Hincharse o no de útero. Carta a mí misma hace dos años

Buenas noches, compañera:

Buf, qué lejana te siento, ahí atisbada y vaporosa al otro lado de la frontera (del accidente mortal), tan compacta, pequeña y densa, tan carnalmente párvula y preliminar. Te escribo desde un lugar a millas de distancia, desde axilas rizadas y saladas y nuevas piernas ágiles y fuertes, tendida felinamente junto a la piel fervorosa de Atreyu y ese olor suyo a salep, desde el núcleo semántico aterciopelado y duro que antecede y corazona a cualquier revolución social.

Quieres embarazarte y parir. Leíste a Casilda Rodrigáñez y ‘por detrás de la cultura, se te puso a palpitar el útero’ rítmicamente, como un tambor prerromano de mano callosa en vejiga curada y tensa. Se te llenaron la matriz y la boca de flores y de peces pululando. Ya deseas emprender una rebeldía de carne lábil y piel henchida y fresca, sangre parida que fluye y le escupe en la cara a la muerte porque no se deja acumular. “Yo quiero tener hijitos/ muy pronto te iré a buscar/ pa poder vivir contigo…” canta dulce y sencilla Zaragoza.

Pero no seas soberbia y te niegues el peso de las imágenes de la cultura del entretenimiento industrial en tu deseo. Por más que te exfolies la frente, el final de Notting Hill con la panza acariciada en el banco del parque, la ternura calculada te interpela directamente como a tantas otras mujeres. Nuestras subjetividades se diseñan desde los despachos y estás condenada a no saber nunca cómo habrían sido las cosas de no vivir en esta socioeconomía de la carencia afectiva y mezquindad organizada.

Y bien, deseas un temblor de vida, dejarte caer en los brazos del abismo y al fin sumergirte en el lago de lo materno. No lo piensas demasiado, se trata de una intuición, un latido, y una hilera de condiciones de posibilidad. Estás en el país adecuado de las bajas “generosas”, cuentas treinta y una apremiantes primaveras, y convives con un hombre con el que te lo pasas bien ¿la mayoría del tiempo?, y que cuando tiene ganas y folláis, logras disfrutar como una personajilla del Bosco.

Traigo cosas que contarte. Hiciste bien en no pensar mucho porque con tus pensamientos no habrías llegado ni a acercarte a tu yo del futuro. No me podías imaginar, era imposible. En el estrecho margen que te deja la salvaje cultura neoliberal en la que andamos todas sin red ni resuello, no hay pantalla suficientemente ancha que pueda acoger el panorama que se ve desde este lado.

Si Coral Herrera hubiese escrito esto antes, quizás hubieras comprendido un poco, pero no fue así. Y en lugar de una cultura en que lo mujer, lo materno, lo embarazado y lo criante se vivan de forma natural y honrosa, de forma constructiva y comunitaria, estás a punto de darte cuenta de que eres puta carne de cañón para un patriarcado de consentimiento atroz que te chupa la mano desde debajo de la cama y que, en cualquier momento, te apuñala en lo simbólico cien mil alevosas veces.

No te imaginas lo que va a suponer traer al mundo a un hijo. No tienes ni idea de todo lo que se va a remover. Aunque tú no lo sepas, tienes una idea consumista de la historia, ni te imaginas que esto va mucho más allá de “convertirse en madre” o de “tener” criaturas, que los cimientos de todo lo que crees ser, tener y desear van a tambalearse y a tirarte las convicciones por tierra. Estás a punto de convertirte en una fiera feminista transida de conocimiento carnal, en cierto modo divino, pero también te volverás niña chica llorando en una esquinita porque nadie, nadie, ha venido a recogerla después del colegio, y hace frío y no hay merienda ni hay caricia.

