¿De ciencias o de letras?

Dentro del privilegio de haber recibido formación universitaria, se abre un nuevo compás de desigualdad que añadir al listado: la gente que ha estudiado carreras científico-técnicas —y por tanto puede acceder con más facilidad al trabajo, el dinero y el ejercicio del poder—; y quienes decidimos aprender humanidades y de ahí que quedemos normalmente relegadas a menor poder adquisitivo y relevancia social.

Aquí en la comunidad ibérica migrada, personas con estudios de a partir de tres años relacionados con lo técnico reciben sueldos por valor de en torno a diez veces el salario mínimo interprofesional de nuestro estado de origen. Quienes, sin embargo, somos expertas en las personas y su convivencia y desarrollo en uno u otro aspecto necesitamos largos procesos de convalidación para recibir emolumentos análogos a profesionales locales y, en todo caso, como mucho llegarán a ser la mitad de los de nuestras compatriotas de ciencias.

Los estudios de literatura, pedagogía, filosofía, género, historia, lingüística, sociología antropología, etc. no solo están convencionalmente cuestionados por su tan solo anecdótico valor de cambio en una sociedad capitalista, sino que la confusión rampante ha llegado a consolidar una idea generalizada de sencillez, de que son cosas fáciles que una se saca con la gorra, frente a la reputación que da hacer una ingeniería, derecho, económicas, medicina, o ciencias puras. Quien vale vale; quien no, a letras.

Más allá de los chascarrillos y los “lugares comunes”, esta dicotomía binaria de dos opciones desiguales esconde un problema grave: no conocer ni saber cuestionar los orígenes y las motivaciones de las instituciones sociales a través de las que vivimos nuestras vidas (llámense los géneros, la lengua, la familia, el estado, las empresas, etc.) genera una falsa impresión de que las cosas han sido siempre así, y de que la que conocemos es la única forma de organización colectiva que puede haber. Es decir, no saber humanidades nos paraliza, nos determina, nos condena a no cuestionar lo existente, a no visualizar otras formas de lo posible. Si no sabemos que la ideología que habitamos (que es ideología y no naturaleza ni ese etéreo “cultura”, sin más) tuvo un principio y tiene unas causas, ¿cómo animarnos a construir otras? La economía de mercado, sobre su régimen de propaganda clínico-tecnológica, flanqueada por las religiones patriarcales tradicionales, es una fe que requiere de mucho estómago y muy poco movimiento de seso para ser creída.

Limitarnos a estudiar cómo hacer cosas nos deja agachadas de cogote sobre nuestro desarrollo tecnológico-clínico-militar como un escolar añejo sobre sus sumas. Nos hace feligreses de una religión y un sistema económico y social que beneficia a unos pocos a coste de maltratar a muchas personas. Es urgente e importante que todas las personas de todas las edades y talentos tengamos a nuestro alcance herramientas y motivaciones para reflexionar cada día sobre el acuario físico y mental que nos contiene y da sentido.

Que no sepamos poesía, marxismo, historia de las mujeres antiguas, relaciones de poder, el porqué de la vestimenta, quién es Luisa Carnés, etc., nos hace menos humanas y felices porque nos impide materialmente crear. Desde toda forma de arte a la revolución social: las creaciones de las personas sangran desde una brecha cognitiva, un cuestionar de lo que orbita alrededor y a través del ser que observa y aprehende en un momento determinado su espaciotiempo.

En lo científico-técnico y lo comercial está el dinero, el prestigio, la clave del ser existoso (ay, madre, quién empezaría traduciendo tan mal succesful, que se disculpe ya). En esta y otras playas, sin embargo, bajo el toldo del precariado social, hay palabras cavernosas que esconden relatos de luchas antiguas, leche que se derrama en lenguas del mundo y momentos de gloria infinita como un pan lúbrico y un verso a tiempo. Y así disfrutamos, nosotras, aquí, bañándonos con medusas.

