Vivimos mal

Vivimos incorrecto, feo, inadecuado. Vivimos de forma contraria a como la vida se vive para merecer ser vivida. De forma contraria a nuestros intereses. Vivimos carente, enfermo, mutilado, triste, esquilmado. Vivimos mal.

 

Los problemas. Echa un vistazo. Millones de personas metidas en cajas individuales con su ración de cena procesada, envuelta y procesada para el consumo directo. Historias de vida como bandejas de avión. Todas separadas, asépticas, cámaras de aire debidamente plastificadas. Y, sin embargo, todas iguales, idénticas, casi sin margen de variación (incluso el huevo duro de la ensalada es siempre la parte más ancha, gracias a los huevos cilíndricos de laboratorio). Así son también nuestros problemas. Siempre los mismos, todo el mundo igual. Pero como no nos miramos, no nos damos cuenta de que somos miserablemente gemelas. Y no nos organizamos para paliar el dolor. Abuso. Soledad. Falta de sentido. Contradicciones. Ansiedad. Disonancias cognitivas. (No puedo seguir dibujando la mugre que nos está escalando por las piernas, que hoy me rompo.)

 

Los deseos. Alerta. Estamos obligando a las criaturas a no ver más allá de sus deseos. Les escamoteamos las herramientas que necesitarían para estar bien, y en equilibrio. Por culpa de la nociva cultura neoliberal, y de sus mayores, muchås niñås son un “quiero” constante. Un quiero que no cesa, que muta, consume, maltrata, agota. Ahora dame esto, aquello, lo de más allá. Azúcar, azúcar, fritos, azúcar, tecnología, procesados sin fin. Porque quiero, porque me gusta. Porque sí. Cada día. Porque así te dejo en paz. Lo niño como una subjetividad deseante y consumidora y lo adulto como proveedor constante y sometido cuyo deseo es que la criatura en cuestión le dé, al fin, un momentito de tregua.

Así se adoctrina desde la infancia en el deseo como valor supremo, como regulador de relaciones humanas (de poder). Justo lo que necesitábamos para un sistema en que la moral se acuña a imagen y semejanza de los deseos de los dominantes. Como ellos desean, los relatos se amoldan: los cuerpos se vuelven mercancías, las relaciones se vuelven comercio, la vida se vuelve commodity con valor de cambio.

No estamos haciendo de lås niñås  pequeñås dictadorås, como se suele decir, sino pequeñås capitalistas. ¡Bonita va a ser la sorpresa que se van a llevar cuando vean que en este mundo-escaparate no hay ya caramelos suficientes para satisfacer el ansia inagotable de tantås!

 

La oscuridad. Me hacía gracia, cuando estudiaba, eso de que la Edad Media había sido una época de oscuridad, tiempos lóbregos de ignorancia y confusión reinantes. Me imaginaba a sus habitantes cegados, como topillos, con los brazos por delante tratando de no golpearse contra los muros de las catedrales góticas. Ahora ya sabemos, gracias a Federici, que la historia fue bien otra. Y, sin embargo, me da la impresión de que sí pueden existir tiempos sombríos, opacos, y que, desafortunadamente, estamos precisamente en ellos, por tres razones:

  • La gran mayoría de personas no ve las conexiones entre los fenómenos de la realidad y por tanto actúa de forma incoherente (tiene ideas ecologistas pero consume irreflexiva e innecesariamente, por ejemplo)
  • Los discursos hegemónicos, que nos llegan todo el rato, por todas las vías, que escuchamos y que nos creemos, mienten sobre quiénes somos, qué necesitamos y cómo hemos de relacionarnos
  • (La tercera me da miedo, hoy no, por favor…)

 

Pero no todo está perdido, sin embargo: nos leemos, nos escribimos, y construimos juntas espacios emocionales, intelectuales, corporales, de resistencia y vida vivible. Para reflexionar, dejo tres principios que transito para curarle las pupitas a lo que de materia viva y palpitante aún nos queda sin achicharrar:

– Si se compra o se tiene, no es la solución al problema

– Si no te permite mutar, no es para ti, no te quedes

– Si les viene bien a Ellos, lo más posible es que no te convenga a ti

3 palabras-trampa por las que se nos escapa la vida

Si Todo El Conocimiento tuviese que reducirse a una sola cita literaria, yo elegiría esta de Lewis Carroll:

“Cuando yo uso una palabra –insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso– quiere decir lo que yo quiero que diga…, ni más ni menos.

–La cuestión –insistió Alicia– es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

–La cuestión –zanjó Humpty Dumpty– es saber quién es el que manda…, eso es todo.”

 

Y es que lo realmente importante no es tanto lo que las palabras (sí, esas que estructuran nuestro pensamiento, nuestras emociones y relaciones sociales) denotan, es decir, “significan oficialmente”, sino qué connotan, qué circuitos activan al ser usadas, qué efectos tienen en nuestra psique, nuestro espíritu, nuestra materia corporal. Qué nos imaginamos al visualizarlas y qué frutos fertilizan al posarse en un surco abonado de nuestra mente. Esa capacidad de movilizar de las palabras está a veces secuestrada por fuerzas de lo oscuro que nos mandan la vida desagüe abajo y de las que es preciso liberarse, relenguando.

