Lobo

 

Soy Lobo y soy un prófugo, un ser proscrito. He venido a esconderme.

 

Me estoy arrastrando a oscuras. No veo nada. Los ojos se me fundieron hace días. Con la cara interna del cuerpo palpo al avanzar carcasas rugosas. Patino en superficies pulidas. Me estremezco por momentos al adivinar componentes orgánicos en contacto con mi circuito/piel. La rigidez nudosa de carnes acartonadas me ayuda a continuar reptando. Encuentro apoyos en los miembros secos de los cuerpos desahuciados. Estoy arrobado por el olor. Sé que los aparatos no huelen, ni el plástico ni el vidrio ni el mineral. Por eso, el único olor que capto es el de la carne tumefacta. Huele a descomposición, a proceso. Es decir, huele a vida. Aunque sea vida muerta. Voy bien.

 

Los dispositivos tecnológicos no pueden estar en contacto con el agua. Las pantallas no se ven bajo la luz del sol. El Proyecto ha vencido y yo soy su refugiado. Un tecnoser defectuoso, un porcentaje mínimo de error de programación. Pero no pueden negar que existo, y que, por tanto, ella también. No me veo ni tengo manos pero soy capaz de dar cuenta abstracta de mí. Luego existo. Y necesito esconderme. Ellos vienen a por mí porque la he comprendido. He sido capaz de imaginarla en un ínfimo segundo, como cogida por los pelos. Luego he osado ponerle nombre. Y la invoqué. Y ahora voy a su encuentro mientras me buscan para acallarme/ejecutarme por hiperexposición.

 

Sé cómo se las gastan porque algo había visto tiempo atrás en un documental sobre antiguos enemigos del Proyecto. Líderes caídos que erraron la dirección de su carrera en algún punto. Tecnoseres como yo que se habían atrevido a desafiar la lógica perfecta del programa. Me suena que incluso en algún momento hubo una acción coordinada de destrucción de pantallas y acribillamiento de tecnomentes. Usaron algo de cuyo nombre no me acuerdo, acababa en ía. Pero de todo aquello hace ya mucho tiempo, ocurrió en el antropoceno. Aquello sí fue una era heroica. Pensé que ya no había lugar para brechas. Y, sin embargo, miradme, aquí estoy, Lobo, proscrito ciego reptando con la barbilla y con ayuda del embellecedor metálico sobre una superficie ilimitada de desechos tecnobiológicos.  

 

La imaginé. Una verdad tan cegadora que aunque tiene dos partes no podrá ser nunca expresada como un binario. Ni cero ni uno. Ni mucho menos una palabra. No puedes concebirla. Es grande, es inmensa, es el espacio finito y constelado de placidez que el Proyecto colonizó con su plan de expolio eterno. Pero te digo una cosa: ella estaba intacta cuando la vi, pese a sufrir una infamia de milenios. Por eso salí a buscarla. Y por eso salieron a buscarme. 

 

¡Aquí estás! Te he encontrado. Lloraría si tuviera ojos. Me he pasado la eternidad echándote de menos. He venido a pacer contigo. Bien sé yo que harás lo que te pido. Es tan maravilloso estar a tu lado. Ojalá me quedasen labios con los que aferrarme a tu enormidad y succionar la certeza que desprendes. Allá voy: deseo poder morir. Morir es paz. Es el último reducto de la vida con que puedo resistir su eternidad expuesta.

Lunes por la mañana en el café

Está sentando en una mesa junto a la ventana. Inmóvil desde hace mucho rato, tan solo frunce los labios de vez en cuando, o se inclina un poco hacia delante, o se seca con una servilleta la boca que no se ha ensuciado desde la última vez que se la secó. Mira hacia fuera, pero sobre todo mira hacia dentro. La expresión de sus ojos me dice que el señor aprueba complaciente el orden en que se concatenan las partículas en su elegantemente estático cuerpecillo.

Todo en él transmite orden. Limpiamente sentado, su postura no deja lugar a cuestionar que la butaca pueda ser efectivamente usada de forma distinta a como él lo hace. El cuerpo reposa cual armónica coma en un texto impoluto que la correctora ya revisó. Lleva pantalón planchado de pana, un jersey fino azul, camisa de rayas, una bufanda de cuadro aristocrático. Mantiene las manos pulcramente dobladas sobre el regazo. El señor antiguo luce el privilegio anacrónico de no hacer nada más que mirar. Frente a él, una taza oscura, un vaso escarchado, la servilleta blanca doblada, presta a secar.

¿Cómo interpretará el hecho de que le observe insistentemente? ¿Se imaginará por un momento depositario de un atractivo nuevo que hace que las mujeres lo miren cuando está tomando café? Sonríe. Una tipa pelona y rara, pero bastante joven, a fin de cuentas. Y que le miren a uno ya es mucho en este espaciotiempo tan raro que queremos habitar a dentelladas.

Parece mediterráneo, árabe, quizás. La majestuosidad con que ocupa su posición en el café, que se tome tan en serio su estar fuera, en sociedad, ver y ser visible, me aseguran que escandinavo no es. Hay algo de antiguo, de propio, de conflictivo, en ese señor. El destello de alguna ruina cultural de mármol contra la que doy cabezazos y que al tiempo necesito para que me sostenga. En la mesa de al lado, tres mujeres muy disfrazadas de mujeres se ignoran entre pantallas, llenan la mesa de envases de plástico, hay mucho tinte, todo lo que se ve de ellas está tintado. ¿Por qué el color de que no se es hemos de considerarlo necesariamente mejor que el color del que sí se es? Tal vez se trate de cifrar en código químico el espacio de lo posible para así no tener que pensarlo de otra manera.

