Esencia de mujer, esencia del capital

Desde algunos discursos feministas, se acusa a otros de mostrarse “esencialistas” respecto a la identidad de las mujeres, de aferrarse a ella y no permitir que el género reviente convenientemente como le correspondería al feminismo en la fase avanzada (y mistificada) del movimiento que estamos viviendo ahora. Igual que cuando se acusa al feminismo de “moralista”, hay que ver si el insulto se sostiene cuando lo miramos de cerca, y además seguir el dedo de quien acusa hasta llegar al brazo teórico que lo mueve, para ver qué intereses respalda en realidad ese acto de presunta difamación.

Los hombres y las mujeres son dos categorías artificiales, culturalmente construidas, sobre un continuo de realidades hormonales, genitales, corporales, psicológicas y socioafectivas que tienen más de caleidoscopio sexual (García Dauder) que de realidad naturalmente dicotómica. Separar la lectura social de las posibilidades de expresión de la sexualidad humana en tan solo dos opciones es una violencia, que responde a intereses socioeconómicos obsoletos y que debe ser sin duda contravenida. Desde este punto de vista, el objetivo del movimiento feminista entiendo que es, en consecuencia, la abolición del sistema sexo/género como agresión segregadora que sirve para legitimar la explotación de una de las dos categorías de lo binario (la posición social femenina) por parte de la masculina reinante, que queda a su vez sujeta por la estructura y es orientada por la pedagogía sistémica a fines de explotación, guerra, y dominio de los seres subsumidos.

Han sido ya varios los momentos del feminismo en que se han producido cismas entre teóricas y activistas que querían priorizar lo urgente y quienes consideraban más útil dedicarse a lo importante (en términos de Sendón de León). Visto así, es fácil encontrar las dicotomías clásicas como igualdad/diferencia o abolicionismo/regulacionismo (aparte de forzadas y falaces en ocasiones) como un continuo de luchas en que cada estrategia política se orienta, o bien a resolver el problema de forma inmediata, o a contribuir a más largo plazo con vistas al objetivo final. Ambas posturas deberían poder dialogar si la actitud vital de base es la misma.

Por otro lado, la cuestión de las identidades. Debemos siempre sospechar de ese concepto (que lo carga el diablo) y pensar si somos “algo” como “identidad de salida”, en origen, como cualidad inmanente de nuestra sustancia, o si cuando abanderamos la identidad de “mujer” lo hacemos como “identidad de llegada”, es decir, como aquella forma en que somos entendidas. Identidad que no reside a nivel de las letras que forman el texto que somos (y que no es idéntico sino a sí mismo y por tanto carece de relaciones de identidad) sino en la forma en que las estructuras sociales permiten leernos, en los usos interpretativos del entorno. O sea: si muchas de las que tenemos úteros hacemos activismo desde un “mujeres” porque así nos clasifican en sociedad, y a sabiendas de las limitaciones del término, no es porque representemos una cualidad esencial del mismo ni porque este se acabe en nosotras, sino porque la palabra nos permite otorgarle valor colectivo y político a nuestra problemática común. Porque sin él somos masa informe y desagregada.

Es una lucha urgente la del activismo trans por la plena habitabilidad de la vida de las personas que transitan entre géneros. Las discriminaciones y opresión contra la gente trans deben ser, además, desafiadas desde el feminismo, como movimiento que aboga por la alegría de la diversidad frente al fascismo del Uno poderoso y fagocitador.

Sin embargo, aparte de la riqueza que aporta el enfoque transfeminista a la batalla por la diversidad de cuerpos, narrativas y realidades, no debe perderse de vista el enfoque de género para leer la cultura, las famosas gafas moradas de que el feminismo nos proveyó en otras etapas. Avancemos integrando, diría, no quemando los campos al pasar.

Las vulvas, los úteros, los ciclos menstruales, los embarazos, los partos… suceden en cuerpos vulnerabilizados y muy frecuentemente vulnerados por la cultura misógina y sus mercenarios. De ahí que el significante “mujer” deba, sin duda, cuestionarse por todas partes y criticarse desde todas las perspectivas (aunque sin ir demasiado rápido y asumiendo que todavía tiene el valor político de generar identificación y potencial de lucha, véase sino el 8M). Sin embargo, hay una trampa: poner en solfa el término “mujer” y su extensión no es razón para silenciar, de nuevo, cuerpos vulnerables y sus realidades. Vincular, sumar, crecer por las dimensiones de lo trans no puede significar invisibilizar coños ni escatimar maternidades.

