Politisía

Escríbeme un texto corto, conciso, no tengo tiempo para leer mucho y quiero llevarme lo máximo a cambio de lo mínimo. Suena a anuncio de supermercado, pero no es eso, es que en este sistema caníbal tanto trabajo sordo ya no me deja tiempo más que para vivir a cápsulas.

El texto ha de encontrarse en la intersección entre la política y la poesía. Exactamente en el centro, bailando. Que esté jugoso y rebose lírica pero al mismo tiempo ofrezca la consistencia de una bala de caucho. Y que apunte directo al ojo de la opresión que nos amansa. Debe hacer estallar neuronas encabritadas como palomitas de maiz en un cazo.

Poesía por lo condensado de sus palabras-perla, que lleven en sí el salitre de muchos mares hecho costra. O por diseccionar fósiles marinos para desnudarlos poco a poco de capas de sensualidad difuminada. Y política… pues porque estamos en guerra, porque nos matan, reprimen y silencian. Porque el privilegio de estar vivas, trabajar y consumir que tenemos no es sino una autopista de cera bajo el sol, que ya se funde.

En el germen bivalvo membranoso donde nace el primer grito, donde florece la carne delgada de la palabra, allí, en la playa de la medusa, politisía.

Lugares ajenos, propios, comunes

Decimos que son comunes, pero no lo son, son ajenos: son los lugares del poder. Clichés, estereotipos, frases hechas. No son riqueza ni colorido lingüístico, pues pueden ser mal y violencia y a veces señalan hacia muerte. Que de las niñas, de los negros, de las bolleras, de los de pueblo, de cualesquiera se diga esto o lo otro cansinamente no es un tópico (lugar) de todas, sino que les interesa a unos pocos que les pongamos ahí. Los mal llamados lugares comunes son lugares ajenos, colonizados, de producción para terceros. Así que yo me piro, desalojo, no me quedo en ellos siendo cómplice de lo que envenena.

Yo me vengo aquí, a la playa y la medusa, a los lugares sin contornos, bordes ni cortes, materias plásticas y maleables, espacios solidolíquidos diversos que nos dejan ser y decirnos en toda nuestra extensión rampante. Me vengo a crear lengua viva de piel y roce que no nos rebane en trozos sanguinolentos para que quepamos en las cajas herméticas de lo patriarco-neoliberal-binario. Aquí creo lugares propios por donde corran aire fresco y flujo vulvar. Y solo desde ahí, desde lo propio, puedo llegar a lo común, a interpelarte. Es mi deseo lanzar llamas de lengua inflamada, húmeda y febril, a los lugares que ocupamos juntas en holganza y amplitud. No porto mensajes de oscuro emisor ajeno.

Desde mi texto me refugio en un recoveco de tu cuerpo. Allí hilamos en común para que las medusas sigan habitándonos en playas transidas por el placer y lo libre, lo que nunca podrá ser colonizado por el interés ajeno. Lo gelatinoso que se echa a nadar desde lo sólido pero nunca termina de licuar.

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Palabras como panes

Somos cuerpos carnales movidos por un ovillo desmadejado de emociones que a menudo se desbordan. Vivimos tratando precariamente de comunicarnos esa emoción unas a otras, de pegar mi hebra con la tuya, de que nos tiren, o no, del hilo, de en-redarnos. Y como a fuerza de domesticación institucional hemos olvidado el lenguaje corporal primitivo (qué delicia verlo en bebés), usamos signos para transmitir nuestros mensajes emocionales, que no son otra cosa que reacciones a los estímulos del entorno y sirven para adaptarnos a él y poder seguir viviendo. Los signos intermediarios de las emociones que somos se llaman habitualmente ‘palabras’ y, como cualquier herramienta destinada a alterar la materia y elaborarla, tienen muchas ventajas, pero también son peligrosas.

La palabra es una condensación gaseosa de significado, y el significado es emoción transmisible, carne con objetivo. Gracias al cómodo y dúctil formato mini de las palabras y su variedad (además de que son relativamente gratuitas), podemos llevar la comunicación a terrenos inusitados. Por la palabra poética impresa en papel o en aire, pueden hacerte viajar al gris húmedo de una tristeza que existió en un muy otro lugartiempo. (Yo no puedo oir ay, amor, sin ti no entiendo el despertar de Serrat sin partirme el alma). Por la palabra-falo que impone el juez, pueden desgajarte en vida, pez boqueando muerte en arena tórrida. Por la palabra-cicuta machacada entre las paredes de casa, pueden asediar tu humanidad diluida en el café de cada desayuno. Por la palabra lúbrica, te hago correrte sobre playas y arsenales.