El señor de la ventana se levanta para llenar la taza de café. Emprende el viaje a la barra muy concentrado, me hace pensar en un niño que teme derramar la taza, quizás derramarse a sí. Es más viejo de lo que había creído. Pone cuidado en no caerse, lo que significa que es consciente de que se puede caer. Mi hijo también pone cuidado todavía, transparentando que en su mente palpita la posibilidad de no andar. Aún no se le ha extendido la arrogancia que da el conocimiento, no se le ha cegado el manantial del ser en riesgo. ¿Se parecerá el miedo de caerse cuando se empieza a andar al miedo de caerse cuando se deja de saber andar?, me pregunto. ¿Hay una rima vital en asonante? Lo que seguro se abre es una espita para la emoción por lo logrado. ¿Entonces se está más vivo, más emocionable, cuando se puede uno caer? ¿Cómo desaprender a andar y qué hacer con ello? ¿Puede la proximidad de la muerte liberarnos de la arrogancia esterilizadora de lo adulto? Niñez, vejez, migración, poesía, disrupción, margen de todo tipo, activismo, lengua extranjera, enfermedad mental. Ser en riesgo como única forma de poder ser.

Llega otro. Y otro más. Son griegos. Hablan muy alto. Gesticulan. Se tratan raro, se acallan, se reducen, se ignoran para mirar el móvil. Se quejan. Salen abruptamente a fumar. Se hacinan en lugares comunes. Hablan de pagar, de cuotas, de coches, de fronteras. Hablan de ellos. De nosotros. Llegan más jubilados griegos. Se atrincheran en la mesa junto a la ventana. Los extranjeros son los otros. Ellos son el terreno lógico de donde emana la producción de sentido. Son en colectivo y son campo de batalla. Están juntos. No están solos. Se dicen sus nombres. Se dicen sus ciudades. Les amo y les odio. Grecia se parece demasiado a la parte naufragada de mí misma. Lo hombre se parece también a la parte naufragada de mí misma. No habrá jóvenes pelonas que miren al café solo de mi padre en la ventana.

La voz del viejo es muy delgada, se diría que en cualquier momento titilará hasta apagarse. Uno de los señores se ríe de una pomada que ha comprado su amigo en la farmacia. Dice que es muy pequeña, que no le llega ni para la mitad de la polla. Mi viejito me mira y, alarmado, increpa a su amigo para que se calle, que hay mujeres aquí. Se ha establecido una extraña relación de protección mutua imaginaria entre nosotros. Entre nuestros imaginarios nosotros.

Son las doce. Las chicas se han levantado y se marchan en silencio con ruidos de bolsas y tacones, se ahuecan la melena, miran a su alrededor. Los griegos las miran irse y farfullan.

Hoy, si no escribo sobre un viejo, me filtro por el desagüe. La posibilidad de mirar me salva. La posibilidad de enunciar me calma de sentirme molécula despanzurrada en la frontera entre la herida, el tinte y las servilletas que no tienen nada que secar.

La rutina de M.P.

000763240Como cada día, M.P. se despertó en su covacha. Se giró hacia la izquierda torpemente, estiró un brazo blando, gomoso, y cogió el libro de la mesilla que le pareció que tenía la portada más firme. Tras leer novela un rato, miró la hora, y puso el despertador unos segundos más tarde. El cacharro sonó y entonces su cuerpo se levantó descoyuntado y adentró en el cuarto de baño para recomponerse.

Al cabo de una hora (y unas cucharadas de café y tostadas de pan con aceite mojadas en chocolate denso), M.P. salió a la calle muy abrigada para ir a trabajar. De camino, reflexionaba sobre cuál era la tarea que debía priorizar ese día. Bajando al metro, se dio cuenta de que urgía hacer inventario de virtudes de las niñas contestonas, escribir las instrucciones de uso de la empatía los sábados y seguir dándole vueltas a las bases teóricas de la revuelta contra el kiriarcado. Así que recorrió el andén de punta a punta, subió las escaleras y emprendió el camino de regreso a su covacha.

Se pasó el resto de cada día sentada en la butacona naranja, concentrada, feliz y tratando de no ser picada por las avellanas sin cáscara. Escribía y leía, le pintaba las uñas a los libros viejos y aplicaba protector solar a los nuevos, y para descansar la vista, a ratos se ensoñaba mirando el poster colgado con cuatro chinchetas rojas frente a su escritorio. La imagen reproducía con relativa fidelidad la covacha libresca de M.P., y la incluía a ella mirándose a ella, solo que la del poster tenía una pose como de estar bailando algo arrumbado.

Luego refrescó el tuiter, y no le hizo ascos a unas berenjenas de temporada que se comió en su tinta y al punto de sal.

Camilla

Camilla se miraba las merceditas negras, demasiado pequeñas, mientras esperaba el veredicto del maestro. Había estado haciendo sus primeras prácticas como profesora de sociales de instituto y por fin sabría si por fin conseguiría la licencia para por fin ejercer. Colgaba de los labios de su supervisor con  el rabillo del ojo.

Tres cosas te voy a decir, Camilla. Vas a ser una buena profesora, excepto por tres cosas. La primera, tienes voz de mujer. La segunda, eres bajita. La tercera, eres una mujer. Vas a pasarte tu vida docente tratando de superar estos tres baches.

Muchos años más tarde, Camilla se ha convertido en una profesora mediocre en un colegio fanfarrón y vacuo. Entre cafés, recuerda el vaticinio y ríe, añadiendo… ¿y sabes qué? Que aquel hombre tenía razón. Me he pasado la vida tratando de compensar esas minusvalías.

