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No solo me preguntan constantemente cuánto mide/pesa/come/tiempo tiene/habla la personita y cuándo (va a nacer/nació/empezará la escuela/echará a andar)/tendrá un hermanito/le cortaré el pelo, etc., también es diario el ardoroso interés de los transeúntes por saber el número de lenguas que hablará cuando sea grande.

—No lo sé —repito una y otra vez— yo le hablo en…, su padre en…, el entorno en…. y pues… ¡yo qué sé! —brazos en alto como signos de interrogación— hablará lo que quiera, lo que elija, lo que necesite hablar.

—Sí, es que son como esponjas, aprenden todo lo que oyen —es la respuesta invariable que me propinan.

 

Es cierto que lås niñås aprenden lenguas fácilmente, y no solo lo hacen porque su cerebro esté más vacío y presto a socializarse imitando para poder sobrevivir, sino porque quieren aprenderlas. Es decir, a causa de que desean comunicarse con nosotrås, ser como nosotrås, estar/ser con nosotrås, imitan nuestra forma de hablar para conseguirlo.

 

Cuando alguien quiere aprender una lengua extranjera debe primero saber por qué y revisarse las emociones al respecto. Sin interés genuino, sin apego emocional, sin hacerse pequeñå, humilde y dispuestå, la lengua no va a entrar, no va a transformarnos ni a dejarse transformar. La relación que establecemos con la lengua se revela así de orden romántico-lúbrica en primera instancia. Es una relación de flujo de materia nutritiva y transformación recíproca que justifica la denominación de materna que se le suele dar a la primera lengua que aprendemos. La lengua lechal, propondría yo, la lactolengua, que da luz, cuerpo y legitimidad a la existencia, que separa de la oscuridad, del no-ser.

 

La lengua es una música que tarareamos, es melodía pero también sinfonía colectiva, es materia acústica que percibimos y se nos pega machaconamente como la peor de las canciones del verano. La mayoría de veces que hablamos estamos repitiendo mensajes que vienen desde lugares de prestigio o poder. Decimos lo que dice la pantalla, lo que defiende mi padre, lo que siempre repite el jefe. Reproducimos pedazos enteros de mensaje: expresiones, frases, ideas, entonaciones. Incluso la corporeidad de la voz que usamos para hablar se forma en diálogo con las voces de quienes nos crían.

Necesitamos hacerlo así para ahorrar energía. Nos agotaríamos si cada mensaje fuese plenamente creativo y sincero, nos entregaríamos demasiado. Sin embargo, cuando, en el otro extremo, no hay espacio en la vida para la reflexión sobre la lengua, nos quedamos desvitalizadas, manejadas, desconectadas de lo que realmente habríamos querido decir. Nos volvemos marionetas a través de cuya boca se dicen otros.

 

La mejor forma de aprender una lengua es amarla. Y amar significa estar vivå y sintonizarse, disfrutar orgánicamente cuando oímos/leemos una lengua junto con la sensualidad que emana el entorno en que se produce. Entregarnos a la sorprendente irrupción de la materialidad del libro, a las dimensiones aromáticas de esa chica que habla, al paisaje que se extiende majestuoso mientras escuchamos ese podcast. al vislumbre de una posibilidad gustativa… Ahí es como nos conectamos con la lengua y la permitimos entrar, penetrar o impregnarnos (seguramente haya formas más fálicas y otras más vulvares de hacerlo, pero esto ya lo pienso otro día).

 

La lengua es una masa de experiencias vitales individuales y colectivas que se transmite de unas personas a otras, se (re)crea y emerge en su intercambio sostenido. La mutación es constante; el chorreo de emociones, imparable. Sin embargo, hay organismos e instituciones que tratan de sujetarla con camisas de fuerza de la normatividad, siempre a la zaga del derrame de sentidos y el paroxismo simultánteo de las voces. Se usa la gramática como colonización, como reducción de la pluralidad y la comunidad de la lengua a un manojo de reglas abstractas y privatizables.