Ni se te pasa por la cabeza que aunque tú estés viviendo de prestao la vida del BBVA (blanco burgués varón asalariado), vas a hacerte un curso intensivo y acelerado de vulnerabilidad y vas a estar cerca de perder las fuerzas por el camino, aunque finalmente saldrás hecha una animal más fiera y potente de tu viaje al corazón de la interdependencia. Hasta ahora, por las posibilidades económicas y de acceso a la cultura y el consumo dadas por tu clase, has vivido de espaldas al intríngulis de lo humano, creyendo que éramos unidades atómicas independientes que se asocian para perseguir fines comunes. Te equivocas, compañera. Estas impregnadita de relato neoliberal, por crítica que te imagines. Cuando empieces a engordar, a quedarte sin resuello, a no caber en los baños de los locales, a hacerte pis por todas partes, a sentirte incapaz de subir esa escalera, a vivir pesadillas desgarradoras… te darás cuenta de que eres una pupa abierta. De que necesitas contención, acogida, cuidado sumo. Te vuelves obesa, anciana, enferma, criatura. Te vuelves la cara oculta que esta sociedad inhumana reprime y oculta con artimañas culturales que hacen que nos identifiquemos artificialmente con la imagen de ese varón-rey-de-la-selva que surge y ya, plop, como un champiñón, listo para la producción y el consumo, sin cuidados, sin redes, sin heridas.

Todo es mentira. No vale nada de lo que has visto hasta ahora. Vas a tener que coserte rápido un vestido nuevo a base de harapos si no quieres quedarte desnuda y sola a la intemperie de tu angustiosa necesidad de calor y vínculo esencial.

Te ayudarán los libros. Te volverás aún más viciosa de la letra escrita, comprenderás que solo por ese canal de materia impresa te llegarán las voces de las compañeras, las otras que ya han abierto los ojos y los regazos, las que van a ser tu tribu, te van a tender una cultura-ficción más tierna en que poder engendrar, parir y criar sin intemperies permanentes. Una ilusión de cobijo, dosis de conocimiento oculto palpitante, conexión mistérica pero refulgente de tan obvia con las otras silenciadas y mutiladas por esta farsa de patrix desgarrador.

También estarán ellas, las mujeres que encontrarás en la red, ese artefacto creado por el ejército americano que, sin embargo, te enchufará a la vida durante todo este proceso, te mantendrá literalmente no muerta. Si no existiesen el internet y ellas, las grandes mujeres verdaderas que te han acompañado en este trance, la depresión te habría aniquilado, escúchame bien. Las personas de tu alrededor físico no te dan el abrazo, el tiempo ni la palabra que te habrán de sustentar.

Con tu compañero verás que no, que no funciona. Y no por él ni por ti ni porque no sea el hombre adecuado: son los géneros y sus trajes con que nos han herrado la carne delicada: no hay trato igualitario posible entre cuerpos aherrojados ya por los mandatos del gran sistema de la desigualdad. Basicamente has fertilizado tu vientre con su energía seminal, y te ha atado las botas muchas veces, pero el resto…tu pareja, tu interlocutor, tu compañero en todo esto han sido las otras mujeres que, desde sus rincones del mundo, te han sujetado el pelo, te ha celebrado y pintado la panza de colores, han visto palpitar sus matrices al unísono con tu útero estremecido en rebeldía.

Vas a buscar a Madre y no la vas a encontrar. Vas a entender que la mujer que te engendró a ti es básicamente idiota, que no sirve para guarecer ni ama ni es tribu ni cultura que te valga. Dejarás de tirarle del brazo para que sea algo más que una consumidora alienada y corta de vista, porque no da, se niega a desemburrecerse y te expone al frío desgarrador de la evidencia del capital y sus lógicas. Vas a desembarazarte de la peripecia de la mujer que te tuvo (y después te perdió) para entender que Madre es narrativa social hospitalaria, nutricia y afín a la reproducción respetada de la vida. Vas a olvidarte de otras actividades y ambiciones viejas para querer dedicarte a maternal culturalmente a otras mujeres. Pasarás una época primera de confusión, a la zaga de un chorro de energía desbocada, pero llegarás a entender, por fin, tu llamado particular en esta jungla, tu aportación posible a la revolución en ciernes que elaboramos desde las carnes orgullosamente temblorosas, vulnerables, fértiles e inapropiables. Se te va a quedar el cerebro chafado y concéntrico, con forma ni más ni menos que de placenta. Tus ideas liberadoras irrigarán los vasos sanguíneos de cuerpos y territorios hostigados.