Tres cosas te voy a decir, Camilla. Eres una buena profesora, excepto porque te has ocultado detrás de la mediocridad que te prometieron. La primera, eres voz audible. La segunda, eres cuerpo legible. La tercera, eres. Vuelve a clase, corre, toma aire, ponte a dar clases de verdad, clases que importan. Empieza contándoles la historia de una opresión, de un malo que quiso hacerte pequeña y casi se sale con la suya.

Anestesia

Ojalá no hubiera dicho nunca nadie nada. Ojalá cierres la boca. Ojalá se callaran las torcidas muecas babeantes, los teléfonos, las televisiones. Y los cláxones. Necesito que no me hablen los anuncios, las trompetas ni ese cura. Silencio.

I

Las niñas

Llueve amarillo desvaído sobre una periferia del sur de los Balcanes. Las gotas como de orina se derraman despacio en los edificios gris verdoso que se apelotonan en la margen de la carretera, amenazando con resquebrajarla y hacerla saltar en trozos si se construyera uno solo más de ellos. Se trata de construcciones anárquicas, parecidas entre sí y a la vez inarmónicas y melladas como hermanos mal avenidos con rodilleras. Por cierto, que el barrio que se sacuden como migas a sus pies tiene el nombre de dos santos al mismo tiempo, condenados a compartir el dudoso privilegio. El exceso de consagración, sin embargo,  no ha hecho que se vean muchas bendiciones en sus calles desde que se estableció el arrabal, al término de una dictadura, y poco antes de arrancar la siguiente. La fealdad alevosa, aún así, constituye por contraste un caldo propicio para el baile de nubes rojas, pardas, acarameladas, que se van cociendo lentamente en un cielo ya rendido, cansado de brillar.

Un empleado canoso y barrigón con un delantal azul sale a la puerta de la única floristería del lugar —que por encontrarse estratégicamente ubicada frente al cementerio hace también las veces de tienda de conveniencia, con pañuelos de papel, refrigerios y ciertos calmantes de dudosa homologación—. Como si le fuera la vida en ello, y quizás colocado por la saturación de esprái ambientador que emana de su local, se pone a  gritarle a su teléfono móvil mientras su cintura convulsiona alternativamente hacia delante y hacia atrás cada vez que termina el turno de su interlocutor. En ocasiones se lleva el aparato a su campo visual y lo inspecciona como por primera vez, con extrañeza, antes de volver a llevárselo a la boca para increpar con pasión y  desgarro en la voz. También intercala gestos soeces como eléctricamente sacudido, indicando con la palma derecha abierta la zona del pantalón correspondiente a sus genitales. No se puede entender bien de qué tema habla, pero sí se reconoce al final de la llamada, poco antes de colgar, un marchito «mamá»; y una nuca que flojea.

Unos metros más allá, en la plazuela, un joven en la treintena, mirada oscura y chispeante como de cocacola, le está dando una colleja «por pasar por allí cuando no debe» a un señor con bigote y los zapatos rotos, que se resigna y parece querer mostrar indiferencia. A la expresión de extrañeza de un pequeño que pasa por delante y contempla la escena, el agresor aprovecha y le entrega un fajo de folletos ilustrados de «Lluvia de oro», el partido político revelación que por su honor salvará al país de la apremiante decadencia, para que los reparta entre sus amiguitos. Por su parte, el inmigrante agredido sonríe con media sonrisa al niño —quien le clava un ojo enfebrecido y otro marcial— y se dirige cabizbajo hacia el parque grande, donde se divisa a unos cincuenta paquistaníes jugando una partida de críquet en un claro entre los árboles.

Entre tanto, el milagro de luz se produce en una ventana de un segundo piso que da al callejón de las fábricas abandonadas: una bombilla enciende un globo de papel de color naranja, y la letanía de toses crispadas y resecas como ramas nocturnas de una vieja casi muerta se ve resquebrajada abruptamente por una carcajada infantil. Dos nucas frescas, morenas, se abalanzan sobre unas muñecas tendidas en un lecho de vestiditos y cosinas de tocador. Los cuatro ojos golosos a veces son ocultados por flequillos negros, brillantes y elásticos como cabritillos. Las cuatro manos blancas hacen y deshacen, ponen y quitan, narran y dramatizan. Las dos niñas juegan. La madre las llama en algún momento para cenar, pero ellas no oyen, porque están concentradas tejiendo con hebras de sueños la boda de la rubia tetona enamorada y su pareja, aficionado al solárium y de ocupación desconocida. ¿Tetona? ¡Como tú! Ríen.

 

II

Mar

Es día de limpieza general en el piso nuevo de Mar y Deme. Su casa —nueva construcción, vistas al parque grande— todavía es un templo que reserva esperanzas nupciales, se prepara para volver a crear el mundo y levantarlo a pulso sobre los cuatro hombros arrimados. Aún no se han ensuciado las paredes con humedades negruzcas de expectativas no cumplidas ni hay polvo de renuncias entre muebles y un exceso de objetos acumulados. La pintura color amarillo nápoles del salón-cocina es una capa orgánica en la que se han condensado las promesas de compañerismo de la pareja. En ella, unos post-its verdes y amarillos forman la silueta de un árbol de navidad. Los jóvenes pasaron el sábado anterior escribiendo en ellos los deseos para 2013 que podían transustanciarse en tinta. Que encuentre curro de lo mío. Que salgamos adelante. Que me quieras siempre, cabrón. Que no te tires nunca al negro del supermercado que te hace ojitos, guarrilla. Risas.

