¿Perdón por existir?

Se ha colado en nuestras relaciones intimas y sociales, está por todas partes, en todos los medios por los que nos comunicamos, todos los días, a cada rato. ¿Cuándo hemos empezado a usar tan a menudo esta palabra tan chunga? Perdón. Perdón. Coño, qué fea es.

‘Perdón’ es una de esas palabras con mucha carga performativa, es decir, con el poder de cambiar la realidad al ser pronunciada. Es una palabra-tótem, una verdadera institución moral. Siempre he pensado, sin embargo, que tiene algo de litúrgico, de guión social y, por tanto, de falso.

Sí, la cagamos y luego decimos “perdón”, pero ¿ya vale? O mejor: ¿para qué vale? ¿Recordáis que hasta nos obligaban a decirlo de niñås cuando nos peleábamos con otrå niñå o hacíamos algo “”mal””? ¿Y si su valor no reside en el arrepentimiento sincero, puesto que entonces no se dirigiría desde fuera tan alegremente, en qué consiste el dichoso “perdón”?

El origen de la palabra tiene que ver con solicitar de un acreedor que le perdone a uno la deuda que ha contraido, preumiblemente por no poder pagarla. Sería algo asi como “condonar”, y se forma a través de la locución “per donare”, algo así como “dar definitivamente” o “dar del todo”, a fondo perdido.

Tenemos, pues, una palabra-fórmula que se usa cuando queremos que la persona que nos escucha nos condone la deuda que le debemos. ¿Pero qué deuda es esa?

Si pedimos perdón por hacer esperar a alguien, bien, ahí hay que asumir una posición de humildad en pos de la convivencia y el respeto, entiendo yo, pero si nos observamos durante unos días, veremos que pedimos perdón por muchas otras razones en que quizás no sea tan fácil reconstruir “lo adeudado”. Por ejemplo, no coger el teléfono o no responder mensajes inmediatamente, expresarnos en chats y grupos, no “poder” hacer cosas por terceras personas, estar, o no estar…

Nos disculpamos tanto (ojo con esta palabrita también), que se diría que en vez de relaciones afectivas basadas en la cooperación y el respeto tenemos un entramado de deudas, culpas y expectativas inasumibles sobre el tiempo y las posibilidades reales de acción que se nos  dejan en la vida.

Como resultado, nos pasamos el día oyendo y leyendo de nuestrås allegadås y conocidås que no les tengamos en cuenta que no hayan hecho lo que se esperaba de ellås. Pero, ¿qué se esperaba? ¿Quién lo había decidido? ¿Era realista? Por otro lado, soportamos cientos de agresiones normalizadas por las que nadie nunca nos pide perdón: la omnipresente publicidad, los discursos racistas, el sexismo contra la infancia, etc.

Esto va tomando cara: o sea, hay un paradigma de relación reinante (de ma/padre, de hermanå, de amigå, de compañerå activista, de participante en un grupo…) que está socialmente aceptado pero que generalmente sentimos que no logramos alcanzar, de ahí que humildemente pidamos todo el tiempo que, aun así, nos quieran un poquito y no nos dejen de lado. Qué fatiga.

Propongo un poquito de empoderamiento para el fin de semana, en tres sabores distintos. Por un lado, el empoderamiento lingüístico: apuntemos las veces en que decimos “perdón” o “lo siento” durante unos días y pensemos con qué “deuda” queríamos que nos hiciesen la vista gorda en cada caso.  ¿Qué estereotipos de relación  encontramos? ¿Pueden rastrearse, de dónde vienen? ¿Y si hablamos con la otra persona y tratamos de establecer una relación genuina, nuestra, tejida con tiras de pijama viejo, sin expectativas ajenas que nos pican y molestan?

Tras el análisis, el ejercicio práctico: se propone usar “gracias” por lo que nos dan en lugar de “perdón” por lo que nos tomamos. O quizás, si de verdad herimos, sería mejor hablar de nuestros sentimientos en lugar de usar frías fórmulas jurídicas romanas. Por ejemplo: me duele haberte hecho daño.

Después, el empoderamiento moral. ¿Por qué sentirme mal por realidades que escapan a mi control? ¿Por qué engañarme y engañar sobre mis posibilidades auténticas de manipulación del entorno? ¿Y no será que si me disculpo por mis circunstancias estoy de algún modo privatizando la culpa cuando, probablemente, la causa sea colectiva y solo se convierte en culpa cuando (me) intento convencer de que dependen de mí?

(Interesante pensar, desde este punto de vista, cómo la doctrina católica construye la moral de esclavås  -justo en la zona cero de la dignidad humana- a través de este resorte del perdón que debe ser otorgado, previa penitencia, por un magnánimo acreedor a toda aquella criatura que ose existir en sus dominios.)

Personita ya baila, anda, explora e interactúa constantemente. Por eso, yo ya no tengo tiempo para casi nada más que no sea acogerla, cuidarla, cuidarnos. Adiós a internet, telarañas en los emails, descuido a las amistades que estan lejos, tantos proyectos. Pero será solo un tiempo, pronto cambiarán las cosas. Tras una primera etapa de sentirme mal por estar presente para Atreyu pero ausente para el resto del mundo, he comprendido que no debo absorber en forma de responsabilidad y derrota lo que no es sino consecuencia natural  del decurso del proyecto-cría y no hay que sentirse mal por ello. Con un bebé de en torno al año, en mi experiencia, no se puede materialmente hacer muchas de las cosas que hoy día consideramos esperables e incluso imprescindibles respecto a la interconexión social. Y es que también tiene que saberse, para que no lo tengamos que llevar (también) a cuestas y sin ayuda.

Y… ya despertó. El punto y final es un privilegio

 

 

Hincharse o no de útero. Carta a mí misma hace dos años

Buenas noches, compañera:

Buf, qué lejana te siento, ahí atisbada y vaporosa al otro lado de la frontera (del accidente mortal), tan compacta, pequeña y densa, tan carnalmente párvula y preliminar. Te escribo desde un lugar a millas de distancia, desde axilas rizadas y saladas y nuevas piernas ágiles y fuertes, tendida felinamente junto a la piel fervorosa de Atreyu y ese olor suyo a salep, desde el núcleo semántico aterciopelado y duro que antecede y corazona a cualquier revolución social.