I

Por ejemplo, la palabra carreraHemos dejado de hablar del empleo o el puesto de trabajo para hablar de “mi carrera”. ¿Qué consecuencia inmediata trae esto?  Que la profesión deja de tratarse de algo que tengo-que-hacer-si-quiero-comer, con la que tengo una relación más o menos conflictiva (y en ese espacio de negociación se nutre la dignidad, pues nos permite seguir siendo personas aparte de trabajadoras), y que representa únicamente una porción de mi tiempo y mi identidad. El trabajo (que viene del latín tre-palium, un instrumento de tortura con tres palos) ocupa una parte del día y después termina, es un compartimento, una parte de la vida. La carrera, sin embargo, es la vida. Transmite la idea de pista que se desenvuelve frente a mí, por la que he de ir corriendo, coleccionando hitos, que me acerquen más y más a la cima del éxito. El trabajo es uno de las diversas esferas de mi estar en el mundo, sujeto a visicitudes y solo a veces en armonía con mis proyectos e ilusiones; por contra, la carrera es subjetividad, da cuenta de mi valor de cambio y se convierte en la fuente de legitimidad de mi existencia.

El problema de esta visión es que deja fuera adrede todas las realidades socioeconómicas que podrían hacer que la vida laboral/profesional de una fuese inestable, cíclica, irregular o incluso inexistente. Al identificar el trabajo asalariado con la esencia misma de la vida y negar la posibilidad de que los logros o fracasos profesionales puedan depender de factores ajenos a la propia voluntad, se consigue que la humanidad se autoimagine silenciosamente como fuerza de labor autoexplotada, desempoderada, desactivada. Si algo va mal es porque yo no estoy cuidando mi carrera lo suficiente: ese es el mensaje. Trabaja más, piensa más en el trabajo. Neoliberalismo puro y afilado.

II

Otro término que me rechina es el de mujer independienteque tiene algo de oxímoron. No es necesario abundar en lo crucial de que las personas no sean sometidas unas a otras por vía de la dependencia económica, de ahí que consejos bienintencionados nos insistan en que trabajemos para no depender nunca de un tío. Y dicen bien. Sin embargo… ¿qué imagen dibuja esta expresión? Una mujer sola, volcada en su carrera, con poder de consumo, que en algún momento quizás querrá tener marido e hijos. De nuevo todos los elementos que alimentan la rueda del capital: individualidad, consumo, poder. Pero es que la individualidad es una fantasía. No funcionamos atómicamente, sino en comunidad orgánica. El grupo y los intercambios no interesados son necesarios para nuestra salud mental, espiritual, física.

Por tanto, hablemos mejor de personas autónomas (del griego “de propia ley”), para así señalar que rompemos con  las estructuras de la familia patriarcal jerárquica, con esposas y vástagxs como anexos de un varón sustentador, pero sin dejar de lado el universo de lo relacional, los cuidados, las vulnerabilidades y las dependencias que, queramos o no, son lo que existe, lo que nos hace desarrollar la vida en condiciones saludables y salvaguardar la dignidad.

III

Tanto en la carrera y en el mercado, en la vida cultural y en las relaciones se dice mucho ahora que actuamos bajo el influjo de la  libertad. Pues mira, no. Últimamente, cuando alguien usa esa palabra en un debate sobre prostitución, alquiler de vientres, princesismo, migración… o cualquier otro tema candente relativo a cómo tratamos a los cuerpos, me imagino a la persona sobre la que se habla, con sus harapos, sus pañales, comoquiera que ande por el mundo y cualesquiera sean sus circunstancias, sentada en un pequeño trono, con una corona de chapa, disponiendo a derecha e izquierda sus caprichos a una pequeña corte que corre atorada a cumplirlos indefectiblemente.

El refugiado era libre de dejar su país. La maltratada eligió libremente volver con él. Las niñas quieren ir vestidas de rosa. Nadie. Le. Puso. La. Pistola. En. La. Cabeza. Pues mire, sí. La pistola en la cabeza se llama cultura, contexto, presión social, falta de opciones, ignorancia, desigualdad sistémica, indefensión aprendida, hambre, necesidad. La necesidad le arranca las patitas a la libertad de cuajo. Cuando no hay opciones o estas no son conocidas o están silenciadas: no, no hay libertad.

Ya vale de frivolizar. El uso derechizado de este concepto es de una crueldad pasmosa. Asumamos que la palabra nos la han robado. De hecho es que está incluso en el nombre del sistema injusto en que vivimos que imposibilita, precisamente, el acceso a la libertad ontológica para muchas personas en beneficio de otras que fabrican su poder a costa de masas desempoderadas. Hablemos para nuestras luchas de emancipación (del latín: quitar de las manos), una herramienta que visibiliza la opresión y permite, por ello, la ilusión (previa al hecho) de revocarla.

Imaginarnos a nosotras mismas como muñecas de papel troqueladas, recortadas del librillo, con una carrera que coronar y muchas elecciones libres por delante es una falacia. Es falso. Es una oración que nos hacen memorizar porque no les beneficia más que a ellos, a quienes nos sacrifican como astillas a las hogueras de donde emana, gaseosa, la aparente legitimidad de su dominio. Basta. Barramos como hojarasca las palabras-trampa para lograr vernos como lo que somos: criaturas desnudas y tiernas cuya ambición máxima es vivir acurrucadas y en equilibrio con el ambiente y los recursos del entorno del que formamos parte.

 

En próximas entregas:

  • La moral no es solo cristiana
  • ¿Es Hitler El Mal?

Las palabras más bonitas empiezan por co-

…y además son las mas importantes.