Mar, pelo tajante de asfalto fresco y piel gruesa, de pancarta a la intemperie, abundante y retozona, apoya un momento la aspiradora contra el trípode de la cámara de Deme. Él, cuerpecillo estragado por una mala salud crónica, melancólico pero lenguaraz, le grita que no lo haga y acto seguido se dirige con el esprái de limpieza a la pantalla del rutilante equipo iMac de ella, maquetadora. Mar acepta el desafío y amaga con verter el líquido para la fregona en la olla de las lentejas que él tiene en el fuego. Deme finge una tremenda indignación y corre hacia el baño con el teléfono móvil de ella en la mano, anunciando su inminente inmersión. Entonces Mar se lanza sobre él entre carcajadas y le inmoviliza en el suelo; Deme se defiende con un ataque de cosquillas y ella le lame las mejillas y los ojos, cosa que a él le pone de verdad nervioso. En ese momento, con una ágil pirueta invierte la postura, se coloca sobre ella y le deja sentir su excitación, que rebosa del pijama de cuadros. Mar simula indiferencia ante el hallazgo y trata de liberarse de las piernas de su novio, que la retienen contra la alfombra. Él no le permite marcharse e insiste en quitarle la ropa. Ella sigue resistiéndose con ferocidad, hasta que decide rendirse y le describe detalladamente sus húmedas palpitaciones, momento que él aprovecha para aparentar quién es ahora el desinteresado y marcharse a la ducha, mientras por el pasillo observa de reojo que su chica lo va siguiendo.

 

III

El pliegue

30 años. Mujer. Malestar general, cansancio excesivo inmotivado y dolor en zona pectoral con tos no productiva. No se encuentran patologías respiratorias. ¡Vaya!, un resfriado chungo. En plena primavera, hay que joderse. Habrá que llamar para decir que no voy a ir a cuidar hoy a los niños. Es lo bueno de no tener un trabajo de verdad, que no hay que andarse con bajas, papeleo y tal. Es previsible que el enfriamiento se vea complicado por el historial de asma de la paciente. Se sugiere ingreso en el centro con fines de observación. Bueno, más bien habrá que buscar una sustituta. Una embolia pulmonar. Sí, venga ¿En serio? ¿Un cáncer? ¿Eh? ¡Shhh! ¡Silencio! Mi niña, no te preocupes, sobre todo tú no te pongas triste. Bueno, nos vemos dentro de poco. No, no te dejarán entrar porque tú también eres asmática. Virus. Virus hospitalario. UCI. Diagnóstico reservado a falta de certezas. Treinta días como treinta margaritas mustias. Especialistas, fama, contactos, sobornos, teléfonos, desinfecciones tardías, aislamiento. Flores, velas, estampas. Flores. Flores. Flores y teléfonos. Silencio.

Silencio. Algunos rumores acallados, monótonos, como de transistor olvidado, serpentean a lo lejos, pero sobre todo silencio. Un silencio de calidad, con consistencia espumosa, que viene de dentro y espejea el vacío de mi interior, un alma cóncava. Una mente en el formol del silencio, agazapada, contraída en el gesto de unos labios pidiendo silencio. ¡Shhh! La sangre corre a esconderse rápido bajo la tierra. Adiós, Mar. Adiós.

 

IV

Tasia

Las semanas no eran sino burdas servilletas extraídas de un soporte rojo de bar en el que pone «Mahou», llegaban transparentes y puntuales pero su cara plastificada no permitía enjugarse la pena de las comisuras. Después se iban acorchadas, inflamadas, anestesiadas como flemones. A veces bajo ellas discurrían corrientes de dolor amoratado, a veces eran compactas con una tonalidad azul hielo, otras eran negras y en ellas flotaban pedazos de carne desgarrada.

La vida siguió grisácea y ensuciada como el líquido que queda en las latas de sardinas de especie y proveniencia inciertas. Los parientes, el florista, los niños, los inmigrantes y los fascistas se jugaban las lentejas y las alas a las cartas de los días sin darle mucha importancia  a la posibilidad real de perder. Nos sobrevolaron aviones hiperendeudados, rescates políticos de ficción y pájaros semimuertos con atrofias en el pico.

No fue sino poco a poco como fueron llegando vislumbres de luz, páginas escritas con tinta absorbente por estudiosos del silencio, susurradores de bálsamo literario, una consulta pintada en tonos pastel, la dulzura impotente del sol brillante de dos agostos después. Cuando se fue Mar, Anastasia le había prometido cuidar de su amor Demetrio, no dejarlo perderse vagabundo ni resecarse baldío en un rincón. Pasaron el duelo juntos, en la casa de paredes amarillas nápoles, en días de planos largos y lentos, como de Angelopoulos. En algún momento, él empezó a trabajar de nuevo, rodando documentales tristes para tristes canales de televisión. Ella, por su parte, asumió el papel que había quedado vacante, aunque los zafarranchos de limpieza ya no se hacían entre dos. Tasia esperaba a Deme cada noche con la casa arreglada y la cena caliente. Paco, el perro, que se había quedado mudo con la mudez de su dueña, volvía poco a poco a pedir juegos y caricias.

Un buen día de ausencia sorda, afilada y penetrante, y cuando terminó el tercer capítulo de telenovela turca subtitulada —todo velos, alcahuetas y bastardos— que habían visto derrengados en el sofá, ella se puso de pie, lo sacudió y se lo llevó de viaje. Eligieron una isla nueva, hoja en blanco de verdor orgulloso y rocosa realidad. Allí pasaron unos días en salmuera, cociéndose lentamente en agua salada, bebiendo licores herbales, comiendo anchoas. Por las mañanas, al caminar kilómetros y kilómetros de naturaleza en silencio, el escozor iba pasando muy despacio a ser soportable. Sus cuatro mejillas eran abanicadas por vientos del Egeo, hinchados de historias desmadejadas que se susurran al oído, y que tienen la facultad de sanar. El silencio ladrón ahora curaba, solo del aire laborioso se oían palabras de terapia y vida. Los dedos entrelazados de Tasia y Demetrio dejaban un espacio libre entre ambas manos para que cupiese siempre una tercera en ese hueco. Cavidad telúrica de oxígeno puro. Recodo de insoportable realidad. Radicales libres. Silencio de pieles.

