Dos novelas

…que han escrito dos mujeres mediterráneas y que esta mujer de aquí ha leído últimamente en sus horas de fatiga corporal intensa. Dos novelas que condenan a sus muchas mujeres bien a la vida rugiente, bien a la muerte silenciosa y vil entre letras malheridas y orgullosas.

“La amiga estupenda” es un título ortopédico, malo como pocos. Hacen falta muchas reseñas y recomendaciones para superarlo y decidir hacerse con el libro. No es el adjetivo adecuado, que además iría más bien antepuesto; me rechinaba.

Pero fue en alto que proferí “¡hooostias!” cuando lo acabé, rendida a la trama, embebida en el clímax con el que se deja la historia en suspenso, y sobre todo… a las mujeres que aparecen en ella. Lenuccia, Lila, pero también Galiani, Oliviero, Melina, Marisa, etc., son mujeres arrancadas a la vida. Tanto los personajes como el ambiente que los constriñe y abraza están magistralmente construidos, pero al fondo de la narrativa, lo crucial es que esas mujeres arrastran consigo la verdadera contradicción palpitante que radica en cada una de nosotras al retorcerse dentro del uniforme de fémina que nos ponen al llegar al planeta. Hay vida y muerte, hay sueño y tempestad, hay valentía y miedo, fe de amiga y dolor de amiga. Fluyen el licor de la humanidad en prácticas y de lo femenino que revienta las costuras de su género constrictor.

“Madre e hija” de Jenn Díaz ha sido también muy publicitado en estos tiempos. Y desde luego la virtud narrativa es indudable. Pero me rugen las tripas con indignación al terminarlo. Las mujeres de Díaz están muertas. No hay tiempo ni lugar que las reduzca y de hecho se habla de “las múltiples versiones de los femenino”, de “modelos de mujer”, y yo me extraño y me digo… ¿cuántas probabilidades hay de que de entre casi diez mujeres ninguna se rebele ante su extraño sino de penumbra y hostilidad de fregona? Hombres y hombres, y más hombres, esperas, cementerios, chismorreos, no saber amar a la otra, odio cainita entre hermanas, re-sig-na-ción, cruces, soledad, tinieblas. Las mujeres de de Díaz son mi abuela diez veces.¿Por qué pensará así de nosotras? ¿Dónde estamos las otras, las que no apechugamos? ¿Qué te hemos hecho, Jenn, que no nos ves?

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