Quieres embarazarte y parir. Leíste a Casilda Rodrigáñez y ‘por detrás de la cultura, se te puso a palpitar el útero’ rítmicamente, como un tambor prerromano de mano callosa en vejiga curada y tensa. Se te llenaron la matriz y la boca de flores y de peces pululando. Ya deseas emprender una rebeldía de carne lábil y piel henchida y fresca, sangre parida que fluye y le escupe en la cara a la muerte porque no se deja acumular. “Yo quiero tener hijitos/ muy pronto te iré a buscar/ pa poder vivir contigo…” canta dulce y sencilla Zaragoza.

Pero no seas soberbia y te niegues el peso de las imágenes de la cultura del entretenimiento industrial en tu deseo. Por más que te exfolies la frente, el final de Notting Hill con la panza acariciada en el banco del parque, la ternura calculada te interpela directamente como a tantas otras mujeres. Nuestras subjetividades se diseñan desde los despachos y estás condenada a no saber nunca cómo habrían sido las cosas de no vivir en esta socioeconomía de la carencia afectiva y mezquindad organizada.

Y bien, deseas un temblor de vida, dejarte caer en los brazos del abismo y al fin sumergirte en el lago de lo materno. No lo piensas demasiado, se trata de una intuición, un latido, y una hilera de condiciones de posibilidad. Estás en el país adecuado de las bajas “generosas”, cuentas treinta y una apremiantes primaveras, y convives con un hombre con el que te lo pasas bien ¿la mayoría del tiempo?, y que cuando tiene ganas y folláis, logras disfrutar como una personajilla del Bosco.

Traigo cosas que contarte. Hiciste bien en no pensar mucho porque con tus pensamientos no habrías llegado ni a acercarte a tu yo del futuro. No me podías imaginar, era imposible. En el estrecho margen que te deja la salvaje cultura neoliberal en la que andamos todas sin red ni resuello, no hay pantalla suficientemente ancha que pueda acoger el panorama que se ve desde este lado.

Si Coral Herrera hubiese escrito esto antes, quizás hubieras comprendido un poco, pero no fue así. Y en lugar de una cultura en que lo mujer, lo materno, lo embarazado y lo criante se vivan de forma natural y honrosa, de forma constructiva y comunitaria, estás a punto de darte cuenta de que eres puta carne de cañón para un patriarcado de consentimiento atroz que te chupa la mano desde debajo de la cama y que, en cualquier momento, te apuñala en lo simbólico cien mil alevosas veces.

No te imaginas lo que va a suponer traer al mundo a un hijo. No tienes ni idea de todo lo que se va a remover. Aunque tú no lo sepas, tienes una idea consumista de la historia, ni te imaginas que esto va mucho más allá de “convertirse en madre” o de “tener” criaturas, que los cimientos de todo lo que crees ser, tener y desear van a tambalearse y a tirarte las convicciones por tierra. Estás a punto de convertirte en una fiera feminista transida de conocimiento carnal, en cierto modo divino, pero también te volverás niña chica llorando en una esquinita porque nadie, nadie, ha venido a recogerla después del colegio, y hace frío y no hay merienda ni hay caricia.

Ni se te pasa por la cabeza que aunque tú estés viviendo de prestao la vida del BBVA (blanco burgués varón asalariado), vas a hacerte un curso intensivo y acelerado de vulnerabilidad y vas a estar cerca de perder las fuerzas por el camino, aunque finalmente saldrás hecha una animal más fiera y potente de tu viaje al corazón de la interdependencia. Hasta ahora, por las posibilidades económicas y de acceso a la cultura y el consumo dadas por tu clase, has vivido de espaldas al intríngulis de lo humano, creyendo que éramos unidades atómicas independientes que se asocian para perseguir fines comunes. Te equivocas, compañera. Estas impregnadita de relato neoliberal, por crítica que te imagines. Cuando empieces a engordar, a quedarte sin resuello, a no caber en los baños de los locales, a hacerte pis por todas partes, a sentirte incapaz de subir esa escalera, a vivir pesadillas desgarradoras… te darás cuenta de que eres una pupa abierta. De que necesitas contención, acogida, cuidado sumo. Te vuelves obesa, anciana, enferma, criatura. Te vuelves la cara oculta que esta sociedad inhumana reprime y oculta con artimañas culturales que hacen que nos identifiquemos artificialmente con la imagen de ese varón-rey-de-la-selva que surge y ya, plop, como un champiñón, listo para la producción y el consumo, sin cuidados, sin redes, sin heridas.

Todo es mentira. No vale nada de lo que has visto hasta ahora. Vas a tener que coserte rápido un vestido nuevo a base de harapos si no quieres quedarte desnuda y sola a la intemperie de tu angustiosa necesidad de calor y vínculo esencial.

Te ayudarán los libros. Te volverás aún más viciosa de la letra escrita, comprenderás que solo por ese canal de materia impresa te llegarán las voces de las compañeras, las otras que ya han abierto los ojos y los regazos, las que van a ser tu tribu, te van a tender una cultura-ficción más tierna en que poder engendrar, parir y criar sin intemperies permanentes. Una ilusión de cobijo, dosis de conocimiento oculto palpitante, conexión mistérica pero refulgente de tan obvia con las otras silenciadas y mutiladas por esta farsa de patrix desgarrador.

También estarán ellas, las mujeres que encontrarás en la red, ese artefacto creado por el ejército americano que, sin embargo, te enchufará a la vida durante todo este proceso, te mantendrá literalmente no muerta. Si no existiesen el internet y ellas, las grandes mujeres verdaderas que te han acompañado en este trance, la depresión te habría aniquilado, escúchame bien. Las personas de tu alrededor físico no te dan el abrazo, el tiempo ni la palabra que te habrán de sustentar.

