Camilla

Camilla se miraba las merceditas negras, demasiado pequeñas, mientras esperaba el veredicto del maestro. Había estado haciendo sus primeras prácticas como profesora de sociales de instituto y por fin sabría si por fin conseguiría la licencia para por fin ejercer. Colgaba de los labios de su supervisor con  el rabillo del ojo.

Tres cosas te voy a decir, Camilla. Vas a ser una buena profesora, excepto por tres cosas. La primera, tienes voz de mujer. La segunda, eres bajita. La tercera, eres una mujer. Vas a pasarte tu vida docente tratando de superar estos tres baches.

Muchos años más tarde, Camilla se ha convertido en una profesora mediocre en un colegio fanfarrón y vacuo. Entre cafés, recuerda el vaticinio y ríe, añadiendo… ¿y sabes qué? Que aquel hombre tenía razón. Me he pasado la vida tratando de compensar esas minusvalías.

Tres cosas te voy a decir, Camilla. Eres una buena profesora, excepto porque te has ocultado detrás de la mediocridad que te prometieron. La primera, eres voz audible. La segunda, eres cuerpo legible. La tercera, eres. Vuelve a clase, corre, toma aire, ponte a dar clases de verdad, clases que importan. Empieza contándoles la historia de una opresión, de un malo que quiso hacerte pequeña y casi se sale con la suya.

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