Esencia de mujer, esencia del capital

Desde algunos discursos feministas, se acusa a otros de mostrarse “esencialistas” respecto a la identidad de las mujeres, de aferrarse a ella y no permitir que el género reviente convenientemente como le correspondería al feminismo en la fase avanzada (y mistificada) del movimiento que estamos viviendo ahora. Igual que cuando se acusa al feminismo de “moralista”, hay que ver si el insulto se sostiene cuando lo miramos de cerca, y además seguir el dedo de quien acusa hasta llegar al brazo teórico que lo mueve, para ver qué intereses respalda en realidad ese acto de presunta difamación.

Los hombres y las mujeres son dos categorías artificiales, culturalmente construidas, sobre un continuo de realidades hormonales, genitales, corporales, psicológicas y socioafectivas que tienen más de caleidoscopio sexual (García Dauder) que de realidad naturalmente dicotómica. Separar la lectura social de las posibilidades de expresión de la sexualidad humana en tan solo dos opciones es una violencia, que responde a intereses socioeconómicos obsoletos y que debe ser sin duda contravenida. Desde este punto de vista, el objetivo del movimiento feminista entiendo que es, en consecuencia, la abolición del sistema sexo/género como agresión segregadora que sirve para legitimar la explotación de una de las dos categorías de lo binario (la posición social femenina) por parte de la masculina reinante, que queda a su vez sujeta por la estructura y es orientada por la pedagogía sistémica a fines de explotación, guerra, y dominio de los seres subsumidos.

Han sido ya varios los momentos del feminismo en que se han producido cismas entre teóricas y activistas que querían priorizar lo urgente y quienes consideraban más útil dedicarse a lo importante (en términos de Sendón de León). Visto así, es fácil encontrar las dicotomías clásicas como igualdad/diferencia o abolicionismo/regulacionismo (aparte de forzadas y falaces en ocasiones) como un continuo de luchas en que cada estrategia política se orienta, o bien a resolver el problema de forma inmediata, o a contribuir a más largo plazo con vistas al objetivo final. Ambas posturas deberían poder dialogar si la actitud vital de base es la misma.

Por otro lado, la cuestión de las identidades. Debemos siempre sospechar de ese concepto (que lo carga el diablo) y pensar si somos “algo” como “identidad de salida”, en origen, como cualidad inmanente de nuestra sustancia, o si cuando abanderamos la identidad de “mujer” lo hacemos como “identidad de llegada”, es decir, como aquella forma en que somos entendidas. Identidad que no reside a nivel de las letras que forman el texto que somos (y que no es idéntico sino a sí mismo y por tanto carece de relaciones de identidad) sino en la forma en que las estructuras sociales permiten leernos, en los usos interpretativos del entorno. O sea: si muchas de las que tenemos úteros hacemos activismo desde un “mujeres” porque así nos clasifican en sociedad, y a sabiendas de las limitaciones del término, no es porque representemos una cualidad esencial del mismo ni porque este se acabe en nosotras, sino porque la palabra nos permite otorgarle valor colectivo y político a nuestra problemática común. Porque sin él somos masa informe y desagregada.

Es una lucha urgente la del activismo trans por la plena habitabilidad de la vida de las personas que transitan entre géneros. Las discriminaciones y opresión contra la gente trans deben ser, además, desafiadas desde el feminismo, como movimiento que aboga por la alegría de la diversidad frente al fascismo del Uno poderoso y fagocitador.

Sin embargo, aparte de la riqueza que aporta el enfoque transfeminista a la batalla por la diversidad de cuerpos, narrativas y realidades, no debe perderse de vista el enfoque de género para leer la cultura, las famosas gafas moradas de que el feminismo nos proveyó en otras etapas. Avancemos integrando, diría, no quemando los campos al pasar.

Las vulvas, los úteros, los ciclos menstruales, los embarazos, los partos… suceden en cuerpos vulnerabilizados y muy frecuentemente vulnerados por la cultura misógina y sus mercenarios. De ahí que el significante “mujer” deba, sin duda, cuestionarse por todas partes y criticarse desde todas las perspectivas (aunque sin ir demasiado rápido y asumiendo que todavía tiene el valor político de generar identificación y potencial de lucha, véase sino el 8M). Sin embargo, hay una trampa: poner en solfa el término “mujer” y su extensión no es razón para silenciar, de nuevo, cuerpos vulnerables y sus realidades. Vincular, sumar, crecer por las dimensiones de lo trans no puede significar invisibilizar coños ni escatimar maternidades.

Un espacio transfeminista no puede vetar la ginecología autogestiva en nombre de querer evitar un supuesto “esencialismo”, porque eso es (re)silenciar coños. Y la liberación no puede ser a cara o cruz, o tú o yo (y gano yo), la liberación tenemos que inventarla juntas para una nueva realidad que nos acoja, por fin, a todas.

Es cínico acusar a las enfermas de endometriosis de transfóbicas por reproducir la idea de “mujer” en sus discursos porque si no se hace, queda borrado (otra vez) el sesgo de género de la medicina patriarcal, que el feminismo ha evidenciado y que es la razón por la que esas personas sufren, y luchan.

No se nos puede obligar a hablar de “persona embarazada” en lugar de “mujer” porque sin el entramado de violencias misóginas que impregna la sociedad no se puede entender la violencia obstétrica y perinatal, y por tanto nos dejaría (de nuevo) indefensas .

Los úteros en su dimensión carnal y simbólica son expoliados económica y culturalmente por sistema. La lógica económica depredadora que habitamos basa su éxito en naturalizar la gratuidad de la reproducción social. Por ello desvaloriza simbólicamente a sus responsables (lo que previamente ha construido como posición social femenina) para perpetuar el engranaje de la dominación. Y es que esos úteros cuyo peso político revindicamos resultan venir in-corporados en personas. Y estas personas a veces conciben, gestan y paren. Y cuando lo hacen, llegan al mundo otras personas, que dependen física y psíquicamente del cuerpo, la presencia y el cuidado de quienes las parieron. (Lo cual se me podrá discutir con meras opiniones, pero no hay evidencia de que las personas nacidas puedan desarrollarse plenamente saludables psíquicamente si se resquebraja el vínculo con el cuerpo del que provienen; de hecho, véanse a Leboyer, Odent, Olza, etc. para estudios que muestran lo contrario.)

