Batallas tuiteras, aviones que caen y la sintonía como táctica de guerra

Hace unas semanas, con la intención de desaguar un poco tantos excedentes mentales como acumulo por aquí, me abrí una cuenta en el tuiter. Comencé a seguir perfiles afines y de personajes interesantes y así me fui adentrando poco a poco en la jungla comunicativa de códigos propios que se ha creado en lo virtual en estos años (y a la que permanecía ajena). Tras una breve euforia por el descubrimiento de las posibilidades que de activismo y colectividad ofrece esta red social, me di cuenta de que aquello se puede volver un avispero de insultos, polémicas chungas y bofetadas, tanto por la infame acción de haters, trolls y semejantes, como dentro de ¡ay! las izquierdas y los feminismos, por la agresividad propinada entre compañeras de lucha.

 

Como ya todo el mundo supongo que sabía, lo reducido del número de caracteres auspicia una mentalidad de no-diálogo por la que se libran batallas a palabrazos: sin argumento, sin aproximación, sin voluntad de comunicarse (reflexioné sobre ello en palabras como panes I y II). No se trata sino del patriarcado corriente y moliente de cada día: la pugna por dominar a La Otra persona, por imponerse a ella, por autodeterminarse, replegarse a este lado de la frontera y hacer del Otro en su humillación evidencia viva de nuestro poderío.

 

En lo que me pareció el colmo de la sinrazón, una mujer feminista escribía hace poco en un tuit: “el feminismo de la diferencia no tenía que haber existido nunca”.

 

Pero vamos a ver… ¿en serio? El feminismo así llamado “de la diferencia” (que no es lo opuesto a “igualdad” porque su contrario es “desigualdad”) incluye a escritoras tan suculentas como Luce Irigaray, Hélène Cixous, Julia Kristeva, Victoria Sendón de León, etc. ¿Cómo podría alguien querer aniquilar  toda esta producción visceralmente feminista y a un tiempo exquisitamente intelectual, cómo se puede siquiera ver como algo a lo que oponerse? La polémica entre igualdad y diferencia tiene un calado tan profundo y abstracto, como casi todo lo relativo al género, que no puede dividirse en dos insignias, en dos equipos que hayan de disputarse la pelota. No se debe plantear así. Es erróneo, y tan patriarcal que parece futbolístico. Eh, chavales, que los debates no se ganan ni pierden. Que se trata de crecer y entenderse.

 

Una vez las construcciones patriarcales de género han determinado desde hace siglos lo que somos y qué hacemos, ya estamos jodidas, porque lo impregnan todo como una mucosidad espesa, por eso nos llenamos de dilemas cuando nos queremos poner a dinamitarlas: ¿para liberarnos hacemos como si no existieran los géneros o así estaríamos dejando de visibilizar la opresión?, ¿si nos aferramos a lo que nos es biológicamente propio estamos siendo esencialistas y apuntalando la kiriarquía o realmente proponiendo un mundo alternativo al patriarcal? ¿Vamos primero a lo urgente o al quid, a lo importante? Respuestas dialécticas hay la tira, y bien largas y golosas. Pero aunque lleguen a oponerse en sus conclusiones, ¡ey!, no caigamos en la trampa. Donde seguro que no hay disputa es en la necesidad de defendernos unidas, tejer vidas y cosas en colectiva, cuidar la vida para que merezca la alegría que (todas) la vivamos. Y todo lo demás, mérde.

 

Anoche soñé con un avión que caía. Me pasa a menudo. Quizás es porque los aviones, como en aquella peli estrepitosa del tipo manchego, son buenas metáforas del sistema en que sobrevivimos. Hay un (hombre) comandante a los mandos cuya autoridad no se cuestiona, te sientas en un sitio u otro según el dinero que tengas y te quedas ahí, a lo tuyo, engullendo materia muerta y sin hablar con la persona que está a tu lado haciendo lo mismo que tú, evitando rozarte. El avión, en un momento determinado, cae…

 

Pero antes: pongamos que por lo que sea tienes una idea revolucionaria, hermosa y candente, entre las manos. Por ejemplo: la certeza de que si una se gira y abraza a la persona que tiene al lado, un torrente de bienestar se le derramará por las venas. Por la naturaleza expansiva de lo vital y lo bello, quieres que el resto de personas conozcan tu idea y, quizás, entonces la compartan. Entonces, decides romper con la odiosa normalidad tediosa y fría de la cabina de pasajeros, te levantas entusiasmada, arramblas con el carrito del dutifrí, te colocas bajo el arco de la clase turista y comienzas a dar tu discurso sobre el abracismo.

