(Ad)mirarnos I

En este presente nuestro, estamos imantadas por la responsabilidad de crear una nueva cultura posible. Una cultura cíclica, menstrual, feminista (no anti-)maternal, antirracista y decolonial; una cultura del cuidado y la salud ecológica de los seres y su entorno, una cultura que ponga en el centro la vida, una que merezca la alegría ser vivida… para todos los organismos de la tierra. Somos las artífices de una nueva forma de interrelacionarnos en que la jerarquía de seres —unos privilegiados siempre y vociferan, otros mueren silenciosos entre estertores de miseria—, va a pasar a las catacumbas de la historia.

La justicia horizontal e igualitaria no es todavía tónica en nuestras relaciones, estamos en proceso de reinvención y partimos desde una mochila verdaderamente sórdida. Nuestras propias prácticas, ideas y aproximaciones están impregnadas de jerarquías y heterarquías, afectos cuestionables, enredos de palabras ajenas que ocultan tejido enfermo y proliferante. Pero hemos de sernos francas y pacientes: poco a poco sanamos en colectiva la herida trágica del kiriarcado. No debemos ser duras con nosotras mismas, pero tampoco cejar en el empeño de restituir la posibilidad sana de la existencia terrícola.

Es sabido que las relaciones entre cuerpos vulnerabilizados también pueden tender a espejear violencias sistémicas. Y es que no es que vivamos en un sistema que lastra violencia clasista, sexista, racista, especista, adultista, etc., sino que nos tambaleamos en el corazón de un sistema basado en  la división jerárquica de los seres. A imagen y semejanza de la matriz de sentido a la que pertenecemos, a menudo nos guían impulsos que la reproducen. Las )”izquierdas”(, las )”feministas”(, las portadoras, en fin, de un nuevo mundo de cooperación y alegría no debemos perder demasido tiempo en guerrear con enemigos ajenos: la lucha primera y última, el alfa y omega de nuestro deseo político de liberación consiste ni más ni menos que en sacarnos de dentro la ideología del dolor que nos consume.

La migración lenta

Toda migración es una violencia contra el cuerpo. El organismo migrante queda vulnerabilizado, expuesto en espacios crudos a creencias de límites difusos, si no afilados. Rodeado de otros cuerpos que quizás vayan a amar, quizás (más probablemente) agredan, tal vez invisibilicen y maten de hambre al cuerpo migrante, que no merece comer. Como migró, ya no merece.

Justo antes del asalto, timbran unos momentos de silencio, de cámara neumática en el alma. Ahí queda cuajada nuestra lengua. En un silencio preñado de fe, inacción que hace inventario de las fuerzas y los relatos que le quedan al cuerpo, cansado del viaje y de cargar tanto (siempre demasiado equipaje, aun así siempre menos de lo que se necesitará).

Toda migración es un golpe tajante a la lengua, que forma parte orgánica del cuerpo. Pero frente a la rapidez con que son transportados los cuerpos mediante la tecnología de las cosas, la lengua siempre se queda atrás, y tarda mucho, mucho, en llegar a la tierra prometida. A veces años, décadas. Pero a menudo sucede que nunca llega. Entonces la persona migrada se vuelve cuerpo-parapeto, cuerpo de alma desgajada. Cuerpo que se sobra o que se falta porque no puede ser ya en relación con otros cuerpos. Sombra de un cuerpo. Cuerpo obligado a nacer de nuevo pero en un cuerpo que ya es viejo. Renacimiento maldito, sórdido, crianza sin madre, sin caricias, sin casi cuidados, sin apenas ser visto ni rozado por los otros cuerpos. Cuerpo destinado a servir, a cumplir órdenes, a ceñirse a la gramática bárbara de la colonia.

