Hacer balance ¡y a ciclar!

Aunque es pronto por la mañana, el aire tiene hoy la consistencia de un visillo de ajuar a media tarde.  El día me sabe a brote, a frescor de poema dormido entre gasas. Tras un rato de dejarme imantar por sensaciones clorofílicas, me detengo cabal al quicio de la descarga. Tengo que hacer balance y sacar la placenta del congelador. Llegó el momento.

Año y medio después de dar a luz, percibo que estoy madura para salir del espectro emocional del parto. Debo despedirme del puerperio, ahora sí. Lo pienso mientras coloco a la criatura en la sillita desde la que me acompaña en la bici. (Todo este tiempo de porteo, carrito y autobús eché mucho de menos mi adorado vehículo, que simboliza espacios de posibilidad de mi vida escandinava.) Voy cantando cualquier canción arrumbada de la década de los dos mil y ya-no-bebé me acompaña con sus himnos élficos a grito pelao por la callejuela. Estoy profundamente contenta de vivir (vivir a lo ancho, no solo residir) con esta personita tan linda.

Amo la oportunidad que me da de aprender de lengua, de sociedad, de emoción y relaciones. Poder observarla en sus juegos, cómo empieza a narrarse el mundo, cómo confía en otras humanas, cómo se autorregula… es un regalo impagable. (Transito una ovulatoria  de chocho-cocacola con La Madre muy a tope, mejor no sigo…)

Volver a ciclar de nuevo es un descanso. La primera preovulatoria fue como quitarme toneladas de dolor comunal de encima. No seré yo quien abomine del estado hormonal/psíquico de mi puerperio. Antes al contrario: recorrer estos dos años y pico de preñez, parto y lactancia ha sido mi viaje iniciático, mi darme a luz y dilatar a partir de un agujerito el ancho espacio existencial que reclamo para la condición del ser de mis carnes y mis frases. Pero si menstruar mola, aunque en esta sociedad, duele, el puerperio ya ni te cuento…

Durante estos dieciocho meses de ser artífice de dos cuerpos simultáneos, he estado llena, llena de amor por la especie y el entorno.  (Amor no correspondido.) Toda la energía de mi cuerpo, orientando mis pensamientos y emociones, miraba hacia la creación de vínculos. El de mi bebé conmigo, pero también el mío con las abuelas, con las primas, las tías, las hermanas, les demás, el todo/la diversidad. Esto tiene pinta de función evolutiva, de tejedora psicológica puesta en marcha para la pervivencia de una especie gregaria.

Me han dado un plantío de calabazas. Yo entusiasmada vibrando de parto reciente carne calentita regazo florido busqué madre. Madre actualizaba twitter. Busqué suegra. Que me quería quitar al bicho para maternarlo ella. Busqué hermana. Que perseguía descalza a príncipes pedorros con mocasines. Busqué a otras puérperas. Y las vi hundidas, deslavazadas, átonas. O incólumes, con el alma acumulada en la cara interna del rostro y la eficiencia neoliberal en la leche. No conecté. Busqué colectiva. Qué frío. Tiritamos en la tundra social a la que hemos sido arrojadas. (Menos mal que existen personas ecológicas y orgánicas con las que cultivarnos juntas en rebeldía).

Adiós, puerperio. No seré más carne desnuda y lábil mendigando pertenencia y pertinencia ante oídos y espíritus tapiados. No en un sistema atroz como el que nos coloniza. Atesoro la fuerza impetuosa, la creatividad hechicera, la visión afilada que me has dado. Seguiré ejercitando los dones que me trajiste para mantenerlos siempre rodando. Digo gracias. Y me monto en la cicleta de mi cuerpo vivo y potente. Salgo al camino a florecer, morir, renacer, volverme un pedazo de tierra que resistirá plagas y maleficios químicos gracias a la vida persistente arrogante majestuosa triunfal. La que me salió por el coño. La que he logrado recuperar para (ahora sí) mi cuerpo soberano.

 

 

El privilegio sumo

Dolía como si te estuviesen partiendo en dos. Era una potente fuerza centrípeta que nacía en algún punto de tu espalda y se expandía rasgando tejidos, centrando el pulso. Dolor no era la palabra adecuada. Era otra cosa, era… era una experiencia de fuera de este mundo, no puede ser explicada con palabras falologocéntricas. Sin embargo, tú sabías muy bien lo que necesitabas para poder soportarlo. Necesitabas dejarte llevar por la inmensa energía que emanaba de ti misma como un ciclón. Para ello había que neutralizar las distracciones, los estímulos. No luz, no sonido, no presencias. Solo tu cuerpo, un espacio húmedo, un cérvix abriéndose como si fuera un esfínter. Nadie caga en una sala de hospital, a la vista de todos. ¿Por qué tenías que abrirte tú de coño delante de tantos transeúntes? ¿Por qué esas luces incisivas, esa invasión de cientifismo y disciplinamiento en lo más tierno de tu blanda entraña? Tú solo querías parir en paz. Y sin embargo, en el mejor hospital del mejor país del mundo para ser madre, no te dejaron parir en paz. Parir en tu cuerpo. Te lo sacaron, a tu hijo, de tu cuerpo.

