Relato ovulatorio

en el barrio del puerto

manchas de aceite

un derrame que escala

bruma melosa

la orilla rozando, laten,

pieles de hambre.

…y gentes de Cabeza Gorda

se abrazan a Ideas Gordas

pegadas a Frentes Gordas

buques mercantes

en/callan.

…y yo entre tanto,

lengua desatá del cuerpo

pompas de sangre en danza

temblor divino postrero

desgarro dulce, inflamado.

Juro vivir de amor por todo.

…ser, aproximar, reír, conectar

suspender, rozar, contener, dudar

comprender, jugar, sentir, palpitar

manosear

fluir, agarrar, humedecer, sacar

oler, respirar, crecer, aumentar

expandir, mirar, permitir, vibrar

localizar

diluir, mezclar, abrir, allanar

morder, amasar, pedir, cosechar

perder, estallar, morir, reventar

balbucear

Luna Llena refulge, regala.

Nadie la está mirando.

Pues pa eso que no haya luna,

o demos paso, por fin, a la esperada invasión de las hermanas bonobas.

Largo día en candidez

¿Tú también eras socia del Club Moulinex a los ocho años? El carné se pedía por correo, recuerda, en un sobre pequeño y amarillo, a franquear en destino, con la compra de un electrodoméstico de la gama. Y es que aquella navidad te habías pedido una tostadora blanca. Te parecía que en las casas donde había amor también había tostadas de pan de molde recién hechas, que se untaban lentamente, unas personas para otras, con varias capas de la cremosa sustancia misma de la vida. Te disgustaban ya entonces los desayunos a destiempo y en privado que salían de cajas estridentes con que nos rompía y rompe la industria transnacional no-alimentaria.

¿También llevabas con orgullo el carné del videoclub en la cartera? Ay, qué días aquellos, qué glorioso cuando abrieron un blockbuster al cabo de la calle tras el cierre de nuestro videoclub, regentado por un señor guapo con bigote. Y qué gusto releer ahí tu nombre completito, al lado de un símbolo, bajo un emblema cualquiera. Tu nombre, ¡tú!, formando parte de algo más grande, aunque fuese una fotocopia en color plastificada con burbujas, motas y algún pelillo asqueroso, evocando ventajas exclusivas para socios.

Una cartera con muchos carnés, llevabas siempre, en los ochenta-noventa (o quizás hasta hace poco). Te calmaba saber que estabas en cosas, que eras cosas. Socia, lectora, consumidora. Ser socia era ser mucho cuando en todos los demás aspectos de tu vida de prepúber, o eras una barriguitas de manual, o no cabías en el mundo de Los Otros, lo que imaginabas amelocotonado, cálido y proliferante.

Pero tu peso era muy grande como para llevarte sola. Aunque niña, no había más piel disponible para ti que la extensión interminable y cruda de la tuya. No había más abrazo o comunidad que el zumbido nervioso de un estúpido televisor. Bueno, y rosquillas empapadas en productos conservantes (que serían posteriormente prohibidos por el ministerio de sanidad y consumo), de eso también había.

Por la noche, shhh, silencio. Puerta contundente, marrón, lamparones, y tictac durante minutos largos. Gotelé, sordidez acústica, el zumbido de TV1. Tienen prisa los mayores por mirar a fantasmas tecnológicos. Para ti, un vacío neumático y el recuento sicótico de tus carnés. Menos mal que conseguiste aquel flexo y la estantería. Y que podías seguir siendo convocada en aquellos carnés largos que contaban otras vidas más felices: tus libros. Ahí vivías otro rato, te salvabas de un frío en expansión acechando tu tierno siquismo en florecilla.

Largo día pasaste en candidez, de abundancia de cosas, de carencia total de humano y colectivo.  ¿Acaso tú también? ¿Acaso yo?

El vaso de agua

 

Resiste dignamente en un puesto periférico del cuarto

se alza

apenas unos palmos de la mesa

entre plásticos tíquets aparatos

en precario equilibrio, titila

vivo.

Aferra ese vaso de agua con toda la palma entera

siente el cristal frío en el núcleo del deseo

late con él.

Acércalo ahora a tus labios que agonizan

descansa los ojos viejos

y empieza a beberte el agua con todo (lo que sea que haya quedado de) tu cuerpo.