Sabías hacer cosas, eras y decías en un entorno psicológico invisible pero muy real cuyas hebras penetraban todos los cuerpos que te eran familiares. Incluso lo odiado constaba en gran parte de lo mismo que tú mismo. De repente has migrado. Y debes mover una a una las raicillas de tus saberes hacia otra fuente de humedad y sentido, poco a poco, con tus manos artríticas cansadas de acarrear desprecios. Es frecuente que  ni siquiera te motive el placer de belleza empalabrada. Probablemente ni siquiera te guste esa lengua extranjera que se resiste a empapar tus fibras. Para ti lo extranjero son sus lenguas agresivas, absurdas; para todos ellos, lo extranjero eres tú. Para la desigualdad no hay solución. Toda migración es una violencia.

De entre les migrantes, hay quienes dejan que su primera lengua, la que les enseñó su matria, quede corroída en manos de las estructuras marciales de la lengua-dogma del anfitrión. Hay quienes olvidan hasta los terciopelos de canción de cuna de su lengua-casa. Para ahorrar energía, para sobrevivir en la tierra otra. Muches se cambian el nombre, que es el rostro imborrable de su idioma impreso sobre su cuerpo. Otres les dan nombres extranjeros a sus criaturas. Nombres que pronuncian con la triste vibración de cuerdas de una lengua lejana, una historia que se resiste a que la cubran por completo con arena y piedras.

Algunos colonos viajan e imponen su lengua adonde llegan. A menudo son ellos quienes se quejan de que les migrantes no se quieren adaptar, no respetan el consenso del idioma. Porque se juntan en corrillos y echan a rodar sus viejas lenguas. Las lenguas que aprendieron en desayunos, bajo caricias, entre las pequeñas violencias familiares que les daban estatuto a sus verdades.  La lengua del lugar al que han migrado, donde se han convertido en sombras de sonrisa humillada y monosílabo, la aprenden bajo un asedio de insultos xenófobos, sórdidas televisiones mentirosas, cínicos exámenes de acceso, formularios, profesoras con ojeras púrpura y al borde de la baja por depresión.

La migración de la lengua es un viaje lento y doloroso, un canal de parto con concertinas.

La entrevista

Me desdoblo, me veo y considero entrevistarme para saber algo más de mi misma. Una fría madrugada en vísperas del Samhain o año nuevo celta, comiendo copos de avena con leche de avena frente al ordenador, me pregunto unas cosas y me respondo otras. Este es el resultado.

P: ¿Cómo te llamas?

R: ¡Buenas! En realidad no me llamo mucho, me evito bastante y solo me tomo algo conmigo misma si me encuentro de casualidad por ahí y surge el plan espontáneamente.

P: Pero ¿quién eres?

R: La verdad es que siento un intenso desapego por mi nombre, apellido, procedencia, religión, nacionalidad, clase social y gran parte de mi biografía. De hecho, invierto grandes reservas de energía en desechar su influencia sobre el decurso de mis días. Lo que desde luego no soy es todo eso que me hace visible de una cierta manera en el tablero de juego del capitalismo apocalíptico.

P: Vale. A qué te dedicas, pues.

R: A tratar desesperadamente de vincularme. Esto hace que impartir lengua, dar la teta, irrumpir en colectivos, alimentar precariamente este espacio alunizado o escribir a pachas sean algunas de mis actividades cotidianas.

P: ¿Y qué es lo que escribes?

R: Fogonazos, inspiraciones mínimas y a veces rarunas hasta el hartazgo. Claraboyas de lucidez que se me abren dentro del cuerpo mientras friego, tras la visita de Onana o viendo a mi cría jugar.

P: ¿Playa Medusa?

R: Playa es lugar, espacio de resistencia que se abre y abraza. Es otra vida posible. Medusa es criatura abisal. Recoge información de la profundidad y la trae a flote. Playa Medusa es un rincón de la Isla Ternura donde cuerpos vulnerables nos sacamos a colación y, cuidándonos, hacemos por salvarnos. Por salvarte.

P: ¿Cuál es tu técnica?

R: Encontrarme dentro del cavernoso cuerpo nodos de materia estancada que pueden ser diluidos a través de la relenguación de sus hebras. Abrir las pastillas y las nueces para ver qué tienen dentro. Localizar los puntos del dolor y darles nombres nuevos que permitan conjurarlo. Entusiasmarme. Darle algún uso liberador a la lengua tratando de hacer que la delación de sus lógicas intestinas la haga correr como el agua caliente que abre la flor del té de jazmín por entre los vericuetos del fascistocapitalista bigotudo que todos llevamos dentro.

