Pan y puchero

 

Los sábados siempre los pasábamos en su casa. Y los domingos. No nos perdíamos ni un cumpleaños, ni un santo, ni un santo tomás de aquino. Allí frente al timbre nos tenían con un regalo superfluo y probablemente feotriste elegido a toda prisa en cualquier tienda. Nuestro tiempo de expansión vital, me enseñasteis, era para ser vivido en los términos de otros.  Allí siempre que íbamos, para comer bien, decíais. Nuestra casa era solo una estación sucia de paso para los días de espera entre ir y volver de la de los abuelos. Un hogar siempre temporal y descuidado el nuestro: un hogar sin hogar, sin pan, y sin puchero.

Pan y puchero. Pan y puchero.

Pan y puchero pide el agujero del vientre cuando asedia la tristeza. Venderte por un puñado de garbanzos es el lujo que te has podido dar en esta vida. Tú misma definiste tu valor.

Tienes la sombra de cuerpo acurrucada en torno al vacío que a ti te dejara ella. Pasas el suspiro de la existencia aferrada al no cuerpo de una madre que no fue. Has hecho de ti misma un no cuerpo de una madre que no es.

Al menos así comeremos caliente, dices siempre. Cuando encontramos mesa libre en el bar. Cuando sacas de la nevera el producto que entre plásticos viene listo para meter en el microondas. Y me da vergüenza e ira. Vergüenza de que seas capaz de hablar carencia desde la absurda riqueza y derroche material en que chapoteas.

Ya ni siquiera me hace falta que te mueras. Tú no has vivido. Eres el aire. Tu relato de mezquindad y reverencia se me desintegró en la sangre que ahora circula depurada, volviéndose carne para el cuerpo de otro cuento.

Y es que yo no doy pasos ya si no es para levantar polvo de la corteza de la tierra.

Ahora sí. Ya no me dueles. Chao, tía. Que et vagi bé.

Oración por un cuerpo

Descansa. Descansa, vida.

Fuera los elásticos, las cremalleras, los corchetes, los nudos y los botones. No hay nada que contener ni nada que mantener oculto. Estás en casa. Habitas cuerpo. El aire sabio y limpio de los relatos antiguos está danzando, justo ahora, para ti. Necesitas almohadas, almohadones, las sábanas frescas y limpias o ya suaves y templadas, abrazadoras.

Fuera los libros, los mandos, las llaves, malditas sean las pantallas. Las formas geométricas de los objetos van desapareciendo. Fluye la materia derretida como la lava del fin de una época. Las palabras se funden como en la fragua. Nuevas hechuras mágicas de las cosas y del cuerpo van titilando desnudas y vibrantes para tu mirada.

(Solo sabes cómo eres cuando te miras en el reverso del espejo. Solo podrás conocerte /amarte cuando por fin te mires con la cara oculta de los ojos.)

Todos los conductos de tu cuerpo están en horizontal y poco a poco sueltan la presión que contenían. Líquidos fluyen, se entreveran y se posan.

No hay más ley ni norma que un corazón obstinado y dictador. Que late. Palpita. Golpea. Todo el cuerpo está sometido a la ley del tamtam. Esa es toda la estructura y toda la Historia que necesitas.

Fluidos van. Fluidos vienen. Espuma que corona. Arena que arrastra. Meces tu visión entre las manos hasta que se desgrana y se pierde en la exuberancia soberana de las aguas vivas y arrogantes.

Huele a cabecita que besa un pecho derramante. Huele a ser amamantada por otro cuerpo bendito en descanso. O huele a la gloria de un sexo húmedo que se va enfriando despacio.

Te trasladas a la galaxia para frotarte el alma en leche y astros. Exfolias tu piel de identidades, egos y demandas caducas, que no sirven. Te raspas de los codos y talones los deseos calcificados que no traen fertilidad para ti ni para la tierra. Así, tu superficie se expande y se esponja y absorbe el agua de la lluvia plácida que ha empezado suave a caer, como un ensalmo. Estás descansando, por fin. Haces algo importante: descansas. Has dejado de ser visible, definible, identificable, gustable, seleccionable, parte de nada. Lates.

Estás a salvo.

Estás en la playa. En la buena. La que lava y nutre. Descansa, vida. Descansa.

