¿Perdón por existir?

Se ha colado en nuestras relaciones intimas y sociales, está por todas partes, en todos los medios por los que nos comunicamos, todos los días, a cada rato. ¿Cuándo hemos empezado a usar tan a menudo esta palabra tan chunga? Perdón. Perdón. Coño, qué fea es.

‘Perdón’ es una de esas palabras con mucha carga performativa, es decir, con el poder de cambiar la realidad al ser pronunciada. Es una palabra-tótem, una verdadera institución moral. Siempre he pensado, sin embargo, que tiene algo de litúrgico, de guión social y, por tanto, de falso.

Sí, la cagamos y luego decimos “perdón”, pero ¿ya vale? O mejor: ¿para qué vale? ¿Recordáis que hasta nos obligaban a decirlo de niñås cuando nos peleábamos con otrå niñå o hacíamos algo “”mal””? ¿Y si su valor no reside en el arrepentimiento sincero, puesto que entonces no se dirigiría desde fuera tan alegremente, en qué consiste el dichoso “perdón”?

El origen de la palabra tiene que ver con solicitar de un acreedor que le perdone a uno la deuda que ha contraido, preumiblemente por no poder pagarla. Sería algo asi como “condonar”, y se forma a través de la locución “per donare”, algo así como “dar definitivamente” o “dar del todo”, a fondo perdido.

Tenemos, pues, una palabra-fórmula que se usa cuando queremos que la persona que nos escucha nos condone la deuda que le debemos. ¿Pero qué deuda es esa?

Si pedimos perdón por hacer esperar a alguien, bien, ahí hay que asumir una posición de humildad en pos de la convivencia y el respeto, entiendo yo, pero si nos observamos durante unos días, veremos que pedimos perdón por muchas otras razones en que quizás no sea tan fácil reconstruir “lo adeudado”. Por ejemplo, no coger el teléfono o no responder mensajes inmediatamente, expresarnos en chats y grupos, no “poder” hacer cosas por terceras personas, estar, o no estar…

Nos disculpamos tanto (ojo con esta palabrita también), que se diría que en vez de relaciones afectivas basadas en la cooperación y el respeto tenemos un entramado de deudas, culpas y expectativas inasumibles sobre el tiempo y las posibilidades reales de acción que se nos  dejan en la vida.

Como resultado, nos pasamos el día oyendo y leyendo de nuestrås allegadås y conocidås que no les tengamos en cuenta que no hayan hecho lo que se esperaba de ellås. Pero, ¿qué se esperaba? ¿Quién lo había decidido? ¿Era realista? Por otro lado, soportamos cientos de agresiones normalizadas por las que nadie nunca nos pide perdón: la omnipresente publicidad, los discursos racistas, el sexismo contra la infancia, etc.

Esto va tomando cara: o sea, hay un paradigma de relación reinante (de ma/padre, de hermanå, de amigå, de compañerå activista, de participante en un grupo…) que está socialmente aceptado pero que generalmente sentimos que no logramos alcanzar, de ahí que humildemente pidamos todo el tiempo que, aun así, nos quieran un poquito y no nos dejen de lado. Qué fatiga.

Propongo un poquito de empoderamiento para el fin de semana, en tres sabores distintos. Por un lado, el empoderamiento lingüístico: apuntemos las veces en que decimos “perdón” o “lo siento” durante unos días y pensemos con qué “deuda” queríamos que nos hiciesen la vista gorda en cada caso.  ¿Qué estereotipos de relación  encontramos? ¿Pueden rastrearse, de dónde vienen? ¿Y si hablamos con la otra persona y tratamos de establecer una relación genuina, nuestra, tejida con tiras de pijama viejo, sin expectativas ajenas que nos pican y molestan?

Tras el análisis, el ejercicio práctico: se propone usar “gracias” por lo que nos dan en lugar de “perdón” por lo que nos tomamos. O quizás, si de verdad herimos, sería mejor hablar de nuestros sentimientos en lugar de usar frías fórmulas jurídicas romanas. Por ejemplo: me duele haberte hecho daño.

Después, el empoderamiento moral. ¿Por qué sentirme mal por realidades que escapan a mi control? ¿Por qué engañarme y engañar sobre mis posibilidades auténticas de manipulación del entorno? ¿Y no será que si me disculpo por mis circunstancias estoy de algún modo privatizando la culpa cuando, probablemente, la causa sea colectiva y solo se convierte en culpa cuando (me) intento convencer de que dependen de mí?

(Interesante pensar, desde este punto de vista, cómo la doctrina católica construye la moral de esclavås  -justo en la zona cero de la dignidad humana- a través de este resorte del perdón que debe ser otorgado, previa penitencia, por un magnánimo acreedor a toda aquella criatura que ose existir en sus dominios.)

Personita ya baila, anda, explora e interactúa constantemente. Por eso, yo ya no tengo tiempo para casi nada más que no sea acogerla, cuidarla, cuidarnos. Adiós a internet, telarañas en los emails, descuido a las amistades que estan lejos, tantos proyectos. Pero será solo un tiempo, pronto cambiarán las cosas. Tras una primera etapa de sentirme mal por estar presente para Atreyu pero ausente para el resto del mundo, he comprendido que no debo absorber en forma de responsabilidad y derrota lo que no es sino consecuencia natural  del decurso del proyecto-cría y no hay que sentirse mal por ello. Con un bebé de en torno al año, en mi experiencia, no se puede materialmente hacer muchas de las cosas que hoy día consideramos esperables e incluso imprescindibles respecto a la interconexión social. Y es que también tiene que saberse, para que no lo tengamos que llevar (también) a cuestas y sin ayuda.