P: ¿Tienes hijos, decías?

R: Tengo libros, miro árboles y estoy criando.

P: Eres, efectivamente, raruna.

R: Menos mal. “Raro” tenía que ver con “escaso”. No querría tener que vérmelas con otra tipa como esta.

Membrana piel

‘Membrana’ tiene que ver en latín con ‘miembro’, parte (de un cuerpo). Se refería especialmente a los tejidos laminares arrancados a animales de los que se podía hacer pergamino, en que grabar palabras y otros signos para dejar evidencia de relatos, acuerdos, normativas. En el origen clama la tragedia, como es costumbre: desollar a un cuerpo latente para crear una herramienta que sujete a los cuerpos posibles del futuro a una palabra ya dicha y, por tanto, palabra muerta.

En crianza se habla en ocasiones de la “membrana semipermeable”. Se trata de esa barrera flexible y porosa que, ya en los organismos unicelulares (tanto más en ls humans), engloba las organizadas estructuras internas (de la vida) y las separa del caos del entorno (que posibilita al tiempo que amenaza la proliferación de las vidas). Esta membrana hecha de fibras de sabiduría entretejidas valora la información que percibe en el exterior y permite elegir qué es necesario para la autorregulación y el desarrollo futuro y qué es necesario dejar fuera porque nos haría daño.

De esta forma, la membrana/piel es blindaje, pero también es señuelo. Es defensa a la vez que es delación. Estar troquelada por una piel significa automáticamente estar, repercutir en un entorno que queda afectado por nuestra presencia, del que somos cuerpo miembro, lo que hace necesario poner en marcha los mecanismos para poder seguir estando, para que no desaparezcamos destruidas por aquello de lo que al mismo tiempo somos parte.

Dermatología, epidermis, vienen del griego ‘derma’ (piel), palabra que se generó a partir de un verbo que significa “rasgar”, “curtir”. (Nuestra especie le ha dado palabra a la piel propia a posteriori del uso económico de la piel de otras especies. Qué mal rollo.) Las pieles se usaban para conjurar el frío y abrigar los espacios destinados a la reproducción de la vida. Pero también para ’escribir’ en ella (o incidir: fijar la lengua -muerta- en el tiempo). Se escribían contratos, coordenadas, mapas.

Por eso, la piel es mapa que nos relaciona con lo previamente vivido, al tiempo que es territorio en situación de defensa cerrada. ¿Qué cuenta y a quién, tu piel,  y de qué peligros te protege? La piel canta sobre las emociones, las reacciones que nos produce nuestra vivencia del ambiente tal  y como lo percibimos. Pero solo traemos la piel a la conciencia en caso de quemadura, picadura, corte, hinchazón, cambio de tonalidad. O cuando estamos sometidas a la violencia del sistema racista en que vivimos (la mentira macabra de un código de jerarquía por pieles: atribuirle mensajes a la piel que la piel en sí misma no dice).

La piel es membrana sensible, órgano vital, cuerpo vivo en sí misma, sudor testimonial y expresivo de la porción de carne animada que somos. Pero también es cuero, corteza, coraza. Estas tres palabras son parientes etimológicas y tienen que ver con ‘carne’, que nace de ‘sker’, “cortar”. (La carne como lo que puede ser despedazado y la piel como lo que puede ser golpeado y curtido. ¿No nos merecemos ya una relenguación radical postpatriarcado?). La piel es el yo sumiso al sistema pero también es la clave para desmontarlo.