 

agua  y suelta los músculos del rostro

agua y abre el pecho, alivia

agua y manos que con arte flamenquean

agua y tripas reverdean poco a poco

agua y útero tambor y pulpo

agua para tus piernas que regresan

agua rumba berenjena

agua y las plantas de los pies enraizan

en el suelo

sobre el que nadas.

 

2019, y agua.

feliz vuelta al sol en colectiva

feliz vuelta encarnizada a la conciencia.

feliz fluir venga lo que venga lo que vuelva

feliz plenitud en triste

(y orgasmos y calderos y poemas)

te deseo.

 

(Ad)mirarnos I

En este presente nuestro, estamos imantadas por la responsabilidad de crear una nueva cultura posible. Una cultura cíclica, menstrual, feminista (no anti-)maternal, antirracista y decolonial; una cultura del cuidado y la salud ecológica de los seres y su entorno, una cultura que ponga en el centro la vida, una que merezca la alegría ser vivida… para todos los organismos de la tierra. Somos las artífices de una nueva forma de interrelacionarnos en que la jerarquía de seres —unos privilegiados siempre y vociferan, otros mueren silenciosos entre estertores de miseria—, va a pasar a las catacumbas de la historia.

La justicia horizontal e igualitaria no es todavía tónica en nuestras relaciones, estamos en proceso de reinvención y partimos desde una mochila verdaderamente sórdida. Nuestras propias prácticas, ideas y aproximaciones están impregnadas de jerarquías y heterarquías, afectos cuestionables, enredos de palabras ajenas que ocultan tejido enfermo y proliferante. Pero hemos de sernos francas y pacientes: poco a poco sanamos en colectiva la herida trágica del kiriarcado. No debemos ser duras con nosotras mismas, pero tampoco cejar en el empeño de restituir la posibilidad sana de la existencia terrícola.

Es sabido que las relaciones entre cuerpos vulnerabilizados también pueden tender a espejear violencias sistémicas. Y es que no es que vivamos en un sistema que lastra violencia clasista, sexista, racista, especista, adultista, etc., sino que nos tambaleamos en el corazón de un sistema basado en  la división jerárquica de los seres. A imagen y semejanza de la matriz de sentido a la que pertenecemos, a menudo nos guían impulsos que la reproducen. Las )”izquierdas”(, las )”feministas”(, las portadoras, en fin, de un nuevo mundo de cooperación y alegría no debemos perder demasido tiempo en guerrear con enemigos ajenos: la lucha primera y última, el alfa y omega de nuestro deseo político de liberación consiste ni más ni menos que en sacarnos de dentro la ideología del dolor que nos consume.

La migración lenta

Toda migración es una violencia contra el cuerpo. El organismo migrante queda vulnerabilizado, expuesto en espacios crudos a creencias de límites difusos, si no afilados. Rodeado de otros cuerpos que quizás vayan a amar, quizás (más probablemente) agredan, tal vez invisibilicen y maten de hambre al cuerpo migrante, que no merece comer. Como migró, ya no merece.

Justo antes del asalto, timbran unos momentos de silencio, de cámara neumática en el alma. Ahí queda cuajada nuestra lengua. En un silencio preñado de fe, inacción que hace inventario de las fuerzas y los relatos que le quedan al cuerpo, cansado del viaje y de cargar tanto (siempre demasiado equipaje, aun así siempre menos de lo que se necesitará).

Toda migración es un golpe tajante a la lengua, que forma parte orgánica del cuerpo. Pero frente a la rapidez con que son transportados los cuerpos mediante la tecnología de las cosas, la lengua siempre se queda atrás, y tarda mucho, mucho, en llegar a la tierra prometida. A veces años, décadas. Pero a menudo sucede que nunca llega. Entonces la persona migrada se vuelve cuerpo-parapeto, cuerpo de alma desgajada. Cuerpo que se sobra o que se falta porque no puede ser ya en relación con otros cuerpos. Sombra de un cuerpo. Cuerpo obligado a nacer de nuevo pero en un cuerpo que ya es viejo. Renacimiento maldito, sórdido, crianza sin madre, sin caricias, sin casi cuidados, sin apenas ser visto ni rozado por los otros cuerpos. Cuerpo destinado a servir, a cumplir órdenes, a ceñirse a la gramática bárbara de la colonia.