 
Los primeros días tras el parto que te robaron fueron borrosos, pálpito perezoso entumecido, tiempo dado de sí como la goma de una braga vieja. Aparecieron gentes dispuestas a cumplir su agenda. Arrasaban mediante artilugios de silicona médica con la película protectora de tu subjetividad lacerada. Cada cual a lo suyo. Pim, pam. Efi-ciencia. Plastiquillos en las tetas. Shup. Shup. Bomba hidráulica de leche. El bebé estaba contigo y aun así estaba lejos, allá a lo lejos, lo veías mirarte con ojillos interrogantes, contrariados.

 

En casa fue todo algo mejor. Tu espacio empezó a funcionar como un cultivo, los renglones y las imágenes de los libros-invocación fermentaban y te llevaban consigo al interior de su embrujo. El bebé tenía unos contornos más claros que tus manos le iban poco a poco dibujando. Solos los dos, como las únicas dos criaturas con importancia en este mundo-culo. Piel. Piel. Piel. Calor, humanimalidad, contacto. Bebé calentito y dulce, mamá está aquí para ti y está contenta. Te deseo, bebé, solo quiero estar aquí, ahora y así, y estar/ser, contigo. Aviones de guerra nos sobrevuelan y violan el latido intemporal de tu primer puerperio. Los gritos llegan desde todos los rincones: periódicos, nuevas tecnologías, viejas tecnologías, personas ¿cercanas?, seres ¿queridos?… Mensajes en rostro humano o de cristal licuado que te hablan de muerte, de posesión, de acumulación, de lo inerte, de lo opaco. Mensajes de lo contrario que tú
representas. En el momento de vulnerabilidad más tierna es preciso defenderse de lo todo. Lo totalitario. Y qué hacer cuando te late la vida en el vientre en un mundo de vida acorralada.

 

Todo te escuece y da placer al mismo tiempo. Comienzas a ver las cosas claras pero no sabes bien qué hacer con ello. Comprendes que un día fuiste tan rasgadoramente hermosa y espeluznantemente vulnerable como Bebé pero a ti tus padres te entregaron a los charlatanes de la tribu. Que no te amaron cuando más digna de amor fuiste. Cuando eras solo amor, y nada más que amor pedías. Crees que vas a enloquecer de dolor que te expande, de tristeza eufórica. Tienes mucho que hacer, tienes que reescribir tu biografía desde el mero principio, desde el día en que tu propia madre fue al hospital a pedir que le sacaran al bebé porque ya era el día que le habían dicho que le tocaba.

 
Tienes que hacer un registro escrito y riguroso de todas las violencias que han ejercido contra ti. Qué hacer con tanta humanidad en las manos. Pareces ser la única que conoce el secreto. Te late el útero y lo sientes. ¿Les ocurre lo mismo a las demás? ¿Quién más sabe esto que sé yo ahora? ¿Qué voy a hacer? ¿Cómo encontrar a otra que me acoja? Quiero leer todos los libros de poesía del mundo, rasgarlos, licuarlos, llenarlos de sangre y hacer un escuadrón de ministerios que eduquen a cien mil criaturas que funden una ciudad nueva desde la alegría la comunalidad la libido la piel la carne la flor el agua la luna, madre. La luna. Madre. Madre. Piel. Qué voy a hacer con las amenazas. Tendré que suicidarme si persisten. ¿Tendré que suicidar al bebé también, entonces? Soy un manantial de vida fresca y clara pero todo a mi alrededor acumula polvo y ratas.

 

—¿Qué te pasa, Carlos? Tienes mala cara. ¿Ha pasado algo malo en el trabajo?— Le mirabas sorbiendo el agua. (La lactancia da mucha sed.)
—Tampoco te costaría tanto tener la casa ordenada, ¿no? Vamos, que estás aquí todo el día…

En los ojos de tu compañero veías cómo el vaso cruzaba el aire a la velocidad de las guerras. Como una granada de mano, el vidrio estalló contra el armario y mil burbujas prismáticas florecieron en el aire por un instante, antes de caer al suelo como una lluvia de artillería.

— ¡Loca! ¿¡Que no te has dado cuenta que eres madre y le puedes hacer daño al bebé!?

El privilegio sumo es que tu perspectiva crezca engorde se hinche y ocupe tanto que llene una cultura entera, donde no quepa ningún relato más que aquel que cuenta lo que tu cuerpo vive.

Taxidermia y canibalismo

 

Vivimos tiempos de canibalismo burocratizado.

Nos estamos comiendo unos a otros la cara interna de los órganos del cuerpo. Roemos poco a poco la carne que está a la sombra y dejamos solo la cáscara vacía de lo que una vez fue un músculo, una nariz, un hígado. El latido de lo orgánico no es sino un efecto acústico y luminoso. La impresión de que la sangre corre se consigue con unas gráficas en 3D. Parecemos personas vivas, pero nuestra corporalidad tiene la consistencia de un lámpara de papel de globo.

Y a más vulnerabilidad, más ternura. Más tierno el bocado, quiero decir.

Nos negamos en nuestra esencia hasta vaciarnos por dentro, como se hace con los animales que se van a disecar. Nos lavamos químicamente el espacio que queda más allá del envés de la piel y aplicamos bórax, sales, alcoholes, para producir la asepsia. Una vez desvitalizados al máximo, procedemos a la taxidermia propiamente dicha. Nos rellenamos con el poliuretano, la escayola o la fibra de vidrio que nos harán parecernos a la única imagen asignada en que la culturanda (cultura+propaganda) nos permitirá ser visibles y aceptables en sociedad.