Y… ya despertó. El punto y final es un privilegio

 

 

Politisía

Escríbeme un texto corto, conciso, no tengo tiempo para leer mucho y quiero llevarme lo máximo a cambio de lo mínimo. Suena a anuncio de supermercado, pero no es eso, es que en este sistema caníbal tanto trabajo sordo ya no me deja tiempo más que para vivir a cápsulas.

El texto ha de encontrarse en la intersección entre la política y la poesía. Exactamente en el centro, bailando. Que esté jugoso y rebose lírica pero al mismo tiempo ofrezca la consistencia de una bala de caucho. Y que apunte directo al ojo de la opresión que nos amansa. Debe hacer estallar neuronas encabritadas como palomitas de maiz en un cazo.

Poesía por lo condensado de sus palabras-perla, que lleven en sí el salitre de muchos mares hecho costra. O por diseccionar fósiles marinos para desnudarlos poco a poco de capas de sensualidad difuminada. Y política… pues porque estamos en guerra, porque nos matan, reprimen y silencian. Porque el privilegio de estar vivas, trabajar y consumir que tenemos no es sino una autopista de cera bajo el sol, que ya se funde.

En el germen bivalvo membranoso donde nace el primer grito, donde florece la carne delgada de la palabra, allí, en la playa de la medusa, politisía.

3 palabras-trampa por las que se nos escapa la vida

Si Todo El Conocimiento tuviese que reducirse a una sola cita literaria, yo elegiría esta de Lewis Carroll:

“Cuando yo uso una palabra –insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso– quiere decir lo que yo quiero que diga…, ni más ni menos.

–La cuestión –insistió Alicia– es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

–La cuestión –zanjó Humpty Dumpty– es saber quién es el que manda…, eso es todo.”

 

Y es que lo realmente importante no es tanto lo que las palabras (sí, esas que estructuran nuestro pensamiento, nuestras emociones y relaciones sociales) denotan, es decir, “significan oficialmente”, sino qué connotan, qué circuitos activan al ser usadas, qué efectos tienen en nuestra psique, nuestro espíritu, nuestra materia corporal. Qué nos imaginamos al visualizarlas y qué frutos fertilizan al posarse en un surco abonado de nuestra mente. Esa capacidad de movilizar de las palabras está a veces secuestrada por fuerzas de lo oscuro que nos mandan la vida desagüe abajo y de las que es preciso liberarse, relenguando.

I

Por ejemplo, la palabra carreraHemos dejado de hablar del empleo o el puesto de trabajo para hablar de “mi carrera”. ¿Qué consecuencia inmediata trae esto?  Que la profesión deja de tratarse de algo que tengo-que-hacer-si-quiero-comer, con la que tengo una relación más o menos conflictiva (y en ese espacio de negociación se nutre la dignidad, pues nos permite seguir siendo personas aparte de trabajadoras), y que representa únicamente una porción de mi tiempo y mi identidad. El trabajo (que viene del latín tre-palium, un instrumento de tortura con tres palos) ocupa una parte del día y después termina, es un compartimento, una parte de la vida. La carrera, sin embargo, es la vida. Transmite la idea de pista que se desenvuelve frente a mí, por la que he de ir corriendo, coleccionando hitos, que me acerquen más y más a la cima del éxito. El trabajo es uno de las diversas esferas de mi estar en el mundo, sujeto a visicitudes y solo a veces en armonía con mis proyectos e ilusiones; por contra, la carrera es subjetividad, da cuenta de mi valor de cambio y se convierte en la fuente de legitimidad de mi existencia.

El problema de esta visión es que deja fuera adrede todas las realidades socioeconómicas que podrían hacer que la vida laboral/profesional de una fuese inestable, cíclica, irregular o incluso inexistente. Al identificar el trabajo asalariado con la esencia misma de la vida y negar la posibilidad de que los logros o fracasos profesionales puedan depender de factores ajenos a la propia voluntad, se consigue que la humanidad se autoimagine silenciosamente como fuerza de labor autoexplotada, desempoderada, desactivada. Si algo va mal es porque yo no estoy cuidando mi carrera lo suficiente: ese es el mensaje. Trabaja más, piensa más en el trabajo. Neoliberalismo puro y afilado.

II

Otro término que me rechina es el de mujer independienteque tiene algo de oxímoron. No es necesario abundar en lo crucial de que las personas no sean sometidas unas a otras por vía de la dependencia económica, de ahí que consejos bienintencionados nos insistan en que trabajemos para no depender nunca de un tío. Y dicen bien. Sin embargo… ¿qué imagen dibuja esta expresión? Una mujer sola, volcada en su carrera, con poder de consumo, que en algún momento quizás querrá tener marido e hijos. De nuevo todos los elementos que alimentan la rueda del capital: individualidad, consumo, poder. Pero es que la individualidad es una fantasía. No funcionamos atómicamente, sino en comunidad orgánica. El grupo y los intercambios no interesados son necesarios para nuestra salud mental, espiritual, física.

Por tanto, hablemos mejor de personas autónomas (del griego “de propia ley”), para así señalar que rompemos con  las estructuras de la familia patriarcal jerárquica, con esposas y vástagxs como anexos de un varón sustentador, pero sin dejar de lado el universo de lo relacional, los cuidados, las vulnerabilidades y las dependencias que, queramos o no, son lo que existe, lo que nos hace desarrollar la vida en condiciones saludables y salvaguardar la dignidad.

