Barrigas

Vivimos inmersas en un régimen de verdad en el que la violencia machista funciona como dogma de fe. No es una lacra, no es un fenómeno: es el núcleo de la lógica en clave de la cual se desarrolla nuestra vida. Hemos interiorizado un eje mental en el que lo (que se construye como) masculino y tiene como signo la agresividad y el poder sobre lo ajeno domina lo (que se construye como) otro-femenino-colonizable: las mujeres, la naturaleza, los animales, lo no-occidental, los niños. Que la violencia de género detenta el poder en nuestras conciencias se ve fácilmente si nos detenemos a leer en detalle la narrativa del cuerpo embarazado.

Las personas con un bebé creciendo dentro no son representadas en el discurso mediático como tales, sino que basta echar un vistazo a lo publicado en internet o en papel sobre el tema para encontrar que si se buscan espejos, lo que se encuentran son o bien insoportables estereotipos de rosa palo y azul bebé, o bien tan solo pedazos: el foco puesto en una tripa recortada. ¿Dónde está la mujer a la que esa tripa pertenece? ¿Qué le pasa, qué siente, qué dice aparte de y sobre el embarazo? ¿Cómo se relacionan mujer/embarazo/sociedad, qué dialécticas emergen, qué dice cada una desde esa posición? A través del silenciamiento de los cuerpos y discursos propios de las preñadas asistimos al insidioso despliegue de la violencia mediática contra las mujeres que viven el proceso de la reproducción.

En este, el enésimo artículo que recurre al trozo amputado de persona para hablar del embarazo, se señala una segunda violencia que se ejerce impunemente sobre las embarazadas, la económica. Nosotras parimos, nosotras pagamos. Y recordemos que partimos de un sueldo ya mermado en relación al que disfrutan los hombres.

De los recursos invertidos, a los recibidos: la violencia en lo laboral, pues la preñada seguirá probablemente necesitando demostrar y rendir en su puesto como si su cuerpo no tuviese otras necesidades urgentes de descanso e introspección. Además, muchas antes de parir ya se agobian ante la insultantemente minúscula baja por maternidad que las espera, y que no cubre las necesidades reales de la recuperación de la puérpera y la crianza del bebé, y con las altísimas posibilidades de perder el trabajo tras el parto o sufrir distintos tipos de acoso laboral y una segura falta de recursos para combinar empleo y trabajo en lo sucesivo.

La gente de alrededor en general no ayuda, ni al principio del embarazo, ni cuando ya hay tripa emergenteni al final. El sistema neoliberal con su feroz mercado-circo romano de producción y consumo, los medios de manipulación y propaganda, el sistema sanitario hecho negocio antihumano… está casi en su esencia oprimirnos durante esta etapa de vulnerabilidad, pero ¿y las personas? ¿Las otras mujeres? ¿Y las que son madres? ¿En qué nos hemos convertido que en vez de ayudarnos unas a otras en este trance nuestro nos acechamos, nos metemos miedo, nos imponemos mutuamente comprar objetos, cuando son lo último que hace falta para criar? ¿Qué nos han hecho?

Esta red de discursos deshumanizadores y consumistas forman asimismo parte de la violencia simbólica. Como especie, nuestra vivencia de la vulnerabilidad, la necesidad y la interacción ha sido también colonizada por “la lógica de la violencia” y se ha normalizado que nos tratemos mal, acallando lo que de vivo y comunitario palpita en nosotras.

Por si esto fuera poco, muchas mujeres embarazadas están sumidas en la violencia machista ejercida por su compañero u otro hombre cercano. Y si cuando todo lo demás ha fallado: la pareja, las personas de alrededor, el entorno laboral,  las películas, series, etc., acudes a los profesionales de la salud obstétrica esperando contención, información, apoyo y buen trato, es estadísticamente fácil que te hayas metido en la boca del lobo de la escalofriante violencia obstétrica, en uno u otro grado.

El cuerpo embarazado es un cuerpo sobre el que se ejerce violencia sistemática, y esto se está considerando normal. Normal. Tan normal, que es la mentalidad base sobre la que muchas personas que en otros aspectos hacen y dicen cosas respetables están ahora defendiendo que las mujeres pobres sean vendidas y compradas para gestar hijos ajenos. Si no nos hubieran silenciado, desempoderado, recortado, anulado y cosificado antes, no habría terreno para semejante proceso de deshumanización en lo retórico.

(Para que luego vayamos diciendo que “estamos embarazados“.)

Hay salida, y es la de siempre: cambiar de raíz la relación con nosotras mismas y con las otras, y empezar a tomarnos el poder por nuestra mano: escucharnos, convocarnos, cuidarnos, aprendernos, moldear feminismos, edificar saber juntas… Con nuestros actos a cada momento, operemos cambios de mentalidad para limpiarnos la masa pringosa del patri-mercado que nos confunde y no nos deja serle fieles a la vida.

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