Un espacio transfeminista no puede vetar la ginecología autogestiva en nombre de querer evitar un supuesto “esencialismo”, porque eso es (re)silenciar coños. Y la liberación no puede ser a cara o cruz, o tú o yo (y gano yo), la liberación tenemos que inventarla juntas para una nueva realidad que nos acoja, por fin, a todas.

Es cínico acusar a las enfermas de endometriosis de transfóbicas por reproducir la idea de “mujer” en sus discursos porque si no se hace, queda borrado (otra vez) el sesgo de género de la medicina patriarcal, que el feminismo ha evidenciado y que es la razón por la que esas personas sufren, y luchan.

No se nos puede obligar a hablar de “persona embarazada” en lugar de “mujer” porque sin el entramado de violencias misóginas que impregna la sociedad no se puede entender la violencia obstétrica y perinatal, y por tanto nos dejaría (de nuevo) indefensas .

Los úteros en su dimensión carnal y simbólica son expoliados económica y culturalmente por sistema. La lógica económica depredadora que habitamos basa su éxito en naturalizar la gratuidad de la reproducción social. Por ello desvaloriza simbólicamente a sus responsables (lo que previamente ha construido como posición social femenina) para perpetuar el engranaje de la dominación. Y es que esos úteros cuyo peso político revindicamos resultan venir in-corporados en personas. Y estas personas a veces conciben, gestan y paren. Y cuando lo hacen, llegan al mundo otras personas, que dependen física y psíquicamente del cuerpo, la presencia y el cuidado de quienes las parieron. (Lo cual se me podrá discutir con meras opiniones, pero no hay evidencia de que las personas nacidas puedan desarrollarse plenamente saludables psíquicamente si se resquebraja el vínculo con el cuerpo del que provienen; de hecho, véanse a Leboyer, Odent, Olza, etc. para estudios que muestran lo contrario.)

No conozco a ninguna feminista que esté contenta con el papel que le ha reservado el patriarcado en ninguna de sus fases. Todas cuestionan, en mayor o menor profundidad, las construcciones sociales en torno al género que dilapidan las posibilidades de una vida completa, apacible y en salud psicosocial para todo el mundo. No abogan por ninguna “esencia de mujer”. Tampoco conozco (yo) a feministas que no acepten la realidad de que hay mujeres con pene, con testículos, con traje de masculinidad, sin útero, sin vulva, sin menstruación, sin vivencia social de la feminidad, etc.

Conviene no olvidar que puesto que todas las personas somos nacidas de mujer, la “madre”, más allá de la impronta, el vínculo y el cuidado primal, comprende una dimensión psicológica que tiene que ver con el arraigo, con la pertenencia al cuerpo del que venimos y, por extensión, al grupo humano que nos acoge. La leída-como-madre (potencial)/persona con útero/mujer representa, por tanto, valores contrarios al capital en esta su fase apocalíptica. El neoliberalismo nos separa, nos desterritorializa, nos desarraiga. Defender a la madre entrañal es una postura política que desafía la lógica disgregadora de cuerpos de los señores capitalistas a cuyo son, querides, estamos todes bailando. Y cuyos intereses se nos cuelan en los discursos sin darnos cuenta.

Por eso, porque la maternidad es socialmente asociada con la identidad (de llegada) “mujer”, porque debemos tejer nuevos lenguajes pero siendo siempre responsables y conocedoras de los efectos performativos y perlocutivos reales (no los soñados) que generamos con ellos en la interacción, porque reinventar el género (lo urgente) no debe impedirnos desafiarlo (lo importante), ni recrearlo debe hacernos olvidar lo que conocemos sobre su funcionamiento letal, creo que debemos dejar de usar el “esencialismo” como insulto entre feministas. De entrada porque qué narices es eso, y porque a quién resulta que estamos haciéndole el juego, si borramos los úteros; si en nombre de la igualdad y la libertad tenemos la suma desfachatez de alquilarlos, y poner nada menos que a personas pequeñitas a la venta por catálogo.

Un norte global hirviendo de capitalismo cognitivo. Universidades produciendo sofisticados discursos sobre géneros licuados. Identidades que se sectorializan y exigen respeto a la individualidad abanderada. El cuerpo es un arcaísmo esencialista. Mientras, un sur global que revienta en cuerpos sin nombre alimentando la parte trasera de la máquina. Carne a la venta, seleccionada en exclusiva para usted, lista para ser importada cuando su deseo se pose sobre ella.