Recalarás en la playa de la Medusa, te tenderás al sol, y vendrán las amigas riendo a merecer y honrar la vida contigo, con personita.

Tristeza

Ser un estereotipo no ayuda, no sirve.

Como tantas otras mujeres puérperas, estoy sola y triste. No padezco depresión postparto. Tengo soledad y tengo tristeza.

Las mujeres de alrededor no acompañan. Ni siquiera otras puérperas. Hablan de comprar, de vender, de ambiciones profesionales, de volver enseguida al trabajo. No acompañan. Son seres sin cuerpo, sin abrazo, discursos sin subjetividad. Quizás estén tan solas como yo pero no me lo dicen, me lo disfrazan. Pinchan. Las mujeres de cerca me pinchan con su pretendida desmujerización.

El padre del bebé no me soporta. No me quiere, no le gusto, no me soporta. Hoy me ha gritado y después retirado la palabra porque se destiñó una camiseta en la lavadora que puse yo ayer. Se le junta con que anteayer una vela que yo encendí dejó un cerco de cera en la mesa nueva del salón. Y con que hace tres semanas el bebé tiró un café en la alfombra nueva por mi culpa. Hace más de un año que no me toca, que no me besa con lengua, que no admira mi cuerpo. No quiero estar desnuda delante de él. Me doy vergüenza ante sus ojos.

La imagen de mí misma que me devuelve me asquea: un ser caótico, sucio, desmelenado, perdiendo su tiempo en utopías estúpidas, cometiendo un error detrás de otro, dilapidando recursos comunes, llorando para conseguir compasión inmerecida. Qué hago con este cabestro y por qué he tenido un hijo con él.  Nos engañamos para sobrevivir y en momentos de lucidez por desesperación la verdad asoma y aterroriza, y nos raja afilada la conciencia.

A mí tampoco me gusta él ya. Desde que tenemos un hijo se ha vuelto una copia viva de su madre, reproduce sus discursos y actitudes. Yo no elegí una vieja gritona e intransigente por compañero. Da órdenes, quiere controlar todo lo relativo a la casa, vuelve del trabajo y… ¡bum! Bronca que te crío porque abandoné la botella de agua fuera de la nevera.

Qué puerperio, qué hormonas de la felicidad, qué baby-brain, qué estado de placidez en la díada mamá-bebé. Para él todo eso no importa. Es todo severidad para conmigo y ¡ay! dulzura con el bebé. Se diría que quiere ocupar mi puesto. Se entristece por no poder amamantar, porque la cría llore más con él, porque la cuidadora principal sea  yo en este momento. Le he explicado por activa y por pasiva cuál es su papel en la historia este primer año, pero no entiende, no escucha. Él quiere ser la novia en la boda, el niño en el bautizo y la madre en el puerperio.

No tengo quien me acoja. No pertenezco a nada. No hay amor para mí (que sin embargo debo -y deseo- amar a la personita incondicionalmente). (Qué habría sido de mí sin las tremendas mujeres que hay en lo virtual.) Mi hambre de conexión, mi necesidad de ser en comunidad, de que me cuiden… se apaciguan cuando escribo, cuando leo feminismos, cuando bebo vino, cuando me mandáis mensajes.

Y lo peor… es que soy un estereotipo, carne de ensayo sociológico, de artículo académico sobre la maternidad posmoderna. Y es terrible porque aunque lo mal que lo estamos haciendo está ahí, nombrado, diseccionado, con las vísceras a la vista… no podemos cambiarlo.

Lloraba el domingo porque estuvimos en una fiesta y mi bebé se iba con todo el mundo, grandes y peques, abrazaba, jugaba, reía. Muchos no la entendieron, se retraían. Grandes y peques. Qué deliciosa y aterradora continuación de mi mismidad: ganas de irme con gente, de enrollarme, de entregarme… que se dan de bruces con agria condescendencia, en el mejor de los casos, o la pura ausencia de un cuerpo al otro lado.

