La migración lenta

Toda migración es una violencia contra el cuerpo. El organismo migrante queda vulnerabilizado, expuesto en espacios crudos a creencias de límites difusos, si no afilados. Rodeado de otros cuerpos que quizás vayan a amar, quizás (más probablemente) agredan, tal vez invisibilicen y maten de hambre al cuerpo migrante, que no merece comer. Como migró, ya no merece.

Justo antes del asalto, timbran unos momentos de silencio, de cámara neumática en el alma. Ahí queda cuajada nuestra lengua. En un silencio preñado de fe, inacción que hace inventario de las fuerzas y los relatos que le quedan al cuerpo, cansado del viaje y de cargar tanto (siempre demasiado equipaje, aun así siempre menos de lo que se necesitará).

Toda migración es un golpe tajante a la lengua, que forma parte orgánica del cuerpo. Pero frente a la rapidez con que son transportados los cuerpos mediante la tecnología de las cosas, la lengua siempre se queda atrás, y tarda mucho, mucho, en llegar a la tierra prometida. A veces años, décadas. Pero a menudo sucede que nunca llega. Entonces la persona migrada se vuelve cuerpo-parapeto, cuerpo de alma desgajada. Cuerpo que se sobra o que se falta porque no puede ser ya en relación con otros cuerpos. Sombra de un cuerpo. Cuerpo obligado a nacer de nuevo pero en un cuerpo que ya es viejo. Renacimiento maldito, sórdido, crianza sin madre, sin caricias, sin casi cuidados, sin apenas ser visto ni rozado por los otros cuerpos. Cuerpo destinado a servir, a cumplir órdenes, a ceñirse a la gramática bárbara de la colonia.

Sabías hacer cosas, eras y decías en un entorno psicológico invisible pero muy real cuyas hebras penetraban todos los cuerpos que te eran familiares. Incluso lo odiado constaba en gran parte de lo mismo que tú mismo. De repente has migrado. Y debes mover una a una las raicillas de tus saberes hacia otra fuente de humedad y sentido, poco a poco, con tus manos artríticas cansadas de acarrear desprecios. Es frecuente que  ni siquiera te motive el placer de belleza empalabrada. Probablemente ni siquiera te guste esa lengua extranjera que se resiste a empapar tus fibras. Para ti lo extranjero son sus lenguas agresivas, absurdas; para todos ellos, lo extranjero eres tú. Para la desigualdad no hay solución. Toda migración es una violencia.

De entre les migrantes, hay quienes dejan que su primera lengua, la que les enseñó su matria, quede corroída en manos de las estructuras marciales de la lengua-dogma del anfitrión. Hay quienes olvidan hasta los terciopelos de canción de cuna de su lengua-casa. Para ahorrar energía, para sobrevivir en la tierra otra. Muches se cambian el nombre, que es el rostro imborrable de su idioma impreso sobre su cuerpo. Otres les dan nombres extranjeros a sus criaturas. Nombres que pronuncian con la triste vibración de cuerdas de una lengua lejana, una historia que se resiste a que la cubran por completo con arena y piedras.

Algunos colonos viajan e imponen su lengua adonde llegan. A menudo son ellos quienes se quejan de que les migrantes no se quieren adaptar, no respetan el consenso del idioma. Porque se juntan en corrillos y echan a rodar sus viejas lenguas. Las lenguas que aprendieron en desayunos, bajo caricias, entre las pequeñas violencias familiares que les daban estatuto a sus verdades.  La lengua del lugar al que han migrado, donde se han convertido en sombras de sonrisa humillada y monosílabo, la aprenden bajo un asedio de insultos xenófobos, sórdidas televisiones mentirosas, cínicos exámenes de acceso, formularios, profesoras con ojeras púrpura y al borde de la baja por depresión.

La migración de la lengua es un viaje lento y doloroso, un canal de parto con concertinas.

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