Escriberir

La casa está limpia y vacía. No hay ninguna mota blanca sobre la alfombra negra. Las migas no acechan, los papeles, los libros, las cartas, los vestidos se han rendido al orden, a la categoría. Hay platos en el fregadero que no duelen, pero no hay camas por hacer ni estancia por ventilar con aire esponjoso del día.

No tengo sueño, he dormido mediobien, gime la cafetera. El infiernófono está lejos y amordazado. (La tecnología solo me quita las ganas de hacer cosas.) No hay dobles ni triples cavidades en mi cabeza, no impera especialmente la tristeza en la buhardilla de mi cuerpo.  Puse la lista de obligaciones-trastos arrumbada, polvorienta y sin fuste, bajo el sofá. Para no verla. Me veo a mí, me repliego, me dispongo a escriberir.

No hace tanto calor como para arrepentirse de estar dentro, tampoco tengo frío, estoy medio a gusto, bien. No estoy tan triste como para que la cara interna del ombligo me absorba hacia los abismos del pesar. Tampoco me siento en modo caballero andante ni me comería el mundo a bocados. Soy niña y vieja. Soy pasajera y revisora del tren. O tal vez lleven mi cabeza en una canasta en el cómodo departamento superior de equipaje. El impulso fluye y me excita los jugos. Me dispongo a escriberir.

 

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