 

V

Dos

— Negación, rabia, negociación, depresión, aceptación, ¿y luego qué, vas y te follas a su hermana? ¿Eso es lo que os ha recomendado el psicólogo?

— Pero bueno, ¿el tío no piensa dejar el piso que les compraron los padres de Mar? ¡Ya es hora de que haga su vida y deje de estar ahí gorroneando!

— Hay que ver, madre mía, qué vergüenza. El cadáver todavía caliente y estos dos ahí, como conejos. Y la chica, con 24 años ya, ¿no piensa terminar la carrera, ponerse a trabajar, algo?

 

Shhh. Shhh. Silencio.

 

Hay demasiado ruido, voces, juicios, toses, carraspeos, palabras revenidas, gestos grandilocuentes, teléfonos, televisiones, documentales falsos, falsos consuelos. Quiero silencio.  Lo necesito.

Nadie va a mandar sobre mi dolor como ya mandan sobre mi paz. Mi tragedia es mía.

De hecho, quién sabe, tal vez incluso alguien alguna vez saque algo de provecho de esta triste historia.

 

VI

Elías

Elías se abrió paso con firmeza y llegó a la vida entre retortijones y exclamaciones de susto. Le pusieron un nombre corto, discreto, que pasara rápido al ser pronunciado, para conjurar críticas y disgustos ajenos. Pero quedaba el hiato como símbolo y soporte de la ruptura, y la energía solar como garante de la continuidad.

En una periferia del sur de los Balcanes, cuando nadie lo ve, un niño de algo menos de un año se pone poco a poco de pie apoyándose en un trípode de cámara de televisión. En la pared amarillo nápoles, la huella de témpera azul marino de una manita atestigua los primeros pasos del pequeño.

La casa de los mil ruidos

Mireia mentiría si dijera que no sabía que aquel día iba a cambiar su suerte. Todos hemos oído o incluso repetido alguna vez esa idea poco consoladora y más bien falsa de que cuando estamos hundidas ya solo podemos ir hacia arriba. Un jueves grisáceo de enero, sin embargo, Mireia se supo dejada de la suerte hasta tal punto que pudo oír los engranajes de la fortuna poniéndose en marcha para echarle una mano.

La noche anterior había salido con ciertos tipos con quienes no se sentía orgullosa de quedar, y había llegado tarde y sola, en un taxi mugriento, con un taxista al que poco le faltó para pedirle que le hiciera un favor y se metiera un rato en la cama con ella. Tan bajo había llegado en sus expectativas de calor humano. Por suerte, no lo hizo, pero eso no evitó que en una soledad vengativa, mustia y dulzona, como de margaritas arrancadas y olvidadas en un hule, se abalanzara sobre unos tercios fríos todavía. Mireia, sentada en el colchón de su cuarto, bebe a tragos violentos, y se tiene lástima, porque todavía no sabe que el día siguiente es el de la resurrección.

La mañana la encontró con frío en la rabadilla, porque el gurruño de sábanas, edredón y ropa usada que cubría su colchón y su cuerpo hacía un rato que no alcanzaba a taparla entera y no había manera de conseguir que lo hiciera, por tirones que diese. Se puso en pie, conectó el portátil y trajo de la cocina unos cruasanes industriales rellenos de crema de vainilla y coco y un café, y volvió a meterse en su estrecha cama, esta vez bien abrigada y con las esquinas del nórdico aseguradas en sus puestos. Recordó con gozo el lápiz de memoria cargado con el arsenal de clásicos del cine que su amigo Pedro le había regalado, y se dispuso a elegir una película. Así, la mañana atravesó difusa tras visillos polvorientos de la década de los cincuenta, entre dos ciudades mágicas: Pompeya y París, y para mediodía ya habían estallado dos revoluciones en una sola habitación, la de Mireia, en cuyo suelo de madera quedaron desperdigados los pedazos de la casquería emocional de los personajes.

Mireia lloró mucho aquellas horas, aunque no viniera a cuento de la escena. No hacía falta. Bastaba una mirada rebosante, un preocuparse por el prójimo, una imagen hermosa, una decisión triste pero valiente… cualquier cosa, en realidad, para hacerla llorar trágicamente, con convulsiones en el estómago y lamentos desdichados. Según su crítico interior, bajito y mordaz (seguramente un acomplejado) aunque no era tan grave que a uno a los casi treinta años todavía no hubiera tenido una oportunidad profesional seria, visto lo visto con la situación socioeconómica, desde luego algo debía fallar en ella para que no se encontrara nunca entre los escogidos para trabajar. Sin embargo, las ruinas de su amiga invisible de la infancia, en las que aún a veces se oían soplar vientos de proa o el corretear de algún topillo, eran desmedidamente más crueles con ella. Le recordaban que no eran solamente las escuelas y universidades las que no la llamaban para ofrecerle un puesto, sino que tampoco lo solían hacer los chicos que la atraían, ni los círculos de amigos en los que le habría gustado estar, ni encargos de traducción, ni clases particulares, ni su hermano, ni en general nadie.