No conozco a ninguna feminista que esté contenta con el papel que le ha reservado el patriarcado en ninguna de sus fases. Todas cuestionan, en mayor o menor profundidad, las construcciones sociales en torno al género que dilapidan las posibilidades de una vida completa, apacible y en salud psicosocial para todo el mundo. No abogan por ninguna “esencia de mujer”. Tampoco conozco (yo) a feministas que no acepten la realidad de que hay mujeres con pene, con testículos, con traje de masculinidad, sin útero, sin vulva, sin menstruación, sin vivencia social de la feminidad, etc.

Conviene no olvidar que puesto que todas las personas somos nacidas de mujer, la “madre”, más allá de la impronta, el vínculo y el cuidado primal, comprende una dimensión psicológica que tiene que ver con el arraigo, con la pertenencia al cuerpo del que venimos y, por extensión, al grupo humano que nos acoge. La leída-como-madre (potencial)/persona con útero/mujer representa, por tanto, valores contrarios al capital en esta su fase apocalíptica. El neoliberalismo nos separa, nos desterritorializa, nos desarraiga. Defender a la madre entrañal es una postura política que desafía la lógica disgregadora de cuerpos de los señores capitalistas a cuyo son, querides, estamos todes bailando. Y cuyos intereses se nos cuelan en los discursos sin darnos cuenta.

Por eso, porque la maternidad es socialmente asociada con la identidad (de llegada) “mujer”, porque debemos tejer nuevos lenguajes pero siendo siempre responsables y conocedoras de los efectos performativos y perlocutivos reales (no los soñados) que generamos con ellos en la interacción, porque reinventar el género (lo urgente) no debe impedirnos desafiarlo (lo importante), ni recrearlo debe hacernos olvidar lo que conocemos sobre su funcionamiento letal, creo que debemos dejar de usar el “esencialismo” como insulto entre feministas. De entrada porque qué narices es eso, y porque a quién resulta que estamos haciéndole el juego, si borramos los úteros; si en nombre de la igualdad y la libertad tenemos la suma desfachatez de alquilarlos, y poner nada menos que a personas pequeñitas a la venta por catálogo.

Un norte global hirviendo de capitalismo cognitivo. Universidades produciendo sofisticados discursos sobre géneros licuados. Identidades que se sectorializan y exigen respeto a la individualidad abanderada. El cuerpo es un arcaísmo esencialista. Mientras, un sur global que revienta en cuerpos sin nombre alimentando la parte trasera de la máquina. Carne a la venta, seleccionada en exclusiva para usted, lista para ser importada cuando su deseo se pose sobre ella.

Vivan les trans. Vivan los úteros. Viva el uso político de la palabra “mujeres” cuando nos sirva para revelarnos. Basta ya de dominio, de confundirnos, de discurso vacíos que adormecen, de explotación.

El contrario de lengua es madre

La madre es un espacio originario del cuerpo autoconsciente. El último espacio donde hay continuidad, donde no hay palabras ni falta que hacen porque acercarse a otros seres a través de la comunicación, por semblanzas, es tan solo una sombra pobre de “ser lo mismo”.

Cuando hay madre/continuidad todo es espesura cíclica, flexibilidad porosa. Cuando hay madre todo tiene sentido porque todo está vinculado a sí mismo de tal forma que no existe lo otro, lo que no es uno.

A la madre la han llamado dios, éxito, dinero, aceptación social… La tratan de pinchar con el alfiler de las una y mil palabras-arista del poder sin conseguir nunca alcanzarla, porque la madre es el contrario de la lengua.

Madre es sustancia, lengua es forma/potencia/estructura. A la madre no hay regulación gramatical que la pueda encerrar. Madre es subversión y no dice, pero sí acurruca y genera y comprehende. El poder acuña moneda y acuña términos (finales). La madre engendra seres que son eternos principios y posibilidades de sí. La madre entiende, la lengua confunde, pese a que sea la última oportunidad que nos queda de comprender algo (también nos la quieren rebanar, la lengua, como la rebanaron la madre a bisturazos).

El cultivo de la continuidad en la que proliferan cuerpos no deja posibilidad de falta básica, no oprime, no invisibiliza, no crea reservas de flujo latente y oscuro presto al estallido.

El desamparo original se orquesta arrancándole a las madres las criaturas del cuerpo, y dándoles a continuación a chupar el símbolo. La historia de la humanidad es la de una pugna entre el silencio orgánico de la leche y el chillido documental y hostil de la metralla.

Imagen: http://www.dovivargas.com/Obras/Oleo_Colores.htm?3.2.2

Y ahora cómo hostias cuidamos

Cómo hacemos para orientarnos dentro de esas horas que se vuelven días que están hechos como de sábana sucia y lamparones. Se deshilachan, tienen colgajos y nada se puede programar. Cómo volvernos seres adaptables a las demandas apremiantes de la vida, cuando estamos tan mutiladas, almas de titanio, receptivas solo a mediciones y listas.  Cómo recuperar la calma, la fe en la carne y el latido, la expansión palpitante que traerá, por fin, la salud de vuelta.

 

Cómo hacemos si el chillido del dolor infantil no soportamos oírlo, porque nos recuerda los gritos que llevamos dentro y acallamos, porque sabemos que no los escucharía nadie. Cómo no llorar porque a mí de personita me lo limitaban todo menos la televisión y las grasas hidrogenadas. Si nunca hubo piel para mí. Si no me ponía enferma jamäs porque era mejor ir a la escuela que estar en casa sola con la tele y los sanjacobos. Si soñaba con que me ingresaran porque así esos médicos y enfermeras (de la época) me palparían con manos de gigante/hada bonachones, siempre oliendo rico y queriéndome cuidar.

 

Cómo hacemos cuando tenemos que olvidarnos, dejarnos atrás, no escuchar nuestras demandas. Ni ducharnos. Ni estirarnos. Ni leer diez minutos para relajarnos. Ni tocarnos el higo, siquiera. Cómo hacemos cuando no somos para nos, sino para otra persona más vulnerable. Cómo gestionarlo cuando  las personas contemporáneas tenemos el ego basado en un desproporcionado deseo mercantil: quiero, elijo, demando. En los anuncios no enseñan a postergarse a una y atender a la otra.

