Doce semanas

IMG_0954Por lo que he podido saber últimamente, es considerado de sentido común mantener el embarazo en secreto más allá del círculo más íntimo antes de la duodécima semana de gestación.

Tampoco tenía noticia de que el embarazo empezara a contabilizarse desde el primer día de la última regla; es decir, que las dos primeras semanas del cómputo, más o menos, en realidad todavía no lo estás.  Lo habitual sería que te enterases de que estás embarazada en la semana cinco o seis. Esto significaría que el ciclo completo ha pasado (± 4 semanas) y también ha habido un retraso de la siguiente regla de al menos una semana, o lo que hayas querido esperar para hacer la prueba de orina.

De este modo, desde la semana 5/6 hasta cumplida la semana 12, has de mantener la noticia en secreto. Durante el primer mes y medio o dos meses no debes contarlo. La razón ampliamente aceptada es que parece ser que hay una probabilidad sólida de que el embrión/feto se descarte de forma natural por alguna malformación, produciéndose un aborto espontáneo en algún momento del periodo. En una búsqueda superficial por internet, no he conseguido estadísticas consistentes que den cuenta del riesgo real. En algunos blogs y revistas se habla de entre un 5 y un 25% de bebés que se pierden. En otras menciones a la cuestión he visto hasta un 50%. No son los números, de todos modos, lo que yo quiero comentar hoy, sino la narrativa social de las dichosas doce semanas.

Cada embarazo es diferente. Pero en mi caso, que no es ni mucho menos único, como la red, también, me confirma, estamos hablando de un mes y medio, siete semanas, cuarenta y nueve días seguidos, de náuseas cons-tan-tes y vómitos frecuentes. Ascos inauditos por la comida, caprichos extraños, visita diaria al supermercado. Y  una fatiga tremenda, letal. Me caigo de sueño y me caigo, no hay más. Duermo miles de horas cada finde. Con lo que eso repercute en la vida social de una, en su rendimiento profesional y activista, en los planes que tuviera y los objetivos que se hubiera marcado.

Insisto: cuarenta y nueve días de extrema dificultad para mantener el ritmo y estar a gusto en mi cuerpo y dentro de las estructuras de la normalidad rutinaria. Y lo que “la sabiduría popular” me propone a cambio es que los viva ocultándome, desde el miedo, con superstición. Si ya es desagradable vomitar, prueba a hacerlo en sordina y preocupadísima de que nadie te oiga-te huela-te mire con ojos torvos al volver del excusado, en el trabajo, en una fiesta, en un café. Si cuando una está mala de cualquier cosa lo dice y punto, y esto le genera comprensión, simpatía y solidaridad, en muchos casos, prueba a estar en peor estado físico que nunca y que sin embargo tengas que fingir ante el mundo que estás como una rosa. O inventarte enfermedades y diagnósticos, que no sé qué es peor.

Otra opción sería sencillamente contarlo, lujo que te puedes permitir según el tamaño del núcleo poblacional donde vivas y las garantías que te ofrezca tu contrato de trabajo, si es que lo tienes. Pero qué dolor hacerlo y escuchar como respuesta:

“Ay, solo de ocho semanas, cuídate, eh, que nunca se sabe”

“Ahhh, qué bien. Manolita también lo está, pero ella ya de seis meses” (o trece semanas, cualquier cifra que indique que ella ya tiene el upgrading al que tú no tienes aún derecho)

“Uy, de nueve, pero eso mejor esperar a contarlo, ¿no?”

Dolor. Dolor porque SÍ tengo miedo y superstición pero no me niego a vivir mi embarazo desde esos lugares tenebrosos. Dolor porque los ardores son un infierno y quiero que me acojas y no me juzgues. Dolor porque no rindo como antes y necesito que me recuerdes que no importa, que es natural y correcto poner mi útero por delante de mi imagen social y profesional.

Querido mundo: soy tan solo una embarazada de segunda categoría, todavía no he ganado la medalla de las doce semanas, debo callar y mentir, debo reprimir la noticia, los vómitos, las caderas que ya se ensanchan, maquillaje para los granitos, extra máscara para los ojos cansados, extra sonrisa para los compromisos que en realidad me aturden y dan sueño, y sin  ni siquiera poder tomarme unas cañas para entonarme y fingir.

Esto de las doce semanas me huele a (otra) represión patriarcal (más). Antes no era lo suficientemente bella, delgada, eficiente o complaciente. Ahora no estoy lo suficientemente embarazada. He dejado de ser una trabajadora y una persona social lo suficientemente productiva, disponible y entretenida, peeero tampoco estoy plenamente legitimada como gestante. No he probado ante el mundo que mis embriones son viables. Quizás mi producción tenga taras.

¿Y todo por si  el feto se frustra y se marcha? ¿Y no sería entonces cuando necesitase a esas personas ante las que guardo el secreto apoyándome desde una mayor o menor distancia? ¿O es que se trata de que los demás no se lleven el disgusto de mi pérdida? ¿Cuál es la causa profunda, por qué? Tengo la sensación de que lo mire desde donde lo mire, en esta forma de hacer las cosas las que no estamos en el centro somos mi garbancita y yo. Otras son las prioridades, en otra parte están puestos los cuidados.

Seamos una sociedad humana y solidaria. Acompañemos a cada participante de la misma en sus ritos de paso, en sus dificultades y peripecias. Abracemos, celebremos, comprendamos, también, a las embarazadas que aún no han superado las doce semanas. Tenemos miedo y muchas estamos desnudas de tribu.

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