Sensualidad

Cuando por un descuido, para ayudarme a ponerme algo, o por cualquier otra razón, me rozas con las manos, siento un escalofrío de placer que me sacude desde el cuero cabelludo hasta las plantas de los pies, pasando por las corvas, la cara interna de la tripa, los pezones  y mis ahora despiertos conductos galactóforos.

Eres mi amiga, mi madre, mi amigo, mi (des)conocida, mi hijo… no importa quién. No quiero tener relaciones sexuales contigo, no me excitas genitalmente ni me interesas a ese nivel. Pero tu piel en la mía comunica un importante mensaje: soy una presencia positiva, estoy cerca y quiero tu bien. Entonces mi piel te recibe y genera una oleada de vivo placer. Me gusta deleitarme en él reavivándolo en la memoria, sacudir los hombros y reactivarlo con el roce de la ropa o la melena, sacudirme de gusto y volverme de nuevo cuerpo principalmente sintiente de niña chica o animalillo rezongón. Tan solo unos segundos de pálpito vital robados a esta farsa descorporeizante que habitamos con pena.

Hay que abrir espacio en la lengua/realidad y en la conversación/vida para que mane y fluya ese placer corporal que el contacto ajeno genera. El diálogo de las pieles está sepulto bajo toneladas de sexo patriarcado, manipulado, sacrificado y extorsionado como juego de poder y poses taxidérmicas, lejos de lo que nos hace humanas. Lo hueco entre nosotras genera lugares anchos como la banda ancha y ese gran vacío lleno de aviones de guerra, botes de champú e información en bits. Y duele porque falta piel.

Desde un sensual puerperio, relación madre-bebé vivida desde la piel con piel que se eriza; el olor de canela, vainilla y pimienta del cuerpecillo; el calor y tantos besos; las dulces canciones guturales… reivindico que a nadie le acometa la sordera de caricias. Que nos nutra el escalofrío de amor. Trata de conseguir uno esta tarde, te harás sin duda portadora del gustito y comenzará la revolución.

Miermana

Miermana teje conmigo. Miermana escucha, a miermana escucho. Juntas creamos ficciones rudimentarias que nos reconfortan y nos incluyen. Cada palabra es lucha, es plataforma, es cuerpo nuestro y es amor.

Con miermana cocino, como, paseo, bailo, grito, me quejo, tonteo, comparto, riño, busco, lloro, planeo. Ella y yo somos uvas jugosas de un racimo al que veneramos por racimo. Por ser de todas. Por sernos todas. Todos.

Llámalo feminismo, llámalo dignidad, hermandad. No me importa cómo lo llames. Solo ven, por favor, acurrúcate, teje conmigo.Trae té caliente de ciruela, yo tengo dulces de caja de lata antigua y un montón de madejas para hilar contigo.

Niña, mi niña

En cuanto llegué a la comida de Navidad, me pediste que te acompañara al baño. Por los lunares rojos de tu carita blanca supe que habías llorado mucho. Las legañas de máscara indicaban que finalmente habías salido la noche anterior. Entramos en el váter del restaurante y te derrumbaste. Solo decías que te querías morir y al hacerlo cada vez me matabas. Porque es que yo te quiero mucho, niña, mi niña, por eso te estoy escribiendo hoy.

Por lo visto saliste aunque no tenías ganas porque no habías apagado el teléfono a tiempo. Te insistieron y pese a que no te lo pedía el cuerpo —habías estado en una guardia de doce horas y en un viaje de cuatro el día anterior, saliste. Como estabas agotada, el alcohol que bebiste te subió muy rápido, y por eso te cogiste una cogorza cachonda en que hubieses podido triscar a chocho suelto con cualquiera de los presentes. Picoteaste aquí y allá, besoteaste a uno, a la otra, tus hormonas de verbena y tus labios de carnaval. Feliz Navidad. A este me lo subo. Coño, y qué hace aquí mi ex. Ah, pues su primo no está mal, qué monada.Ven que te muerdo la boca, moreno.