 

Cómo hacemos para cuidar si nunca hemos sido cuidadas antes. Si no hay referentes alrededor, si todo son farsas. Cómo hacemos cuando necesitamos vida cruda pero lo único que tenemos a mano son carcasas rotas que nunca pedimos tener.

 

Imagen: Nigel Van Wieck, “Q Train”, 1990

(Ad)mirarnos

Al patri-educarnos, nos amputaron la posibilidad de vernos. A nosotras mismas y a las otras criaturas que sobreviven desde cuerpos vulnerables, siempre en la línea de fuego, subjetividades mermadas, dobladitas como para meterlas en el cajón de la cómoda con bolitas de olor. Lo que nos hicieron fue un raspado de pupilas desde dentro para que, si miramos, solo podamos verlo a Él. Al varón blanco constructo. Al gran falo del obelisco. El Dios-sol y su triángulo. Plural mayestático. Cojón pendulante hipnotizador.

Sucede, sin embargo, que a veces nos reseteamos, nos deprogramamos y decidimos que nos queremos ver. Y no nos quedamos ahí, sino que, curiosas, nos atrevemos también a mirar. Y sucede que, cuando por fin prende la rebeldía y nos vemos y nos miramos, también, como por ensalmo, aparecen las otras ante nuestros ojos nuevos. Las vemos a nuestro lado. Y sucede, además, que en ocasiones, lo que hay nos gusta, y entonces, admiramos.

Admirar: “mirar hacia”. Admirar a mujeres: mirar hacia ellas y que no se cubran ni se reduzcan ni metan tripa ni se operen ni se borren ni se vayan ni te pidan perdón por ser quien son. Admirarnos es una bomba nuclear de vida, una pomada para nuestro interior inflamado por el eccema Patrix.

Nos han socializado para odiarnos, para lanzarnos cuchillos y recortarnos mutuamente con nuestras performativas lenguas puestas a charlar. Por eso, cuando admiramos a otras, es como si frenáramos la puñalada con el canto de la mano y estuviéramos construyendo otro mundo posible al que se llega por carriles inscritos en nuestra propia piel.

Me pregunto qué hará en las mujeres a las que admiro la mirada que les proyecto. Dula, que estooo, che, qué sé yo, por ahí me salva la vida de vez en cuando. Activistx, que de mayor quiero parecerme a ella. O cuando le puse cuerpo a Voz y casi me da un paro cardiaco. ¿Qué abismos nos separan, aunque los llamemos puentes? En algún lugar entre el sueño, el pálpito, el alivio y el artificio yace lo que sí tiene que ser, esperando a ser sido.

(Algunos halagos sobre mi almacén salino no he sido capaz ni de responderlos, e intento olvidarlos como si fueran la peor de las afrentas.)

¿Qué efecto surte admirarnos? ¿Aprenderemos a gestionar la admiración mutua? ¿En qué rincón de la herida quedamos, y a qué hora? ¿Nos reconoceremos, una vez allí? ¿Nos miraremos a la cara? ¿Y qué hacemos con el mandato de agradar con el que nos cincelaron? ¿Cómo dejar atrás las expectativas-cencerro que nos colgamos por mano interpuesta? ¿Y cómo desactivar el miedo cerval a no cumplirlas, o ese síndrome de la impostora, que agarra como un musgo viejo también en las distancias cortas?

 

Lunes por la mañana en el café

Está sentando en una mesa junto a la ventana. Inmóvil desde hace mucho rato, tan solo frunce los labios de vez en cuando, o se inclina un poco hacia delante, o se seca con una servilleta la boca que no se ha ensuciado desde la última vez que se la secó. Mira hacia fuera, pero sobre todo mira hacia dentro. La expresión de sus ojos me dice que el señor aprueba complaciente el orden en que se concatenan las partículas en su elegantemente estático cuerpecillo.

Todo en él transmite orden. Limpiamente sentado, su postura no deja lugar a cuestionar que la butaca pueda ser efectivamente usada de forma distinta a como él lo hace. El cuerpo reposa cual armónica coma en un texto impoluto que la correctora ya revisó. Lleva pantalón planchado de pana, un jersey fino azul, camisa de rayas, una bufanda de cuadro aristocrático. Mantiene las manos pulcramente dobladas sobre el regazo. El señor antiguo luce el privilegio anacrónico de no hacer nada más que mirar. Frente a él, una taza oscura, un vaso escarchado, la servilleta blanca doblada, presta a secar.

¿Cómo interpretará el hecho de que le observe insistentemente? ¿Se imaginará por un momento depositario de un atractivo nuevo que hace que las mujeres lo miren cuando está tomando café? Sonríe. Una tipa pelona y rara, pero bastante joven, a fin de cuentas. Y que le miren a uno ya es mucho en este espaciotiempo tan raro que queremos habitar a dentelladas.

Parece mediterráneo, árabe, quizás. La majestuosidad con que ocupa su posición en el café, que se tome tan en serio su estar fuera, en sociedad, ver y ser visible, me aseguran que escandinavo no es. Hay algo de antiguo, de propio, de conflictivo, en ese señor. El destello de alguna ruina cultural de mármol contra la que doy cabezazos y que al tiempo necesito para que me sostenga. En la mesa de al lado, tres mujeres muy disfrazadas de mujeres se ignoran entre pantallas, llenan la mesa de envases de plástico, hay mucho tinte, todo lo que se ve de ellas está tintado. ¿Por qué el color de que no se es hemos de considerarlo necesariamente mejor que el color del que sí se es? Tal vez se trate de cifrar en código químico el espacio de lo posible para así no tener que pensarlo de otra manera.