 

Basta ya de comprar

Si para ti…

  • Todo se ha vuelto corto y rápido y precario
  • La cultura es hacer reservas y pagar entradas
  • Los viajes son comprar paquetes y hacer colas
  • Ya no lees, ya no escribes, ya no hay fiestas
  • Tus conversaciones con otras personas son catálogos de quejas y adquisiciones, alternativamente. Ni escuchas ni te escuchan
  • Tu vivencia social de los hitos vitales consiste en meras excusas para comprar y gastar
  • Cada vez que sales a la calle es para producir o consumir
  • Compras mucho que no necesitas y no te detienes a escuchar discursos ecologistas, decrecentistas ni de consumo crítico
  • Consumes los cuerpos ajenos para tu propia satisfacción
  • Te relacionas con tu cuerpo como con mercancía y como tal te dedicas a hacerle branding y un buen packaging  y un montón de selfis

 

Es porque… estás mal de la cabeza. Estamos mal de la cabeza. No tiene lógica que por hacer que siga girando una rueda que nos consume la vida y cuyos beneficiarios son otros, que nos dañan, sigamos comprando y comprando sin cesar, comercializando todos los aspectos de nuestra tierna existencia.

Hazte, haznos un favor a todas las personas y escribe lo siguiente, o similar, en el lugar habitual de tu lista de la compra, tu wishlist o tu taza de Mr Wonderful.

 

  • Vive una vida que merezca ser vivida. A tus horas y días réstales el trabajo para terceros y el consumo innecesario, ¿qué queda? ¿Cuánto placer en bruto?
  • Vive con otras personas: haz comunidad, porque cuando todo lo demás estalle —y estallará— esos vínculos serán lo único que tengamos. Pon en marcha una escalera cooperativa, un banco del tiempo, crea un grupo de autoconciencia, un equipo de fútbol, acompaña… Produce tejido social.
  • Haz. Aprende a hacer en lugar de consumir: haz pan, ropa, muebles. Todo nos hará falta cuando esta economía infame reviente
  • Retoza. Experimenta tu cuerpo y los otros cuerpos. Huele, lame, palpa, saborea. Sé cuerpo y el tiempo y el ansia desaparecerán…
  • Repiensa. Reconsidera lo convencional. Relengua cuando hables y escribas. Juega con la realidad, esta podría estar siendo nuestra última partida

 

Cuando saben más pedagogía en las agencias publicitarias que en las escuelas…

 

…la hemos jodido. Pero bien.

Los principios de la pedagogía son claros y meridianos desde hace tantos años que da ascopena que aún no se ejerzan en las instituciones educativas sistemáticamente. Si no desde la antigua Grecia, que sepamos, al menos desde Comenius, en el siglo XVII, se es consciente de que para que una persona aprenda, tienen que darse algunos elementos que conecten al aprendiente con el contenido: un acceso a partir de los sentidos, una relevancia vital y un modelo de la nueva conducta al que se desee imitar.

Por ejemplo, aprendemos a leer (de verdad) de niñas cuando es divertido y nos place, cuando se nos permite oler, tocar, degustar, decidir qué, cómo y cuándo meternos el libro en la vida, y si es que personas adultas (a las que llegar a parecernos es nuestra finalidad vital) manejan ese artilugio con naturalidad y frecuencia.

Esto es muy sabido desde hace muchos siglos y, sin embargo, todavía campan a sus anchas docentes mediocrillos que entienden la enseñanza como ejercicio de poder e imponen a sus estudiantes dogmas por obligación, haciendo oídos sordos al rugido del alumnado que “fracasa” ante planes de domesticación basados en oprimir impulsos vitales y fomentar la competencia feroz entre estudiantes.

Lo doblemente preocupante es que hay quien sí se ha enterado de cómo aprendemos: las agencias de publicidad y los medios, en general.  A través de la proyección de modelos “deseables”, torpedean nuestros sentidos e interpelan a la sexualidad para darnos lecciones de vida cuando se han asegurado de que estamos escuchando. Gracias a los anuncios y a los productos culturales de (gran parte de) la televisión y el cine, hemos aprendido mucho. Somos alumnas/os aventajados en sumisión, inacción, individualismo, consumismo, discriminación, roles de género y edad (que nos hacen trocitos), violencia, soledad, muerte.