En los pozos del petróleo

Hoy, Montaña-golondrina desembarca en Playa Medusa y hace un molde de palabras de su tripa abierta en canal. (Vuelve siempre que quieras a tu playa a descansar, hermana.)

 

Premen día 26. 16 de mayo del 2018

Y te espero y te espero.

Mientras, me espero.

Entre lágrimas y aullidos que desgarran mi garganta.

Y puñetazos que procuro sean en blando, porque el dolor de manos lo recuerdo.

Aunque no recuerdo el dolor de no sabernos.

De perdernos en un rato que resulta infinito,

Como el símbolo de nuestras muñecas, esas que sostienen la cuerda que cada vez es más larga.

El temor a que se rompa me persigue. Me asalta cuando oigo su nombre.

Se me desgarran las heridas que nacen del cierre de mi ombligo.

Ese que aun late entre la agonía que supone un trozo de carne que se pudre desde hace 33.

33 años por muchos kilómetros y dividido en 2.

Uno pareció que se acortaba, aunque en realidad era porque el otro se alargaba.

Unida a ti y a tu escucha, revelando-me-nos en palabras anticipadas.

Tanto se ha alargado que pareciera que cualquier rama de esta primavera tan oscura,

pudiera cortarlo.

Me declaro adicta a vosotras, mis dos Íes, porque habéis sido mi único alimento.

Ahora sumo otras dos que aligeran el peso de mi alma. También una B en la que reposo.

No es que tenga más problemas ni más heridas que vosotras.

Solo que gestionarlas, me cuesta esa misma vida que me dais.

Y veces, cuando resta más de lo que sumo, desaparezco en el intento de intentar sostenerme por mi misma.

Sin cordones, volando libre como mi nombre augura. Aunque sin saber hacerlo aún.

Nombre de esperanza, de utopía, de oxímoron con mi personalidad catastrofista.

Siempre volvería al nido, eso sí. Y aquí sigo, en un nido pelado que me mastica.

Entre estas cuatro paredes en las que me creo crear,

Y en la que a ratos, solo clavo la propia tumba de mi soledad.

Y te espero. Espero esa llamada en la que me digas que has encontrado la empatía.

Esa que no estas siendo responsable en perder cuando su nombre asoma.

Me quedo sola, no habrá alimento desde cordones putrefactos o cuerdas infinitas.

Solo pienso en el pasado. Ahora no hay futuro,

y el presente ha salido volando en el intento de meditación de hace un rato.

Exceso de empatía, darme a las demás para existir, saberme existir únicamente así.

Esa es mi perdición, donde llevo años en bucle dando vueltas,

Y no en cíclico como me hago creer.

Soy el círculo doble cerrado. Entretejido entre el cordón putrefacto y la cuerda infinita.

El humo me alivia y es el único alimento que se darme cuando habito desde los pozos de petróleo.

Las palabras me crean adicción, cuando en ellas busco incesante una frase que me diga.

Me veo reflejada en el fondo de pantalla, tan triste como la niña no alimentada que fui.

Cuando el teclear deja de salvarme, sé que ya solo me queda rendirme.

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(Dibujo realizado con sangre de mi parto)

La insoportable levedad de Ramiro

De joven andaba yo con un gachó muy majete al que le parecía que, en comparación, él era como leve, ligero, campechano y dichoso, mientras que yo era “pesada”, siempre con problemas, peleas, inseguridades, necesidad (pero estaba buena, entonces no importaba). Vivíamos lejos aún de conocer palabras como explotación patriarcal, cultura androcentrista, desigual espacio existencial de género, diferenciales de poder, etc. Pero algo percibíamos, algo no era normal, algo no era “igual” pese a que no reprodujésemos estructuras de relación tradicionales.

Oye, qué simpaticotes estos ilustrados hombres igualitarios que comprenden que vivir en igualdad es mejor para todo el mundo. No nos obligan a estar con ellos, no nos llevan de los pelos de un lado a otro, no  hacen machiruladas. Ellos flotan inocentemente en la cultura, con sus partidos de fútbol, sus cervecitas con amigos, sus jobis, sus ratitos de pornete en el teléfono. Tan a gustito.

Nosotras ahí, sin embargo, con la brasa: que si no sé qué de activismo, que si relaciones de poder en todas partes, que si deconstrucción del conocimiento, que si ahora la carga mental, que si ahora la psicóloga de pareja, llantos, dramas de amigas, compresas a escondidas. Buf.  Qué leves son y qué pesadas nosotras. O qué gran cinismo, malditos canallas.