Ls niñs. Qué ls estamos haciendo. Rompemos vínculos primales sin conocer realmente las consecuencias de esto, vendemos, manipulamos, juzgamos, maltratamos, exponemos personitas como si fueran trofeos. Las adquirimos como complementos de moda para no resistirnos al mandato social (ahora que hay tanta información y vías de comunicación disponibles y podríamos construir juntas las resistencias). Y no solo queremos “tener un hijo” que nos complete socialmente como un outfit, sino que además es que “quiero algo mío”, que para eso ha avanzado tanto la técnica. Espeluznante la falta de horizontes éticos de nuestra subjetividad clientista.

Ejercemos como mapadres desde lo antiautoritario, desde la reacción. Y sin embargo, nos comportamos de forma increíblemente autoritaria, pero en versión edulcorada, lo que es mucho más difícil de afrontar para las sufridas personas en formación que dependen de nosotres. Nuestra envolvente es más agresiva que la de los padres y madres autoritarios de antes. Antes quedaba la opción de rebelarse. ¿Qué les queda ahora?

Así es como estamos tratando a la infancia. Analícese qué opciones (de esa mentada elección personal por la que se supone que todo lo hacemos) existen para cada uno de los aspectos de la vida de ls niñs para poder crecer como seres autónomos, sanos, íntegros y capaces de desenvolverse más allá del espacio social mercado-

  • Te llevo hasta los siete años en carrito, para que no decidas cómo te mueves ni adónde. Desde que naciste, has pasado de hecho la mayor parte de tu tiempo de vida en el interior de artilugios (en diversas formas y calidades de plástico) concebidos para coartar tu movimiento en libertad y tu propio ritmo.
  • Te coloco pantallas delante para comer, para entretenerte, mientras te baño… para que no seas dueño/a de tu atención. Para que no molestes, en fin, para que no seas, para que no experimentes;  te vuelves un mero medio para que yo alcance mis objetivos de rendimiento identitario mapaterno (por ejemplo, que comas). Te convierto en una muñeca de trapo que puedo accionar cómodamente. Eres mi furby, mi tamagochi.
  • Te comparo con estándares externos y valoro el nivel de aceptabilidad de tu organismo y tu actuación. Desde tu peso al nacer hasta tus resultados académicos, día tras día, año tras año. Eres objeto de la comparación y el escrutinio constante. No-hay-escapatoria-ni-descanso.
  • Te expongo sin defensa posible al mercado y sus artimañas, en las tiendas, en las pantallas. Caes en las redes de la publicidad. Después, me hago el sacrificado cuando tengo que comprarte lo que tú quieres. (Obtengo placer oculto en verme como artífice de la satisfacción de tus caprichos).
  • Te pregunto diez millones de veces al día qué quieres. Ha de quedarte claro que aquí lo importante es la demanda, para que yo pueda performar como entidad a cargo de actualizar la oferta.
  • Te cargo con mis problemas emocionales, espero de ti que sepas gestionarlos. Estoy llena/o de culpa. Perdóname. Concédeme el perdón. De ti depende.
  • Te pido permiso para hablar con mis amigas o dedicarme a algo que no seas tú en un momento dado, ¡como si tú tuvieras que ponerme los límites a mí!
  • Te critico todo lo que puedo ante terceros, también delante de ti.
  • Tienes un programa constantemente repleto de actividades y jornadas llenas de desplazamientos. ¿Quedarnos en casa? ¿Quién querría eso? No te permito aburrirte, que para algo soy una buena mapadre.
  • No te expongo a materiales de la naturaleza ni herramientas básicas humanas, sino que te doy directamente alta tecnología, para que no entiendas nada, para que no sepas relacionarte con el mundo que te rodea si no es por mediación ajena.
  • Te hago vivir en un cuarto hasta arriba de objetos de plástico diseñados y fabricados por adultos que no conocemos, que no te conocen. No te dejo fluir con el espacio, crear, participar de la vida siendo su coautor/a.
  • Te impongo desde muy bebé horas de imágenes y narrativas audiovisuales que supongo que te gustan. No estudio los posibles efectos que la imposición de mundos fantaseados por adultos (que no son tu mundo) pueda tener en el desarrollo de tu propia imaginación y tu relación con tu entorno. No estudio los efectos políticos de la pasividad aprendida.
  • Asumo que como eres (leída como) una niña, tienes que ser sometida al programa socializador rosa. Dejo que cualquier persona, aunque no tengamos vínculo emocional con ella, te trate de forma que se refuerce el aprendizaje de tu único rol posible en sociedad: la princesa
  • Asumo que como eres (leído como) un niño, tienes que ser sometido al programa socializador azul/verde militar. Dejo que cualquier persona, aunque no tengamos vínculo emocional con ella, te trate de forma que se refuerce el aprendizaje de tu único rol posible en sociedad: el guerrero/líder sin escrúpulos
  • Asumo que mientras dure tu infancia, tus gustos quedan abarcados en el menú infantil de las franquicias y la miríada de objetos de dudosa catadura moral que ofrecen las jugueterías modernas con el fin de entretener y “educar”.
  • Te jodo la salud (el equilibrio hormonal) a base de un derroche incesante de azúcar y procesados.

Y es que resulta que esto de ser mapadre iba de eso, de ser yo algo. Allá te las apañes tú, criatura, con el espacio que eso te deja.

El contrario de lengua es madre

La madre es un espacio originario del cuerpo autoconsciente. El último espacio donde hay continuidad, donde no hay palabras ni falta que hacen porque acercarse a otros seres a través de la comunicación, por semblanzas, es tan solo una sombra pobre de “ser lo mismo”.

