Apuntes contra el terrorismo de la imagen corporal

descargaLa vergüenza que sentimos de nuestro cuerpo ha sido manufacturada. Nos han convencido de que hay una forma en que se debe ser y por tanto han demonizado las diferencias respecto a esta imagen única. Como no nos gustamos, compramos para tratar de llegar gustarnos. Pero nunca lo conseguimos, en una espiral sin fin de gasto y autoodio. Si todo ese dinero que tiramos anualmente en la industria de la “belleza” nos lo dieran de una tacada… ¿qué haríamos con él? Y, mejor aún, si lo retiráramos de la rueda dentada del capital, ¿qué ocurriría?

Dónde ponemos el dinero equivale a dónde ponemos la energía, y por tanto lo que compramos refleja nuestras creencias (o carencias). Seguramente haya algunos artículos de autocuidado que produzcan una satisfacción genuina, pero… ¿cuántos de los muchos que adquirimos cada año? El resto, nos mandan un mensaje de nuestra parte: no eres/estás lo suficientemente buena.

Y cuando crees que no eres suficiente, cuando tu presencia corporal te produce vergüenza, cuando te cortas mentalmente en pedazos, no te consideras merecedora de procesos ni puestos que impliquen poder. Tu desprecio a ti misma te hace alejarte de la posibilidad de gobernar tu vida y aspectos de gestión comunitaria.  La vergüenza, el asco que sentimos de nuestro cuerpo han sido manufacturados para que no aspiremos a ejercer poder ni siquiera sobre nosotras mismas. La frase soy suficiente y no necesito eso encierra una descomunal potencia de subversión.Raise the Roof: Cal Shakes 40th Anniversary Gala

Se ha conseguido que nuestra identidad se base en trampas externas, como los estereotipos de género, edad y este terrorismo corporal de las multinacionales ante el que tan laxamente vegetan los gobiernos e instituciones educativas. Que esto es un fenómeno de autoodio masivo, que estamos en guerra contra nuestros cuerpos es un hecho, de ahí la violencia contra el propio y el ajeno, de ahí los trastornos de la alimentación, el estigma.  Y sin embargo, toda persona debería gozar del derecho a ser un cuerpo respetado, y a conectar con otras (ser amada).

A continuación, 10 propuestas de Sonya Renee Taylor para frenar la invasión de la tristeza y el odio:

  1. A la basura con las revistas y otros soportes de mensajes tóxicos. (Estamos literalmente pagando para que abusen emocionalmente de nosotras.)
  2. Vigila cómo hablas de tu cuerpo y de los ajenos (porque tu cuerpo está escuchando). No te hables sobre tu cuerpo peor de cómo hablarías a tu mejor amiga sobre el suyo. Tanto la vergüenza como el amor radical al cuerpo propio son contagiosos.
  3. Revisa tu mentalidad: tu cuerpo no es tu enemigo. De hecho, tu cuerpo trabaja a tu favor cuando de sanar una enfermedad se trata, po rejemplo. ¿Qué tiene de útil estar en guerra contra mi cuerpo?
  4. Crea un mantra para combatir las voces de la vergüenza en tu interior. A base de repetirlo, cambiarán los patrones de evocación neurológica.
  5. Olvida el pensamiento binario. No somos lo uno o lo otro:  bellas/feas, éxito/fracaso, hombre/mujer, blanco/negro. Necesitamos apreciar el espectro completo para llegar a ser seres humanos en todo nuestro potencial.
  6. Explora el terreno: conviértete en la mejor experta sobre tu propio cuerpo a través de la práctica de la reconexión y la intimidad con él.
  7. Ponte en movimiento.
  8. Escribe una nueva narrativa desde ¿por qué no? lo “feo”.
  9. Vive en comunidad. (Los microorganismos que crean la enfermedad no sobreviven a la exposición)
  10. Date tregua y disfruta del viaje al amor radical hacia ti misma.