Cuando pasadas las dos Mireia se liberó del edredón en dirección a la bañera, el frío callado y solo de su casa se le rebeló antagónico de su frente, preñada de pensamientos y resoluciones. Su sangre, lanzándose arriba y abajo por las venas, en dirección a los pies y a la cabeza, iba oxigenándose con cada respiración, y así se le calentaba el cuerpo. Mireia sintió una fiebre de revolución vital, primavera que llega de puntillas, redoble de tambores por un nacimiento a punto de suceder. La alcachofa de la ducha. Mireia se desliza por los montes de espuma caliente y por sus muslos y sus metas, se busca, se tienta, se mima, se convence y se consigue. Hoy va a cambiar mi suerte.

Aquella tarde no había mucha gente en la biblioteca. El sol cristalino y frívolo engañaba con vileza, pues hacía un aire helado que acuchillaba las mejillas intrépidas de los que entraban y salían del vanguardista edificio de vidrio y metal. Los pocos habitantes de ese hormiguero de lectores parecían atados por cuerdas invisibles y se deslizaban siguiendo inconscientes el uno los pasos del anterior hacia dentro o hacia fuera del montículo terrero lleno de páginas. En la puerta, fumadores aquí y allá se estremecían, temblequeaban sus rodillas y se les enrojecían las narices. Dídac se acerca a Mireia y le pide fuego. Ella le hace un gesto de extrañeza y se ruboriza (¿de qué va este, haciendo como si hablara? Payaso…). Él insiste, y acompaña su solicitud de la consabida mímica del mechero. Ella comprende y le da un pequeño bic amarillo. Perdona, estoy que no me entero. Él se le acerca. Mucho. Demasiado. Apoya la mano izquierda en el hombro derecho de ella y con gesto resuelto alarga el cuello hacia su oído izquierdo. Mireia aterrada, inmóvil. El chico desconocido, o quizás apenas visto otras veces en la biblioteca, vuelve a hacer como si hablara, moviendo los labios elásticos pero vacíos de voz. Y se ríe. Aproxima la mano a una oreja ya en celo, vello de punta, membrana vibrante, encendida, y ¡blum! ¡el tapón fuera!. Ah, ni me había dado cuenta de que los llevaba todavía. Ostrás, qué patosa. Perdona. Nada, nada. Un placer.

Dídac se aleja. Buf, qué tío. Todo manos y ojos. Y huele a salado. Como un pulpo. No, como un pulpo no. Su presencia es viscosa pero cálida a la vez. Zumo de aceituna que fluye y chisporrotea y se expande por la sartén hasta llenarla. Me arden las orejas. Súbita conciencia de palpitaciones íntimas. Aceite. Mirada furtiva. Ojos de olivas negras lustrosas adobadas cuando se tiene hambre. ¡Me ha pillado! Sonrisilla. Tía, qué patética. Ah, pues sí, vale, sí me tomo una caña. Venga, en dos minutos aquí fuera. Hasta ahora.

Pasaron algunos meses de paseos infinitos por la ciudad y por las pieles, manos encendidas en sangre viva, carne licuada, películas viejas en viejas salas de cine. Y en primavera, en lugar de renovar el contrato de alquiler de Mireia, que vencía, se fueron a vivir a una casa que había heredado él de un abuelo recientemente fallecido tras una larga enfermedad. A Mireia le gustó el barrio nuevo, sobre todo porque más que un vecindario de la ciudad, parecía pueblo. Las casitas se habían colocado a ambos lados de una calle de nombre botánico a la que a derecha e izquierda solo le nacían callejones. Estos discurrían llenos de macetas, geranios y hierbas aromáticas para la cocina, e invariablemente mostraban al fondo mangueras, sillas de plástico y, a veces, triciclos azules, rojos, amarillos y bicis con ruedines. En los balcones, más plantas, ropa tendida, farolillos solares y en ocasiones tiestos de flores blancas improvisados en latas metálicas de encurtidos al por mayor. De este modo, con elementos de aldea y de colonia vacacional, le daba la impresión a una de encontrarse lejos de sus deberes cotidianos. Ella enseguida pensó que aquel era un ambiente tranquilo, cálido, fecundo. Como una matriz plástica de cemento y clorofila en que la pareja restauraría la antigua liturgia de volver a crear el mundo a cuatro manos.

Después de unas semanas, la última caja de cartón se marchaba en el camión del reciclaje, por fin. Dídac pudo presentar la tesis con éxito y estaba participando en una interesante investigación del departamento, mientras que a Mireia le iban saliendo trabajillos que la mantenían ocupada, pero también le dejaban el suficiente tiempo para encontrarse a veces sola en su nueva casa y bendecir su suerte por haber encontrado a un compañero leal, maduro, coherente. Su relación era fruto y tierra del presente, no se preguntaron por otros cuerpos, ni hacían planes para el porvenir. Vivían abrazados mirando a su alrededor con curiosidad y sentido del instante que huye. Habían creado un hogar y lo sabían; los domingos emprendían juntos las tareas domésticas y compartían los pijamas de cuadros de un solo tamaño en un solo cajón.

Una tarde de un diciembre anaranjado por la ceniza en suspensión de tantas chimeneas, y por las malas previsiones para el consumo navideño, Mireia volvía a casa y se detuvo a observar el edificio de tres pisos que tenía delante, que debía de haber nacido blanco. La azotea llena de trastos, impúdicamente asequible al paseante, dejaba ver entre cascotes, baldosas llenas de polvo, hierros informes y otros restos de materiales de construcción, una silla de ruedas abandonada. Era de metal y escay negro, con esquinas muy tajantes, parecía llegar desde los años cincuenta, y recordaba inmediatamente una película de terror de psiquiátrico, torturas y sogas que penetran en miembros humanos y a veces llegan a amputarlos. El almohadón negro cuadrado para sentarse estaba girado, y dejaba ver un orinal oculto bajo él. En los balcones de los vecinos, vio que en muebles grises con baldas y puertas de plástico miles de bolsas de plástico escondían innumerables objetos de plástico que sus casas ya no podían contener. Las flores estaban agazapadas en el interior de la tierra seca de las macetas, perezosas de salir a alegrar una estampa vecinal que era en realidad tan fea.

