Palabras como panes

Somos cuerpos carnales movidos por un ovillo desmadejado de emociones que a menudo se desbordan. Vivimos tratando precariamente de comunicarnos esa emoción unas a otras, de pegar mi hebra con la tuya, de que nos tiren, o no, del hilo, de en-redarnos. Y como a fuerza de domesticación institucional hemos olvidado el lenguaje corporal primitivo (qué delicia verlo en bebés), usamos signos para transmitir nuestros mensajes emocionales, que no son otra cosa que reacciones a los estímulos del entorno y sirven para adaptarnos a él y poder seguir viviendo. Los signos intermediarios de las emociones que somos se llaman habitualmente ‘palabras’ y, como cualquier herramienta destinada a alterar la materia y elaborarla, tienen muchas ventajas, pero también son peligrosas.

La palabra es una condensación gaseosa de significado, y el significado es emoción transmisible, carne con objetivo. Gracias al cómodo y dúctil formato mini de las palabras y su variedad (además de que son relativamente gratuitas), podemos llevar la comunicación a terrenos inusitados. Por la palabra poética impresa en papel o en aire, pueden hacerte viajar al gris húmedo de una tristeza que existió en un muy otro lugartiempo. (Yo no puedo oir ay, amor, sin ti no entiendo el despertar de Serrat sin partirme el alma). Por la palabra-falo que impone el juez, pueden desgajarte en vida, pez boqueando muerte en arena tórrida. Por la palabra-cicuta machacada entre las paredes de casa, pueden asediar tu humanidad diluida en el café de cada desayuno. Por la palabra lúbrica, te hago correrte sobre playas y arsenales.

La palabra, en fin, nos hace libres y fuertes. Nos hace. Es potencia, abre espacios, crea pulpa. Pero cuidado: todo es una burbuja de abstracción. Siempre hay por debajo carne-ancla que rasga y duele. Por más que asciendas por peldaños de palabras, sigues siendo cuerpo necesitado de hacer fluir archivos emocionales. Es fácil olvidarlo. Pero la palabra es solo símbolo, objeto, representación, síntoma, artefacto, y como tal, puede convertirse fácilmente en el dedo al que se mira en lugar del sentido al que este indica. El peligro de las palabras está en creérselas. En darle más valor a la cosa inerte que a la carne lábil. Sobre todo si otros han gest(ion)ado palabras por nosotras y estas no nos han nacido de la carne en pálpito, del cuerpo.

Elena Casado dice que la noción de ‘sentido’ es un taburete de tres patas: implica  ‘significado’, ‘sentimiento’ y ‘dirección’. Pues bien, cada chispa léxica concita, efectivamente, tres movimientos internos en nuestro cuerpo al ser usada o recibida, prendida. El significado es lo que nos han dicho que las cosas son. Ahí se pavonea el poder de la Academia, lOs Autores, los Medios, la Escuela, la Familia…, la Autoridad, en fin, para definir, conceptualizar, imponer su agenda política, inyectarnos su versión interesada y normativizada de los hechos. De este modo, también nos inculcan qué se debe decir, cómo, cuándo y a quién decir. Y a quién no. Y de quién no. El significado de las palabras y, por tanto, de los seres y las cosas, es el programa de estudios de la Escuela del Sagrado Corazón del sistema.

En el sentimiento que se traslada como un tanque de una persona a otra al pulsarse una palabra-tecla fíbrica, nada el currículo oculto de la socialización capitalista-patriarcal que nos han untado a la piel (del derecho y del revés). La emoción que las palabras activan en los cuerpos se ve bien cuando hablamos de nombres propios, si me gusta este o aquel, si una vez conocí una Luisa que era rechoncha y ahora ya cada Luisa que oigo me la imagino así. No se define ni se puede defender, solo se siente, intuye, contiene. También se observa en los medios con las palabras-fetiche que nos arroja cada sector de intereses como si fuéramos contenedores que incendiar: comunismo, Venezuela, liberal, altruista.

La emoción que las palabras ponen en marcha al llegarnos nos lleva a movernos en un sentido, hacemos algo cuando somos interpeladas por la dimensión sentimental que tienen y que conecta con algún cabo suelto en nuestro seno: nos cerramos en banda, nos abrimos a escuchar, nos vamos, nos quedamos, aprendemos, nos adherimos a una causa, dilapidamos a alguien por tuiter, etc.