No me estoy refiriendo a ‘coño’, ‘corazón’ o ‘copita de pacharán’, que también, sino a esas que llevan el prefijo-preposición latina con- (co-/ com-) (como en Laura está con Jacinta), y que reflejan el siguiente sentipensamiento: cuando una actividad se realiza en compañía, esta toma otro sentido tal que merece incluso ser denominada por un término distinto del primero. Hacer y decir en comunidad genera realidades alternativas, nos hace concebir y tomar parte en narrativas revolucionarias compartidas. La receta para vencer a este programa de individualidad marciana en que nos han enjaulado es usar la lengua con seso, y con mucho con-.

Aquí un ramillete de mis favoritas: (por orden caprichoso y sin intervención alguna de la RAEH*)

  • Colectivo: Ese lect- significa algo así como “recolectar”, y es el mismo que forma parte de ‘leer’. Cuando nos colectivamos y asambleamos es como si cosecháramos juntas el fruto de nuestra subjetividad diversa.
  • Cooperativa: A mí esta palabra me parece muy potente y me sabe a mermelada fresca de cooperativa rural de mujeres. Está llena de sentidos: obra, ópera, obrera… También llama a los textos en colaboración que internet nos ha facilitado tanto escribir.
  • Colega: Ahí tenemos a la ‘ley’ y al ‘lego’ en un asunto. Tiene algo de “cómplice”, de “compinche”. Sea como sea, ahora la prefiero a “amiga” (aunque para mí la reina es “compañera”), hasta que en redes sociales empiecen a usarla para cuantificar los contactos que una tiene…
  • Comadre: Cuánta belleza cuando se la desnuda del valor patriarcal peyorativo como vecina meticona. Comaternar, cuidar juntas (se haya parido o no, se sea del sexo que se sea), me parece el mejor regalo que la vida nos puede hacer y que le podemos hacer a la vida.
  •  Colecho: En crianza crítica (mal rollo eso de llamarla natural, para mí), consiste en dormir con las criaturas en la misma cama durante unos meses o años. Se basa en desmontar el hábito capitalista de que duerman separadas de sus criadoras para que estas puedan descansar lo suficiente como para rendir al día siguiente en la fábrica o en la oficina.
  • Conmoverse:  Me palpita la víscera al son de la tuya.
  • Compasión: Siento tu mismo pathos, lo que padeces. De nuevo, hay una transcorporeación del pálpito. Qué rico. Se merece que luchemos por quitarle esa pátina judeocristiana de la pena y la caridad, para que florezca en todo su esplendor expresando la comunicación de pulsiones.
  • Coeducación: De las más modernas. Y una de las mejores armas con que contamos en esta nuestra guerra de fondo a favor de la vida. Según Mujeres en red significa: educar desde la igualdad de valores de las personas.
  • Consenso: Con la aprobación, con el sentido de todo el mundo. De tal forma que quizás lo que se siente no sea tan vicario como el patriarcado nos ha querido hacer creer.

 

Extra: en griego, la misma labor la realiza el prefijo si-, sin-, sim-, que produce otro chorro de palabras bonitas y buenas: sincronía (lo que se coincide en el tiempo), simpatía (“padecimiento” o “pasión” común, equivalente a “compasión”), símbolo (poner juntas dos piezas que se usaban como firma en acuerdos cívicos en la Hélade), simbiosis (forma de vida en común), simposio (beber juntas), etc.

 

*Real Academia Española (de los Hombres)

Vencerán pero seguiremos sin convencer

Cada día, en algún momento cualquiera, al menos una vez, es seguro que caigo en la trampa: como si tuviera siete años, me consuelo a mí misma de alguna injusticia contándome que cuando las cosas se pongan en su sitio…, cuando se vea quién tiene realmente la razón…, cuando, cuando, cuando… todo se arreglará. Es como la reminiscencia mental de una especie de madre/dios todopoderosa/o que pase lo que pase acabará por llegar a arreglarlo todo. Deus ex machina que me hará reír la última para reír mejor. (Si es que alguien ríe). Y en días como estos en que se quiebran cuerpos vivos contra el asfalto caliente, se les mata, ese demiurgo justiciero acude con su ridículo calzón de superhéroe gringo a decirme que no llore, que al final quienes creemos en la humanidad y la paz tendremos la última palabra.

 

Son tonterías. No habrá tal “juicio final” en que acabaremos por ser resarcidas de tanta ignominia.

 

Quizás sea más práctico decirme a mí misma que la realidad en que vivimos es el resultado espumoso de un choque de fuerzas, un ensamblaje del material de residuo que emana de las fricciones que se producen entre distintos poderes. Asegurarme que si queremos que las cosas ahí fuera se parezcan un poquito a cómo las sentimos dentro, hemos de luchar para imponer nuestra ley. Aprovechemos, ahora que al mercado se le ha escapado por un tubito de escape nuestra capacidad de lectoescritura, algo de tiempo no regulado y las posibilidades de organizarse en las redes.

 

No vamos bien, no convencemos. Pero es que me declaro incapaz de ver por qué ciertas ideas tienen que convencer. Cómo es posible que miembros de una especie tengan que venderse entre sí no ejercer violencia dominadora sobre sí o sobre terceros. Que todos acariciamos el mismo artefacto celular y bacteriano, elástico y poroso, dado en ser llamado “piel” cuando nos llevamos los dedos a la cara. Que todos los niños son el mismo niño. Que a la infancia no se la sacrifica por una riqueza efímera. Que los bebés no deben sufrir por hambre (¿basta acaso ese verbo?). Que ver un gesto de dolor humano sin morir es una patología. Que un grito de pánico de una niña condena a la humanidad entera al abismo. Ni siquiera las palabras que uso expresan nada de lo que siento en el estómago.  La retórica nubla el entendimiento.