Para qué llamo a una amiga para contarle mis asco de relación si ella come aún más mierda y violencia patriarcal. ¿Nos damos cuenta de la cantidad de mujeres que hay por ahí sufriendo por “amor”? En los conflictos de la pareja heterosexual se ve la clave de las corazas de género, la clave de la violencia que se ejerce contra las personas, con la que contribuimos.

Yo quiero retirarme a la naturaleza y los libros para sanar, o para vadear la vida. A las caricias y a que no me juzgue nadie. Quiero ser. Solo pido ser. Que me (nos) dejen ser. Liberar fluidos, rizos, palabras, carne en jugo… sin-que-nadie-ejerza-poder-maligno-sobre-mí, sobre-nosotros.

Ay, hija, qué te he hecho. Qué mundo es este. E imagínate, que nosotras somos de los privilegiados… que por ahí hay niñxs muertxs, mujeres muertas, niñxs violadxs, mujeres violadas. Que comemos y tenemos casa y entorno salubre y dinero para vivir bien.

Algo ha de cambiar. Como ellos no creo, cambiaré yo. Hay que quitarse de encima tanta ingenuidad romanticona. Yo aquí hablándole a otras mujeres de tribus, de cuidarnos, haciendo grupos, prestándoles lecturas que me han fertilizado. Se ríen de mí a mis espaldas. Me he vuelto una caricatura. Yo, mi puerperio, mi feminismo, mi bebé. Soy una bola de amor humano con una criatura atada al cuerpo nadando sin resuello y sin orilla en la que reposar. Se ríen de mí. Qué será de ti, bebé, con esta madre inadaptada y moqueando. Como de niña, con siete años, enamorada profundamente de la amistad incondicional, drama tras drama, amigas del alma, disgustos, decepción, sálvame, te quiero, te necesito, tengo frío, deja que me vierta un poco en ti.

Esto era el príncipe azul, esto era tener madre, esto era lo que nos negaron: una casa caldeada con un contacto de piel, compañía que te calma. Como cuando lloras y te abrazo, bebé, y entonces llega la paz. Eso es lo que nos negaron. Eso es lo que necesitamos. Tristemente, lo contrario de lo que vamos a conseguir. Tristeza.

A la amiga que sufre. Se busca tribu

No es tu culpa. No te enredes en telarañas ajenas, se han tendido con intereses concretos por los que conscientemente nunca votarías. No remes como galeota en la embarcación que nos llevaría si pudiera a los abismos de lo feo y lo ilimitado. Salte de ahí, quítate la ropa, límpiate de miserias de otros, empápate de empatías de otras, mírate. Repasa tu lengua, púlela. Fuera imperativos, perífrasis de obligación. Balancéate en una lengua que te arrulle, que te sea favorable, que te dé calorcito y piel cercana que conforta. Siento, necesito, agradezco, doy, recibo, descanso, descansan. Compañía, comunidad, comadre, cómoda, comida, comfortar.

No es cierto que ya no seas interesante. Cuida lo que lees. Que no haya rabia, que no sea el dios-mercado hablando por letras de mujer.

No es cierto que tengas que forzar el fin de la lactancia para poder volver a ser tú. No hay nada que tendría que estar pasando mientras Pequeña mama porque todo lo grande y lo indispensable que hay en el mundo ya está ocurriendo ahí, entre pezón y boca.

No es cierto que no te comuniques bien con Mayor. Ella te ama y te añora, solo necesita algo de tiempo para expandir el amor más allá de sus contornos.

No es cierto que tengas que ser otra, ni mejor, ni diferente. Solo que como no bailamos a tu alrededor en círculo para recordártelo, se te ha olvidado cómo de grande y bella eres.

Lo único cierto es que faltamos. No es nuestra culpa, pero debemos estar ahí. A ti y a las niñas debemos rodearos, cantaros, escucharos, miraros, mimaros, acariciaros. Vamos de camino, espéranos.