La pedagogía (que es contacto-emoción-palabra-comunidad-reflexión-descubrimiento-tiempo), puesta al servicio del interés común, esconde la revolución entre sus faldas. Hay que arrebatársela a los del beneficio propio, y venceremos, pues de nuestro lado está el sentido mismo de la especie, que es la vida y su cuidado.

 

Puerperio jubiloso

En un texto feminista sobre “maternidades” se enumeraban posibles sentimientos de la persona con cría. Todas eran negativas (encorsetada, sola, IMG_4315insatisfecha…) salvo una ¿positiva?: abnegada y feliz. Cópula  inoperante, a mi entender: la abnegación es vivir alejada de los deseos propios, la felicidad es habitarlos. Dentro y fuera a la vez, no me vale.

Los feminismos deconstruyen apasionadamente las “maternidades” desde diversos lugares, y así sigan muchos años. Pero no olviden, compañeras, que entre las muchas formas de no estar bien, brillan algunas de estarlo. Yo misma escribo como persona feliz de ser, aquí, con personita. Quizá sea necesaria menos chicha verbal en lo des/natural y lo des/apegado de la crianza, y un poco más de lucha a favor de crear estructuras consistentes para poder elegir de hecho un puerperio jubiloso.

Desde la economía feminista sabemos que el neoliberalismo desvaloriza los cuidados y se erige sobre la trampa de precarizarlos. De ahí que haya que exigir unas condiciones económicas justas para quien elige vivir su vida con personitas. (Y dedicarse menos a hablar de compartir las migajas, cuando lo que hace falta es conseguir una baja mapaternal seria.) Pero hay otros cuidados que el sistema más bien no quiere que llevemos a cabo, desde el punto de vista de cómo nos relacionamos. Criar no es emprender una carrera para poner espacios y cosas entre persona y personita cuanto antes, no debería serlo. Como relacionarse no debería ser juzgarse, usarse ni ponerse enfrente de “la otra”, sino cuidarse en recíproco.

Cuidarse entendido como mirarse, escucharse, tocarse, atenderse, darse mimos. Ser cariñosa y abrazante con quien lo necesita, darle espacio a las pieles, las risas y lo retozón y lo rico. Todo eso que habíamos olvidado, a mí me lo está enseñando personita. De ese cuerpo pequeño cuido como del mío propio (o mejor dicho, aprendo a hacer esto último) y con él construyo con piel y tiempo el paraíso afectivo con el que alguna vez soñé/soñamos -y desde cuya ausencia emergió mi/nuestro patrón relacional de escasez-.

Lo llamaréis sacrificio. Para mí sacrificarme y abnegarme es darle mi cuerpo, mi tiempo y mi deseo al capital para que se reproduzca y nos mate. No estoy más cansada, más alienada ni más opacada en la “maternidad” que empleada, lo aseguro. De entre un día de frío de oficina a pasarlo junto a un cuerpo calentito que se ríe, me quedo con lo segundo. Soy más feliz que nunca porque me levanto sin prisa por la mañana y me dedico mínimo a pasar el tiempo con una personita que me gusta. (Y también escribo y leo y socializo más que antes.)

No es tan sencillo, diréis. Hacen falta igualmente poder de consumo, tiempo propio y seguir siendo sujeta económica independiente. Bien, dame unas condiciones óptimas de parto, dame una baja de un año al cien por cien del sueldo (en vez de esos cuatro meses que son un insulto y un desafío a la reproducción), dame un sistema serio de educación preescolar, y entonces seré libre para construir mi libertad y mi gozo también a través de esta etapa de mi vida.