Y es que nosotras sabemos en nuestro revolucionario fuero interno que hasta las estructuras más firmes dulcemente se abandonan a la piel cuando de pronto suceden (contra todo pronóstico) la caricia o el escalofrío. Ahí el campamento militar se vuelve alta mar en calma. La soldadesca se arranca a tirones la vitualla,  y el campo de batalla florece en un sinfín de pétalos más abiertos. Cuando se activa en compañía de otros cuerpos, la piel es peligroso dispositivo desestabilizador que neutraliza creencias e identidades obedientes a sí mismas que no nos dejan fluir autorreguladas. Piel con piel, surge el calor, se abre el espacio mental, crece el cuerpo, la fantasía palpita, llega la creación, la majestuosa aparición lúbrica del cuerpo nuevo que antes no estaba. La piel nutrida de piel es el contrario de la frontera-cuchillo. La piel ahíta es el no-dolor. Es asomarse un instante a la vida que habríamos podido vivir, de vivir libres.

Sueño con existir con las membranas al aire, expandiendo la lubricidad que asumo, mezclándonos. Sueño con que nos abramos de pieles para que se derritan los fusiles y las cáscaras. Frutos henchidos bajo el calor del sol, seríamos. Cuajos espesos de leche antigua, películas transparentes que dejan ver dentro, la épica tibia y perturbadora del amanecer con rocío en el follaje.

Porque si con la lengua, lengua; entonces, con la piel, piel.

 

(Ovulando a todo trapo dentro de un bote de esprái de hielo seco.)

 

 

Pan y puchero

 

Los sábados siempre los pasábamos en su casa. Y los domingos. No nos perdíamos ni un cumpleaños, ni un santo, ni un santo tomás de aquino. Allí frente al timbre nos tenían con un regalo superfluo y probablemente feotriste elegido a toda prisa en cualquier tienda. Nuestro tiempo de expansión vital, me enseñasteis, era para ser vivido en los términos de otros.  Allí siempre que íbamos, para comer bien, decíais. Nuestra casa era solo una estación sucia de paso para los días de espera entre ir y volver de la de los abuelos. Un hogar siempre temporal y descuidado el nuestro: un hogar sin hogar, sin pan, y sin puchero.

Pan y puchero. Pan y puchero.

Pan y puchero pide el agujero del vientre cuando asedia la tristeza. Venderte por un puñado de garbanzos es el lujo que te has podido dar en esta vida. Tú misma definiste tu valor.

Tienes la sombra de cuerpo acurrucada en torno al vacío que a ti te dejara ella. Pasas el suspiro de la existencia aferrada al no cuerpo de una madre que no fue. Has hecho de ti misma un no cuerpo de una madre que no es.

Al menos así comeremos caliente, dices siempre. Cuando encontramos mesa libre en el bar. Cuando sacas de la nevera el producto que entre plásticos viene listo para meter en el microondas. Y me da vergüenza e ira. Vergüenza de que seas capaz de hablar carencia desde la absurda riqueza y derroche material en que chapoteas.

Ya ni siquiera me hace falta que te mueras. Tú no has vivido. Eres el aire. Tu relato de mezquindad y reverencia se me desintegró en la sangre que ahora circula depurada, volviéndose carne para el cuerpo de otro cuento.

Y es que yo no doy pasos ya si no es para levantar polvo de la corteza de la tierra.

Ahora sí. Ya no me dueles. Chao, tía. Que et vagi bé.

Oración por un cuerpo

Descansa. Descansa, vida.

Fuera los elásticos, las cremalleras, los corchetes, los nudos y los botones. No hay nada que contener ni nada que mantener oculto. Estás en casa. Habitas cuerpo. El aire sabio y limpio de los relatos antiguos está danzando, justo ahora, para ti. Necesitas almohadas, almohadones, las sábanas frescas y limpias o ya suaves y templadas, abrazadoras.

Fuera los libros, los mandos, las llaves, malditas sean las pantallas. Las formas geométricas de los objetos van desapareciendo. Fluye la materia derretida como la lava del fin de una época. Las palabras se funden como en la fragua. Nuevas hechuras mágicas de las cosas y del cuerpo van titilando desnudas y vibrantes para tu mirada.

(Solo sabes cómo eres cuando te miras en el reverso del espejo. Solo podrás conocerte /amarte cuando por fin te mires con la cara oculta de los ojos.)

Todos los conductos de tu cuerpo están en horizontal y poco a poco sueltan la presión que contenían. Líquidos fluyen, se entreveran y se posan.