III

Tanto en la carrera y en el mercado, en la vida cultural y en las relaciones se dice mucho ahora que actuamos bajo el influjo de la  libertad. Pues mira, no. Últimamente, cuando alguien usa esa palabra en un debate sobre prostitución, alquiler de vientres, princesismo, migración… o cualquier otro tema candente relativo a cómo tratamos a los cuerpos, me imagino a la persona sobre la que se habla, con sus harapos, sus pañales, comoquiera que ande por el mundo y cualesquiera sean sus circunstancias, sentada en un pequeño trono, con una corona de chapa, disponiendo a derecha e izquierda sus caprichos a una pequeña corte que corre atorada a cumplirlos indefectiblemente.

El refugiado era libre de dejar su país. La maltratada eligió libremente volver con él. Las niñas quieren ir vestidas de rosa. Nadie. Le. Puso. La. Pistola. En. La. Cabeza. Pues mire, sí. La pistola en la cabeza se llama cultura, contexto, presión social, falta de opciones, ignorancia, desigualdad sistémica, indefensión aprendida, hambre, necesidad. La necesidad le arranca las patitas a la libertad de cuajo. Cuando no hay opciones o estas no son conocidas o están silenciadas: no, no hay libertad.

Ya vale de frivolizar. El uso derechizado de este concepto es de una crueldad pasmosa. Asumamos que la palabra nos la han robado. De hecho es que está incluso en el nombre del sistema injusto en que vivimos que imposibilita, precisamente, el acceso a la libertad ontológica para muchas personas en beneficio de otras que fabrican su poder a costa de masas desempoderadas. Hablemos para nuestras luchas de emancipación (del latín: quitar de las manos), una herramienta que visibiliza la opresión y permite, por ello, la ilusión (previa al hecho) de revocarla.

Imaginarnos a nosotras mismas como muñecas de papel troqueladas, recortadas del librillo, con una carrera que coronar y muchas elecciones libres por delante es una falacia. Es falso. Es una oración que nos hacen memorizar porque no les beneficia más que a ellos, a quienes nos sacrifican como astillas a las hogueras de donde emana, gaseosa, la aparente legitimidad de su dominio. Basta. Barramos como hojarasca las palabras-trampa para lograr vernos como lo que somos: criaturas desnudas y tiernas cuya ambición máxima es vivir acurrucadas y en equilibrio con el ambiente y los recursos del entorno del que formamos parte.

 

En próximas entregas:

  • La moral no es solo cristiana
  • ¿Es Hitler El Mal?

El yo precocinado

Recibí uno de estos días en mi buzón una de esas respuestas comerciales en que hay que marcar una casilla al lado de una entusiasta frase escrita en primera persona, del tipo “sí, deseo que me envíen la oferta bla bla bla, y acepto recibir bla bla bla” y luego mandar el tarjetón por correo. Me pareció bastante retrocutre y me puse a pensar en todas esas veces en que enunciamos algo sin haber realmente comunicado, en que el mensaje que mandamos no lo hemos elaborado nosotras. En eso que pasa cuando suscribimos, firmamos, pero realmente no hemos dicho. O cuando no hay acto de expresarse pero sí que estamos comunicando algo previamente proyectado por otra persona o entidad.

 

Y es que es esta una sofisticada perversidad comunicativa de consecuencias incalculables. Véase sino lo que ocurre con los contratos mercantiles, laborales, en que nuestras opciones de meterle mano a la redacción del texto son prácticamente nulas pero sus efectos sobre nuestras vidas, inmensos. También pasa con las encuestas. Con las recogidas de firmas. Con los clics y las cuquis y los likes… (¿no estará casi toda la internet basada en esta enunciación predeterminada?)  Y en sangrante última instancia, es lo mismo que sucede con las papeletas electorales, los diplomas, las constituciones y las leyes y fronteras que amenazan la autonomía de nuestros cuerpos y mentes.

 

En todos estos textos y artefactos, es el yo que se expresa (y que quedará para la posteridad), pero qué yo. Una subjetividad que solo contiene un recuerdo fantasmagórico de realidad vital, de alimento. El resto es un mejunje de aceite de palma, azúcares, químicos venenosos. Elementos no nutricios que se añaden para conservar y comerciar a gusto. Que corrompen. De nuevo, la lengua y sus actos escondiendo fuentes de poder entre sus enaguas. El poder y la ideología hegemónica hacen de las personas lo mismo que la industria “alimentaria” hace de la comida-vida para convertirla en basura.

 

¿Cuántos discursos emitimos cada día desde nuestro cuerpo y nuestra experiencia soberanas? ¿Cómo de a menudo nos expresamos genuinamente? ¿Qué espacios y tiempos nos permiten hacerlo? No todo es expresar desde lo propio, me dirás, también hay que hacerlo desde lo colectivo. Sí, pero estamos en las mismas… ¿cuántas de nosotras, cómo y a qué precio creamos discurso colectivo no precocinado? ¿Tenemos tiempo, energía, habilidad y paciencia para consensuar manifiestos, artículos y otros textos conjuntos en movimientos y asociaciones?

 

Si se lleva al extremo, un claro ejemplo de enunciado en que ponemos nuestra firma sin apenas leerlo es la lengua en sí misma. Las palabras y las estructuras en que las engarzamos arrastran arena, gravilla (y rocas y montañas) que asaetean nuestra conciencia y nuestras emociones sin que nos demos cuenta de ello. Y no hay tiempo para desatar los nudos de cada red semántica a cada paso; sin embargo, estamos llegando a un estado de manipulación mediática tal, que quizás sea ya un acto de irresponsabilidad extrema para las personas letradas no andar con pies de plomo en su consumo actual del lenguaje corriente.