Con tu compañero verás que no, que no funciona. Y no por él ni por ti ni porque no sea el hombre adecuado: son los géneros y sus trajes con que nos han herrado la carne delicada: no hay trato igualitario posible entre cuerpos aherrojados ya por los mandatos del gran sistema de la desigualdad. Basicamente has fertilizado tu vientre con su energía seminal, y te ha atado las botas muchas veces, pero el resto…tu pareja, tu interlocutor, tu compañero en todo esto han sido las otras mujeres que, desde sus rincones del mundo, te han sujetado el pelo, te ha celebrado y pintado la panza de colores, han visto palpitar sus matrices al unísono con tu útero estremecido en rebeldía.

Vas a buscar a Madre y no la vas a encontrar. Vas a entender que la mujer que te engendró a ti es básicamente idiota, que no sirve para guarecer ni ama ni es tribu ni cultura que te valga. Dejarás de tirarle del brazo para que sea algo más que una consumidora alienada y corta de vista, porque no da, se niega a desemburrecerse y te expone al frío desgarrador de la evidencia del capital y sus lógicas. Vas a desembarazarte de la peripecia de la mujer que te tuvo (y después te perdió) para entender que Madre es narrativa social hospitalaria, nutricia y afín a la reproducción respetada de la vida. Vas a olvidarte de otras actividades y ambiciones viejas para querer dedicarte a maternal culturalmente a otras mujeres. Pasarás una época primera de confusión, a la zaga de un chorro de energía desbocada, pero llegarás a entender, por fin, tu llamado particular en esta jungla, tu aportación posible a la revolución en ciernes que elaboramos desde las carnes orgullosamente temblorosas, vulnerables, fértiles e inapropiables. Se te va a quedar el cerebro chafado y concéntrico, con forma ni más ni menos que de placenta. Tus ideas liberadoras irrigarán los vasos sanguíneos de cuerpos y territorios hostigados.

Recalarás en la playa de la Medusa, te tenderás al sol, y vendrán las amigas riendo a merecer y honrar la vida contigo, con personita.

El tiempo de Atreyu

IMG_0393El tiempo de Atreyu es el tiempo de los niños y de la poesía.

Es necesidad limpia de conexión. Sin ruido. Shhh. Con piel.

Es el estallido final de lo semántico en mil piezas que significan más allá de lo que puede ser comprendido.

Yo, que te paro y te cuido, soy la máxima expresión de estar. Tú, hijo mío, con tus urgencias, eres la total y ardiente expresión de ser. Juntos formamos el conflicto conceptual más antiguo. Está escrito en nuestros cuerpos, que son cuerpos comunicantes y líquidos. Somos un dique abierto de verdad majestuosa.

Yo, texto manchado de gasolina y vino, transmuto en una redención de leche que cuidaré con apoyo de la poesía (guardiana sobria de nuestra carne pulsátil frente a la industria feroz).

Yo escribo para ti, Atreyu, y a tu través, para asegurarme de que siga habiendo algo por lo que la vida merezca ser vivida, para asegurarme de que sigues latiendo todavía.

Pero si yo ni siquiera me pinto mucho, no lo entiendo

 

El caso

Verano de 2017, tres países europeos, al menos quince niñas, hijas de amigxs: el 100% de las sujetas de mi investigación espontánea van vestidas de rosa y Frozen. Cada día. Todo el rato. Levantándose cada mañana y acostándose cada noche en habitaciones llenas de rosa, viviendo en rosa y con ínfulas de princesa en las tiendas adonde van, en los cines, en los cuartos (¿o debería decir aposentos?) de las otras niñas con las que juegan, en lo audiovisual que les llega en casa. Rosa en la ropa, en las uñas, en el brillo de labios, en el poni, en la barbi, en el bolsito, en el gorro, en el chubasquero, en el plato, en las sábanas, en el puto cepillo de dientes. Y es que, como decía una prima mía a los ocho años: yo de mayor quiero ser sesi.

Cualquiera de las madres a las que pregunto me responde lo mismo: que ellas mismas no son tan pizpiretas y no entienden por qué sus hijas eligen siempre el rosa y ser princesas. Los padres con los que he charlado, por su parte, tienden a considerarlo todo esto un misterio de la feminidad.

Sin embargo,  la respuesta está ya al alcance de quien quiera oírla. Hay artículos interesantes sobre el princesismo aquí y aquí (y en inglés aquí y aquí) y una campaña en Gran Bretaña sobre  la pinkificaciónel color rosa como marcador de género, sobre la ropa para niñxs dividida y sobre la generización de los juguetes.

 

Las consecuencias

No, compadre, no es cierto que no pase nada, que simplemente a la niña le gusta y punto, que cómo negárselo. Estamos hablando de personas que crecen en un entorno cultural en que se las selecciona por una sola característica biológica (sus genitales) y se las obliga (sí, cuando no hay prácticamente más opciones disponibles, es obligar) a ser de una determinada manera. Este modelo de persona incluye servir a otras consideradas más importantes y activas y proporcionarles cuidados gratuitos y afectividad desde una situación de desequilibrio, en que sus propias expectativas y necesidades quedan subordinadas si no directamente aniquiladas.

Ser cómplice de que las niñas vivan en rosa no es aceptar con resignación una entrañable etapa de su vida que pasará sin dejar rastro, es mentirlas y limitarlas, es no hacerles bien. La socialización es la clave, es lo que hace a la persona. Y ya no hay pueblo alrededor en que arraigarse y ser, así que si criamos niñas metidas en cajas-apartamento llenas de mercancía rosa princesa, estamos dándoles solo esa opción para hacerse. Adiós a construirse como una persona completa. El horizonte vital que queda es ponerse monas, y esperar. Y después, aguantar lo que venga.

 

 

El mecanismo

No, no exagero. No es “por una falda” o “por un juguete” que las niñas se vuelven mujeres sometidas a un sistema que las oprime, es que esas faldas y esos juguetes están en todas partes, y se consideran normales y generales. ¿Y qué niña de cinco años va a exponerse al rechazo de sus pares por no seguir el código estandarizado en el grupo?