Hemos recorrido así la rueda completa en la que nos afanamos como jerbos enjaulados: sentimos – empalabramos – hacemos sentir – movemos – empalabramos – sentimos. La liberación política de las individuas pasa por aprender qué decimos, qué movemos y qué hacemos cuando usamos las palabras y, sobre todo, cuando son usadas para/contra/por nosotras. O vamos okupando rapidito nuestros mecanismos de emoción-palabra, o van a seguir cayéndonos, cada vez más, como panes.

Cuando saben más pedagogía en las agencias publicitarias que en las escuelas…

 

…la hemos jodido. Pero bien.

Los principios de la pedagogía son claros y meridianos desde hace tantos años que da ascopena que aún no se ejerzan en las instituciones educativas sistemáticamente. Si no desde la antigua Grecia, que sepamos, al menos desde Comenius, en el siglo XVII, se es consciente de que para que una persona aprenda, tienen que darse algunos elementos que conecten al aprendiente con el contenido: un acceso a partir de los sentidos, una relevancia vital y un modelo de la nueva conducta al que se desee imitar.

Por ejemplo, aprendemos a leer (de verdad) de niñas cuando es divertido y nos place, cuando se nos permite oler, tocar, degustar, decidir qué, cómo y cuándo meternos el libro en la vida, y si es que personas adultas (a las que llegar a parecernos es nuestra finalidad vital) manejan ese artilugio con naturalidad y frecuencia.

Esto es muy sabido desde hace muchos siglos y, sin embargo, todavía campan a sus anchas docentes mediocrillos que entienden la enseñanza como ejercicio de poder e imponen a sus estudiantes dogmas por obligación, haciendo oídos sordos al rugido del alumnado que “fracasa” ante planes de domesticación basados en oprimir impulsos vitales y fomentar la competencia feroz entre estudiantes.

Lo doblemente preocupante es que hay quien sí se ha enterado de cómo aprendemos: las agencias de publicidad y los medios, en general.  A través de la proyección de modelos “deseables”, torpedean nuestros sentidos e interpelan a la sexualidad para darnos lecciones de vida cuando se han asegurado de que estamos escuchando. Gracias a los anuncios y a los productos culturales de (gran parte de) la televisión y el cine, hemos aprendido mucho. Somos alumnas/os aventajados en sumisión, inacción, individualismo, consumismo, discriminación, roles de género y edad (que nos hacen trocitos), violencia, soledad, muerte.

La pedagogía (que es contacto-emoción-palabra-comunidad-reflexión-descubrimiento-tiempo), puesta al servicio del interés común, esconde la revolución entre sus faldas. Hay que arrebatársela a los del beneficio propio, y venceremos, pues de nuestro lado está el sentido mismo de la especie, que es la vida y su cuidado.

 

Apuntes contra el terrorismo de la imagen corporal

descargaLa vergüenza que sentimos de nuestro cuerpo ha sido manufacturada. Nos han convencido de que hay una forma en que se debe ser y por tanto han demonizado las diferencias respecto a esta imagen única. Como no nos gustamos, compramos para tratar de llegar gustarnos. Pero nunca lo conseguimos, en una espiral sin fin de gasto y autoodio. Si todo ese dinero que tiramos anualmente en la industria de la “belleza” nos lo dieran de una tacada… ¿qué haríamos con él? Y, mejor aún, si lo retiráramos de la rueda dentada del capital, ¿qué ocurriría?

Dónde ponemos el dinero equivale a dónde ponemos la energía, y por tanto lo que compramos refleja nuestras creencias (o carencias). Seguramente haya algunos artículos de autocuidado que produzcan una satisfacción genuina, pero… ¿cuántos de los muchos que adquirimos cada año? El resto, nos mandan un mensaje de nuestra parte: no eres/estás lo suficientemente buena.

Y cuando crees que no eres suficiente, cuando tu presencia corporal te produce vergüenza, cuando te cortas mentalmente en pedazos, no te consideras merecedora de procesos ni puestos que impliquen poder. Tu desprecio a ti misma te hace alejarte de la posibilidad de gobernar tu vida y aspectos de gestión comunitaria.  La vergüenza, el asco que sentimos de nuestro cuerpo han sido manufacturados para que no aspiremos a ejercer poder ni siquiera sobre nosotras mismas. La frase soy suficiente y no necesito eso encierra una descomunal potencia de subversión.Raise the Roof: Cal Shakes 40th Anniversary Gala

Se ha conseguido que nuestra identidad se base en trampas externas, como los estereotipos de género, edad y este terrorismo corporal de las multinacionales ante el que tan laxamente vegetan los gobiernos e instituciones educativas. Que esto es un fenómeno de autoodio masivo, que estamos en guerra contra nuestros cuerpos es un hecho, de ahí la violencia contra el propio y el ajeno, de ahí los trastornos de la alimentación, el estigma.  Y sin embargo, toda persona debería gozar del derecho a ser un cuerpo respetado, y a conectar con otras (ser amada).