 

Se me ocurre la recientemente acuñada turismofobia, una palabra imposible para la lógica del español que sin embargo parece haberse aceptado sin mediar reacción popular. Las fobias, que son término griego para expresar miedo, rechazo, lo son en la medida en que aquello que tememos no justifica en sí mismo la reacción temerosa. Es decir: -fobia acompaña a ideas que no dan miedo ni deben generar rechazo de por sí. No tendría sentido decir asesinatofobia o crueldadfobia o tsunamifobia porque se entiende que lo malo genera sentimientos negativos en sí mismo.

 

De ahí que sean solo conceptos sin valor negativo los que pueden generar palabras con este sufijo: xenofobia, homofobia, fotofobia… Por eso, usar turismo en esta palabra es eliminar de un tajo la posibilidad de que lo consideremos fenómeno indeseable. Llamarle turismofobia al cuestionamiento de una industria-apisonadora que machaca la convivencia y los recursos naturales y culturales de un lugar donde tratan de pervivir comunidades es quitarnos el derecho a cuestionar. Es quitarnos el derecho a creer que nuestras vidas puedan tener más valor que sus comercios. Es arrebatarnos mucho de un solo golpe.

 

Pero estamos este curioso momento histórico en que un machuno de izquierdas puede pontificar en un espacio 15M (sin generar reacción pública alguna en el auditorio) que el feminismo, como todos los -ismos, es una ideología que genera masificación y falta de pensamiento crítico. No sé entonces cómo se las entenderá ese buen activista con el onanismo, el bruxismo, el lirismo o incluso el analfabetismo, que a juzgar por su perezrevertismo impune, nos acecha irremisiblemente.

Las palabras más bonitas empiezan por co-

…y además son las mas importantes.

No me estoy refiriendo a ‘coño’, ‘corazón’ o ‘copita de pacharán’, que también, sino a esas que llevan el prefijo-preposición latina con- (co-/ com-) (como en Laura está con Jacinta), y que reflejan el siguiente sentipensamiento: cuando una actividad se realiza en compañía, esta toma otro sentido tal que merece incluso ser denominada por un término distinto del primero. Hacer y decir en comunidad genera realidades alternativas, nos hace concebir y tomar parte en narrativas revolucionarias compartidas. La receta para vencer a este programa de individualidad marciana en que nos han enjaulado es usar la lengua con seso, y con mucho con-.

Aquí un ramillete de mis favoritas: (por orden caprichoso y sin intervención alguna de la RAEH*)

  • Colectivo: Ese lect- significa algo así como “recolectar”, y es el mismo que forma parte de ‘leer’. Cuando nos colectivamos y asambleamos es como si cosecháramos juntas el fruto de nuestra subjetividad diversa.
  • Cooperativa: A mí esta palabra me parece muy potente y me sabe a mermelada fresca de cooperativa rural de mujeres. Está llena de sentidos: obra, ópera, obrera… También llama a los textos en colaboración que internet nos ha facilitado tanto escribir.
  • Colega: Ahí tenemos a la ‘ley’ y al ‘lego’ en un asunto. Tiene algo de “cómplice”, de “compinche”. Sea como sea, ahora la prefiero a “amiga” (aunque para mí la reina es “compañera”), hasta que en redes sociales empiecen a usarla para cuantificar los contactos que una tiene…
  • Comadre: Cuánta belleza cuando se la desnuda del valor patriarcal peyorativo como vecina meticona. Comaternar, cuidar juntas (se haya parido o no, se sea del sexo que se sea), me parece el mejor regalo que la vida nos puede hacer y que le podemos hacer a la vida.
  •  Colecho: En crianza crítica (mal rollo eso de llamarla natural, para mí), consiste en dormir con las criaturas en la misma cama durante unos meses o años. Se basa en desmontar el hábito capitalista de que duerman separadas de sus criadoras para que estas puedan descansar lo suficiente como para rendir al día siguiente en la fábrica o en la oficina.
  • Conmoverse:  Me palpita la víscera al son de la tuya.
  • Compasión: Siento tu mismo pathos, lo que padeces. De nuevo, hay una transcorporeación del pálpito. Qué rico. Se merece que luchemos por quitarle esa pátina judeocristiana de la pena y la caridad, para que florezca en todo su esplendor expresando la comunicación de pulsiones.
  • Coeducación: De las más modernas. Y una de las mejores armas con que contamos en esta nuestra guerra de fondo a favor de la vida. Según Mujeres en red significa: educar desde la igualdad de valores de las personas.
  • Consenso: Con la aprobación, con el sentido de todo el mundo. De tal forma que quizás lo que se siente no sea tan vicario como el patriarcado nos ha querido hacer creer.

 

Extra: en griego, la misma labor la realiza el prefijo si-, sin-, sim-, que produce otro chorro de palabras bonitas y buenas: sincronía (lo que se coincide en el tiempo), simpatía (“padecimiento” o “pasión” común, equivalente a “compasión”), símbolo (poner juntas dos piezas que se usaban como firma en acuerdos cívicos en la Hélade), simbiosis (forma de vida en común), simposio (beber juntas), etc.

 

*Real Academia Española (de los Hombres)

Cómo hablamos las mujeres

Nos construimos hacia dentro y hacia fuera a través del lenguaje. Hacia dentro, decimos y encarnamos nuestra verdad en lengua. Hacia fuera, performamos, materializamos nuestro espacio en el mundo negociando con los elementos sociales a través de la lengua y de cómo la usamos en interacción. Los ejes de poder en que nos movemos y otros aspectos psíquicos propios pueden descubrirse a través del análisis de nuestro discurso.

Para analizarte, graba un pedazo de conversación telefónica o presencial, en la que hables (mejor con otra persona que sola frente a la cámara) y observa posteriormente desde fuera los siguientes fenómenos.