El señor de la ventana se levanta para llenar la taza de café. Emprende el viaje a la barra muy concentrado, me hace pensar en un niño que teme derramar la taza, quizás derramarse a sí. Es más viejo de lo que había creído. Pone cuidado en no caerse, lo que significa que es consciente de que se puede caer. Mi hijo también pone cuidado todavía, transparentando que en su mente palpita la posibilidad de no andar. Aún no se le ha extendido la arrogancia que da el conocimiento, no se le ha cegado el manantial del ser en riesgo. ¿Se parecerá el miedo de caerse cuando se empieza a andar al miedo de caerse cuando se deja de saber andar?, me pregunto. ¿Hay una rima vital en asonante? Lo que seguro se abre es una espita para la emoción por lo logrado. ¿Entonces se está más vivo, más emocionable, cuando se puede uno caer? ¿Cómo desaprender a andar y qué hacer con ello? ¿Puede la proximidad de la muerte liberarnos de la arrogancia esterilizadora de lo adulto? Niñez, vejez, migración, poesía, disrupción, margen de todo tipo, activismo, lengua extranjera, enfermedad mental. Ser en riesgo como única forma de poder ser.

Llega otro. Y otro más. Son griegos. Hablan muy alto. Gesticulan. Se tratan raro, se acallan, se reducen, se ignoran para mirar el móvil. Se quejan. Salen abruptamente a fumar. Se hacinan en lugares comunes. Hablan de pagar, de cuotas, de coches, de fronteras. Hablan de ellos. De nosotros. Llegan más jubilados griegos. Se atrincheran en la mesa junto a la ventana. Los extranjeros son los otros. Ellos son el terreno lógico de donde emana la producción de sentido. Son en colectivo y son campo de batalla. Están juntos. No están solos. Se dicen sus nombres. Se dicen sus ciudades. Les amo y les odio. Grecia se parece demasiado a la parte naufragada de mí misma. Lo hombre se parece también a la parte naufragada de mí misma. No habrá jóvenes pelonas que miren al café solo de mi padre en la ventana.

La voz del viejo es muy delgada, se diría que en cualquier momento titilará hasta apagarse. Uno de los señores se ríe de una pomada que ha comprado su amigo en la farmacia. Dice que es muy pequeña, que no le llega ni para la mitad de la polla. Mi viejito me mira y, alarmado, increpa a su amigo para que se calle, que hay mujeres aquí. Se ha establecido una extraña relación de protección mutua imaginaria entre nosotros. Entre nuestros imaginarios nosotros.

Son las doce. Las chicas se han levantado y se marchan en silencio con ruidos de bolsas y tacones, se ahuecan la melena, miran a su alrededor. Los griegos las miran irse y farfullan.

Hoy, si no escribo sobre un viejo, me filtro por el desagüe. La posibilidad de mirar me salva. La posibilidad de enunciar me calma de sentirme molécula despanzurrada en la frontera entre la herida, el tinte y las servilletas que no tienen nada que secar.

¡Ofertón! Lengua a la venta. Paga en cómodos plazos. Sin sufrimiento, sin riesgo. ¡Compra ya!

No solo me preguntan constantemente cuánto mide/pesa/come/tiempo tiene/habla la personita y cuándo (va a nacer/nació/empezará la escuela/echará a andar)/tendrá un hermanito/le cortaré el pelo, etc., también es diario el ardoroso interés de los transeúntes por saber el número de lenguas que hablará cuando sea grande.

—No lo sé —repito una y otra vez— yo le hablo en…, su padre en…, el entorno en…. y pues… ¡yo qué sé! —brazos en alto como signos de interrogación— hablará lo que quiera, lo que elija, lo que necesite hablar.

—Sí, es que son como esponjas, aprenden todo lo que oyen —es la respuesta invariable que me propinan.

 

Es cierto que lås niñås aprenden lenguas fácilmente, y no solo lo hacen porque su cerebro esté más vacío y presto a socializarse imitando para poder sobrevivir, sino porque quieren aprenderlas. Es decir, a causa de que desean comunicarse con nosotrås, ser como nosotrås, estar/ser con nosotrås, imitan nuestra forma de hablar para conseguirlo.

 

Cuando alguien quiere aprender una lengua extranjera debe primero saber por qué y revisarse las emociones al respecto. Sin interés genuino, sin apego emocional, sin hacerse pequeñå, humilde y dispuestå, la lengua no va a entrar, no va a transformarnos ni a dejarse transformar. La relación que establecemos con la lengua se revela así de orden romántico-lúbrica en primera instancia. Es una relación de flujo de materia nutritiva y transformación recíproca que justifica la denominación de materna que se le suele dar a la primera lengua que aprendemos. La lengua lechal, propondría yo, la lactolengua, que da luz, cuerpo y legitimidad a la existencia, que separa de la oscuridad, del no-ser.

 

La lengua es una música que tarareamos, es melodía pero también sinfonía colectiva, es materia acústica que percibimos y se nos pega machaconamente como la peor de las canciones del verano. La mayoría de veces que hablamos estamos repitiendo mensajes que vienen desde lugares de prestigio o poder. Decimos lo que dice la pantalla, lo que defiende mi padre, lo que siempre repite el jefe. Reproducimos pedazos enteros de mensaje: expresiones, frases, ideas, entonaciones. Incluso la corporeidad de la voz que usamos para hablar se forma en diálogo con las voces de quienes nos crían.

Necesitamos hacerlo así para ahorrar energía. Nos agotaríamos si cada mensaje fuese plenamente creativo y sincero, nos entregaríamos demasiado. Sin embargo, cuando, en el otro extremo, no hay espacio en la vida para la reflexión sobre la lengua, nos quedamos desvitalizadas, manejadas, desconectadas de lo que realmente habríamos querido decir. Nos volvemos marionetas a través de cuya boca se dicen otros.

 

La mejor forma de aprender una lengua es amarla. Y amar significa estar vivå y sintonizarse, disfrutar orgánicamente cuando oímos/leemos una lengua junto con la sensualidad que emana el entorno en que se produce. Entregarnos a la sorprendente irrupción de la materialidad del libro, a las dimensiones aromáticas de esa chica que habla, al paisaje que se extiende majestuoso mientras escuchamos ese podcast. al vislumbre de una posibilidad gustativa… Ahí es como nos conectamos con la lengua y la permitimos entrar, penetrar o impregnarnos (seguramente haya formas más fálicas y otras más vulvares de hacerlo, pero esto ya lo pienso otro día).

