(Ad)mirarnos

Al patri-educarnos, nos amputaron la posibilidad de vernos. A nosotras mismas y a las otras criaturas que sobreviven desde cuerpos vulnerables, siempre en la línea de fuego, subjetividades mermadas, dobladitas como para meterlas en el cajón de la cómoda con bolitas de olor. Lo que nos hicieron fue un raspado de pupilas desde dentro para que, si miramos, solo podamos verlo a Él. Al varón blanco constructo. Al gran falo del obelisco. El Dios-sol y su triángulo. Plural mayestático. Cojón pendulante hipnotizador.

Sucede, sin embargo, que a veces nos reseteamos, nos deprogramamos y decidimos que nos queremos ver. Y no nos quedamos ahí, sino que, curiosas, nos atrevemos también a mirar. Y sucede que, cuando por fin prende la rebeldía y nos vemos y nos miramos, también, como por ensalmo, aparecen las otras ante nuestros ojos nuevos. Las vemos a nuestro lado. Y sucede, además, que en ocasiones, lo que hay nos gusta, y entonces, admiramos.

Admirar: “mirar hacia”. Admirar a mujeres: mirar hacia ellas y que no se cubran ni se reduzcan ni metan tripa ni se operen ni se borren ni se vayan ni te pidan perdón por ser quien son. Admirarnos es una bomba nuclear de vida, una pomada para nuestro interior inflamado por el eccema Patrix.

Nos han socializado para odiarnos, para lanzarnos cuchillos y recortarnos mutuamente con nuestras performativas lenguas puestas a charlar. Por eso, cuando admiramos a otras, es como si frenáramos la puñalada con el canto de la mano y estuviéramos construyendo otro mundo posible al que se llega por carriles inscritos en nuestra propia piel.

Me pregunto qué hará en las mujeres a las que admiro la mirada que les proyecto. Dula, que estooo, che, qué sé yo, por ahí me salva la vida de vez en cuando. Activistx, que de mayor quiero parecerme a ella. O cuando le puse cuerpo a Voz y casi me da un paro cardiaco. ¿Qué abismos nos separan, aunque los llamemos puentes? En algún lugar entre el sueño, el pálpito, el alivio y el artificio yace lo que sí tiene que ser, esperando a ser sido.

(Algunos halagos sobre mi almacén salino no he sido capaz ni de responderlos, e intento olvidarlos como si fueran la peor de las afrentas.)

¿Qué efecto surte admirarnos? ¿Aprenderemos a gestionar la admiración mutua? ¿En qué rincón de la herida quedamos, y a qué hora? ¿Nos reconoceremos, una vez allí? ¿Nos miraremos a la cara? ¿Y qué hacemos con el mandato de agradar con el que nos cincelaron? ¿Cómo dejar atrás las expectativas-cencerro que nos colgamos por mano interpuesta? ¿Y cómo desactivar el miedo cerval a no cumplirlas, o ese síndrome de la impostora, que agarra como un musgo viejo también en las distancias cortas?

 

2 comments

  1. Eva · marzo 21

    Admirarte me llena de gozo.
    Gracias por tu arte en poner palabra a esas dolencias/violencias.
    Admirar sin compararme es mi aprendizaje en este momento. Soltar la pequeñez.
    Yo hace un tiempo muero de amor de tantas mujeres fantásticas-generosas-valientes-vulnerables-super que se cruzan en mi camino, en cuerpo o palabra.

  2. playa_m · marzo 27

    Somos grandes y estamos ensanchando el mundo para que nos pueda acoger 🙂

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