La palabra, en fin, nos hace libres y fuertes. Nos hace. Es potencia, abre espacios, crea pulpa. Pero cuidado: todo es una burbuja de abstracción. Siempre hay por debajo carne-ancla que rasga y duele. Por más que asciendas por peldaños de palabras, sigues siendo cuerpo necesitado de hacer fluir archivos emocionales. Es fácil olvidarlo. Pero la palabra es solo símbolo, objeto, representación, síntoma, artefacto, y como tal, puede convertirse fácilmente en el dedo al que se mira en lugar del sentido al que este indica. El peligro de las palabras está en creérselas. En darle más valor a la cosa inerte que a la carne lábil. Sobre todo si otros han gest(ion)ado palabras por nosotras y estas no nos han nacido de la carne en pálpito, del cuerpo.

Elena Casado dice que la noción de ‘sentido’ es un taburete de tres patas: implica  ‘significado’, ‘sentimiento’ y ‘dirección’. Pues bien, cada chispa léxica concita, efectivamente, tres movimientos internos en nuestro cuerpo al ser usada o recibida, prendida. El significado es lo que nos han dicho que las cosas son. Ahí se pavonea el poder de la Academia, lOs Autores, los Medios, la Escuela, la Familia…, la Autoridad, en fin, para definir, conceptualizar, imponer su agenda política, inyectarnos su versión interesada y normativizada de los hechos. De este modo, también nos inculcan qué se debe decir, cómo, cuándo y a quién decir. Y a quién no. Y de quién no. El significado de las palabras y, por tanto, de los seres y las cosas, es el programa de estudios de la Escuela del Sagrado Corazón del sistema.

En el sentimiento que se traslada como un tanque de una persona a otra al pulsarse una palabra-tecla fíbrica, nada el currículo oculto de la socialización capitalista-patriarcal que nos han untado a la piel (del derecho y del revés). La emoción que las palabras activan en los cuerpos se ve bien cuando hablamos de nombres propios, si me gusta este o aquel, si una vez conocí una Luisa que era rechoncha y ahora ya cada Luisa que oigo me la imagino así. No se define ni se puede defender, solo se siente, intuye, contiene. También se observa en los medios con las palabras-fetiche que nos arroja cada sector de intereses como si fuéramos contenedores que incendiar: comunismo, Venezuela, liberal, altruista.

La emoción que las palabras ponen en marcha al llegarnos nos lleva a movernos en un sentido, hacemos algo cuando somos interpeladas por la dimensión sentimental que tienen y que conecta con algún cabo suelto en nuestro seno: nos cerramos en banda, nos abrimos a escuchar, nos vamos, nos quedamos, aprendemos, nos adherimos a una causa, dilapidamos a alguien por tuiter, etc.

Hemos recorrido así la rueda completa en la que nos afanamos como jerbos enjaulados: sentimos – empalabramos – hacemos sentir – movemos – empalabramos – sentimos. La liberación política de las individuas pasa por aprender qué decimos, qué movemos y qué hacemos cuando usamos las palabras y, sobre todo, cuando son usadas para/contra/por nosotras. O vamos okupando rapidito nuestros mecanismos de emoción-palabra, o van a seguir cayéndonos, cada vez más, como panes.

Sácate al patrix de la lengua en 12 pasos

Nos están matando impunemente. Y además, al enemigo lo llevamos dentro y se arrastra por nuestra conciencia para borrar sus huellas tras los hechos delictivos. Aunque lo mejor que podemos hacer para que nos dejen de matar es que nos dejen de matar, en nuestros pensamientos, discursos y relaciones debemos darnos prisa para ir creando un espacio simbólico nuevo que no deje lugar a más violencia.

Coge tu lengua y ponla en polvorosa. Salva tu mente de los riesgos del patriarcado de consentimiento. El idioma es el hábito conductual más estabilizado de todos, se vuelve paisaje, medio. Al hilar palabras, tiramos de hebras muy antiguos que abren terroríficas piñatas. Se transmiten mucho sexismo, homofobia, eurocentrismo, colonialismo… violencia, en fin, si no nos lavamos la boca o frotamos el boli antes de usarlo.

Para despotencializar esa violencia, tenemos que reventar la norma lingüística por todas partes con la certidumbre de estar generando espacios mentales de resistencia que florecen en la comunicación con otras gentes. —Nota: esto se puede realizar tanto desde la prerrogativa de la persona privilegiada por su educación (en este caso debería ser obligatorio) como de forma más espontánea desde un lugar de conocimiento no explícito del código.