Cuando hay madre/continuidad todo es espesura cíclica, flexibilidad porosa. Cuando hay madre todo tiene sentido porque todo está vinculado a sí mismo de tal forma que no existe lo otro, lo que no es uno.

A la madre la han llamado dios, éxito, dinero, aceptación social… La tratan de pinchar con el alfiler de las una y mil palabras-arista del poder sin conseguir nunca alcanzarla, porque la madre es el contrario de la lengua.

Madre es sustancia, lengua es forma/potencia/estructura. A la madre no hay regulación gramatical que la pueda encerrar. Madre es subversión y no dice, pero sí acurruca y genera y comprehende. El poder acuña moneda y acuña términos (finales). La madre engendra seres que son eternos principios y posibilidades de sí. La madre entiende, la lengua confunde, pese a que sea la última oportunidad que nos queda de comprender algo (también nos la quieren rebanar, la lengua, como la rebanaron la madre a bisturazos).

El cultivo de la continuidad en la que proliferan cuerpos no deja posibilidad de falta básica, no oprime, no invisibiliza, no crea reservas de flujo latente y oscuro presto al estallido.

El desamparo original se orquesta arrancándole a las madres las criaturas del cuerpo, y dándoles a continuación a chupar el símbolo. La historia de la humanidad es la de una pugna entre el silencio orgánico de la leche y el chillido documental y hostil de la metralla.

Imagen: http://www.dovivargas.com/Obras/Oleo_Colores.htm?3.2.2

Y ahora cómo hostias cuidamos

Cómo hacemos para orientarnos dentro de esas horas que se vuelven días que están hechos como de sábana sucia y lamparones. Se deshilachan, tienen colgajos y nada se puede programar. Cómo volvernos seres adaptables a las demandas apremiantes de la vida, cuando estamos tan mutiladas, almas de titanio, receptivas solo a mediciones y listas.  Cómo recuperar la calma, la fe en la carne y el latido, la expansión palpitante que traerá, por fin, la salud de vuelta.

 

Cómo hacemos si el chillido del dolor infantil no soportamos oírlo, porque nos recuerda los gritos que llevamos dentro y acallamos, porque sabemos que no los escucharía nadie. Cómo no llorar porque a mí de personita me lo limitaban todo menos la televisión y las grasas hidrogenadas. Si nunca hubo piel para mí. Si no me ponía enferma jamäs porque era mejor ir a la escuela que estar en casa sola con la tele y los sanjacobos. Si soñaba con que me ingresaran porque así esos médicos y enfermeras (de la época) me palparían con manos de gigante/hada bonachones, siempre oliendo rico y queriéndome cuidar.

 

Cómo hacemos cuando tenemos que olvidarnos, dejarnos atrás, no escuchar nuestras demandas. Ni ducharnos. Ni estirarnos. Ni leer diez minutos para relajarnos. Ni tocarnos el higo, siquiera. Cómo hacemos cuando no somos para nos, sino para otra persona más vulnerable. Cómo gestionarlo cuando  las personas contemporáneas tenemos el ego basado en un desproporcionado deseo mercantil: quiero, elijo, demando. En los anuncios no enseñan a postergarse a una y atender a la otra.

 

Cómo hacemos para cuidar si nunca hemos sido cuidadas antes. Si no hay referentes alrededor, si todo son farsas. Cómo hacemos cuando necesitamos vida cruda pero lo único que tenemos a mano son carcasas rotas que nunca pedimos tener.

 

Imagen: Nigel Van Wieck, “Q Train”, 1990

¿Qué son los padres? ¿Y los hijos?

Padres: agente voluntario de socialización no retribuido cuya misión consiste en colonizar la psicología y el cuerpo de los recursos humanos de reciente aparición (también llamados “sus hijos”) para someterlos a una apropiada adaptación al sistema capitalista de subjetividad productiva/consumidora. El proceso tiene una doble vertiente: (1) socialización positiva en normalidad productiva y (2) construcción de las bases de la libertad de demanda.

El empeño en la línea de trabajo (1) tendrá como resultado que el/la niño/a logre obtener un buen producto de sí mismo/a con el que competir en el mercado en las mejores condiciones posibles para su futuro —ficción que debe funcionar como valor prioritario que guíe sus pasos en la vida—. La socialización normalizadora incluye transmitirles férreas corazas de género desde el nacimiento (una blusa rosa entallada con volantes para Carla y una camiseta azul con camiones para Jorge); naturalizar las desigualdades sistémicas (ese pijama que ya no usas vamos a dárselo a los pobres); cultivar un vigía interior sobre la imagen personal (estás fondona/ dónde vas con eso, zarrapastrosa) hasta que el dispositivo sea capaz de funcionar por sí mismo en el interior del sujeto; fiscalizar sus amistades y ocupaciones (esta Virginia ¿no es un poco XXX?/ deja de perder el tiempo con eso); inculcar el apego incondicional a insignias de diferenciación intergrupal como banderas, equipos deportivos, figuraciones religiosas, etc.

De forma paralela a la homologación del producto empleable, el equipo socializador también llamado “familia” debe cultivar una subjetividad de cliente en el joven recurso y nunca frustrar su inclinación natural a la posesión y el apego a los artículos (qué quieres; elige cuál te compro; qué vas a tomar;¡regalos!, ¡más regalos!; ¿quieres kétchup?, ¿un helado? ¡Ahora mismo!).