Sensualidad

Cuando por un descuido, para ayudarme a ponerme algo, o por cualquier otra razón, me rozas con las manos, siento un escalofrío de placer que me sacude desde el cuero cabelludo hasta las plantas de los pies, pasando por las corvas, la cara interna de la tripa, los pezones  y mis ahora despiertos conductos galactóforos.

Eres mi amiga, mi madre, mi amigo, mi (des)conocida, mi hijo… no importa quién. No quiero tener relaciones sexuales contigo, no me excitas genitalmente ni me interesas a ese nivel. Pero tu piel en la mía comunica un importante mensaje: soy una presencia positiva, estoy cerca y quiero tu bien. Entonces mi piel te recibe y genera una oleada de vivo placer. Me gusta deleitarme en él reavivándolo en la memoria, sacudir los hombros y reactivarlo con el roce de la ropa o la melena, sacudirme de gusto y volverme de nuevo cuerpo principalmente sintiente de niña chica o animalillo rezongón. Tan solo unos segundos de pálpito vital robados a esta farsa descorporeizante que habitamos con pena.

Hay que abrir espacio en la lengua/realidad y en la conversación/vida para que mane y fluya ese placer corporal que el contacto ajeno genera. El diálogo de las pieles está sepulto bajo toneladas de sexo patriarcado, manipulado, sacrificado y extorsionado como juego de poder y poses taxidérmicas, lejos de lo que nos hace humanas. Lo hueco entre nosotras genera lugares anchos como la banda ancha y ese gran vacío lleno de aviones de guerra, botes de champú e información en bits. Y duele porque falta piel.

Desde un sensual puerperio, relación madre-bebé vivida desde la piel con piel que se eriza; el olor de canela, vainilla y pimienta del cuerpecillo; el calor y tantos besos; las dulces canciones guturales… reivindico que a nadie le acometa la sordera de caricias. Que nos nutra el escalofrío de amor. Trata de conseguir uno esta tarde, te harás sin duda portadora del gustito y comenzará la revolución.

Miermana

Miermana teje conmigo. Miermana escucha, a miermana escucho. Juntas creamos ficciones rudimentarias que nos reconfortan y nos incluyen. Cada palabra es lucha, es plataforma, es cuerpo nuestro y es amor.

Con miermana cocino, como, paseo, bailo, grito, me quejo, tonteo, comparto, riño, busco, lloro, planeo. Ella y yo somos uvas jugosas de un racimo al que veneramos por racimo. Por ser de todas. Por sernos todas. Todos.

Llámalo feminismo, llámalo dignidad, hermandad. No me importa cómo lo llames. Solo ven, por favor, acurrúcate, teje conmigo.Trae té caliente de ciruela, yo tengo dulces de caja de lata antigua y un montón de madejas para hilar contigo.

Niña, mi niña

En cuanto llegué a la comida de Navidad, me pediste que te acompañara al baño. Por los lunares rojos de tu carita blanca supe que habías llorado mucho. Las legañas de máscara indicaban que finalmente habías salido la noche anterior. Entramos en el váter del restaurante y te derrumbaste. Solo decías que te querías morir y al hacerlo cada vez me matabas. Porque es que yo te quiero mucho, niña, mi niña, por eso te estoy escribiendo hoy.

Por lo visto saliste aunque no tenías ganas porque no habías apagado el teléfono a tiempo. Te insistieron y pese a que no te lo pedía el cuerpo —habías estado en una guardia de doce horas y en un viaje de cuatro el día anterior, saliste. Como estabas agotada, el alcohol que bebiste te subió muy rápido, y por eso te cogiste una cogorza cachonda en que hubieses podido triscar a chocho suelto con cualquiera de los presentes. Picoteaste aquí y allá, besoteaste a uno, a la otra, tus hormonas de verbena y tus labios de carnaval. Feliz Navidad. A este me lo subo. Coño, y qué hace aquí mi ex. Ah, pues su primo no está mal, qué monada.Ven que te muerdo la boca, moreno.