 

(Apuntes del webinar gratuito que da la autora aquí)

Acariciar/limitar/humanar

IMG_0643En ensayos sobre crianza se asegura que aprendemos a conocer los limites del cuerpo que somos a través de las caricias que se le hacen a nuestro yo-bebé. Quien nos materna entonces nos vuelve cuerpo, en la medida en que le da límites a nuestra materia, la hace diferenciarse del resto del mundo, que se expande indiferenciado, interminable, peligroso por nuestros cuatro costados.

Las criaturas de días y meses tienen miedo a la indefinición, a perderse en ella. Hacen a menudo como si cayeran, con los brazos en alto y la mirada de susto, cuando en algún momento no se sienten suficientemente acogidas, contenidas, limitadas en el espacio. Para poder vivir y crecer seguras necesitan piel, manos, caricias constantes que les den forma y con la forma entidad (ser) e identidad (ser que se repite en el tiempo, ser sostenido).

Acoger, sostener, acariciar, contener, limitar, piel

En este mundo que tenemos tan feamente montado, no son modos de relación que practiquemos, fuera de lo puramente sexual, donde posiblemente tampoco. Lo sexual deviene a menudo coliseo de luchas de poder genérico e identitario, pocas veces dejará paso a lo tierno, lo blando, la celebración extática de lo vulnerable, el canto coral de las dermis primitivas, la piel cruda.

Cuando somos grandes ya hemos (en principio) aprendido los límites de nuestro cuerpo, pero seguimos necesitando las caricias, el contacto, para ser en el tiempo, para seguir siendo. Duele profundo pensar que por Sistema hacemos como si no fuera así. Sin pielconpiel, sin piel, ergo, sin límites, somos pegotes de masa indiferenciada, interminable, peligrosa. Por eso no nos cuidamos el cuerpo y nos forzamos a vestir roles dentados que filetean nuestra carne. Por eso trabajamos sin parar para alimentar la máquina. Por eso votamos mal. Por eso estamos atrapadas en el ciclón energético de producción-consumo. Por eso no luchamos por lo nuestro. Porque hemos perdido la piel-límite.

Aunque, por otro lado, si pensamos en ello a la luz de las crianzas de moda de las últimas décadas con las que nos han martirizado (no lo cojas que se va a acostumbrar/ ese ingente vacío entre cuerpo criado y cuerpo criador rellenado con mercancías/ la tutela pediátrica de quienes crían, que está a su vez tutelada por lo comercial) no sé si acaso nunca en realidad nos acariciaron lo suficiente para que nos creciera el límite. Y trágicamente llegamos a lo adulto sin piel, como si hubiéramos llegado con piernecillas blandas para no poder caminar porque nadie se ocupó de ayudarnos a aprender cómo.

Es un gesto tan revolucionario, acariciar. Hoy voy a intentarlo, me come la vergüenza, pero ahora sé que ahí es de donde arranca mi aporte para un mundo futuro en que lo que sí es humano se convierta en lo normal.

Estado de emergencia afectiva

Afrontémoslo: vivimos una crisis de los afectos que nos está llevando a perder de vista ciertas cosas importantes, como que somos, en esencia, un troquelado de piel urgente seguida de carne temblorosa y lábil. Ahora mismo pueden pasar semanas sin que nadie nos toque, y eso es trágico. No mimamos nada, abrazamos y besamos por vacua cortesía (a veces son dos duros golpes de pómulo, los besos en los carrillos). Nos dicen que nos queramos a nosotras mismas, pero nadie nos dice que nos quiere. Casi nadie, fuera de algunos clichés jolivudienses. Y luego esas tías lejanas, primero, y tíos jetas, después, que vienen a exigir que les besemos.

Fríos y acartonados avanzamos a tientas por la vida-híper, producción-consumo, producción-consumo, círculo de hielo por el que deslizarse sobre cuchillas, chorros gélidos corren entre un cuerpo y otros, fosos con alimañas entre los sujetos y sus deseos-de-verdad: pulsión de caricia y apego liberador.