Con el objetivo de que la primera estapa de gestión del mini-recurso humano sea exitosa, el input emocional por parte de los agentes debe ser limitado. Para unos mejores resultados, la distancia emocional y el training productivo/consumista deben empezar desde el nacimiento y perpetuarse hasta el fallecimiento de los progenitores. En su cometido, los padres y madres no están solos sino que cuentan con el sacrificado apoyo de la institución médica, el equipo educativo, bibliografía experta e incluso la inestimable cooperación espontánea de los viandantes (no lo cojas tanto en brazos que lo malcrías, mujer).

Existen diferencias en el papel socializador del elemento padre, con énfasis el gobierno de las situaciones, control del espacio y los recursos y del agente madre, que transita paralelamente una colonización análoga y se dedica fundamentalmente a funcionar como espejo invertido de todo lo que el padre no debe ser y depositaria de las tareas de que él no debe encargarse.

 

Hijos: extraños seres caprichosos y demandantes extraídos del cuerpo de las mujeres que durante unos años compartirán algunas características con estas (carencia de límites, desafío a la autoridad,  etc.). Cumplen una serie de objetivos a lo largo de su vida útil, desde soporte de accesorios de moda en los primeros meses, a enviados especiales para ponernos a prueba los primeros años. Aunque en ocasiones resultan adorables, se requieren altas dosis de paciencia para aguantarlos. Si la mujer es “el otro”, ellos son “lo otro”, el objeto, lo transportable, manejable y depositable en manos ajenas subordinables (el mayor tiempo posible, por propia salud mental). Generan tanta inquietud que deben ser inmediatamente introducidos en la normatividad, no hay tiempo que perder. Para saber cómo, véase la entrada “Padres”.

Mi amor, rey mío

Pensando en términos de poderes, derechos y privilegios, y atormentada por la relación con el padre de la personita, que no funciona (ni siquiera en su modalidad actual de lleguemos-a-acuerdos-por-el-bien-de-la-cría-pese-a-que-no-nos-amemos) he podido observar que la mayoría de los conflictos que hay en casa se originan en su inconsciente defensa a ultranza de uno o varios de los privilegios siguientes y mi resistencia felina a considerarlos aceptables o mantenerlos en la oscuridad opresiva de lo no-llamado por su nombre.

Son creencias arraigadas en la socialización segregada por géneros, en la ideología de reyes y cenicientas en que nos formaron, y están en el fondo de muchos de los desencantos que otras comadres padecen; no son individuales, no son mi problema: son un cáncer social.

 

  • Privilegio de priorizar su carrera y su descanso a la hora de organizar el tiempo común. Y ya lo que sobre en tiempo y energía, ya veremos cómo lo reparto (yo, jefe de mis recursos, decidiendo solo y esperando crédito cuando soy generoso con el resto). El problema de esta creencia es que, por ende, la compañera se ve obligada a priorizar todo lo que él deja por hacer, y ya en los huecos que queden, atender sus intereses, su carrera, su descanso (que, como es lógico, no llega nunca).
  • Privilegio de concentrarse en una tarea y llevarla a cabo según el objetivo propuesto. Allá te las apañes tú con la criatura o lo que vaya surgiendo, chata.
  • Privilegio de hacer solo una cosa a la vez, sin necesidad de multitasking, y criticando además a quienes estamos siempre en mil ajos. Si tú, varoncito, solo estás a lo que estás, a lo que te interesa estar, alguien tendrá que estar a todo el resto, ¿no crees?
  • Privilegio de beneficiarse de un grupo social sin invertir tiempo ni recursos en cuidar las relaciones. Joé, qué pesada que soy siempre con invitaciones, cafés, fiestas y comidas, comprando regalos y tratando de dar apoyo al vecindario afectivo que nos rodea. ¿Pero quién nos ayuda a nosotros, pachá mío? ¿Quién te ayuda a ti, mi amor, a encontrar trabajo, a hacer entrevistas, a colgar estanterías? Esto es como el hijo, igual: privatización de los esfuerzos por parte de la mujer para poder luego socializar los beneficios.
  • Privilegio de esperar órdenes, de no estar al cargo ni coordinar los asuntos que considera que no le atañen directamente: la casa, la crianza, las relaciones sociales. Pero no se le puede llamar machista, porque él sí contribuye, él hace ciertas cosas según el…
  • privilegio de escoger las tareas del hogar y la familia que no le son desagradables. El resto, pa ti, morena. Y no te quejes,  ¡pero si vamos a medias!
  • Y, por fin, el más importante, una vez el conflicto ha estallado, se impone majestuoso el privilegio de defender que el criterio único, la lógica, el sentido común que han de prevalecer en la discusión sea el que emana de uno mismo. ¿La prueba de que lo suyo es lo correcto? La cultura androcentrista y patriarcal que lo respalda. Es muy fácil tener razón cuando la idea de razón se ha hecho a imagen y semejanza de uno. Cuando ‘razón’ significa cuerpo masculino agresivo invisibilizando emociones, pulsiones, realidades y necesidades propias y ajenas no contenidas en el discurso de lo hegemónico postindustrial. 

 

Hace poco leía en este libro que en una escuelita sueca se había visto a una niña pelándoles sistemática y diariamente la fruta a sus compañeros varones. No sé, en realidad, hacia dónde vamos porque las señales son equívocas. Por un lado proliferan las buenas noticias desde la consolidación del feminismo en nuestras sociedades; por el otro, la segregación rosiazul avanza a pasos agigantados y no deja títere con cabeza, haciéndome temblar cuando pienso en las consecuencias que esta violencia tendrá en las relaciones entre los género en el futuro.

