Taller de gozo de vivir – por una personita de un año

La chiquillería es a la humanidad lo que la poesía al idioma: es imprevisible, rompe reglas, poca gente la entiende y casi nadie tiene tiempo para ella.

Aquí, una vibrante y dulce criatura que ya tiene un año, nos propone unas actividades para que aprendamos a vivir un poco más como personitas (y un poco menos como ratas de laboratorio neoliberal). Solo con ser leídas, ya pueden tener el efecto de rejuvenecernos el alma y arrugar el contrato diabólico que nos obligaron a firmar.

– Siéntete obligada a bailar cada vez que oyes ritmo, y baila

– Explora a placer cada nuevo territorio en que te encuentres, sin vergüenza alguna

– Relaciónate con (casi) todo el mundo desde la creencia de que quieren lo mejor para tu integridad y equilibrio

– Mira bien fijo el dedo que señala, en lugar de lo señalado…

– Registra todos gestos y hasta los mínimos cambios de expresión de las personas más queridas

– Chilla con ganas cuando te alivia

– Ríe y llora con todo el cuerpo

– Estudia bien lo que comes antes de engullir

– Componte una canción propia especial para hacer de vientre

– Métele a la gente los dedos en el ombligo impunemente

– Exige compañía y juego a gritos. ¡Que no te procrastinen!

Hijos y gintonics. Respondiendo a Natalia Haro

Ha sucedido de nuevo. Otra vez aparecemos en entredicho, convertidas en un estereotipo, infantilizadas, reducidas a un tópico, borradas, desoídas… en un medio feminista. ¿Y por qué? Porque decidimos que del coño nos saliese una vida. Lo tenemos merecido, ¡eso nos pasa por madres!

Natalia Haro: las mujeres que parimos y criamos no podemos ser representadas como o una cosa o la otra, como tu analogía de las dos amigas pretende transmitir: o gintonics o sacrificios. Las mujeres, maternemos o no, (sobre)vivimos en una encrucijada de discursos, biopoderes y trampas patriarcales que, entre otras cosas, tratan de deslegitimar nuestra complejidad vital y reducirnos a categorías manejables desde los púlpitos de aquellos de cuyos deseos está el mundo entero puesto al servicio.

En lugar de problematizar las opresiones compartidas, en tu texto se nos adelgaza a un sangriento blanco y negro y se nos invita a seguir una senda de cines, gintonics y carreras profesionales que se parece sospechosamente a los intereses de la ideología hegemónica. Me cuesta entenderlo. Tu saleroso artículo se deja tanto, tanto en el tintero, frivoliza y simplifica tanto, que duele por venir de donde viene.

La mal llamada “crianza natural” no es un movimiento social como lo caricaturizas, Natalia Haro. No es un bloque de prácticas en hilera, no es un club, no hay unidad ni discursiva ni de acción (y no entiendo, de serlo, qué tendría que ver con decir “holi” y “hasta nunqui”, esa parte no la pillo).  Es una amalgama polifónica de reflexiones, rebeliones e intereses de texturas diversas que incluye sus contradicciones y sus tensiones internas. Es una búsqueda, como todas las elaboraciones que desafían al poder vigente. Y esta multiplicidad de voces son una reacción a las violencias machistas y coloniales contra las maternidades que se normalizaron en la segunda mitad del s. XX en el mundo industrializado, no solo en los paritorios, sino también, y de forma más ominosa si cabe por fría y sostenida, en las consultas de pediatría. Por favor, Natalia Haro, no te olvides de esto, que hay gente leyéndote.

Amamantar, hacer colecho, usar pañales desechables, etc., son prácticas independientes y variadas que tienen en común solo un elemento: cuestionar la normalidad dominante en la crianza occidental. Desde el feminismo, desde la psicología evolutiva, desde la teoría del apego, desde el ecologismo, desde el anticonsumismo… —e, incluso, desde el conservadurismo extremo, sí— son muchos los puntos desde los que una persona puede decidirse a tratar de criar de una manera no avalada por la cultura actualmente mayoritaria e invisible.