 

La lengua es una masa de experiencias vitales individuales y colectivas que se transmite de unas personas a otras, se (re)crea y emerge en su intercambio sostenido. La mutación es constante; el chorreo de emociones, imparable. Sin embargo, hay organismos e instituciones que tratan de sujetarla con camisas de fuerza de la normatividad, siempre a la zaga del derrame de sentidos y el paroxismo simultánteo de las voces. Se usa la gramática como colonización, como reducción de la pluralidad y la comunidad de la lengua a un manojo de reglas abstractas y privatizables.

 

Yo he ayudado a aprender mi lengua a muchas personas que querían absorberla como forma de liberarse de la obsolescencia de su propia cultura. Personas desvitalizadas, inscritas como signos en un texto colectivo que hablaba de inmovilidad, de falta de participación y creación subjetiva del entorno. Se reanimaban al exponerse al castellano, este idioma viejo y absurdo lleno de violencia, que aun así se deja acariciar/rasgar en pedazos todavía.

 

En el lugar donde vivo ahora el aprendizaje de español se produce en contextos de obligatoriedad o conveniencia académica. En consecuencia, no se favorecen entornos de aprendizaje honesto, de exposición a la materia lingüística y cultural, espacios mentales y afectivos en que abrirse al cambio. Sucede lo contrario: en contextos de alta institucionalización de la lengua, esta se presenta cercada, acuchillada, desangrada en pequeñas dosis consumibles como fármacos y de adquisición fácilmente evaluable. El vínculo emocional con el aprendizaje también está secuestrado y, en su lugar, nos imponen la dialéctica de las calificaciones como única motivación/gratificación posible.

 

Los libros de aprendizaje de lengua extranjera son, también, bastiones de la hegemonía cultural capitalista. En ellos, la lengua se transmite a base de reglas gramaticales. Y la gramática es a la lengua hablada lo que una modelo de Mango a mi rumboso culo. Es una colonización, una normativización (abocada al fracaso), una violencia. Dar gramática por lengua es como dar Historio del Filosofío en lugar de vida.

En estos métodos, que son objetos comerciales, al fin y al cabo, la cultura como matriz de lengua se transmite a través de la identificación por prestigio con modelos como las que se pueden encontrar en el mercado de lo publicitario. Falta la educación en valores, la reflexión intercultural, la responsabilidad social ante la plenitud de la vida de la gente joven. La representación del alumnado en los libros de español para adolescentes se basa en una abstracción homogeneizante y normalizadora , se estiliza un modelo que consiste en (oh, no, otra vez) sujetos parecidos a varones/ del norte global/ que establecen relaciones consumistas con su entorno.

 

La neurolingüística lo tiene claro, solo se aprende aquello que se ama. Pero para ir más lejos, para deshacer las fronteras y desafiar los programas cognitivos de extranjeridad que nos imponen, además de saltar en los charcos de la conjugación verbal hay que desquiciar la subjetividad que construimos con la boca, no dejar que se cuele el enemigo cuando queremos llenarnos los pulmones de aire o la mente de fluido vital/lingüístico que nos permite seguir respirando, palpitar.

 

 

¿Qué son los padres? ¿Y los hijos?

Padres: agente voluntario de socialización no retribuido cuya misión consiste en colonizar la psicología y el cuerpo de los recursos humanos de reciente aparición (también llamados “sus hijos”) para someterlos a una apropiada adaptación al sistema capitalista de subjetividad productiva/consumidora. El proceso tiene una doble vertiente: (1) socialización positiva en normalidad productiva y (2) construcción de las bases de la libertad de demanda.

El empeño en la línea de trabajo (1) tendrá como resultado que el/la niño/a logre obtener un buen producto de sí mismo/a con el que competir en el mercado en las mejores condiciones posibles para su futuro —ficción que debe funcionar como valor prioritario que guíe sus pasos en la vida—. La socialización normalizadora incluye transmitirles férreas corazas de género desde el nacimiento (una blusa rosa entallada con volantes para Carla y una camiseta azul con camiones para Jorge); naturalizar las desigualdades sistémicas (ese pijama que ya no usas vamos a dárselo a los pobres); cultivar un vigía interior sobre la imagen personal (estás fondona/ dónde vas con eso, zarrapastrosa) hasta que el dispositivo sea capaz de funcionar por sí mismo en el interior del sujeto; fiscalizar sus amistades y ocupaciones (esta Virginia ¿no es un poco XXX?/ deja de perder el tiempo con eso); inculcar el apego incondicional a insignias de diferenciación intergrupal como banderas, equipos deportivos, figuraciones religiosas, etc.

De forma paralela a la homologación del producto empleable, el equipo socializador también llamado “familia” debe cultivar una subjetividad de cliente en el joven recurso y nunca frustrar su inclinación natural a la posesión y el apego a los artículos (qué quieres; elige cuál te compro; qué vas a tomar;¡regalos!, ¡más regalos!; ¿quieres kétchup?, ¿un helado? ¡Ahora mismo!).

Con el objetivo de que la primera estapa de gestión del mini-recurso humano sea exitosa, el input emocional por parte de los agentes debe ser limitado. Para unos mejores resultados, la distancia emocional y el training productivo/consumista deben empezar desde el nacimiento y perpetuarse hasta el fallecimiento de los progenitores. En su cometido, los padres y madres no están solos sino que cuentan con el sacrificado apoyo de la institución médica, el equipo educativo, bibliografía experta e incluso la inestimable cooperación espontánea de los viandantes (no lo cojas tanto en brazos que lo malcrías, mujer).

Existen diferencias en el papel socializador del elemento padre, con énfasis el gobierno de las situaciones, control del espacio y los recursos y del agente madre, que transita paralelamente una colonización análoga y se dedica fundamentalmente a funcionar como espejo invertido de todo lo que el padre no debe ser y depositaria de las tareas de que él no debe encargarse.

 

Hijos: extraños seres caprichosos y demandantes extraídos del cuerpo de las mujeres que durante unos años compartirán algunas características con estas (carencia de límites, desafío a la autoridad,  etc.). Cumplen una serie de objetivos a lo largo de su vida útil, desde soporte de accesorios de moda en los primeros meses, a enviados especiales para ponernos a prueba los primeros años. Aunque en ocasiones resultan adorables, se requieren altas dosis de paciencia para aguantarlos. Si la mujer es “el otro”, ellos son “lo otro”, el objeto, lo transportable, manejable y depositable en manos ajenas subordinables (el mayor tiempo posible, por propia salud mental). Generan tanta inquietud que deben ser inmediatamente introducidos en la normatividad, no hay tiempo que perder. Para saber cómo, véase la entrada “Padres”.