No hay más ley ni norma que un corazón obstinado y dictador. Que late. Palpita. Golpea. Todo el cuerpo está sometido a la ley del tamtam. Esa es toda la estructura y toda la Historia que necesitas.

Fluidos van. Fluidos vienen. Espuma que corona. Arena que arrastra. Meces tu visión entre las manos hasta que se desgrana y se pierde en la exuberancia soberana de las aguas vivas y arrogantes.

Huele a cabecita que besa un pecho derramante. Huele a ser amamantada por otro cuerpo bendito en descanso. O huele a la gloria de un sexo húmedo que se va enfriando despacio.

Te trasladas a la galaxia para frotarte el alma en leche y astros. Exfolias tu piel de identidades, egos y demandas caducas, que no sirven. Te raspas de los codos y talones los deseos calcificados que no traen fertilidad para ti ni para la tierra. Así, tu superficie se expande y se esponja y absorbe el agua de la lluvia plácida que ha empezado suave a caer, como un ensalmo. Estás descansando, por fin. Haces algo importante: descansas. Has dejado de ser visible, definible, identificable, gustable, seleccionable, parte de nada. Lates.

Estás a salvo.

Estás en la playa. En la buena. La que lava y nutre. Descansa, vida. Descansa.

En los pozos del petróleo

Hoy, Montaña-golondrina desembarca en Playa Medusa y hace un molde de palabras de su tripa abierta en canal. (Vuelve siempre que quieras a tu playa a descansar, hermana.)

 

Premen día 26. 16 de mayo del 2018

Y te espero y te espero.

Mientras, me espero.

Entre lágrimas y aullidos que desgarran mi garganta.

Y puñetazos que procuro sean en blando, porque el dolor de manos lo recuerdo.

Aunque no recuerdo el dolor de no sabernos.

De perdernos en un rato que resulta infinito,

Como el símbolo de nuestras muñecas, esas que sostienen la cuerda que cada vez es más larga.

El temor a que se rompa me persigue. Me asalta cuando oigo su nombre.

Se me desgarran las heridas que nacen del cierre de mi ombligo.

Ese que aun late entre la agonía que supone un trozo de carne que se pudre desde hace 33.

33 años por muchos kilómetros y dividido en 2.

Uno pareció que se acortaba, aunque en realidad era porque el otro se alargaba.

Unida a ti y a tu escucha, revelando-me-nos en palabras anticipadas.

Tanto se ha alargado que pareciera que cualquier rama de esta primavera tan oscura,

pudiera cortarlo.

Me declaro adicta a vosotras, mis dos Íes, porque habéis sido mi único alimento.

Ahora sumo otras dos que aligeran el peso de mi alma. También una B en la que reposo.

No es que tenga más problemas ni más heridas que vosotras.

Solo que gestionarlas, me cuesta esa misma vida que me dais.

Y veces, cuando resta más de lo que sumo, desaparezco en el intento de intentar sostenerme por mi misma.

Sin cordones, volando libre como mi nombre augura. Aunque sin saber hacerlo aún.

Nombre de esperanza, de utopía, de oxímoron con mi personalidad catastrofista.

Siempre volvería al nido, eso sí. Y aquí sigo, en un nido pelado que me mastica.

Entre estas cuatro paredes en las que me creo crear,

Y en la que a ratos, solo clavo la propia tumba de mi soledad.

Y te espero. Espero esa llamada en la que me digas que has encontrado la empatía.

Esa que no estas siendo responsable en perder cuando su nombre asoma.

Me quedo sola, no habrá alimento desde cordones putrefactos o cuerdas infinitas.

Solo pienso en el pasado. Ahora no hay futuro,

y el presente ha salido volando en el intento de meditación de hace un rato.

Exceso de empatía, darme a las demás para existir, saberme existir únicamente así.

Esa es mi perdición, donde llevo años en bucle dando vueltas,

Y no en cíclico como me hago creer.

Soy el círculo doble cerrado. Entretejido entre el cordón putrefacto y la cuerda infinita.