 

Aspectos externos

  • Qué lengua hablamos: ¿es la “nuestra” (habitualmente llamada materna)? ¿U otra? En ese caso, ¿quién nos la ha impuesto? ¿Qué lengua hablamos con cada persona, qué nivel tenemos y qué consecuencias tiene la diferencia en el grado de dominio a nivel de poder? ¿Cómo se relaciona con nosotras la persona que conoce mejor el código?

 

  • Turnos de habla: ¿hablamos mucho o poco? ¿Más o menos que la otra o el otro? ¿Interrumpimos? ¿Nos interrumpen? ¿Cómo interpretamos las interrupciones?

 

  • Escucha activa: ¿cómo reaccionamos ante lo que ha dicho la persona con la que hablamos? ¿Damos muestras de haber entendido? ¿Recapitulamos lo que ha dicho, inquirimos sobre ello, ignoramos, insistimos en nuestro relato? ¿A nosotras, sentimos que nos escuchan? ¿Cómo reaccionamos si sentimos que hemos sido escuchadas o no?

 

  • Seguridad en una misma: ¿Nos equivocamos, reformulamos mucho lo que hemos dicho? ¿Hay mucho “eee”? ¿Cómo nos sentimos respecto al tema que estamos tratando y cómo se refleja esto en el discurso?

 

Aspectos internos

Lo performativo (la creación de realidad a través de la lengua)

  • Clasifica los enunciados que emites en afirmativos, negativos o interrogativos y cuéntalos. ¿Qué tipo predomina? ¿Cómo lo interpretas?

 

  • Observa los enunciados, ¿cómo son, qué hacen? Por ejemplo: crean relato (esta mañana me ha llamado Luis), dan órdenes (¡escucha!), te comprometen a algo (tengo que estudiar para encontrar un mejor trabajo), establecen nuevas realidades (a partir de este momento, se acabó lo que se daba), expresan sentimientos (siento lo que ha ocurrido), etc.

 

  • Cuando das una opinión, ¿en qué punto de la escala entre “es así y punto” y “perdón, bueno, yo es que, si puede ser, creo, diría que igual…” se encuentra? Es decir, ¿con qué grado de autoridad expresas tus percepciones?

 

  • Al hablar o creamos las frases de nuevas, sino que muchas veces son pedazos de lengua que hemos oído, y repetimos en contextos oportunos. Escoge varios, ¿de dónde vienen? ¿De tu madre? ¿De la propia persona con la que hablas? ¿De la tele? ¿De un libro?

 

  • Observa tus coletillas, ¿sirven para atenuar (no sé, como…) o para enfatizar (evidentemente, claro)? ¿Cómo lo interpretas? Sería ideal anotar los marcadores del discurso (o sea, a priori, bueno, de todas formas…) que más usas y preguntarte por qué esos y no otros.

 

Lo material

  • ¿Aparece tu cuerpo en tu discurso? ¿Qué partes?
  • ¿Explicas con descripciones visuales, materiales, lo que cuentas?
  • ¿Hay en tu discurso más palabras de significado concreto (piel, mesa, flor, pollo) o abstracto (idea, tema, sinceridad, relación)?
  • Fíjate en los sufijos apreciativos como ito/illo/ico/ín o azo/aco/ón, etc. ¿De cuáles hay más? ¿Te identificas más con lo pequeño o con lo grande?
  • ¿Qué colores predominan en tu discurso, si los hay?

 

El yo

  • ¿Cuántas palabras, expresiones, tonos, etc., crees que has creado tú? O sea, ¿cuánta creatividad propia hay en la lengua que usas?
  • ¿Cuántos verbos hay en primera (yo, nosotras), segunda (tú, vosotros) y tercera (ella, él, ellas) persona? ¿Cuál predomina y por qué crees que lo hace?
  • ¿Cómo te creas a ti misma en el discurso? Es decir, ¿cuál es la autoimagen que dibujas? ¿Dices cosas como ay, qué tonta soy con frecuencia?
  • ¿Has usado “nosotros/as”? ¿A quién incluías junto a ti?
  • Cuando te refieres a personas con las que te relacionas, ¿usas sus nombres o su relación contigo? Es decir, ¿dices “Carlota” o “mi hermana? ¿”Carlos” o “mi novio”? ¿Por qué?

 

Lo social

  • ¿Cómo te relacionas con la norma? ¿Cuánta incorrección hay en tu lengua? ¿Cómo te sientes respecto a ella?
  • ¿Usas el lenguaje inclusivo de género? ¿Cuidas, en general, la inclusión? ¿Has hecho referencia a colectivos sociales (infancia, jubiladas, migrantes, chinas, enfermeras…)? ¿En qué términos?
  • ¿Usas palabrotas? ¿Cuántas? ¿Cuáles? ¿Qué significados arrastran? ¿Qué roles de género se esconden en ellas?

 

Una vez analizada tu propia habla, lánzate a analizar la de otras mujeres, la de los hombres, las y los jóvenes, etc. ¡Hay mucho que constatar y de lo que aprender ahí fuera! Decimos mucho más de lo que hablamos cada vez que abrimos la boca…

Cómo viajar sin ir, conocer sin aprender, ser sin vivir

1

Hoy he estado tomando café con un amigo que se contaba que ha viajado a Chipre este verano. Oye, y ¿en qué parte? —No sé, era un resort de esos. ¿Tremenda la comida, no? —Sí, la verdad que el bufé tenía de todo. ¿Y aprendiste algo de griego, parakaló? —¿Hablan griego en Chipre? No jodas, ¿en serio?

Mi amigo ha viajado (se ha desplazado, mediante el consumo de recursos) pero no ha ido a ningún sitio. Ha permanecido en una cápsula cultural, una vacuola mental sin territorio: comodidad y seguridad burguesas con sobrecillos de ketchup y mostaza en cada mesa. Qué bonito y anodino de no ser porque cosifica y consume vida para el disfrute imaginado de los privilegiados de siempre.