#HaciaLaHuelgaFeminista en con/senso

‘Consenso’ viene del latìn COM (común, compañía, juntås) en adición a SENSO, que significa ‘sentido’. ‘Sentido’, a su vez, puede querer decir tres cosas: (1) “emoción, sensación, lo que se siente” (como en me he sentido muy bien al oírte);  (2) “hacia dónde se va” (la caravana iba en sentido contrario a las demás) y (3) “significado, concepto” (no comprendo el sentido de este texto). El  ‘consenso’ sería, entonces, (1) la emoción que se vive colectivamente, que palpita en muchas personas a la vez; (2) la dirección que lleva un grupo en su caminar; (3) el valor que un conjunto de hablantes le da a algo.

La huelga para el 8M que el movimiento feminista está organizando en el estado español nace desde lo sentido en común, o el con/senso, por estas tres mismas razones:

  • Desde una mayor o menor fluidez en la articulación de lo que sucede, por qué sucede y cómo desafiarlo, desde diferentes edades, procedencias, bagajes socioeconómicos, géneros, etc., el clamor de la gente en contra de la injusticia y la violencia por razón de género está creciendo. Hay una emoción compartida, un deseo colectivo de vida en paz y comunidad que ruge desde las entrañas del sistema y que se hace cada vez más audible de piel afuera.
  • Las cuerpas vulnerables escribimos cascadas de textos; hacemos activismo de muchas formas diferentes, en muchos espacios y desde lugares diversos; nos la jugamos cada día, a cada paso, tratando de hacer las cosas de maneras conscientemente políticas que planten cara a la opresiva normalidad imperante. Todas vamos en la misma dirección: rasgar el silencio letal que el androcentrismo impone a las experiencias que vivimos, a nuestras necesidades y exigencias de descolonizar la vida y el mundo. Queremos desafiar la narrativa en que solo la vida del Sujeto Mayoritario blanco, varón, burgués y adulto merece ser sostenida y su voz la única legitimada. Queremos un sistema que asegure las condiciones materiales y discursivas para que todas las vidas/ las vidas de todås merezcan la alegría ser vividas.
  • Estamos resignificando el concepto tradicional androcéntrico de huelga obrera. Lo okupamos y lo transformamos a la medida de nuestras opresiones. La huelga del 8M se articula muy conscientemente en los cuatro ejes estudios/laboral/cuidados/consumo para que desde las intersecciones pluriversales que habitamos se pueda afrontar la jornada como un empoderamiento colectivo y una reivindicación de los aportes de las mujeres a la vida de cada día, que son silenciados, invisibilizados, ensordecidos por el poder y el culturo hegemónicos. El sentido reapropiado de “huelga” en feminista está en proceso abierto de elaboración colectiva, no es un producto terminado ni preteorizado (mucho menos partidista) sino un poema político, un texto colectivo buscándole los tres pies a la realidad, un solo pálpito percutiendo en muchas cajas torácicas, aunque aún no hayamos dado con las palabras falologocéntricamente correctas para expresarlo.

 

No obstante, no todås estamos cuidando este precioso y admirable con/senso, esta criatura de todås. Hay reacciones, hay disenso en ¿propias filas?. Hay, por ejemplo, colectivos que reclaman que las mujeres del logo no encarnen valores culturales o subjetividades propias de cada una. Es cierto que la estilización de la imagen no hace justicia a todas las intersecciones desde las que luchamos, pero no es menos verdadero que su valor icónico es claro en tres sentidos: mujeres (melenas largas)/ variadas (peinados distintos)/ unidas (brazos enganchados).

Personalmente, no encuentro necesario que en una imagen que debe ser simple para poder reproducirla mucho y en muchos espacios quede reflejada explícitamente toda esa variedad nuestra, que ya digo que está apuntada simbólicamente. En cuanto a colectivos que reclaman no haber sido invitados a la organización estatal, deberíamos quizás repensar la inclusividad como algo que se ejerce, no algo de lo que se es sujeta paciente.

La organización de la huelga es desde el principio un proceso abierto a la que una, con o sin grupo previo, se une si quiere y se pone a currar y punto. Personalmente, me parece más honesta esta apertura generalizada que la búsqueda intencionada de colectivos equis o hache para marcar casillas de currículo interseccional. Así y todo, es muy positivo que se expresen críticas desde muchos puntos a los mensajes sociales que la huelga envía, y deben ser escuchadas para que la transformación, por amasarse desde más manos, dé frutos que nos satisfagan a más personas en más sitios.

Pero también se han escrito críticas que no son tan deseables y que, a mi modo de ver, no han sido escritas desde la honestidad y el compromiso con el interés colectivo como para merecer ser tenidas en cuenta. Me estoy refiriendo al uso que Lidia Falcón le ha dado a su columna en Público esta semana y al patriarcalísimo artículo con que nos ha azotado laHaine, de Rubén González, como ejemplo de disensos destructores desde ¿dentro?

Las invitaciones a construir la huelga desde un año antes, desde abajo, desde todas, son un hecho que compromete a quienes no habiéndose involucrado en ningún punto de este camino pretenden ahora derrumbar lo sudado por otras frentes. ¿Por qué el Partido Feminista no ha estado ahí en los cimientos, creando huelga?, le preguntaría a Falcón.

El artículo de esta histórica feminista abunda en desinformación y datos falsos. No es verdad que el Paro Internacional venga de EEUU. Tampoco ha sido solamente iniciado por Argentina, sino también por Polonia. Respecto a que afirme que la huelga en el estado español es precipitada, cuando ya digo que lleva un año gestándose, no sé si considerarlo erróneo o directamente malévolo. El texto abunda en paternalismos, insultos sin base que logran el efecto de invisibilizar el ingente trabajo que se ha realizado entre muchas para poner en marcha la acción: la huelga no se ha analizado y ponderado lo suficiente; hay que utilizar el arma de la huelga con racionalidad y sensatez; hay que saber que la huelga exige unos trámites administrativos y laborales; es imprescindible que aquellos grupos feministas que han lanzado la huelga de 24 horas conozcan los requisitos legales, etc. 