 

Acciones para despatriarcalizar la lengua, desactivar las violencias machistas en potencia que contiene, limpiarla y darle el esplendor de otro mundo posible, otras relaciones de y con el género

 

1) Los recursos de borrado del yo (es bien sabido que…) sacralizan lugares de enunciación privilegiados sin dejar huella. Siempre da cuenta de tu posición, di quién eres, dónde estás y cuestiona tu sillón y tu cuarto y tus cuartillas

Como activista feminista blanca de clase media, mi opinión es que debemos reconsiderar cómo usamos las herramientas del amo

 

2) Piensa en los géneros tanto en lo morfológico como en su construcción semántica, revuelve y deconstruye a placer

Todxs l@s opcionas/os son válidas para expresarte, que no te pontifique nadie sobre esto, sea quien sea, tu lengua es tuya, como tu mensaje, y las peleas sobre el lenguaje inclusivo son una lija voraz…

 

3) Dale caña a los sustantivos genéricos que no excluyen

Vecindario, pueblo, ciudadanía, alumnado, profesorado, humanidad, personas, gente…

 

4) Las mayúsculas son diacríticos de importancia, de privilegio, de unicidad. ¿Dónde las pones? ¿De dónde las quitas?

Vivamos una Vida sin rey, dios ni españa que valga. Todas unidas protegiendo lo Común 

 

5) Jubila las palabras inoculadas de odio machista. Ni verdulera, ni arpía, ni frígida ni zorra… Pero tampoco mujeriego ni caballerosidad.

Aquel tipo que iba con la señora que hablaba muy alto me abrió la puerta al pasar para mirarme el culo, qué desgraciado

 

6 )Vigila las frases hechas y otras perlas del idioma. No tiras de la cuerda en el mismo sentido diciendo o follamos todos o la puta al río que…

…a rey muerto… rey muerto.

 

7) Mesticea. Insemina tu lengua con semillas llegadas de otros puertos, hazla crecer.

¡Estoy de un lletraferida hoy que no me aguanto!

 

8) Crea. Crea libre.

Yo siempre he sido un poquito revientacosturas

 

9) Reivindica y exprime tus turnos de habla, no te disculpes tanto. De perdonad por esta chapa que os he soltado, a

espero que os haya gustado y hayáis disfrutado tanto como yo

 

10) Inyéctale alegría a tu lengua. No es lo mismo emanar miedo, pereza, cuesta, vale, compro, tele, problema, adelgazar…que

…gozo, todas, colectiva, verbena, cooperar, cuerpa, gusto, placer, vida…

 

11) Sant Jordi, la Feria del libro, las lecturas veraniegas… plantéate este año sumergirte en letras que no vengan desde la posición de poder. Lee discursos de mujeres.

Yo esta primavera me merendaré a Chimamanda, Faludi, Nanclares y Butler

 

12) Habla el cuerpo. Trabaja la escritura encarnada: pon la lengua a sudar, llora lágrimas conjugadas, declina estornudos, moja la pluma en la sangre menstrual y/o menstrúa tinta. Reivindica tu ración de espacio físico y discursivo en lo social desde tu cuerpo y su exultante belleza, sea como este sea.

Escriberir

La casa está limpia y vacía. No hay ninguna mota blanca sobre la alfombra negra. Las migas no acechan, los papeles, los libros, las cartas, los vestidos se han rendido al orden, a la categoría. Hay platos en el fregadero que no duelen, pero no hay camas por hacer ni estancia por ventilar con aire esponjoso del día.

No tengo sueño, he dormido mediobien, gime la cafetera. El infiernófono está lejos y amordazado. (La tecnología solo me quita las ganas de hacer cosas.) No hay dobles ni triples cavidades en mi cabeza, no impera especialmente la tristeza en la buhardilla de mi cuerpo.  Puse la lista de obligaciones-trastos arrumbada, polvorienta y sin fuste, bajo el sofá. Para no verla. Me veo a mí, me repliego, me dispongo a escriberir.

No hace tanto calor como para arrepentirse de estar dentro, tampoco tengo frío, estoy medio a gusto, bien. No estoy tan triste como para que la cara interna del ombligo me absorba hacia los abismos del pesar. Tampoco me siento en modo caballero andante ni me comería el mundo a bocados. Soy niña y vieja. Soy pasajera y revisora del tren. O tal vez lleven mi cabeza en una canasta en el cómodo departamento superior de equipaje. El impulso fluye y me excita los jugos. Me dispongo a escriberir.