A continuación, 10 propuestas de Sonya Renee Taylor para frenar la invasión de la tristeza y el odio:

  1. A la basura con las revistas y otros soportes de mensajes tóxicos. (Estamos literalmente pagando para que abusen emocionalmente de nosotras.)
  2. Vigila cómo hablas de tu cuerpo y de los ajenos (porque tu cuerpo está escuchando). No te hables sobre tu cuerpo peor de cómo hablarías a tu mejor amiga sobre el suyo. Tanto la vergüenza como el amor radical al cuerpo propio son contagiosos.
  3. Revisa tu mentalidad: tu cuerpo no es tu enemigo. De hecho, tu cuerpo trabaja a tu favor cuando de sanar una enfermedad se trata, po rejemplo. ¿Qué tiene de útil estar en guerra contra mi cuerpo?
  4. Crea un mantra para combatir las voces de la vergüenza en tu interior. A base de repetirlo, cambiarán los patrones de evocación neurológica.
  5. Olvida el pensamiento binario. No somos lo uno o lo otro:  bellas/feas, éxito/fracaso, hombre/mujer, blanco/negro. Necesitamos apreciar el espectro completo para llegar a ser seres humanos en todo nuestro potencial.
  6. Explora el terreno: conviértete en la mejor experta sobre tu propio cuerpo a través de la práctica de la reconexión y la intimidad con él.
  7. Ponte en movimiento.
  8. Escribe una nueva narrativa desde ¿por qué no? lo “feo”.
  9. Vive en comunidad. (Los microorganismos que crean la enfermedad no sobreviven a la exposición)
  10. Date tregua y disfruta del viaje al amor radical hacia ti misma.

 

(Apuntes del webinar gratuito que da la autora aquí)

Lo Normal

 

Un buen ejemplo son las caries, decía una compañera. Son lo normal, a mucha gente le salen, pero eso no significa que sean lo sano ni lo deseable, lo bueno ni lo aceptable. Este aparentemente inofensivo adjetivillo, “normal”, me huele a corona metálica y sarro. Significa “lo regular”, lo esperable, lo previsible, lo  que se hace habitualmente y de acuerdo a las convenciones sociales. Sin embargo, nos columpiamos cuando tendremos a identificarlo con “lo bueno”, “lo aceptable”, “lo que debe ser”. Si Lo Normal es a lo que aspiramos, queda muy claro cuál es nuestro espíritu político: no nos vamos a cuestionar el caldo de la sopa en que flotamos ni qué es ese regustillo a cadáver que últimamente tiene. Así están las plazas, las calles, llenas de nada que valga la pena.

Cuando nuevas diputadas de izquierdas entraron en parlamentos y consistorios, otra compañera se indignó y decía muy resalada ella:  mira, nos van a robar igual, pero que lo hagan mejor con mocasines castellanos, que eso de hacerlo en chanclas queda feo. Que nos roben bonito y a juego con las alfombras, al menos.

Aceptamos a cada paso verdaderas fechorías en nombre de Lo Normal. Pero todo se perdona con tal de que sea lo de siempre. Aunque Lo Normal sea una institución obsoleta que antiguos hombres pudientes establecieran en nuestra contra. Es normal que nos roben, que nos maten, que quien te ha de proteger te humille y quien te ha de amar te utilice. Lo Normal es omnipresente, omnipotente, inspira terror, habla por boca de todas las personas y todas le rinden tributo, como a dios mismo (de ahí la mayúscula de majestad).

Pero no es aceptable, deseable, lógico ni bueno que no hablemos de la sangría siria. Que se vote a la violencia. Que la gente en las redes se mofe de las muertas por el horror machista. Que los medios de comunicación lo sean de propaganda.  Que no amemos a los niños de once años. Ni debe ser normal, tampoco, que el frufrú de las bolsas de los consumidores injurie a ese muerto tirado en medio de la plaza central de una ciudad europea, mientras ellos pasan, y compran.

Que no me tomo un café contigo, coño

Venga, mujer, es solo un café. Qué te cuesta.