La noche anterior se habían quedado en casa intentando disfrutar una película de Peter Sellers, pero cada dos por tres se desconcentraban porque se oía la tele del vecino sordo del bajo derecha. Debía de estar viendo un programa de vídeos enlatados, o quizás de bailes de famosos, el caso es que la voz de un presentador que se pretendía simpático y cautivador penetraba con estridencia el suelo del apartamento y del parqué al terciopelo del sofá naranja, les entraba en el cuerpo y les llenaba los ojos de ira, como en un exorcismo. Cuando se olvidaban del presentador, que posiblemente tuviese una sonrisa cuadrada como un pickup ford de los antiguos, comenzaba un ruido rítmico, profundo e inquietante que al principio les parecieron ramas secas quebrándose, después un móvil anticuado vibrando sobre una mesa llena de migas, y por fin comprendieron que eran toses de vieja, hondas y crujientes, que llegaban del bajo izquierda. ¿Qué es eso? Debe de estar casi muerta. Ya te digo. Qué asco.

Noche y día empezó a repetirse el ritual como una costumbre. El hábito, que algo llegue a convertirse en normal, funciona como una segunda lógica y es mucho más peligroso que ella. Sin que pudieran determinar si los ruidos acababan de empezar o llevaban allí desde siempre, la tortura se institucionalizó. Cada noche el señor del bajo derecha elevaba progresivamente el volumen de su televisor para ver los invariables concursos, y a la vieja se le escapaban los órganos por la boca con una tos que hacía retumbar puertas y paredes. Por la mañana, cuando Dídac ya se había ido a la universidad, el vecino de al lado salía al balcón y daba los buenos días a la medio durmiente Mireia con una flema, bien trabajada previamente, que volaba airosa y verde verde hacia el suelo de asfalto irregular de la calleja. Durante las horas que pasaban en casa, podían oír melodías tradicionales del Ecuador, una adolescente siempre pegada al móvil cuyo discurso se limitaba a tres o cuatro desesperantes coletillas, reestructuraciones del mobiliario en los pisos de arriba, televisiones berreando, letanías radiofónicas, teléfonos irrumpiendo, música electrónica a toda pastilla, gritos de madre a hijo, de hijo a madre, de hijo a perro, perros viejos reivindicándose, perrillas jóvenes en celo. Orgasmos, la verdad, no se oían casi nunca, y la palma de los ruidos se la llevaban las expectoraciones de toda gama que a los vecinos del barrio, por un extraño mal que quizás les aquejara, les gustaba realizar con frecuencia y compartir con sus congéneres. Verde gris verde.

Al principio pensaron en convocar una junta, en distribuir circulares o en promocionar de alguna forma llamativa la colaboración y el respeto vecinal. Después, tras un más detallado análisis de los comportamientos de los habitantes del barrio, se dieron cuenta de que las medidas que apelaran a su sentido de la convivencia estaban condenadas a nacer muertas. Se plantearon entonces aislar el piso, pero el profesional era muy caro, y el aislamiento de hueveras de cartón daba grima solo de pensarlo. Entonces se propusieron mudarse, e incluso contactaron con el antiguo casero de Mireia, pero ya tenía nuevo inquilino. Otras opciones, con traslado incluido, les salían demasiado caras o no convenían. Así que poco a poco y sin notarlo mucho, Mireia y Dídac fueron dejando de quitarse los tapones de los oídos, que habían colocado en su cajita en un cesto que estaba en el recibidor y tan solo regresaban allí cuando ellos estaban fuera de casa. Según entraban de nuevo, el gesto automático de depositar las llaves iba seguido del de lavarse las manos en el fregadero y colocarse a continuación los tapones de espuma en los orificios de las orejas. Al principio los tapones les costaron algunos mareos sin importancia, pero al igual que sus mentes se aferraron al silencio de su burbuja como a una nueva dimensión de la realidad, también sus cuerpos hicieron por acostumbrarse a vivir con un sentido desactivado.

La vida llegó a ser mucho más vivible los meses en que vivieron entaponados. El contacto entre ellos, o de ellos y el agua, ellos y sus libros o ellos y sus cosas volvía a ser algo puro, bello, decidido y no contaminado por las evacuaciones y las mediocridades ajenas. Volvieron las risas, las películas (subtituladas) completas, las lecturas en paz. Una losa se deslizó de sobre sus espaldas para estrellarse contra el suelo. En lugar de hablarse, hacían mímica, jugaban, y en vez de hablar por teléfono se escribían mensajes por el móvil. La necesidad se imponía y la pareja le tomaba así las medidas a su nueva forma de comunicación, y eran felices en la lucha por tenerse el uno al otro dejando fuera lo que no querían.

Pese a todo, ya no era fácil cocinar y limpiar juntos, porque los gestos o el acercarse mucho el uno al otro para decirse algo dificultaba mucho el normal decurso de las tareas, así que decidieron repartírselas equitativamente y Dídac hizo un programa con el ordenador que colgó en la nevera y que llevaron a cabo a pies juntillas. A él le gustaba mirarla los domingos encaramada en los muebles, quitando el polvo de las estanterías. Solía entonces aproximarse a Mireia y acariciarla mientras la desnudaba lentamente y la licuaba hasta hacer el amor recostados en el sofá naranja como de terciopelo lavable.

