiece el partido, y la moneda solo tiene dos caras, no hay cruz: saque para ellos o para ello,, no hay otra. Cuando dan patadas o tumban a nuestra chica, el árbitro no se inmuta, o le saca tarjeta roja a ella porque está fingiendo para que le den falta a un jugador azul. Mmm manipuladora. Histérica. Gorda. Cuando un jugador de azul comete un error estratégico, su público le increpa usando el nombre de ella como insulto. Los locutores hablan de su mala técnica depilatoria, nunca de los goles que, pese a todo, ella logra encajar. Algunos, incluso, no son en propia puerta.

Ella consume medios hechos por seres de azul donde las de su equipo están recortadas a  tijera y enmudecidas con una equis de cinta aislante en la boca. Va al trabajo a gastar toda su energía diaria en condiciones que no le permiten vivir la vida que merece ser vivida, siempre para que los de azul ganen dinero. No puede relacionarse con sus compañeras de labor porque el fragor de la hinchada azul no se lo permite. Los días libres va a comprar, a los de azul, cosas para cambiar su aspecto y gustarles más, a los de azul. Por todo ello cada noche se acuesta fría, extenuada. Los de azul entonces celebran su triunfo perverso, como el de un dictador en las elecciones democráticas de partido único, como el de un rey que mata un oso al que han drogado para que su majestad le dé.

Sí, no te gusta la palabra feminismo; vale, no hay que ser tan radical; oquéi, estará cansado el pobre… PERO… al menos, ay,  por dios mío, dejemos ya de negar lo evidente. Miremos quiénes gobiernan y deciden y quiénes no; indignémonos de cómo se tratan nuestros cuerpos en el espacio público, clama al cielo; analicemos mínimamente en términos de ejercicio de poder nuestras relaciones íntimas… Y hagamos algo, señoras, hagamos algo, que ya basta.

Sobre todo, entiendase que no es que queramos ganar nosotroas el partido, sino que nunca pedimos ponernos las camisetas.

Anticapiteta

Perdóneseme lo esencialista de la imagen, pero… si coincidimos en los siguientes presupuestos:

  • Las leídas como mujeres, en tanto que grupo oprimido en esta sociedad violenta, no deben ser criticadas por las decisiones que toman para vadear en ella, o no es ese el objetivo del movimiento feminista
  • La crianza debe ser compartida entre progenitorxs (en realidad por el colectivo social), pero que dos personas emprendan un trabajo común no significa que tengan que realizar las mismas tareas idénticas dentro de lo que este implique. La paridad debe darse en los niveles de responsabilidad, esfuerzo y tiempo
  • Hay espacios en que se oprime en lo simbólico a las que no quieren dar teta, pero también se oprime en la práctica a las que sí. ¿Desde cuando una opresión por existir supuso que no existiera la contraria, especialmente cuando de oprimirnos a nosotras se trataba?
  • Lo gratuito y que se consigue sin intercambio económico de por medio es ecológico y anticapitalista. Lo que se produce, anuncia, empaqueta, especula, vende, compra, desempaqueta y tira no lo es
  • Cuando estamos de baja laboral por maternidad debemos depender económicamente del estado, no de nuestra pareja. Luchemos por un permiso respetuoso con la lactancia y todos los cuerpos implicados. Dieciséis semanas no bastan
  • Cuesta aprender la lactancia. Todas las personas que han parido pueden dar de mamar, pero hay que aprenderlo. Es como la lengua: tienes la capacidad, por humana, pero has de desarrollarla por imitación de otras congéneres

 

¿Qué argumentos quedan para considerar feminista y liberador el no amamantamiento? En los setenta, vale, por el momentum, ¿pero ahora?

En mi vivencia, la teta lactante es consecuencia biológica del embarazo y el parto, es gratis, da gustito y yo leo a chorros tumbada mientras personita come (estoy leyendo mucho más que cuando trabajo). La leche llega lista a cualquier parte a la que vaya (y voy a muchas), y ni me gasto un duro ni estoy en la cocina hirviendo utensilios. No entiendo el feminismo antiteta, y me regodeo con alegría en la anticapiteta, compañeras.