Si una persona no se pone a trabajar activa, consciente y profundamente el sexismo/racismo/clasismo* que lleva encarnados, las ideologías discriminatorias no se esfuman solas. Las seguimos acarreando y se reproducen como la mala hierba. Zumbamos dentro de una cultura completa patrocinada por los medios de comunicación y el desproporcionado sector del comercio que promueven formas de vida basadas en la dominación de los hombres blancos sobre el resto, del Norte sobre el Sur Global, etc. Pero ellos, ay, no lo ven desde su atalaya. El privilegio tiene la propiedad de ser invisible para su dueño y de que quien lo tiene pero lo niega sea escuchado, mientras que quienes no lo poseen y lo señalan hacen muecas inaudibles desde la cuneta. 

Yo no creo que haya solución a un nivel de personas concretas. No van a ver más allá. La desfachatez es infinita cuando de aferrarse a un privilegio se trata. Sospecho que si una persona no da síntomas de empatía y movilización tras unas primeras invitaciones, ya es que nunca lo hará. Mirad el partido franquista, erre que erre en su convicción moral de que el país es su cortijo y todos y todo somos suyos para jugar. Mirad todos esos padres y profesores tramposos, que basan la relación con la infancia en mantener la distancia jerárquica y hacerse espacio existencial para campar impunes con sus desvergüenzas al aire, a costa de personas vulnerables silenciadas.

Si no has cambiado todavía, ya no vas a cambiar, mezquino. Pero oye esto: tu hegemonía de poderío hueco, reyezuelo infame, tiene los días contados. Tu historia de conquistas, espadas y atalayas se acabará con tu sangre. Soy pesada, sí, cargo el peso que caerá  aplastando tu triste corona de alumnio frío, tu ingrávida complacencia.

 

 

 

Hacer balance ¡y a ciclar!

Aunque es pronto por la mañana, el aire tiene hoy la consistencia de un visillo de ajuar a media tarde.  El día me sabe a brote, a frescor de poema dormido entre gasas. Tras un rato de dejarme imantar por sensaciones clorofílicas, me detengo cabal al quicio de la descarga. Tengo que hacer balance y sacar la placenta del congelador. Llegó el momento.

Año y medio después de dar a luz, percibo que estoy madura para salir del espectro emocional del parto. Debo despedirme del puerperio, ahora sí. Lo pienso mientras coloco a la criatura en la sillita desde la que me acompaña en la bici. (Todo este tiempo de porteo, carrito y autobús eché mucho de menos mi adorado vehículo, que simboliza espacios de posibilidad de mi vida escandinava.) Voy cantando cualquier canción arrumbada de la década de los dos mil y ya-no-bebé me acompaña con sus himnos élficos a grito pelao por la callejuela. Estoy profundamente contenta de vivir (vivir a lo ancho, no solo residir) con esta personita tan linda.

Amo la oportunidad que me da de aprender de lengua, de sociedad, de emoción y relaciones. Poder observarla en sus juegos, cómo empieza a narrarse el mundo, cómo confía en otras humanas, cómo se autorregula… es un regalo impagable. (Transito una ovulatoria  de chocho-cocacola con La Madre muy a tope, mejor no sigo…)

Volver a ciclar de nuevo es un descanso. La primera preovulatoria fue como quitarme toneladas de dolor comunal de encima. No seré yo quien abomine del estado hormonal/psíquico de mi puerperio. Antes al contrario: recorrer estos dos años y pico de preñez, parto y lactancia ha sido mi viaje iniciático, mi darme a luz y dilatar a partir de un agujerito el ancho espacio existencial que reclamo para la condición del ser de mis carnes y mis frases. Pero si menstruar mola, aunque en esta sociedad, duele, el puerperio ya ni te cuento…

Durante estos dieciocho meses de ser artífice de dos cuerpos simultáneos, he estado llena, llena de amor por la especie y el entorno.  (Amor no correspondido.) Toda la energía de mi cuerpo, orientando mis pensamientos y emociones, miraba hacia la creación de vínculos. El de mi bebé conmigo, pero también el mío con las abuelas, con las primas, las tías, las hermanas, les demás, el todo/la diversidad. Esto tiene pinta de función evolutiva, de tejedora psicológica puesta en marcha para la pervivencia de una especie gregaria.