Vivan les trans. Vivan los úteros. Viva el uso político de la palabra “mujeres” cuando nos sirva para revelarnos. Basta ya de dominio, de confundirnos, de discurso vacíos que adormecen, de explotación.

El secuestro de la función nutricia

Nos han robado la alimentación. Nos han separado de la fuente de vida. Nos han dejado huérfanås de lo que nos nutría para vivir. Éramos seres, éramos naturaleza, equilibrio, pero nos han escatimado el contacto energizante con nuestra sustancia, con la matriz… con la madre.

Comíamos lo que palpitaba, en lo que fluía la vida, lo que nutría. Para seguir latiendo, para vivir. Pero la industrialización furibunda normaliza el secuestro de la función nutricia en cada acto de consumo de no-comida que tan panchas realizamos a diario. Silenciamos el latido que bombea salud, que conecta con el entorno y con el resto de seres, que pide abastecimiento desde lo vivo: leche humana, comida hecha con manos y con calor, alimento orgánico, ecología alimentaria. De pan de masa madre en horno de leña a pan de molde impregnado en conservantes en bolsa de plástico. Nos dan muerte por vida.

En lugar de agua, nos han hecho creer que debemos beber mezclas infames de líquidos con glucosa y otros venenos químicos, que quitan la salud, que impiden el equilibrio. En lugar de legumbres, verduras, pescados, etc., nos han hecho creer que es deseable comer procesados industriales de carnes y azúcares, hormonas sintética untadas de aceite de palma y envueltas en plástico.

Es juego sucio que las leyes permitan hacer campañas en que se asocie alimentarse de lo muerto, lo inerte, lo artificial con imágenes de éxito social para que nuestros espíritus en desamparo se identifiquen y muerdan el anzuelo del consumismo inconsciente y debilitador. Es desolador que la infancia crezca con plástico en la boca todo el tiempo, a través del que se les meten  mezclas cuestionables cocinadas masivamente y calentadas con ondas electromagnéticas.

En nombre no sé de qué liberación de nuestro tiempo, nos escatimamos la ecología de las cocinas, donde la reproducción de la vida se produce con la lógica cíclica del bienestar, el aprovechamiento. Ya no cocinamos lo que hay en la zona y en la temporada sino lo que (nos dice la moda y la publicidad que) queremos. Nos parece normal que el desayuno salga de envases y no de la tierra, del fuego, de las manos. (¿Conoces aún casas donde en la comida más importante del día se coma vitalidad, y no producto desnaturalizado?)

Con la función nutricia, antes consolidada psicológicamente en el mito de la madre, nos la han robado también a ella. Indudablemente, era necesario arrancar el destino de las mujeres del hierro dicotómico de la virgen/puta. O madresposa o fulana. Sin embargo, no es que “nos liberásemos” de los hogares, como las feministas de la emancipación preconizaban, es que nos han secuestrado el conocimiento ecológico y lógico de lo que mantenernos vivas y sanas significa. Toda criatura humana debe saber procurarse bienestar físico y psíquico, a sí misma y a sus congéneres, para vivir una vida que merezca ser vivida.

Se va claramente en la moda de las malas madres, una peligrosa narrativa en que se acalla la crítica a través de la demanda de “no producir culpabilidad” en las madres individuales. ¿Un reclamo humanista de autocuidado y liberación? No, nunca es feminismo real aquello que “beneficia” a las mujeres pero perjudica a seres aún más vulnerabilizados que ellas. No hacer sentir culpable a las madres se está usando como eufemismo para “descargar la responsabilidad de ls consumidors acrítics”.

Se les está dando mucho azúcar a las criaturas, diariamente, se les está dando veneno. Es fácil comprar envases de colores llamativos y sabores saturados que suelen “gustar”. Pero es que si lo haces sin pensar, estás obligando a la infancia a acatar los dictados de una industria que-no-tiene-límites-en-sus-constantes-agresiones-a-la-vida. No, los gobiernos tampoco nos protegen. Ni los medios. Aun así, la información está ahí para quien la busque. Se está apagando la vida en el planeta a causa de la acumulación del poder capitalista en manos irresponsables.

Quienes deciden se han propuesto desalimentarnos desde la cuna hasta la tumba. Quieren que comamos su basura. Y la comemos con gusto, de momento. Hacer pan en casa (o comprárselo a alguien, en la cocina que no se meta quien no guste) es un acto verdaderamente revolucionario en estos tiempos.