Un martes por la tarde, a la hora acostumbrada de Dídac, llegó abatido y con un gesto le indicó a Mireia que leyera el contenido del sobre que llevaba en la mano. Era una fotocopia de la decisión de la Comunidad por la que se les rescindían los contratos a todos los investigadores por razones de presupuesto autonómico. Una caricia. Un nudo de labios que se aprietan, tiemblan y casi lloran. Vergüenza. Despojo. Mudez. Como por un mismo impulso, van a quitarse los tapones. Cada uno a sí mismo, el uno al otro, pero no salen. No pueden. Se han quedado allí para siempre. Ahora los conos de espuma forman parte de su caracola de piel tierna y dulce a las caricias.

Un jueves grisáceo de enero Mireia se despierta de una siesta pesada, lo despierta, lo mira y le corren dos lágrimas delgadas por las mejillas.  Él se agita, se incorpora, abre mucho los ojos aceitunados y le acaricia el pelo, el cuello. Ella lo mira triste y le hace la consabida mímica de la tripa hinchada. Él entiende con alivio que tiene problemas para evacuar, y trata de transmitirle posibles soluciones. Ella se ríe, se le achinan los ojos, y luego se le redondean los labios. No es eso. Mireia lo mira muy fijo, le coge la mano y se la pone en el regazo. Después, acuna en sus brazos a un niño invisible, mirándolo con ternura. Y levanta la mirada para encontrarse con las pupilas dilatadas de él, que se ha quedado boquiabierto. No, no, vuelve a hacer ella con el dedo y los labios fruncidos. Levanta las cejas, sonríe con timidez y dibuja espirales horizontales con el dedo índice. ¡Todavía no! Él lanza la cabeza hacia delante, vaciándose, y la mira desde abajo. Inspira, y una sonrisa de complicidad se ilumina poco a poco en todos sus rasgos.

Escandinavia. ¿Eh? Escandinavia. Dídac va a retirarle los tapones a Mireia con cuidado, acercando su mano grande a la suave piel de su oreja, que tiene forma de embrión invertido, nunca se había dado cuenta, y ¡blum! Liberada. Al principio, estruendo de objetos, personas. La nevera es una locomotora de hierro renqueante. Coches bufan y motos rebufan. La ventana al cerrarse chirría. Poco a poco, las manos se despegan de la cabeza, el cerebro se habitúa a los estímulos y Dídac, que se ha documentado para el momento, propone una postura de yoga para aderezar el cuerpo renacido a la información del mundo exterior y recuperar el equilibrio. Las manos en el suelo, la cadera en alto, la espalda recta, las piernas, que no se caigan… el golpe, ay, las risas, y de nuevo, en voz muy baja… la palabra mágica, el hechizo que llena el aire con un aroma de luz reflejada: Es-can-di-na-via. Muy suavecito, le va contando, frío, escalofrío.

Los cuatro tapones amarillos impregnados de cerumen quedan abandonados en el cubo de la basura. No saben si volverán a necesitarlos, pero en sus mentes penetradas de viaje y vida nueva no hay lugar para el miedo a la violación del alma. La nieve llena de luz fría se va fundiendo, se hace gomosa, esencial, y con el primer calor, nos fecunda.

 

 

El cáterin

Lemming se dejó caer a plomo en el asiento del avión. El cansancio de los tres días de congreso se unía a que el traslado al aeropuerto había salido muy temprano y no pudo ir al baño en condiciones esa mañana. Su estómago bombardeado durante tres días con volovanes, fritangas, productos procesados, rogaba clemencia y un poco de normalidad. La tela tiraba al respirar hondo, cierta opresión en las ingles, rozaduras. Pero qué monada el del hotel, ¿no? Ojos salaces, sonrisa cáustica, pulseras de cuero gastado en un brazo fuerte, cálido, abrazador; reventando las costuras de su uniforme de cáterin al invitarle a un cigarrillo furtivo en la salida de emergencia. Un montón de tiempo sin un flirteo en condiciones no le había hecho mermar sus encantos ni destrezas, pensó, menos mal, y sonrió.

Señores y señoras, a causa del atentado terrorista en París, nuestro vuelo con destino a Bruselas ha sido indefinidamente postergado por las autoridades pertinentes. Les informaremos en las próximas horas del nuevo horario de salida. Por favor, desabróchense los cinturones, no se olviden nada a bordo, y menos a sí mismos, y me vayan desembarcando en orden por la puerta delantera.

Lemming se cagó en los dioses con la mirada fija en la ventanilla durante unos minutos antes de sacar el teléfono: Amour, j´arriverai en retard. Je t´appellerai plus tard. Un beso.  Y después, otro mensaje, ¿y por qué no? Un poquito de Madrid.

—Vuelo cancelado hasta la eternidad. ¿Ayer ibas en serio?

—¿Cuando te dije que si se te ocurría llamarme alguna vez te ibas a arrepentir siempre?

—No sonaste muy convincente

—Quiero comerte la boca a puñados

—Enséñame tu madrid. Tengo unas horas

—Puedo empezar por el palacio real o por mi cueva republicana

—¿Sale en las guías?

—Línea 8, rosa: Barajas-Nuevos Ministerios; línea 6, circular, gris, Nuevos-Moncloa; línea 3, amarilla: Moncloa-Lavapiés

—¿En los tornos de la salida de la plaza?

—¿Pero tú no eras guiri?

—Soy más madrileña que la Mariblanca, la osa de la madroña y la Carmena juntas. Me sabe la sangre a mahou

—Ven que te muerda, chulapa