 

(Me pregunto por qué seré yo la loca, aquí llorando encharcada en mocos, tecleando sin tino de madrugada, buscando tu condescendencia que me calme —a falta de amor compañero—, cuando con todo lo que sabes de lo que pasa ahí fuera tú sigues a lo tuyo, consumes plásticos sobre plásticos y duermes en paz. Quién está loco, dios mío)

 

Esos argumentos chuscos contra la igualdad de género, esas pobres justificaciones racistoides, ridículos votantes de derecha entre la clase trabajadora, madres y padres que humillan, violentan y abandonan a sus crías a su suerte espiritual. Cómo convenceros de lo que ya ha sido desnaturalizado en vosotros. Ni siquiera esta última frase se sostiene, pues qué es lo natural aquí. Estoy empezando a pensar que la lengua a mi disposición es una trampa laberíntica para ratones con cáncer.

 

Te propones convencer de que las andanadas de género y raza se han puesto ahí para favorecer a algunos y que basta con mencionarlas para que empiecen a tambalearse. Y te dicen que adoctrinas y que tu corrección política oprime y no le deja al personal ser libre.

 

¿Apaga y vámonos?

 

Ya no albergo ilusiones de una apoteosis final en que todo se resuelva. Tengo miedo. Estoy aterrada de que no quede nadie para leer nuestros testimonios. Huellas de amor libidinal, de vida expansiva, de alegría en equilibrio. Testigos livianos de piel estremecida y fosas abisales. Epopeyas de pálpito y pulpa de limón. Temo que ya no quede nadie para saber cómo fuimos, qué nos pasó. O de que quien quede ya no pueda entenderlos. Que ideas como piel, alegría, estremecer, ya las hayan cambiado, ya signifiquen otra cosa. 

Parir y criar en feminista y anticapitalista

El discurso antimaternal en el feminismo es un viejo conocido. Y a veces se diría que es la única alternativa a la mentalidad patriarcal en torno a la reproducción femenina. Sostengo, sin embargo, que denostar “lo materno”, “las madres” o “lo bebé” es quedarse a medio camino en la subversión feminista de la vieja maternidad. Si nos quejamos del hecho en sí, en lo biológico y en lo social, y de las personas implicadas (persona y personita), estaremos tomando víctimas por victimarios en una confusión de la que, de nuevo, los verdaderos culpables salen intactos. Abandonar esa posibilidad nuestra de dar vida en una célula rosiazul fagocitada por el aterrador patriarcomercado es un acto de irresponsabilidad en que desde algunos feminismos se tropieza con alevosía.

 

Se trata de una muy buena noticia que se publiquen tantos textos sobre mujeres que paren y crían vistas en relación con su medio socioeconómico. (Por ejemplo: esteeste o este). No obstante, a veces la deconstrucción que se hace del fiasco antropológico en que han convertido la experiencia marental parece ser ciega a las estructuras y entidades que llevan interés en mantenerla en ese estado. Se critican opciones de crianza, se revuelca una en (el conservador subterfugio de) sentirse malamadre, se estereotipa a otras mujeres, se queja una de las muchas demandas del bebé… de modo que acabamos dándole la espalda al problema real que tenemos: que en este sistema, cuando nos embarazamos, parimos y criamos nos están obligando a hacerlo en precario, solas y empobrecidas, sin los recursos económicos, sociales ni emocionales necesarios para afrontarlo. Y que, en realidad, traer personas al mundo es una potencialidad de algunos cuerpos, de nuestra sexualidad, que aunque se nos haya arrebatado por el patriarcado neoliberal (o mucho antes, en realidad), no es patriarcal en sí misma. Si desde el feminismo no vislumbramos otra forma de proyectar la maternidad en la pantalla del pensamiento colectivo y nos limitamos a repudiarla y afearle sus malas costumbres, el robo de la experiencia será doble, y el segundo ataque mucho más doloroso, como un gol en propia puerta.

 

Pongamos como ejemplo esta interesante columna de The Guardian, de Cerys Howell, publicada ayer. Coincido con la autora en que la infantilización de las mujeres que paren y/o crían es horrenda, un insulto a nuestra inteligencia. Yo personalmente tengo como consigna evitar todo aquello que, escrito en español peninsular, incluya la palabra “mamá” (término usado por las niñas y los niños, mientras que en Hispanoamérica es la genérica y por tanto no es una señal de alarma). Todo ese blablá forma parte de —una vez más— un nicho de mercado que reporta a las empresas exuberantes beneficios. Y señala a esa porción de mujeres que se esconden tras una determinada performance de abnegación para desaparecer tras sus hijas e hijos.   Pero… ¿si porque nos parece opresor las feministas nos alejamos de “lo maternal” en lugar de emancipar nuestras maternidades, no estaremos contribuyendo a apuntalar la narrativa oficial, patriarco-liberal, de una única maternidad abnegada, unidimensional, rosiazul, de babyshower y resabios cincuenteros?

 

Le encuentro los siguientes problemas a la crítica a la maternidad contemporánea de Cerys Howell:

  • Nadie tiene que irnos dando consejos/juicios de crianza no solicitados. ¡Basta! Es culpa del mismo paternalismo con que nos tratan desde las baby apps y sus ositos de peluche; sin embargo, lo que debemos hacer para protegernos es unirnos y organizar campañas para que vaya calando el mensaje y las suegras, vecinos y viandantes se lo piensen dos veces antes de importunarnos con sus críticas. Es decir: el problema es la irrupción y la condescencia, no la crianza con apego de Bowlby, ni quienes por muchos motivos (muy alejados de lo neoliberal) creen en ella. (Léase, por ejemplo, a Casilda Rodrigáñez.)

