Ariadna en la playa

Mi amiga Ariadna está harta de su parasítico compañero, de su absorbente trabajo, de pesadas burocracias que le lacran la vida, de la violencia que crece, de la soledad urbana, de su dura realidad migratoria… y de todas las dificultades, en fin, con las que tiene que trajinar cada día para salir adelante mientras cría a su pequeña Lida. El padre es un vago de manual, eterno parado y reyezuelo del hogar instalado en la convicción de que él es muy moderno, jipi y feminista. ¿Sabéis estos que permiten que su mujer asuma, además de las propias, las responsabilidades tradicionalmente masculinas para vivir a cuerpo de monarca? Él ahí habitando su edén de comensal opinador, tragón con mucho mundo y don de gentes, chascarillo ligero, altos estándares de calidad para el servicio y sin responsabilidades adheridas.

 

Ariadna sueña con cascar su realidad y dejar salir una vida en la playa. Lida y ella, con más niñes y mujeres, viviendo en una casita color arena con cortinas blancas onduladas al aire. Tareas compartidas, diversión pueril, gestión comunal de recursos y conflictos, estremecimiento de sal en la piel… Trabajo para sí y de por sí, y mucho tiempo para cuidar los cuerpos. Sin rapiña. Sin opresión de lo diverso. Sin más muerte que la vida. Ariadna no lo sabe, pero lo que le pasa es que sus tragaderas han dicho basta ante el patriarcapitalismo imperante. No soporta más ser oprimida y explotada por una realidad diaria que la anula por razón de su sexo para luego proyectarla distorsionada en forma de ideal femenino inalcanzable. Según este sistema en el que estamos, Ariadna debería pasarse la vida tratando de no ser lo que en realidad es para intentar parecerse a lo que otros con poder le dicen que ha de ser, y entretanto llevar la casa, criar a la niña, (contentar a un zoquete), lidiar con los requerimientos del sistema cívico, económico, social y cultural… y… claro, quererse a sí misma, que si no te quieres tú, ¿quién te va a querer, alma de cántaro?

 

A Ariadna no le gusta la palabra “feminismo”. Cree que por culpa de los logros feministas “tenemos el triple de cosas que hacer que antes”. Ella cree que su utopía propia de cuidado y reproducción de la vida (sin fábricas, sin consumismo, sin moral cristiana, sin guerras… sin otredad ni conquista, al fin) se opone a la emancipación femenina que proponen “las que hacen feminismo” y que se conseguiría a través de puestos de trabajo, perfiles de consumidora y usuaria, voto, cuotas y presencia en el mundo.

 

A mí me da entonces por pensar que, efectivamente, muchas de esas mentadas conquistas que le hemos arrebatado al patriarcado con nuestras luchas han resultado estar envenenadas: podemos votar, vale, pero cada cuatro años y en sistemas bipartidistas y de “democracia” representativa (que maquillan verdaderas oligarquías empresariales y aterradoras maquinarias de manipulación mediática); podemos trabajar fuera de casa, sí, pero a costa de dejarnos la piel en una salvaje jungla laboral que devora el autocuidado y masacra los arraigos; podemos no casarnos, pero hemos sido arrancadas de las redes vecinales y la soledad se extiende y nos quiebra…; podemos ser libres, en fin, pero para vender y alquilar los cuerpos que somos.

 

Sin embargo, considero que es nuestro deber como afectadas por el patriarcado no rechazar el feminismo solo porque oigamos una sintonía de campanas no e de nuestro gusto. Debemos siempre como mujeres privilegiadas (por tener acceso a la letra, entre otras cosas) testimoniar nuestras condiciones de vida y reflexionar sobre las vías de la liberación con que experimentar. Solo si ensanchamos el feminismo a codazos llegará este a incluirnos a todas y no estar en peligro de monopolizarse por voces únicas (¿patrocinadas?). Es trabajo de todas.