Me han dado un plantío de calabazas. Yo entusiasmada vibrando de parto reciente carne calentita regazo florido busqué madre. Madre actualizaba twitter. Busqué suegra. Que me quería quitar al bicho para maternarlo ella. Busqué hermana. Que perseguía descalza a príncipes pedorros con mocasines. Busqué a otras puérperas. Y las vi hundidas, deslavazadas, átonas. O incólumes, con el alma acumulada en la cara interna del rostro y la eficiencia neoliberal en la leche. No conecté. Busqué colectiva. Qué frío. Tiritamos en la tundra social a la que hemos sido arrojadas. (Menos mal que existen personas ecológicas y orgánicas con las que cultivarnos juntas en rebeldía).

Adiós, puerperio. No seré más carne desnuda y lábil mendigando pertenencia y pertinencia ante oídos y espíritus tapiados. No en un sistema atroz como el que nos coloniza. Atesoro la fuerza impetuosa, la creatividad hechicera, la visión afilada que me has dado. Seguiré ejercitando los dones que me trajiste para mantenerlos siempre rodando. Digo gracias. Y me monto en la cicleta de mi cuerpo vivo y potente. Salgo al camino a florecer, morir, renacer, volverme un pedazo de tierra que resistirá plagas y maleficios químicos gracias a la vida persistente arrogante majestuosa triunfal. La que me salió por el coño. La que he logrado recuperar para (ahora sí) mi cuerpo soberano.

 

 

Los movimientos sociales y la escafandra

Cualquier momento de comunicación sucede dentro de una escafandra. Nos hablamos siempre a nosotras mismas (o a la imagen fantástica que del oyente tenemos, que

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El mito de las lenguas nacionales tiene que caer. No ya tan solo porque los límites de los idiomas y sus relaciones sean siempre geopolíticos y nunca garanticen que la comunicación se cumpla o deje de cumplir más allá o acá de una frontera. Sino, más bien, porque estamos viviendo un momento de crisis civilizatoria, de decrepitud y surgimiento simultáneos, en que se está librando una sangrienta batalla por los sentidos  y las instituciones que los determinan. No es casual que ahora le estemos mirando ampliamente debajo de las faldas al género. No es casual que se esté cuestionando a la RAE como ente acaparador de un bien común para el beneficio propio de algunos.

La lengua es la reducción a sólido de la cultura, que es gaseosa. La cultura, a su vez, es la proyección o emanación de la lengua, que es núcleo matérico. La lengua se emplaza en el cuerpo y desde ahí genera vivencias (–>verdades) que salen a la plaza cultural a negociar con las verdades (–> ideas del resto. El mercadeo de verdades se realiza en el terreno rocoso de las estructuras de poder, que son a su vez producto  de la agregación material de esas ideas, y por eso mismo, pueden ser erosionadas por aquellas que le son adversas.

La escafandra es metáfora de la cultura que activamos con nuestras ideas-cuerpo cuando nos comunicamos. Es toda la masa de presuposiciones, prejuicios y creencias que llevamos dentro y nos estructuran y que pintamos como un castillo en el aire cada vez que abrimos la boca. A causa de la discriminación, la escafandra de muchas personas ni siquiera nos imaginamos qué contiene, porque no nos asomamos a ella. La de unos pocos (hombres, blancos, occidentales, ricos, etc.) lucha por imponerse y crecer hasta que todos los pulmones estén llenas de su aire.

Por eso, porque tenemos, creamos y sentipensamos culturas distintas dentro de nuestros cuerpos, porque la lengua (también y sobre todo) es política, porque hay una guerra ahí fuera… no existe una lengua común que nos acoja para que nos podamos relajar. Los sentidos de la comunicación deben ser constantemente negociados. (Y ya bajo a tierra.) Qué decimos, cómo lo decimos, cómo establecemos la comunicación, cómo nos organizamos, cómo nos llamamos, cómo nos tratamos, quiénes somos… Todo debe ser reparido y relenguado. Y esto debe hacerse ya.

Porque por inercia, ya nos damos “amistad” de facebook en vez de cuidado y empatía. Porque por inercia, ya nos damos “grupo” de facebook en lugar de construir sudando acción colectiva. Porque por inercia, ya nos damos “apoyo en redes” en lugar de construir juntas otra realidad posible. Hay gente que se aproxima a movimientos sociales a hacer “networking” y feministas que llegan a espacios de construcción del movimiento “para hablar de su libro”.