 

  • ¿Por qué la alternativa a estar sola en casa con el bebé tiene que ser incorporarse a un puesto de trabajo en el mercado laboral capitalista? ¿No debería ser estar en casa (y en la calle) (y en locales públicos)  acompañada, en lugar de sola? Se deben organizar actividades para mujeres de baja por maternidad que refuercen la socialización, la construcción de redes de apoyo, los aprendizajes en grupo, etc. 

 

  • Tejer una culpa plañidera malamadrista y echártela después sobre los hombros es hacerle el juego al sistema que considera que la responsabilidad de la crianza es únicamente de las mujeres. Ya se sabe: socialización de las pérdidas, privatización de las ganancias. Allá te apañes tú con la criatura hasta que tenga edad para alistarse en el adoctrinamiento escolar y el mercado de explotación. Esto es un orden infame y debe ser subvertido. No lo confirmes culpándote, derríbalo culpándolo.

 

  • La generalización acrítica de la depresión postparto me parece peligrosa. Se está tratando médica, individualmente, un problema que es social. Que no nos empastillen para paliar los efectos de la soledad, la ignorancia, el miedo y demás desastres derivados de no criar en colectiva.

 

  • Como no queremos que critiquen nuestra crianza, no debemos hacerlo con la ajena. Burlarse de las criaturas que han pasado un año en casa asegurando que no podrán despegarse de las faldas de sus madres para los restos es, de nuevo, contribuir a la estereotipación de la maternidad y, de paso, tirar piedras sobre nuestro propio tejado aplaudiendo a empresas y legisladores por mantener las irrisorias bajas con que nos castigan en el sur de Europa.

 

  • El apoyo gubernamental a la lactancia es un hito feminista y anticapitalista. Cansan y confunden esas insinuaciones de un supuesto talibanismo tetil, porque aunque ninguna mujer debe ser bajo ningún concepto criticada si por lo que sea no desea amamantar, lo cierto es que hasta hace pocos años las empresas de alimentación tenían vía libre para difamar la leche materna, mintiendo sobre ella y extorsionando. Lo hicieron y lo hacen donde pueden engañando a mujeres (por la vía de sobornar a pediatras) sobre la calidad de su leche y sus posibilidades de mantener a las criaturas con vida. Repito: empresas-engañan-mujeres-sobre-vida-criaturas-para-ganancias-descomunales. Así que… no, lo siento, apoyar la lactancia no es el crimen, es la compensación. Luchemos por garantizar la libertad de decidir, pero que sea informada (de verdad, no por entidades económicas que tienen algo que ganar en el asunto). No más burlas a las tetas. (Yo no he hecho nada más revolucionario ni anticapitalista en la vida.)

 

  • Desde luego que no cambiamos ni nos volvemos otra persona cuando damos a luz, no nos enamoramos necesariamente de la criatura al instante, y… en fin, fetichizar cualquier parte del proceso es lacrar el estereotipo social del género mujer con más paletadas de ignominia. La lucha, entonces, ha de estar en que no se proyecten ideales inalcanzables y no genuinos, como se hace con la imagen mediática de nuestros cuerpos. No obstante, quizás antes que ridiculizar a mujeres que expresan este tipo de vivencias, aunque sean discurso reproducido, habría que señalar como factores del desencanto la muy extendida violencia obstétrica y la medicalización de los partos corrientes, que deshumanizan la experiencia y recaen una y otra vez en la degradación y el maltrato a las mujeres que los padecen.

 

  • Personalmente, me parece escalofriante la idea de dejar a un bebé en la guardería a los cero meses. No soy experta en psicología infantil, pero entiendo que los seres humanos necesitan apego con pocas personas durante un tiempo para poder irse adaptando a las circunstancias del mundo de fuera del útero. Y que ese apego, si es posible, no sea mercenario desde el primer día. Si de no estar nunca con el bebé se trata, entonces apaga y vámonos. No es que sea feminista, sino más bien contradictorio.

 

Pese a que este en gran medida en desacuerdo con la autora del artículo, creo que es necesario que todos los distintos testimonios de maternaje, crudos y críticos, estén ahí, a la luz: hay que dejar de vivir de acuerdo a ciertos mitos televisivos que envenenan y hay que darle publicidad urgente a todos los casos de violencia de género en torno al embarazo. Hay que hacer campañas, necesitamos un movimiento social para luchar por nuestros derechos, entre ellos el de crear nosotras nuestra propia imagen y que dejen de distorsionarnos, maltratarnos y aprovecharse de nuestra experiencia de reproducción para su beneficio. Para empezar, internet tendría que llenarse de historias de hormonas, hemorroides, bragas de rejilla y rebeldías gordas y húmedas como las henchidas compresas del postparto. Y de protestas por cómo nos tratan el personal médico, las parejas, las familias, los espontáneos, etc., a lo largo de todo el proceso.

 

El feminismo es la única esperanza para la maternidad y la maternidad para el feminismo, sostengo. Si no nos ocupamos de las maternidades, las estaremos dejando al albur de los intereses del patriarco-capitalismo, que cometerán con ellas peores fechorías de las que ya han venido perpetrando durante su larga historia, como ya estamos viendo. Y  por otro lado, si las mujeres que paren y/o crían no se sienten identificadas en la lucha feminista porque las ignora o subestima su capacidad subversiva, estaremos sacrificando un enorme potencial de fuerza revolucionaria para la causa emancipadora.