A Falcón le molesta que el Manifiesto se haya escrito entre muchas y sin partidos, y desde un tremendo anacoluto, así lo expresa: “el manifiesto que se ha difundido, producto al parecer del consenso entre muchos grupos feministas, peca de impreciso, con más literatura que exposición y análisis como hace el de Izquierda Unida, cuya trayectoria de lucha y veteranía adquirida durante tantos años y tanto sufrimiento se demuestra en los datos que maneja, el análisis materialista de la situación de la mujer y la exigencia de lograr respuestas y programas de actuación concretos, de acuerdo con la vieja máxima leninista de realizar el análisis concreto de la realidad concreta“. Si a la autora de este artículo le importa el movimiento feminista español en su amplitud y no lo identifica con una sola persona, la propia, debería justificar y argumanter lo afirmado largamente, con citas y referencias a ambos textos. De otra manera, estaría únicamente haciendo ruido, voceando que el manifiesto colectivo no vale porque no lo ha hecho ella.

Las acusaciones van creciendo en gravedad según avanza el artículo: “Porque sin situarnos en la realidad española de hoy, sin conocer las condiciones materiales en que viven, o sobreviven las mujeres, no podemos difundir consignas de luchas irrealizables que o no se cumplirán, con el desprestigio de quienes tan irresponsablemente las lanzaron, o causarán problemas y decepciones que alejarán a la mayoría femenina del Movimiento Feminista”. Lidia Falcón, ¿cientos de mujeres feministas de calle, de academia, de la prensa y de los partidos, locales y migradas, jóvenes y mayores no conocemos la realidad española de hoy?

Me parece innecesario seguir abundando en la evidencia de la mala actitud de Falcón frente a las demás feministas españolas: su falta de creatividad a la hora de interpretar la huelga de cuidados, su desconfianza incondicional de los varones (de los que sin embargo según ella hemos de depender, vía todos los sindicatos para legitimarnos en nuestra convocatoria de huelga de un día), su alarmismo, su distanciamiento rabioso.

Todas tenemos opiniones formadas a nivel individual sobre asuntos que atañen al feminismo, sin embargo no podemos emprender luchas sociales si pretendemos que sean proyecciones de nuestra mentalidad personal en todos sus detalles. Lidia Falcón debería haber comprendido que hay momentos y espacios para el avance y la expresión individuales y otros en que el camino personal ha de hacerse a un lado para permitir que lo colectivo, que es mucho más pesado de mover, pueda dar un paso hacia adelante. Lidia Falcón debería haber puesto su columna a disposición de la plataforma estatal de organización de la huelga, en lugar de abofetearnos desde la ira por que no se estén haciendo las cosas desde la óptica que ella misma representa.

El artículo de Rubén González le remata a una la sensibilidad ya atropellada por el embate de Falcón. De entrada, ¿acaso este hombre no ha comprendido nada? ¿No sabe de patriarcado, de androcentrismo, de opresión cultural de las mujeres? ¿No ve que lo que su papel en esta historia es c:a:l:l:a:r:s:e, hacerse a un lado, dejar el espacio para que otras voces puedan ser escuchadas?

El texto abunda en demagogia. ¿Quiénes son “las feministas”, Rubén, y por qué dices que están en contra del trabajo de sus propias comisiones? No se entiende. ¿Tus madres, abuelas, comparadas y camaradas son tu rebaño, Rubén, acuden a las manifestaciones a tu mandato? En cuanto al resto del artículo, si se desenmaraña con dolor el entramado dialéctico plagado de sofismas y silogismos postizos, se llega a algo así como a una acusación confusa de entre podemitismo y apropiación del feminismo por parte de las mujeres (!).

Si tu reclamación, si lo único que sacas en claro de todo esto es tu derecho a declararte feminista y a ser protagonista de esta lucha, entonces eres tan patriarcal, González, como el que la odia, y de hecho eres un enemigo peor, porque estás infiltrado en nuestras filas. Cállate, hazte a un lado, que nos haces perder el tiempo, y ponte a pensar ¿desde cuándo hay que invitar al patrón a la huelga para legitimarla?

Mi amor, rey mío

Pensando en términos de poderes, derechos y privilegios, y atormentada por la relación con el padre de la personita, que no funciona (ni siquiera en su modalidad actual de lleguemos-a-acuerdos-por-el-bien-de-la-cría-pese-a-que-no-nos-amemos) he podido observar que la mayoría de los conflictos que hay en casa se originan en su inconsciente defensa a ultranza de uno o varios de los privilegios siguientes y mi resistencia felina a considerarlos aceptables o mantenerlos en la oscuridad opresiva de lo no-llamado por su nombre.

Son creencias arraigadas en la socialización segregada por géneros, en la ideología de reyes y cenicientas en que nos formaron, y están en el fondo de muchos de los desencantos que otras comadres padecen; no son individuales, no son mi problema: son un cáncer social.

 