No nos lamen el oído con esto solo cuando de satisfacer el ego de hombres se trata, sino que a menudo nos vemos obligadas por las circunstancias a invertir nuestros recursos en personas que a la postre nos hacen daño. Es Lo Normal pasar tiempo con gente que no nos trae el bien.

Pero ¿y no será menos costoso al final exponerse a las consecuencias de no hacer Lo Normal que ver nuestro tiempo, dinero y energía invertidos en lacerarnos?

La violencia simbólica campa a sus anchas por nuestras relaciones con nosotras mismas y las otras personas. Y la estamos de hecho alimentando (1) si no nos dedicamos a rebuscarla en los recovecos donde la Normalidad se agazapa y (2) si cuando la reconocemos no nos plantamos ante ella.

Últimamente en esos cafés Normales con gente Normal he oído perlas como:

 

“Y el niño se puso a llorar en la vacuna. No lo entiendo, mi niña no lloró, y se supone que él debe ser el fuerte”

“Claro, dices eso porque a ti tu novio te ayuda con la casa, qué suertuda, no te jode”

“Llevar a tus hijos con zapatillas de esparto a la boda es una grandísima falta de respeto a los novios”

“Ah, que es marroquí. Es que a ti quién te manda”

“Estoy fatal. Hace una semana que no me hace caso ningún hombre”

 

No. Basta, Será Lo Normal pero nada de esto es lo aceptable. Reivindico para mí mi tiempo y mis recursos para ponerlos en lo que me expande la conciencia y a buen recaudo de situaciones que me acuchillan la sororidad.

Que no me tomo un café contigo, coño. Que mi tiempo es mío.

Pippi.L_1

Barrigas

Vivimos inmersas en un régimen de verdad en el que la violencia machista funciona como dogma de fe. No es una lacra, no es un fenómeno: es el núcleo de la lógica en clave de la cual se desarrolla nuestra vida. Hemos interiorizado un eje mental en el que lo (que se construye como) masculino y tiene como signo la agresividad y el poder sobre lo ajeno domina lo (que se construye como) otro-femenino-colonizable: las mujeres, la naturaleza, los animales, lo no-occidental, los niños. Que la violencia de género detenta el poder en nuestras conciencias se ve fácilmente si nos detenemos a leer en detalle la narrativa del cuerpo embarazado.

Las personas con un bebé creciendo dentro no son representadas en el discurso mediático como tales, sino que basta echar un vistazo a lo publicado en internet o en papel sobre el tema para encontrar que si se buscan espejos, lo que se encuentran son o bien insoportables estereotipos de rosa palo y azul bebé, o bien tan solo pedazos: el foco puesto en una tripa recortada. ¿Dónde está la mujer a la que esa tripa pertenece? ¿Qué le pasa, qué siente, qué dice aparte de y sobre el embarazo? ¿Cómo se relacionan mujer/embarazo/sociedad, qué dialécticas emergen, qué dice cada una desde esa posición? A través del silenciamiento de los cuerpos y discursos propios de las preñadas asistimos al insidioso despliegue de la violencia mediática contra las mujeres que viven el proceso de la reproducción.

En este, el enésimo artículo que recurre al trozo amputado de persona para hablar del embarazo, se señala una segunda violencia que se ejerce impunemente sobre las embarazadas, la económica. Nosotras parimos, nosotras pagamos. Y recordemos que partimos de un sueldo ya mermado en relación al que disfrutan los hombres.

De los recursos invertidos, a los recibidos: la violencia en lo laboral, pues la preñada seguirá probablemente necesitando demostrar y rendir en su puesto como si su cuerpo no tuviese otras necesidades urgentes de descanso e introspección. Además, muchas antes de parir ya se agobian ante la insultantemente minúscula baja por maternidad que las espera, y que no cubre las necesidades reales de la recuperación de la puérpera y la crianza del bebé, y con las altísimas posibilidades de perder el trabajo tras el parto o sufrir distintos tipos de acoso laboral y una segura falta de recursos para combinar empleo y trabajo en lo sucesivo.

La gente de alrededor en general no ayuda, ni al principio del embarazo, ni cuando ya hay tripa emergenteni al final. El sistema neoliberal con su feroz mercado-circo romano de producción y consumo, los medios de manipulación y propaganda, el sistema sanitario hecho negocio antihumano… está casi en su esencia oprimirnos durante esta etapa de vulnerabilidad, pero ¿y las personas? ¿Las otras mujeres? ¿Y las que son madres? ¿En qué nos hemos convertido que en vez de ayudarnos unas a otras en este trance nuestro nos acechamos, nos metemos miedo, nos imponemos mutuamente comprar objetos, cuando son lo último que hace falta para criar? ¿Qué nos han hecho?