Los sindicatos y partidos, con todas sus certezas y aspavientos, deben abandonar el movimiento de mujeres*. El feminismo debe instalarse en las instituciones, nunca al contrario. Los encuentros de activistas, personas que quieren otro mundo posible, no pueden reproducir las ideas/formas/comunicaciones que ya conocemos. Por lo dicho arriba. Porque este sistema que habitamos nos tiene separadas en casillas con nuestra escafandra puesta, una esfera de aire cargado y pestilente en que los signos se han vuelto sólidos y su significado ha sido decidido por poderosos terceros. Porque en las asambleas debemos cuidar la profunda alegría del encuentro y sus potencias por encima de cualquier cuestión de agenda.

Tenemos la arcilla fresca para modelar una vida vivible para todas. Como se nos seque entre las manos, va a ser para que la historia nos dé una buena hostia por necias y por vagas. Puesto que deseamos un horizonte de habitabilidad, tenemos que sacarnos al enemigo del cuerpo.

 

(* Hay, sin embargo, caminos para aprender a ponernos en el lugar ajeno: la literatura y la pedagogía son dos. Pero aunque hay muchos libros y mucho docente, los textos y las situaciones didácticas en que verdaderamente se da una transmutación del yo-yo al yo-otro posible son muy pocas… Como su potencial de cambio es enorme, nos dan entretenimiento en lugar de literatura e imposición de contenidos digeribles en lugar de pedagogía.)

 

Imagen: http://www.doctorojiplatico.com/2012/01/enchanteddoll-princesas-de-porcelana.html

 

No por casualidad la Ciencia vino a sustituir a la Iglesia en la Europa del Renacimiento como organismo de producción de Verdad

No hay estudios científicos que prueben que masturbarse no produce ceguera.

No hay estudios científicos que prueben que con la dignidad de los seres no debe especularse en el mercado.

No hay estudios científicos que prueben que es la cultura lo que nos hace mal, que las pastillas y la arrogancia médica empeoran nuestra enfermedad.

No hay estudios científicos que prueben que las violencias y los abusos están interrelacionados y se sostienen mutuamente en un tejido social discriminador jerarquizado.

No hay estudios científicos que prueben que estamos todas desgajadas y sangramos y hacemos sangrar. Que nos organizamos en una línea creciente de vulnerabilidad para usarnos unas a otras.

Ninguna evidencia de que os necesito crudamente.

Y sin embargo, nada más obvio.

Malhabitamos una deslumbrante oscuridad.

Otra ciencia es posible, otro vivir.

 

El espejo embrujado

 

Me miro al espejo desde el yo patriarcal

 

Tienes cara de cansancio, de llanto, de vejez. Tienes la cara a cachos de colores. Das pena, chica. Pareces una placenta.

 

Qué desgraciaíta la melena que me llevas. Se te ha puesto la piel de plastiquillo malo con esto de parir, entetar y criar. Las verruguillas, uich, qué ascardo.

 

Tienes el cuello de Michelín. Las tetas floflas. Los brazos de tendera bulímica. Panzón, tragona. Toda pelúa, ahí, qué sucia. Hueles a meado. Es normal que ya no quieran holgar contigo.  

 

Ahora, me miro desde el yo sororo desdoblado

 

Haces bien en ocupar todo el espacio que puedas. Ahí empieza nuestra revolución. Eres puro hervor de sangre y eso se te nota en la mirada, en la sonrisa. Tu cuerpo es potencia elástica, es riqueza, es recurso del nuevo mundo que traemos agazapado entre las manos tejiendo de todas. Me encanta la panza colgona que antes llevaba un cuerpo dentro. Eras dos cuerpos en uno. Eras enorme.

 

Me gusta sentirte llegar a los sitios. Eres verbena y dignidad, luz. No te rindas, no te microscopices, fluye. Seguir entera y sumando es el desafío. Solo gustándote (de hecho, solo no entrando en tenerte que gustar para validarte) vas a conseguir retar al enemigo de la violencia-explotación-muerte.

 

Desprendes autoridad, empatía. Palpitas en sabiduría ancestral. Se ve que has vivido y que sabes que a ti el bacalao te lo corta quien tú decidas. Eres expansión, belleza vibrante, estás más buena que el pan, compañera. Tu cuerpo es un artefacto de placer y vida. Date candelita. Arrechucho que te llevas.