 

Volviendo a cuál es nuestro enemigo hoy día como mujeres, muchas estamos suficientemente lejos del paradigma del “angel del hogar” y hemos crecido de forma bastante ajena al modelo social de género tradicional (hijas de esas madres emanci…empleadas de los setenta, ochenta, noventa) como para no considerar el orden de género tradicional (de tipo mujer-quédate-en-casa) nuestro desafío directo. De hecho, las asociaciones de mujeres como la que propone mi amiga, las encuentro inocuas y deseables incluso en torno a actividades convencionalmente opresivas como las relacionadas con el cuidado y la crianza.

 

¿En qué nos favorece enfrentarnos ahora a enemigos de antaño? Se lo preguntaría a muchas escritoras y activistas en lucha encarnizada a favor de la custodia compartida preferente ya, en constante vigilancia de esencialismos, en ensalzamiento de la vía laboral. Por ejemplo, si decido por lo que sea dar a luz, yo sientipienso que lo que realmente me empodera es la opción de cuidar con sueldo por al menos un año sin que hubiera repercusiones posteriores en revisiones anuales y pensiones por ausencia temporal de la actividad mercantil. Y que así lo hagan igualmente muchos padres.

 

Para mí, ahora mismo, el enemigo es un patriarcapitalismo atroz que nos quiere separadas, solas, asimiladas a los hombres y dependientes de su aprobación para acceder a minúsculas parcelitas de poder. Nos quieren absorbidas por actividades productivas, extractivas, despreciando todo lo que tiene que ver con crianza, vida, comunidad. Por eso declaro que el tiempo de la reacción contra el hogar ha pasado. Y como esto me resulta bastante obvio, me pregunto si quienes proponen vías de emancipación que se empeñan ciegamente en sacarnos de la casa y el vecindario no arrastran más misoginia internalizada, invisible. Si acaso comunidad, vecina y niño de teta son cosas demasiado arrastradas por lo patriarcalmente femenino como para ser fácilmente puestas en valor, incluso por las feministas. Hasta dónde hay que deconstruir con esto del género, me pregunto. Qué es lo que dejamos que siga siendo definido por el diccionario del hombre opresor, significando en términos patriarcales.

 

Como “la casa y el vecindario”, hay más casos de significantes que han dejado de tener connotaciones negativas por haberse alterado el marco contra el que lo adquirían. Por ejemplo: en mi infancia a les bebés nos ponían a menudo de punta en blanco como para cristianar, bastante contra natura, ciertamente. Se trataba de una pose más de las muchas de esa clase media empleada pero con ínfulas en que servidora creció. Como reacción, en las últimas décadas vestimos a les bebés con ropa cómoda y alegre, de forma que sus necesidades quedan mejor cubiertas. Pero hace poco, en una de las bolsas de ropa para personita que heredé apareció una ranita bautismal, toda bordada con encaje color hueso y puntillas finas de chantilly. ¿Debería haberla desechado porque representa aquella visión burguesa de la infancia como accesorio contra la que deseo luchar? En realidad, como el contexto contra el que esa vestimenta tomaba su sentido ha desaparecido, el sentido se ha desgajado también. Al final, decidí ponerle el body bordado con unas mallitas de colores y me quedó la mar de punki. Y tan contentas y resignificadas que íbamos. (Por cierto, aquí una extraordinaria conferencia de Almudena Hernando sobre dispositivos patriarcales e indumentaria infantil.)

 

Yo quiero que tengamos poder, dinero e influencia, claro. Pero no a costa de negar la vulnerabilidad, la comunidad, la vida y sus ritmos. Hemos de vivir en otro sistema basado en un orden simbólico que no anule la esencia de lo que somos. Por eso, de vez en cuando, me doy el gusto de visitar a mi amiga Ariadna en su playa imaginaria, donde mujeres y crías jugamos en la arena, con medusas, con pulpos, estremecidas de placer y risas. Porque allí, cómo nos llamemos no importa.

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