Ay.

Te reducen.

Te esposan al aterrizar.

La gente se mea de la risa de ti./ Te insultan./ Te cuestionan.

Sea como sea: no te han escuchado.

No se abrazan.

 

Vengo constatando que irrumpir en la normalidad no es la mejor forma de que quienes la aprecian te hagan caso. La irrupción genera resistencia. Y, sí, esta normalidad asesina en que boqueamos tiene fans, muchos y muy organizados. Así que propongo otra estrategia radical: producir una normalidad diferente. ¿Cómo? Sintonizando en feminista. Consiste en lo siguiente: creo que no me equivoco cuando afirmo que al hablar entre nosotras en lo cotidiano, la mayoría de veces las personas no comunicamos lo que nos ocupa en verdad la mente, sino que nos limitamos a empatizar, sintonizar, con lo que nuestra interlocutora espera de nosotras. La lengua está plagada de fósiles: —qué tal/ —bien, gracias (en realidad me lloraría el Nilo entero dos veces)Y al usar la lengua, tendemos a cubrir la expectativa de nuestra interlocultora con gracia: —¡¿Sabes qué?! Me he comprado cinco camis en el primar por diez pavos/ —¡Anda, qué bien! (joder, tío, espabila ya de una vez, que esto se nos va de las manos, coño…) o —…y bueno, pues con los inmigrantes, ya se sabe…/ —Ya, es que vaya tela (Yaya: ¡juro que al próximo comentario racista reacciono y arde Troya!)

 

No es fácil desmarcarse de lo esperado por quien habla contigo, responsabilizarse de la disrupción, pues estarías rompiendo con la cortesía y te sentirías amenazada con el exilio social. Temes hacerle daño a la autoimagen del otro. Y sobre todo nosotras, pues en nuestra armazón social como mujeres no está previsto que resultemos amenazadoras. (Hostias, qué mal lo pasé aquella vez en una tasca en Madrid cuando el camarero al pedirle las cañas se pensó que yo era sevillana y se puso tan tan contento de encontrar una compatriota que no fui capaz de desengañarle y me pasé como dos horas allí angustiada escabulléndome de él como pude.)

 

La idea, entonces, sería que al hablar con otras personas sospechosas de machismo, racismo u otras tendencias discriminatorias recalcitrantes, demos por hecho que sus creencias sean las contrarias. Por ejemplo:

(1) —Y va el tío y me dice que con tacones estaría más guapa. Le contesté que él también, y que además así le costaría más correr y sería más fácil pillarle para darle un sopapo por machirulo. ¿¡A que se lo merecía!?

(2) —Ay, es que es horrible la cantidad de gente que no se da cuenta de que esas historias ultraderechistas de que los inmigrantes se comen nuestras pensiones en subsidios no tienen ni pies ni cabeza cuando se miran los datos.

(3) —Total que cuando me preguntaron las alumnas que si eras feminista y les dije que sí, se pusieron muy contentas y quedamos en que te invitaríamos al debate sobre masculinidades adolescentes en tutoría.

 

Lo más posible es que quien participa en la conversación responda…

(1b) — ¡Claro! (hostia, qué chunga, pero por qué, si era un piropo…)

(2b) —Ya te digo (¿pero… en serio? Si ella lo dice…)

(3b) —Ah, pues qué bien. Claro, allí estaré. (Glups.)

 

Una, dos, tres veces, como martillazos sobre la superficie lisa del prejuicio, que no tiene raíces sino que es un tarugo de hormigón allí olvidado, lo absurdo del caldo patriarcal en que se cuecen nuestras mentalidades se irá resquebrajando; entre tanto, además, estaremos conquistando terreno discursivo: se oirá más de lo igualitario, menos de lo opresor y lo que mata.

 

Yo no voy ya a etiquetarme de ciertas formas en ciertos espacios para volverme la payasa, el hazmerreír, la Otredad despreciada, la diana de personas agresivas e hirientes (se declaren ellas lo que se declaren). No voy a jugar su juego sino que ya doy comienzo al mío: como en un jumbo de Sarcasmo Airlines S.L., como en la matriz en que queremos que la vida prosiga: cero tolerancia a los comentarios que deshumanizan, no más acoso, no más violencia. En nombre de nada. O cooperas en favor de la vida y la justicia social, o callas.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s