Es el momento de darle más espacio en nuestras vidas a la autogestión y soberanía alimentaria, revalorizando la leche humana y protegiendo el consumo crítico, ecológico, de proximidad, sin envases, sin químicos, sin conservantes, sin transporte, sin muerte. Trabajar por la salud del cuerpo físico y social es una revolución, está en marcha, y no hay más opción que unirse a ella. O eso o seguir enfermando a nuestros cuerpos, nuestras crías y nuestro maltrecho ecosistema.  O  nutrición crítica desindustralizada y feminista o barbarie.

Vivimos mal

Vivimos incorrecto, feo, inadecuado. Vivimos de forma contraria a como la vida se vive para merecer ser vivida. De forma contraria a nuestros intereses. Vivimos carente, enfermo, mutilado, triste, esquilmado. Vivimos mal.

 

Los problemas. Echa un vistazo. Millones de personas metidas en cajas individuales con su ración de cena procesada, envuelta y procesada para el consumo directo. Historias de vida como bandejas de avión. Todas separadas, asépticas, cámaras de aire debidamente plastificadas. Y, sin embargo, todas iguales, idénticas, casi sin margen de variación (incluso el huevo duro de la ensalada es siempre la parte más ancha, gracias a los huevos cilíndricos de laboratorio). Así son también nuestros problemas. Siempre los mismos, todo el mundo igual. Pero como no nos miramos, no nos damos cuenta de que somos miserablemente gemelas. Y no nos organizamos para paliar el dolor. Abuso. Soledad. Falta de sentido. Contradicciones. Ansiedad. Disonancias cognitivas. (No puedo seguir dibujando la mugre que nos está escalando por las piernas, que hoy me rompo.)

 

Los deseos. Alerta. Estamos obligando a las criaturas a no ver más allá de sus deseos. Les escamoteamos las herramientas que necesitarían para estar bien, y en equilibrio. Por culpa de la nociva cultura neoliberal, y de sus mayores, muchås niñås son un “quiero” constante. Un quiero que no cesa, que muta, consume, maltrata, agota. Ahora dame esto, aquello, lo de más allá. Azúcar, azúcar, fritos, azúcar, tecnología, procesados sin fin. Porque quiero, porque me gusta. Porque sí. Cada día. Porque así te dejo en paz. Lo niño como una subjetividad deseante y consumidora y lo adulto como proveedor constante y sometido cuyo deseo es que la criatura en cuestión le dé, al fin, un momentito de tregua.

Así se adoctrina desde la infancia en el deseo como valor supremo, como regulador de relaciones humanas (de poder). Justo lo que necesitábamos para un sistema en que la moral se acuña a imagen y semejanza de los deseos de los dominantes. Como ellos desean, los relatos se amoldan: los cuerpos se vuelven mercancías, las relaciones se vuelven comercio, la vida se vuelve commodity con valor de cambio.

No estamos haciendo de lås niñås  pequeñås dictadorås, como se suele decir, sino pequeñås capitalistas. ¡Bonita va a ser la sorpresa que se van a llevar cuando vean que en este mundo-escaparate no hay ya caramelos suficientes para satisfacer el ansia inagotable de tantås!

 

La oscuridad. Me hacía gracia, cuando estudiaba, eso de que la Edad Media había sido una época de oscuridad, tiempos lóbregos de ignorancia y confusión reinantes. Me imaginaba a sus habitantes cegados, como topillos, con los brazos por delante tratando de no golpearse contra los muros de las catedrales góticas. Ahora ya sabemos, gracias a Federici, que la historia fue bien otra. Y, sin embargo, me da la impresión de que sí pueden existir tiempos sombríos, opacos, y que, desafortunadamente, estamos precisamente en ellos, por tres razones:

  • La gran mayoría de personas no ve las conexiones entre los fenómenos de la realidad y por tanto actúa de forma incoherente (tiene ideas ecologistas pero consume irreflexiva e innecesariamente, por ejemplo)
  • Los discursos hegemónicos, que nos llegan todo el rato, por todas las vías, que escuchamos y que nos creemos, mienten sobre quiénes somos, qué necesitamos y cómo hemos de relacionarnos
  • (La tercera me da miedo, hoy no, por favor…)

 

Pero no todo está perdido, sin embargo: nos leemos, nos escribimos, y construimos juntas espacios emocionales, intelectuales, corporales, de resistencia y vida vivible. Para reflexionar, dejo tres principios que transito para curarle las pupitas a lo que de materia viva y palpitante aún nos queda sin achicharrar:

– Si se compra o se tiene, no es la solución al problema

– Si no te permite mutar, no es para ti, no te quedes

– Si les viene bien a Ellos, lo más posible es que no te convenga a ti

¿De ciencias o de letras?