Palabras que dinamitan puentes

Cuidado con ellas, si no se las sabe reconocer son peligrosas y nos cortan las salidas, nos condenan a “lo mismo”.

La palabra, como contorno mental de un fenómeno, nos puede dar la libertad de referirnos a él e intercambiar pareceres, de construir. Nos permite incluir elementos en la nómina del pensamiento y de ahí el diálogo, el empoderamiento, conquistar presencia en lo social. La palabra es entonces territorio y hace revoluciones. Por ejemplo, no es igual un mundo en que se habla de clítoris o violencia de género que uno en el que no.

Pero también puede ser que una palabra funcione como cortina de vapor que condensa unas opciones y una “normalidad”, cegándonos ante las alternativas. Cuando algunas palabras se convierten en moneda de cambio común, y según cómo se usen, se vuelven candados porque no nos permiten ya pensar en aquello que indican sino que tan solo despiertan contextos de uso convencional que se les han quedado pegados. Reaccionamos ante ellas representando guiones, roles. Y en ciertos casos, paralizan. De hecho, en muchas ocasiones cada día, hablamos sin hablar, con el piloto automático, dejando que palabras y frases se vayan extrayendo unas a otras, sin pensar lo que decimos, sin hacer cosas con la lengua, sin ser responsables de ella.

Pero como cuando miras durante mucho rato una cara conocida hasta que empiezas a encontrarla rara, muchas palabras (instituciones mentales) deben ser reconsideradas y desactivado su poder de legitimar como normal lo que quizás no queremos que lo sea.

Hay ejemplos clásicos llenos de veneno que paraliza los miembros, como llamarle “Nacionales” a los “Fascistas”, “dialectos” a las “variantes” (todas) de una lengua o “patria” al lugar de donde uno viene. Otras bombas léxicas serían “tradición”, “mujer”, “hombre”, muchos diagnósticos y todos los gentilicios.

En otros casos se trata de expresiones, como:

¡Paciencia!

Qué le vamos a hacer

Así ha sido siempre…

Es que eso es/se hace de esta manera

Cuando nos las arrojamos a la cara, con mejor o peor intención, estamos dinamitando los puentes del pensar, los hilos que nos unen a nuestra cualidad reflexiva como especie: a la posibilidad de vislumbrar una realidad diferente. (Si ya es así, para qué voy a hacer nada para evitarlo.) No en vano se nos dice también a menudo: son solo palabras. Cuando las palabras, si algo no son, es algo “solo”, porque son mucho y ni siquiera nos hacemos a la idea de cuánto.

Se pueden llegar a oír las barbaridades más sangrantes, que si se han oído ya antes sin movilizar a la acción, seguirán su curso cauterizando cualquier intento mental de revelarse. Funciona como un parlamento oligárquico o un sindicato domesticado, como un revolucionario electo. Me refiero a frases-pan de cada día, tipo:

Cosas de tíos

Esa profesora hace en la clase lo que aprendió ella en sus tiempos, no se actualiza desde hace cuarenta años

Nos gobiernan los corruptos

Todas llevamos una revolución en la boca: somos un horno de cocinar realidades. Es hora de escoger nuestro camino, y empedrarlo andando de aquellas losas que verdaderamente queremos pisar. Basta de arrastrarnos por atajos que ya estaban aquí, y que resbalan.

¿De ciencias o de letras?

Dentro del privilegio de haber recibido formación universitaria, se abre un nuevo compás de desigualdad que añadir al listado: la gente que ha estudiado carreras científico-técnicas —y por tanto puede acceder con más facilidad al trabajo, el dinero y el ejercicio del poder—; y quienes decidimos aprender humanidades y de ahí que quedemos normalmente relegadas a menor poder adquisitivo y relevancia social.

Aquí en la comunidad ibérica migrada, personas con estudios de a partir de tres años relacionados con lo técnico reciben sueldos por valor de en torno a diez veces el salario mínimo interprofesional de nuestro estado de origen. Quienes, sin embargo, somos expertas en las personas y su convivencia y desarrollo en uno u otro aspecto necesitamos largos procesos de convalidación para recibir emolumentos análogos a profesionales locales y, en todo caso, como mucho llegarán a ser la mitad de los de nuestras compatriotas de ciencias.

Los estudios de literatura, pedagogía, filosofía, género, historia, lingüística, sociología antropología, etc. no solo están convencionalmente cuestionados por su tan solo anecdótico valor de cambio en una sociedad capitalista, sino que la confusión rampante ha llegado a consolidar una idea generalizada de sencillez, de que son cosas fáciles que una se saca con la gorra, frente a la reputación que da hacer una ingeniería, derecho, económicas, medicina, o ciencias puras. Quien vale vale; quien no, a letras.

Más allá de los chascarrillos y los “lugares comunes”, esta dicotomía binaria de dos opciones desiguales esconde un problema grave: no conocer ni saber cuestionar los orígenes y las motivaciones de las instituciones sociales a través de las que vivimos nuestras vidas (llámense los géneros, la lengua, la familia, el estado, las empresas, etc.) genera una falsa impresión de que las cosas han sido siempre así, y de que la que conocemos es la única forma de organización colectiva que puede haber. Es decir, no saber humanidades nos paraliza, nos determina, nos condena a no cuestionar lo existente, a no visualizar otras formas de lo posible. Si no sabemos que la ideología que habitamos (que es ideología y no naturaleza ni ese etéreo “cultura”, sin más) tuvo un principio y tiene unas causas, ¿cómo animarnos a construir otras? La economía de mercado, sobre su régimen de propaganda clínico-tecnológica, flanqueada por las religiones patriarcales tradicionales, es una fe que requiere de mucho estómago y muy poco movimiento de seso para ser creída.