Y es que la mal llamada “crianza natural” (mejor denominarla consciente, o ¿por qué no?, crítica, pues… ¿qué es lo natural sino lo que el poder en cada cultura define como tal?) no es una nueva hegemonía, no se ha convertido ni mucho menos en norma, no es lo que se hace por defecto en ninguna parte del mundo (por favor, demuestre lo contrario quien así lo crea).

Ahora sí vamos al fondo de la cuestión: en una mano tienes la fuerza de la costumbre, la cultura, la familia y sus preferencias incuestionadas (que suelen reproducir la mencionada tutela médica finisecular del no-lo-cojas-en-brazos-que-se-acostumbra), la industria, el comercio y la publicidad con sus miles de inventos para atiborrar la crianza de trastos y hacerlos parecer necesarios (ojo cuando dices: “la renuncia al chupete” como si hacer a las criaturas llevar un trozo de plástico en la boca no debiera ser cuando menos cuestionado…).

En la otra mano están Carlos Gonzales y otrås especialistas, algunas iniciativas comerciales pequeñas y unas amigas tuyas que quieren abrir el debate sobre cómo ejercer la crianza y te recomiendan cuestionar los métodos convencionales. ¿Que parte es la dominante, Natalia Haro? ¿De qué lado está El Poder? ¿Y por qué entonces sientes tanta ira contra la tendencia que es claramente minoritaria y por tanto más débil? Desde luego nadie debería decirte a ti cómo criar, pero que el diario.es publique un airada reacción contra el cuestionamiento de la ideología patriarconeoliberal en la crianza me parece, cuando menos, un desacierto.

Natalia Haro, coger toda la cultura que desde el pensamiento sobre los cuidados y sobre la escucha de las necesidades de la infancia se ha elaborado contra los mandatos del mercado, hacer un hatillo con ella y tirarla por el excusado me parece un error muy grave. Por salerosa que quedara la frase del wallapop. ¿Desafiar ese mandato que impuso a las mujeres que no amamantasen o que lo hiciesen bajo control médico, que es lo que hace Carlos González, desmontándolo desde la ciencia, lo interpretas como el “must” de la época? ¿Pero de qué lado estas? No entiendo.

Tampoco las cosas que aseguras que dice las he visto escritas por él, ¿nos pasas la referencia, porfa? ¡Y esa retórica de las malas madres que reproduces! ¿Tampoco vas a cuestionarla? ¿También es algo que tiene que ser utilizado y punto, como el chupete?

Estamos todas de acuerdo de que lo que no queremos es que nos exploten y nos releguen, pero lo que hay todavía que encontrar es qué es lo que sí queremos. Y, francamente, tener al mismo tiempo hijås y gintonics sin límite, ni siquiera los dictados por los organismos, por las necesidades del cuerpo chiquitito y del cuerpo puérpero, parece, más que una propuesta feminista, un mensaje publicitario. Mi carrera, mi gintonic y mi libido recuperada. ¿Esto es el estado español de la bárbara desigualdad económica y reacción patriarcal de 2017 o un maldito capítulo de Sexo en Nueva York? 

Y… ¿qué quieres decir, Natalia Haro, cuando relatas que se le dice adiós a la carrera y hola a la casa y la comida sabrosa cuando se materna de forma “natural”? ¿Desde qué clase de privilegio nos hablas? Desgraciadamente, son muy pocas las mujeres en edad reproductiva que hoy en día en el estado español tienen una carrera en lugar de un trabajo o incluso un trabajillo, si es que cuentan siquiera con ello… Pero la pregunta importante es otra: ¿por qué es un trabajo en este mercado laboral necesariamente mejor idea que estar en casa y maternar? ¿Por qué no reflexionamos sobre la ausencia de prestaciones sociales que permitirían cuidar para quien elija hacerlo sin tener que renunciar a ser económicamente independiente?