Dentro del privilegio de haber recibido formación universitaria, se abre un nuevo compás de desigualdad que añadir al listado: la gente que ha estudiado carreras científico-técnicas —y por tanto puede acceder con más facilidad al trabajo, el dinero y el ejercicio del poder—; y quienes decidimos aprender humanidades y de ahí que quedemos normalmente relegadas a menor poder adquisitivo y relevancia social.

Aquí en la comunidad ibérica migrada, personas con estudios de a partir de tres años relacionados con lo técnico reciben sueldos por valor de en torno a diez veces el salario mínimo interprofesional de nuestro estado de origen. Quienes, sin embargo, somos expertas en las personas y su convivencia y desarrollo en uno u otro aspecto necesitamos largos procesos de convalidación para recibir emolumentos análogos a profesionales locales y, en todo caso, como mucho llegarán a ser la mitad de los de nuestras compatriotas de ciencias.

Los estudios de literatura, pedagogía, filosofía, género, historia, lingüística, sociología antropología, etc. no solo están convencionalmente cuestionados por su tan solo anecdótico valor de cambio en una sociedad capitalista, sino que la confusión rampante ha llegado a consolidar una idea generalizada de sencillez, de que son cosas fáciles que una se saca con la gorra, frente a la reputación que da hacer una ingeniería, derecho, económicas, medicina, o ciencias puras. Quien vale vale; quien no, a letras.

Más allá de los chascarrillos y los “lugares comunes”, esta dicotomía binaria de dos opciones desiguales esconde un problema grave: no conocer ni saber cuestionar los orígenes y las motivaciones de las instituciones sociales a través de las que vivimos nuestras vidas (llámense los géneros, la lengua, la familia, el estado, las empresas, etc.) genera una falsa impresión de que las cosas han sido siempre así, y de que la que conocemos es la única forma de organización colectiva que puede haber. Es decir, no saber humanidades nos paraliza, nos determina, nos condena a no cuestionar lo existente, a no visualizar otras formas de lo posible. Si no sabemos que la ideología que habitamos (que es ideología y no naturaleza ni ese etéreo “cultura”, sin más) tuvo un principio y tiene unas causas, ¿cómo animarnos a construir otras? La economía de mercado, sobre su régimen de propaganda clínico-tecnológica, flanqueada por las religiones patriarcales tradicionales, es una fe que requiere de mucho estómago y muy poco movimiento de seso para ser creída.

Limitarnos a estudiar cómo hacer cosas nos deja agachadas de cogote sobre nuestro desarrollo tecnológico-clínico-militar como un escolar añejo sobre sus sumas. Nos hace feligreses de una religión y un sistema económico y social que beneficia a unos pocos a coste de maltratar a muchas personas. Es urgente e importante que todas las personas de todas las edades y talentos tengamos a nuestro alcance herramientas y motivaciones para reflexionar cada día sobre el acuario físico y mental que nos contiene y da sentido.

Que no sepamos poesía, marxismo, historia de las mujeres antiguas, relaciones de poder, el porqué de la vestimenta, quién es Luisa Carnés, etc., nos hace menos humanas y felices porque nos impide materialmente crear. Desde toda forma de arte a la revolución social: las creaciones de las personas sangran desde una brecha cognitiva, un cuestionar de lo que orbita alrededor y a través del ser que observa y aprehende en un momento determinado su espaciotiempo.

En lo científico-técnico y lo comercial está el dinero, el prestigio, la clave del ser existoso (ay, madre, quién empezaría traduciendo tan mal succesful, que se disculpe ya). En esta y otras playas, sin embargo, bajo el toldo del precariado social, hay palabras cavernosas que esconden relatos de luchas antiguas, leche que se derrama en lenguas del mundo y momentos de gloria infinita como un pan lúbrico y un verso a tiempo. Y así disfrutamos, nosotras, aquí, bañándonos con medusas.

 

Dioses

A quienes utilizáis la lengua en contra de sus hablantes, manipuláis y robáis sentidos, llamándole “seriedad” a la “rapiña”, “fuerzas del orden público” a “hombres armados que defienden a los ricos”, “ley” a la “desigualdad”…

A quienes deliberadamente hacéis una foto sesgada del momento final en el que se produce una elección trucada, y le llamáis “libertad” a lo que en el mejor de los casos solo es supervivencia…

A quienes ignoráis el sufrimiento, la humillación y la desposesión de otras personas para enrocaros en vuestro vil privilegio colonizador…

…no voy a insultaros.