Limitarnos a estudiar cómo hacer cosas nos deja agachadas de cogote sobre nuestro desarrollo tecnológico-clínico-militar como un escolar añejo sobre sus sumas. Nos hace feligreses de una religión y un sistema económico y social que beneficia a unos pocos a coste de maltratar a muchas personas. Es urgente e importante que todas las personas de todas las edades y talentos tengamos a nuestro alcance herramientas y motivaciones para reflexionar cada día sobre el acuario físico y mental que nos contiene y da sentido.

Que no sepamos poesía, marxismo, historia de las mujeres antiguas, relaciones de poder, el porqué de la vestimenta, quién es Luisa Carnés, etc., nos hace menos humanas y felices porque nos impide materialmente crear. Desde toda forma de arte a la revolución social: las creaciones de las personas sangran desde una brecha cognitiva, un cuestionar de lo que orbita alrededor y a través del ser que observa y aprehende en un momento determinado su espaciotiempo.

En lo científico-técnico y lo comercial está el dinero, el prestigio, la clave del ser existoso (ay, madre, quién empezaría traduciendo tan mal succesful, que se disculpe ya). En esta y otras playas, sin embargo, bajo el toldo del precariado social, hay palabras cavernosas que esconden relatos de luchas antiguas, leche que se derrama en lenguas del mundo y momentos de gloria infinita como un pan lúbrico y un verso a tiempo. Y así disfrutamos, nosotras, aquí, bañándonos con medusas.

 

Como si nada

Es de sobra conocido que una minoría gobierna y oscurece la economía para que la mayoría sirvamos sus intereses.

Es público y notorio que habitamos un sistema racista que da valores, derechos y privilegios distintos a las personas según sea su color de piel y su origen. (La raza como tal ni siquiera existe.)

Está más que probado que los hombres campan a sus anchas en una lógica y una práctica en que ellos tienen la credibilidad, el poder y la potencia que no tenemos nosotras.

Es meridiana la costumbre empresarial por la que las personas somos tratadas como consumidores y se nos engaña y manipula con el único fin de que gastemos.

Ha quedado clarinete que los estados funcionan como adalides del capital y que, según en qué manos caigan, pueden volverse nuestra peor pesadilla, a través de sus fuerzas represoras.

¿¡Por qué coño seguimos haciendo como si nada pasara!?

Por un poquito de paz, dice Carlos.

Para vivir tranquila, asegura Carmela.

Porque no se puede hacer nada, se ofende Juan Luis.

¿Hasta qué punto es ético colaborar con este estado de cosas respetando el voto de silencio? ¿Qué nos dan a cambio de él? ¿Hasta dónde hay que llegar para que a la mentalidad del opresor que llevamos dentro se le impongan nuestras propias entrañas y la lógica de supervivencia de la especie? ¿Qué paz y tranquilidad son estas en que todas las demás mueren? ¿Es que acaso estáis bien?

No todas podemos ser activistas, dice Nuria.

Bueno. Pero hay tanto ¡tanto! que sí podemos hacer. Desde comprar con conciencia a no exponernos a sus medios de corrosión mental. Desde escuchar historias de la otredad a generarlas. Defender los cuidados, difundir la alegría genuina, vivir en comunitario, defender y honrar lo vulnerable, revisarnos por dentro, llevar la justicia social a los bares, darle voz.

No podremos decir que no se veía venir, que no estábamos avisados. Hagamos algo, joder, mientras tanto, pues se nos va la vida en ello.

Basta ya de comprar

Si para ti…

  • Todo se ha vuelto corto y rápido y precario
  • La cultura es hacer reservas y pagar entradas
  • Los viajes son comprar paquetes y hacer colas
  • Ya no lees, ya no escribes, ya no hay fiestas
  • Tus conversaciones con otras personas son catálogos de quejas y adquisiciones, alternativamente. Ni escuchas ni te escuchan
  • Tu vivencia social de los hitos vitales consiste en meras excusas para comprar y gastar
  • Cada vez que sales a la calle es para producir o consumir
  • Compras mucho que no necesitas y no te detienes a escuchar discursos ecologistas, decrecentistas ni de consumo crítico
  • Consumes los cuerpos ajenos para tu propia satisfacción
  • Te relacionas con tu cuerpo como con mercancía y como tal te dedicas a hacerle branding y un buen packaging  y un montón de selfis

 

Es porque… estás mal de la cabeza. Estamos mal de la cabeza. No tiene lógica que por hacer que siga girando una rueda que nos consume la vida y cuyos beneficiarios son otros, que nos dañan, sigamos comprando y comprando sin cesar, comercializando todos los aspectos de nuestra tierna existencia.

Hazte, haznos un favor a todas las personas y escribe lo siguiente, o similar, en el lugar habitual de tu lista de la compra, tu wishlist o tu taza de Mr Wonderful.