El rosa y el azul en sí mismos no significan, sus valores semánticos vienen dados por lo que les adhiere una cultura determinada. Es conocido que el azul solía utilizarse para las niñas y el rosa para las niños (de hecho incluso se sospecha que el giro se respaldó desde una sensibilidad feminista para desafiar el orden de género existente en su momento). En todo caso, el problema del rosa y el azul no está evidentemente en los colores en sí mismos, sino en la falta de otras alternativas (limitar la multiplicidad de opciones del mundo a dos me parece, cuando menos, opresivo y autoritario), por un lado, y en los valores anexos que se pueden observar en los juguetes y personajes de ficción que de estos tonos están pintados.

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Dando una vuelta por una juguetería me dediqué a traducir cada producto a una idea. Por ejemplo: muñeca barbi – sexualización, pelota – movimiento… Así, pude constatar cómo los juguetes “para niñas” consisten básicamente en belleza/cosificación – inacción – relación. Según esta ideología hegemónica, los artículos “para niños” deben transmitir ideales de violencia – actividad – culto al ego/heroicidad. Curiosamente, si se comparan, estos valores cuadran entre sí y forman macabras naranjas completas: ella se pone guapa y espera, él la conquista. Ella es un bello objeto al que acceder, él posee. Ella se ocupa de cuidarlo a él y a lxs niñxs, él de sí mismo. He ahí las semillas del amor romántico y la cultura de la violación, expuestas en el hacheieme en toda nuestra jeta.

Los juguetes que son iguales pero también se dividen por género a través del color pueden no contribuir a los significados estereotípicos de arriba pero sirven para reforzar una frontera cognitiva clara entre los géneros que no tendría por qué existir y que es en sí misma paradójica, puesto que se trata de un objeto idéntico marcado para dos identidades dadas como excluyentes. Nos estamos centrando en las niñas, ¿pero qué tremenda tortura no supondrá todo esto para las personas pequeñas disconformes con su género?

Para mí lo peor es que el princesismo no se debe a la sociedad (ese ente invisible por el que las cosas simplemente son, y ya no hay que cuestionárselas más). Tampoco es un sistema organizado que esté incentivando adrede la desigualdad de género en la infancia (pese a que este empeño coexiste en el tiempo con el desmantelamiento del estado social, y le conviene sobremanera a la economía patriarconeoliberal en esta fase), sino que es tan solo una forma de aumentar los beneficios de las empresas y que, sin embargo, a falta de contención, de poderes humanistas que controlen todo esto, pueden generar consecuencias nefastas para la especie.

Princesismo y pinkificación son estrategias de márketing dirigidas a vender el doble de juguetes a la hermana y el hermano que creen que no pueden compartir los suyos, y a multiplicar las ventas en accesorios supuestamente de belleza que las crías necesiten llevar para que su imagen sea socialmente aceptable (¿nos suena? Esta ideología lleva décadas funcionando para desvalijar y controlar los ya disminuidos sueldos de las mujeres, que se van por la cloaca del negocio de la estética.)

 

Las propuestas

Sea como sea y por mal que pinte el panorama (es que además ese rosa estridente plastificado es como comida basura para nuestras retinas) las buenas noticias es que se puede hacer algo. La normalidad social está hecha de lengua, inercia y humo, y mientras no nos maten por cuestionarla, tenemos la obligación de hacerlo. No nos es posible pararle los pies a la industria, pero desde luego sí podemos…

 

  • Sacar el tema en entornos sociales con padres y madres. Mucha gente se asusta si hablamos de feminismo, de estereotipos de género, de activismo… pero si contamos el origen del marketing rosiazul y del princesismo (les damos un principio, para que se les pueda imaginar un final) y debatimos sobre ello, ¿hay algún argumento que oponer a la propuesta de que las niñas y los niños puedan verse reflejados en modelos diversos y desarrollarse según las elecciones que vayan haciendo? ¿Va a haber alguien en sus cabales que defienda la política del color único según género?

 

  • Comprar la ropa por internet o sin llevarnos a lxs niños. Evitarles la visita a un entorno opresivo lleno de estímulos publicitarios y mecanismos de control mental que impulsen a la compra no parece tan mala idea…

 

  • Acciones con/contra empresas. Un pequeño grupo de personas muy bien pueden emprender en las calles y en redes acciones públicas de felicitación a las distribuidoras de ropa infantil que no usen el código binario, así como reclamaciones, quejas y performances de diverso tipo para recriminarles lo contrario a las que sí lo hacen.

 

  • Boicot de consumo a las empresas, entidades y productos que obliguen a elegir entre rosa y azul o den por hecho que asumimos el código, y divulgar…

 

  • Elaborar una buena respuesta para quienes nos dicen “ay, perdona, pensé que era niño, como va de azul…” y burradas similares. Es cierto que la disculpa suele ser más intensa cuando lo que han hecho han sido llamarle niña a un varoncito…

 

  • No sobrevalorar nuestro propio poder de influencia sobre las criaturas, frente al que su contacto con el resto del mundo tiene sobre la formación de su carácter y sistema de valores. Es decir, no solo hay que reflexionar sobre los estímulos y modelos que se reciben en casa. El exterior (que además entra en la habitación de tu hijx a través de las pantallas) también hay que filtrarlo y darle sentido junto con ella/él a través de la conversación.

 

  • Trabajar con el personal y los compadres y comadres de la escuela infantil para que el input rosiazul, los cuentos sexistas y demás estén muy controlados. Como espacio de formación y aprendizaje que son, los dictados de la industria no deberían atravesar las paredes de las escuelas sin ser cuando menos cuestionados.

 

Celia me contaba ayer que no sabe cómo pedir un aumento en su trabajo. Lo pasa fatal ante los médicos jefes (¡es que saben tanto! —dijo con un mohín) y sigue con sus quinientos euros de chiste cuando lleva ya no sé cuántos másteres y residencias. Lina carga con todo en casa porque su compañero, ay pobre, está enganchado a la videoconsola. Cósima celebró anteayer sus 29 y no exagero cuando digo que las tres cuartas partes de la fiesta se las pasó quejándose de que llegan los 30 y aún no se ha casado (¡y eso que vive en pareja y todo!).