Esta red de discursos deshumanizadores y consumistas forman asimismo parte de la violencia simbólica. Como especie, nuestra vivencia de la vulnerabilidad, la necesidad y la interacción ha sido también colonizada por “la lógica de la violencia” y se ha normalizado que nos tratemos mal, acallando lo que de vivo y comunitario palpita en nosotras.

Por si esto fuera poco, muchas mujeres embarazadas están sumidas en la violencia machista ejercida por su compañero u otro hombre cercano. Y si cuando todo lo demás ha fallado: la pareja, las personas de alrededor, el entorno laboral,  las películas, series, etc., acudes a los profesionales de la salud obstétrica esperando contención, información, apoyo y buen trato, es estadísticamente fácil que te hayas metido en la boca del lobo de la escalofriante violencia obstétrica, en uno u otro grado.

El cuerpo embarazado es un cuerpo sobre el que se ejerce violencia sistemática, y esto se está considerando normal. Normal. Tan normal, que es la mentalidad base sobre la que muchas personas que en otros aspectos hacen y dicen cosas respetables están ahora defendiendo que las mujeres pobres sean vendidas y compradas para gestar hijos ajenos. Si no nos hubieran silenciado, desempoderado, recortado, anulado y cosificado antes, no habría terreno para semejante proceso de deshumanización en lo retórico.

(Para que luego vayamos diciendo que “estamos embarazados“.)

Hay salida, y es la de siempre: cambiar de raíz la relación con nosotras mismas y con las otras, y empezar a tomarnos el poder por nuestra mano: escucharnos, convocarnos, cuidarnos, aprendernos, moldear feminismos, edificar saber juntas… Con nuestros actos a cada momento, operemos cambios de mentalidad para limpiarnos la masa pringosa del patri-mercado que nos confunde y no nos deja serle fieles a la vida.

Mentes S.A.

Día de la madre. Día para celebrar un constructo ideológico que es utilizado para separar a las mujeres entre las que llevan la etiqueta y las que no, y tanto desde dentro como desde fuera de la categoría, presionarlas y orientar sus voluntades en sentidos que interesan al poder patriarcal. Día para no celebrar, pues, digo yo.

A menudo hablamos de “la sociedad”, así, en abstracto. Lo que la sociedad dicta, lo que la sociedad hace, lo que la sociedad quiere. Pero ¿nos preguntamos a cada paso qué es esa mentalidad social y quién la patrocina? No hace falta imaginarse malvados y puntiagudos personajes de tebeo moviendo hilos de nailon sobre nuestras inocentes cabecillas, basta con seguir el sendero de baba de caracol; ¿cómo he aprendido qué significa “madre”?

Hemos configurado lo que es una “madre”, con unas expectativas anejas, a partir de dos fuentes principales: lo que hemos vivido como hijas y lo que hemos visto en “la sociedad”. Como hijas, hemos tenido madres que han sido educadas en el franquismo, y que por tanto (quien más quien menos), han performado su papel desde la impronta de la feminidad hipersumisa y las directrices del ensamblaje cristofascista. (Algunas también hemos sido hijas de ¿feministas? que, como consecuencia de la opresión anterior, huyeron del hogar como ángeles de posadera en llamas para insertarse en la empresa y prefirieron que nos maternaran migrantes baratas en su lugar.)

Es bastante alta la probabilidad, pues, que creamos que “lo madre” es siempre femenino, es un deber, es abnegado (o ausente), es tutelado por las madres mayores o el poder científico y, sobre todo, es sola, es una mujer sola con su carga maternal y los mandatos estereotípicos que esta acarrea. Las campañas publicitarias que se han hecho hoy sobre lo que las madres significan para la gente y, en general, todos esos mitos sobre lo doméstico como su reino, el filete nervado y la supuesta abnegación gozosa, me resultan odiosas y muy tóxicas. Tanto que humeo.

Más allá de nuestro entorno familiar, las imágenes que hemos visto (y que son la base desde la que nos creamos a nosotras mismas como tales) tampoco suelen ir más allá de las “madres” que nos han enseñado en los medios audiovisuales. Toda aquella persona que no haya sido criada por una madre transgresora o se haya zambullido en los discursos feministas sobre el tema, lo más probable es que limite su perspectiva sobre la maternidad, a grandes rasgos, a su casa-la Virgen franquista y su tele-los tentáculos del monstruo neoliberal.