En cuanto a la epidural, Natalia Haro, no soy una experta ni quiero extenderme, pero te diré que, por supuesto, si hay mujeres que personalmente lo desean y ya que la ciencia y el mercado se lo permiten, deben poder tener criaturas a las que recibir desde un cuadro hormonal modificado artificialmente. Pero es necesario que si se critica a quien opta por un parto no alterado con drogas se dé la información completa sobre los efectos de estas. No ridiculices a mujeres que desean parir desde los cuerpos que son tal como son, no lo hagas. Si no las entiendes, lee más, escucha más, vocifera menos. No contribuyas a normalizar la capacidad de la clínica, tan colonial, de manipular y rentabilizar la vida y las capacidades de los cuerpos vulnerables.

Y dejo de comentar tu texto porque se me ha despertado la criatura. En resumen, en el asunto de la maternidad se entrecruzan todos los discursos que afectan al género, las estrategias patriarcales pasadas, presentes y futuras, además de la imagen social y la materia emocional de muchas mujeres. Por respeto, por salud, porque nos conviene, debíamos pasar por él como por un campo de minas, hilar muy muy fino, pensar muy profundo, escuchar mucho, callar a veces otro tanto y dejar de criticarnos unas a otras tan ligeramente. Cada cual negocia con este sistema invisible de desigualdad violenta como buenamente puede. Hagamos pensamiento y critica feminista mirando hacia arriba, señalando el poder, y no hacia los lados, hacia las compañeras y lo que ellas hacen, pues podemos, aun sin querer, acabar metiéndonos goles en nuestra propia portería.

Natalia Haro: dile a tu amiga que la quieres y la echas de menos, encontraos, hilad juntas, o separaos, que quizás el momento haya llegado. Pero déjanos criar en paz como nos sale de la entraña uterina a las que no oímos tan fuerte la llamada del trabajo ni del gintonic. Te aseguro que no hay ningún experto de best-seller ni ningún cristiano en nuestro útero (quizás, precisamente, por eso sea tan importante silenciarnos).

Eldiario.es: si vamos a hacer discurso sobre maternidades, por favor que aporte conocimiento y perspectiva. Que sea liberador y no nos venda al diablo del mercado por una triste bebida de moda. Y aseguraos de que aparezcan lås niñås y sus necesidades por algún lado, pues también es de ellås y su bienestar de quien se trata.

3 palabras-trampa por las que se nos escapa la vida

Si Todo El Conocimiento tuviese que reducirse a una sola cita literaria, yo elegiría esta de Lewis Carroll:

“Cuando yo uso una palabra –insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso– quiere decir lo que yo quiero que diga…, ni más ni menos.

–La cuestión –insistió Alicia– es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

–La cuestión –zanjó Humpty Dumpty– es saber quién es el que manda…, eso es todo.”

 

Y es que lo realmente importante no es tanto lo que las palabras (sí, esas que estructuran nuestro pensamiento, nuestras emociones y relaciones sociales) denotan, es decir, “significan oficialmente”, sino qué connotan, qué circuitos activan al ser usadas, qué efectos tienen en nuestra psique, nuestro espíritu, nuestra materia corporal. Qué nos imaginamos al visualizarlas y qué frutos fertilizan al posarse en un surco abonado de nuestra mente. Esa capacidad de movilizar de las palabras está a veces secuestrada por fuerzas de lo oscuro que nos mandan la vida desagüe abajo y de las que es preciso liberarse, relenguando.

I

Por ejemplo, la palabra carreraHemos dejado de hablar del empleo o el puesto de trabajo para hablar de “mi carrera”. ¿Qué consecuencia inmediata trae esto?  Que la profesión deja de tratarse de algo que tengo-que-hacer-si-quiero-comer, con la que tengo una relación más o menos conflictiva (y en ese espacio de negociación se nutre la dignidad, pues nos permite seguir siendo personas aparte de trabajadoras), y que representa únicamente una porción de mi tiempo y mi identidad. El trabajo (que viene del latín tre-palium, un instrumento de tortura con tres palos) ocupa una parte del día y después termina, es un compartimento, una parte de la vida. La carrera, sin embargo, es la vida. Transmite la idea de pista que se desenvuelve frente a mí, por la que he de ir corriendo, coleccionando hitos, que me acerquen más y más a la cima del éxito. El trabajo es uno de las diversas esferas de mi estar en el mundo, sujeto a visicitudes y solo a veces en armonía con mis proyectos e ilusiones; por contra, la carrera es subjetividad, da cuenta de mi valor de cambio y se convierte en la fuente de legitimidad de mi existencia.