No puedo parar la sinrazón con mis pequeñas manos, no puedo hacer más que volcar mis angustias en este rincón perdido de internet. Bueno, eso, y que la mandarina, rey mío, te la vas a ir pelando tú.

 

(Nota: imagen compartida en el grupo de Telegram Comuneras Feministas, a cuyas administradoras no sé cómo contactar)

Taller de gozo de vivir – por una personita de un año

La chiquillería es a la humanidad lo que la poesía al idioma: es imprevisible, rompe reglas, poca gente la entiende y casi nadie tiene tiempo para ella.

Aquí, una vibrante y dulce criatura que ya tiene un año, nos propone unas actividades para que aprendamos a vivir un poco más como personitas (y un poco menos como ratas de laboratorio neoliberal). Solo con ser leídas, ya pueden tener el efecto de rejuvenecernos el alma y arrugar el contrato diabólico que nos obligaron a firmar.

– Siéntete obligada a bailar cada vez que oyes ritmo, y baila

– Explora a placer cada nuevo territorio en que te encuentres, sin vergüenza alguna

– Relaciónate con (casi) todo el mundo desde la creencia de que quieren lo mejor para tu integridad y equilibrio

– Mira bien fijo el dedo que señala, en lugar de lo señalado…

– Registra todos gestos y hasta los mínimos cambios de expresión de las personas más queridas

– Chilla con ganas cuando te alivia

– Ríe y llora con todo el cuerpo

– Estudia bien lo que comes antes de engullir

– Componte una canción propia especial para hacer de vientre

– Métele a la gente los dedos en el ombligo impunemente

– Exige compañía y juego a gritos. ¡Que no te procrastinen!

Hijos y gintonics. Respondiendo a Natalia Haro

Ha sucedido de nuevo. Otra vez aparecemos en entredicho, convertidas en un estereotipo, infantilizadas, reducidas a un tópico, borradas, desoídas… en un medio feminista. ¿Y por qué? Porque decidimos que del coño nos saliese una vida. Lo tenemos merecido, ¡eso nos pasa por madres!

Natalia Haro: las mujeres que parimos y criamos no podemos ser representadas como o una cosa o la otra, como tu analogía de las dos amigas pretende transmitir: o gintonics o sacrificios. Las mujeres, maternemos o no, (sobre)vivimos en una encrucijada de discursos, biopoderes y trampas patriarcales que, entre otras cosas, tratan de deslegitimar nuestra complejidad vital y reducirnos a categorías manejables desde los púlpitos de aquellos de cuyos deseos está el mundo entero puesto al servicio.

En lugar de problematizar las opresiones compartidas, en tu texto se nos adelgaza a un sangriento blanco y negro y se nos invita a seguir una senda de cines, gintonics y carreras profesionales que se parece sospechosamente a los intereses de la ideología hegemónica. Me cuesta entenderlo. Tu saleroso artículo se deja tanto, tanto en el tintero, frivoliza y simplifica tanto, que duele por venir de donde viene.

La mal llamada “crianza natural” no es un movimiento social como lo caricaturizas, Natalia Haro. No es un bloque de prácticas en hilera, no es un club, no hay unidad ni discursiva ni de acción (y no entiendo, de serlo, qué tendría que ver con decir “holi” y “hasta nunqui”, esa parte no la pillo).  Es una amalgama polifónica de reflexiones, rebeliones e intereses de texturas diversas que incluye sus contradicciones y sus tensiones internas. Es una búsqueda, como todas las elaboraciones que desafían al poder vigente. Y esta multiplicidad de voces son una reacción a las violencias machistas y coloniales contra las maternidades que se normalizaron en la segunda mitad del s. XX en el mundo industrializado, no solo en los paritorios, sino también, y de forma más ominosa si cabe por fría y sostenida, en las consultas de pediatría. Por favor, Natalia Haro, no te olvides de esto, que hay gente leyéndote.

Amamantar, hacer colecho, usar pañales desechables, etc., son prácticas independientes y variadas que tienen en común solo un elemento: cuestionar la normalidad dominante en la crianza occidental. Desde el feminismo, desde la psicología evolutiva, desde la teoría del apego, desde el ecologismo, desde el anticonsumismo… —e, incluso, desde el conservadurismo extremo, sí— son muchos los puntos desde los que una persona puede decidirse a tratar de criar de una manera no avalada por la cultura actualmente mayoritaria e invisible.

Y es que la mal llamada “crianza natural” (mejor denominarla consciente, o ¿por qué no?, crítica, pues… ¿qué es lo natural sino lo que el poder en cada cultura define como tal?) no es una nueva hegemonía, no se ha convertido ni mucho menos en norma, no es lo que se hace por defecto en ninguna parte del mundo (por favor, demuestre lo contrario quien así lo crea).

Ahora sí vamos al fondo de la cuestión: en una mano tienes la fuerza de la costumbre, la cultura, la familia y sus preferencias incuestionadas (que suelen reproducir la mencionada tutela médica finisecular del no-lo-cojas-en-brazos-que-se-acostumbra), la industria, el comercio y la publicidad con sus miles de inventos para atiborrar la crianza de trastos y hacerlos parecer necesarios (ojo cuando dices: “la renuncia al chupete” como si hacer a las criaturas llevar un trozo de plástico en la boca no debiera ser cuando menos cuestionado…).