Sabías hacer cosas, eras y decías en un entorno psicológico invisible pero muy real cuyas hebras penetraban todos los cuerpos que te eran familiares. Incluso lo odiado constaba en gran parte de lo mismo que tú mismo. De repente has migrado. Y debes mover una a una las raicillas de tus saberes hacia otra fuente de humedad y sentido, poco a poco, con tus manos artríticas cansadas de acarrear desprecios. Es frecuente que  ni siquiera te motive el placer de belleza empalabrada. Probablemente ni siquiera te guste esa lengua extranjera que se resiste a empapar tus fibras. Para ti lo extranjero son sus lenguas agresivas, absurdas; para todos ellos, lo extranjero eres tú. Para la desigualdad no hay solución. Toda migración es una violencia.

De entre les migrantes, hay quienes dejan que su primera lengua, la que les enseñó su matria, quede corroída en manos de las estructuras marciales de la lengua-dogma del anfitrión. Hay quienes olvidan hasta los terciopelos de canción de cuna de su lengua-casa. Para ahorrar energía, para sobrevivir en la tierra otra. Muches se cambian el nombre, que es el rostro imborrable de su idioma impreso sobre su cuerpo. Otres les dan nombres extranjeros a sus criaturas. Nombres que pronuncian con la triste vibración de cuerdas de una lengua lejana, una historia que se resiste a que la cubran por completo con arena y piedras.

Algunos colonos viajan e imponen su lengua adonde llegan. A menudo son ellos quienes se quejan de que les migrantes no se quieren adaptar, no respetan el consenso del idioma. Porque se juntan en corrillos y echan a rodar sus viejas lenguas. Las lenguas que aprendieron en desayunos, bajo caricias, entre las pequeñas violencias familiares que les daban estatuto a sus verdades.  La lengua del lugar al que han migrado, donde se han convertido en sombras de sonrisa humillada y monosílabo, la aprenden bajo un asedio de insultos xenófobos, sórdidas televisiones mentirosas, cínicos exámenes de acceso, formularios, profesoras con ojeras púrpura y al borde de la baja por depresión.

La migración de la lengua es un viaje lento y doloroso, un canal de parto con concertinas.

La entrevista

Me desdoblo, me veo y considero entrevistarme para saber algo más de mi misma. Una fría madrugada en vísperas del Samhain o año nuevo celta, comiendo copos de avena con leche de avena frente al ordenador, me pregunto unas cosas y me respondo otras. Este es el resultado.

P: ¿Cómo te llamas?

R: ¡Buenas! En realidad no me llamo mucho, me evito bastante y solo me tomo algo conmigo misma si me encuentro de casualidad por ahí y surge el plan espontáneamente.

P: Pero ¿quién eres?

R: La verdad es que siento un intenso desapego por mi nombre, apellido, procedencia, religión, nacionalidad, clase social y gran parte de mi biografía. De hecho, invierto grandes reservas de energía en desechar su influencia sobre el decurso de mis días. Lo que desde luego no soy es todo eso que me hace visible de una cierta manera en el tablero de juego del capitalismo apocalíptico.

P: Vale. A qué te dedicas, pues.

R: A tratar desesperadamente de vincularme. Esto hace que impartir lengua, dar la teta, irrumpir en colectivos, alimentar precariamente este espacio alunizado o escribir a pachas sean algunas de mis actividades cotidianas.

P: ¿Y qué es lo que escribes?

R: Fogonazos, inspiraciones mínimas y a veces rarunas hasta el hartazgo. Claraboyas de lucidez que se me abren dentro del cuerpo mientras friego, tras la visita de Onana o viendo a mi cría jugar.

P: ¿Playa Medusa?

R: Playa es lugar, espacio de resistencia que se abre y abraza. Es otra vida posible. Medusa es criatura abisal. Recoge información de la profundidad y la trae a flote. Playa Medusa es un rincón de la Isla Ternura donde cuerpos vulnerables nos sacamos a colación y, cuidándonos, hacemos por salvarnos. Por salvarte.

P: ¿Cuál es tu técnica?