El problema de esta visión es que deja fuera adrede todas las realidades socioeconómicas que podrían hacer que la vida laboral/profesional de una fuese inestable, cíclica, irregular o incluso inexistente. Al identificar el trabajo asalariado con la esencia misma de la vida y negar la posibilidad de que los logros o fracasos profesionales puedan depender de factores ajenos a la propia voluntad, se consigue que la humanidad se autoimagine silenciosamente como fuerza de labor autoexplotada, desempoderada, desactivada. Si algo va mal es porque yo no estoy cuidando mi carrera lo suficiente: ese es el mensaje. Trabaja más, piensa más en el trabajo. Neoliberalismo puro y afilado.

II

Otro término que me rechina es el de mujer independienteque tiene algo de oxímoron. No es necesario abundar en lo crucial de que las personas no sean sometidas unas a otras por vía de la dependencia económica, de ahí que consejos bienintencionados nos insistan en que trabajemos para no depender nunca de un tío. Y dicen bien. Sin embargo… ¿qué imagen dibuja esta expresión? Una mujer sola, volcada en su carrera, con poder de consumo, que en algún momento quizás querrá tener marido e hijos. De nuevo todos los elementos que alimentan la rueda del capital: individualidad, consumo, poder. Pero es que la individualidad es una fantasía. No funcionamos atómicamente, sino en comunidad orgánica. El grupo y los intercambios no interesados son necesarios para nuestra salud mental, espiritual, física.

Por tanto, hablemos mejor de personas autónomas (del griego “de propia ley”), para así señalar que rompemos con  las estructuras de la familia patriarcal jerárquica, con esposas y vástagxs como anexos de un varón sustentador, pero sin dejar de lado el universo de lo relacional, los cuidados, las vulnerabilidades y las dependencias que, queramos o no, son lo que existe, lo que nos hace desarrollar la vida en condiciones saludables y salvaguardar la dignidad.

III

Tanto en la carrera y en el mercado, en la vida cultural y en las relaciones se dice mucho ahora que actuamos bajo el influjo de la  libertad. Pues mira, no. Últimamente, cuando alguien usa esa palabra en un debate sobre prostitución, alquiler de vientres, princesismo, migración… o cualquier otro tema candente relativo a cómo tratamos a los cuerpos, me imagino a la persona sobre la que se habla, con sus harapos, sus pañales, comoquiera que ande por el mundo y cualesquiera sean sus circunstancias, sentada en un pequeño trono, con una corona de chapa, disponiendo a derecha e izquierda sus caprichos a una pequeña corte que corre atorada a cumplirlos indefectiblemente.

El refugiado era libre de dejar su país. La maltratada eligió libremente volver con él. Las niñas quieren ir vestidas de rosa. Nadie. Le. Puso. La. Pistola. En. La. Cabeza. Pues mire, sí. La pistola en la cabeza se llama cultura, contexto, presión social, falta de opciones, ignorancia, desigualdad sistémica, indefensión aprendida, hambre, necesidad. La necesidad le arranca las patitas a la libertad de cuajo. Cuando no hay opciones o estas no son conocidas o están silenciadas: no, no hay libertad.