  • Privilegio de priorizar su carrera y su descanso a la hora de organizar el tiempo común. Y ya lo que sobre en tiempo y energía, ya veremos cómo lo reparto (yo, jefe de mis recursos, decidiendo solo y esperando crédito cuando soy generoso con el resto). El problema de esta creencia es que, por ende, la compañera se ve obligada a priorizar todo lo que él deja por hacer, y ya en los huecos que queden, atender sus intereses, su carrera, su descanso (que, como es lógico, no llega nunca).
  • Privilegio de concentrarse en una tarea y llevarla a cabo según el objetivo propuesto. Allá te las apañes tú con la criatura o lo que vaya surgiendo, chata.
  • Privilegio de hacer solo una cosa a la vez, sin necesidad de multitasking, y criticando además a quienes estamos siempre en mil ajos. Si tú, varoncito, solo estás a lo que estás, a lo que te interesa estar, alguien tendrá que estar a todo el resto, ¿no crees?
  • Privilegio de beneficiarse de un grupo social sin invertir tiempo ni recursos en cuidar las relaciones. Joé, qué pesada que soy siempre con invitaciones, cafés, fiestas y comidas, comprando regalos y tratando de dar apoyo al vecindario afectivo que nos rodea. ¿Pero quién nos ayuda a nosotros, pachá mío? ¿Quién te ayuda a ti, mi amor, a encontrar trabajo, a hacer entrevistas, a colgar estanterías? Esto es como el hijo, igual: privatización de los esfuerzos por parte de la mujer para poder luego socializar los beneficios.
  • Privilegio de esperar órdenes, de no estar al cargo ni coordinar los asuntos que considera que no le atañen directamente: la casa, la crianza, las relaciones sociales. Pero no se le puede llamar machista, porque él sí contribuye, él hace ciertas cosas según el…
  • privilegio de escoger las tareas del hogar y la familia que no le son desagradables. El resto, pa ti, morena. Y no te quejes,  ¡pero si vamos a medias!
  • Y, por fin, el más importante, una vez el conflicto ha estallado, se impone majestuoso el privilegio de defender que el criterio único, la lógica, el sentido común que han de prevalecer en la discusión sea el que emana de uno mismo. ¿La prueba de que lo suyo es lo correcto? La cultura androcentrista y patriarcal que lo respalda. Es muy fácil tener razón cuando la idea de razón se ha hecho a imagen y semejanza de uno. Cuando ‘razón’ significa cuerpo masculino agresivo invisibilizando emociones, pulsiones, realidades y necesidades propias y ajenas no contenidas en el discurso de lo hegemónico postindustrial. 

 

Hace poco leía en este libro que en una escuelita sueca se había visto a una niña pelándoles sistemática y diariamente la fruta a sus compañeros varones. No sé, en realidad, hacia dónde vamos porque las señales son equívocas. Por un lado proliferan las buenas noticias desde la consolidación del feminismo en nuestras sociedades; por el otro, la segregación rosiazul avanza a pasos agigantados y no deja títere con cabeza, haciéndome temblar cuando pienso en las consecuencias que esta violencia tendrá en las relaciones entre los género en el futuro.

No puedo parar la sinrazón con mis pequeñas manos, no puedo hacer más que volcar mis angustias en este rincón perdido de internet. Bueno, eso, y que la mandarina, rey mío, te la vas a ir pelando tú.

 

(Nota: imagen compartida en el grupo de Telegram Comuneras Feministas, a cuyas administradoras no sé cómo contactar)

Deslindes

Conceptualizar es politizar, que diría Amorós.

El mundo está fatal; el tío es violento porque la sociedad lo ha hecho así; el individualismo es un problema social de primer orden; la sociedad nos hace creer que estamos gordas; qué mal me trata la vida…

Mmm… ¿son el mundo, la sociedad y la vida así en abstracto que tienen culpa de nuestros males? ¿Y si apuntásemos más bien a la cultura en que vivimos y al sistema económico que la genera, lograremos así comenzar a transformarmos? La vida y el mundo son como son, no hay otra. La sociedad no es nada en concreto. Pero cultura y sistema… ay, amiga, ahí sí que podemos cambiar cosas cuando empezamos a verlos, sus engranajes, su fecha de inicio, sus vergüenzas… su caducidad.

 

La vida: lo que late, lo que palpita, lo que resuena en el cuerpo como cierto. Lo que conecta con otros organismos y fluye entre ellos. Su contrario es la violencia, no la muerte. La muerte es otra forma de la vida (cíclica), que gracias a ella posee una enorme capacidad de regeneración.

El cuerpo: la materia animada por pulsiones. El cuerpo es una forma más de la vida. Su principal fortadebilidad es que es vulnerable.

El mundo: el planeta, el entorno vivo, vibrante y diverso y todas las contradicciones que contiene, brechas de energía y materia en las que se genera y destruye a sí mismo.

La sociedad: un montón de cuerpos que conviven. Solo eso. Puede estar dominada por un sector de personas poderosas que la abduzcan y confundan para que tome una dirección autodestructiva. Pero puede también liberarse del yugo y trabajar por su propio beneficio, que es la integridad de sus miembros, comenzando por los que son más vulnerables.

La cultura: el discurso hegemónico, formado por (a) la ideología que gobierna una sociedad y (b) los diálogos que distintas subjetividades entablan con ella (y logran ser escuchados). En el centro del mensaje, como programación compartida, la cultura sirve para mantener cuerpos y mentes atados a las actividades que el sistema necesita para reproducirse. Es la mentalidad que todo el mundo tiene, y que se afianza a través de medios de difusión y propaganda, instituciones de poder, estereotipos, categorías, etc. En los márgenes del discurso fuerte, la cultura recoge el cuestionamiento o la reverberación en voces (por medio del arte, el activismo, la enfermedad mental o cualquier otro esfuerzo de resistencia entre ella). Como fenómeno de proliferación, cultivo latente de la vida humana, no es en sí negativa, a menos que el sistema que la genera esté basado en desigualdad, explotación, dominio; en tal caso, hay que desconfiar de ella, puesto que no estará orientada sino a reproducir la violencia, en lugar de la convivencia y la vida.

El sistema: modo de organización de una sociedad en torno a lo económico que produce una cierta cultura a su imagen y semejanza para su justificación y pervivencia.

 

En resumen, la vida ni está cara, ni es dura ni es ningún sueño. Tampoco trae cosas, ni se la busca una, aunque sí se puede llegar a perder. La vida fluye, se expande y se reproduce. Luego, el mundo no es que se haya vuelto loco: el mundo es un ente vivo que está siendo agredido por una especie concreta organizada en un sistema violento. Los locos son otros. La sociedad, por su parte, no tiene culpa de nada. La sociedad es lo colectivo, es cualquier cosa, es lo que hagamos modelando barro entre muchas manos a la obra en comunidad.

Es el sistema lo que es duro, lo que está caro, lo que es violento. Y la actual cultura sexista, racista y adultista es su hija y aliada. Propongo aclarar términos en la cháchara del día a día, no andar culpando a quien es inocente sino echarle los índices a los fenómenos realmente culposos con sus nombres y apellidos. Para mí, el camino es sospechar siempre de la(s) cultura(s), tejer discursos y caldos sociales que cuestionen incesantemente lo vigente, sobre todo cuando esto consiste en un sinfín de atropellos a las partes más blanditas de los cuerpos: las pulsiones valientes, las dulces crías, esos vientres que nos tiemblan, porque añoran el placer de no estar solos.