El humo me alivia y es el único alimento que se darme cuando habito desde los pozos de petróleo.

Las palabras me crean adicción, cuando en ellas busco incesante una frase que me diga.

Me veo reflejada en el fondo de pantalla, tan triste como la niña no alimentada que fui.

Cuando el teclear deja de salvarme, sé que ya solo me queda rendirme.

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(Dibujo realizado con sangre de mi parto)

La insoportable levedad de Ramiro

De joven andaba yo con un gachó muy majete al que le parecía que, en comparación, él era como leve, ligero, campechano y dichoso, mientras que yo era “pesada”, siempre con problemas, peleas, inseguridades, necesidad (pero estaba buena, entonces no importaba). Vivíamos lejos aún de conocer palabras como explotación patriarcal, cultura androcentrista, desigual espacio existencial de género, diferenciales de poder, etc. Pero algo percibíamos, algo no era normal, algo no era “igual” pese a que no reprodujésemos estructuras de relación tradicionales.

Oye, qué simpaticotes estos ilustrados hombres igualitarios que comprenden que vivir en igualdad es mejor para todo el mundo. No nos obligan a estar con ellos, no nos llevan de los pelos de un lado a otro, no  hacen machiruladas. Ellos flotan inocentemente en la cultura, con sus partidos de fútbol, sus cervecitas con amigos, sus jobis, sus ratitos de pornete en el teléfono. Tan a gustito.

Nosotras ahí, sin embargo, con la brasa: que si no sé qué de activismo, que si relaciones de poder en todas partes, que si deconstrucción del conocimiento, que si ahora la carga mental, que si ahora la psicóloga de pareja, llantos, dramas de amigas, compresas a escondidas. Buf.  Qué leves son y qué pesadas nosotras. O qué gran cinismo, malditos canallas.

Si una persona no se pone a trabajar activa, consciente y profundamente el sexismo/racismo/clasismo* que lleva encarnados, las ideologías discriminatorias no se esfuman solas. Las seguimos acarreando y se reproducen como la mala hierba. Zumbamos dentro de una cultura completa patrocinada por los medios de comunicación y el desproporcionado sector del comercio que promueven formas de vida basadas en la dominación de los hombres blancos sobre el resto, del Norte sobre el Sur Global, etc. Pero ellos, ay, no lo ven desde su atalaya. El privilegio tiene la propiedad de ser invisible para su dueño y de que quien lo tiene pero lo niega sea escuchado, mientras que quienes no lo poseen y lo señalan hacen muecas inaudibles desde la cuneta. 

Yo no creo que haya solución a un nivel de personas concretas. No van a ver más allá. La desfachatez es infinita cuando de aferrarse a un privilegio se trata. Sospecho que si una persona no da síntomas de empatía y movilización tras unas primeras invitaciones, ya es que nunca lo hará. Mirad el partido franquista, erre que erre en su convicción moral de que el país es su cortijo y todos y todo somos suyos para jugar. Mirad todos esos padres y profesores tramposos, que basan la relación con la infancia en mantener la distancia jerárquica y hacerse espacio existencial para campar impunes con sus desvergüenzas al aire, a costa de personas vulnerables silenciadas.

Si no has cambiado todavía, ya no vas a cambiar, mezquino. Pero oye esto: tu hegemonía de poderío hueco, reyezuelo infame, tiene los días contados. Tu historia de conquistas, espadas y atalayas se acabará con tu sangre. Soy pesada, sí, cargo el peso que caerá  aplastando tu triste corona de alumnio frío, tu ingrávida complacencia.

 

 

 

Hacer balance ¡y a ciclar!

Aunque es pronto por la mañana, el aire tiene hoy la consistencia de un visillo de ajuar a media tarde.  El día me sabe a brote, a frescor de poema dormido entre gasas. Tras un rato de dejarme imantar por sensaciones clorofílicas, me detengo cabal al quicio de la descarga. Tengo que hacer balance y sacar la placenta del congelador. Llegó el momento.