Ya vale de frivolizar. El uso derechizado de este concepto es de una crueldad pasmosa. Asumamos que la palabra nos la han robado. De hecho es que está incluso en el nombre del sistema injusto en que vivimos que imposibilita, precisamente, el acceso a la libertad ontológica para muchas personas en beneficio de otras que fabrican su poder a costa de masas desempoderadas. Hablemos para nuestras luchas de emancipación (del latín: quitar de las manos), una herramienta que visibiliza la opresión y permite, por ello, la ilusión (previa al hecho) de revocarla.

Imaginarnos a nosotras mismas como muñecas de papel troqueladas, recortadas del librillo, con una carrera que coronar y muchas elecciones libres por delante es una falacia. Es falso. Es una oración que nos hacen memorizar porque no les beneficia más que a ellos, a quienes nos sacrifican como astillas a las hogueras de donde emana, gaseosa, la aparente legitimidad de su dominio. Basta. Barramos como hojarasca las palabras-trampa para lograr vernos como lo que somos: criaturas desnudas y tiernas cuya ambición máxima es vivir acurrucadas y en equilibrio con el ambiente y los recursos del entorno del que formamos parte.

 

En próximas entregas:

  • La moral no es solo cristiana
  • ¿Es Hitler El Mal?

Lo uno muere sin lo total

Estoy triste porque soy analfabeta de lo colectivo y sufro por inadaptación al medio social. Soy frase diseccionada a escalpelo en la mesa del gramático sin conciencia de ser parte del gran texto, me educaron para enunciar y habitar el mundo desde lo uno y no se interesaron en habituarme a pensar en lo total.

Me enseñaron a sacar buenas notas, pero no a resolver conflictos y a crear un ambiente de grupo donde todos crezcamos y aprendamos.

Me  formaron para reivindicar mi espacio personal y mis derechos individuales, para expandirme, pero no para comprender profundo que se puede ver el mundo desde otras posiciones y proteger los derechos de otras personas que se puedan ver comprometidos, para plegarme.

Me instruyeron en el contra, no en el con. En el yo, nunca en un denso y jugoso nosotras. En salvar del naufragio lo propio frente a hacer florecer lo diverso. En darle más cancha a un trozo de lágrima o de sudor propios que a la primavera que irrumpe fragante, chulapa, en la plaza de lo común.

Por eso ahora sé asearme, hacerme con lo material que “necesito” “para” “vivir” cada día (bien pertrechada de trajes, papeles y verbos, oculta y gacha tras ellos) sé sacar lo positivo de relacionarme con otras personas, sé competir, sé polemizar, sé luchar, sé ganar.

Pero en verdad no gano.

Porque no sé ser parte, no sé cuidar, no sé ser cuidada, no sé reproducir ni descansar -porque lo uno solo nunca da abasto-, no sé hacerme transparente cuando lo importante no es mi ego, no sé abrazar, no sé licuarme entre el gentío, carezco de habilidad social, no soy un ser interdependiente ni un animal gregario.

Cuando vengáis a por nosotras en el ataque final nos encontraréis solas y desarmadas, en triste posición de guardia, poniendo pucheros y sacándonos un selfi, por si acaso.

Sensualidad

Cuando por un descuido, para ayudarme a ponerme algo, o por cualquier otra razón, me rozas con las manos, siento un escalofrío de placer que me sacude desde el cuero cabelludo hasta las plantas de los pies, pasando por las corvas, la cara interna de la tripa, los pezones  y mis ahora despiertos conductos galactóforos.

Eres mi amiga, mi madre, mi amigo, mi (des)conocida, mi hijo… no importa quién. No quiero tener relaciones sexuales contigo, no me excitas genitalmente ni me interesas a ese nivel. Pero tu piel en la mía comunica un importante mensaje: soy una presencia positiva, estoy cerca y quiero tu bien. Entonces mi piel te recibe y genera una oleada de vivo placer. Me gusta deleitarme en él reavivándolo en la memoria, sacudir los hombros y reactivarlo con el roce de la ropa o la melena, sacudirme de gusto y volverme de nuevo cuerpo principalmente sintiente de niña chica o animalillo rezongón. Tan solo unos segundos de pálpito vital robados a esta farsa descorporeizante que habitamos con pena.