R: Encontrarme dentro del cavernoso cuerpo nodos de materia estancada que pueden ser diluidos a través de la relenguación de sus hebras. Abrir las pastillas y las nueces para ver qué tienen dentro. Localizar los puntos del dolor y darles nombres nuevos que permitan conjurarlo. Entusiasmarme. Darle algún uso liberador a la lengua tratando de hacer que la delación de sus lógicas intestinas la haga correr como el agua caliente que abre la flor del té de jazmín por entre los vericuetos del fascistocapitalista bigotudo que todos llevamos dentro.

P: ¿Tienes hijos, decías?

R: Tengo libros, miro árboles y estoy criando.

P: Eres, efectivamente, raruna.

R: Menos mal. “Raro” tenía que ver con “escaso”. No querría tener que vérmelas con otra tipa como esta.

Membrana piel

‘Membrana’ tiene que ver en latín con ‘miembro’, parte (de un cuerpo). Se refería especialmente a los tejidos laminares arrancados a animales de los que se podía hacer pergamino, en que grabar palabras y otros signos para dejar evidencia de relatos, acuerdos, normativas. En el origen clama la tragedia, como es costumbre: desollar a un cuerpo latente para crear una herramienta que sujete a los cuerpos posibles del futuro a una palabra ya dicha y, por tanto, palabra muerta.

En crianza se habla en ocasiones de la “membrana semipermeable”. Se trata de esa barrera flexible y porosa que, ya en los organismos unicelulares (tanto más en ls humans), engloba las organizadas estructuras internas (de la vida) y las separa del caos del entorno (que posibilita al tiempo que amenaza la proliferación de las vidas). Esta membrana hecha de fibras de sabiduría entretejidas valora la información que percibe en el exterior y permite elegir qué es necesario para la autorregulación y el desarrollo futuro y qué es necesario dejar fuera porque nos haría daño.

De esta forma, la membrana/piel es blindaje, pero también es señuelo. Es defensa a la vez que es delación. Estar troquelada por una piel significa automáticamente estar, repercutir en un entorno que queda afectado por nuestra presencia, del que somos cuerpo miembro, lo que hace necesario poner en marcha los mecanismos para poder seguir estando, para que no desaparezcamos destruidas por aquello de lo que al mismo tiempo somos parte.

Dermatología, epidermis, vienen del griego ‘derma’ (piel), palabra que se generó a partir de un verbo que significa “rasgar”, “curtir”. (Nuestra especie le ha dado palabra a la piel propia a posteriori del uso económico de la piel de otras especies. Qué mal rollo.) Las pieles se usaban para conjurar el frío y abrigar los espacios destinados a la reproducción de la vida. Pero también para ’escribir’ en ella (o incidir: fijar la lengua -muerta- en el tiempo). Se escribían contratos, coordenadas, mapas.

Por eso, la piel es mapa que nos relaciona con lo previamente vivido, al tiempo que es territorio en situación de defensa cerrada. ¿Qué cuenta y a quién, tu piel,  y de qué peligros te protege? La piel canta sobre las emociones, las reacciones que nos produce nuestra vivencia del ambiente tal  y como lo percibimos. Pero solo traemos la piel a la conciencia en caso de quemadura, picadura, corte, hinchazón, cambio de tonalidad. O cuando estamos sometidas a la violencia del sistema racista en que vivimos (la mentira macabra de un código de jerarquía por pieles: atribuirle mensajes a la piel que la piel en sí misma no dice).

La piel es membrana sensible, órgano vital, cuerpo vivo en sí misma, sudor testimonial y expresivo de la porción de carne animada que somos. Pero también es cuero, corteza, coraza. Estas tres palabras son parientes etimológicas y tienen que ver con ‘carne’, que nace de ‘sker’, “cortar”. (La carne como lo que puede ser despedazado y la piel como lo que puede ser golpeado y curtido. ¿No nos merecemos ya una relenguación radical postpatriarcado?). La piel es el yo sumiso al sistema pero también es la clave para desmontarlo.