Por la mañana, mensajes intermitentes en la pantalla. Del pollo con el que dormiste: me lo pasé muy bien, eres muy dulce, me gustaría verte de nuevo. Y de aquel ex pesado que te encontraste: eres una puta, me das asco, ¿por qué no te mueres?, ¿de verdad tenías que hacerlo?, ojalá no te hubiera conocido.

Y tú, niña, mi niña, bebiste de sus palabras, te las tragaste con ansias, las dejaste bajar hasta el estómago, donde se te formó un ejército nazi de soldados alineados con el fusil apuntándote a las tripas. Nada contaba ya: ni el chaval simpaticote que conociste y que te volverías a merendar, ni la comida de navidad, ni la familia, ni yo, ni tú misma. Solo sus palabras asesinas. Por eso tú en aquel baño me repetías con tu mentón de flan de huevo que te querías morir, que no aguantabas lo que habías hecho. Que él tenía razón.

Hoy tengo algo que contarte, mi niña. Un cuento en el que tú eres tu cuerpo, tus pensamientos y tu afectividad. Y en el que aunque tienes mucho que decir en cómo se conforman, también están inevitablemente atravesados, tu cuerpo, tus ideas y tus afectos, por discursos, percepciones y movimientos que te pre-existen y/o que también están fuera de ti. Por ejemplo, las ideas que tenemos están consustancialmente unidas a la lengua en que las expresamos. Ese código está hecho por muchas manos y muchas bocas a lo largo de una enorme cantidad de tiempo (desde que empezase a hablar la primera humana o el primer humano, imagínate), y hay estructuras de poder operando en él: se privilegian unas formas respecto a otras, hay quien se arroga el derecho de decir qué está bien dicho y qué no, etc.

Cuando tú expresas una idea, ella genera un espacio físico y sonoro en tu cuerpo y también afecta a la realidad en la que te mueves, conformándola. Pues bien, esas ideas pueden venirte de las entrañas o bien serte ajenas o incluso nocivas y que tú las implantes al dejar de escuchar las vibraciones que se generan en tu válvula de bienestar. Si manejas ideas que te son hostiles, las dejas anidar en tu cuerpo y las repites, no solo estarás creando espacios enemigos en tu propia tierra, que eres tú misma, lo que generará guerras intestinas, sino que estarás generando una realidad en la que el papel que se te impone (y por ende el de las otras chicas) implica actuar en contra de tus propios intereses, de tu propia naturaleza.

¿Esas ideas venenosas cuáles son? Es el trabajo que tienes que hacer, mi niña. Repasa los actos de aquel día y el contenido de tus pensamientos, ¿qué ideas te resuenan con dulzura, van en consonancia con tus necesidades?, ¿cuáles, por el contrario te hacen daño, vienen de fuera y colonizan tu amor propio hasta hacer que te quieras morir? Te puedo ayudar: pon en una columna los actos e ideas que están dirigidos a satisfacer necesidades y ¿necesidades? de otros y en otra los que vienen a cubrir lo que tú necesitas. ¿Sorprendida? Y ahora pregunto: ¿quién es la máxima responsable sobre el planeta de cubrir las necesidades de tu organismo y hacerlas prevalecer sobre consideraciones de otra índole? Ah, ¿que es que te han dicho que ya llegará otra persona de gónada cilíndrica a solucionar tus necesidades y que hasta entonces te dediques solo a buscar a dicho agente de bienestar? Vaya idea ajena tan rara, ¿no? ¿Igual tiene más sentido que te cuides tú?

Este cuento en el que tú pasas de víctima a jefa de la misión, tiene diversas moralejas. Que el abrazo de la hermana puede hacer mucha más falta que el del varón, a veces. Que todo eso que te hace daño (guardia de doce horas-móvil que no cesa de sonar-insultos de tu ex, etc.) no tiene por qué ser así, ha sido construido por quienes están interesados en que funcionen así las cosas, y ya hay muchas espaldas empujando para derrumbarlo. Que te cuides, coño, que te quieras, que vales tu peso en mimos y en caricias porque eres preciosa, niña, mi niña.