El insulto lo manejáis bien ya. No cambiaría nada calificaros de escoria, canallas, desgraciados, vergüenza de la raza humana.

Voy a llamaros algo peor.

Sois…

Sois dioses.

Sois dioses de barro enaltecidos —solo si no se es de carne no hay empatía en el sufrimiento, no hay preocupación por el cuidado, no hay conexión genuina con otra carne—. Sois la abstracción personificada de los valores morales de un grupo de humanos con la potencia de dictar textos para todas, como cualquier otro dios. Sois una narrativa de cohesión social en que mujeres, niñas, niños y trabajadores viven y mueren para glorificar vuestro inmundo capital.

Sois dioses en vuestra potencia de mal, en vuestro ánimo castigador y capacidad de secuestrar la palabra y la justicia. Tenéis el poder casi ilimitado de no dejarnos vivir en paz y comunidad. Tenéis los medios de producción de mercancía y sentido. Podéis hacer daño y lo hacéis.

Pero dejadme que os diga una cosa… las ficciones, por divinas que sean, siempre terminan. Cae el telón, acaba el cuento. Efe, i, ene. Y de ese patético vengador machuno que despreciaba la vida y la acosaba, de ese personaje, pasado un tiempo… no se acordará nadie.

Como si nada

Es de sobra conocido que una minoría gobierna y oscurece la economía para que la mayoría sirvamos sus intereses.

Es público y notorio que habitamos un sistema racista que da valores, derechos y privilegios distintos a las personas según sea su color de piel y su origen. (La raza como tal ni siquiera existe.)

Está más que probado que los hombres campan a sus anchas en una lógica y una práctica en que ellos tienen la credibilidad, el poder y la potencia que no tenemos nosotras.

Es meridiana la costumbre empresarial por la que las personas somos tratadas como consumidores y se nos engaña y manipula con el único fin de que gastemos.

Ha quedado clarinete que los estados funcionan como adalides del capital y que, según en qué manos caigan, pueden volverse nuestra peor pesadilla, a través de sus fuerzas represoras.

¿¡Por qué coño seguimos haciendo como si nada pasara!?

Por un poquito de paz, dice Carlos.

Para vivir tranquila, asegura Carmela.

Porque no se puede hacer nada, se ofende Juan Luis.

¿Hasta qué punto es ético colaborar con este estado de cosas respetando el voto de silencio? ¿Qué nos dan a cambio de él? ¿Hasta dónde hay que llegar para que a la mentalidad del opresor que llevamos dentro se le impongan nuestras propias entrañas y la lógica de supervivencia de la especie? ¿Qué paz y tranquilidad son estas en que todas las demás mueren? ¿Es que acaso estáis bien?

No todas podemos ser activistas, dice Nuria.

Bueno. Pero hay tanto ¡tanto! que sí podemos hacer. Desde comprar con conciencia a no exponernos a sus medios de corrosión mental. Desde escuchar historias de la otredad a generarlas. Defender los cuidados, difundir la alegría genuina, vivir en comunitario, defender y honrar lo vulnerable, revisarnos por dentro, llevar la justicia social a los bares, darle voz.

No podremos decir que no se veía venir, que no estábamos avisados. Hagamos algo, joder, mientras tanto, pues se nos va la vida en ello.

Basta ya de comprar

Si para ti…

  • Todo se ha vuelto corto y rápido y precario
  • La cultura es hacer reservas y pagar entradas
  • Los viajes son comprar paquetes y hacer colas
  • Ya no lees, ya no escribes, ya no hay fiestas
  • Tus conversaciones con otras personas son catálogos de quejas y adquisiciones, alternativamente. Ni escuchas ni te escuchan
  • Tu vivencia social de los hitos vitales consiste en meras excusas para comprar y gastar
  • Cada vez que sales a la calle es para producir o consumir
  • Compras mucho que no necesitas y no te detienes a escuchar discursos ecologistas, decrecentistas ni de consumo crítico
  • Consumes los cuerpos ajenos para tu propia satisfacción
  • Te relacionas con tu cuerpo como con mercancía y como tal te dedicas a hacerle branding y un buen packaging  y un montón de selfis

 

Es porque… estás mal de la cabeza. Estamos mal de la cabeza. No tiene lógica que por hacer que siga girando una rueda que nos consume la vida y cuyos beneficiarios son otros, que nos dañan, sigamos comprando y comprando sin cesar, comercializando todos los aspectos de nuestra tierna existencia.

Hazte, haznos un favor a todas las personas y escribe lo siguiente, o similar, en el lugar habitual de tu lista de la compra, tu wishlist o tu taza de Mr Wonderful.