Clama al cielo. Hay que hacer algo. Ya.

Tristeza

Ser un estereotipo no ayuda, no sirve.

Como tantas otras mujeres puérperas, estoy sola y triste. No padezco depresión postparto. Tengo soledad y tengo tristeza.

Las mujeres de alrededor no acompañan. Ni siquiera otras puérperas. Hablan de comprar, de vender, de ambiciones profesionales, de volver enseguida al trabajo. No acompañan. Son seres sin cuerpo, sin abrazo, discursos sin subjetividad. Quizás estén tan solas como yo pero no me lo dicen, me lo disfrazan. Pinchan. Las mujeres de cerca me pinchan con su pretendida desmujerización.

El padre del bebé no me soporta. No me quiere, no le gusto, no me soporta. Hoy me ha gritado y después retirado la palabra porque se destiñó una camiseta en la lavadora que puse yo ayer. Se le junta con que anteayer una vela que yo encendí dejó un cerco de cera en la mesa nueva del salón. Y con que hace tres semanas el bebé tiró un café en la alfombra nueva por mi culpa. Hace más de un año que no me toca, que no me besa con lengua, que no admira mi cuerpo. No quiero estar desnuda delante de él. Me doy vergüenza ante sus ojos.

La imagen de mí misma que me devuelve me asquea: un ser caótico, sucio, desmelenado, perdiendo su tiempo en utopías estúpidas, cometiendo un error detrás de otro, dilapidando recursos comunes, llorando para conseguir compasión inmerecida. Qué hago con este cabestro y por qué he tenido un hijo con él.  Nos engañamos para sobrevivir y en momentos de lucidez por desesperación la verdad asoma y aterroriza, y nos raja afilada la conciencia.

A mí tampoco me gusta él ya. Desde que tenemos un hijo se ha vuelto una copia viva de su madre, reproduce sus discursos y actitudes. Yo no elegí una vieja gritona e intransigente por compañero. Da órdenes, quiere controlar todo lo relativo a la casa, vuelve del trabajo y… ¡bum! Bronca que te crío porque abandoné la botella de agua fuera de la nevera.

Qué puerperio, qué hormonas de la felicidad, qué baby-brain, qué estado de placidez en la díada mamá-bebé. Para él todo eso no importa. Es todo severidad para conmigo y ¡ay! dulzura con el bebé. Se diría que quiere ocupar mi puesto. Se entristece por no poder amamantar, porque la cría llore más con él, porque la cuidadora principal sea  yo en este momento. Le he explicado por activa y por pasiva cuál es su papel en la historia este primer año, pero no entiende, no escucha. Él quiere ser la novia en la boda, el niño en el bautizo y la madre en el puerperio.

No tengo quien me acoja. No pertenezco a nada. No hay amor para mí (que sin embargo debo -y deseo- amar a la personita incondicionalmente). (Qué habría sido de mí sin las tremendas mujeres que hay en lo virtual.) Mi hambre de conexión, mi necesidad de ser en comunidad, de que me cuiden… se apaciguan cuando escribo, cuando leo feminismos, cuando bebo vino, cuando me mandáis mensajes.

Y lo peor… es que soy un estereotipo, carne de ensayo sociológico, de artículo académico sobre la maternidad posmoderna. Y es terrible porque aunque lo mal que lo estamos haciendo está ahí, nombrado, diseccionado, con las vísceras a la vista… no podemos cambiarlo.

Lloraba el domingo porque estuvimos en una fiesta y mi bebé se iba con todo el mundo, grandes y peques, abrazaba, jugaba, reía. Muchos no la entendieron, se retraían. Grandes y peques. Qué deliciosa y aterradora continuación de mi mismidad: ganas de irme con gente, de enrollarme, de entregarme… que se dan de bruces con agria condescendencia, en el mejor de los casos, o la pura ausencia de un cuerpo al otro lado.

Para qué llamo a una amiga para contarle mis asco de relación si ella come aún más mierda y violencia patriarcal. ¿Nos damos cuenta de la cantidad de mujeres que hay por ahí sufriendo por “amor”? En los conflictos de la pareja heterosexual se ve la clave de las corazas de género, la clave de la violencia que se ejerce contra las personas, con la que contribuimos.

Yo quiero retirarme a la naturaleza y los libros para sanar, o para vadear la vida. A las caricias y a que no me juzgue nadie. Quiero ser. Solo pido ser. Que me (nos) dejen ser. Liberar fluidos, rizos, palabras, carne en jugo… sin-que-nadie-ejerza-poder-maligno-sobre-mí, sobre-nosotros.

Ay, hija, qué te he hecho. Qué mundo es este. E imagínate, que nosotras somos de los privilegiados… que por ahí hay niñxs muertxs, mujeres muertas, niñxs violadxs, mujeres violadas. Que comemos y tenemos casa y entorno salubre y dinero para vivir bien.

Algo ha de cambiar. Como ellos no creo, cambiaré yo. Hay que quitarse de encima tanta ingenuidad romanticona. Yo aquí hablándole a otras mujeres de tribus, de cuidarnos, haciendo grupos, prestándoles lecturas que me han fertilizado. Se ríen de mí a mis espaldas. Me he vuelto una caricatura. Yo, mi puerperio, mi feminismo, mi bebé. Soy una bola de amor humano con una criatura atada al cuerpo nadando sin resuello y sin orilla en la que reposar. Se ríen de mí. Qué será de ti, bebé, con esta madre inadaptada y moqueando. Como de niña, con siete años, enamorada profundamente de la amistad incondicional, drama tras drama, amigas del alma, disgustos, decepción, sálvame, te quiero, te necesito, tengo frío, deja que me vierta un poco en ti.

Esto era el príncipe azul, esto era tener madre, esto era lo que nos negaron: una casa caldeada con un contacto de piel, compañía que te calma. Como cuando lloras y te abrazo, bebé, y entonces llega la paz. Eso es lo que nos negaron. Eso es lo que necesitamos. Tristemente, lo contrario de lo que vamos a conseguir. Tristeza.