Año y medio después de dar a luz, percibo que estoy madura para salir del espectro emocional del parto. Debo despedirme del puerperio, ahora sí. Lo pienso mientras coloco a la criatura en la sillita desde la que me acompaña en la bici. (Todo este tiempo de porteo, carrito y autobús eché mucho de menos mi adorado vehículo, que simboliza espacios de posibilidad de mi vida escandinava.) Voy cantando cualquier canción arrumbada de la década de los dos mil y ya-no-bebé me acompaña con sus himnos élficos a grito pelao por la callejuela. Estoy profundamente contenta de vivir (vivir a lo ancho, no solo residir) con esta personita tan linda.

Amo la oportunidad que me da de aprender de lengua, de sociedad, de emoción y relaciones. Poder observarla en sus juegos, cómo empieza a narrarse el mundo, cómo confía en otras humanas, cómo se autorregula… es un regalo impagable. (Transito una ovulatoria  de chocho-cocacola con La Madre muy a tope, mejor no sigo…)

Volver a ciclar de nuevo es un descanso. La primera preovulatoria fue como quitarme toneladas de dolor comunal de encima. No seré yo quien abomine del estado hormonal/psíquico de mi puerperio. Antes al contrario: recorrer estos dos años y pico de preñez, parto y lactancia ha sido mi viaje iniciático, mi darme a luz y dilatar a partir de un agujerito el ancho espacio existencial que reclamo para la condición del ser de mis carnes y mis frases. Pero si menstruar mola, aunque en esta sociedad, duele, el puerperio ya ni te cuento…

Durante estos dieciocho meses de ser artífice de dos cuerpos simultáneos, he estado llena, llena de amor por la especie y el entorno.  (Amor no correspondido.) Toda la energía de mi cuerpo, orientando mis pensamientos y emociones, miraba hacia la creación de vínculos. El de mi bebé conmigo, pero también el mío con las abuelas, con las primas, las tías, las hermanas, les demás, el todo/la diversidad. Esto tiene pinta de función evolutiva, de tejedora psicológica puesta en marcha para la pervivencia de una especie gregaria.

Me han dado un plantío de calabazas. Yo entusiasmada vibrando de parto reciente carne calentita regazo florido busqué madre. Madre actualizaba twitter. Busqué suegra. Que me quería quitar al bicho para maternarlo ella. Busqué hermana. Que perseguía descalza a príncipes pedorros con mocasines. Busqué a otras puérperas. Y las vi hundidas, deslavazadas, átonas. O incólumes, con el alma acumulada en la cara interna del rostro y la eficiencia neoliberal en la leche. No conecté. Busqué colectiva. Qué frío. Tiritamos en la tundra social a la que hemos sido arrojadas. (Menos mal que existen personas ecológicas y orgánicas con las que cultivarnos juntas en rebeldía).

Adiós, puerperio. No seré más carne desnuda y lábil mendigando pertenencia y pertinencia ante oídos y espíritus tapiados. No en un sistema atroz como el que nos coloniza. Atesoro la fuerza impetuosa, la creatividad hechicera, la visión afilada que me has dado. Seguiré ejercitando los dones que me trajiste para mantenerlos siempre rodando. Digo gracias. Y me monto en la cicleta de mi cuerpo vivo y potente. Salgo al camino a florecer, morir, renacer, volverme un pedazo de tierra que resistirá plagas y maleficios químicos gracias a la vida persistente arrogante majestuosa triunfal. La que me salió por el coño. La que he logrado recuperar para (ahora sí) mi cuerpo soberano.

 

 

Los movimientos sociales y la escafandra

Cualquier momento de comunicación sucede dentro de una escafandra. Nos hablamos siempre a nosotras mismas (o a la imagen fantástica que del oyente tenemos, que

Related imageinvariablemente se nos va a parecer*). La comunicación es un acto circular de fe que, a veces y con suerte, establece una zona de área compartida con lo que está diciendo la persona de enfrente.