En la otra mano están Carlos Gonzales y otrås especialistas, algunas iniciativas comerciales pequeñas y unas amigas tuyas que quieren abrir el debate sobre cómo ejercer la crianza y te recomiendan cuestionar los métodos convencionales. ¿Que parte es la dominante, Natalia Haro? ¿De qué lado está El Poder? ¿Y por qué entonces sientes tanta ira contra la tendencia que es claramente minoritaria y por tanto más débil? Desde luego nadie debería decirte a ti cómo criar, pero que el diario.es publique un airada reacción contra el cuestionamiento de la ideología patriarconeoliberal en la crianza me parece, cuando menos, un desacierto.

Natalia Haro, coger toda la cultura que desde el pensamiento sobre los cuidados y sobre la escucha de las necesidades de la infancia se ha elaborado contra los mandatos del mercado, hacer un hatillo con ella y tirarla por el excusado me parece un error muy grave. Por salerosa que quedara la frase del wallapop. ¿Desafiar ese mandato que impuso a las mujeres que no amamantasen o que lo hiciesen bajo control médico, que es lo que hace Carlos González, desmontándolo desde la ciencia, lo interpretas como el “must” de la época? ¿Pero de qué lado estas? No entiendo.

Tampoco las cosas que aseguras que dice las he visto escritas por él, ¿nos pasas la referencia, porfa? ¡Y esa retórica de las malas madres que reproduces! ¿Tampoco vas a cuestionarla? ¿También es algo que tiene que ser utilizado y punto, como el chupete?

Estamos todas de acuerdo de que lo que no queremos es que nos exploten y nos releguen, pero lo que hay todavía que encontrar es qué es lo que sí queremos. Y, francamente, tener al mismo tiempo hijås y gintonics sin límite, ni siquiera los dictados por los organismos, por las necesidades del cuerpo chiquitito y del cuerpo puérpero, parece, más que una propuesta feminista, un mensaje publicitario. Mi carrera, mi gintonic y mi libido recuperada. ¿Esto es el estado español de la bárbara desigualdad económica y reacción patriarcal de 2017 o un maldito capítulo de Sexo en Nueva York? 

Y… ¿qué quieres decir, Natalia Haro, cuando relatas que se le dice adiós a la carrera y hola a la casa y la comida sabrosa cuando se materna de forma “natural”? ¿Desde qué clase de privilegio nos hablas? Desgraciadamente, son muy pocas las mujeres en edad reproductiva que hoy en día en el estado español tienen una carrera en lugar de un trabajo o incluso un trabajillo, si es que cuentan siquiera con ello… Pero la pregunta importante es otra: ¿por qué es un trabajo en este mercado laboral necesariamente mejor idea que estar en casa y maternar? ¿Por qué no reflexionamos sobre la ausencia de prestaciones sociales que permitirían cuidar para quien elija hacerlo sin tener que renunciar a ser económicamente independiente?

En cuanto a la epidural, Natalia Haro, no soy una experta ni quiero extenderme, pero te diré que, por supuesto, si hay mujeres que personalmente lo desean y ya que la ciencia y el mercado se lo permiten, deben poder tener criaturas a las que recibir desde un cuadro hormonal modificado artificialmente. Pero es necesario que si se critica a quien opta por un parto no alterado con drogas se dé la información completa sobre los efectos de estas. No ridiculices a mujeres que desean parir desde los cuerpos que son tal como son, no lo hagas. Si no las entiendes, lee más, escucha más, vocifera menos. No contribuyas a normalizar la capacidad de la clínica, tan colonial, de manipular y rentabilizar la vida y las capacidades de los cuerpos vulnerables.

Y dejo de comentar tu texto porque se me ha despertado la criatura. En resumen, en el asunto de la maternidad se entrecruzan todos los discursos que afectan al género, las estrategias patriarcales pasadas, presentes y futuras, además de la imagen social y la materia emocional de muchas mujeres. Por respeto, por salud, porque nos conviene, debíamos pasar por él como por un campo de minas, hilar muy muy fino, pensar muy profundo, escuchar mucho, callar a veces otro tanto y dejar de criticarnos unas a otras tan ligeramente. Cada cual negocia con este sistema invisible de desigualdad violenta como buenamente puede. Hagamos pensamiento y critica feminista mirando hacia arriba, señalando el poder, y no hacia los lados, hacia las compañeras y lo que ellas hacen, pues podemos, aun sin querer, acabar metiéndonos goles en nuestra propia portería.

Natalia Haro: dile a tu amiga que la quieres y la echas de menos, encontraos, hilad juntas, o separaos, que quizás el momento haya llegado. Pero déjanos criar en paz como nos sale de la entraña uterina a las que no oímos tan fuerte la llamada del trabajo ni del gintonic. Te aseguro que no hay ningún experto de best-seller ni ningún cristiano en nuestro útero (quizás, precisamente, por eso sea tan importante silenciarnos).

Eldiario.es: si vamos a hacer discurso sobre maternidades, por favor que aporte conocimiento y perspectiva. Que sea liberador y no nos venda al diablo del mercado por una triste bebida de moda. Y aseguraos de que aparezcan lås niñås y sus necesidades por algún lado, pues también es de ellås y su bienestar de quien se trata.

¿Perdón por existir?

Se ha colado en nuestras relaciones intimas y sociales, está por todas partes, en todos los medios por los que nos comunicamos, todos los días, a cada rato. ¿Cuándo hemos empezado a usar tan a menudo esta palabra tan chunga? Perdón. Perdón. Coño, qué fea es.