 

Yo he ayudado a aprender mi lengua a muchas personas que querían absorberla como forma de liberarse de la obsolescencia de su propia cultura. Personas desvitalizadas, inscritas como signos en un texto colectivo que hablaba de inmovilidad, de falta de participación y creación subjetiva del entorno. Se reanimaban al exponerse al castellano, este idioma viejo y absurdo lleno de violencia, que aun así se deja acariciar/rasgar en pedazos todavía.

 

En el lugar donde vivo ahora el aprendizaje de español se produce en contextos de obligatoriedad o conveniencia académica. En consecuencia, no se favorecen entornos de aprendizaje honesto, de exposición a la materia lingüística y cultural, espacios mentales y afectivos en que abrirse al cambio. Sucede lo contrario: en contextos de alta institucionalización de la lengua, esta se presenta cercada, acuchillada, desangrada en pequeñas dosis consumibles como fármacos y de adquisición fácilmente evaluable. El vínculo emocional con el aprendizaje también está secuestrado y, en su lugar, nos imponen la dialéctica de las calificaciones como única motivación/gratificación posible.

 

Los libros de aprendizaje de lengua extranjera son, también, bastiones de la hegemonía cultural capitalista. En ellos, la lengua se transmite a base de reglas gramaticales. Y la gramática es a la lengua hablada lo que una modelo de Mango a mi rumboso culo. Es una colonización, una normativización (abocada al fracaso), una violencia. Dar gramática por lengua es como dar Historio del Filosofío en lugar de vida.

En estos métodos, que son objetos comerciales, al fin y al cabo, la cultura como matriz de lengua se transmite a través de la identificación por prestigio con modelos como las que se pueden encontrar en el mercado de lo publicitario. Falta la educación en valores, la reflexión intercultural, la responsabilidad social ante la plenitud de la vida de la gente joven. La representación del alumnado en los libros de español para adolescentes se basa en una abstracción homogeneizante y normalizadora , se estiliza un modelo que consiste en (oh, no, otra vez) sujetos parecidos a varones/ del norte global/ que establecen relaciones consumistas con su entorno.

 

La neurolingüística lo tiene claro, solo se aprende aquello que se ama. Pero para ir más lejos, para deshacer las fronteras y desafiar los programas cognitivos de extranjeridad que nos imponen, además de saltar en los charcos de la conjugación verbal hay que desquiciar la subjetividad que construimos con la boca, no dejar que se cuele el enemigo cuando queremos llenarnos los pulmones de aire o la mente de fluido vital/lingüístico que nos permite seguir respirando, palpitar.

 

 

2 comments

  1. Beth · marzo 16

    ¡Estoy totalmente de acuerdo contigo!
    Soy bilingüe (o disglósica, o que lo mezclo todo) catalán-castellano desde que nací. No recuerdo aprender ninguno de los dos idiomas, mi madre siempre dice que si hablaba a alguien en catalán y no me respondían, les repetía lo mismo en castellano desde bien chiquita. Después empecé a estudiar inglés con 6 años porque quise, porque me intrigaba lo que estaba escrito en los dibujos animado y que no entendía. Y ya en cuarto de carrera me aventuré con el japonés… ¡la de veces que habré escuchado: ay, mejor estudia chino, que tiene más futuro! ¿Y a mi qué, el futuro? A mí del japonés me intrigaba su escritura y las orejas me hacían palmas de escuchar su melodía… y fíjate que fue saber japonés, ese que no tenía futuro, el que me ofreció una oportunidad de trabajo y hace ya casi 10 años que vivo en Japón. Y estando aquí… me enamoré de un brasileño… así que por amor (y por curiosidad también) aprendí portugués, idioma que me encanta escuchar…
    Sin embargo, veo el problema de que es difícil de aprender un idioma si no se ama, en la hija de mi pareja: tiene 13 años y vino de Brasil hace un año… y no tiene mucho interés en aprender el idioma, por mucho que su padre le diga que es para su futuro… ¿Quizás llegue el día en que empiece a amarlo?

    • playa_m · marzo 27

      Cuántas lenguas y amores trenzados… gracias por compartir 🙂

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