El mito de las lenguas nacionales tiene que caer. No ya tan solo porque los límites de los idiomas y sus relaciones sean siempre geopolíticos y nunca garanticen que la comunicación se cumpla o deje de cumplir más allá o acá de una frontera. Sino, más bien, porque estamos viviendo un momento de crisis civilizatoria, de decrepitud y surgimiento simultáneos, en que se está librando una sangrienta batalla por los sentidos  y las instituciones que los determinan. No es casual que ahora le estemos mirando ampliamente debajo de las faldas al género. No es casual que se esté cuestionando a la RAE como ente acaparador de un bien común para el beneficio propio de algunos.

La lengua es la reducción a sólido de la cultura, que es gaseosa. La cultura, a su vez, es la proyección o emanación de la lengua, que es núcleo matérico. La lengua se emplaza en el cuerpo y desde ahí genera vivencias (–>verdades) que salen a la plaza cultural a negociar con las verdades (–> ideas del resto. El mercadeo de verdades se realiza en el terreno rocoso de las estructuras de poder, que son a su vez producto  de la agregación material de esas ideas, y por eso mismo, pueden ser erosionadas por aquellas que le son adversas.

La escafandra es metáfora de la cultura que activamos con nuestras ideas-cuerpo cuando nos comunicamos. Es toda la masa de presuposiciones, prejuicios y creencias que llevamos dentro y nos estructuran y que pintamos como un castillo en el aire cada vez que abrimos la boca. A causa de la discriminación, la escafandra de muchas personas ni siquiera nos imaginamos qué contiene, porque no nos asomamos a ella. La de unos pocos (hombres, blancos, occidentales, ricos, etc.) lucha por imponerse y crecer hasta que todos los pulmones estén llenas de su aire.

Por eso, porque tenemos, creamos y sentipensamos culturas distintas dentro de nuestros cuerpos, porque la lengua (también y sobre todo) es política, porque hay una guerra ahí fuera… no existe una lengua común que nos acoja para que nos podamos relajar. Los sentidos de la comunicación deben ser constantemente negociados. (Y ya bajo a tierra.) Qué decimos, cómo lo decimos, cómo establecemos la comunicación, cómo nos organizamos, cómo nos llamamos, cómo nos tratamos, quiénes somos… Todo debe ser reparido y relenguado. Y esto debe hacerse ya.

Porque por inercia, ya nos damos “amistad” de facebook en vez de cuidado y empatía. Porque por inercia, ya nos damos “grupo” de facebook en lugar de construir sudando acción colectiva. Porque por inercia, ya nos damos “apoyo en redes” en lugar de construir juntas otra realidad posible. Hay gente que se aproxima a movimientos sociales a hacer “networking” y feministas que llegan a espacios de construcción del movimiento “para hablar de su libro”.

Los sindicatos y partidos, con todas sus certezas y aspavientos, deben abandonar el movimiento de mujeres*. El feminismo debe instalarse en las instituciones, nunca al contrario. Los encuentros de activistas, personas que quieren otro mundo posible, no pueden reproducir las ideas/formas/comunicaciones que ya conocemos. Por lo dicho arriba. Porque este sistema que habitamos nos tiene separadas en casillas con nuestra escafandra puesta, una esfera de aire cargado y pestilente en que los signos se han vuelto sólidos y su significado ha sido decidido por poderosos terceros. Porque en las asambleas debemos cuidar la profunda alegría del encuentro y sus potencias por encima de cualquier cuestión de agenda.

Tenemos la arcilla fresca para modelar una vida vivible para todas. Como se nos seque entre las manos, va a ser para que la historia nos dé una buena hostia por necias y por vagas. Puesto que deseamos un horizonte de habitabilidad, tenemos que sacarnos al enemigo del cuerpo.

 

(* Hay, sin embargo, caminos para aprender a ponernos en el lugar ajeno: la literatura y la pedagogía son dos. Pero aunque hay muchos libros y mucho docente, los textos y las situaciones didácticas en que verdaderamente se da una transmutación del yo-yo al yo-otro posible son muy pocas… Como su potencial de cambio es enorme, nos dan entretenimiento en lugar de literatura e imposición de contenidos digeribles en lugar de pedagogía.)

 

Imagen: http://www.doctorojiplatico.com/2012/01/enchanteddoll-princesas-de-porcelana.html