Que se estén organizando en contra del turismo masificado en el Mediterráneo es una magnífica noticia. Tanto crucero, tanto hotel, tanto apartamento, tanto avión, tanta oferta… son un insulto a los territorios (con su flora, su fauna, su flujo humano). Culturas colonizadoras levantan mastodóndicas burbujas de plástico para comerciar con vivencias que no son sino un espejo exotizado de las que la clientela ya tiene en su vida cotidiana. Es una aberración fuera de toda lógica que se vendan lugares (con las sustancias vitales que los empapan) a los que algunas personas con dinero puedan viajar sin ir.

 

2

En los métodos para aprender español aquí en Escandinavia se desarrolla un fenómeno complementario al del turismo adocenado. Las narrativas típicas de los libros de texto, con sus diálogos, contextos y personajes, reproducen una y otra vez la misma escena: clientes escandinavos (con quienes se espera que el alumnado se identifique) se proveen (de cosas y de experiencias) en países hispanohablantes. De esta forma, el mensaje es claro: aprende a demandar productos y servicios en lugares cuya imagen se construye a la medida de tus necesidades como turista. (Y, por ende, cuya existencia es legítima en tanto en cuanto tú puedes consumirlos.)

Así, las personas y los fenómenos culturales que aparecen en los libros son solo los que tienen relación con la industria turística. Cada vez que se abre un libro de español aquí, se levanta un edificio de hormigón en el Arenal de Mallorca. La aproximación a la lengua y la cultura extranjeras, como fin supuestamente intelectual e incluido en el plan oficial de estudios, arrastra una finalidad diferente, un currículo oculto: constrúyete como cliente en los lugares/ante las personas que tienen menos que tú. Ejerce tu poder monetario. Restringe tu espectro de aprendizaje a descubrir cuál es tu papel asignado en este juego. Conoce sin aprender.

 

 

3

Ayer tomé un café con otra amiga. Astrid tiene casi cuarenta años y mucha fibra yogui y probiótica. Pero ha adelgazado, juraría. Procede del Berlín oriental. Es doctora en físicas y trabaja en condiciones admirables en un laboratorio forense. Ha pasado recientemente por un parto y está criando a un hijo sano en un país nórdico.  También tiene una pareja, varón, que viene de Italia. Astrid y su compañero, ahora marido, acaban de volver de unas fantásticas vacaciones de un mes en Bari durante las que, además, se han casado en una idílica boda. Pero Astrid parece cansada. De hecho, se diría que está agotada.

Por fin me cuenta entre sonrisas temblorosas que ella quería una bodita simbólica, pequeña, sin agobios y sin grandes gastos. Que tampoco sabía muy bien por qué casarse, pero que bueno, por qué no, mola. El caso es que su chico se avino a satisfacer los usos familiares, y… ya se sabe: cuatro de las cinco semanas de vacaciones trabajando intensamente en la organización; diez mil euros de inversión final en un solo día de disfrute; un vestido demasiado caro, demasiado ajeno; muchas horas de suegros; decisiones tomadas en familia (la de él); corriendo todo el día de aquí para allá bajo el calor de julio; un niño destetado a instancias de su nonna; purés, llantos, parientes de él por doquier… y sonrisas, muchas sonrisas, temblorosas, de ella.

Astrid siente que con la gran boda italiana le han practicado un drenaje psicológico, emocional. Está para el arrastre. Cree que durante cinco semanas ha sido pelele, ha satisfecho expectativas ajenas y dejado de lado las propias. Siente que cumplir el sueño de un día le ha costado demasiado caro. Pero no sabe ponerle nombre a  nada de esto. Y cree que le pasa solo a ella.

 

La verdad hay que decirla poco porque se gasta, se vuelve paisaje, lengua, se calcifica, se desactiva. Las palabras dejan de significar, como cuando son rubíes, y se vuelven profundos sótanos tenebrosos en que los peores abusos patriarcocapitalistas son perpetrados y ocultos, naturalizados.

Viajar para no ir a ninguna parte, no abrirse al camino. Aprender pero no conocer, no cambiar en el proceso, no llegar a saber más que lo que de ti se espera en el tablero de juego. Y ser, ser cuerpo sin tener ánimo ni subjetividad, dejando que te vivan otros como precio por alcanzar deseos inoculados.

Algunos dicen que así es la vida; pero no, así es el (un) sistema. Y es una mierda. Y se puede cambiar.

Dice Siri Hustvedt: “nuestros cerebros son órganos predictores conservadores. Solo vemos la realidad a través de los esquemas previos que tenemos de ella. Es más rápido y cómodo, y la evolución nos lleva a pensar así. Tendemos a ser vagos para ahorrar energía”.

El modo ahorro dura ya demasiado. ¿Y si vamos pasando a la acción, probando a hacer las cosas de otra manera?

 

Mam mom ma mamá

—dice la personita.

Y expresa.

Cosas que ella, como Cuerpa chiquitita, tiene que decir.

Necesito, significa quizás: una mirada que me contenga, en la que retozar, alimento que me nutra, algúun cambio que me mantenga sana, sueño para evadirme. O tal vez esté diciendo “soy”, o “estoy”, u “hola”. La criatura utiliza una lengua tan veraz y certera que no hay gramática que la anquilose y su interpretación depende al cien por cien del contexto en que se usa.