Así, acurrucados en un rincón, despellejados por falta de contacto humano, no nos atrevemos a salir a abrazar, miedo, vergüenza, inconveniencia, y tratamos de sublimarnos fabricando en el laboratorio clandestino de la mente derechos espurios: derecho a comprar cuerpos de niños y niñas, derecho a alquilar cuerpos de mujeres y jóvenes empobrecidos.

Ni un día más en que se nos considere objetos de consumo. Varones hegemónicos, cuerpos que arrojan cuerpos a la voracidad dentada del mercado: tocaos, abrazaos, disfrutaos como pieles sensibles que también sois. Alejad vuestras zarpas polares de nosotras que, entre tanto, estamos volviendo a aprehendernos desde la piel. La revolución de los afectos ya es un rumor que crece desde las mesas camilla a las plazas de la ciudad global.

Perfecta

En las críticas que hacemos a los medios de comunicación y la industria de la ropa sobre los cuerpos que representan (que deberían ser más y más contundentes y proactivas), hablamos de ese ideal de perfección estética que nos imponen. Solemos protestar porque en esta cultura, si queremos ejercer algún poder, tenemos que lucir como las modelos de cuerpo perfecto, o si no, patada en el culamen celuloso. Nos quejamos de que nuestras imperfecciones no tienen cabida en su mundo de muslo mínimo, melenaza y bisturí.

Hay algo que me chirría. Si nos referimos a esas antirepresentaciones de las mujeres como “cuerpo perfecto” estamos asumiendo y por tanto reforzando la idea de que es así como los cuerpos “tienen que ser”, aunque por otro lado añadamos la posibilidad de desviarnos de la norma. Me explico: si crees que la katemós de turno tiene efectivamente un cuerpo perfecto, no estás criticando en realidad el dispositivo de guerra contra nosotras que esas imágenes conforman.

Propongo verlo desde otro ángulo: eso no son cuerpos perfectos sino modelos patriarcales para la disminución y masculinización del cuerpo de la mujer (en singular, como construcción abstracta). Esos huesos largos y ese pellejo no son (necesariamente) bellos. Languidez, artificio, hipérbole pectoral y reducción abdominal… no tienen que ver con la hermosura.

Un cuerpo bello a rabiar (por ejemplo el mío. O el tuyo) es el que se expresa en un código personal descifrado en el desempeño de sus propias funciones.  Es decir, un cuerpo que retoza satisfecho en su misma corporeidad. Textualidad rica y jugosa de carne y palabra pulsátil. Un cuerpo que desvela su mensaje en asalto a tus sentidos.

Critiquemos (¡mucho!) a esos otros cuerpos malignos de tinta, píxel y cuchillo. No los llamemos perfectos, no lo son.

Los coñocuerpos

Salgo a la calle y los veo corriendo para dar abasto, columpiándose sobre incómodos tacones, acorazados, disfrazados de otra cosa que sí mismos, escondiendo sus hechuras, sus verdades, conduciendo defensivamente, doblados cargando bolsas, increpados, agarrados, escrutados. Solo a veces los veo retorcerse de risa o abrazando.

En los medios de comunicación los veo expuestos o censurados, difamados, manipulados, recortados, troceados, usados, resemantizados, violados, masacrados, agredidos, muertos, enterrados. Casi nunca los veo empoderados, en expansión, siendo.

A los de mi entorno nos veo faltos de caricias, explotados en trabajos infames, extenuados de arrastrar obligaciones, comiendo mal, depilados con dolor y gasto, maquillados (rímel corrido), torturados (dietas como tenazas-estética al rojo vivo-industria textil o silla eléctrica), comparados compulsivamente, comprando en el mercado de la tristeza, pagando, dando, y dando, y dando.

Hola, somos cuerpos con coño, y nos están oprimiendo.