Y es que nosotras sabemos en nuestro revolucionario fuero interno que hasta las estructuras más firmes dulcemente se abandonan a la piel cuando de pronto suceden (contra todo pronóstico) la caricia o el escalofrío. Ahí el campamento militar se vuelve alta mar en calma. La soldadesca se arranca a tirones la vitualla,  y el campo de batalla florece en un sinfín de pétalos más abiertos. Cuando se activa en compañía de otros cuerpos, la piel es peligroso dispositivo desestabilizador que neutraliza creencias e identidades obedientes a sí mismas que no nos dejan fluir autorreguladas. Piel con piel, surge el calor, se abre el espacio mental, crece el cuerpo, la fantasía palpita, llega la creación, la majestuosa aparición lúbrica del cuerpo nuevo que antes no estaba. La piel nutrida de piel es el contrario de la frontera-cuchillo. La piel ahíta es el no-dolor. Es asomarse un instante a la vida que habríamos podido vivir, de vivir libres.

Sueño con existir con las membranas al aire, expandiendo la lubricidad que asumo, mezclándonos. Sueño con que nos abramos de pieles para que se derritan los fusiles y las cáscaras. Frutos henchidos bajo el calor del sol, seríamos. Cuajos espesos de leche antigua, películas transparentes que dejan ver dentro, la épica tibia y perturbadora del amanecer con rocío en el follaje.

Porque si con la lengua, lengua; entonces, con la piel, piel.

 

(Ovulando a todo trapo dentro de un bote de esprái de hielo seco.)

 

 

Pan y puchero

 

Los sábados siempre los pasábamos en su casa. Y los domingos. No nos perdíamos ni un cumpleaños, ni un santo, ni un santo tomás de aquino. Allí frente al timbre nos tenían con un regalo superfluo y probablemente feotriste elegido a toda prisa en cualquier tienda. Nuestro tiempo de expansión vital, me enseñasteis, era para ser vivido en los términos de otros.  Allí siempre que íbamos, para comer bien, decíais. Nuestra casa era solo una estación sucia de paso para los días de espera entre ir y volver de la de los abuelos. Un hogar siempre temporal y descuidado el nuestro: un hogar sin hogar, sin pan, y sin puchero.

Pan y puchero. Pan y puchero.

Pan y puchero pide el agujero del vientre cuando asedia la tristeza. Venderte por un puñado de garbanzos es el lujo que te has podido dar en esta vida. Tú misma definiste tu valor.

Tienes la sombra de cuerpo acurrucada en torno al vacío que a ti te dejara ella. Pasas el suspiro de la existencia aferrada al no cuerpo de una madre que no fue. Has hecho de ti misma un no cuerpo de una madre que no es.

Al menos así comeremos caliente, dices siempre. Cuando encontramos mesa libre en el bar. Cuando sacas de la nevera el producto que entre plásticos viene listo para meter en el microondas. Y me da vergüenza e ira. Vergüenza de que seas capaz de hablar carencia desde la absurda riqueza y derroche material en que chapoteas.

Ya ni siquiera me hace falta que te mueras. Tú no has vivido. Eres el aire. Tu relato de mezquindad y reverencia se me desintegró en la sangre que ahora circula depurada, volviéndose carne para el cuerpo de otro cuento.

Y es que yo no doy pasos ya si no es para levantar polvo de la corteza de la tierra.

Ahora sí. Ya no me dueles. Chao, tía. Que et vagi bé.

Oración por un cuerpo

Descansa. Descansa, vida.

Fuera los elásticos, las cremalleras, los corchetes, los nudos y los botones. No hay nada que contener ni nada que mantener oculto. Estás en casa. Habitas cuerpo. El aire sabio y limpio de los relatos antiguos está danzando, justo ahora, para ti. Necesitas almohadas, almohadones, las sábanas frescas y limpias o ya suaves y templadas, abrazadoras.

Fuera los libros, los mandos, las llaves, malditas sean las pantallas. Las formas geométricas de los objetos van desapareciendo. Fluye la materia derretida como la lava del fin de una época. Las palabras se funden como en la fragua. Nuevas hechuras mágicas de las cosas y del cuerpo van titilando desnudas y vibrantes para tu mirada.

(Solo sabes cómo eres cuando te miras en el reverso del espejo. Solo podrás conocerte /amarte cuando por fin te mires con la cara oculta de los ojos.)

Todos los conductos de tu cuerpo están en horizontal y poco a poco sueltan la presión que contenían. Líquidos fluyen, se entreveran y se posan.

No hay más ley ni norma que un corazón obstinado y dictador. Que late. Palpita. Golpea. Todo el cuerpo está sometido a la ley del tamtam. Esa es toda la estructura y toda la Historia que necesitas.