 

  • Vive una vida que merezca ser vivida. A tus horas y días réstales el trabajo para terceros y el consumo innecesario, ¿qué queda? ¿Cuánto placer en bruto?
  • Vive con otras personas: haz comunidad, porque cuando todo lo demás estalle —y estallará— esos vínculos serán lo único que tengamos. Pon en marcha una escalera cooperativa, un banco del tiempo, crea un grupo de autoconciencia, un equipo de fútbol, acompaña… Produce tejido social.
  • Haz. Aprende a hacer en lugar de consumir: haz pan, ropa, muebles. Todo nos hará falta cuando esta economía infame reviente
  • Retoza. Experimenta tu cuerpo y los otros cuerpos. Huele, lame, palpa, saborea. Sé cuerpo y el tiempo y el ansia desaparecerán…
  • Repiensa. Reconsidera lo convencional. Relengua cuando hables y escribas. Juega con la realidad, esta podría estar siendo nuestra última partida

 

Palabras como panes

Somos cuerpos carnales movidos por un ovillo desmadejado de emociones que a menudo se desbordan. Vivimos tratando precariamente de comunicarnos esa emoción unas a otras, de pegar mi hebra con la tuya, de que nos tiren, o no, del hilo, de en-redarnos. Y como a fuerza de domesticación institucional hemos olvidado el lenguaje corporal primitivo (qué delicia verlo en bebés), usamos signos para transmitir nuestros mensajes emocionales, que no son otra cosa que reacciones a los estímulos del entorno y sirven para adaptarnos a él y poder seguir viviendo. Los signos intermediarios de las emociones que somos se llaman habitualmente ‘palabras’ y, como cualquier herramienta destinada a alterar la materia y elaborarla, tienen muchas ventajas, pero también son peligrosas.

La palabra es una condensación gaseosa de significado, y el significado es emoción transmisible, carne con objetivo. Gracias al cómodo y dúctil formato mini de las palabras y su variedad (además de que son relativamente gratuitas), podemos llevar la comunicación a terrenos inusitados. Por la palabra poética impresa en papel o en aire, pueden hacerte viajar al gris húmedo de una tristeza que existió en un muy otro lugartiempo. (Yo no puedo oir ay, amor, sin ti no entiendo el despertar de Serrat sin partirme el alma). Por la palabra-falo que impone el juez, pueden desgajarte en vida, pez boqueando muerte en arena tórrida. Por la palabra-cicuta machacada entre las paredes de casa, pueden asediar tu humanidad diluida en el café de cada desayuno. Por la palabra lúbrica, te hago correrte sobre playas y arsenales.

La palabra, en fin, nos hace libres y fuertes. Nos hace. Es potencia, abre espacios, crea pulpa. Pero cuidado: todo es una burbuja de abstracción. Siempre hay por debajo carne-ancla que rasga y duele. Por más que asciendas por peldaños de palabras, sigues siendo cuerpo necesitado de hacer fluir archivos emocionales. Es fácil olvidarlo. Pero la palabra es solo símbolo, objeto, representación, síntoma, artefacto, y como tal, puede convertirse fácilmente en el dedo al que se mira en lugar del sentido al que este indica. El peligro de las palabras está en creérselas. En darle más valor a la cosa inerte que a la carne lábil. Sobre todo si otros han gest(ion)ado palabras por nosotras y estas no nos han nacido de la carne en pálpito, del cuerpo.

Elena Casado dice que la noción de ‘sentido’ es un taburete de tres patas: implica  ‘significado’, ‘sentimiento’ y ‘dirección’. Pues bien, cada chispa léxica concita, efectivamente, tres movimientos internos en nuestro cuerpo al ser usada o recibida, prendida. El significado es lo que nos han dicho que las cosas son. Ahí se pavonea el poder de la Academia, lOs Autores, los Medios, la Escuela, la Familia…, la Autoridad, en fin, para definir, conceptualizar, imponer su agenda política, inyectarnos su versión interesada y normativizada de los hechos. De este modo, también nos inculcan qué se debe decir, cómo, cuándo y a quién decir. Y a quién no. Y de quién no. El significado de las palabras y, por tanto, de los seres y las cosas, es el programa de estudios de la Escuela del Sagrado Corazón del sistema.

En el sentimiento que se traslada como un tanque de una persona a otra al pulsarse una palabra-tecla fíbrica, nada el currículo oculto de la socialización capitalista-patriarcal que nos han untado a la piel (del derecho y del revés). La emoción que las palabras activan en los cuerpos se ve bien cuando hablamos de nombres propios, si me gusta este o aquel, si una vez conocí una Luisa que era rechoncha y ahora ya cada Luisa que oigo me la imagino así. No se define ni se puede defender, solo se siente, intuye, contiene. También se observa en los medios con las palabras-fetiche que nos arroja cada sector de intereses como si fuéramos contenedores que incendiar: comunismo, Venezuela, liberal, altruista.

La emoción que las palabras ponen en marcha al llegarnos nos lleva a movernos en un sentido, hacemos algo cuando somos interpeladas por la dimensión sentimental que tienen y que conecta con algún cabo suelto en nuestro seno: nos cerramos en banda, nos abrimos a escuchar, nos vamos, nos quedamos, aprendemos, nos adherimos a una causa, dilapidamos a alguien por tuiter, etc.

Hemos recorrido así la rueda completa en la que nos afanamos como jerbos enjaulados: sentimos – empalabramos – hacemos sentir – movemos – empalabramos – sentimos. La liberación política de las individuas pasa por aprender qué decimos, qué movemos y qué hacemos cuando usamos las palabras y, sobre todo, cuando son usadas para/contra/por nosotras. O vamos okupando rapidito nuestros mecanismos de emoción-palabra, o van a seguir cayéndonos, cada vez más, como panes.