¿Cómo se juega a eso?

—Oye, que ya toca ser adultos.

—¿Y a eso cómo se juega?

—Pues depende mucho de si eres hombre o mujer, pero en general hay que ser una persona seria y agresiva, tratar siempre de tener razón y ganarle al contrario, cumplir horarios y expectativas ajenas, ganar mucho, comprar mucho, quejarse mucho, tratar de satisfacer el qué dirán de la familia extensa y los colegas, llenar el tiempo y el espacio de cosas, maltratarse el cuerpo, mirar adelante y atrás pero nunca arriba, abajo o a los lados. Y nunca, nunca pasarse de la raya ni querer pintar otra con tiza en el asfalto.

—Suena divertido. ¡Vamos!

***

—Vamos a ser novios, ¿va?

—¿Y a eso cómo se juega?

—Pues… yo hago como que tú gobiernas mi vida y la relación, tú haces como que no tienes emociones. Yo seré toda entusiasmo, tú la parte racional de la pareja… Ah, ya no importará nadie ni nada más, solo el uno al otro; consumiremos mucho, y al cabo de unos meses ya podemos empezar a tratarnos mal, pues donde hay confianza… ya se sabe.

—¡Vale! Me da que esta partida te la gano…

***

— Ay, ay, que creo que hay que ponerse a jugar a ser padres…

— Ah. ¿Y cómo se hace eso?

— Pues mira, hay que marcar estatura, llenar de cosas el espacio entre tus hijos y tú, decir mucho que no, hablar alto e imponerse siempre. Quejarse todo lo posible de los niños, no perder mucho tiempo con sus cosas,  tratar de que te salgan normalitos, humillarles, comprar mucho, decir que “no” constantemente, ¿ya lo he dicho? y… ¿qué pasa, que tú no has tenido padres?

— Sí.

— Pues haz todo lo que hicieron ellos que seguro que no falla. Total, aquí estamos nosotros como prueba de que se les dio estupendamente.

Florilegio estival de abuelaje

Estas vacaciones la personita ha pasado tiempo con sus abuelas/o de ambos lados del mar. Como ya comentaba en Abuelaje, hay algo que no funciona, hay algo que no va bien. Más allá de que, afortunadamente, las tendencias en la crianza se hayan modificado desde los años ochenta a esta parte, una extraña violencia se extiende impune y campante que, creo, tiene que ser combatida.

Y es que así tratan muchas/os abuelas/os en estas culturas de dios a las tiernas personitas nuestras. A continuación, un breve florilegio literal de las perlas que hemos oído este verano, dirigidas a una criatura de seis meses:

 

  • Insultos:  quejica, pesada, insoportable… 
  • Difamaciones: tiene mamitis/ está enmadrada/ nos está vacilando, eso es una mariconada de tos…
  • Amenazas: si lloras porque se va tu madre, te pego una paliza, ya verás/ no te muevas, que me enfado…
  • Presión: ¡otra vez te has cagado!/ lo estás poniendo todo perdido/ sonríe, que estás más guapa/ ¡otra sonrisita para la (enésima) foto!…
  • Mentiras: el señor del bar nos va a echar si lloriqueas/ tómate la medicina, está muy dulce (¡no la has probado, tía!)…
  • Chantaje emocional: una cucharadita por la abuelita…/ ¡vente conmigo ya, deja a tu madre que desayune!
  • Egocentrismo: pero por qué lloras, si no te estoy regañando/ ¡a esta criatura no le pasa nada!
  • Campaña antilactancia materna: este niño quiere agua/quiere dormir/tiene gases/, ¡no puede ser que quiera teta otra vez!…

 

¿Que exagero etiquetando de agresiones lo que son el paisaje, la normalidad? ¿Que nuestra generación se ha criado así y no nos ha pasado nada? (¿Seguro que no nos ha pasado nada?)

Yo creo que más bien somos todas y todos, en sociedad, naturalizando actitudes violentas contra las criaturas, quienes exageramos. Curiosamente sin toda esta negatividad, desde el respeto a la integridad, el humor y el cariño también se puede criar.

¿Por qué lo hacen así? ¿Por qué me tiene que parecer adecuado?

Como los mandatos de género, las estructuras y las instituciones de poder se imponen, también, desde la cuna. Pero, en este caso, se van a encontrar con resistencia.

Para qué sirve un bebé

Para cuidarlo, claro.

Para amarlo, contenerlo y apoyarlo en la medida de lo posible, y facilitarle las condiciones que necesita para ser y estar a su modo en el mundo.

Para aprender una misma a ver con ojos cristalinos, a relenguar y activar el poder del pensamiento, a percibir desde una piel fresca.

Pero también sirve para otra cosa.

Para hacer estudios de género.

Si interactúas socialmente llevando un bebé podrás observar:

  • Cuáles son las relaciones de poder entre la gente con la que interactuáis y entre tú y ellas: quién se siente con derecho a coger el bebé y “distribuirlo”, quién te pide permiso para cogerlo y cómo, etc.

 

  • Cómo trata cada cual al bebé (qué apelativos usa, qué le dice, cómo reacciona al posible “rechazo”) y si se intenta condicionarlo, ponerlo a hacer o demostrar algo (ejercer poder sobre él).

 

  • Cuáles son las relaciones de cada cual con los mandatos de su género, en algún punto entre el estereotipo de hombres que hacen como si no hubieran visto al bichillo aunque les esté prácticamente tirando de las gafas y mujeres que se ponen a dar saltitos de alegría y anunciar su muerte inminente de amor en voz muy aguda.

 

  • Cómo interpreta cada cual los murmullos, quejidos o llantos de la criatura: si le achacan siempre hambre, gases, cansancio o frío (solemos tener un motivo recurrente); si reaccionan devolviéndotela o tratan de hacerse cargo de la necesidad del momento, etc.