Fluidos van. Fluidos vienen. Espuma que corona. Arena que arrastra. Meces tu visión entre las manos hasta que se desgrana y se pierde en la exuberancia soberana de las aguas vivas y arrogantes.

Huele a cabecita que besa un pecho derramante. Huele a ser amamantada por otro cuerpo bendito en descanso. O huele a la gloria de un sexo húmedo que se va enfriando despacio.

Te trasladas a la galaxia para frotarte el alma en leche y astros. Exfolias tu piel de identidades, egos y demandas caducas, que no sirven. Te raspas de los codos y talones los deseos calcificados que no traen fertilidad para ti ni para la tierra. Así, tu superficie se expande y se esponja y absorbe el agua de la lluvia plácida que ha empezado suave a caer, como un ensalmo. Estás descansando, por fin. Haces algo importante: descansas. Has dejado de ser visible, definible, identificable, gustable, seleccionable, parte de nada. Lates.

Estás a salvo.

Estás en la playa. En la buena. La que lava y nutre. Descansa, vida. Descansa.

En los pozos del petróleo

Hoy, Montaña-golondrina desembarca en Playa Medusa y hace un molde de palabras de su tripa abierta en canal. (Vuelve siempre que quieras a tu playa a descansar, hermana.)

 

Premen día 26. 16 de mayo del 2018

Y te espero y te espero.

Mientras, me espero.

Entre lágrimas y aullidos que desgarran mi garganta.

Y puñetazos que procuro sean en blando, porque el dolor de manos lo recuerdo.

Aunque no recuerdo el dolor de no sabernos.

De perdernos en un rato que resulta infinito,

Como el símbolo de nuestras muñecas, esas que sostienen la cuerda que cada vez es más larga.

El temor a que se rompa me persigue. Me asalta cuando oigo su nombre.

Se me desgarran las heridas que nacen del cierre de mi ombligo.

Ese que aun late entre la agonía que supone un trozo de carne que se pudre desde hace 33.

33 años por muchos kilómetros y dividido en 2.

Uno pareció que se acortaba, aunque en realidad era porque el otro se alargaba.

Unida a ti y a tu escucha, revelando-me-nos en palabras anticipadas.

Tanto se ha alargado que pareciera que cualquier rama de esta primavera tan oscura,

pudiera cortarlo.

Me declaro adicta a vosotras, mis dos Íes, porque habéis sido mi único alimento.

Ahora sumo otras dos que aligeran el peso de mi alma. También una B en la que reposo.

No es que tenga más problemas ni más heridas que vosotras.

Solo que gestionarlas, me cuesta esa misma vida que me dais.

Y veces, cuando resta más de lo que sumo, desaparezco en el intento de intentar sostenerme por mi misma.

Sin cordones, volando libre como mi nombre augura. Aunque sin saber hacerlo aún.

Nombre de esperanza, de utopía, de oxímoron con mi personalidad catastrofista.

Siempre volvería al nido, eso sí. Y aquí sigo, en un nido pelado que me mastica.

Entre estas cuatro paredes en las que me creo crear,

Y en la que a ratos, solo clavo la propia tumba de mi soledad.

Y te espero. Espero esa llamada en la que me digas que has encontrado la empatía.

Esa que no estas siendo responsable en perder cuando su nombre asoma.

Me quedo sola, no habrá alimento desde cordones putrefactos o cuerdas infinitas.

Solo pienso en el pasado. Ahora no hay futuro,

y el presente ha salido volando en el intento de meditación de hace un rato.

Exceso de empatía, darme a las demás para existir, saberme existir únicamente así.

Esa es mi perdición, donde llevo años en bucle dando vueltas,

Y no en cíclico como me hago creer.

Soy el círculo doble cerrado. Entretejido entre el cordón putrefacto y la cuerda infinita.

El humo me alivia y es el único alimento que se darme cuando habito desde los pozos de petróleo.

Las palabras me crean adicción, cuando en ellas busco incesante una frase que me diga.

Me veo reflejada en el fondo de pantalla, tan triste como la niña no alimentada que fui.

Cuando el teclear deja de salvarme, sé que ya solo me queda rendirme.

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(Dibujo realizado con sangre de mi parto)