Por la mañana, mensajes intermitentes en la pantalla. Del pollo con el que dormiste: me lo pasé muy bien, eres muy dulce, me gustaría verte de nuevo. Y de aquel ex pesado que te encontraste: eres una puta, me das asco, ¿por qué no te mueres?, ¿de verdad tenías que hacerlo?, ojalá no te hubiera conocido.

Y tú, niña, mi niña, bebiste de sus palabras, te las tragaste con ansias, las dejaste bajar hasta el estómago, donde se te formó un ejército nazi de soldados alineados con el fusil apuntándote a las tripas. Nada contaba ya: ni el chaval simpaticote que conociste y que te volverías a merendar, ni la comida de navidad, ni la familia, ni yo, ni tú misma. Solo sus palabras asesinas. Por eso tú en aquel baño me repetías con tu mentón de flan de huevo que te querías morir, que no aguantabas lo que habías hecho. Que él tenía razón.

Hoy tengo algo que contarte, mi niña. Un cuento en el que tú eres tu cuerpo, tus pensamientos y tu afectividad. Y en el que aunque tienes mucho que decir en cómo se conforman, también están inevitablemente atravesados, tu cuerpo, tus ideas y tus afectos, por discursos, percepciones y movimientos que te pre-existen y/o que también están fuera de ti. Por ejemplo, las ideas que tenemos están consustancialmente unidas a la lengua en que las expresamos. Ese código está hecho por muchas manos y muchas bocas a lo largo de una enorme cantidad de tiempo (desde que empezase a hablar la primera humana o el primer humano, imagínate), y hay estructuras de poder operando en él: se privilegian unas formas respecto a otras, hay quien se arroga el derecho de decir qué está bien dicho y qué no, etc.

Cuando tú expresas una idea, ella genera un espacio físico y sonoro en tu cuerpo y también afecta a la realidad en la que te mueves, conformándola. Pues bien, esas ideas pueden venirte de las entrañas o bien serte ajenas o incluso nocivas y que tú las implantes al dejar de escuchar las vibraciones que se generan en tu válvula de bienestar. Si manejas ideas que te son hostiles, las dejas anidar en tu cuerpo y las repites, no solo estarás creando espacios enemigos en tu propia tierra, que eres tú misma, lo que generará guerras intestinas, sino que estarás generando una realidad en la que el papel que se te impone (y por ende el de las otras chicas) implica actuar en contra de tus propios intereses, de tu propia naturaleza.

¿Esas ideas venenosas cuáles son? Es el trabajo que tienes que hacer, mi niña. Repasa los actos de aquel día y el contenido de tus pensamientos, ¿qué ideas te resuenan con dulzura, van en consonancia con tus necesidades?, ¿cuáles, por el contrario te hacen daño, vienen de fuera y colonizan tu amor propio hasta hacer que te quieras morir? Te puedo ayudar: pon en una columna los actos e ideas que están dirigidos a satisfacer necesidades y ¿necesidades? de otros y en otra los que vienen a cubrir lo que tú necesitas. ¿Sorprendida? Y ahora pregunto: ¿quién es la máxima responsable sobre el planeta de cubrir las necesidades de tu organismo y hacerlas prevalecer sobre consideraciones de otra índole? Ah, ¿que es que te han dicho que ya llegará otra persona de gónada cilíndrica a solucionar tus necesidades y que hasta entonces te dediques solo a buscar a dicho agente de bienestar? Vaya idea ajena tan rara, ¿no? ¿Igual tiene más sentido que te cuides tú?

Este cuento en el que tú pasas de víctima a jefa de la misión, tiene diversas moralejas. Que el abrazo de la hermana puede hacer mucha más falta que el del varón, a veces. Que todo eso que te hace daño (guardia de doce horas-móvil que no cesa de sonar-insultos de tu ex, etc.) no tiene por qué ser así, ha sido construido por quienes están interesados en que funcionen así las cosas, y ya hay muchas espaldas empujando para derrumbarlo. Que te cuides, coño, que te quieras, que vales tu peso en mimos y en caricias porque eres preciosa, niña, mi niña.