‘Perdón’ es una de esas palabras con mucha carga performativa, es decir, con el poder de cambiar la realidad al ser pronunciada. Es una palabra-tótem, una verdadera institución moral. Siempre he pensado, sin embargo, que tiene algo de litúrgico, de guión social y, por tanto, de falso.

Sí, la cagamos y luego decimos “perdón”, pero ¿ya vale? O mejor: ¿para qué vale? ¿Recordáis que hasta nos obligaban a decirlo de niñås cuando nos peleábamos con otrå niñå o hacíamos algo “”mal””? ¿Y si su valor no reside en el arrepentimiento sincero, puesto que entonces no se dirigiría desde fuera tan alegremente, en qué consiste el dichoso “perdón”?

El origen de la palabra tiene que ver con solicitar de un acreedor que le perdone a uno la deuda que ha contraido, preumiblemente por no poder pagarla. Sería algo asi como “condonar”, y se forma a través de la locución “per donare”, algo así como “dar definitivamente” o “dar del todo”, a fondo perdido.

Tenemos, pues, una palabra-fórmula que se usa cuando queremos que la persona que nos escucha nos condone la deuda que le debemos. ¿Pero qué deuda es esa?

Si pedimos perdón por hacer esperar a alguien, bien, ahí hay que asumir una posición de humildad en pos de la convivencia y el respeto, entiendo yo, pero si nos observamos durante unos días, veremos que pedimos perdón por muchas otras razones en que quizás no sea tan fácil reconstruir “lo adeudado”. Por ejemplo, no coger el teléfono o no responder mensajes inmediatamente, expresarnos en chats y grupos, no “poder” hacer cosas por terceras personas, estar, o no estar…

Nos disculpamos tanto (ojo con esta palabrita también), que se diría que en vez de relaciones afectivas basadas en la cooperación y el respeto tenemos un entramado de deudas, culpas y expectativas inasumibles sobre el tiempo y las posibilidades reales de acción que se nos  dejan en la vida.

Como resultado, nos pasamos el día oyendo y leyendo de nuestrås allegadås y conocidås que no les tengamos en cuenta que no hayan hecho lo que se esperaba de ellås. Pero, ¿qué se esperaba? ¿Quién lo había decidido? ¿Era realista? Por otro lado, soportamos cientos de agresiones normalizadas por las que nadie nunca nos pide perdón: la omnipresente publicidad, los discursos racistas, el sexismo contra la infancia, etc.

Esto va tomando cara: o sea, hay un paradigma de relación reinante (de ma/padre, de hermanå, de amigå, de compañerå activista, de participante en un grupo…) que está socialmente aceptado pero que generalmente sentimos que no logramos alcanzar, de ahí que humildemente pidamos todo el tiempo que, aun así, nos quieran un poquito y no nos dejen de lado. Qué fatiga.

Propongo un poquito de empoderamiento para el fin de semana, en tres sabores distintos. Por un lado, el empoderamiento lingüístico: apuntemos las veces en que decimos “perdón” o “lo siento” durante unos días y pensemos con qué “deuda” queríamos que nos hiciesen la vista gorda en cada caso.  ¿Qué estereotipos de relación  encontramos? ¿Pueden rastrearse, de dónde vienen? ¿Y si hablamos con la otra persona y tratamos de establecer una relación genuina, nuestra, tejida con tiras de pijama viejo, sin expectativas ajenas que nos pican y molestan?

Tras el análisis, el ejercicio práctico: se propone usar “gracias” por lo que nos dan en lugar de “perdón” por lo que nos tomamos. O quizás, si de verdad herimos, sería mejor hablar de nuestros sentimientos en lugar de usar frías fórmulas jurídicas romanas. Por ejemplo: me duele haberte hecho daño.

Después, el empoderamiento moral. ¿Por qué sentirme mal por realidades que escapan a mi control? ¿Por qué engañarme y engañar sobre mis posibilidades auténticas de manipulación del entorno? ¿Y no será que si me disculpo por mis circunstancias estoy de algún modo privatizando la culpa cuando, probablemente, la causa sea colectiva y solo se convierte en culpa cuando (me) intento convencer de que dependen de mí?

(Interesante pensar, desde este punto de vista, cómo la doctrina católica construye la moral de esclavås  -justo en la zona cero de la dignidad humana- a través de este resorte del perdón que debe ser otorgado, previa penitencia, por un magnánimo acreedor a toda aquella criatura que ose existir en sus dominios.)

Personita ya baila, anda, explora e interactúa constantemente. Por eso, yo ya no tengo tiempo para casi nada más que no sea acogerla, cuidarla, cuidarnos. Adiós a internet, telarañas en los emails, descuido a las amistades que estan lejos, tantos proyectos. Pero será solo un tiempo, pronto cambiarán las cosas. Tras una primera etapa de sentirme mal por estar presente para Atreyu pero ausente para el resto del mundo, he comprendido que no debo absorber en forma de responsabilidad y derrota lo que no es sino consecuencia natural  del decurso del proyecto-cría y no hay que sentirse mal por ello. Con un bebé de en torno al año, en mi experiencia, no se puede materialmente hacer muchas de las cosas que hoy día consideramos esperables e incluso imprescindibles respecto a la interconexión social. Y es que también tiene que saberse, para que no lo tengamos que llevar (también) a cuestas y sin ayuda.

Y… ya despertó. El punto y final es un privilegio