 

Conclusiones

 

Solo generando distancia se puede combatir al patriarcado de los ojos-cuchilla. Si nos miramos completas y no a trocitos (son ellos quienes nos despiezan y exhiben rebanadas, y nosotras quienes lo reproducimos siguiendo sus órdenes), lograremos vernos de verdad, como hebras de una malla vital que nos acoge y mantiene palpitando. No tuvimos “madre” nutricia, no tuvimos colectiva salubre que nos recibiera en amor al nacer, no hubo modelos de fuerza y placer a quienes parecernos. Por eso solo nos vemos desde los ojos de lo muerto, lo extractivo, el cálculo colonial de beneficios. O nos rebelamos o estaremos siendo cómplices de tanto dolor. La revolución empieza en las pupilas.

 

Imagen: Chema Madoz

Carne de desidentidad

Soy abundante, inconveniente y absurda.

(La petulancia estoy en proceso de dejarla. Voy mal.)

Me doy vergüenza la mayoría del tiempo. Necesito hacerlo para saberme orgánica y vigente.

De donde vengo no soy. De donde vivo no soy. Los lugares son relatos que me aburren. Ser es un privilegio que deberíamos dejar de fingir que aún tenemos.

Soy hablada por lenguas varias. Me pone descuartizarlas y exprimirles los jugos genitales.

En relación, soy compañera y soy amiga. No soy hija, sobrina, nieta, maestra ni alumna. (Quisiera ser más hermana.) A mi pesar soy consumidora, ciudadana y usuaria. Pero no soy contacto de facebook ni católica.

Uso el anacoluto mujer para enlazarme con otras y luchar. No lo tengo tan claro con la de madre, la de 99% ni la de pueblo. Estoy empezando a pensar en decir que soy ibérica. O de Carpetania. O que lo sería de no ser más que triste carne sin tono ni diosa vomitada (en el lado de los que expolian) por la maquinaria vil de patriarcocapilandia.

Me gusta bailar, comer, escribherir y poseer libros (que encargo a escondidas de mí misma). Me corro con los s(t)ex(t)os orales/paginales/corporales que (se) dan cuenta de las irregularidades del terreno pantanoso.

Entre las muchas heridas desde las que apenas emerjo, me cuesta el contacto humano. A veces huyo. Abrazo fatal.

Soy un todo con las flores, con el deslumbre, con la fibrosidad de los líquidos y con los cuerpos que laten y ciclan.

Mi afuera  son la normalidad, el consumismo, las verdades inmutables, los procedimientos protocolarios, la ceguera política del homo borregus, los paraguas. Desconfío de la voluntad del individuo como resorte de cohesión social. Prefiero la empatía y las verbenas populares.  Cualquier bebé de horas y cualquier pato saben más de cómo vivir que un medalloso experto.

Interrumpo a la gente de bien, irrumpo en espacios ajenos, (me) hago daño a terceras personas.

Solo quiero (fieramente) palpitar.

Con suerte, tengo un culo bastante resistente.

El privilegio sumo

Dolía como si te estuviesen partiendo en dos. Era una potente fuerza centrípeta que nacía en algún punto de tu espalda y se expandía rasgando tejidos, centrando el pulso. Dolor no era la palabra adecuada. Era otra cosa, era… era una experiencia de fuera de este mundo, no puede ser explicada con palabras falologocéntricas. Sin embargo, tú sabías muy bien lo que necesitabas para poder soportarlo. Necesitabas dejarte llevar por la inmensa energía que emanaba de ti misma como un ciclón. Para ello había que neutralizar las distracciones, los estímulos. No luz, no sonido, no presencias. Solo tu cuerpo, un espacio húmedo, un cérvix abriéndose como si fuera un esfínter. Nadie caga en una sala de hospital, a la vista de todos. ¿Por qué tenías que abrirte tú de coño delante de tantos transeúntes? ¿Por qué esas luces incisivas, esa invasión de cientifismo y disciplinamiento en lo más tierno de tu blanda entraña? Tú solo querías parir en paz. Y sin embargo, en el mejor hospital del mejor país del mundo para ser madre, no te dejaron parir en paz. Parir en tu cuerpo. Te lo sacaron, a tu hijo, de tu cuerpo.