Pero las mentes adultas entienden otra cosa. Y le responden que mamá esto o que mamá lo otro. O si es mamá se emociona y le agradece emocionada que la nombre. Que la mire con la lengua, que le dé existencia separada y prioritaria. Cuando según la psiquiatría, durante el puerperio es tanta tanta la entidad de la mamá para el bebé, que ni siquiera la considera una existencia separada. Creen que somos el mismo cuerpo, la misma cosa. Una diada de contornos claros y cerco luminoso frente al magma viscoso y oscuro de todo y todos los demás.

Mam am mo mo ma.

Traducimos como nos interesa. Siempre, en todo lugar y situación. Las orejas se acaracolan en un sesgo personal que no coincide con el mohín de la boca ajena: el tímpano es un himen desgarrado. Traducir, como escuchar, equivale a hablar. A expresar el contenido de tu masa visceral. En un voluntariado con criaturas custodiadas, he visto a más de una emocionarse porque una bebita las llamaba “mamá”. Pero “mamá” significaba, sobre todo en aquel contexto,  “(cualquier) persona grande que está por aquí, cubre (más o menos) mis necesidades y con la que tengo que negociar para alcanzar mis fines”.

Pero aquellas mujeres decidían dedicarse una precaria fantasía de sí mismas como criantes, rasgarse a la medida del mandato social.

La mirada, también la que escribe posts, es siempre un vidrio, tiene aristas a traición y hace de nuestras entrañas materia de charcutería. La mirada coloniza y no puede ser de otra forma. La mirada sería el proyecto imperial de la metrópolis, y la lengua el ejército que lleva a cabo la barbarie en tierra ignota.

Si queremos vivir emancipadas, mejor no mirar/ser miradas ni tampoco decir/leer. Mejor solo ser. Sernos solas y con otras. Fluir enroscadas. Acurrucarnos. Y aprender de las criaturas y su lengua revelada. Que se habla con todo el cuerpo, y que si la escuchas, te interpela, te funde, te dice (a ti y de ti). Magia. Ma.

Mam mom ma mamá.

Palabras que dinamitan puentes

Cuidado con ellas, si no se las sabe reconocer son peligrosas y nos cortan las salidas, nos condenan a “lo mismo”.

La palabra, como contorno mental de un fenómeno, nos puede dar la libertad de referirnos a él e intercambiar pareceres, de construir. Nos permite incluir elementos en la nómina del pensamiento y de ahí el diálogo, el empoderamiento, conquistar presencia en lo social. La palabra es entonces territorio y hace revoluciones. Por ejemplo, no es igual un mundo en que se habla de clítoris o violencia de género que uno en el que no.

Pero también puede ser que una palabra funcione como cortina de vapor que condensa unas opciones y una “normalidad”, cegándonos ante las alternativas. Cuando algunas palabras se convierten en moneda de cambio común, y según cómo se usen, se vuelven candados porque no nos permiten ya pensar en aquello que indican sino que tan solo despiertan contextos de uso convencional que se les han quedado pegados. Reaccionamos ante ellas representando guiones, roles. Y en ciertos casos, paralizan. De hecho, en muchas ocasiones cada día, hablamos sin hablar, con el piloto automático, dejando que palabras y frases se vayan extrayendo unas a otras, sin pensar lo que decimos, sin hacer cosas con la lengua, sin ser responsables de ella.

Pero como cuando miras durante mucho rato una cara conocida hasta que empiezas a encontrarla rara, muchas palabras (instituciones mentales) deben ser reconsideradas y desactivado su poder de legitimar como normal lo que quizás no queremos que lo sea.

Hay ejemplos clásicos llenos de veneno que paraliza los miembros, como llamarle “Nacionales” a los “Fascistas”, “dialectos” a las “variantes” (todas) de una lengua o “patria” al lugar de donde uno viene. Otras bombas léxicas serían “tradición”, “mujer”, “hombre”, muchos diagnósticos y todos los gentilicios.

En otros casos se trata de expresiones, como:

¡Paciencia!

Qué le vamos a hacer

Así ha sido siempre…

Es que eso es/se hace de esta manera

Cuando nos las arrojamos a la cara, con mejor o peor intención, estamos dinamitando los puentes del pensar, los hilos que nos unen a nuestra cualidad reflexiva como especie: a la posibilidad de vislumbrar una realidad diferente. (Si ya es así, para qué voy a hacer nada para evitarlo.) No en vano se nos dice también a menudo: son solo palabras. Cuando las palabras, si algo no son, es algo “solo”, porque son mucho y ni siquiera nos hacemos a la idea de cuánto.

Se pueden llegar a oír las barbaridades más sangrantes, que si se han oído ya antes sin movilizar a la acción, seguirán su curso cauterizando cualquier intento mental de revelarse. Funciona como un parlamento oligárquico o un sindicato domesticado, como un revolucionario electo. Me refiero a frases-pan de cada día, tipo:

Cosas de tíos

Esa profesora hace en la clase lo que aprendió ella en sus tiempos, no se actualiza desde hace cuarenta años

Nos gobiernan los corruptos

Todas llevamos una revolución en la boca: somos un horno de cocinar realidades. Es hora de escoger nuestro camino, y empedrarlo andando de aquellas losas que verdaderamente queremos pisar. Basta de arrastrarnos por atajos que ya estaban aquí, y que resbalan.

Palabras como panes 2

Las palabras son, entonces, símbolos, cristalizaciones, condensaciones, proyecciones. No son en sí mismas las cosas que representan, ni por tanto contienen el cien por cien de los ítems que pertenecen a una categoría nombrada. Son un intercambio energético entre personas cuyo contenido se negocia en la interacción, bajo el auspicio de diferentes fuerzas y poderes que actúan de forma más o menos meridiana en ella. No se ha dicho más claramente que aquí:

Cuando yo uso una palabra –insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso– quiere decir lo que yo quiero que diga…, ni más ni menos.

