La entrevista

Me desdoblo, me veo y considero entrevistarme para saber algo más de mi misma. Una fría madrugada en vísperas del Samhain o año nuevo celta, comiendo copos de avena con leche de avena frente al ordenador, me pregunto unas cosas y me respondo otras. Este es el resultado.

P: ¿Cómo te llamas?

R: ¡Buenas! En realidad no me llamo mucho, me evito bastante y solo me tomo algo conmigo misma si me encuentro de casualidad por ahí y surge el plan espontáneamente.

P: Pero ¿quién eres?

R: La verdad es que siento un intenso desapego por mi nombre, apellido, procedencia, religión, nacionalidad, clase social y gran parte de mi biografía. De hecho, invierto grandes reservas de energía en desechar su influencia sobre el decurso de mis días. Lo que desde luego no soy es todo eso que me hace visible de una cierta manera en el tablero de juego del capitalismo apocalíptico.

P: Vale. A qué te dedicas, pues.

R: A tratar desesperadamente de vincularme. Esto hace que impartir lengua, dar la teta, irrumpir en colectivos, alimentar precariamente este espacio alunizado o escribir a pachas sean algunas de mis actividades cotidianas.

P: ¿Y qué es lo que escribes?

R: Fogonazos, inspiraciones mínimas y a veces rarunas hasta el hartazgo. Claraboyas de lucidez que se me abren dentro del cuerpo mientras friego, tras la visita de Onana o viendo a mi cría jugar.

P: ¿Playa Medusa?

R: Playa es lugar, espacio de resistencia que se abre y abraza. Es otra vida posible. Medusa es criatura abisal. Recoge información de la profundidad y la trae a flote. Playa Medusa es un rincón de la Isla Ternura donde cuerpos vulnerables nos sacamos a colación y, cuidándonos, hacemos por salvarnos. Por salvarte.

P: ¿Cuál es tu técnica?

R: Encontrarme dentro del cavernoso cuerpo nodos de materia estancada que pueden ser diluidos a través de la relenguación de sus hebras. Abrir las pastillas y las nueces para ver qué tienen dentro. Localizar los puntos del dolor y darles nombres nuevos que permitan conjurarlo. Entusiasmarme. Darle algún uso liberador a la lengua tratando de hacer que la delación de sus lógicas intestinas la haga correr como el agua caliente que abre la flor del té de jazmín por entre los vericuetos del fascistocapitalista bigotudo que todos llevamos dentro.

P: ¿Tienes hijos, decías?

R: Tengo libros, miro árboles y estoy criando.

P: Eres, efectivamente, raruna.

R: Menos mal. “Raro” tenía que ver con “escaso”. No querría tener que vérmelas con otra tipa como esta.