 

(Criar a la personita con los ojos bien abiertos es sacarse un puto doctorado cumlaude en la famosa universidad de la vida. Esto es muy divertido e interesante. Yo estoy más combativa, militante, más lectora y textadora, más consciente, brutal y honesta desde que el bebé nació. No tiene por qué ser así para todo el mundo, entiendo, pero es importante desafiar la condena de pañales sucios, llantos desesperados y aburrimiento monosilábico que se pinta habitualmente para el puerperio contemporáneo.)

Parir y criar en feminista y anticapitalista

El discurso antimaternal en el feminismo es un viejo conocido. Y a veces se diría que es la única alternativa a la mentalidad patriarcal en torno a la reproducción femenina. Sostengo, sin embargo, que denostar “lo materno”, “las madres” o “lo bebé” es quedarse a medio camino en la subversión feminista de la vieja maternidad. Si nos quejamos del hecho en sí, en lo biológico y en lo social, y de las personas implicadas (persona y personita), estaremos tomando víctimas por victimarios en una confusión de la que, de nuevo, los verdaderos culpables salen intactos. Abandonar esa posibilidad nuestra de dar vida en una célula rosiazul fagocitada por el aterrador patriarcomercado es un acto de irresponsabilidad en que desde algunos feminismos se tropieza con alevosía.

 

Se trata de una muy buena noticia que se publiquen tantos textos sobre mujeres que paren y crían vistas en relación con su medio socioeconómico. (Por ejemplo: esteeste o este). No obstante, a veces la deconstrucción que se hace del fiasco antropológico en que han convertido la experiencia marental parece ser ciega a las estructuras y entidades que llevan interés en mantenerla en ese estado. Se critican opciones de crianza, se revuelca una en (el conservador subterfugio de) sentirse malamadre, se estereotipa a otras mujeres, se queja una de las muchas demandas del bebé… de modo que acabamos dándole la espalda al problema real que tenemos: que en este sistema, cuando nos embarazamos, parimos y criamos nos están obligando a hacerlo en precario, solas y empobrecidas, sin los recursos económicos, sociales ni emocionales necesarios para afrontarlo. Y que, en realidad, traer personas al mundo es una potencialidad de algunos cuerpos, de nuestra sexualidad, que aunque se nos haya arrebatado por el patriarcado neoliberal (o mucho antes, en realidad), no es patriarcal en sí misma. Si desde el feminismo no vislumbramos otra forma de proyectar la maternidad en la pantalla del pensamiento colectivo y nos limitamos a repudiarla y afearle sus malas costumbres, el robo de la experiencia será doble, y el segundo ataque mucho más doloroso, como un gol en propia puerta.

 

Pongamos como ejemplo esta interesante columna de The Guardian, de Cerys Howell, publicada ayer. Coincido con la autora en que la infantilización de las mujeres que paren y/o crían es horrenda, un insulto a nuestra inteligencia. Yo personalmente tengo como consigna evitar todo aquello que, escrito en español peninsular, incluya la palabra “mamá” (término usado por las niñas y los niños, mientras que en Hispanoamérica es la genérica y por tanto no es una señal de alarma). Todo ese blablá forma parte de —una vez más— un nicho de mercado que reporta a las empresas exuberantes beneficios. Y señala a esa porción de mujeres que se esconden tras una determinada performance de abnegación para desaparecer tras sus hijas e hijos.   Pero… ¿si porque nos parece opresor las feministas nos alejamos de “lo maternal” en lugar de emancipar nuestras maternidades, no estaremos contribuyendo a apuntalar la narrativa oficial, patriarco-liberal, de una única maternidad abnegada, unidimensional, rosiazul, de babyshower y resabios cincuenteros?

 

Le encuentro los siguientes problemas a la crítica a la maternidad contemporánea de Cerys Howell:

  • Nadie tiene que irnos dando consejos/juicios de crianza no solicitados. ¡Basta! Es culpa del mismo paternalismo con que nos tratan desde las baby apps y sus ositos de peluche; sin embargo, lo que debemos hacer para protegernos es unirnos y organizar campañas para que vaya calando el mensaje y las suegras, vecinos y viandantes se lo piensen dos veces antes de importunarnos con sus críticas. Es decir: el problema es la irrupción y la condescencia, no la crianza con apego de Bowlby, ni quienes por muchos motivos (muy alejados de lo neoliberal) creen en ella. (Léase, por ejemplo, a Casilda Rodrigáñez.)

 

  • ¿Por qué la alternativa a estar sola en casa con el bebé tiene que ser incorporarse a un puesto de trabajo en el mercado laboral capitalista? ¿No debería ser estar en casa (y en la calle) (y en locales públicos)  acompañada, en lugar de sola? Se deben organizar actividades para mujeres de baja por maternidad que refuercen la socialización, la construcción de redes de apoyo, los aprendizajes en grupo, etc. 

 

  • Tejer una culpa plañidera malamadrista y echártela después sobre los hombros es hacerle el juego al sistema que considera que la responsabilidad de la crianza es únicamente de las mujeres. Ya se sabe: socialización de las pérdidas, privatización de las ganancias. Allá te apañes tú con la criatura hasta que tenga edad para alistarse en el adoctrinamiento escolar y el mercado de explotación. Esto es un orden infame y debe ser subvertido. No lo confirmes culpándote, derríbalo culpándolo.

 

  • La generalización acrítica de la depresión postparto me parece peligrosa. Se está tratando médica, individualmente, un problema que es social. Que no nos empastillen para paliar los efectos de la soledad, la ignorancia, el miedo y demás desastres derivados de no criar en colectiva.

 

  • Como no queremos que critiquen nuestra crianza, no debemos hacerlo con la ajena. Burlarse de las criaturas que han pasado un año en casa asegurando que no podrán despegarse de las faldas de sus madres para los restos es, de nuevo, contribuir a la estereotipación de la maternidad y, de paso, tirar piedras sobre nuestro propio tejado aplaudiendo a empresas y legisladores por mantener las irrisorias bajas con que nos castigan en el sur de Europa.