 

  • Vive una vida que merezca ser vivida. A tus horas y días réstales el trabajo para terceros y el consumo innecesario, ¿qué queda? ¿Cuánto placer en bruto?
  • Vive con otras personas: haz comunidad, porque cuando todo lo demás estalle —y estallará— esos vínculos serán lo único que tengamos. Pon en marcha una escalera cooperativa, un banco del tiempo, crea un grupo de autoconciencia, un equipo de fútbol, acompaña… Produce tejido social.
  • Haz. Aprende a hacer en lugar de consumir: haz pan, ropa, muebles. Todo nos hará falta cuando esta economía infame reviente
  • Retoza. Experimenta tu cuerpo y los otros cuerpos. Huele, lame, palpa, saborea. Sé cuerpo y el tiempo y el ansia desaparecerán…
  • Repiensa. Reconsidera lo convencional. Relengua cuando hables y escribas. Juega con la realidad, esta podría estar siendo nuestra última partida

 

Cuando saben más pedagogía en las agencias publicitarias que en las escuelas…

 

…la hemos jodido. Pero bien.

Los principios de la pedagogía son claros y meridianos desde hace tantos años que da ascopena que aún no se ejerzan en las instituciones educativas sistemáticamente. Si no desde la antigua Grecia, que sepamos, al menos desde Comenius, en el siglo XVII, se es consciente de que para que una persona aprenda, tienen que darse algunos elementos que conecten al aprendiente con el contenido: un acceso a partir de los sentidos, una relevancia vital y un modelo de la nueva conducta al que se desee imitar.

Por ejemplo, aprendemos a leer (de verdad) de niñas cuando es divertido y nos place, cuando se nos permite oler, tocar, degustar, decidir qué, cómo y cuándo meternos el libro en la vida, y si es que personas adultas (a las que llegar a parecernos es nuestra finalidad vital) manejan ese artilugio con naturalidad y frecuencia.

Esto es muy sabido desde hace muchos siglos y, sin embargo, todavía campan a sus anchas docentes mediocrillos que entienden la enseñanza como ejercicio de poder e imponen a sus estudiantes dogmas por obligación, haciendo oídos sordos al rugido del alumnado que “fracasa” ante planes de domesticación basados en oprimir impulsos vitales y fomentar la competencia feroz entre estudiantes.

Lo doblemente preocupante es que hay quien sí se ha enterado de cómo aprendemos: las agencias de publicidad y los medios, en general.  A través de la proyección de modelos “deseables”, torpedean nuestros sentidos e interpelan a la sexualidad para darnos lecciones de vida cuando se han asegurado de que estamos escuchando. Gracias a los anuncios y a los productos culturales de (gran parte de) la televisión y el cine, hemos aprendido mucho. Somos alumnas/os aventajados en sumisión, inacción, individualismo, consumismo, discriminación, roles de género y edad (que nos hacen trocitos), violencia, soledad, muerte.

La pedagogía (que es contacto-emoción-palabra-comunidad-reflexión-descubrimiento-tiempo), puesta al servicio del interés común, esconde la revolución entre sus faldas. Hay que arrebatársela a los del beneficio propio, y venceremos, pues de nuestro lado está el sentido mismo de la especie, que es la vida y su cuidado.

 

Apuntes contra el terrorismo de la imagen corporal

descargaLa vergüenza que sentimos de nuestro cuerpo ha sido manufacturada. Nos han convencido de que hay una forma en que se debe ser y por tanto han demonizado las diferencias respecto a esta imagen única. Como no nos gustamos, compramos para tratar de llegar gustarnos. Pero nunca lo conseguimos, en una espiral sin fin de gasto y autoodio. Si todo ese dinero que tiramos anualmente en la industria de la “belleza” nos lo dieran de una tacada… ¿qué haríamos con él? Y, mejor aún, si lo retiráramos de la rueda dentada del capital, ¿qué ocurriría?

Dónde ponemos el dinero equivale a dónde ponemos la energía, y por tanto lo que compramos refleja nuestras creencias (o carencias). Seguramente haya algunos artículos de autocuidado que produzcan una satisfacción genuina, pero… ¿cuántos de los muchos que adquirimos cada año? El resto, nos mandan un mensaje de nuestra parte: no eres/estás lo suficientemente buena.