Hay que abrir espacio en la lengua/realidad y en la conversación/vida para que mane y fluya ese placer corporal que el contacto ajeno genera. El diálogo de las pieles está sepulto bajo toneladas de sexo patriarcado, manipulado, sacrificado y extorsionado como juego de poder y poses taxidérmicas, lejos de lo que nos hace humanas. Lo hueco entre nosotras genera lugares anchos como la banda ancha y ese gran vacío lleno de aviones de guerra, botes de champú e información en bits. Y duele porque falta piel.

Desde un sensual puerperio, relación madre-bebé vivida desde la piel con piel que se eriza; el olor de canela, vainilla y pimienta del cuerpecillo; el calor y tantos besos; las dulces canciones guturales… reivindico que a nadie le acometa la sordera de caricias. Que nos nutra el escalofrío de amor. Trata de conseguir uno esta tarde, te harás sin duda portadora del gustito y comenzará la revolución.

Se hace saber

…y apareció la pregonera, que dijo:

Por ordeeeen

de mi poderoso coño

se hace saber…

  • Los primeros tres meses de embarazo es muy frecuente que haya que sobrellevar náuseas constantes, dolor de pechos, fatiga y otros síntomas que pueden consumir toda tu energía diaria. Al mismo tiempo, tienes que fingir que no pasa nada por miedo a perder un contrato u otras oportunidades —mientras escuchas y lees por doquier que las primeras doce semanas es  muy fácil que el embrión muera—. (Y también mientras la gente alrededor va conjeturando  a tus espaldas sobre tu estado.) Tortura.
  • Las embarazadas necesitan sentarse en los autobuses y el metro desde el principio. No ya tanto por el peso que cargan, sino por paliar el impacto de los frenazos, el miedo a caerse y a los golpes en la tripa.
  • La recién parida existe también después del parto. Existe y sangra. No vengas con un body de regalo a hacerle fotos al bebé con flas. Ella está exhausta, confusa, dolorida y muy necesitada de tu comprensión, tu interés, tus cuidados y ¿por qué no? un detallito que la ponga contenta. La diferencia para su sensible estado puede ser enorme.
  • Criamos desde nuestras tripas, tu opinión sobre cómo lo hacemos sobra. No presupongas que lo haremos como tú quieres. No dañes aun sin querer. Calla, observa y ayuda.
  • (El detallito puede ser un libro, algo de cosmética natural o, mejor aún, una enorme lasaña casera.)
  • Amamantar es como hablar: una capacidad natural que requiere de un aprendizaje social. Hoy en día son millones las lactancias maternas abortadas por desinformación y falta de apoyo (cuando no mentiras deliberadas desde la profesión médica: no hay mujeres sin leche). El problema es que no vemos a bebés mamando, y cuando nos llega el día, no sabemos dar de mamar. Pon una teta en la calle, mira las tetas jugosas de tu alrededor.
  • Es un crimen echarle colonia química a los bebés. Su olor natural es de los más hermosos y reconfortantes que hay sobre la tierra.
  • “No se vaya a acostumbrar” no es un criterio. No te vayas de vacaciones dos semanas, no te vayas a acostumbrar.No camines con muletas porque tengas una esguince, no te vayas a acostumbrar. Los bebés necesitan cosas que pueden no coincidir con tu interés inmediato. Unos meses de tu vida sin que este sea prioridad no van a hacerte más daño del bien que estás dándole a tu cría.

Menstruación, (anti)concepción, embarazo, parto, puerperio y lactancia son procesos de los cuerpos leídos como femeninos que no tienen suficiente espacio social. Se viven desde la sombra, sometidos a la humillación y la violencia del desconocimiento y las falsas creencias.

BASTA.

Hazles hueco en tu vida y el mundo a los úteros que se expanden y contraen, a las tetas que gotean leche, a mujeres, lunas, crías, hormonas…, vulnerabilidades que no son, al fin y al cabo, sino los fluidos y volúmenes en que vive el amor humano.