Como no creamos comunidad casi, ni nos comunicamos más allá de lo automático ni fuera de lo laboral o lo festivo pautado, la práctica totalidad de discursos públicos a los que estamos expuestas son comerciales. Nos-dicen-cosas-porque-nos-quieren-vender-cosas. Y nosotras creemos que son representaciones de una realidad limpia lo que en realidad son recursos de la publicidad, la política, la programación televisiva, los influencers online, etc., para conseguir algo de nosotras. Esto es grave. Que casi todo lo que oímos y vemos nos interpele a hacer algo que satisfaga ilegítimamente a otros.

Igualmente, las madres mediáticas se construyen sirviendo a propósitos publicitarios, que son herramientas de control social. En consecuencia, imaginamos como personas que maternan lo que realmente son reflejos animados de la opresión que de personas nos ha vuelto mercancía en manos de propietarios.

Fuera. Gasolina y fósforos. Yo me monto mi crianza propia con mis cartulinas y mis lápices de colores. A ver qué otra cosa más chula sale.

Pues este es más o menos todo el romanticismo visceral que me genera el día de la “madre”. Buenas noches.

 

Queridos compañeros:

Nos estáis matando. Los hombres, como grupo social, a las mujeres, como ídem. Pero, ¡ojo!, si decimos que las fábricas contaminan los ríos, no estamos hablando de cada fábrica y cada río en cada momento. Que el paro esté bajando no significa que cada persona esté siendo contratada, ¿verdad? Ni hay un israelita ocupando la casa de cada familia palestina. Es decir, contamos con que hay hombres que ahora mismo no están matando a una mujer, pero eso no quita que, a la vista del recuento de cadáveres, el primer enunciado del párrafo tenga brutales y sangrantes condiciones de verdad.

La violencia machista existe como potencia en todos los aspectos de nuestra vida. Y es que, aparte de muerte, también recibimos de vuestras manos palizas, insultos, agresiones sexuales, desprecios, silenciamientos, tergiversaciones y una estruendosa avalancha de supuestas imágenes de nosotras que en realidad no lo son y sirven al propósito de ocultarnos. Además, la violencia de los hombres contra las mujeres arraiga en el ejercicio compartido de un conjunto de mentalidades y códigos sociales que se ocultan en nuestros usos y costumbres y la explican al tiempo que le dan pie.

Estamos hablando de un sistema de realidad, de normalización, de estructura. Se trata de la imposición de un régimen de vida común en que las mujeres (y los animales, y la naturaleza, y la infancia) se pretende que estén al servicio de los intereses de los hombres. Me dirás que te raya oír hablar del patriarcado, o que crees que es un mito. Te diré, entonces, que te pongas una peli cualquiera, escuches una canción corriente, mires qué expresa tu ropa y qué la suya la suya, pienses en la distribución en el espacio y las posturas de los hombres y las mujeres en los salones de las casas, los patios de los colegios, el transporte público, etc. Lo cierto y meridiano es que se espera de las mujeres que estén al servicio de los intereses (económicos, afectivos, sexuales) de los hombres. Y tal cual se nos representa. Y ese espacio se nos deja. Los centinelas que salvaguardan esta frontera patriarcal son el estado, las religiones, la justicia, los medios de comunicación y entretenimiento y otras multinacionales, de ahí que, como se puede ver, quienes están al frente de ellas sean, ay, los hombres.

(Mujeres poderosas que han sido admitidas al club de Los que Mandan y hombres desarrapados no son evidencias en contra de lo arriba dicho, sino que, en rigor, habríamos de explicar el tinglado más ampliamente en términos de clase, nacionalidad, afectividad, raza, credo y edad en intersección con el género) ¿Seguís ahí?

Pues continúo. A veces, es la voluntad de algunas de nosotras tratar este complejo, delicado y crucial tema con vosotros, compañeros. Por diversas razones, que suelen tener como base común el deseo de que el sistema que nos mata mute en uno que no nos mate. De ahí que os expliquemos pildorillas de primero de feminismo aquí y allá, y que cuando se producen os señalemos actitudes en que incurrís y que, creemos, contribuyen a silenciarnos o directamente animan a deshumanizarnos. Pero, ¡oh, decepción!, esto es lo que pasa cuando lo hacemos:

 

  • Espectro de respuestas 1: me resulta difícil de entender, porque yo no soy así, yo no hago eso.