Y cuando crees que no eres suficiente, cuando tu presencia corporal te produce vergüenza, cuando te cortas mentalmente en pedazos, no te consideras merecedora de procesos ni puestos que impliquen poder. Tu desprecio a ti misma te hace alejarte de la posibilidad de gobernar tu vida y aspectos de gestión comunitaria.  La vergüenza, el asco que sentimos de nuestro cuerpo han sido manufacturados para que no aspiremos a ejercer poder ni siquiera sobre nosotras mismas. La frase soy suficiente y no necesito eso encierra una descomunal potencia de subversión.Raise the Roof: Cal Shakes 40th Anniversary Gala

Se ha conseguido que nuestra identidad se base en trampas externas, como los estereotipos de género, edad y este terrorismo corporal de las multinacionales ante el que tan laxamente vegetan los gobiernos e instituciones educativas. Que esto es un fenómeno de autoodio masivo, que estamos en guerra contra nuestros cuerpos es un hecho, de ahí la violencia contra el propio y el ajeno, de ahí los trastornos de la alimentación, el estigma.  Y sin embargo, toda persona debería gozar del derecho a ser un cuerpo respetado, y a conectar con otras (ser amada).

A continuación, 10 propuestas de Sonya Renee Taylor para frenar la invasión de la tristeza y el odio:

  1. A la basura con las revistas y otros soportes de mensajes tóxicos. (Estamos literalmente pagando para que abusen emocionalmente de nosotras.)
  2. Vigila cómo hablas de tu cuerpo y de los ajenos (porque tu cuerpo está escuchando). No te hables sobre tu cuerpo peor de cómo hablarías a tu mejor amiga sobre el suyo. Tanto la vergüenza como el amor radical al cuerpo propio son contagiosos.
  3. Revisa tu mentalidad: tu cuerpo no es tu enemigo. De hecho, tu cuerpo trabaja a tu favor cuando de sanar una enfermedad se trata, po rejemplo. ¿Qué tiene de útil estar en guerra contra mi cuerpo?
  4. Crea un mantra para combatir las voces de la vergüenza en tu interior. A base de repetirlo, cambiarán los patrones de evocación neurológica.
  5. Olvida el pensamiento binario. No somos lo uno o lo otro:  bellas/feas, éxito/fracaso, hombre/mujer, blanco/negro. Necesitamos apreciar el espectro completo para llegar a ser seres humanos en todo nuestro potencial.
  6. Explora el terreno: conviértete en la mejor experta sobre tu propio cuerpo a través de la práctica de la reconexión y la intimidad con él.
  7. Ponte en movimiento.
  8. Escribe una nueva narrativa desde ¿por qué no? lo “feo”.
  9. Vive en comunidad. (Los microorganismos que crean la enfermedad no sobreviven a la exposición)
  10. Date tregua y disfruta del viaje al amor radical hacia ti misma.

 

(Apuntes del webinar gratuito que da la autora aquí)

Alterar para resistir

Estoy dándole vueltas al apropiacionismo cultural (la utilización de elementos específicos de otra cultura por parte de la occidental, despojándolos de su significado original, banalizándolos) como fenómeno colonial que manufactura y refuerza estereotipos y dispositivos de opresión. Lees artículos sobre el fenómeno, y determinas abominar de él. Sin embargo… ¿el hecho de que como occidental prefieras en tu atuendo, adorno, hogar, etc. -los artefactos mediante los que te expresas-, elementos originales de una cultura en que no has nacido es, necesariamente, apropiacionismo?

¿Qué es lo contrario, pues? ¿Debemos elegir solo productos occidentales, españoles, europeos, anglosajones o anglosajonizados, para ser coherentes con nuestra procedencia contextual? ¿Y si no nos llevamos bien con ella? ¿Se puede expresar la crítica a la deriva actual de nuestro rincón del mundo llevando cagaos en vez de vaqueros? ¿O es eso abrir nuevos mercados, nichos, tumbas, como sea que se le llame?

Cualquier elemento que no emane del sistema de producción y consumo es susceptible de ser adoptado por este y resemantizado como capitalista. Vestirme de forma antizara, ahora  también lo puedo hacer en zara. Ni qué decir del Ché Guevara. Y esas camis feministas del hache eme. Ay. Organizamos rebeliones a través de dispositivos y redes que son mercancía que nos podemos permitir. Consumimos resistencias, pagamos por la ilusión de no tragar la medicina de la que ya, básicamente, estamos hechas.

¿Significa esto que no hay esperanza, que se haga lo que sea haga se capitalistizará y que no habrá quien nos descapitalistice? Quizás no haya espacio para las alternativas, pero intuyo sí lo hay para las alteraciones. Alteradas y alterando, al menos, abramos brechas. Yo que sé.