–La cuestión –insistió Alicia– es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

–La cuestión –zanjó Humpty Dumpty– es saber quién es el que manda…, eso es todo.

 

De acuerdo con lo anterior, el artefacto articulatorio ‘gato’ no maúlla ni tiene pelo sino que es una llave para hacerte pensar a ti en tu experiencia de gatos cuando la acciono. Por la misma lógica, al usarla no estoy aludiendo a todos los gatos del mundo, porque mi intención es que tú pienses en un gato, no otra. No puedo contener el mundo en una abstracción sonora, solo puedo simbolizarlo. De hecho, sería imposible que si idenificaramos lenguaje con realidades los enunciados tuviese condiciones de verdad:

Buenos días. ¡Falso! Para Susana no lo son

Los gatos maúllan. ¡Mientes, bellaca! Yo una vez vi uno mudo

En este orden patriarcal, si yo tuviera un pene me harían más caso. ¡Infame! Los penes no los tienen ni solo ni todos los hombres.

Ciertamente, hay mujeres con pene y hombres sin él, pero esto no quita que el pene como noción forme parte del aura cognitiva de la abstracción léxica llamada ‘hombre’, que implica una serie de realidades no tan abstractas. En suma: usar el pene como metonimia para hablar del hombre no afirma que cada persona que tenga pene lo sea.

Usamos las palabras de forma más o menos precaria para transmitir emociones y hacer (que se hagan) cosas, y siempre estamos incurriendo en generalizaciones, jugando con tropos y acudiendo a prejuicios porque es así como funciona el lenguaje verbal humano, que, repetimos, es una abstracción y no funciona a partir de relaciones de continuidad o identidad entre cosas y palabras. No podemos mover cosas para comunicarlas. Lo que podemos hacer es mover ideas de cosas, que ya por no ser cosas en sí mismas, son de algún modo infieles a lo que representan. Pero también útiles para comunicarnos.

Uno de los usos fundamentales del lenguaje es la construcción de la identidad y la comunidad, es decir: la política. Usamos etiquetas léxicas para “ser” cosas en sociedad y establecer relaciones (de cooperación, poder…). Algunas  de estas etiquetas se pueden elegir pero la mayoría, desgraciadamente, vienen en un paquete que nadie encargó pero se nos entrega por courrier en la sala de partos. Así, al nacer ya eres civil, seglar, ciudadano, nacional de X, hijo/a de Y, sin comerlo ni beberlo, ah, y también bebé, y además niño, ay, o niña.

La buena noticia es que de la sociedad y la lengua no solo participamos aprendiendo lo que se ha hecho antes de que llegáramos al mundo, sino que tenemos el derecho analienable de cuestionarlas y transformarlas. Nos replanteamos qué es “ser español”, “ser joven”, “ser chica”. Pero ¡ojo! estamos cuestionando el haz de sentidos que la palabra activa al usarse en sociedad, no la cáscara léxica. A mí me daría igual que en los medios me llamasen “perroflauta”, que de hecho suena bien, pues un perro más una flauta son dos cosas de cariz positivo; yo lo que no quiero es que me adhieran el conjunto de significados que convencionalmente se arrastran al usar esa palabra cuando de restar legitimidad política a una individua se trata.

Desafiar el contenido de las palabras niño/niña y los significados y consecuencias sociales que su asignación acarrea es el fundamento del feminismo desde hace ya décadas. Una de las muchas formas de hacerlo es reventar sendas categorías de lo binario desde el arte icónico, la literatura, la filosofía. De hecho, las artes y las letras deberían ser/son procesos liberadores que nos permiten abrir espacios de realidad y/o asistir a los que otras personas han soñado, frente a los imperativos del poder agazapados en nuestros lenguajes cotidianos y que pasan desapercibidos.

De ahí que concebir mundos sin género o con muchos géneros, transitar entre los géneros, fluir, hormonarse… son feminismo, son desafío al poder opresor, son  espacio de resistencia y libertad imaginado y arrebatado al sistema. Sin embargo, performar en un cuerpo la fluidez de género a nivel individual no invalida de por sí las estructuras sociales de opresión que afectan al resto de humanidad más allá de ese cuerpo.

Las mujeres, que somos resultado de una socialización que imprime en nuestros cuerpos unas estructuras que nos son adversas, necesitamos ser conceptualizadas como tales para poder hacer política desde nuestros cuerpos y salir de la cárcel patriarcal que llevamos como un exoesqueleto. Esa es la tarea original del feminismo, y se ha de realizar desde lo rad y lo trans como buenamente pueda cada una.

Las palabras que nos colocamos libremente como signos de identidad, como etiquetas, las escogemos para llenar un vacío lleno de miedo. Nos ponemos letreros en la pechera llevadas muchas veces más por los beneficios emocionales que conlleva pertenecer al grupo de quienes llevan el mismo letrero que por una reflexión consciente de lo que el término significa y qué implicaciones tiene. Nos llamamos cosas a nosotras mismas para beneficiarnos del hermanamiento con otras personas que se llaman de la misma forma.

Las teorías peformativas del género, el hilar fino y el desafiarlo desde lo trans son pasos positivos para el feminismo. No deben ser interpretados como una trinchera de oposición a las posturas que parten de la opresión sistémica de lo femenino para construir su andanada. El feminismo es algo demasiado grande y hermoso como para que lo desactivemos desde divisiones patriarcalizadas. No lo pongamos en peligro solo por poder colgarnos una ristra de etiquetas en el perfil de tuiter que nos hagan sentir un poco menos solas.

Lo explica bien práctico Coral Herrera aquí.