 

  • El apoyo gubernamental a la lactancia es un hito feminista y anticapitalista. Cansan y confunden esas insinuaciones de un supuesto talibanismo tetil, porque aunque ninguna mujer debe ser bajo ningún concepto criticada si por lo que sea no desea amamantar, lo cierto es que hasta hace pocos años las empresas de alimentación tenían vía libre para difamar la leche materna, mintiendo sobre ella y extorsionando. Lo hicieron y lo hacen donde pueden engañando a mujeres (por la vía de sobornar a pediatras) sobre la calidad de su leche y sus posibilidades de mantener a las criaturas con vida. Repito: empresas-engañan-mujeres-sobre-vida-criaturas-para-ganancias-descomunales. Así que… no, lo siento, apoyar la lactancia no es el crimen, es la compensación. Luchemos por garantizar la libertad de decidir, pero que sea informada (de verdad, no por entidades económicas que tienen algo que ganar en el asunto). No más burlas a las tetas. (Yo no he hecho nada más revolucionario ni anticapitalista en la vida.)

 

  • Desde luego que no cambiamos ni nos volvemos otra persona cuando damos a luz, no nos enamoramos necesariamente de la criatura al instante, y… en fin, fetichizar cualquier parte del proceso es lacrar el estereotipo social del género mujer con más paletadas de ignominia. La lucha, entonces, ha de estar en que no se proyecten ideales inalcanzables y no genuinos, como se hace con la imagen mediática de nuestros cuerpos. No obstante, quizás antes que ridiculizar a mujeres que expresan este tipo de vivencias, aunque sean discurso reproducido, habría que señalar como factores del desencanto la muy extendida violencia obstétrica y la medicalización de los partos corrientes, que deshumanizan la experiencia y recaen una y otra vez en la degradación y el maltrato a las mujeres que los padecen.

 

  • Personalmente, me parece escalofriante la idea de dejar a un bebé en la guardería a los cero meses. No soy experta en psicología infantil, pero entiendo que los seres humanos necesitan apego con pocas personas durante un tiempo para poder irse adaptando a las circunstancias del mundo de fuera del útero. Y que ese apego, si es posible, no sea mercenario desde el primer día. Si de no estar nunca con el bebé se trata, entonces apaga y vámonos. No es que sea feminista, sino más bien contradictorio.

 

Pese a que este en gran medida en desacuerdo con la autora del artículo, creo que es necesario que todos los distintos testimonios de maternaje, crudos y críticos, estén ahí, a la luz: hay que dejar de vivir de acuerdo a ciertos mitos televisivos que envenenan y hay que darle publicidad urgente a todos los casos de violencia de género en torno al embarazo. Hay que hacer campañas, necesitamos un movimiento social para luchar por nuestros derechos, entre ellos el de crear nosotras nuestra propia imagen y que dejen de distorsionarnos, maltratarnos y aprovecharse de nuestra experiencia de reproducción para su beneficio. Para empezar, internet tendría que llenarse de historias de hormonas, hemorroides, bragas de rejilla y rebeldías gordas y húmedas como las henchidas compresas del postparto. Y de protestas por cómo nos tratan el personal médico, las parejas, las familias, los espontáneos, etc., a lo largo de todo el proceso.

 

El feminismo es la única esperanza para la maternidad y la maternidad para el feminismo, sostengo. Si no nos ocupamos de las maternidades, las estaremos dejando al albur de los intereses del patriarco-capitalismo, que cometerán con ellas peores fechorías de las que ya han venido perpetrando durante su larga historia, como ya estamos viendo. Y  por otro lado, si las mujeres que paren y/o crían no se sienten identificadas en la lucha feminista porque las ignora o subestima su capacidad subversiva, estaremos sacrificando un enorme potencial de fuerza revolucionaria para la causa emancipadora.

Mam mom ma mamá

—dice la personita.

Y expresa.

Cosas que ella, como Cuerpa chiquitita, tiene que decir.

Necesito, significa quizás: una mirada que me contenga, en la que retozar, alimento que me nutra, algúun cambio que me mantenga sana, sueño para evadirme. O tal vez esté diciendo “soy”, o “estoy”, u “hola”. La criatura utiliza una lengua tan veraz y certera que no hay gramática que la anquilose y su interpretación depende al cien por cien del contexto en que se usa.

Pero las mentes adultas entienden otra cosa. Y le responden que mamá esto o que mamá lo otro. O si es mamá se emociona y le agradece emocionada que la nombre. Que la mire con la lengua, que le dé existencia separada y prioritaria. Cuando según la psiquiatría, durante el puerperio es tanta tanta la entidad de la mamá para el bebé, que ni siquiera la considera una existencia separada. Creen que somos el mismo cuerpo, la misma cosa. Una diada de contornos claros y cerco luminoso frente al magma viscoso y oscuro de todo y todos los demás.

Mam am mo mo ma.

Traducimos como nos interesa. Siempre, en todo lugar y situación. Las orejas se acaracolan en un sesgo personal que no coincide con el mohín de la boca ajena: el tímpano es un himen desgarrado. Traducir, como escuchar, equivale a hablar. A expresar el contenido de tu masa visceral. En un voluntariado con criaturas custodiadas, he visto a más de una emocionarse porque una bebita las llamaba “mamá”. Pero “mamá” significaba, sobre todo en aquel contexto,  “(cualquier) persona grande que está por aquí, cubre (más o menos) mis necesidades y con la que tengo que negociar para alcanzar mis fines”.

Pero aquellas mujeres decidían dedicarse una precaria fantasía de sí mismas como criantes, rasgarse a la medida del mandato social.

La mirada, también la que escribe posts, es siempre un vidrio, tiene aristas a traición y hace de nuestras entrañas materia de charcutería. La mirada coloniza y no puede ser de otra forma. La mirada sería el proyecto imperial de la metrópolis, y la lengua el ejército que lleva a cabo la barbarie en tierra ignota.

Si queremos vivir emancipadas, mejor no mirar/ser miradas ni tampoco decir/leer. Mejor solo ser. Sernos solas y con otras. Fluir enroscadas. Acurrucarnos. Y aprender de las criaturas y su lengua revelada. Que se habla con todo el cuerpo, y que si la escuchas, te interpela, te funde, te dice (a ti y de ti). Magia. Ma.

Mam mom ma mamá.