Vencerán pero seguiremos sin convencer

Cada día, en algún momento cualquiera, al menos una vez, es seguro que caigo en la trampa: como si tuviera siete años, me consuelo a mí misma de alguna injusticia contándome que cuando las cosas se pongan en su sitio…, cuando se vea quién tiene realmente la razón…, cuando, cuando, cuando… todo se arreglará. Es como la reminiscencia mental de una especie de madre/dios todopoderosa/o que pase lo que pase acabará por llegar a arreglarlo todo. Deus ex machina que me hará reír la última para reír mejor. (Si es que alguien ríe). Y en días como estos en que se quiebran cuerpos vivos contra el asfalto caliente, se les mata, ese demiurgo justiciero acude con su ridículo calzón de superhéroe gringo a decirme que no llore, que al final quienes creemos en la humanidad y la paz tendremos la última palabra.

 

Son tonterías. No habrá tal “juicio final” en que acabaremos por ser resarcidas de tanta ignominia.

 

Quizás sea más práctico decirme a mí misma que la realidad en que vivimos es el resultado espumoso de un choque de fuerzas, un ensamblaje del material de residuo que emana de las fricciones que se producen entre distintos poderes. Asegurarme que si queremos que las cosas ahí fuera se parezcan un poquito a cómo las sentimos dentro, hemos de luchar para imponer nuestra ley. Aprovechemos, ahora que al mercado se le ha escapado por un tubito de escape nuestra capacidad de lectoescritura, algo de tiempo no regulado y las posibilidades de organizarse en las redes.

 

No vamos bien, no convencemos. Pero es que me declaro incapaz de ver por qué ciertas ideas tienen que convencer. Cómo es posible que miembros de una especie tengan que venderse entre sí no ejercer violencia dominadora sobre sí o sobre terceros. Que todos acariciamos el mismo artefacto celular y bacteriano, elástico y poroso, dado en ser llamado “piel” cuando nos llevamos los dedos a la cara. Que todos los niños son el mismo niño. Que a la infancia no se la sacrifica por una riqueza efímera. Que los bebés no deben sufrir por hambre (¿basta acaso ese verbo?). Que ver un gesto de dolor humano sin morir es una patología. Que un grito de pánico de una niña condena a la humanidad entera al abismo. Ni siquiera las palabras que uso expresan nada de lo que siento en el estómago.  La retórica nubla el entendimiento.

 

(Me pregunto por qué seré yo la loca, aquí llorando encharcada en mocos, tecleando sin tino de madrugada, buscando tu condescendencia que me calme —a falta de amor compañero—, cuando con todo lo que sabes de lo que pasa ahí fuera tú sigues a lo tuyo, consumes plásticos sobre plásticos y duermes en paz. Quién está loco, dios mío)

 

Esos argumentos chuscos contra la igualdad de género, esas pobres justificaciones racistoides, ridículos votantes de derecha entre la clase trabajadora, madres y padres que humillan, violentan y abandonan a sus crías a su suerte espiritual. Cómo convenceros de lo que ya ha sido desnaturalizado en vosotros. Ni siquiera esta última frase se sostiene, pues qué es lo natural aquí. Estoy empezando a pensar que la lengua a mi disposición es una trampa laberíntica para ratones con cáncer.

 

Te propones convencer de que las andanadas de género y raza se han puesto ahí para favorecer a algunos y que basta con mencionarlas para que empiecen a tambalearse. Y te dicen que adoctrinas y que tu corrección política oprime y no le deja al personal ser libre.

 

¿Apaga y vámonos?

 

Ya no albergo ilusiones de una apoteosis final en que todo se resuelva. Tengo miedo. Estoy aterrada de que no quede nadie para leer nuestros testimonios. Huellas de amor libidinal, de vida expansiva, de alegría en equilibrio. Testigos livianos de piel estremecida y fosas abisales. Epopeyas de pálpito y pulpa de limón. Temo que ya no quede nadie para saber cómo fuimos, qué nos pasó. O de que quien quede ya no pueda entenderlos. Que ideas como piel, alegría, estremecer, ya las hayan cambiado, ya signifiquen otra cosa. 

Dolor explicado

Traemos al mundo y criamos a la infancia de forma irresponsable. Maltratamos a la gente pequeña, la humillamos, le inculcamos moral de esclavo y pánico al abandono, no la aceptamos como es ni le damos espacio y tiempo para autorregularse. La deshumanizamos. La destrozamos.

Educamos en desigualdad estructural, violencia patriarcal y racismo. Mojamos las madalenas del desayuno en posverdad cada mañana. Dejamos el velo sin rasgar, vivir el día a día en esta realidad es aprender a comulgar con ruedas de molino y hacer como si tal cosa. Nada podrá justificar nunca que los gobiernos ignoren la pobreza infantil. No habrá perdón para el abandono de la gente refugiada y migrante. Vivimos en estados asesinos.

Toda nuestra existencia se basa en hacer como si hubiera un otro al que colonizar/del que defenderse, pero es que cada vez menos hay un nosotros. No hay familia, no hay barrio, no hay sino individualidad consumista. Todo lo colectivo ha sido privatizado y monetarizado. Lo que creemos que es vida social, festividad, cariño… es solo el rédito del interés de algún inversor. Por ejemplo, de nosotros mismos rentabilizando nuestro capital social.

Tenemos miedo a ser porque no nos sostenemos a nosotros mismos y los medios de comunicación nos revientan la mente a pánico. Nos aferramos a mitos cualesquiera porque no tenemos conocimiento auténtico (lo secuestraron) ni sensación de control (vulnerabilidad aprendida). El mal que fabrican los media nos calma, porque nos recuerda que esos estereotipos sobre el otro que habíamos aprendido de una crianza y una educación negligentes son verdaderos. Es verdad que hay un otro y es malo y viene a por mí, ergo, yo, que no sé muy bien quién soy ni qué deseo, soy bueno. Apañada lógica binaria.

Y así se nos pasa la vida.

Me duele mucho. En esta maquinaria de explotación y tortura que habitamos, no sé cómo colocar el profundo amor puerperal en carne viva del que estoy transida.