¿Seguro? ¿No abrigas la creencia de que mi tiempo y los discursos te pertenezcan por derecho? ¿Entonces, si acabo de hablarte de mujeres muertas y de mis sentimientos heridos por el (micro)machismo que acabas de cometer, por qué tu respondes hablando de Ti? ¿Por qué haces caso omiso de los sujetos femeninos que he puesto sobre la mesa y lo que quieres que hagamos ahora es elogiarte? ¿Se ve claro? ¿Necesitas más pruebas?

Si de veras hubieras deconstruido por completo la andanada machista oculta tras tu frente y en tus fibras musculares (no conozco a nadie que lo haya conseguido del todo), entonces no dejarías de cuestionarte a ti mismo ni por un segundo, pues solo así habrías llegado a despatriarcalizarte previamente.

 

  • Espectro de respuestas 2: me ofende que me llames machista

Guau. De entrada, no te he llamado machista a ti, sino que he descrito una actitud tuya como tal. Sin la reflexión adecuada y actualizada, sin escucha activa a los grupos implicados, o por descuido, todas cometemos diariamente machismo, racismo, clasismo, adultismo, etc., porque ese es nuestro hábito mental y la sopa social en que flotamos, pero no necesariamente nos caracterizaríamos como tales (machistas, racistas, clasistas…) a menos que hagamos bandera de ello y nos revolquemos en contumacias (como tú ahora).

De salida: aquí hay alguien que clama haber sido injustamente tratada por otro. Responderla cuestionando su queja es, cuando menos, una estrategia para no afrontarla. Pero en una lectura más profunda, al no escucharla le estás quitando a esa persona la legitimidad y el espacio para expresar sus sentimientos, su vivencia, le estás diciendo que la aceptas solo si está callada y que por consiguiente no se puede pronunciar. Ole, una doble de machismo con mucha espuma. por favor.

No debes entender “machismo” como algo malo y ya está que tienes que evitar que te llamen y defenderte si lo hacen. No tienes ocho años y las monjas no te están pidiendo que seas tolerante en lugar de racista. Eres adulto, tienes capacidad para descifrar la intención del mensaje que oyes en el medio contextual en que se produce, además, eres corresponsable de la realidad que creamos entre todos cada día y le debes respeto al ser humano que tienes enfrente. Ofenderte, ponerte de morros, vengarte y no tratar de entender el fenómeno que la palabra simboliza denota un intelecto ciertamente estancado.  Si te lo he dicho es porque debo o quiero convivir contigo en algún espacio, y tú y yo necesitamos negociar nuestros comportamientos para que nadie dañe a nadie y el intercambio que hacemos sea beneficioso para todas las partes.

 

  • Espectro de respuestas 3: imprecaciones, fotopenes y otras delicias

Nos amenazáis con fantasías de violencia física (esas que, decía, se encuentran en potencia en todas partes, ahora serían verbalizadas) y/o os insultáis con alguna floritura que remita a nuestra disposición o no para el sexo (bollera, puta…) o o nuestra imagen corporal en contraposición a la que nos habéis intentado imponer (gorda, fea…) O sea, que lo que queda clarinete es que el lugar que habitamos en vuestro imaginario es estar al servicio de vuestros intereses eróticos. Y de paso que no tenéis argumentos.

 

Queremos y debemos convivir con vosotros en un mismo mundo, compañeros, hagámoslo con alegría y sin muertes de más. Google, Federici, Palenciano, talleres de feminismo para principiantes, todo está ahí fuera. Creemos en vosotros.

Me despido con amor del bueno desde la playa medusa,

*A*

Estremecimiento

tengo miedo

de la opresión que busca venganza

de la ceguera

bombas hostias rajar desgarro alarido herir

 

Porque todas las personas son hijas

Todas tienen un postre favorito

Nada explica matar

 

 

preJuicios

Anoche me encontré con una amiga que se quejaba de lo ruidosísimos que son sus nuevos vecinos. La están amargando a la pobre, pero de su relato hubo algo que me llamó poderosamente la atención y quisiera hoy elaborar. Olga y yo vivimos en un barrio guetificado, lo que hace que las posibilidades de que los gañanes inquilinos que la atormentan tengan origen extranjero sean de por sí muy altas. Además, las costumbres sociales que describía en su relato no correspondían precisamente a las de una familia escandinava.

