De lengua y tú

Aunque creas que sí, tú no hablas español. Ni tienes lengua “materna”. Se siente. El castellano en realidad no es sino ciertas teclas pulsadas en el acordeón de la capacidad para el lenguaje que toda humana tiene. Otras serán las del francés. Y otras las del nepalí. Y así sucesivamente. Pero el teclado es uno, y las posibilidades, finitas. Tú, que tienes una lengua primera (quizás sean más), a través de esta forma específica de hacerte lengua, llegas mucho más profundo o te quedas mucho más en la orilla de lo que adscribirse a un idioma concreto podría implicar. Tú más que castellano hablas creativo. O repetitivo, televisivo. Hablas marketing. O hablas infancia, hablas cariño. Tal vez hables revelado, o hables calle. O hablas con algo de italiano en la ensaladera. Puede ser que hables sexo, hables naturaleza, hables Onetti.  O ya quisieras que a eso que dices se le llame lengua. Eso es solo patriarcado en letras de molde.

La lengua que cada uno habla es un cuerpo psíquico, emocional, que lo conforma en la dimensión en que conecta con las demás personas y otros seres. Así, mi lengua, con base en el castellano, es de los colores de las otras lenguas que utilizo, está preñada de mi política, mi visión, mis deslices, mis obscenidades, mis zonas de luz y de sombra. Mis miedos. Mi lengua está lavada a la piedra de mis lecturas y colada por el tamiz de mis diversas (des)educaciones.

Mi lengua no es la lengua de mi madre. Ella tiene la suya que, además, es otra. Su lengua de poderosas raíces es menuda y algo esquiva, huele a bosque, a mar y a lluvia, sabe a plato de cuchara y sobrevive.

Cuando las personas hablamos de lenguas, correcciones, aprendizajes, políticas y geografías, tendemos a disfrazar de academia las emociones más crudas. Citamos como autoridad a viejos docentes de lenguaje como si ellos no hubiesen tenido sus propios porqués y su contexto. Su complejo y su tendencia. Sus carencias. La lengua de los padres y los maestros se nos ha centrifugado y condensado en una especie de molécula instalada con chulería entre los pliegues del cerebro. Y la damos por buena sin más ni más.

Pero si cada uno tuvo una madre y un maestro diferente, que es lo que suele pasar, entonces nos podemos enzarzar en un combate estéril blandiendo y griegas y yes, escipiones y almanzores, chícharos, garbanzos y frijoles. En Valladolid se habla el castellano más puro. Ay. Escalofrío.

Al aceptar que el conocimiento sobre la lengua se identifique con la emoción y no se contraste con las hechuras de la humanidad como un uno diverso, permitimos que la política, que tiene a la lengua, la pobre, toda prostituida, se empape de emoción primaria, tribal, cainita. Ponte manos a la obra, hay muchas cenas y cerveceo que requieren de tu intervención urgente.

La lengua empapa a la persona y de ella emana, al tiempo que es proceso que la enlaza con la comunidad y que asimismo la forma. Es el caldo que nos distingue al tiempo que nos liga unos a otros. Solo soberana de mi lengua puedo ser digna de tu oreja. Tu tierno oído me acogerá cuando mi lengua no sea una senda empedrada de palabras muertas.

La lengua es líquida como el alma. Reniega ya de las fronteras a las que nos apremian, todos hablamos la misma, todas la hablamos diferente.

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