 
Los primeros días tras el parto que te robaron fueron borrosos, pálpito perezoso entumecido, tiempo dado de sí como la goma de una braga vieja. Aparecieron gentes dispuestas a cumplir su agenda. Arrasaban mediante artilugios de silicona médica con la película protectora de tu subjetividad lacerada. Cada cual a lo suyo. Pim, pam. Efi-ciencia. Plastiquillos en las tetas. Shup. Shup. Bomba hidráulica de leche. El bebé estaba contigo y aun así estaba lejos, allá a lo lejos, lo veías mirarte con ojillos interrogantes, contrariados.

 

En casa fue todo algo mejor. Tu espacio empezó a funcionar como un cultivo, los renglones y las imágenes de los libros-invocación fermentaban y te llevaban consigo al interior de su embrujo. El bebé tenía unos contornos más claros que tus manos le iban poco a poco dibujando. Solos los dos, como las únicas dos criaturas con importancia en este mundo-culo. Piel. Piel. Piel. Calor, humanimalidad, contacto. Bebé calentito y dulce, mamá está aquí para ti y está contenta. Te deseo, bebé, solo quiero estar aquí, ahora y así, y estar/ser, contigo. Aviones de guerra nos sobrevuelan y violan el latido intemporal de tu primer puerperio. Los gritos llegan desde todos los rincones: periódicos, nuevas tecnologías, viejas tecnologías, personas ¿cercanas?, seres ¿queridos?… Mensajes en rostro humano o de cristal licuado que te hablan de muerte, de posesión, de acumulación, de lo inerte, de lo opaco. Mensajes de lo contrario que tú
representas. En el momento de vulnerabilidad más tierna es preciso defenderse de lo todo. Lo totalitario. Y qué hacer cuando te late la vida en el vientre en un mundo de vida acorralada.

 

Todo te escuece y da placer al mismo tiempo. Comienzas a ver las cosas claras pero no sabes bien qué hacer con ello. Comprendes que un día fuiste tan rasgadoramente hermosa y espeluznantemente vulnerable como Bebé pero a ti tus padres te entregaron a los charlatanes de la tribu. Que no te amaron cuando más digna de amor fuiste. Cuando eras solo amor, y nada más que amor pedías. Crees que vas a enloquecer de dolor que te expande, de tristeza eufórica. Tienes mucho que hacer, tienes que reescribir tu biografía desde el mero principio, desde el día en que tu propia madre fue al hospital a pedir que le sacaran al bebé porque ya era el día que le habían dicho que le tocaba.

 
Tienes que hacer un registro escrito y riguroso de todas las violencias que han ejercido contra ti. Qué hacer con tanta humanidad en las manos. Pareces ser la única que conoce el secreto. Te late el útero y lo sientes. ¿Les ocurre lo mismo a las demás? ¿Quién más sabe esto que sé yo ahora? ¿Qué voy a hacer? ¿Cómo encontrar a otra que me acoja? Quiero leer todos los libros de poesía del mundo, rasgarlos, licuarlos, llenarlos de sangre y hacer un escuadrón de ministerios que eduquen a cien mil criaturas que funden una ciudad nueva desde la alegría la comunalidad la libido la piel la carne la flor el agua la luna, madre. La luna. Madre. Madre. Piel. Qué voy a hacer con las amenazas. Tendré que suicidarme si persisten. ¿Tendré que suicidar al bebé también, entonces? Soy un manantial de vida fresca y clara pero todo a mi alrededor acumula polvo y ratas.

 

—¿Qué te pasa, Carlos? Tienes mala cara. ¿Ha pasado algo malo en el trabajo?— Le mirabas sorbiendo el agua. (La lactancia da mucha sed.)
—Tampoco te costaría tanto tener la casa ordenada, ¿no? Vamos, que estás aquí todo el día…

En los ojos de tu compañero veías cómo el vaso cruzaba el aire a la velocidad de las guerras. Como una granada de mano, el vidrio estalló contra el armario y mil burbujas prismáticas florecieron en el aire por un instante, antes de caer al suelo como una lluvia de artillería.

— ¡Loca! ¿¡Que no te has dado cuenta que eres madre y le puedes hacer daño al bebé!?

El privilegio sumo es que tu perspectiva crezca engorde se hinche y ocupe tanto que llene una cultura entera, donde no quepa ningún relato más que aquel que cuenta lo que tu cuerpo vive.