No obstante, en ningún momento, nunca, utilizó ella la presunta nacionalidad de los vecinos para referirse a ellos. Y eso que me dio la tabarra un buen rato con el tema. Pero ni con sorna ni en tono neutro ni nada de nada: nunca supe de dónde eran. Y me pregunto: ¿cuántas veces ocurre esto? ¿No es cierto que por norma enseguida corremos a meter al “otro” en la casilla de un grupo social concreto (sea por origen, género, edad, etc.), sobre todo cuando hace algo que consideramos malo? ¿Qué estamos haciendo cuando destacamos la nacionalidad del conciudadano machista o de la empleada gandula si realmente esta es intrascendente para el propósito del relato?

Para entenderlo, propongo el siguiente…

 

Ejercicio para detectar y fulminar prejuicios

  • Escribe las siguientes palabras separadas ocupando una página o en seis pedazos de papel: tarjeta, italiano, cama, mujer, perfume, árabe
  • Para cada una de ellas, escribe durante un minuto todo lo que se te ocurre. ¡No filtres! Solo piensa en la palabra y escribe de forma automática todo lo que te venga a la mente.

Ejemplo: medusa: picadura, mar, Grecia Antigua, convertir en piedra, bruja, gelatina, blog, mala, blanca, pis, playa, socorrista buenorro, nadar, Cala Ratjada, flota, tentáculo…

  • Ahora, toma cada palabra de nuevo (o en el reverso de cada pedazo de papel) y escribe una definición relativamente neutra (con más o menos google, no importa):

Ejemplo: medusa: animal celentéreo (wikipedia) con forma de sombrilla que se encuentra en las aguas de mar y causa picaduras venenosas no mortales en los seres humanos

  • Vuelve a la lluvia de ideas que hiciste al principio, y subraya las palabras que no has escogido para aparecer en tu definición. Usa un color para elementos que habrías incluido en una definición más detallada, otro para lo que creas que cualquier otra persona haya puesto en su mapa mental, y otro para lo que crees que es exclusivamente tuyo.

Ejemplo: Grecia Antigua, convertir en piedra, bruja, gelatina, blog, mala, blanca, pis, playa, socorrista buenorro, nadar, Cala Ratjada, flota, tentáculo, etc.

  • Ahora puedes interpretar el contenido de tu conciencia en función de las tres categorías de ideas que tienes en el papel. 

 

  1. Por un lado, está lo que consideras el saber neutro sobre un concepto (que también tiene su aquel y hay que cuestionarse, pero eso es materia de otro ejercicio)
  2. Después está la vivencia que tú has desarrollado en relación con el concepto, cómo te has relacionado con él desde tu afectividad y tu cuerpo. Aquí cabe preguntarse si en algún momento expandimos desde lo particular a lo general; es decir, si como me pasó “esto” con “un clip” que era “así” debería extender ese conocimiento (la posibilidad de que sea de un modo o algo pase de esa forma) al resto de elementos de la categoría, a los demás clips de la cajita y del mundo
  3. Y, por último, el contenido también emocional pero compartido con la comunidad de hablantes, que es un espacio propicio para la proliferación deel prejuicio y el estereotipo. Lo interesante sería pensar de dónde nos ha llegado el mensaje de que  ante “tal cosa” haya que reaccionar “de tal manera”, quién lo ha dicho, y qué interés podría tener ese sujeto enunciador en que yo reaccione así.

 

Por ejemplo, si sobre “mantel” me ha venido a la mente “muy blanco”, determinaré que la asociación con la blancura viene exclusivamente de la publicidad televisiva y que quieren hacerme creer que es necesario que la ropa esté muy blanca para estar limpia o para que yo viva a gusto. Si sobre “joven” me ha venido “nini”, y me doy cuenta de que es la prensa comercial, que pertenece a ciertos grupos empresariales, la que me ha hecho pensar que las personas jóvenes vegetan, tengo  ahí materia para desenredar el porqué.

En conclusión, me doy cuenta de que en realidad no necesito que la ropa esté brillante, y que de hecho en ese encadenamiento se esconde un mensaje peligroso (por lo antiecológico, consumista y eurocentrista), por lo que probablemente trataré de contrarrestarlo o bloquearlo en el futuro.

Los prejuicios y estereotipos son necesarios para establecer y mantener la comunicación, no son algo malo de por sí. De hecho, las propias palabras, como signos semióticos, son prejuicios en sí mismas, pero son la forma hegemónica que tenemos que trasvasar ideas entre cuerpos (aunque habría que darle más y más importancia a las otras formas, progresivamente…), y las necesitamos. Ello no significa que no empecemos a usarlas con responsabilidad y aprendamos a desactivar las trampas (a veces mortales) que nos meten entre los pliegues de sus faldas.